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EL 20 DE JULIO DE 1872

   Queremos consignar el recuerdo de las únicas verdaderas fiestas que ha presenciado Bogotá con motivo del aniversario de la proclamación de nuestra Independencia.

En el año de1872entró a regir, por segunda vez, los destinos del país, el doctor Manuel Murillo Toro, cuya Administración, lo mismo que la primera, fue tolerante y pacífica, salvo uno que otro movimiento sedicioso ocurrido en alguno de los entonces Estados soberanos, que no alteraron el orden público general. Los partidos políticos  se manifestaban moderados en sus exigencias y según la expresión del señor Murillo, el bajel de la República navegaba en |mar de leche.

La tranquilidad que se disfrutaba entonces indujo al Presidente a festejar el |Veinte de Julio de manera digna de un pueblo civilizado y culto. Nombró comisiones compuestas de señoras y caballeros notables, pertenecientes a todos los partidos políticos, para que organizaran la fiesta en el sentido de que reinara en ella el sentimiento patriótico en todas sus nobles manifestaciones.

La Junta que organizó aquella espléndida solemnidad la formaban los señores José María Quijano Otero, Generales Vicente G. de Piñeres y Emigdio Briceño, Medardo Rivas, Vicente Lafaurie, Wenceslao Pizano, Coronel Lorenzo González, José María Vargas Heredia y Manuel Briceño. Aceptadas las invitaciones hechas por la comisión, tomó la ciudad un aspecto hasta entonces desconocido: no quedó pared sin enlucir, puerta ni ventana sin pintar, ni calle sin desyerbar y barrer;  en una palabra, la población parecía una |tacita de oro, como se dice vulgarmente. Y así había de ser, porque se trataba de dar la prueba tangible del grado de civilización que hubiéramos alcanzado después de sesenta y dos años de mayoría de edad, como pueblo entregado a sus propias fuerzas. En esa vez pudo decirse con legítimo orgullo, que los hechos superarongrandemente a las esperanzas concebidas, y que Bogotá se exhibió a la altura de las capitales más notables del antiguo y del nuevo continente.

A las cinco de la tarde del día diez y nueve se llevó de La Veracruz a La Catedral, en procesión arreglada por los señores doctores Bernardo Herrera Restrepo,  Joaquín Pardo Vergara, y el Seminario Conciliar, la imagen de Santa Librada, patrona de la Patrie, ricamente vestida, cargada en andas por gastadores, y escoltada por un batallón: precedían a la Santa los aparatos fúnebres que sirvieron para conducir al suplicio a los próceres. El objeto más notable era el Monte Pío o |Cristo de |los Mártires, adornado con coronas de siemprevivas entrelazadas con crespón negro No se puede contemplar aquella imagen del Crucificado en actitud de sublime resignación, despedazado y cubierto de sangre, sin experimentar sensación de pavoroso recogimiento al pensar en las miradas de suprema angustia que habrían fijado en él, como |Spes única, los infortunados que iban a ser sacrificados en holocausto a la libertad americana.

A las seis, o toque de oración, se repicó en las iglesias y se iluminaron todos los edificios de la ciudad: en los balcones, con los candelabros y demás objetos vistosos y de lujo apropiados para colocar luces; del frente de las casas salían torrentes de luz que daban  a Bogotá apariencia fantástica; los pianos sonaban con alegres y bien ejecutadas armonías, y la población, ebria de contento y bulliciosa, se lanzó a las calles, que recorría en todas direcciones, para no perder uno solo de aquellos brillantes espectáculos.

Las estruendosas salvas de artillería y las bandas de música que recorrían la ciudad, anunciaron a sus moradores que empezaba a lucir la aurora del día de la Patria.

¡Qué aspecto el que ofrecía la ciudad! El frente de las casas adornado con el iris de Colombia: ricas colgaduras bordadas de guirnaldas y flores naturales, arregladas con primor, pendían de los balcones y gabinetes; en las torres de las iglesias flameaba el pabellón nacional al pie de la cruz, como símbolo de reconciliación de los dos Poderes; el trayecto que debía recorrer la procesión cívica, tapizado de flores y letreros alegóricos a los hechos que se conmemoraban;los nueve arcos  de triunfo, encomendados a distinguidos ciudadanos de los respectivos Estados, construidos con arte y buen gusto, especialmente el de Antioquia, levantado en la bocacalle que pone en comunicación la plaza con la antigua  calle Real, que semejaba al de la Puerta de San Martín, en París.

En la plaza de Bolívar, la estatua del Libertador engalanada bajo espléndido  pabellón, adornado el pedestal con las banderas extranjeras de las naciones amigas de Colombia, y al pie los trofeos de guerra tomadas a los españoles en la decisiva batalla de Bogotá, junto con los fusiles de chispa y cañones |de a cuatro que sirvieron para vencerlos. Rodeábanla los bustos de varios próceres, custodiada por los pocos soldados de la guerra magna que aún vivían, vestidos con el uniforme que llevaban en las batallas en que se hallaron. La galería occidental adornada con los retratos de los mártires, y en el centro un dosel en donde reposaba |el acta original del Cabildo abierto del veinte de julio de |1810.

A las nueve de la mañana asistieron a la Catedral el Presidente de la República y el Gobernador de Cundinamarca, acompasados de los altos empleados nacionales y del Estado, de los Jefes y Oficiales del Ejército que estaban en servicio o con licencia indefinida, vestidos con lujosos uniformes, sin distinción del partido político a que pertenecieran, porque en ese día todos nos reputábamos hermanos e hijos de una misma madre. Allí fueron solemnemente recibidos por el Capítulo Metropolitano, después de lo cual se presentó el dignísimo Arzobispo Arbeláez, precedido del Clero y del Seminario Conciliar, para oficiar de pontifical en la misa solemne y entonar en seguida el |Te Deum, en acción de gracias al Señor de los Ejércitos, por el inmenso beneficio de la Independencia, e implorar  al mismo tiempo sus miradas paternales para la República.

Verificada la recepción oficial en el Palacio de San Carlos, el Presidente Murillo, en compañía del Arzobispo, rodeado del Ministerio, de los altos funcionarios, del Clero, del Cuerpo Diplomático y Consular y de numeroso concurso, se encaminó al Capitolio, para de allí dirigirse a la estatua y colocar en ella la corona de oro y piedras preciosas que regaló a Bolívar el Gobierno del Perú después de la batalla de Ayacucho.   Al verificarse aquel acto imponente, los batallones de  la guardia presentaron las armas al son de las bandas militares: a la música guerrera se unió el estruendo de las salvas del cañón de Boyacá que saludaba al Libertador.

Vuelta la comitiva a la gradería del Capitolio, el Presidente Murillo dirigió la palabra desde este sitio culminante a más de cuarenta mil espectadores que lo rodeaban, poseídos de patriótico entusiasmo y respetuoso silencio.

He aquí la bellísima alocución que en tan memorable aniversario pronunció el primer Magistrado de un pueblo culto congregado a su rededor, cuyos hermosos conceptos servirán de termómetro para apreciar el estado de tranquilidad y concordia que se disfrutaba en esa época.

"Conciudadanos! Os he invitado a conmemorar el veinte de julio de1810,día en el cual nuestros padres abrieron la campaña que debía poner fin a la dominación española sobre estas comarcas, para llegar a la formación de un pueblo libre, soberano y digno de asistir al banquete de la civilización.

Esta campaña se cerró por las famosas batallas de Boyacá, Carabobo, Pichincha y Ayacucho, en las cuales así como en los patíbulos levantados por la ferocidad de los dominadores, corrió con profusión, como está corriendo en Cuba, la sangre de muchos héroes y de preclaros patricios, desde la de Caldas y de Camilo Torres hasta la de la bella heroína Policarpa Salabarrieta.

La lucha se engrandeció hasta las proporciones de la epopeya, y nunca sacrificio alguno tuvo más elevado propósito, ni fue más digno de la gratitud y del respeto de la posteridad.

Desde los más remotos tiempos, los pueblos que han conseguido ser libres han celebrado las fechas de los acontecimientos que les han sido propicios o venturosos; y más un pueblo gana en cultura, levanta su patriotismo y aspira a afirmar la fraternidad que preside a su desarrollo, más tributo y aun culto rinde al recuerdo de los grandes hechos de sus antepasados, como estrechándose en esos días sobre las tumbas venerandas, para refrescar y vigorizar sus vínculos y seguir en peregrinación en pos de más altos destinos.

Convidándoos a celebrar la iniciación  de nuestra nacionalidad, y rogándoos me acompañéis a saludar la estatua del inmortal Simón Bolívar, que supo conducir las huestes libertadoras de victoria en victoria, desde las bocas del Orinoco hasta Chuquisaca y el Callao, en Bolivia y el Perú, sigamos luego a la tristemente célebre Huerta de Jaime, hoy Plaza de los Mártires, para descubrirnos delante de las imágenes de los patriotas sacrificados en odio al espíritu de independencia y de dignidad ingénito en el mundo de Colón. Y quiero que en tan sagrado lugar renovemos el juramento de ser libres, y al propio tiempo, obedeciendo al sentimiento cristiano de fraternidad, elevemos nuestros votos al cielo porque la obra de emancipación de este continente, y su depuración como teatro de escenas sangrientas, se realice pronto por la sanción de los pueblos civilizados, hasta hoy espectadores indolentes de tantas violaciones de la ley de Cristo.

El Nuevo Mundo surgió a la voz de Colón del seno de los mares, como tierra prometida a la libertad, cuando las abominaciones de los despotismos de Oriente y Occidente parecían no dejar refugio a la especie humana; y desde su aparición viene consumando la más trascendental palingenesia para cambiar completamente las condiciones de la humanidad, acercándola más y más a la excelsitud de su Creador; mas es condición indeclinable la de ser independiente y la de ejercitar sus facultades en plena libertad. Nuestro aniversario en esta vez ha de tener más resonancia, cuanto que, a despecho de los pesimistas o enemigos, hemos llegado al fin a la meta señalada con voz profética por nuestros padres, cuando por vez primera pudieron tener una Asamblea en chozas pajizas a las orillas del Orinoco.

Nuestro horizonte político  está perfectamente despejado: ningún punto negro se divisa en sus confines.   No tenemos de esas cuestiones sociales que tanto amagan y preocupan en el Antiguo Mundo.

Nuestra paz interior, resultado no de presión alguna, sino de una costosa educación política y del respeto a todo derecho y a toda opinión, es completa. La confianza se extiende y fortifica.

Nuestras relaciones  exteriores  se hallan mantenidas por la más franca cordialidad con los pueblos vecinos, y por la más perfecta buena fe y espíritu justiciero con todos los que mantienen relaciones con nosotros.

Y si por habernos dado de preferencia y con absoluta abnegación  a fundar nuestra existencia social y política, luchando con grandes dificultades como pueblo de origen español, no somos aún ricos, creo que puedo anunciaros en este día solemne que hemos cerrado la edad de hierro para entrar en la edad de oro. Se ha abierto recientemente, con pie firme y ánimo resuelto, la carrera del progreso moral y material, y pronto, más pronto de lo que acaso puede figurarse, las escuelas primarias, las universidades, los colegios, la imprenta libre, la concurrencia de todos a todo, la práctica de las instituciones, los telégrafos, las vías férreas, la aplicación de la mecánica a todas las operaciones del trabajo, hacen de nosotros una nación respetable por su inteligencia y por sus virtudes, y prodigiosamente rica.

¡Qué inmensa distancia la que media entre el bienestar y la moralidad del pueblo de la Colonia y el bienestar, la dignidad, la ciencia y la moralidad del pueblo de 1872!

Y pues que ya estuvimos en el templo dando gracias al Todopoderoso por tan grandes beneficios, vamos, conciudadanos, al lugar del suplicio de los patriotas, a deponer las guirnaldas formadas por nuestro agradecimiento por el precioso legado que de su Calvario recogimos. ¡Viva la Independencia! ¡Viva la Libertad!"

Un viva prolongado y sublime, cuyo eco debió llegar hasta la morada de nuestros próceres, resonó en toda la plaza y en sus alrededores.

Inmediatamente después empezó a desfilar la procesión, que salió de la plaza principal para recorrer la calle Real hasta la iglesia de San Francisco; de allí a la plazoleta de La Capuchina, pasando por la calle de Los Carneros; de allí a la plazoleta de San Victorino, para dirigirse al Occidente, hasta la calle que conduce a la Plaza de los Mártires, y de ésta por la hoy calle 10a, a la plaza de Bolívar, punto de partida.

Rompían la marcha los Generales Sucre, Nariño, Páez, Santander, Córdoba, Soublette y Baraya, en espléndida cabalgata, representados por jovencitos elegidos entre los descendientes de aquellos héroes, con los uniformes de la época y seguidos de una banda militar.

El desfile de los carros alegóricos tuvo lugar en el orden siguiente:

Nariño, proclamando los |Derechos del hombre, con su levitón de paño color de café, él, el primero que despertó el sentimiento de la patria entre los cundinamarqueses; el primero que los condujo al campo de la gloria; pero, menos afortunado que Washington,  fue también el primero entre nosotros que saboreó el acíbar de la ingratitud de sus conciudadanos!

Ricaurte, envuelto en el pabellón tricolor que como glorioso sudario envolvió sus calcinados despojos para llevarlos a los pies del Altísimo, en el sublime sacrificio de San Mateo!

Caldas, en la capilla que precedió a su inicuo suplicio, absorto en lucubraciones científicas, y que al pedir a Pascual Enrile dos días de vida para resolver el problema que lo preocupaba, obtuvo por respuesta "que España no necesitaba de sabios": fatídicas palabras que han pesado por más de medio siglo sobre la madre patria!

Girardot, escalando la cumbre del Bárbula, para enseñar a las futuras generaciones cómo se ofrenda la vida por la patria.

París, el Manco de Bombona, quien se distinguió entre los bravos que don Basilio García pudo destrozar, pero no vencer.

Santander, jurando la Constitución que el primero dio el ejemplo de obedecer, por lo cual se le llamó |El hombre de las leyes.

Torres, arengando a la  Municipalidad de Santafé, para inspirarla en la idea de que los pueblos son los únicos que tienen derecho a disponer de su suerte, y que había sonado en el reloj del destino la hora de la emancipación americana.

Policarpa Salabarrieta, que al marchar al suplicio dirigía una última mirada sobre el cadáver despedazado de su prometido Alejo Savaraín; ansiosa de morir por la patria y de reunirse al que fue su único amor, sacrificado como ella, por el vil cuanto mezquino Juan Sámano, y cuya sangre de virgen cruelmente inmolada, unida al bofetón que en castigo de la falta de lealtad a la palabra empeñada de salvar la vida del sabio Caldas, le infligió doña Asunción Tenorio en Popayán, marcaron con indeleble estigma aquella figura sanguinaria de los crueles e impolíticos |pacificadores. ¡Ay de la causa que exige tan atroces holocaustos!

El |Acta de la Independencia,rodeada de nueve señoritas descendientes de los mártires de la Patria, escogidas entre las más bellas de la ciudad, vestidas de trajes blancos adornados con azucenas y decoradas con la bandera tricolor. Cada una llevaba una corona y una cinta que pendía del dosel en que estaba colocada el Acta, como símbolo de unión entre los nueve Estados que formaban la Federación colombiana.

Los |trofeos de |la guerra tomados al enemigo a costa de fabulosos y cruentos sacrificios, custodiados por las venerandas reliquias de los heroicos guerreros que aún vivían y que habían contribuido con sus esfuerzos a la adquisición de aquellos mudos testimonios de tanta gloria. Allí marchaban los viejos veteranos Joaquín Posada, Vicente Gutiérrez de Piñeres, Manuel Antonio López, Lorenzo González, Emigdio Briceño, Santiago Fraser, Ramón Muñoz, Enrique Weir, José María González, Juan Masutier, Antonio Herrera, José María Espinosa, Ramón Acevedo, Ramón M. Arjona, Nicolás Quevedo R., Hilario Cifuentes, José María y Alejandro Gaitán, José de D. Ucrós, Eladio Cancino y varios otros cuyos nombres tenemos la pena de no recordar, luciendo sus viejos uniformes, satisfechos al contemplar que no fueron estériles los sacrificios hechos para fundar la Patria colombiana.

El Presidente de la República, que se distinguía por la banda tricolor estrellada que llevaba con modestia bajo el frac, en medio de imponente grupo compuesto del Arzobispo y su Capítulo Metropolitano, del Cuerpo Diplomático y Consular, de la Corte Suprema Federal, de los Secretarios de Estado, del Gobernador de Cundinamarca, del Estado Mayor y de los empleados públicos. La procesión marchaba en medio de las filas formadas por los alumnos de ambos sexos de los Colegios públicos o privados, y de las Escuelas Normales.

La Guardia Colombiana, en columna cerrada, marchaba al compás regular de música marcial.

El trayecto que recorría la procesión estaba colmado de apiñada y silenciosa muchedumbre: los balcones, ventanas y tejados de las casas se veían atestados por multitud de personas ansiosas de ver aquel  espectáculo nuevo entre nosotros. Al asomar la cabeza de la comitiva, después de pasar el arco de Antioquia, se desbordó el incontenible entusiasmo de los espectadores, que arrojaban a los protagonistas de tan hermosa fiesta millares de ramilletes y coronas encintados, a los gritos y vivas que se les escapaban de los anhelosos pechos, acompañados de dulces lágrimas que hacía derramar la majestad de aquel cortejo y para que nada faltara en ese día de la patria, los que formaban parte de la procesión caminaban como absortos al contemplar el inmenso cúmulo de bellezas bogotanas que llenaban los balcones, risueñas y habladoras con las agradables emociones que les producía aquella fiesta civilizadora.

Al llegar el señor Murillo al atrio de la iglesia de San Francisco, le dirigió una bella alocución el Gobernador de Cundinamarca, alusiva al acto que tenía lugar.

En la plazoleta de La Capuchina se veía la imagen de la cabeza de don Camilo Torres puesta en escarpia después de ejecutado, donde permaneció sirviendo de presa a las aves de rapiña, hasta que llegó el día de celebrar el natalicio del abominable FernandoVII,fecha en la cual la quitaron de allí para que no amenguara la fiesta del déspota.

El arco dórico que correspondió al Estado del Magdalena, estaba custodiado por el Depósito de soldados Inválidos de la Independencia. Entre éstos figuraba el anciano Dimas Daza, que fue tambor de Nariño y tuvo la feliz ocurrencia de batir marcha regular mientras que sus compañeros presentaban sus enmohecidas armas a la comitiva que pasaba. Aquellos héroes anónimos fueron saludados con respeto por los concurrentes.

En el centro de la antigua Huerta de Jaime, hoy Plaza de los Mártires, se levantaba alta pirámide adornada de coronas de cipreses y siemprevivas, con los nombres de todos los patriotas que sellaron con su sangre en el cadalso el amor y decisión por la Independencia de Colombia. De las paredes situadas al Occidente de aquel huerto, en la parte comprendida entre el templo en construcción dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, y la esquina Norte, pendían coronas con los nombres de los Próceres que allí fueron fusilados por la espalda; el suelo que empapó aquella sangre generosa estaba tapizado con perfumadas flores. Allí se detuvo el convoy para oír a los distinguidos oradores José María Rojas Garrido y José María Quijano Otero, quienes entusiasmaron al auditorio con los elocuentísimos discursos que pronunciaron, en versos endecasílabos el primero, en prosa el segundo, alusivos ambos a la fiesta que se celebraba.

La procesión terminó al llegar a la plaza de Bolívar, en donde se despidió el Presidente de la República, quien presenció el desfile en el atrio del Capitolio. Allí se detuvo el carro que conducía el |Acta de la Independencia y las nueve señoritas.  Entonces una de ellas, Rebeca Porras, que representaba el Estado de Bolívar, se puso de pie, y con voz clara y correcta dicción dirigió al señor Murillo el siguiente discurso:

"Señor: He aceptado el cargo que se me ha conferido de poner en vuestras manos las coronas de la República que hemos traído con el |Acta original de la Independencia, para que os dignes enviarlas a cada uno de los nueve Estados de Colombia, como prenda de cordialidad y unión, símbolo de la paz que debe conducirlos a un hermoso porvenir. En este día memorable y de generoso jubilara la Patria, me felicito por la circunstancia de representar al Estado que lleva con orgullo el nombre del |Libertador, sobre cuya luminosa frente descendió el ángel de la Libertad para colocar en ella la corona de la victoria. La capital de ese Estado, bien lo sabéis, señor, fue el primer baluarte de la Independencia, y dentro de sus muros rindió su vida, en el cadalso de los próceres, uno de mis antepasados.

Recibid, señor, estas coronas, como el homenaje que rendimos en el altar de la Patria, en uno de sus gloriosos aniversarios, y sirvan ellas en las diferentes Secciones de la República, de timbre de gloria a los que sacrificaron su vida por amor a la Libertad, y de saludable enseñanza a los que intentaren restablecer en ella el reinado de la tiranía".

Impresionado el Presidente Murillo por la ingenuidad del lenguaje y la inteligente expresión de la señorita Porras, apenas pudo dirigirle estas breves palabras, que acusaban la emoción que lo dominaba:

"Señoritas: Si los manes de los virtuosos varones cuyo hecho hoy recordamos con veneración, pudieran presenciar el homenaje que les rinde la belleza naciente, este grupo simbólico de los Estados, que como un ramillete de botones de blancas rosas, representa el candor, la inocencia y la esperanza, de seguro que derramarían abundantes lágrimas de ternura viéndose así honrados. ¡'Qué tributo más grato para aquellos excelsos patricios!

Recibo de vosotras, con no menos viva emoción, las coronas destinadas a los Jefes de los nueve Estados que representáis, y me apresuraré a enviarlas a cada uno de ellos, quienes, os lo aseguro, las recibirán con profundo respeto y cariño, grabando por ellas más en su espíritu y corazón el pensamiento de unión cordial entre colombianos, para trabajar en el engrandecimiento de la común Patria, Patria feliz de la cual ninguno aspira a separarse.

Tened la bondad de aceptar la expresión de agradecimiento que en nombre de Colombia os presento por la fatiga del día y la valiosa cooperación que habéis prestado a la fiesta nacional".

Atronadora salva de aplausos interrumpió el profundo silencio que imperaba en aquel recinto, para no perder ni una sílaba de tan hermosos como patrióticos conceptos. En cuanto a las niñas que en ese día clásico se exhibieron como gotas de purísimo rocío recogidas en el nácar sagrado de la Patria, en todas se ha cumplido el brillante porvenir a que tenían derecho: hoy se ostentan  como preciosas perlas, formadas en el seno de nuestra escogida sociedad, en donde se las conoce como matronas distinguidas al amparo del hogar cristiano, del cual son el principal adorno.

Por la noche se repitió la espontánea y brillante iluminación en los edificios, con las correspondientes salvas de artillería y repique general de campanas: a las ocho se cantó a grande orquesta el himno nacional, bajo la dirección de los distinguidos profesores Cayetano Pereira y Daniel Figueroa, y a las nueve se dio principio a los fuegos artificiales de grande y magnífico espectáculo, como no se han visto otros en el país, preparados por el inteligente colombiano don Guillermo Tavera.

Lo avanzado de la tarde determinó al Presidente de la Comisiónatransferir para el día siguiente, a las cuatro de la tarde la |Gran parada y maniobras militares con que la Guardia Colombiana contribuyó a solemnizar aquella fiesta.

Si los espectáculos que dejamos relatados dejaron satisfechos a los que los presenciaron, no menos que a los que los prepararon y llevaron a ejecución, es digna de elogio la admirable circunspección que guardó el pueblo de esta capital durante aquellos días: no se vio el más ligero desacato, la menor precipitación o tendencia a estrecharse en los espectadores; en una palabra,  no hubo ni la más leve acción que interrumpiera o disminuyera la armonía y expansiva cordialidad que reinó en ese por desgracia corto tiempo.

Todos conservamos gratísimos e imperecederos recuerdos de la manera como el Presidente de la República, doctor Manuel Murillo Toro, dispuso y organizó, con la cooperación de sus conciudadanos, la celebración de la fiesta del veinte de julio de1872,aniversario de la proclamación de nuestra Independencia nacional.

 

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