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ENVENENAMIENTO Y ROBO DE QUE FUE VICTIMA EL PRESBITERO DOCTOR RUDESINDO LOPEZ, CURA DE SANTA BARBARA II

 Tras de prolongada labor en diferentes curatos de la Arquidiócesis, en los que sufrió desde la inclemencia del frío hasta los ardores del Senegal, logró el presbítero doctor Rudesindo López, previo concienzudo examen en las |oposiciones convocadas al efecto, que el curato en propiedad de la parroquia de Santa Bárbara se le discerniera en parte como premio, y en parte, para disfrutar de relativo descanso, después de antiguos y meritorios servicios prestados en la carrera eclesiástica, en más de medio siglo de sacrificios y privaciones.

Para aquellos que no se toman la pena de profundizar las cosas, un curato es el puesto culminante a que puede aspirar el sacerdote aficionado al reposo y a la buena vida material; generalmente se cree que para el desempeño de las funciones de párroco, basta saber latín y poseer una buena mula en que ocurrir a las confesiones fuera de la población. Pero bien se conoce que no saben |de la misa la media los que tal piensan; y si no, véase muy por encima lo que pasa en aquel supuesto lecho de rosas.

Después de siete años de estudios en el Seminario, logra un joven recibir las órdenes y quedar en aptitud de irse por esos mundos de Dios a cumplir su misión de adoctrinar a las gentes; pero ese joven que ha cultivado su inteligencia, nutriéndola con sublimes doctrinas que le prescriben el amor a sus semejantes y la completa abnegación, carece de la necesaria e indispensable experiencia para evangelizar lejanas y miserables poblaciones, sumidas de ordinario en vicios groseros.  Sin embargo, nada arredra al inexperto levita, porque cuenta con la infalible promesa de Aquel que dijo: “Yo os envío como ovejas en medio de los lobos, y no penséis en lo que habéis de hablar, porque oportunamente se os dirá lo que habéis de decir".

La llegada de un nuevo cura a los pueblos se considera siempre como acontecimiento notable para sus moradores, por mil razones: para unos es fortuna salir del |monigote que los tenía fastidiados porque predicaba todos los domingos respeto a la propiedad, fidelidad conyugal, obligación de adorar a Dios, y porque exigía la reforma de costumbres; otros creen que con la salida del cura viejo y la venida del nuevo, pueden continuar sin escrúpulo la vida de escándalo que llevan, por cuanto el párroco que llega no conoce como el que se va las llagas que los corroen.

Pero tiene otra faz nada envidiable la vida de un cura: no puede decir a ninguna hora del día o de la noche: este instante me pertenece. ¡Cuántas veces agobiado por la ruda fatiga del día y cuando aún no ha podido cumplir con la imprescindible obligación de rezar el Oficio Divino, debe posponer hasta las más exigentes necesidades de la vida para acudir, tarde de la noche, al lecho de algún moribundo y consolar a la desolada familia! Y esto sin que las más de las veces se lo agradezcan, si no es que se granjea enemigos irreconciliables, porque su oportuna presencia desvaneció alguna ambiciones bastardas.

Cuando ya el cura conoce a sus feligreses y empieza a recoger el fruto de sus constantes vigilias, principian los |gamonales perjudicados con la moralización del pueblo, a trabajar con celo infernal a fin de que les cambien el párroco que con sus |doctrinas intolerantes y alusiones personales en sus predicaciones tiene divididas las familias o cosa parecida. La autoridad eclesiástica, con el deseo de aplacar los ánimos y de restablecer la buena armonía, se ve obligada muchas veces a su pesar, a prestar oídos a las |reclamaciones y representaciones que le llegan por millares, aunque el vecindario quejoso no pase de cien almas, y cambia el cura, enviando otro, que tiene que recorrer la misma |vía dolorosa. Esta es, a no dudarlo,la razón de que los párrocos hagan el papel de fichas de ajedrez.

Ultimamente, después de que un sacerdote ha medido a palmos el extenso territorio de la Arquidiócesis, lidiando a la gente más insoportable del mundo, y de haber perdido hasta la cultura en sus maneras por el constante trato de la gente ruda y vulgar de nuestras poblaciones, se le empieza a acercar a los centros de civilización, y algunas llegan hasta ocupar asiento en el Capítulo Metropolitano, o a regir alguna de las importantes parroquias de esta ciudad.

Tales fueron los antecedentes  del doctor López, que debían hacerle esperar, que su vida, consagrada al bien de sus semejantes, terminaría en paz con venerable ancianidad; sin embargo, no fue ese el fin de aquel digno sacerdote, sin duda para que se cumpliera el aforismo vulgar que dice: |El hombre propone, Dios dispone y el indio lo descompone.

A mediados del año de1853, aún permanecía el doctor López al frente de la parroquia de Santa Bárbara, estimado de sus feligreses y consagrado en absoluto al desempeño de las delicadas funciones anexas al cargo de cura de almas; pero lo que lo hacía más notable era el buen gusto y esplendor con que presentaba las funciones religiosas, no obstante la tosca construcción y pobreza del templo puesto a su cuidado.

Inútil decir que el vecindario del barrio contribuía gustoso a la celebración de las fiestas que iniciaba el doctor López; pero el cura ningún vecino tenía que fuera tan solícito en todo lo que dijera relación con la buena marcha de los asuntos de la iglesia, lo mismo que en lo que se relacionara hasta con los menores detalles concernientes a su persona, como el doctor Manuel Prieto, su íntimo amigo y consejero, quien lo acompañaba, llegado el caso, de día o de noche, a las confesiones lejanas; comensal obligado de su mesa, que se encargaba como |alter ego de distribuir las invitaciones para la construcción de los altares y arcos en las procesiones de la octava, y en una palabra, el tutor y curador amoroso de aquel anciano crédulo y sencillo por demás.

Era el difunto Prieto, que en paz descanse. un hombre obeso, por lo que le llamaban |El Tonel; de treinta y cinco años de edad, bajo de cuerpo, indio mestizo, espécimen de la malicia y marrullería de las dos razas, abogado gárrulo, pero tinterillo formidable; falsificador inimitable de firmas, hasta el punto de que ni el mismo propietario podía distinguir el fraude; compadre de todo el populacho del barrio, de carácter aparentemente franco, pero con más dobleces que un hongo, gran negociante en caballos resabiados o inútiles que hacía pasar como modelos, merced a los artificios que empleaba con maravillosa destreza para engañar hasta a los mejores veterinarios; en una palabra, no tenía el diablo por donde desecharlo.

Era de ver al doctor Prieto alardear de fervoroso observante en las fiestas religiosas de su parroquia, pero especialmente en la misa mayor del |primer domingo; era el primero que se acercaba a tomar agua bendita al tiempo del |asperges; cogía afanoso el |estandarte para tomar la vanguardia en la procesión del Santísimo, hasta colocarlo en el tabernáculo; si había sermón tenía buen cuidado de situarse al frente del pulpito a fin de que su |taita Rudesindo, nombre con que llamaba al doctor López, lo viera sirviendo  de edificación y buen ejemplo a los demás feligreses. El presbítero López vivía en la casa alta y baja, situada al sur de la iglesia de Santa Bárbara: su servidumbre se componía de su fiel cocinera Pascuala, del pastuso Chaves casado con María, hija de la cocinera, y de una muchacha sirvienta; tenía fama de ser hombre acaudalado en onzas de oro y |plata labrada, como comprobante de lo cual bastaba entrar en la casa para ver y palpar las vajillas y otros servicios de dicho metal.

En una de tantas ocasiones que se le ofrecieron a Prieto para el éxito de su premeditado plan, escogió el día de la fiesta de la patrona del barrio, con el objeto de tomar asiento junto a un |distinguido caballero, quien por su porte y talante, lo mismo que por las cultas maneras que lo distinguían, dejaba adivinar la sangre azul que corría por sus venas. Después de la misa pasaron estos sujetos a la casa del doctor López: al entrar éste a la sala, donde lo esperaban, le salió Prieto al encuentro, y con el tono más natural del mundo, presentó al |caballero, con la siguiente introducción:

—Taita Rudesindo: tengo el gusto de presentarle a mi mejor amigo, el señor don Pacho Morales, a quien he invitado a almorzar en compañía de unos vecinos.

Sea muy bien venido el señor don Pacho, están ustedes en su casa, contestó el pobre cura, gritando a Pascuala que le sirviera el almuerzo, porque eran las once de la mañana y él estaba en ayunas.

El doctor López, con la benevolencia que lo caracterizaba, acababa de abrigar en el seno no una, sino dos víboras que debían emponzoñarlo.

Entre las familias más notables de Santafé, se contaba sin disputa la de Morales, de antigua y noble alcurnia española, poseedora de cuantiosos bienes de fortuna; adornados sus miembros con dotes intelectuales nada comunes y hasta favorecidos por la suerte con un aire personal distinguido  y de costumbres fastuosas.

El hijo consentido de aquella casa, y que como tal debía tener por divisa el lema de |nobleza obliga recibió esmerada educación e hizo estudios de Derecho hasta recibirse de abogado de la República. Todo le presagiaba porvenir brillante, para lo cual sólo tenía que seguir la ruta que le trazaran sus ilustres antepasados; pero la fatalidad contrarió esos antecedentes para hacer del hijo mimado de aquella desgraciada familia, el tormento de esta ciudad y la ruina de los suyos.

Era Pacho Morales lo que se llama un buen mozo: esbelto, de alta estatura, color blanco rosado, ojos garzos, cabellos y barba rubios ligeramente crespos, manos y pies perfectos, de fisonomía franca y comunicativa, pulcro y elegante en el vestir, de un aticismo en el modo de hablar que encantaba a cuantos lo escuchaban. Entraba a todas partes para divertir a las gentes con sus innúmeros chistes y crónicas, inventadas o ciertas; generoso hasta rayar en pródigo, lloraba con el triste, reía con el alegre, y se hacía propios los asuntos prósperos o adversos de aquellas personas de quienes se decía amigo. ¡Contrista la idea de que tan bellas y raras condiciones personales tuvieran por único objeto la realización de planes criminales!

Desde el día en que tuvo lugar la presentación del |mejor amigo de Prieto al Presbítero López, empezaron a menudear las visitas de aquéllos, en tales términos, que se les veía a todas horas en la casa del cura, viniendo así a constituirse en una cuasi familia que arreglaba y disponía lo relativo a las operaciones domésticas de la casa parroquial. Lograron obtener la plena confianza de aquel sacerdote, hasta el extremo de que Pascuala se pusiera celosa, a causa de la influencia perdida en la casa, y acerca de lo cual no dejaba de echarle indirecta a su |amo cura quien la tranquilizaba diciéndole que sus amigos le manifestaban tal adhesión y cariño, que él no podía resistir a la inclinación que sentía hacia esos caballeros, quienes posponían sus propios intereses y atenciones, para dedicarse a servirle tan desinteresadamente y de tal modo, que podía decir con toda propiedad que le adivinaban los pensamientos.

El tiempo pasaba entretanto y al Presbítero López le sucedía lo que a todos los mortales: por cada veinticuatro horas que recorría la aguja del reloj, debía agregar un día más a la fecha en que nació, y computar un día menos en el término fijado para salir de este mundo. Así debió comprenderlo, y como era dueño de cuantiosas riquezas, creyó prudente arreglar sus cosas a fin de hacer algunos legados destinados a obras de beneficencia y caridad, y dejar asegurada la suerte de las personas de su servidumbre, las que lo habían acompañado  durante largos años,  dándole muestras de verdadero cariño.

En una de tantas visitas que hacían al doctor López los que él creía sus sinceros amigos, los llamó a su cuarto de estudio, y con la mayor buena fe, les comunicó sus proyectos de testamento: aquéllos se dirigieron una mirada significativa y sin desconcertarse en lo más mínimo le aprobaron en absoluto su laudable intención, y al efecto, ambos, |abogados, le ofrecieron ayudarle, oficiosamente, para que llevara a cabo tan justa como acertada resolución, y convinieron en que no pasaría la semana en que estaban, sin que ese asunto quedara terminado; así lo dijo el doctor López al pastuso Chaves, a quien profesaba especial cariño.

Dos días faltaban aún de la fatal semana en que debía aquel anciano desprenderse de los bienes perecederos.

El doctor López se levantó ese día temprano, según su costumbre, y como tenía que decir misa cantada a las ocho de la mañana, no tomó desayuno; a las nueve entró a la casa cural y pidió el almuerzo a Pascuala. Esta, con la acuciosidad y veneración que profesaba a su amo, se apresuró a servirlo y le presentó un plato de |ajiaco con pollo, recomendándoselo como obra maestra del arte culinario.

Consumida la sopa y prodigados los mayores elogios a Pascuala, continuó el cura su almuerzo; mas antes de tomar el chocolate, sintió un retortijón que lo hizo desistir por esa vez de aquella su bebida favorita; encendió el cigarro de costumbre, pero otro dolor más fuerte lo obligó a levantarse y a pedir a su cocinera alguna agua aromática para el mal de estómago que lo amenazaba. Aún no había llegado Pascuala a la cocina, cuando oyó un alarido del doctor López; corrió a ver la causa, y vio a su amo estirado en un sofá de la sala, con los ojos volteados, echando espuma por la boca, con las manos crispadas y sin poder articular palabra.

Angustiada la pobre mujer con la inesperada situación de su señor, llamó a gritos a su hija y envió inmediatamente a dar aviso a Prieto, y a la casa de don José Rodrigo Borda, situada al extremo sur de la cuadra en que está edificada la iglesia de Santa Bárbara. Pocos momentos después se presentó el último en la casa cural con el objeto de ver en qué podía servir a su vecino y amigo, y allí supo con sorpresa que el doctor López había muerto a consecuencia de un |cólico miserere, y que a fin de evitar la descomposición del cadáver, iban a proceder a su embalsamamiento!...

Admirado el señor Borda de la precipitación con que pensaban hacer la autopsia de una persona que pocos momentos antes había muerto repentinamente, manifestó  con cierta vehemencia muy justificable, que al menos debían esperar a que se enfriara el cuerpo del cura para abrirlo; oído lo cual por Morales y Prieto, quienes estaban ya en la pieza en que yacía el doctor López, salieron al corredor, reconvinieron bruscamente al señor Borda, y le manifestaron que él nada tenía que hacer en esa casa, y que ellos sabían lo que estaban haciendo. Don José se retiró escandalizado de lo que pasaba, y así lo hizo comprender a los vecinos y amigos del párroco, que acudían azorados a cerciorarse de la triste nueva que circulaba por el barrio.

Entretanto Morales y Prieto, acompañados del médico Ramón Morales, hermano de Pacho, embalsamaron el cadáver del doctor López y no abrieron la puerta de la sala sino después de colocarlo en ella convenientemente revestido con el traje sacerdotal de |rúbri-

La noticia del ataque, muerte y embalsamamiento del cura de Santa Bárbara, se esparció en breve tiempo por la ciudad, produciendo en el ánimo de todos la penosa impresión de que esa muerte era fruto de un delito, y ya se sabe que |vox populi vox Dei.

Circulaban los más siniestros rumores respecto de los acuciosos y precipitados amortajadores de aquel sacerdote, con quien no los ligaba otro lazo que el de fingida amistad: se decía que una persona había visto por la cerradura de la puerta, que el doctor López levantaba una mano al sentir el bisturí con que le cortaban los cartílagos del pecho, y se aseguraba que la muerte tenía por causa el envenenamiento, con el fin de apoderarse de sus valiosos tesoros.

Llegada la noche sacó todo su juego Prieto. En su condición de Juez del Circuito, y en guarda de los intereses del difunto intestado, despidió a todas las personas que constituían la antigua servidumbre, cerró las puertas y se quedó en unión de su amigo Pacho, acompañando a su querido taita Rudesindo.

No faltó quien viera a aquel inicuo juez, "para manchar de la justicia el ara", hacer varias salidas durante la noche, acompañado de otros, llevando abultados objetos que dejaban en la casa de Prieto, situada una cuadra hacia el occidente de la iglesia.

Al día siguiente, y mientras tenían lugar las exequias del doctor López, llegaron aquellos rumores a oídos del doctor Nicolás Escobar Zerda, gobernador de Bogotá, y de su secretario, doctor Ramón Gómez. Sin pérdida de tiempo comisionaron a los doctores Ricardo N. Cheyne y William Dudley, a fin de que hicieran la autopsia del cadáver del cura, tan luego como terminara el servicio fúnebre.

Trasladados de nuevo a su casa, por la policía, los despojos mortales del doctor López, procedieron los médicos aludidos a verificar su examen, del cual resultaron comprobados los hechos siguientes:

Tenía cosido con seda el cuerpo desde la unión del esternón, con las clavículas hasta la parte inferior del estómago, con. el objeto de cerrar la apertura de la primitiva autopsia: los intestinos presentaban señales evidentes de haber sido extraídos y vueltos a colocar en su lugar; pero éstos ofrecían dos fenómenos que no podían explicarse satisfactoriamente aquellos distinguidos profesores, porque tenían ulceraciones semejantes a las que produce la disenteria cancerosa, y parecían ser los de un joven, mientras que el cadáver que tenían de presente era de un hombre que había disfrutado de robusta salud, y había vivido cerca de ochenta años!. .

Respecto a las sospechas de la muerte causada por envenenamiento, no encontraron rastro alguno por el cual pudieran aseverar que se hubiera cometido ese delito, ni podrían encontrarlo mientras que no se desvanecieran las dudas acerca de la identidad de los intestinos .

Al día siguiente, al celebrar la misa otro sacerdote en el altar de San Roque, en Santa Bárbara, percibió tan horrible fetidez  que apenas pudo concluir para retirarse accidentado de aquel lugar. Ya en la sacristía, indicó al sacristán la inconveniencia que producía el envenenar a los ratones, que al morir en las cuevas infestan todo. Momentos después acudió uno de los acólitos al mismo altar, con el objeto de arreglarlo y apagar las velas; pero como sintiera la misma fetidez, se le ocurrió instintivamente levantar la estera del lado de la Epístola: por poco se cae muerto! Pasado el primer estupor, notó que los ladrillos daban señales de reciente removimiento. Allí debía hallarse la causa del mal olor.

Noticiosa la autoridad de aquel nuevo incidente, procedió a investigar su causa. Alzados los ladrillos y retirada alguna tierra, apareció una olla de barro a medio tapar, con unos intestinos en completa descomposición y rociados con arsénico pulverizado. Se habían descubierto con toda certeza los verdaderos intestinos del infortunado doctor López; pero en tales condiciones, que la ciencia no podía decir su última palabra, porque la precaución de espolvorearlos con el mismo corrosivo con el que probablemente lo envenenaron, hacía imposible demostrar la comprobación médico-legal del crimen.

Estaba, pues, establecida la certidumbre da que la muerte del cura no era un hecho natural, aunque no se tenían las pruebas legales de un crimen; y, parodiando a los criminalistas, que sostienen que para descubrir al criminal debe averiguarse a quien aprovecha el crimen, Prieto, |como juez, declaró sindicados en el delito de robo de los intereses de su taita Rudesindo, a las mismas personas que éste quería favorecer, y a quienes dejaba en la miseria la muerte repentina de aquel sacerdote. ¡No podía ir más lejos la iniquidad!

Al doctor López lo echaron a la fosa, y ya sólo se acordaban de él, Pascuala y el pastuso Chaves, a quien mantenían preso como presunto reo de la desaparición de los objetos de plata de su difunto benefactor, que en conciencia le pertenecían. Algunos días después se presentó el joven Antonio Morales, hermano y pupilo de Pacho, en la tienda de mercería del señor Justo Alvarez, situada en la casa que existía en el mismo lugar sobre el cual se construyó la casa del señor Miguel Gutiérrez Nieto, en el lado norte de la plaza de Bolívar, y le ofreció en venta un candelero y una salvilla de plata que valían venticuatro pesos.

Alvarez examinó aquellas  piezas y leyó grabado en el lado inverso de cada una de ellas, estos dos nombres: |Fernando Caicedo y Flórez, Rudesindo López.  Tuvo la suficiente prudencia para entretener al joven Morales, hasta que llegaron algunas personas a fin de que presenciaran  el contrato, celebrado el cual dio el respectivo denuncio al gobernador. Estaban descubiertos los ladrones del doctor López.

Del sumario que se instruyó,  resultaron convictos del delito de robo al cura de Santa Bárbara, Pacho Morales y Manuel Prieto, quienes tuvieron la precaución de fugarse en tiempo; pero fueron aprehendidos en Ibagué y conducidos a esta ciudad para su juzgamiento.

Dictado el auto de proceder, apelaron los acusados para ante el Tribunal Superior. Confirmado aquél, tuvo lugar el juicio por jurados en el antiguo local del Congreso, en las Galerías.

El doctor Juan Antonio Pardo defendió a Antonio y Manuel Morales, logrando su absolución, fundado en la causal de que sus defendidos veían en su hermano mayor un segundo padre a quien debían obediencia, y además, porque no estaba probado que ellos hubieran puesto los pies en la casa del cura.

El doctor Ignacio Ospina U. demostró en un brillante alegato la inocencia del pastuso Chaves, que no tenía por qué ser el ladrón de sí mismo, puesto que era el heredero legítimo del presbítero López.

La defensa que se hizo Pacho Morales fue todo un acontecimiento. Empezó por decir los nombres de las personas, que, según él, debían hallarse en el banco de los acusados para responder por los delitos que les imputaba. Si veía algún conocido en la barra, lo interpelaba o lo insultaba; últimamente pidió que comparecieran ante el jurado, Pascuala y los doctores Escobar Zerda y Ramón Gómez.

Al ver a la primera, pidió Morales al presidente del jurado que le tomara juramento, haciéndole la advertencia de que si se perjuraba se iría al presidio.

La vieja iba muy prevenida y, contra lo que nadie esperaba, dejó confundido a Morales. No queremos privar al lector de aquellos interesantes diálogos en que la cocinera hacía sin interrupción la señal de la cruz y echaba bendiciones a su interlocutor:

—Pascualita, es cierto que tú me viste en la puerta de la casa del señor doctor don Rudesindo López, que en paz descanse?

—Me remito a lo que tengo dicho en la Gobernación .

—Pascuala, ¿qué vestido tenía yo?

—Me remito a lo que tengo dicho en la Gobernación.

—¡Pascualona de Barrabás!  ¿Cuándo me viste?

—Me remito a lo que tengo dicho en la Gobernación.

Llegó su turno al doctor Gómez.

—Díme, sapo! ¿por qué querías perder a los Morales?

—Yo no he querido perder a nadie.

—¿Por qué te alegraste, sapo hediondo, cuando supiste que me llamaban a juicio?

—Porque todo buen ciudadano  debe alegrarse de que se descubra a los criminales y se les castigue.

En la barra estaba el presbítero Francisco de Paula Benjumea, uno de aquellos pobres de espíritu a quienes se tiene prometido el reino de los cielos, y que en época anterior había sido explotado por Morales, quien lo había llevado a vivir a su casa para reducirlo a la miseria y botarlo en seguida. Al oír el sencillo doctor lo que se decía respecto del cura de Santa Bárbara, exclamó con la mayor candidez: |¿Ahora conozco que don Pachito me quería, puesto que no me embalsamó!

El jurado de Prieto se verificó algún tiempo después, porque se esperaba tener la plena prueba del envenenamiento del presbítero López, lo que estaba en la conciencia de todos .

Los dos protagonistas de aquel crimen fueron condenados a doce años de presidio, con el aplauso de toda la sociedad.

Algún tiempo después  estalló la revolución de Melo, y don Justo Briceño, gobernador de la entonces provincia de Tequendama, creyó más conveniente armar al presidio acantonado en La Mesa, en defensa de la constitución, ofreciendo indulto al que se condujera bien, antes que correr la eventualidad de que se fugaran los presos: así volvió Pacho Morales a esta ciudad.

El 4 de diciembre de 1854, al ver Morales perdida la causa en, que fincaba las esperanzas de mejorar su triste situación, salió a buscar la muerte hasta encontrarla en la esquina oriental de la cuadra del puente del Telégrafo. Una bala le destrozó el brazo derecho, le entró por debajo del omoplato y le salió por el frente de la garganta. Su cuerpo, cuya lengua devoraron los perros, quedó insepulto en el mismo sitio en que murió, hasta que el caritativo caballero don Mariano Calvo, el amigo íntimo del Arzobispo Mosquera, para quien, en mala hora, se ofreció Morales de verdugo, cumplió con la obra de misericordia de dar a aquel desgraciado cristiana sepultura, acompañado en tan piadosa acción por el general don Ramón Espina y por el presbítero Benjumea, quien le dijo la misa de réquiem en la iglesia de San Juan de Dios.

Prieto continuó sufriendo su condena en el presidio bajo la dirección de don Lino Peña. En una tentativa de evasión hecha por los presos, se averiguó que aquel hombre inquieto era el principal promotor del complot: en. castigo, le aplicaron furibunda paliza que le ocasionó la fiebre que lo mató.

Dieciocho meses después de la muerte del presbítero López, ya habían comparecido sus victimarios ante el tremendo Tribunal de Dios.

 

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