EL 20 DE JULIO DE 1872
Queremos consignar el recuerdo de las únicas verdaderas
fiestas que ha presenciado Bogotá con motivo del aniversario de la
proclamación de nuestra Independencia.
En el año de1872entró a regir, por segunda vez, los destinos del
país, el doctor Manuel Murillo Toro, cuya Administración, lo mismo
que la primera, fue tolerante y pacífica, salvo uno que otro
movimiento sedicioso ocurrido en alguno de los entonces Estados
soberanos, que no alteraron el orden público general. Los partidos
políticos se manifestaban moderados en sus exigencias y según la
expresión del señor Murillo, el bajel de la República navegaba en
|mar de leche.
La tranquilidad que se disfrutaba entonces indujo al Presidente
a festejar el
|Veinte de Julio de manera digna de un pueblo
civilizado y culto. Nombró comisiones compuestas de señoras y
caballeros notables, pertenecientes a todos los partidos políticos,
para que organizaran la fiesta en el sentido de que reinara en ella
el sentimiento patriótico en todas sus nobles manifestaciones.
La Junta que organizó aquella espléndida solemnidad la formaban
los señores José María Quijano Otero, Generales Vicente G. de
Piñeres y Emigdio Briceño, Medardo Rivas, Vicente Lafaurie,
Wenceslao Pizano, Coronel Lorenzo González, José María Vargas
Heredia y Manuel Briceño. Aceptadas las invitaciones hechas por la
comisión, tomó la ciudad un aspecto hasta entonces desconocido: no
quedó pared sin enlucir, puerta ni ventana sin pintar, ni calle sin
desyerbar y barrer; en una palabra, la población parecía una
|tacita de oro, como se dice vulgarmente. Y así había de ser,
porque se trataba de dar la prueba tangible del grado de
civilización que hubiéramos alcanzado después de sesenta y dos años
de mayoría de edad, como pueblo entregado a sus propias fuerzas. En
esa vez pudo decirse con legítimo orgullo, que los hechos
superarongrandemente a las esperanzas concebidas, y que Bogotá se
exhibió a la altura de las capitales más notables del antiguo y del
nuevo continente.
A las cinco de la tarde del día diez y nueve se llevó de La
Veracruz a La Catedral, en procesión arreglada por los señores
doctores Bernardo Herrera Restrepo, Joaquín Pardo Vergara, y el
Seminario Conciliar, la imagen de Santa Librada, patrona de la
Patrie, ricamente vestida, cargada en andas por gastadores, y
escoltada por un batallón: precedían a la Santa los aparatos
fúnebres que sirvieron para conducir al suplicio a los próceres. El
objeto más notable era el Monte Pío o
|Cristo de
|los
Mártires, adornado con coronas de siemprevivas entrelazadas con
crespón negro No se puede contemplar aquella imagen del Crucificado
en actitud de sublime resignación, despedazado y cubierto de
sangre, sin experimentar sensación de pavoroso recogimiento al
pensar en las miradas de suprema angustia que habrían fijado en él,
como
|Spes única, los infortunados que iban a ser
sacrificados en holocausto a la libertad americana.
A las seis, o toque de oración, se repicó en las iglesias y se
iluminaron todos los edificios de la ciudad: en los balcones, con
los candelabros y demás objetos vistosos y de lujo apropiados para
colocar luces; del frente de las casas salían torrentes de luz que
daban a Bogotá apariencia fantástica; los pianos sonaban con
alegres y bien ejecutadas armonías, y la población, ebria de
contento y bulliciosa, se lanzó a las calles, que recorría en todas
direcciones, para no perder uno solo de aquellos brillantes
espectáculos.
Las estruendosas salvas de artillería y las bandas de música que
recorrían la ciudad, anunciaron a sus moradores que empezaba a
lucir la aurora del día de la Patria.
¡Qué aspecto el que ofrecía la ciudad! El frente de las casas
adornado con el iris de Colombia: ricas colgaduras bordadas de
guirnaldas y flores naturales, arregladas con primor, pendían de
los balcones y gabinetes; en las torres de las iglesias flameaba el
pabellón nacional al pie de la cruz, como símbolo de reconciliación
de los dos Poderes; el trayecto que debía recorrer la procesión
cívica, tapizado de flores y letreros alegóricos a los hechos que
se conmemoraban;los nueve arcos de triunfo, encomendados a
distinguidos ciudadanos de los respectivos Estados, construidos con
arte y buen gusto, especialmente el de Antioquia, levantado en la
bocacalle que pone en comunicación la plaza con la antigua calle
Real, que semejaba al de la Puerta de San Martín, en París.
En la plaza de Bolívar, la estatua del Libertador engalanada
bajo espléndido pabellón, adornado el pedestal con las banderas
extranjeras de las naciones amigas de Colombia, y al pie los
trofeos de guerra tomadas a los españoles en la decisiva batalla de
Bogotá, junto con los fusiles de chispa y cañones
|de a
cuatro que sirvieron para vencerlos. Rodeábanla los bustos de
varios próceres, custodiada por los pocos soldados de la guerra
magna que aún vivían, vestidos con el uniforme que llevaban en las
batallas en que se hallaron. La galería occidental adornada con los
retratos de los mártires, y en el centro un dosel en donde reposaba
|el acta original del Cabildo abierto del veinte de julio
de
|1810.
A las nueve de la mañana asistieron a la Catedral el Presidente
de la República y el Gobernador de Cundinamarca, acompasados de los
altos empleados nacionales y del Estado, de los Jefes y Oficiales
del Ejército que estaban en servicio o con licencia indefinida,
vestidos con lujosos uniformes, sin distinción del partido político
a que pertenecieran, porque en ese día todos nos reputábamos
hermanos e hijos de una misma madre. Allí fueron solemnemente
recibidos por el Capítulo Metropolitano, después de lo cual se
presentó el dignísimo Arzobispo Arbeláez, precedido del Clero y del
Seminario Conciliar, para oficiar de pontifical en la misa solemne
y entonar en seguida el
|Te Deum, en acción de gracias al
Señor de los Ejércitos, por el inmenso beneficio de la
Independencia, e implorar al mismo tiempo sus miradas paternales
para la República.
Verificada la recepción oficial en el Palacio de San Carlos, el
Presidente Murillo, en compañía del Arzobispo, rodeado del
Ministerio, de los altos funcionarios, del Clero, del Cuerpo
Diplomático y Consular y de numeroso concurso, se encaminó al
Capitolio, para de allí dirigirse a la estatua y colocar en ella la
corona de oro y piedras preciosas que regaló a Bolívar el Gobierno
del Perú después de la batalla de Ayacucho. Al verificarse aquel
acto imponente, los batallones de la guardia presentaron las armas
al son de las bandas militares: a la música guerrera se unió el
estruendo de las salvas del cañón de Boyacá que saludaba al
Libertador.
Vuelta la comitiva a la gradería del Capitolio, el Presidente
Murillo dirigió la palabra desde este sitio culminante a más de
cuarenta mil espectadores que lo rodeaban, poseídos de patriótico
entusiasmo y respetuoso silencio.
He aquí la bellísima alocución que en tan memorable aniversario
pronunció el primer Magistrado de un pueblo culto congregado a su
rededor, cuyos hermosos conceptos servirán de termómetro para
apreciar el estado de tranquilidad y concordia que se disfrutaba en
esa época.
"Conciudadanos! Os he invitado a conmemorar el veinte
de julio de1810,día en el cual nuestros padres abrieron la campaña
que debía poner fin a la dominación española sobre estas comarcas,
para llegar a la formación de un pueblo libre, soberano y digno de
asistir al banquete de la civilización.
Esta campaña se cerró por las famosas batallas de Boyacá,
Carabobo, Pichincha y Ayacucho, en las cuales así como en los
patíbulos levantados por la ferocidad de los dominadores, corrió
con profusión, como está corriendo en Cuba, la sangre de muchos
héroes y de preclaros patricios, desde la de Caldas y de Camilo
Torres hasta la de la bella heroína Policarpa Salabarrieta.
La lucha se engrandeció hasta las proporciones de la epopeya, y
nunca sacrificio alguno tuvo más elevado propósito, ni fue más
digno de la gratitud y del respeto de la posteridad.
Desde los más remotos tiempos, los pueblos que han conseguido
ser libres han celebrado las fechas de los acontecimientos que les
han sido propicios o venturosos; y más un pueblo gana en cultura,
levanta su patriotismo y aspira a afirmar la fraternidad que
preside a su desarrollo, más tributo y aun culto rinde al recuerdo
de los grandes hechos de sus antepasados, como estrechándose en
esos días sobre las tumbas venerandas, para refrescar y vigorizar
sus vínculos y seguir en peregrinación en pos de más altos
destinos.
Convidándoos a celebrar la iniciación de nuestra nacionalidad,
y rogándoos me acompañéis a saludar la estatua del inmortal Simón
Bolívar, que supo conducir las huestes libertadoras de victoria en
victoria, desde las bocas del Orinoco hasta Chuquisaca y el Callao,
en Bolivia y el Perú, sigamos luego a la tristemente célebre Huerta
de Jaime, hoy Plaza de los Mártires, para descubrirnos delante de
las imágenes de los patriotas sacrificados en odio al espíritu de
independencia y de dignidad ingénito en el mundo de Colón. Y quiero
que en tan sagrado lugar renovemos el juramento de ser libres, y al
propio tiempo, obedeciendo al sentimiento cristiano de fraternidad,
elevemos nuestros votos al cielo porque la obra de emancipación de
este continente, y su depuración como teatro de escenas
sangrientas, se realice pronto por la sanción de los pueblos
civilizados, hasta hoy espectadores indolentes de tantas
violaciones de la ley de Cristo.
El Nuevo Mundo surgió a la voz de Colón del seno de los mares,
como tierra prometida a la libertad, cuando las abominaciones de
los despotismos de Oriente y Occidente parecían no dejar refugio a
la especie humana; y desde su aparición viene consumando la más
trascendental palingenesia para cambiar completamente las
condiciones de la humanidad, acercándola más y más a la excelsitud
de su Creador; mas es condición indeclinable la de ser
independiente y la de ejercitar sus facultades en plena libertad.
Nuestro aniversario en esta vez ha de tener más resonancia, cuanto
que, a despecho de los pesimistas o enemigos, hemos llegado al fin
a la meta señalada con voz profética por nuestros padres, cuando
por vez primera pudieron tener una Asamblea en chozas pajizas a las
orillas del Orinoco.
Nuestro horizonte político está perfectamente despejado: ningún
punto negro se divisa en sus confines. No tenemos de esas
cuestiones sociales que tanto amagan y preocupan en el Antiguo
Mundo.
Nuestra paz interior, resultado no de presión alguna, sino de
una costosa educación política y del respeto a todo derecho y a
toda opinión, es completa. La confianza se extiende y
fortifica.
Nuestras relaciones exteriores se hallan mantenidas por la más
franca cordialidad con los pueblos vecinos, y por la más perfecta
buena fe y espíritu justiciero con todos los que mantienen
relaciones con nosotros.
Y si por habernos dado de preferencia y con absoluta abnegación
a fundar nuestra existencia social y política, luchando con grandes
dificultades como pueblo de origen español, no somos aún ricos,
creo que puedo anunciaros en este día solemne que hemos cerrado la
edad de hierro para entrar en la edad de oro. Se ha abierto
recientemente, con pie firme y ánimo resuelto, la carrera del
progreso moral y material, y pronto, más pronto de lo que acaso
puede figurarse, las escuelas primarias, las universidades, los
colegios, la imprenta libre, la concurrencia de todos a todo, la
práctica de las instituciones, los telégrafos, las vías férreas, la
aplicación de la mecánica a todas las operaciones del trabajo,
hacen de nosotros una nación respetable por su inteligencia y por
sus virtudes, y prodigiosamente rica.
¡Qué inmensa distancia la que media entre el bienestar y la
moralidad del pueblo de la Colonia y el bienestar, la dignidad, la
ciencia y la moralidad del pueblo de 1872!
Y pues que ya estuvimos en el templo dando gracias al
Todopoderoso por tan grandes beneficios, vamos, conciudadanos, al
lugar del suplicio de los patriotas, a deponer las guirnaldas
formadas por nuestro agradecimiento por el precioso legado que de
su Calvario recogimos. ¡Viva la Independencia! ¡Viva la
Libertad!"
Un viva prolongado y sublime, cuyo eco debió llegar hasta la
morada de nuestros próceres, resonó en toda la plaza y en sus
alrededores.
Inmediatamente después empezó a desfilar la procesión, que salió
de la plaza principal para recorrer la calle Real hasta la iglesia
de San Francisco; de allí a la plazoleta de La Capuchina, pasando
por la calle de Los Carneros; de allí a la plazoleta de San
Victorino, para dirigirse al Occidente, hasta la calle que conduce
a la Plaza de los Mártires, y de ésta por la hoy calle 10a, a la
plaza de Bolívar, punto de partida.
Rompían la marcha los Generales Sucre, Nariño, Páez, Santander,
Córdoba, Soublette y Baraya, en espléndida cabalgata, representados
por jovencitos elegidos entre los descendientes de aquellos héroes,
con los uniformes de la época y seguidos de una banda militar.
El desfile de los carros alegóricos tuvo lugar en el orden
siguiente:
Nariño, proclamando los
|Derechos del hombre, con su
levitón de paño color de café, él, el primero que despertó el
sentimiento de la patria entre los cundinamarqueses; el primero que
los condujo al campo de la gloria; pero, menos afortunado que
Washington, fue también el primero entre nosotros que saboreó el
acíbar de la ingratitud de sus conciudadanos!
Ricaurte, envuelto en el pabellón tricolor que como glorioso
sudario envolvió sus calcinados despojos para llevarlos a los pies
del Altísimo, en el sublime sacrificio de San Mateo!
Caldas, en la capilla que precedió a su inicuo suplicio, absorto
en lucubraciones científicas, y que al pedir a Pascual Enrile dos
días de vida para resolver el problema que lo preocupaba, obtuvo
por respuesta "que España no necesitaba de
sabios": fatídicas palabras que han pesado por más de
medio siglo sobre la madre patria!
Girardot, escalando la cumbre del Bárbula, para enseñar a las
futuras generaciones cómo se ofrenda la vida por la patria.
París, el Manco de Bombona, quien se distinguió entre los bravos
que don Basilio García pudo destrozar, pero no vencer.
Santander, jurando la Constitución que el primero dio el ejemplo
de obedecer, por lo cual se le llamó
|El hombre de las
leyes.
Torres, arengando a la Municipalidad de Santafé, para
inspirarla en la idea de que los pueblos son los únicos que tienen
derecho a disponer de su suerte, y que había sonado en el reloj del
destino la hora de la emancipación americana.
Policarpa Salabarrieta, que al marchar al suplicio dirigía una
última mirada sobre el cadáver despedazado de su prometido Alejo
Savaraín; ansiosa de morir por la patria y de reunirse al que fue
su único amor, sacrificado como ella, por el vil cuanto mezquino
Juan Sámano, y cuya sangre de virgen cruelmente inmolada, unida al
bofetón que en castigo de la falta de lealtad a la palabra empeñada
de salvar la vida del sabio Caldas, le infligió doña Asunción
Tenorio en Popayán, marcaron con indeleble estigma aquella figura
sanguinaria de los crueles e impolíticos
|pacificadores. ¡Ay
de la causa que exige tan atroces holocaustos!
El
|Acta de la Independencia,rodeada de nueve señoritas
descendientes de los mártires de la Patria, escogidas entre las más
bellas de la ciudad, vestidas de trajes blancos adornados con
azucenas y decoradas con la bandera tricolor. Cada una llevaba una
corona y una cinta que pendía del dosel en que estaba colocada el
Acta, como símbolo de unión entre los nueve Estados que formaban la
Federación colombiana.
Los
|trofeos de
|la guerra tomados al enemigo a
costa de fabulosos y cruentos sacrificios, custodiados por las
venerandas reliquias de los heroicos guerreros que aún vivían y que
habían contribuido con sus esfuerzos a la adquisición de aquellos
mudos testimonios de tanta gloria. Allí marchaban los viejos
veteranos Joaquín Posada, Vicente Gutiérrez de Piñeres, Manuel
Antonio López, Lorenzo González, Emigdio Briceño, Santiago Fraser,
Ramón Muñoz, Enrique Weir, José María González, Juan Masutier,
Antonio Herrera, José María Espinosa, Ramón Acevedo, Ramón M.
Arjona, Nicolás Quevedo R., Hilario Cifuentes, José María y
Alejandro Gaitán, José de D. Ucrós, Eladio Cancino y varios otros
cuyos nombres tenemos la pena de no recordar, luciendo sus viejos
uniformes, satisfechos al contemplar que no fueron estériles los
sacrificios hechos para fundar la Patria colombiana.
El Presidente de la República, que se distinguía por la banda
tricolor estrellada que llevaba con modestia bajo el frac, en medio
de imponente grupo compuesto del Arzobispo y su Capítulo
Metropolitano, del Cuerpo Diplomático y Consular, de la Corte
Suprema Federal, de los Secretarios de Estado, del Gobernador de
Cundinamarca, del Estado Mayor y de los empleados públicos. La
procesión marchaba en medio de las filas formadas por los alumnos
de ambos sexos de los Colegios públicos o privados, y de las
Escuelas Normales.
La Guardia Colombiana, en columna cerrada, marchaba al compás
regular de música marcial.
El trayecto que recorría la procesión estaba colmado de apiñada
y silenciosa muchedumbre: los balcones, ventanas y tejados de las
casas se veían atestados por multitud de personas ansiosas de ver
aquel espectáculo nuevo entre nosotros. Al asomar la cabeza de la
comitiva, después de pasar el arco de Antioquia, se desbordó el
incontenible entusiasmo de los espectadores, que arrojaban a los
protagonistas de tan hermosa fiesta millares de ramilletes y
coronas encintados, a los gritos y vivas que se les escapaban de
los anhelosos pechos, acompañados de dulces lágrimas que hacía
derramar la majestad de aquel cortejo y para que nada faltara en
ese día de la patria, los que formaban parte de la procesión
caminaban como absortos al contemplar el inmenso cúmulo de bellezas
bogotanas que llenaban los balcones, risueñas y habladoras con las
agradables emociones que les producía aquella fiesta
civilizadora.
Al llegar el señor Murillo al atrio de la iglesia de San
Francisco, le dirigió una bella alocución el Gobernador de
Cundinamarca, alusiva al acto que tenía lugar.
En la plazoleta de La Capuchina se veía la imagen de la cabeza
de don Camilo Torres puesta en escarpia después de ejecutado, donde
permaneció sirviendo de presa a las aves de rapiña, hasta que llegó
el día de celebrar el natalicio del abominable FernandoVII,fecha en
la cual la quitaron de allí para que no amenguara la fiesta del
déspota.
El arco dórico que correspondió al Estado del Magdalena, estaba
custodiado por el Depósito de soldados Inválidos de la
Independencia. Entre éstos figuraba el anciano Dimas Daza, que fue
tambor de Nariño y tuvo la feliz ocurrencia de batir marcha regular
mientras que sus compañeros presentaban sus enmohecidas armas a la
comitiva que pasaba. Aquellos héroes anónimos fueron saludados con
respeto por los concurrentes.
En el centro de la antigua Huerta de Jaime, hoy Plaza de los
Mártires, se levantaba alta pirámide adornada de coronas de
cipreses y siemprevivas, con los nombres de todos los patriotas que
sellaron con su sangre en el cadalso el amor y decisión por la
Independencia de Colombia. De las paredes situadas al Occidente de
aquel huerto, en la parte comprendida entre el templo en
construcción dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, y la esquina
Norte, pendían coronas con los nombres de los Próceres que allí
fueron fusilados por la espalda; el suelo que empapó aquella sangre
generosa estaba tapizado con perfumadas flores. Allí se detuvo el
convoy para oír a los distinguidos oradores José María Rojas
Garrido y José María Quijano Otero, quienes entusiasmaron al
auditorio con los elocuentísimos discursos que pronunciaron, en
versos endecasílabos el primero, en prosa el segundo, alusivos
ambos a la fiesta que se celebraba.
La procesión terminó al llegar a la plaza de Bolívar, en donde
se despidió el Presidente de la República, quien presenció el
desfile en el atrio del Capitolio. Allí se detuvo el carro que
conducía el
|Acta de la Independencia y las nueve señoritas.
Entonces una de ellas, Rebeca Porras, que representaba el Estado de
Bolívar, se puso de pie, y con voz clara y correcta dicción dirigió
al señor Murillo el siguiente discurso:
"Señor: He aceptado el cargo que se me ha conferido de
poner en vuestras manos las coronas de la República que hemos
traído con el
|Acta original de la Independencia, para que os
dignes enviarlas a cada uno de los nueve Estados de Colombia, como
prenda de cordialidad y unión, símbolo de la paz que debe
conducirlos a un hermoso porvenir. En este día memorable y de
generoso jubilara la Patria, me felicito por la circunstancia de
representar al Estado que lleva con orgullo el nombre del
|Libertador, sobre cuya luminosa frente descendió el ángel de
la Libertad para colocar en ella la corona de la victoria. La
capital de ese Estado, bien lo sabéis, señor, fue el primer
baluarte de la Independencia, y dentro de sus muros rindió su vida,
en el cadalso de los próceres, uno de mis antepasados.
Recibid, señor, estas coronas, como el homenaje que rendimos en
el altar de la Patria, en uno de sus gloriosos aniversarios, y
sirvan ellas en las diferentes Secciones de la República, de timbre
de gloria a los que sacrificaron su vida por amor a la Libertad, y
de saludable enseñanza a los que intentaren restablecer en ella el
reinado de la tiranía".
Impresionado el Presidente Murillo por la ingenuidad del
lenguaje y la inteligente expresión de la señorita Porras, apenas
pudo dirigirle estas breves palabras, que acusaban la emoción que
lo dominaba:
"Señoritas: Si los manes de los virtuosos varones cuyo
hecho hoy recordamos con veneración, pudieran presenciar el
homenaje que les rinde la belleza naciente, este grupo simbólico de
los Estados, que como un ramillete de botones de blancas rosas,
representa el candor, la inocencia y la esperanza, de seguro que
derramarían abundantes lágrimas de ternura viéndose así honrados.
¡'Qué tributo más grato para aquellos excelsos patricios!
Recibo de vosotras, con no menos viva emoción, las coronas
destinadas a los Jefes de los nueve Estados que representáis, y me
apresuraré a enviarlas a cada uno de ellos, quienes, os lo aseguro,
las recibirán con profundo respeto y cariño, grabando por ellas más
en su espíritu y corazón el pensamiento de unión cordial entre
colombianos, para trabajar en el engrandecimiento de la común
Patria, Patria feliz de la cual ninguno aspira a separarse.
Tened la bondad de aceptar la expresión de agradecimiento que en
nombre de Colombia os presento por la fatiga del día y la valiosa
cooperación que habéis prestado a la fiesta nacional".
Atronadora salva de aplausos interrumpió el profundo silencio
que imperaba en aquel recinto, para no perder ni una sílaba de tan
hermosos como patrióticos conceptos. En cuanto a las niñas que en
ese día clásico se exhibieron como gotas de purísimo rocío
recogidas en el nácar sagrado de la Patria, en todas se ha cumplido
el brillante porvenir a que tenían derecho: hoy se ostentan como
preciosas perlas, formadas en el seno de nuestra escogida sociedad,
en donde se las conoce como matronas distinguidas al amparo del
hogar cristiano, del cual son el principal adorno.
Por la noche se repitió la espontánea y brillante iluminación en
los edificios, con las correspondientes salvas de artillería y
repique general de campanas: a las ocho se cantó a grande orquesta
el himno nacional, bajo la dirección de los distinguidos profesores
Cayetano Pereira y Daniel Figueroa, y a las nueve se dio principio
a los fuegos artificiales de grande y magnífico espectáculo, como
no se han visto otros en el país, preparados por el inteligente
colombiano don Guillermo Tavera.
Lo avanzado de la tarde determinó al Presidente de la
Comisiónatransferir para el día siguiente, a las cuatro de la tarde
la
|Gran parada y maniobras militares con que la Guardia
Colombiana contribuyó a solemnizar aquella fiesta.
Si los espectáculos que dejamos relatados dejaron satisfechos a
los que los presenciaron, no menos que a los que los prepararon y
llevaron a ejecución, es digna de elogio la admirable
circunspección que guardó el pueblo de esta capital durante
aquellos días: no se vio el más ligero desacato, la menor
precipitación o tendencia a estrecharse en los espectadores; en una
palabra, no hubo ni la más leve acción que interrumpiera o
disminuyera la armonía y expansiva cordialidad que reinó en ese por
desgracia corto tiempo.
Todos conservamos gratísimos e imperecederos recuerdos de la
manera como el Presidente de la República, doctor Manuel Murillo
Toro, dispuso y organizó, con la cooperación de sus conciudadanos,
la celebración de la fiesta del veinte de julio de1872,aniversario
de la proclamación de nuestra Independencia nacional.