ENVENENAMIENTO Y ROBO DE QUE FUE VICTIMA EL PRESBITERO DOCTOR
RUDESINDO LOPEZ, CURA DE SANTA BARBARA
II
Tras de prolongada labor en diferentes curatos de la
Arquidiócesis, en los que sufrió desde la inclemencia del frío
hasta los ardores del Senegal, logró el presbítero doctor Rudesindo
López, previo concienzudo examen en las
|oposiciones
convocadas al efecto, que el curato en propiedad de la parroquia de
Santa Bárbara se le discerniera en parte como premio, y en parte,
para disfrutar de relativo descanso, después de antiguos y
meritorios servicios prestados en la carrera eclesiástica, en más
de medio siglo de sacrificios y privaciones.
Para aquellos que no se toman la pena de profundizar las cosas,
un curato es el puesto culminante a que puede aspirar el sacerdote
aficionado al reposo y a la buena vida material; generalmente se
cree que para el desempeño de las funciones de párroco, basta saber
latín y poseer una buena mula en que ocurrir a las confesiones
fuera de la población. Pero bien se conoce que no saben
|de la
misa la media los que tal piensan; y si no, véase muy por
encima lo que pasa en aquel supuesto lecho de rosas.
Después de siete años de estudios en el Seminario, logra un
joven recibir las órdenes y quedar en aptitud de irse por esos
mundos de Dios a cumplir su misión de adoctrinar a las gentes; pero
ese joven que ha cultivado su inteligencia, nutriéndola con
sublimes doctrinas que le prescriben el amor a sus semejantes y la
completa abnegación, carece de la necesaria e indispensable
experiencia para evangelizar lejanas y miserables poblaciones,
sumidas de ordinario en vicios groseros. Sin embargo, nada arredra
al inexperto levita, porque cuenta con la infalible promesa de
Aquel que dijo: Yo os envío como ovejas en medio de los
lobos, y no penséis en lo que habéis de hablar, porque
oportunamente se os dirá lo que habéis de decir".
La llegada de un nuevo cura a los pueblos se considera siempre
como acontecimiento notable para sus moradores, por mil razones:
para unos es fortuna salir del
|monigote que los tenía
fastidiados porque predicaba todos los domingos respeto a la
propiedad, fidelidad conyugal, obligación de adorar a Dios, y
porque exigía la reforma de costumbres; otros creen que con la
salida del cura viejo y la venida del nuevo, pueden continuar sin
escrúpulo la vida de escándalo que llevan, por cuanto el párroco
que llega no conoce como el que se va las llagas que los
corroen.
Pero tiene otra faz nada envidiable la vida de un cura: no puede
decir a ninguna hora del día o de la noche: este instante me
pertenece. ¡Cuántas veces agobiado por la ruda fatiga del día y
cuando aún no ha podido cumplir con la imprescindible obligación de
rezar el Oficio Divino, debe posponer hasta las más exigentes
necesidades de la vida para acudir, tarde de la noche, al lecho de
algún moribundo y consolar a la desolada familia! Y esto sin que
las más de las veces se lo agradezcan, si no es que se granjea
enemigos irreconciliables, porque su oportuna presencia desvaneció
alguna ambiciones bastardas.
Cuando ya el cura conoce a sus feligreses y empieza a recoger el
fruto de sus constantes vigilias, principian los
|gamonales
perjudicados con la moralización del pueblo, a trabajar con celo
infernal a fin de que les cambien el párroco que con sus
|doctrinas intolerantes y alusiones personales en sus
predicaciones tiene divididas las familias o cosa parecida. La
autoridad eclesiástica, con el deseo de aplacar los ánimos y de
restablecer la buena armonía, se ve obligada muchas veces a su
pesar, a prestar oídos a las
|reclamaciones y
representaciones que le llegan por millares, aunque el
vecindario quejoso no pase de cien almas, y cambia el cura,
enviando otro, que tiene que recorrer la misma
|vía dolorosa.
Esta es, a no dudarlo,la razón de que los párrocos hagan el papel
de fichas de ajedrez.
Ultimamente, después de que un sacerdote ha medido a palmos el
extenso territorio de la Arquidiócesis, lidiando a la gente más
insoportable del mundo, y de haber perdido hasta la cultura en sus
maneras por el constante trato de la gente ruda y vulgar de
nuestras poblaciones, se le empieza a acercar a los centros de
civilización, y algunas llegan hasta ocupar asiento en el Capítulo
Metropolitano, o a regir alguna de las importantes parroquias de
esta ciudad.
Tales fueron los antecedentes del doctor López, que debían
hacerle esperar, que su vida, consagrada al bien de sus semejantes,
terminaría en paz con venerable ancianidad; sin embargo, no fue ese
el fin de aquel digno sacerdote, sin duda para que se cumpliera el
aforismo vulgar que dice:
|El hombre propone, Dios dispone y el
indio lo descompone.
A mediados del año de1853, aún permanecía el doctor López al
frente de la parroquia de Santa Bárbara, estimado de sus feligreses
y consagrado en absoluto al desempeño de las delicadas funciones
anexas al cargo de cura de almas; pero lo que lo hacía más notable
era el buen gusto y esplendor con que presentaba las funciones
religiosas, no obstante la tosca construcción y pobreza del templo
puesto a su cuidado.
Inútil decir que el vecindario del barrio contribuía gustoso a
la celebración de las fiestas que iniciaba el doctor López; pero el
cura ningún vecino tenía que fuera tan solícito en todo lo que
dijera relación con la buena marcha de los asuntos de la iglesia,
lo mismo que en lo que se relacionara hasta con los menores
detalles concernientes a su persona, como el doctor Manuel Prieto,
su íntimo amigo y consejero, quien lo acompañaba, llegado el caso,
de día o de noche, a las confesiones lejanas; comensal obligado de
su mesa, que se encargaba como
|alter ego de distribuir las
invitaciones para la construcción de los altares y arcos en las
procesiones de la octava, y en una palabra, el tutor y curador
amoroso de aquel anciano crédulo y sencillo por demás.
Era el difunto Prieto, que en paz descanse. un hombre obeso, por
lo que le llamaban
|El Tonel; de treinta y cinco años de
edad, bajo de cuerpo, indio mestizo, espécimen de la malicia y
marrullería de las dos razas, abogado gárrulo, pero tinterillo
formidable; falsificador inimitable de firmas, hasta el punto de
que ni el mismo propietario podía distinguir el fraude; compadre de
todo el populacho del barrio, de carácter aparentemente franco,
pero con más dobleces que un hongo, gran negociante en caballos
resabiados o inútiles que hacía pasar como modelos, merced a los
artificios que empleaba con maravillosa destreza para engañar hasta
a los mejores veterinarios; en una palabra, no tenía el diablo por
donde desecharlo.
Era de ver al doctor Prieto alardear de fervoroso observante en
las fiestas religiosas de su parroquia, pero especialmente en la
misa mayor del
|primer domingo; era el primero que se
acercaba a tomar agua bendita al tiempo del
|asperges; cogía
afanoso el
|estandarte para tomar la vanguardia en la
procesión del Santísimo, hasta colocarlo en el tabernáculo; si
había sermón tenía buen cuidado de situarse al frente del pulpito a
fin de que su
|taita Rudesindo, nombre con que llamaba al
doctor López, lo viera sirviendo de edificación y buen ejemplo a
los demás feligreses. El presbítero López vivía en la casa alta y
baja, situada al sur de la iglesia de Santa Bárbara: su servidumbre
se componía de su fiel cocinera Pascuala, del pastuso Chaves casado
con María, hija de la cocinera, y de una muchacha sirvienta; tenía
fama de ser hombre acaudalado en onzas de oro y
|plata
labrada, como comprobante de lo cual bastaba entrar en la casa
para ver y palpar las vajillas y otros servicios de dicho
metal.
En una de tantas ocasiones que se le ofrecieron a Prieto para el
éxito de su premeditado plan, escogió el día de la fiesta de la
patrona del barrio, con el objeto de tomar asiento junto a un
|distinguido caballero, quien por su porte y talante, lo
mismo que por las cultas maneras que lo distinguían, dejaba
adivinar la sangre azul que corría por sus venas. Después de la
misa pasaron estos sujetos a la casa del doctor López: al entrar
éste a la sala, donde lo esperaban, le salió Prieto al encuentro, y
con el tono más natural del mundo, presentó al
|caballero,
con la siguiente introducción:
Taita Rudesindo: tengo el gusto de presentarle a mi mejor
amigo, el señor don Pacho Morales, a quien he invitado a almorzar
en compañía de unos vecinos.
Sea muy bien venido el señor don Pacho, están ustedes en su
casa, contestó el pobre cura, gritando a Pascuala que le sirviera
el almuerzo, porque eran las once de la mañana y él estaba en
ayunas.
El doctor López, con la benevolencia que lo caracterizaba,
acababa de abrigar en el seno no una, sino dos víboras que debían
emponzoñarlo.
Entre las familias más notables de Santafé, se contaba sin
disputa la de Morales, de antigua y noble alcurnia española,
poseedora de cuantiosos bienes de fortuna; adornados sus miembros
con dotes intelectuales nada comunes y hasta favorecidos por la
suerte con un aire personal distinguido y de costumbres
fastuosas.
El hijo consentido de aquella casa, y que como tal debía tener
por divisa el lema de
|nobleza obliga recibió esmerada
educación e hizo estudios de Derecho hasta recibirse de abogado de
la República. Todo le presagiaba porvenir brillante, para lo cual
sólo tenía que seguir la ruta que le trazaran sus ilustres
antepasados; pero la fatalidad contrarió esos antecedentes para
hacer del hijo mimado de aquella desgraciada familia, el tormento
de esta ciudad y la ruina de los suyos.
Era Pacho Morales lo que se llama un buen mozo: esbelto, de alta
estatura, color blanco rosado, ojos garzos, cabellos y barba rubios
ligeramente crespos, manos y pies perfectos, de fisonomía franca y
comunicativa, pulcro y elegante en el vestir, de un aticismo en el
modo de hablar que encantaba a cuantos lo escuchaban. Entraba a
todas partes para divertir a las gentes con sus innúmeros chistes y
crónicas, inventadas o ciertas; generoso hasta rayar en pródigo,
lloraba con el triste, reía con el alegre, y se hacía propios los
asuntos prósperos o adversos de aquellas personas de quienes se
decía amigo. ¡Contrista la idea de que tan bellas y raras
condiciones personales tuvieran por único objeto la realización de
planes criminales!
Desde el día en que tuvo lugar la presentación del
|mejor
amigo de Prieto al Presbítero López, empezaron a menudear las
visitas de aquéllos, en tales términos, que se les veía a todas
horas en la casa del cura, viniendo así a constituirse en una cuasi
familia que arreglaba y disponía lo relativo a las operaciones
domésticas de la casa parroquial. Lograron obtener la plena
confianza de aquel sacerdote, hasta el extremo de que Pascuala se
pusiera celosa, a causa de la influencia perdida en la casa, y
acerca de lo cual no dejaba de echarle indirecta a su
|amo
cura quien la tranquilizaba diciéndole que sus amigos le
manifestaban tal adhesión y cariño, que él no podía resistir a la
inclinación que sentía hacia esos caballeros, quienes posponían sus
propios intereses y atenciones, para dedicarse a servirle tan
desinteresadamente y de tal modo, que podía decir con toda
propiedad que le adivinaban los pensamientos.
El tiempo pasaba entretanto y al Presbítero López le sucedía lo
que a todos los mortales: por cada veinticuatro horas que recorría
la aguja del reloj, debía agregar un día más a la fecha en que
nació, y computar un día menos en el término fijado para salir de
este mundo. Así debió comprenderlo, y como era dueño de cuantiosas
riquezas, creyó prudente arreglar sus cosas a fin de hacer algunos
legados destinados a obras de beneficencia y caridad, y dejar
asegurada la suerte de las personas de su servidumbre, las que lo
habían acompañado durante largos años, dándole muestras de
verdadero cariño.
En una de tantas visitas que hacían al doctor López los que él
creía sus sinceros amigos, los llamó a su cuarto de estudio, y con
la mayor buena fe, les comunicó sus proyectos de testamento:
aquéllos se dirigieron una mirada significativa y sin
desconcertarse en lo más mínimo le aprobaron en absoluto su
laudable intención, y al efecto, ambos,
|abogados, le
ofrecieron ayudarle, oficiosamente, para que llevara a cabo tan
justa como acertada resolución, y convinieron en que no pasaría la
semana en que estaban, sin que ese asunto quedara terminado; así lo
dijo el doctor López al pastuso Chaves, a quien profesaba especial
cariño.
Dos días faltaban aún de la fatal semana en que debía aquel
anciano desprenderse de los bienes perecederos.
El doctor López se levantó ese día temprano, según su costumbre,
y como tenía que decir misa cantada a las ocho de la mañana, no
tomó desayuno; a las nueve entró a la casa cural y pidió el
almuerzo a Pascuala. Esta, con la acuciosidad y veneración que
profesaba a su amo, se apresuró a servirlo y le presentó un plato
de
|ajiaco con pollo, recomendándoselo como obra maestra del
arte culinario.
Consumida la sopa y prodigados los mayores elogios a Pascuala,
continuó el cura su almuerzo; mas antes de tomar el chocolate,
sintió un retortijón que lo hizo desistir por esa vez de aquella su
bebida favorita; encendió el cigarro de costumbre, pero otro dolor
más fuerte lo obligó a levantarse y a pedir a su cocinera alguna
agua aromática para el mal de estómago que lo amenazaba. Aún no
había llegado Pascuala a la cocina, cuando oyó un alarido del
doctor López; corrió a ver la causa, y vio a su amo estirado en un
sofá de la sala, con los ojos volteados, echando espuma por la
boca, con las manos crispadas y sin poder articular palabra.
Angustiada la pobre mujer con la inesperada situación de su
señor, llamó a gritos a su hija y envió inmediatamente a dar aviso
a Prieto, y a la casa de don José Rodrigo Borda, situada al extremo
sur de la cuadra en que está edificada la iglesia de Santa Bárbara.
Pocos momentos después se presentó el último en la casa cural con
el objeto de ver en qué podía servir a su vecino y amigo, y allí
supo con sorpresa que el doctor López había muerto a consecuencia
de un
|cólico miserere, y que a fin de evitar la
descomposición del cadáver, iban a proceder a su
embalsamamiento!...
Admirado el señor Borda de la precipitación con que pensaban
hacer la autopsia de una persona que pocos momentos antes había
muerto repentinamente, manifestó con cierta vehemencia muy
justificable, que al menos debían esperar a que se enfriara el
cuerpo del cura para abrirlo; oído lo cual por Morales y Prieto,
quienes estaban ya en la pieza en que yacía el doctor López,
salieron al corredor, reconvinieron bruscamente al señor Borda, y
le manifestaron que él nada tenía que hacer en esa casa, y que
ellos sabían lo que estaban haciendo. Don José se retiró
escandalizado de lo que pasaba, y así lo hizo comprender a los
vecinos y amigos del párroco, que acudían azorados a cerciorarse de
la triste nueva que circulaba por el barrio.
Entretanto Morales y Prieto, acompañados del médico Ramón
Morales, hermano de Pacho, embalsamaron el cadáver del doctor López
y no abrieron la puerta de la sala sino después de colocarlo en
ella convenientemente revestido con el traje sacerdotal de
|rúbri-
La noticia del ataque, muerte y embalsamamiento del cura de
Santa Bárbara, se esparció en breve tiempo por la ciudad,
produciendo en el ánimo de todos la penosa impresión de que esa
muerte era fruto de un delito, y ya se sabe que
|vox populi vox
Dei.
Circulaban los más siniestros rumores respecto de los acuciosos
y precipitados amortajadores de aquel sacerdote, con quien no los
ligaba otro lazo que el de fingida amistad: se decía que una
persona había visto por la cerradura de la puerta, que el doctor
López levantaba una mano al sentir el bisturí con que le cortaban
los cartílagos del pecho, y se aseguraba que la muerte tenía por
causa el envenenamiento, con el fin de apoderarse de sus valiosos
tesoros.
Llegada la noche sacó todo su juego Prieto. En su condición de
Juez del Circuito, y en guarda de los intereses del difunto
intestado, despidió a todas las personas que constituían la antigua
servidumbre, cerró las puertas y se quedó en unión de su amigo
Pacho, acompañando a su querido taita Rudesindo.
No faltó quien viera a aquel inicuo juez, "para manchar
de la justicia el ara", hacer varias salidas durante la
noche, acompañado de otros, llevando abultados objetos que dejaban
en la casa de Prieto, situada una cuadra hacia el occidente de la
iglesia.
Al día siguiente, y mientras tenían lugar las exequias del
doctor López, llegaron aquellos rumores a oídos del doctor Nicolás
Escobar Zerda, gobernador de Bogotá, y de su secretario, doctor
Ramón Gómez. Sin pérdida de tiempo comisionaron a los doctores
Ricardo N. Cheyne y William Dudley, a fin de que hicieran la
autopsia del cadáver del cura, tan luego como terminara el servicio
fúnebre.
Trasladados de nuevo a su casa, por la policía, los despojos
mortales del doctor López, procedieron los médicos aludidos a
verificar su examen, del cual resultaron comprobados los hechos
siguientes:
Tenía cosido con seda el cuerpo desde la unión del esternón, con
las clavículas hasta la parte inferior del estómago, con. el objeto
de cerrar la apertura de la primitiva autopsia: los intestinos
presentaban señales evidentes de haber sido extraídos y vueltos a
colocar en su lugar; pero éstos ofrecían dos fenómenos que no
podían explicarse satisfactoriamente aquellos distinguidos
profesores, porque tenían ulceraciones semejantes a las que produce
la disenteria cancerosa, y parecían ser los de un joven, mientras
que el cadáver que tenían de presente era de un hombre que había
disfrutado de robusta salud, y había vivido cerca de ochenta años!.
.
Respecto a las sospechas de la muerte causada por
envenenamiento, no encontraron rastro alguno por el cual pudieran
aseverar que se hubiera cometido ese delito, ni podrían encontrarlo
mientras que no se desvanecieran las dudas acerca de la identidad
de los intestinos .
Al día siguiente, al celebrar la misa otro sacerdote en el altar
de San Roque, en Santa Bárbara, percibió tan horrible fetidez que
apenas pudo concluir para retirarse accidentado de aquel lugar. Ya
en la sacristía, indicó al sacristán la inconveniencia que producía
el envenenar a los ratones, que al morir en las cuevas infestan
todo. Momentos después acudió uno de los acólitos al mismo altar,
con el objeto de arreglarlo y apagar las velas; pero como sintiera
la misma fetidez, se le ocurrió instintivamente levantar la estera
del lado de la Epístola: por poco se cae muerto! Pasado el primer
estupor, notó que los ladrillos daban señales de reciente
removimiento. Allí debía hallarse la causa del mal olor.
Noticiosa la autoridad de aquel nuevo incidente, procedió a
investigar su causa. Alzados los ladrillos y retirada alguna
tierra, apareció una olla de barro a medio tapar, con unos
intestinos en completa descomposición y rociados con arsénico
pulverizado. Se habían descubierto con toda certeza los verdaderos
intestinos del infortunado doctor López; pero en tales condiciones,
que la ciencia no podía decir su última palabra, porque la
precaución de espolvorearlos con el mismo corrosivo con el que
probablemente lo envenenaron, hacía imposible demostrar la
comprobación médico-legal del crimen.
Estaba, pues, establecida la certidumbre da que la muerte del
cura no era un hecho natural, aunque no se tenían las pruebas
legales de un crimen; y, parodiando a los criminalistas, que
sostienen que para descubrir al criminal debe averiguarse a quien
aprovecha el crimen, Prieto,
|como juez, declaró sindicados
en el delito de robo de los intereses de su taita Rudesindo, a las
mismas personas que éste quería favorecer, y a quienes dejaba en la
miseria la muerte repentina de aquel sacerdote. ¡No podía ir más
lejos la iniquidad!
Al doctor López lo echaron a la fosa, y ya sólo se acordaban de
él, Pascuala y el pastuso Chaves, a quien mantenían preso como
presunto reo de la desaparición de los objetos de plata de su
difunto benefactor, que en conciencia le pertenecían. Algunos días
después se presentó el joven Antonio Morales, hermano y pupilo de
Pacho, en la tienda de mercería del señor Justo Alvarez, situada en
la casa que existía en el mismo lugar sobre el cual se construyó la
casa del señor Miguel Gutiérrez Nieto, en el lado norte de la plaza
de Bolívar, y le ofreció en venta un candelero y una salvilla de
plata que valían venticuatro pesos.
Alvarez examinó aquellas piezas y leyó grabado en el lado
inverso de cada una de ellas, estos dos nombres:
|Fernando
Caicedo y Flórez, Rudesindo López. Tuvo la suficiente
prudencia para entretener al joven Morales, hasta que llegaron
algunas personas a fin de que presenciaran el contrato, celebrado
el cual dio el respectivo denuncio al gobernador. Estaban
descubiertos los ladrones del doctor López.
Del sumario que se instruyó, resultaron convictos del delito de
robo al cura de Santa Bárbara, Pacho Morales y Manuel Prieto,
quienes tuvieron la precaución de fugarse en tiempo; pero fueron
aprehendidos en Ibagué y conducidos a esta ciudad para su
juzgamiento.
Dictado el auto de proceder, apelaron los acusados para ante el
Tribunal Superior. Confirmado aquél, tuvo lugar el juicio por
jurados en el antiguo local del Congreso, en las Galerías.
El doctor Juan Antonio Pardo defendió a Antonio y Manuel
Morales, logrando su absolución, fundado en la causal de que sus
defendidos veían en su hermano mayor un segundo padre a quien
debían obediencia, y además, porque no estaba probado que ellos
hubieran puesto los pies en la casa del cura.
El doctor Ignacio Ospina U. demostró en un brillante alegato la
inocencia del pastuso Chaves, que no tenía por qué ser el ladrón de
sí mismo, puesto que era el heredero legítimo del presbítero
López.
La defensa que se hizo Pacho Morales fue todo un acontecimiento.
Empezó por decir los nombres de las personas, que, según él, debían
hallarse en el banco de los acusados para responder por los delitos
que les imputaba. Si veía algún conocido en la barra, lo
interpelaba o lo insultaba; últimamente pidió que comparecieran
ante el jurado, Pascuala y los doctores Escobar Zerda y Ramón
Gómez.
Al ver a la primera, pidió Morales al presidente del jurado que
le tomara juramento, haciéndole la advertencia de que si se
perjuraba se iría al presidio.
La vieja iba muy prevenida y, contra lo que nadie esperaba, dejó
confundido a Morales. No queremos privar al lector de aquellos
interesantes diálogos en que la cocinera hacía sin interrupción la
señal de la cruz y echaba bendiciones a su interlocutor:
Pascualita, es cierto que tú me viste en la puerta de la
casa del señor doctor don Rudesindo López, que en paz descanse?
Me remito a lo que tengo dicho en la Gobernación .
Pascuala, ¿qué vestido tenía yo?
Me remito a lo que tengo dicho en la Gobernación.
¡Pascualona de Barrabás! ¿Cuándo me viste?
Me remito a lo que tengo dicho en la Gobernación.
Llegó su turno al doctor Gómez.
Díme, sapo! ¿por qué querías perder a los Morales?
Yo no he querido perder a nadie.
¿Por qué te alegraste, sapo hediondo, cuando supiste que
me llamaban a juicio?
Porque todo buen ciudadano debe alegrarse de que se
descubra a los criminales y se les castigue.
En la barra estaba el presbítero Francisco de Paula Benjumea,
uno de aquellos pobres de espíritu a quienes se tiene prometido el
reino de los cielos, y que en época anterior había sido explotado
por Morales, quien lo había llevado a vivir a su casa para
reducirlo a la miseria y botarlo en seguida. Al oír el sencillo
doctor lo que se decía respecto del cura de Santa Bárbara, exclamó
con la mayor candidez:
|¿Ahora conozco que don Pachito me quería,
puesto que no me embalsamó!
El jurado de Prieto se verificó algún tiempo después, porque se
esperaba tener la plena prueba del envenenamiento del presbítero
López, lo que estaba en la conciencia de todos .
Los dos protagonistas de aquel crimen fueron condenados a doce
años de presidio, con el aplauso de toda la sociedad.
Algún tiempo después estalló la revolución de Melo, y don Justo
Briceño, gobernador de la entonces provincia de Tequendama, creyó
más conveniente armar al presidio acantonado en La Mesa, en defensa
de la constitución, ofreciendo indulto al que se condujera bien,
antes que correr la eventualidad de que se fugaran los presos: así
volvió Pacho Morales a esta ciudad.
El 4 de diciembre de 1854, al ver Morales perdida la causa en,
que fincaba las esperanzas de mejorar su triste situación, salió a
buscar la muerte hasta encontrarla en la esquina oriental de la
cuadra del puente del Telégrafo. Una bala le destrozó el brazo
derecho, le entró por debajo del omoplato y le salió por el frente
de la garganta. Su cuerpo, cuya lengua devoraron los perros, quedó
insepulto en el mismo sitio en que murió, hasta que el caritativo
caballero don Mariano Calvo, el amigo íntimo del Arzobispo
Mosquera, para quien, en mala hora, se ofreció Morales de verdugo,
cumplió con la obra de misericordia de dar a aquel desgraciado
cristiana sepultura, acompañado en tan piadosa acción por el
general don Ramón Espina y por el presbítero Benjumea, quien le
dijo la misa de réquiem en la iglesia de San Juan de Dios.
Prieto continuó sufriendo su condena en el presidio bajo la
dirección de don Lino Peña. En una tentativa de evasión hecha por
los presos, se averiguó que aquel hombre inquieto era el principal
promotor del complot: en. castigo, le aplicaron furibunda paliza
que le ocasionó la fiebre que lo mató.
Dieciocho meses después de la muerte del presbítero López, ya
habían comparecido sus victimarios ante el tremendo Tribunal de
Dios.