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PROLOGO

 LEYENDO con interés de contemporáneo y testigo estos dos tomos de Reminiscencias de nuestra capital, me ha preocupado a menudo la sentencia de mi sabio predecesor el prologuista del primer tomo, de que bien puede ser que ellas no interesen sino a nosotros los viejos, porque aquí rumiamos  nuestros propios recuerdos, porque aquí estamos nosotros mismos. Y ya en otra ocasión de prólogo he reconocido la saludable facultad especial del señor Marroquín, ese don realista o realizador de despojar de su forro de embuste todas las cosas humanas y dejarlas en nuestras manos en su líquida realidad.

Pero no puede ser, me replico temeroso yo mismo. Aunque es cierto que la juventud mira para adelante y la vejez para atrás, que la vida de la mañana es la esperanza, la del pleno día la acción y la de la tarde el recuerdo, sin embargo, la curiosidad, la afición a lo extraordinario y el amor de lo propio, son de todas las edades, y aquí estamos en raíz todos los bogotanos con la tierra que nos produce; aquí con todos sus pormenores, nuestros personajes y cosas que viven aún en proverbio, como en Castilla Pedro de Urdemalas y Maricastaña; aquí nuestro molde o atmósfera física y moral y un espejo en que podemos vernos siempre que surja la frecuente cuestión del retroceso o adelanto de nuestro bienestar y cultura sociales.

Por seguro que esté el más casquivano joven de su propio valer y de la nulidad y tontería de todos los viejos, y más aún, de todos los muertos; o por convencido y entusiasta partidario que sea de los grandes hombres que el cielo había reservado para su conocimiento y admiración, siempre concederá que fueron algo, en sus días al menos, Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, Rafael Urdaneta, José María Córdoba, y tantos otros personajes de época posterior o de más larga vida, que figuran tras los bastidores de la seca historia oficial, en este teatro, ya popular, ya casero, del señor Cordovez; y no le pesará saber algo de ellos fuera de esa exhibición de parada.

Pero aquel tipo de engreído  iconoclasta creo que es muy raro en nuestra juventud. El bogotano raizal es modesto; el clima mismo, las calles desiertas de noche, y tradicionales hábitos de quietud, lo inclinan a la vida del hogar, a la lectura y al estudio, y de aquí en gran parte la cultura literaria que en la América española suele atribuirse a los colombianos formados en esta capital o por el cartabón de sus residentes.

Presumo, por consiguiente, que los artículos del señor Cordovez tendrán en masa el alto honor de la reelección indefinida, y será animadísimo entretenimiento de todos, los hogares lectores de la República. Lo que su autor debe deplorar en el alma es no disponer de un teléfono universal, que le permita escuchar los comentarios y aditamentos que les harán dondequiera sus oyentes de todas edades, clases y condiciones, porque con todos tocan y todos tendrán por turno, jurisdicción para fallar sobre ellos. Esos retoños, si pudieran recogerse, harían volúmenes no menos interesantes.

Durante tan agradable lectura, una de las primeras ideas que ocurren, por la constante comparación del Bogotá viejo con el actual, es hacer un balance del atraso con el progreso en todas las partidas que aquí se describen, y ver si el saldo es en favor o en contra del día de hoy, y por consiguiente, favorable o adverso al movimiento social y a nuestros muy varios gobernantes y administradores públicos.  Comenzando por lo malo, entre lo que me ha dejado viva impresión, reconozcamos, por ejemplo, que el obrero pobre pero amorosamente arraigado al suelo, y sano y feliz, ha desaparecido de la sabana de los Zipas, merced a la inicua desamortización de los resguardos de indígenas. Esas páginas forman un Canto al Trigo en prosa, un breve idilio realista que acredita el pincel y el corazón del autor. La Providencia parece haber tomado represalias de aquel hipócrita exterminio hecho en nombre de la libertad, maleando un tanto la vida de hogar de los acomodados, e inficionando del polvillo del lujo el santo matrimonio. A la realidad íntima y sabrosa se ha sustituido el ruinoso aparato, y están minados en sus cimientos el bienestar privado y el auge de la comunidad. Más aún que los lectores viejos, los jóvenes mirarán aquí para atrás con envidia, viendo cuan fácil, barata y racional era en otro tiempo la fundación de un hogar, hoy erizada de vanos requisitos y gravámenes serios, en una ciudad de más comercio de empeños que de mercancías, donde la mayor riqueza es delgado sofisma o fugaz accidente de posición. Fijándose sólo en un rasgo de las bodas del día, sugiere discretamente Cordovez que todos los convidados hagan una junta previa y conviertan el total presunto costo de "flores de un día" y quincallería de salón con que se obsequia a la novia, en el regalo de una casa, que asegure a la pareja contra una catástrofe conyugal.

En el ramo de industrias advierte el autor que esa de ornato de flores es aquí nueva, pero que, en cambio, la libertad económica y la imitación extranjera han dado muerte a muchas del país. En el relativo a fiestas patrióticas refresca el recuerdo de las de1872,que ideadas por José María Quijano Otero, Manuel Briceño y otros, y cordialmente apoyadas por el Presidente Murillo, fueron de un culto tipo histórico objetivo, un gran Corpus civil ni antes concebido ni después imitado. Cuanto a bailes, describe el dado en1860por don Mariano Tanco, de bienvenida a su amado hermano Nicolás, función de una brillantez y fantasía tampoco disfrutadas aquí en ese ramo por la actual juventud, y previamente bosqueja la insigne contradanza española, el concertado general danzante, certamen  de cultura e ingenio de salón, en que los Presidentes Santander y Mallarino, como en Caracas Soublette y los Montillas, fueron extremados. Su pérdida es ciertamente ignominia de esta generación descastada; y en este capítulo de sociabilidad amena y artística, hay otra muerta, que Cordovez exhuma en su florido comentario de Reminiscencias, la cual basta para probar el letal efecto de nuestra sedicente política en la genuina civilización bogotana: aludo a la Sociedad Filarmónica, fundada hacia1846,y cuyo excelente plan, recordado aquí, dio el fruto adicional de un vasto edificio propio, que por más de treinta años quedó en paredes como ruina y al fin se convirtió en casas de particulares. Aun el grande Arzobispo Mosquera honraba siempre sus funciones; y como el banano de la India, tenía tal savia de vida aquella Sociedad, que un renuevo de una sola de sus ramas (un hijo de don Enrique Price) ha bastado para levantar hoy la Academia Nacional de Música, verjel de gracias y armonía, al que Dios se digne deparar larga vida.

Pasando al haber del progreso, Cordovez menciona a los beneméritos arquitectos y constructores que han obrado en Bogotá una transformación de aspecto urbano en los últimos cuarenta años,—sin sondar la llaga mortífera y socavadora que encubren sus pavimentos de calles, su sistema de surcos atravesados contra el declive, como el monumental de la Calle Honda, hoy encumbrada cuchilla; los caños secos, tifógenos cuidadosamente labrados orillando los enlosados o banquetas para ir sahumando en toda su marcha al transeúnte, porque así, en descubierto, dizque se usan en París, y son nuestros mismos viejos caños en doble línea sin agua, y aproximados al olfato cuanto es posible; y en fin, sus tuberías de hojalata, empotradas para las aguas de lluvia, regaderas intestinas de paredes no impermeables, por todo lo cual un ingeniero europeo amigo mío ha descrito la ingeniería municipal bogotana llamándola "una esmerada y equitativa distribución contra los vecinos, de todas las aguas que el buen Dios les envía para el aseo y la vida".


                                                         Y cuestionan después los de la Higiene
                                                          Por qué el tifo es aquí planta perenne.

Otrosmuchos progresos más netos que ese registran lasReminiscencias. Cuando los estudiantes del día se sientan infelices, indignados contra sus rectores y maestros, lean en ellas el tratamiento penal que preceptuaba el degradante código de nuestro tiempo, y al punto les parecerán ángeles sus tiranos imaginarios. En este capítulo trae Cordovez primores, como la descripción de la araña colgante o culebrilla, la geografía del país por los distintos apodos de los concolegas, y por los muy variados regalos comibles que les venían de sus pueblos, y el recuerdo de sus ejercicios espirituales y de sus confesores favoritos; mas en lo último le reclamo que olvidó al Reverendo Padre Ariza, franciscano, el non plus ultra del género apetecido. Aquí, como discreto padre de familia, paga Cordovez un justo tributo a los jesuítas en su carácter de institutores de niños, y apunta la licenciosa soltura estudiantil que se observó de1868a1885 según él,  pues a mí no me consta.

Igual adelanto exhiben, por  comparación con las del día, la bárbara medicina vulgar y la dentistería que aquí nos pinta, y que en verdad no alcancé yo a conocer; las saturnales postmeridianas de La Peña en Carnestolendas, y de otras fechas y lugares; y las antiguas fiestas de toros y toldos, de gratísima memoria por cierto; pero causa de innúmeras quiebras de virtud y de honradas subsistencias,  y toque a deserción de las sirvientas, como el autor lo certifica.

Sin embargo, a este propósito recalquemos en que no son progreso sino escuela pública de ferocidad, los toros a la española, antes felizmente desconocidos aquí, y a los cuales nuestro pueblo parece aficionarse ahora, cuando el omnividente LeónXIIIcreo se ha propuesto extinguirlos.

El teatro del día es otra nota buena, pero no óptima, según Cordovez. Observa que ya no ocupan palco las hijas de la alegría, pero que ellas, en cambio,  han subido a la escena con los argumentos;
y en esto, como en todo,  su libro exhibe al celoso padre de familia cristiana.

Cuanto a crueldades bestiales, teníamos, y acaso tenemos aún bastante, con los gallos de San Pedro, los juegos de gallos en general, y el infametoro encandelillado, que Cordovez no olvida en sus censuras. La autoridad debería prohibirlos en absoluto, y crear o fomentar en su reemplazo otra clase de entretenimientos y ejercicios físicos, con sus circos, certámenes y premios, cosa no sólo indispensable, sino urgente para un pueblo tan sedentario como el nuestro, extraño a la gimnasia, a la natación y por lo común al baño, y hoy privado del de Fucha,  porque se secó,   y del excelente de Tunjuelo,  por falta de tranvía. Esto,  más su alimentación y bebidas,  más las viviendas no ventiladas, más tal vez el abuso del cigarro y el uso del cigarrillo, más el lavado comunista de ropa en aguas sucias, más las resultantes enfermedades, y sabe Dios qué maltratos, desvelos y otras cosas, están produciendo entre nosotros una visible degeneración física, en el hombre por lo menos de aspecto generalmente desmedrado. Nuestro clima es acaso desfavorable para él cuanto propicio a la mujer; las viudas abundan. Ojalá tuviésemos menos literatura, menos humanidades, y más humanidad, ganando por este lado lo que perdiésemos de atenienses por el primero. Recuérdese que el ejercicio y la hidroterapia son el antídoto de la neurosis, que dicen hoy priva en patología y literatura, como privaba en las Convulsiones de Vargas Tejada.

No olvidó el autor darnos una lista de los más notables adeptos que ha contado y cuenta Bogotá en varias profesiones, particularmente en medicina.

En el párrafo sobre homeópatas falta el que inició aquí esta doctrina, que fue, desde1837, el doctor Víctor Sanmiguel, padre de don Peregrino. Quizás colaboró luego en esa novedad don David Castello, pues conozco un extenso Manual de Jahr y Hering, marcado D. Castello,1838;y sé que en Ambalema, hacia1858, él se distinguió combatiendo allí la fiebre amarilla. En1838se convirtió el Dr. Salvador M. Alvarez, grande impulsor y polemista que en 1866trajo a sus filas nada menos que al doctor Joaquín Calvo Mendívil. Faltan asimismo los ex-alópatas Marcelino Liévano, Francisco Rendón, Alejandro Agudelo, Wenceslao Chaves, J. Salvador Riera, Joaquín G. y Carlos Manrique, José María Ortega, Andrés Fernández, Antonio M. Buitrago, Vicente Pérez Rubio, Miguel Latorre, Zoilo Correa, Mariano Becerra, Francisco Duarte, Ismael Navarro, César Torres, Rafael Baquero, Juan N. Restrepo, Eladio Gaitán; y del Instituto Homeopático Rafael GarcíaV.,Tito Simón de Rojas, Angel M. Baptista, Casimiro Leal Larrota, Miguel Díaz Heredia, Ricardo y Belisario Arenas, Antonio P. Morales, Timoteo Blanco de Mesa, Benjamín Nates, PabloI.Casas, hábil físico y químico, señorita Sara Páez y muchos ausentes.

De hidroterapia no dejó aquí escuela especial el profesor español Villanova, quien nos hizo una visita por los años de1850,mas ya están circulando entre nosotros los tratados de los actuales reformistas Luis Kuhne y presbítero Kneipp Cordovez  menciona a doce excelentes dentistas de esta ciudad,  nacionales todos, que antes los había sólo extranjeros. Involuntariamente se le escaparon algunos; y todos los veterinarios formados en la reciente escuela del señor Vericel.  De éstos me honro en conocer al estudiosísimo doctor Eladio Gaitán, como que aun entrometí un prólogo, casi dos años ha, en su muy útil Manual de Medicina Veterinaria,   homeopática y alopática. Y no son menos solicitados sus colegas Ifigenio Flórez, Moisés Echeverría, Obdulio Gutiérrez, Antonio María Olaechea y Mercilio Andrade.

El Bogotá contemporáneo casi no alcanza a concebir cómo pudo publicarse aquí El Alacrán, y ser leído de todo el mundo sin lesión material de sus redactores, ni concibe una cuadrilla de ladrones como la de Russi e Ignacio Rodríguez, que con tanta comodidad ocupaba de día una casa y exportaba todo su botín; ni quizá un viaje al campo, tan complicado e incómodo como el que harán mentalmente a Villeta las lectoras; ni una especie de Mahoma curandero al tenor de Miguel Perdomo, que acaudillando un Ejército del Trabajo como el que ha paseado los Estados Unidos, ocupó a Bogotá y sus alrededores en1872, metió en calzas prietas a todos los médicos y a todas las autoridades, causó una fuga general de cotudos y asesinó al único infeliz de ellos que entregaron a su cuchillo, todo con impunidad absoluta. Cordovez hace de lo último una explicación obvia y saludable: aquello no fue más que un caso práctico de federación. De los tres poderes que aquí imperaban con arreglo a la ciencia de1863no incumbió ni al nacional, ni al municipal, ni al del Estado Soberano llamar a cuentas al Profeta, o mientras se dirimía esa competencia negativa de jurisdicción, él tuvo tiempo de conquistar la Sabana, amenazar a Venezuela (donde interpretaron con él de otro modo el federalismo), e ir a morir en el Ecuador. Y sin embargo, bárbaro y todo, constan curaciones admirables que hizo aquí Perdomo en individuos desahuciados por los primeros profesores.

Los muchachos gritones de periódicos, que en mala hora aprendieron que el crimen es el bocado más apetecido al paladar espiritual del hombre, venderían millares de Reminiscencias por día, voceando los científicos robos y asesinatos que ellas relatan; y en materia de refinada ferocidad no se concibe qué monstruo podrá exceder la de Trinidad Forero con la infeliz  niña emparedada que se llamaba Custodia. La mujer demonio aventaja enormemente a los masculinos. Pero Cordovez no cuenta delitos de más contagiosa especie, ni aun alude a ellos mientras que se esmera en señalar la mano de la Justicia Divina en el espantoso fruto que recogieron de su siembra estos héroes de asesinato y despojo en los lazos que tendieron para su propia caída. Los lectores de novelas hallarán aquí probado el dicho de que la verdad suele ser más extraña que la ficción, y es más viva, como de mano de la naturaleza misma.

José María Cordovez no pretende ni ha pretendido nunca ser literato, y de aquí su mayor mérito y encanto de narrador. No sé por qué motivo su tiempo de colegio fue muy corto e intermitente, o no le dejó rastro ni afición de sabio de libro. Los años que otros dedican a ignorar el mundo y la vida sepultándose en letras muertas de plomo, que a la larga marchitan y entecan como si tocaran de muerto, él los dedicó a las letras vivas, de carne y hueso; a verlo, oírlo y palparlo todo en su original, en sus accidentes de negocios, viajes,  reveses y   revoluciones; a formarse hombre efectivo y  no escrito, a tratar gente real y no espíritus, a bucear en ondas de rosa hasta adueñarse de una perla escondida, casarse, asegurarse un modesto pero decente capital con qué vivir, hacer de su casa un mundito íntimo y completo en que nada falta (desde oratorio, libros útiles, cartilla, pinceles, bastidor de labores, violín y piano,  hasta horno, baño,  gimnasio,   flores, árboles frutales, estanque de criar peces, yerbas medicinales y botiquín);  y plantar allí una familia bien disciplinada, alegre y feliz de puertas adentro. Es, por consiguiente, sin mucha gramática latina ni castellana, uno de los poquísimos verdaderos sabios que conozco.Superior a él, ninguno, ni Horacio, ni Aristóteles, y menos aún el Rey don Alfonso, el Sabio por antonomasia, y muchísimo menos Salomón, a quien José María pudiera haber dado muy útil ejemplo.

Vivísimo de muchacho, de esos que están en todas partes y a todas llegan a tiempo de novedad; y viendo y oyendo, en la perenne tertulia de su casa y en la de su admirable tía doña Agustina Moure, a todos nuestros personajes, tirios y troyanos, nacionales y extranjeros, que allí concurrían a disfrutar en amigable tregua,'como la familia feliz de Barnum, del talismán de gracia omnígena que infaliblemente lleva con su sangre aquel apellido payanes; heredero al mismo tiempo de una eficaz piedad y de las noticias litúrgicas o eclesiásticas que posee hasta el más impío hijo del Puracé, y dotado de una memoria estereotípica: aquí tienen mis lectores toda la escuela y academia del autor de estas Reminiscencias, Moure también por la bendita madre que le depararon Dios y el buen gusto de don Manuel Antonio, su excelente padre, y uno de los fundadores y actores de la insigne Sociedad Filarmónica.


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