I
CUSTODIA O LA EMPAREDADA
PASADOS los últimos movimientos políticos producidos por la
revolución que conmovió el país hasta mediados del año de 1852,
empezaron a llegar a Santafé los diversos batallones formados en el
Norte de la República, con reclutas atrapados la mayor parte en la
entonces provincia de Tunja, semillero inagotable de nuestros
mejores soldados, quienes entonces, como ha sucedido
siempre, y como indudablemente sucederá en lo futuro, se batieron
con bravura y disciplina en los memorables y sangrientos campos de
batalla de Garrapata,
Buesaco y Anganoy, y en muchos otros
|agarrones más o menos importantes, en que se demostró, por
la milésima vez, que los colombianos son valientes; pero sin otro
resultado práctico que el dejar unas cuantas viudas, huérfanos y
ancianas desvalidos, abandonados a su propia suerte, puesto que las
guerras sólo han producido entre nosotros el imperio de la
violencia y de la iniquidad en todas sus formas. Si la guerra
compusiera algo, Colombia sería el país más perfecto del mundo,
porque aquí la hemos hecho por habitual ejercicio.
Como íbamos diciendo, entre los batallones que entraron a esta
ciudad para seguir después de algún descanso a sus respectivos
destinos, se contaba uno en cuyo escalafón estaba inscrito el
nombre de Pedro Siachoque, natural de Sutamarchán. En una tarde del
mes de agosto, pidió éste permiso a su cabo para que, en compañía
de otro camarada, les permitiera salir a dar un paseo por la
ciudad, a fin de no regresar a su tierra sin conocer las maravillas
de Santafé. Concedida la licencia, emprendieron marcha nuestros dos
|turistas y se dirigieron instintivamente a la parte sureste
de la población, sin duda porque en esas localidades encontraban
barrancos y despeñaderos que les recordaban el aspecto topográfico de la comarca
en que nacieron y vivieron felices, hasta el día o mala hora en que
se les creyó
útiles para ir a atajar balas con el cuerpo por cuenta ajena.
Con la boca abierta y de asombro en asombro, andaban al acaso
aquellos
ex-reclutas,
hasta que llegaron a inmediaciones de las paredes que servían de
división, entre una casa situada en la vecindad del cuartel de
Artillería y el solar en que se hallaban. Allí se le ocurrió a
Siachoque una
necesidad
íntima, y sin esperar a que su compañero le dijera como Don Quijote
a Sancho: ¡
|R
etírate tres o cuatro allá! dio
principio a su asunto
|
super tabulam
rasam,
En lo mejor del acto estaba el soldado, cuando sintió un ruido
particular, semejante al que producen los roedores al tratar de abrir
tronera en los muros: alzó la vista con el objeto de conocer la
causa de lo que ocurría; pero sin decir palabra y con los calzones en las
manos, se retiró despavorido exclamando con voz entrecortada: San Jerónimo!
Ave María Purísima! Jesús me ampare y me favorezca. Al oír el
compañero de Siachoque las invocaciones de éste, sin comprender el
motivo de tanto
miedo, lo imitó y aun superó en sus expresiones de espanto, y se
retiró hasta situarse a prudente distancia: repuestos en algo del
incomprensible pánico que los dominaba, dirigió el camarada a
Siachoque, un "¿qué es?" que valía
un reino.
Un alma en pena que me ha asustado.
¿Dónde?
En aquella
|
ahojada: mírala!
El camarada debía de ser hombre práctico en asuntos de
exorcismos,
porque inmediatamente se puso a gritar con toda la fuerza de sus
pulmones:
De parte de Dios o del diablo, decidnos que quieres!
Sin obtener contestación de la supuesta alma en pena y sin ánimo
de acercarse a la
|ahojada los soldados resolvieron ir al
cuartel y dar parte de lo que les había sucedido. Volvieron,
acompañados del
cabo y de otros soldados, aunque nada adelantaron aquellos hijos de
Marte, porque si bien estaban acostumbrados a hacer frente a los
enemigos tangibles o corporales, no se creían con fuerzas para
acometer a las almas del purgatorio o a los vestigios, cosas
enteramente iguales para aquellas gentes sencillas.
Enviaron por otro refuerzo, que llegó al mando de un oficial
experimentado, provisto de armas y municiones suficientes, por
cuanto ya empezaban a creer que se trataba de algún nuevo
|pronunciamiento.
Ocupado el campo sobre el cual se iban a emprender las
operaciones bélicas, y asegurándose en primer lugar honrosa
retirada, envió nuestro impertérrito oficial una guerrilla de
avanzada hacia el agujero que en esos momentos hacía el papel de la
|Esfinge de Tebas.
Los soldados se aproximaban serenos hasta situarse a dos o tres
metros de distancia de la pared enigmática; pero al llegar allí se
detenían como si estuvieran clavados en el suelo y se animaban,
cuando más, a estirar el cuello a fin de ver si así lograban
distinguir el objeto que les tenia embargadas todas sus facultades
y les producía al mismo tiempo un pánico inexplicable.
Extraño fenómeno tenía lugar en aquella localidad: los mismos
hombres que en Garrapata resistieron al choque de terrible
caballería lanzada al combate por los intrépidos José Vargas París
|(el Mocho), Vicente Ibáñez y Domingo Caicedo; los que bajo
las órdenes del bizarro General Manuel María Franco, en las breñas
inexpugnables de Pasto, vencieron en Buesaco y Anganoy a las
huestes aguerridas que seguían a los insignes guerreros Julio
Arboleda y Jacinto Córdoba; esos mismos, en la capital de la
República, no se atrevían a afrontar el
|peligro imaginario
de acercarse al pequeño agujero que encerraba el misterio
incomprensible.
Al fin se dio aviso al alcalde, diciéndole que por entre una
|ahojada de la casa en cuestión se distinguía,
|a no dejar
duda la mano de un muerto que hacía señas como invitando a que
se acercaran. Nuestro hombre civil, que no tenía miedo a la muerte,
tal vez por no haberla visto de cerca como los militares, se
aproximó al punto indicado y vio distintamente una mano descarnada,
apergaminada y con evidentes señales de que el cuerpo a que
pertenecía debía hallarse en terrible angustia.
No faltó quien le diera el consejo de que, a ejemplo de lo que
hicieron los vecinos de Tuluá, quienes para introducir una viga
|tirante.
en la iglesia, derribaron la fachada, se procediera a destruir esa parte de la
casa. En previsión de que el asunto que los preocupaba , se relacionara
con algún hecho criminoso, el alcalde hizo rodear la casa y se
introdujo a la misma, bien acompañado, por lo que pudiera
suceder.
Se llamó a la puerta, pero no contestaban; visto lo cual por el alcalde,
gritó:
|la autoridad!, y añadió que si no abrían
inmediatamente, echaría la puerta abajo: la intimación hizo su efecto, y, en consecuencia,
oyeron los que
golpeaban un prolongado
|¿quien es?'
recitado con voz chillona y en un diapasón que revelaba
el mal humor de la persona que contestaba. Al fin, después de otro
|¿quien es? se abrió la puerta de la calle y se presentó a la
vista de los que entraban, una mujer que tendría cuarenta años de
edad, pálida, sumamente delgada, de mediana estatura, aprisionado
el cabello por un pañuelo de seda atado a la cabeza, vestida con
traje de lanilla color de café, zapatos de cuero y medias blancas,
zarcillos de oro y pedrería pendientes de dos enormes orejas, y
gargantilla de cuentas de oro que remataba en un medallón colgado
del cuello. Todo fue encontrarse nuestros hombres al frente de
aquella figura y estrecharse unos contra otros en actitud
defensiva, como si tuvieran que habérselas con alguna fiera. El
alcalde, que por lo visto sabía
|donde le apretaba el zapato
dijo al oído del oficial:
Si esta bruja no pertenece a la raza felina, yo no
entiendo de Historia Natural.
Después del saludo, que aquélla no contestó, preguntó el alcalde
quién vivía allí. Yo, respondió la mujer.
¿Y quién es yo? replicó aquél.
|Trinidad Forero, dijo la interpelada.
El alcalde expuso sin rodeos a la Trinidad el motivo que los
llevaba a esa casa, para lo cual esperaba que se sirviera
permitirles practicar un reconocimiento.
Aquí no hay nada que ver ni que rondar y yo estoy en mi
casa, dijo aquella arpía; no permito que entren sino sobre mi
cadáver.
Ante semejante negativa no podía haber contemplaciones. Se le
amenazó con proceder a viva fuerza si se oponía al
mandato de la autoridad, visto lo cual, amainó la dueña de casa,
diciendo que hicieran lo que se les antojara; pero que se iba para
que no la ultrajaran. Por de contado que no se la dejó salir, y
antes bien se le hizo saber que debía estar presente en la
exploración que se intentaba hacer.
La casa se componía de angosto zaguán que conducía a un
corredor, a la derecha del cual se encontraba la puerta que daba
entrada a la salita que recibía la luz por una ventana del lado de
la calle, con lienzo en lugar de cristales, y fuertes cerrojos para
seguridad de la moradora; a la izquierda de la sala, al entrar,
había otra puerta de bastidores forrados en tela de percal rosada
que daba entrada a una alcoba estrecha y oscura.
El mueblaje de la casa se resentía de mal gusto y gran desaseo,
como es de uso y costumbre entre nuestras gentes de
|medio
pelo; se observaba, además, completa ausencia de imágenes u
otros objetos que dieran muestra de los sentimientos piadosos de
aquella mujer.
Al frente del corredor principal, existía otro edificio en
donde estaban las tres piezas de ordenanza en aquellas casitas de
más que problemática moralidad, a saber: el comedor, la despensa y
la cocina. Otra particularidad notaron los nuevos huéspedes de esa
casa: la Trinidad vivía sola.
Habiendo entrado a la sala, la dueña de casa no invitó a sus
visitantes para que tomaran asiento; lejos de eso, permaneció en
pie con aire amenazador: dejaba comprender, con toda la posible
grosería, el enfado que rebosaba en ella. Terminada la inspección
de la sala, era claro que había que continuarla en la alcoba
contigua, por cuanto en esa dirección se hallaba el solar a que
correspondía la
|ahojada sibilítica; pero al dirigirse el
alcalde hacia dicha pieza, la Trinidad se plantó en la mitad de la
puerta, tomó un palo de escoba en una mano y una grandes tijeras en
la otra, y manifestó categóricamente que el primero que intentara
introducirse en la alcoba, encontraría allí su tumba.
Más asombrados que temerosos por aquella baladronada, los
asistentes contemplaban a la mujer que tenía en tales momentos el
aspecto de todos los pecados capitales reunidos; pero no era
posible que tantos hombres juntos y armados retrocedieran ante la
ira de aquellas faldas, y resolvieron
|coúte qui coúte entrar
a la pieza prohibida. Se abalanzaron sobre la dama y la sujetaron,
no sin tenar antes que soportar rasguños y mordiscos de la que
parecía endemoniada, amén del tropel de injurias y blasfemias
inauditas que vociferaba, echando espumarajos de rabia y despecho,
y dirigiendo miradas de espantoso odio hacia la cama de colgadura
de muselina, arrimada a la pared. Allí debía encontrarse la
solución del enigma.
Asegurada aquella furia, se procedió a retirar la cama de junto
a la pared, con lo que quedó en descubierto el hueco murado, sin
blanquear, de una puerta. No se oía en ese lugar ningún ruido que
indicara la existencia de un ser viviente; pero como había ya
evidencia de que esa parte de la casa correspondía a la pared
exterior en que se hallaba la
|ahojada misteriosa, se
hicieron llevar barras con el fin de derribar la pared, de dentro
hacia fuera, y de arriba para bajo, a fin de no causar daño a quien
estuviera en la parte interior .
Al golpe del primer barrazo se produjo un ruido sonoro, lo que
significaba que la pared estaba sobre hueco en esa parte; al
segundo, se desprendió un adobe que, al caer, dejó ver con la luz
que entraba por la
|ahojada de la parte exterior, que los
exploradores se hallaban al frente de un vacío en ese punto de la
pared, tapado en citara por ambos lados; al mismo tiempo se espació
en la estrecha alcoba fetidez insoportable.
No había duda posible: los exploradores estaban al frente de una
fosa en que debía yacer algún cadáver en descomposición: cubiertas
con pañuelos las caras, a fin de precaverse contra los gases
pestilentes que casi los asfixiaban, se continuó la
exploración.
No bien se hubo derribado lo suficiente para observar lo que
existiera en el fondo de aquella cavidad, vieron¡qué
horror!una momia medio envuelta en asqueroso sudario, que
yacía sobre un lecho de estiércol y entre millares de gusanos
blancos que pululaban por todas partes. Lo más horrible de aquel
repugnante espectáculo era, que
|eso que tenía alguna forma
parecida a la especie humana, hacía débiles movimientos con las
manos en actitud deprecatoria, implorando compasión y dirigiendo a
todos miradas lastimosas y tiernas, con ojos apagados pero
expresivos, de donde brotaban gruesas lágrimas.
Ya no había lugar a vacilación: aquella debía ser la víctima de
la nueva Megera, que, imitando a su modelo, procuraba que no
muriera aquel sér humano para hacer más largos los tormentos que,
con inaudita crueldad, infligía al desdichado cuanto inofensivo
sér.
Entretanto, la Trinidad lanzaba hacia aquel lugar .miradas
horripilantes, dejando comprender el odio más feroz contra su
víctima, al mismo tiempo que no ocultaba la satisfacción de verla
reducida a semejante estado de repugnante deformidad.
Hay acciones en la vida que, para ser llevadas a buen término,
hacen necesario que quien las ejecuta posea gran sentimiento de
abnegación, estoicismo y, más que todo, caridad ardiente; tal era
el caso de que nos ocupamos. Se trataba nada menos que de recoger y
Sacar de aquella sepultura improvisada, un
|cuerpo vivo en
putrefacción, y, por consiguiente, sin parte sana por donde
asirlo: la sola idea de tener que abrazarse con aquella momia,
hacía erizar los cabellos de los circunstantes.
Pero pasaba el tiempo y era preciso tomar alguna determinación.
Los soldados oponían gran resistencia a prestar este servicio
humanitario, no por mala voluntad, sino por la invencible
repugnancia que los dominaba Al fin ocurriósele a alguien salir a
la calle a buscar la primera
|aguadora, que pasara, con el
objeto de obligarla,
|por bien o por mal, a que los sacara
del apuro. No fue difícil hallar a la que buscaban, pues a pocos
instantes pasó por allí una de aquellas
|mujercitas, vestidas
de harapos, con su
|múcura colgada a la espalda dentro de una
red o
|cargador y, poco menos asquerosa que la misma momia.
Se le propuso el negocio de por
|buenas, mediante un buen
|golpe de chicha tentación halagadora para aquella
especie de gentelo que fue aceptado sin vacilar por la
|aguadora, quien dijo que no era
|recelosa, como podía
acreditarlo su amo Perico, en cuya casa cortaba el
|sebo
oliscoso, antes de derretirlo para hacer las velas chorreadas y
el jabón de la tierra.
Satisfechos con el hallazgo, volvieron los emisarios .a la
alcoba donde
|la aguadora después de santiguarse unas cuantas
veces y encomendarse a Nuestra Señora de Chiquinquirá, se acercó
resueltamente al hueco de la pared, recogió lo que allí encontró y
lo puso, sin pensar en lo que haría, sobre la cama de la Trinidad.
Esta lanzó un rugido parecido al del jaguar cuando se le escapa la
presa que ya cree asegurada para saciar su voraz apetito.
La impresión producida en las personas que presenciaron aquella
escena, debió de ser igual a la que experimentaron los fariseos al
ver salir resucitado a Lázaro, ya fétido, de su tumba; pero aquí,
en presencia de aquel ser indefenso, reducido a la más espantosa
situación, alternaban confundidos los sentimientos de horror
compasivo por la víctima y de indignación contra sus crueles e
inhumanos verdugos. Hubo necesidad de recogerla en una parihuela, a
fin de que el cuerpo no se disgregase entre las manos al tratar de
conducirlo al Hospital, con el objeto de ver si se podía devolverle
el uso de la palabra, a fin de que revelara las causas y los
autores de aquel crimen inaudito. En cuanto a la presunta autora de
él, se le condujo al
|Divorcio (antigua cárcel), mientras se
instruía el correspondiente sumario. La Forero se encastilló al
principio en despreciativo silencio, y se daba ínfulas de acusadora
y no de acusada.
Si en alguna ocasión se manifestó interés en nuestra sociedad
por la conservación de la vida de una persona, fue, sin duda, en
aquella, en que se ansiaba conocer las peripecias del espantoso
drama. Los doctores Antonio Vargas Reyes e Ignacio Antorveza se
disputaron la labor de restablecer en lo posible, como al fin lo
lograron, las fuerzas vitales de aquella infeliz víctima de los más
furiosos celos. Empezaron por coserle la boca, que tenía cortada de
|oreja a oreja, a fin de que reducida a sus proporciones
naturales, le sirviera para articular palabras y hacerse entender,
pues no daba señales de que supiera escribir o leer. Conseguido ese
primer buen resultado, la
|emparedada, nombre que se le dio,
hizo la siguiente exposición bajo la gravedad del juramento, la
cual fue confirmada por la fría confesión de su cruel
perseguidora.
La madrina de la
|emparedada Custodia, la concertó como
sirvienta en casa de Trinidad Forero, mujer de carácter arrebatado
y de pasiones violentas. Poco después de vivir con aquella mujer,
empezó a tratarla con dureza y a maltratarla sin que le diera el
menor motivo. En una ocasión la envió su señora a un mandado por
|Los Laches, en busca de una lavandera; pero el verdadero
objeto era alejarla de la casa, a fin de preparar la inicua
venganza que meditaba contra ella, porque un señor que
|la
visitaba, y cuyo nombre no conocía la muchacha, dijo a la
Forero, que tenía una criadita muy bonita y que se iba a casar con
ella.
Entrada la noche volvió la sirvienta y sin decirle nada su
señora, le ató las manos y los pies; púsole un pañuelo en la boca
después de introducirle en ella una piedra para que no pudiera
gritar. En esa posición la dejó hasta el amanecer, en que principió
a arrancarle el cabello, operación que duró casi todo el día, sin
darle ningún alimento. Por la noche le puso un emplasto en la
cabeza, que le produjo ardor insoportable, y al fin le hizo una
llaga desde la nuca hasta los ojos, pues también le arrancó las
cejas y pestañas.
El segundo día se sentía agotada aquella mártir, después de
pasar dos días sin comer ni beber, y como ya no tenía fuerzas ni
podía quejarse, la Trinidad, consecuente con el infernal proyecto
de atormentar a la que creía su rival, le suministró un pocillo
de agua fétida y
|un bocado de mogolla.
Cuando aquella nueva Medea creyó que la muchacha tendría más
alientos para sufrir, se puso a sacarle uno a uno todos los dientes
y muelas, y para ello se sirvió de unas tenazas de las que usan los
zapateros. No satisfecha aún aquella infame furia con lo hecho,
quemó a la infeliz con planchas calientes todas las articulaciones,
las costillas y la columna vertebral; y como si aún no fuera
suficiente, le cortó las orejas y le abrió la boca hasta los
oídos.
Terminada aquella tarea, de cuyos resultados debió horrorizarse
el mismo demonio, la Trinidad encendió dos velas al lado de la
víctima, le puso un espejo al frente y le dijo con acento de
espantosa satisfacción: "ya no se casará
|aquél con
la criadita bonita!" En seguida arrastró a la muchacha
hasta el hueco de una alacena que había en la pared, y, con la
mayor calma, emparedó a la .que, según ella, no debía contarse más
en el número de los vivientes.
Pero no era para hacerla morir que la Forero había emparedado a
la muchacha; no, era para gozarse viéndola sufrir, lo que hacía por
la
|ahojada que dejó hacia el lado del solar de la casa, por
donde al mismo tiempo le daba en cantidades exiguas, cada tres
días, el alimento indispensable para que aquel cuerpo no exhalara
el soplo de vida que lo animaba.
¡Ya puede figurarse el lector los tormentos y angustias sin
cuento que sufriría aquella pobre niña, hija del pueblo, abandonada
de los hombres, sin otra perspectiva que la muerte lenta, que para
mal suyo, tardaba en llegar!
Dos meses mortales habían pasado para aquella desdichada,
teniendo por único consuelo los sarcasmos de su cruel perseguidora
o los golpes que la Forero daba en el tabique, cerca del cual había
colocado la cama, para gozar en los débiles quejidos que el frío,
el hambre y el dolor arrancaban a su aborrecida y supuesta rival.
Sin la casual llegada de los soldados al pie de la
|ahojada,
Dios sabe cuánto tiempo hubiera durado aquel espantoso
suplicio!
Repuesta algún tanto la
|emparedada, llegó el momento de
poner a la víctima frente a frente con su victimaría: aquel fue un
acto interesantísimo:
|la emparedada, sobrecogida de terror y
espanto, suplicaba que no la dejaran atormentar más de su
|seña Trinidad; ésta se cruzó de brazos, recogió de atrás
hacia adelante el pañolón en que estaba envuelta, fijó una mirada
indefinible sobre su víctima, la contempló en silencio, y hablando
consigo misma dejó escapar estas palabras: ¡Así está bien!
En la declaración indagatoria, expuso aquella Jezabel
santafereña, que odiaba de muerte a la muchacha, porque ella era la
causa de que se hubiera
|desbaratado el matrimonio que hacía
mucho tiempo tenía proyectado, por lo cual había ocurrido al para
ella sencillo expediente de desfigurarla primero, y esconderla
después en donde se muriera
|poco a poco, .sin hacer
escándalo ni llamar la atención.
Véase cuáles son los funestos efectos del arrebato de los celos,
en una mujer como la que nos ocupa, pasada de los treinta y nueve
años, que es la edad que más temen las solteras deseosas de
casarse, sin educación ni principios religiosos, edad en que se
desarrolla esa pasión que produce monstruosas alteraciones en las
facultades intelectuales, que hace aparecer como buenos y lícitos
todos los actos que tiendan a anonadar el objeto que estorba la
pasión, y pervierte el sentido moral hasta conducir a los mayores
excesos de crueldad, de los cuales no será primero ni último
ejemplo el caso presente.
Convicta y confesa de los delitos de tentativa de homicidio y
maltratos personales en máximo grado, el Jurado sentenció a
Trinidad Forero, a sufrir la pena de diez años de encierro en la
reclusión de Guaduas, en donde murió algún tiempo después a
consecuencia de una fiebre maligna. Su víctima, reducida a completa
invalidez y absoluta miseria, se hacía conducir sentada en una
silleta implorando la caridad pública en Santafé, a fin de
procurarse la subsistencia. ¡Por altos juicios de Dios, sobrevivió
algunos años a su cruel perseguidora!