INDICE




 

ROBO SACRILEGO EN LA IGLESIA DE LA CAPUCHINA III

Entre las fiestas religiosas  que con más pompa y aparato se celebraban en Santafé, lo mismo que sucede en la actualidad en Bogotá, se contaban las conocidas vulgarmente con el nombre de |Cuarenta Horas, durante las cuales permanece expuesta a la adoración de los fieles la Hostia Santa e inmaculada por excelencia.

Para el católico creyente, nada hay más grande ni digno de adoración en todo el orbe que el Sacramento inefable de la Eucaristía, por cuanto su fe le enseña que es el Cuerpo y la Sangre del Divino Jesús, nacido de la Virgen sin mancilla, y sacrificado en holocausto a Dios Creador, como única víctima digna y suficiente para aplacarlo y para reconciliar al hombre caído con Aquel que le hizo los inestimables beneficios de la vida y la inmortalidad.

La devoción a ese Misterio de amor y caridad, se ha señalado siempre entre nosotros por actos materiales  de abnegación y desprendimiento notables; y a estas causas se debe la erección en esta ciudad del bello templo que, con el nombre de Capilla del Sagrario, hizo construir a su costa el noble caballero don Gabriel Gómez de Sandoval, descendiente de los muy ilustres condes de Lerma, en España.

Antiguamente funcionaba el cura de la parroquia de La Catedral en la iglesia del mismo nombre, lo que daba lugar a constantes interrupciones en los diversos actos religiosos que se celebran en las iglesias metropolitanas.

En una ocasión, al sacar la Majestad para llevarla como viático a un moribundo, observó Sandoval con dolor, que los paramentos y demás enseres de que se hacía uso no correspondían en manera alguna al altísimo objeto a que se les destinaba, y lo que era más grave aún, que había actos de irreverencia incompatibles con el culto, por la confusión que producía el ejercicio de diversas funciones religiosas simultáneamente en una misma iglesia.

Para remediar aquel mal, y al mismo tiempo hacer acto público de fervoroso adorador de Jesucristo en la Eucaristía, Gómez de Sandoval hizo voto en el año de 1659, de construir un templo en que se diera culto espléndido al Rey de los cielos y la tierra, y en donde se conservara perpetuamente la Hostia o Viático que debía llevarse a los que por cualquier causa estuvieran próximos a emprender  el viaje que, más o menos tarde, todos debemos llevar a cabo. Al efecto, vendió cuanto tenía para .emplearlo en la construcción de la iglesia que hoy es una de nuestras joyas más preciadas; y si bien es cierto que no tuvo el gusto de verla concluida, al menos dejó arreglados al morir los asuntos concernientes a su terminación, de manera que ésta pudo dedicarse solemnemente en el año de 1700.

Entre las notables curiosidades que posee este santuario, se encuentra el altar de carey, marfil y maderas preciosas, reconstruido por el artista bogotano don Rafael Franco, con los restos de los materiales que se salvaron del terremoto ocurrido en el año de 1827. También ha venido a ser esta capilla el museo en donde se exhibe la mejor colección de pinturas que produjo el genio del pintor santafereño Gregorio Vásquez Ceballos.

El capitán don José Talens y su esposa doña Luisa Arguindey, vivían pacíficamente, a fines del año de1598, en su casa situada en el Parque de Santander.

Aquellos eran los buenos tiempos de la Colonia, ya por la paz octaviana que se disfrutaba en esa época, ya porque aún rendían pingües ganancias los restos de las |encomiendas de indios cuyos productos no tenían otro destino que el de caer en algún cofre, para esperar allí tranquilamente la salida de la primera caravana que, con destino a Cartagena de Indias, se encargara de llevarlos, y aprovechar allá la oportunidad que se ofreciera para remitirlos en algunos de los galeones que regresaban a la madre patria, cuando lo permitieran los piratas ingleses, que a la sazón infestaban los mares.

En una de esas noches santafereñas, más negras que un tintero de escribano, en las que todos los moradores se encerraban en sus casas con el objeto de rezar el rosario temprano, a fin de tomar con tiempo la merienda y poder hacer la digestión que les permitiera acostarse a dormir sin riesgos de una apoplejía, se introdujeron varios hombres enmascarados en la casa del capitán Talens, a quien encontraron dormido sosegadamente en su lecho. Previos los procedimientos usuales en tales casos, los asaltantes manifestaron a Talens la necesidad que los obligaba a dar ese paso, pidiéndole una cosa y ofreciéndole dos, a saber:

Le pedían dieciséis mil patacones, que necesitaban para cumplir con un compromiso sagrado; y le ofrecían matarlo, si llegaba a revelar el nombre de los enmascarados, en el caso de que los llegara a conocer, y devolverle el dinero que le pedían, tan luego como mejoraran las malas circunstancias que los obligaban a adoptar aquel sistema.

Vencido Talens, pero no convencido,  reflexionó que nada podía hacer de provecho en defensa de sus |doblones, los que, por desgracia suya, estaban al alcance de los |peticionarios por cuanto éstos le indicaron que conocían el sitio en donde los guardaba; además, era preciso tranquilizar a doña Luisa, que ya tenía el alma en los dientes por el terror que le infundían los enmascarados.

Haciendo como se dice de |tripas corazón y dando sentido adiós a sus escudos, los entregó el capitán a aquellos recaudadores de nueva especie, diciéndoles que si eran caballeros como se decían, esperaba que le devolvieran ese dinero; pero que tuvieran entendido que si no cumplían la palabra empeñada, no sería él sino Jesucristo el defraudado, porque esa suma la destinaba para invertirla en una custodia y una lámpara para la iglesia, de Nuestra Señora de Las Nieves. Los asaltantes eran a no dudarlo |hombres de bien, puesto que el día menos pensado y sin saber cómo, devolvieron su oro al capitán, con intereses vencidos, dinero que aplicó al cumplimiento de la solemne promesa hecha por él y su digna esposa en aquellos momentos de angustia.

Aún se conserva en dicha iglesia la famosa custodia de oro macizo y piedras preciosas, estimada en cuarenta mil pesos, como una prueba tangible de la piedad de Talens.

Para recordar el suceso que dejamos referido, el capitán se hizo retratar con su esposa, en un cuadro al óleo que se encuentra en la sacristía de la iglesia citada, en que están representados los dos esposos en actitud | de | adorar el Sacramento de la Eucaristía colocado en la custodia que regalaron, con la siguiente inscripción al pie:

  |«ELCAP. D. JOSEPH TALEMS Y Doña LUISA DE ARGUINDEY DIERON A | ESTA SANTA IGLESIA LA CUSTODIA Y LAMPARA: RUEGUEN A | DIOS POR ELLOS".

 En la parte inferior del cuadro se lee la siguiente décima como prueba de que la piedad del capitán y de su esposa, no estaba en proporción con el favor que les dispensaban las musas:


Viendo el fin de tantos curas
Es cosa muy importante
Llevar la luz por delante
Pues de las grandes locuras
Para no toparse a oscuras;
Que puede haber escondida,
Es tener siempre encendida
La lampara para el reposo,
Que cuando venga el esposo;
La tope bien encendida.

 

Pocas serían las personas que no conocieron en Santafé a Joaquina Rodríguez, la |heladera. Vivía en una tienda situada al Oriente del huerto que entonces se llamaba |jardín, del Observatorio, cuyo edificio tenía |arrendado, no para observar las estrellas, porque nunca tuvo pretensión de cultivar la ciencia de Urania, sino simplemente con el objeto de dedicar el edificio para depositar, en la planta baja, el granizo que recogía en el invierno, y poderlo conservar el mayor tiempo posible, a fin de dar más duración a la industria que le daba para vivir, amén de las razonables ganancias que le producía cada granizada.

Caben bien aquí aquellas lacónicas palabras de Tomás de Kempis: |sic transit gloria mundi, porque nunca pudieron figurarse los sabios Celestino Mutis y Francisco José de Caldas, que se iban a |quemar las pestañas a fin de escoger el sitio más adecuado para edificar el observatorio astronómico mejor situado en el mundo, y que algún día se dedicara el fruto de sus desvelos al prosaico destino de guardar el producto del fenómeno físico respecto del cual la ciencia no ha dicho aún su última palabra.

Aquella mujer de la clase media tenía una hija que se llamaba Narcisa; las dos poseían el secreto de hacer los |helados con tal primor como no se preparan ni en el café Tortoni en París, ni en Napóles. La madre era de carácter agrio y dominante, en contraposición, al de la hija, que era muy amable y reposado; pero las dos eran el verdadero tipo de la mujer aseada, hacendosa y de piedad sincera; vivían reprendiendo a los |cachacos que se dedicaban a inquietarles las bellas y robustas aldeanas que se procuraban en los campos, para ocuparlas en las faenas consiguientes a la heladería y exquisita repostería que daban a la venta. Con la muerte de aquéllas, se perdió el secreto que poseían para preparar los deliciosos sorbetes que deleitaban el apetito de los bogotanos tan aficionados a las golosinas.

De tiempo atrás, empleaban madre e hija la mayor parte de sus ahorros en fomentar la fiesta de las |Cuarenta Horas que se celebra en La Catedral durante los tres primeros días del año. Cuando el negocio de los helados les produjo relativa riqueza, compraron una tienda situada al frente de la puerta falsa de dicha iglesia, y allí tenían especial cuidado de mantener aseada la calle contigua al templo que encerraba el Misterio de la Eucaristía, al que profesaban la más tierna devoción, y arrojaban aguasal sobre el empedrado, para que no naciera yerba.  Además, contribuían con ocho pesos mensuales para ayudar a pagar el salario del que conducía el |quitasol en las administraciones,

Como era natural, la madre emprendió la primera el viaje a las moradas eternas; pero ambas dejaron asegurados, en lo posible, los recursos de que disponían, para que después de su muerte no se dejara de hacer la fiesta de su predicción.

Allá habrán recibido el ciento por uno, ofrecido por Aquel que no falta a su palabra.

Pasando de los hechos concretos a los abstractos, haremos notar que esta ciudad se ha distinguido, en todas épocas, por el acendrado amor de sus moradores al gran Misterio, que es sin disputa la piedra angular del catolicismo: basta observar en los templos los tabernáculos, para admirar los riquísimos velos con que se oculta a la vista de los fieles el copón que contiene las Formas consagradas, bordados con oro y pedrería, ofrecidos por nuestras vírgenes, que siguen en esto el ejemplo, de las doncellas de Israel cuando preparaban y tejían el purísimo lino destinado al servicio de Jehová.

A las seis de la mañana del día | 13 de junio de 1858, dieron principio, en la bella iglesia de La Capuchina, al triduo de |Cuarenta Horas establecido desde el tiempo en que los Padres Capuchinos vivían en el anexo convento de misiones fundado por los mismos. La iglesia parecía un ascua de oro por la profusión de luces con que estaba iluminada, y el adorno de las flores era hecho con tal abundancia y buen gusto, como sólo se ve en Bogotá. Durante todo el día fue muy visitada la iglesia, no sólo por los vecinos, sino también por los feligreses de los otros barrios, atraídos por la fama de la excelencia de la fiesta. Por la noche predicó el doctor don Manuel Fernández Saavedra, uno de los oradores sagrados más notables de la América española.

Después del sermón entonaron los sacerdotes al pie del Santísimo, revestidos con ricos ornamentos, el |Pange lingua, himno magnífico en el fondo y en la forma, compuesto por Santo Tomás de Aquino, a quien, se apellidó "doctor Angélico" con tanta propiedad.

Si hay algo verdaderamente imponente en las ceremonias de la Iglesia, es esta en la que los levitas de la Nueva Ley, confiesan, en cántico sublime, la divinidad de Jesucristo, transubstanciado en el Sacramento, ante el cual se postran acompañados del pueblo fiel.

Bastarán pocas palabras para  dar ligera idea de la sublimidad de aquella producción del ingenio humano.

Se refiere en la vida del Santo que, satisfecho el Salvador con el cántico, le dijo estas palabras:

—"Has hablado bien de mí, Tomás; pídeme una gracia".

—"A Vos mismo!" exclamó el sobrino del emperador Barba-Roja, con pasmosa prontitud. ¡Imposible hablar menos y pedir más!

Terminado el servicio religioso a las siete de la noche, empezaron a salir los fieles, satisfechos de la fiesta y, deseosos de continuarla en los dos días siguientes .El sacristán y sus ayudantes tomaron el manojo de llaves de la iglesia y repicaban con ellas para notificar a los concurrentes que desocuparan el templo.

Cuando aquellos creyeron que no quedaba nadie dentro, cerraron las puertas de la iglesia, teniendo cuidado de que la lámpara que ardía al frente del Santísimo estuviera bien provista de aceite, para que no se extinguiera la única luz que quedaba durante la noche.

No bien se hubo cerrado la puerta del templo cuando, de debajo de unos de los altares de las naves, salieron dos hombres que parecían sombras: subió uno de ellos al altar, y, sin trepidar, alzó con una mano la punta del velo, y con la otra tomó la custodia y la puso sobre el ara; en seguida descendió y apartó la custodia que le hacía estorbo para abrir el sagrario donde estaba el copón lleno de hostias consagradas; sacó la de la custodia y la puso sobre el altar; destapó en seguida el copón y regó sobre el mantel las formas que contenía; desprendió la cruz de oro y esmeraldas que coronaba la custodia, se la metió en uno de los bolsillos del vestido y entregó las alhajas al compañero, quien las colocó debajo del mismo altar que les había servido para ocultarse.

Reunidos de nuevo aquellos bandidos, emprendieron otra requisa para buscar más objetos de valor; lograron encontrar en la sacristía varios vasos sagrados, que corrieron la misma suerte que la custodia y el copón; tomaron algunas alfombras y las extendieron debajo del altar que les servía de guarida con el objeto de arreglarse un lecho provisional para dormir el resto de la noche con alguna comodidad, y, al pasar incidentalmente por el frente del tabernáculo que acababan de profanar, hicieron profunda genuflexión!

El lunes 14, antes de dar principio a la continuación de las |Cuarenta Horas, pidió la comunión una señora; pero al abrir el tabernáculo para dársela, halló el sacerdote las formas consagradas esparcidas sobre los corporales, vio que faltaba el copón grande, otro pequeño, una patena y el vaso de plata que servía de purificador. Alarmado aquél con el descubrimiento que acababa de hacer, dio aviso al cura de la parroquia, presbítero Agustín Vásquez, quien acudió instintivamente al tabernáculo con el objeto de ver si la custodia estaba en su lugar; pero el recinto sagrado estaba vacío.

Sin saber lo que hacía y poseído de verdadero pánico por lo que  comenzaba a sospechar, el cura se postró de rodillas y con voz ahogada por entrecortados sollozos, exclamó alzando los brazos al cielo: |¡Piedad, Señor, para tu pueblo!

Los asistentes que no estaban aún al corriente de lo ocurrido, creyeron que la exclamación del sacerdote tenía por causa algún peligro físico inminente, como temblor o cosa parecida, y sin reflexionar en lo que hacían empezaron a salir corriendo de la iglesia; visto lo cual por el sacristán les gritó desesperado: no, señores, no corran, sino ayúdenme a buscar la custodia que no parece!

Sin lugar a la menor duda, la iglesia había sido, durante la noche anterior, el escenario escogido por los malvados para consumar la más abominable profanación.

Las personas que en esos momentos se encontraban en la iglesia, se dieron con verdadero frenesí a buscar por todas partes, sin dejar resquicio que no hurgaran, ni objeto que no movieran. Después de algún tiempo se oyó el grito de una mujer que exclamó—lo encontré!

En efecto, al buscar debajo de los altares, se llegó a aquel que los ladrones habían escogido para esconderse. Allí hallaron un copón que conservaba partículas de las formas consagradas, una patena, y un purificador, pero nada más. En el momento se aglomeró en ese punto la gente que había en la iglesia, cayendo todos de rodillas, por cuanto todo católico sabe el prodigio de que en la Hostia inmaculada, lo mismo que en cada partícula de ella, existe real y verdaderamente el cuerpo de Jesucristo.

Conducido al altar el vaso sagrado con su precioso contenido, esperaba a los circunstantes otro espectáculo aún más doloroso: encontraron esparcidos sobre el altar mayor, los restos de las hostias que los bandidos dejaron abandonadas en ese sitio.

Aquel fue un instante conmovedor; todos lloraban y gritaban, implorando perdón de la Majestad ultrajada, y pidiendo castigo para los sacrílegos delincuentes.

El Ilustrísimo señor Arzobispo Herrán acababa de decir la misa en la capilla de su palacio, cuando se le dio aviso del inaudito crimen cometido en la noche anterior.  Aquel piadoso Pastor cayó accidentado al tener conocimiento de la profanación, y vuelto en sí, lo primero que hizo fue dictar y promulgar solemnemente el decreto en que declaraba excomulgados vitandos a los que directa o indirectamente hubieran tomado parte en aquel robo sacrílego, y conminaba con penas análogas a todos aquellos que siendo conocedores de alguno o de algunos de los incidentes del crimen, no los denunciaran a la autoridad.

Ya puede figurarse el lector la impresión que se produciría en todas las clases sociales de esta ciudad con la espantosa noticia que se esparció con la velocidad de una centella; de todas partes ocurría la gente hacia la iglesia profanada, y una vez allí, rezaban alguna breve oración, a fin de aplacar la ira del cielo, para salir en seguida decididos a emprender las investigaciones conducentes al descubrimiento de los culpados.

La preocupación general era la de saber el paradero de la Hostia que estaba en la custodia, por cuanto había derecho para temer aún mayores sacrilegios de parte de los bandidos, habida consideración de las circunstancias que acompañaron la comisión del delito. Puede decirse, sin exagerar, que el tema obligado de la conversación de todos los habitantes de esta ciudad, en ese día y en los siguientes, no fue otro sino el asunto que nos ocupa, y jamás tuvo la autoridad mayores auxiliares para descubrir y castigar a los criminales que en esa ocasión, en la que un pueblo entero se sentía herido en fibra tan sensible como es el sentimiento religioso ofendido en lo más sagrado. No había duda acerca de la posibilidad de descubrir a los autores de tan incalificable delito.

Hacia el medio día vio Esteban Trigos, |el Negro, a una mujer que ofreció en venta al platero Ciriaco Baquero, el viril de oro en que se fija la Hostia: el platero retuvo la alhaja que debía hacer parte de la custodia robada.

Trigos se fue detrás de la mujer para ver dónde entraba y dar parte a la policía.

La vendedora llegó a la orilla del río San Francisco, comprendida entre el puente del mismo nombre y el de Gutiérrez, y se entró a una de las casas altas situadas al sur de dicho río. Trigos voló a dar parte al señor José Tadeo Matéus, que a la sazón era jefe de la policía, quien mandó a su segundo, Rafael Castro, que acompañado de Trigos, subió a la sala de dicha casa.

Allí se encontraron con la mujer que vendía el viril, y con Carlota Mogollón, señora de la casa, la que, sabedora del objeto de la visita que le hacía la autoridad, entregó la custodia robada, faltándole la cruz y algunas piezas pequeñas, manifestando que ignoraba la procedencia de esa alhaja; pero que la había llevado a su casa Justiniano Rodríguez, pariente de |Camilo Rodríguez antiguo compañero de Russi e hijo de Concepción Fernández.

Aquellas dos mujeres no se dieron cuenta al principio de la gravedad de los cargos que pesaban sobre ellas, y en especial la Mogollón hacía gala de sentimientos contrarios a toda idea religiosa; pero cuando supieron el modo y términos empleados para hacerse con la custodia, y sobre todo, la excomunión que las arropaba, iban perdiendo el juicio por el espanto que les produjo el conocimiento de su verdadera situación.   Además, todo fue hacerse trascendental la noticia de la captura de las dos presuntas reas del escandaloso cuanto sacrílego atentado, y estallar una terrible y popular tempestad contra aquellas desgraciadas, a las que costó gran  trabajo conducir sanas y salvas a la prisión, porque el pueblo, representado en esos momentos por los diferentes elementos sociales, exigía que las lapidaran sin esperar al esclarecimiento de los hechos.

En esa ocasión pudimos apreciar en todo su valor la importancia de las creencias religiosas: tanto la Mogollón como la mujer que ofrecía en venta el viril, suplicaban a gritos que no las mataran, hasta que les levantaran la excomunión lanzada contra ellas!

El mismo día se presentó a la autoridad el padre franciscano Juan N. García, con el objeto de entregar la cruz y los otros accesorios de la custodia, los que había regalado Justiniano Rodríguez  a Concepción Fernández, quien al saber el origen de dichas prendas, se había apresurado a devolverlas por su conducto, encareciéndole guardar el secreto; a lo que no se creía obligado, con tanto mayor razón cuanto el denuncio no caía bajo el sigilo de la confesión.

Noticiado el caritativo Arzobispo Herrán del estado a que estaban reducidas aquellas dos mujeres, dispuso que se levantaran las informaciones del caso, para que se les alzara el terrible anatema, después de las procesiones decretadas y de otras ceremonias que debían tener lugar como público desagravio al Santísimo.

El 15 del mismo mes de junio, a las cuatro de la tarde, estaban colmadas las calles de la ciudad en el trayecto comprendido de La Catedral a la iglesia de La Capuchina, entre la primera Calle Real y la de San Juan de Dios, hasta llegar a la plazuela de San Victorino, y de allí a la iglesia profanada.

Todas las campanas de las iglesias de la ciudad tocaban a rebato, y el pueblo, sin distinción de clases sociales, permanecía de rodillas, el mayor número con cirios encendidos. El Arzobispo, acompañado del clero secular y regular, de los altos magistrados y del ejército, llevaba la Majestad con la posible pompa y solemnidad para volverla a colocar en el sagrario de donde la habían quitado por medio de un crimen. Las puertas y balcones de las casas por donde pasaba la procesión estaban lujosamente decorados, y todos a porfía tributaban a la Hostia, al Cordero sin mancha, los homenajes más conmovedores y sinceros, como una protesta viva contra la infame profanación.

Al llegar a La Capuchina la procesión triunfal, las demostraciones de amor y veneración al Santísimo, salieron de lo común para tomar el carácter de verdadera apoteosis; pero el fervoroso entusiasmo subió de punto cuando el prelado, profundamente conmovido, colocó a la Majestad en el sagrario profanado, la incensó por tres veces y en seguida le dirigió una patética y sentida plegaria en favor de su pueblo, fiel, implorando que en esos solemnes momentos no se acordara de su Justicia sino de su gran Misericordia!

Olvidando los concurrentes el sitio en que se hallaban, manifestaron el contento que los dominaba, dando gritos de júbilo y abrazándose unos a otros, felicitándose por la reparación solemne que acababa de darse a la Majestad ultrajada.

En los días dieciséis y diecisiete siguientes, se repitió la misma ceremonia para ir en masa los habitantes a hacer actos de adoración y desagravio al Sacramento de la Eucaristía, en el mismo lugar en que había sido ofendido. Durante esos tres días celebraron la misa en La Capuchina todos los sacerdotes que a la sazón se hallaban en esta ciudad.

El día 22 era la fecha designada para proceder a levantar la excomunión a Carlota Mogollón, y a Simona Caballero, que fue la mujer que ofreció en venta el viril.

Desde temprano empezó a llenarse La Catedral con las personas ansiosas de presenciar esa ceremonia desconocida para aquella generación.  El pueblo ocupaba la plaza, y entre las mujeres se notaba gran sentimiento de hostilidad respecto de aquellas infelices, como lo demostraba el hecho de llevar guijarros en las mantillas para lapidarlas en primera oportunidad. Sin la severa intimación del Arzobispo, las excomulgadas no habrían salido vivas de aquella |pueblada.

A las nueve y media de la mañana llegó el Arzobispo a La Catedral, vertido con capa caudal, precedido del crucero y del báculo, y acompañado por todo el clero regular y secular, con estolas y sobrepellices. Al llegar la comitiva a la puerta mayor del templo, tomó asiento el prelado, y después se le revistió con amito, estola, capa pluvial morada y mitra sencilla.

Momentos después se oyó en la plaza un gran tumulto acompañado de vociferaciones y amenazas terribles: era la furia del pueblo que se despertaba en toda su intensidad a la vista de las penadas que iban custodiadas por medio batallón de soldados en previsión de algún ataque. Al fin, después de mil empellones y puñetazos de los espectadores para quedar situados en primera línea, con el objeto de no perder ningún detalle de tan extraordinario espectáculo, llegaron las dos mujeres a los pies del prelado.

Se les quitaron las mantillas y demás prendas del vestido, de la cintura para arriba, hasta dejarlas en camisa: allí, de rodillas y con la cabeza descubierta, pidieron humildemente la absolución, derramando copiosas lágrimas. En seguida el prelado les exigió previamente, bajo la gravedad del juramento, la obediencia a los mandatos de la Iglesia.

Acto continuo el Arzobispo recitó el salmo |Miserere, azotando suavemente, con una vara, las espaldas de las penitentes, al recitar cada versículo; después se rezó el salmo |Deus misereatur nostri, terminado el cual, arrojó la vara el prelado y poniéndose de pie, cubierta la cabeza con mitra, tomó a las absueltas por las manos derechas y alzando los ojos al cielo, exclamó lleno de la santa unción que le era peculiar:

"Yo os reduzco al gremio de la Santa Madre Iglesia y a la unión y comunicación de toda la cristiandad, de la cual habíais sido separadas por la sentencia de excomunión, y os restituyo a la participación de los Sacramentos | de la Iglesia, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.".

El silencio glacial que en aquellos momentos reinaba en la plaza, fue interrumpido por otro prolongado amén, repetido por más de veinte mil personas que presenciaban con temeroso recogimiento tan imponente acto.

Terminada aquella pavorosa al par que consoladora ceremonia, el señor Herrán dirigió a las reconciliadas algunas palabras de consuelo, haciéndoles presente que a virtud del perdón que les había otorgado en nombre de Dios que habían ofendido, ya no sería ineficaz para ellas el cruento sacrificio del Calvario.

En seguida volvieron a conducir a las culpables a la prisión; pero ya el pueblo había cambiado los sentimientos de odio y de venganza que abrigaba respecto de ellas, por los de compasión y caridad.

No debemos inculpar al pueblo de esta ciudad por las manifestaciones que hizo en contra de esas desdichadas, habida consideración de que el crimen por que se les perseguía, hirió en lo más vivo y sensible el sentimiento católico de sus moradores. En épocas anteriores habrían terminado aquéllas su existencia en una hoguera.

El 6 de septiembre tuvo lugar en la misma iglesia la absolución eclesiástica de los procesados Bernal y Rodríguez, con un ceremonial igual al descrito anteriormente.

Del sumario respectivo resultaron responsables del robo sacrílego, Francisco Bernal como autor principal, y Justiniano Rodríguez como auxiliador.

En la vista fiscal encontramos los notables conceptos emitidos en aquella solemne ocasión por el distinguido caballero don Leopoldo Arias Vargas, quien desempeñaba las delicadas funciones de fiscal, y que reproducimos como una prueba de los elevados sentimientos de aquel amigo que ya duerme el sueño eterno.

"Señor Juez:

“El 14 de junio del año que trascurre se sintió en la población de Bogotá grande alarma, porque en la noche anterior se había cometido uno de aquellos hechos raros en su especie, que, arrastrando consigo el mayor escándalo, tienden a herir los más sagrados sentimientos del hombre.

“La iglesia de San Victorino había sido el lugar del atentado.  La custodia había sido quitada del sagrario, las formas consagradas habían sido arrojadas por el suelo, los vasos y demás objetos del culto se hallaron esparcidos por el templo, y el autor de este hecho se había llevado consigo la custodia de la iglesia.

"Y en efecto, ¿qué se podía esperar del autor de un hecho semejante? El bandido que en la soledad de la noche desgarra el corazón de su víctima, sin testigos en el mundo, tiembla al sentir sobre sí la mirada de Dios: tal vez al pasar por cerca del templo se estremece al considerar que aquel testigo mudo aguarda el día de castigar; pero el que pone la atrevida mano para profanar la religión que le enseñaron sus padres, ése no teme ni a la ley ni a la conciencia".

El Jurado, compuesto de los señores José María Portocarrero, Narciso González L., Juvenal Castro, Francisco Bayón y Joaquín Gutiérrez de Celis, condenó a sufrir la pena de presidio, durante cinco años, a Bernal, y por dos a Rodríguez, declarando absueltas a Carlota Mogollón y Simona Caballero.

El escándalo producido por tan desgraciado suceso atormentó por mucho tiempo a las personas piadosas, porque consideraron ese acontecimiento como un presagio funesto para esta ciudad.

 

anterior | índice | siguiente