Juicio y ejecución de don José Raimundo Russi y sus
compañeros
VIII
Hacia mediados del mes de junio del año a que nos
referimos, se instaló el Jurado en el entonces espacioso salón de
la Cámara de Representantes, situado en el centro de la casa
consistorial: el público se mostraba ávido de conocer a los
corifeos de aquella serie de crímenes y escándalos.
A las once de la mañana se llevó al local del Jurado a los
procesados, en medio de numerosa escolta, en donde eran ya
esperados por un público impaciente y curioso. Solo y altivo
marchaba delante Russi, con su conocido vestido de capa española y
sombrero de copa gris; detrás iban los otros enjuiciados, vestidos
con buenas ropas y ruanas, más o menos preocupados con la situación
en que se hallaban, todos en el vigor de la edad, robustos, y en
general bien parecidos. Rodríguez era de mediana estatura, color
amarfilado, pelo negro y sedoso en una cabeza correctamente
modelada, mostachos negros y crespos, bien cultivados; pie pequeño,
calzado con borceguí de charol: en todo tenía el aspecto del
pirata griego descrito por Byron.
A mediados del año de1850,salió de Bogotá con dirección a la
ciudad de Cali el doctor Fracisco Eustaquio Alvarez, encargado de
varios asuntos judiciales: recién graduado y sin bienes de
fortuna, viajaba con la posible economía.
Al llegar nuestro viajero al río de
|La Vieja, cerca de
Cartago, lo halló tan crecido que no habría podido atravesarlo sin
grave peligro de naufragio: viose, pues, forzado a tener paciencia
y a esperar que disminuyera la avenida para continuar su
camino.
Pocas horas hacía que el doctor Alvarez permanecía en la orilla
de dicho río, meditando en los innúmeros obstáculos que detienen a
los transeúntes en nuestros abandonados caminos, cuando se presento
un viajero de gallarda presencia, bien montado, seguido de un
sirviente, que arriaba la acémila que conducía la carga de
equipaje, y llevaba de cabestro dos magníficas mulas.
|A ver la canoa! gritó el recién llegado con
imperio.
No hay paso, respondió un negro, dueño de la que estaba
amarrada a un árbol.
¿Por qué? preguntó el viajero.
Porque nos ahogaríamos, contestó el negro.
Tengo urgencia de llegar al otro lado del río, añadió el
caminante. ¿Cuánto quieres por pasarme?
Nada, porque aprecio más la vida que el dinero. añadió el
negro.
Toma una onza de oro por la canoa, que te dejaré amarrada
en la otra orilla, y uniendo la acción a las palabras, el viajero
sacó una rica bolsa de seda roja, de la cual tomó la moneda
ofrecida, a cuya vista se despertó la codicia del negro, quien
aceptó el buen negocio que se le ofreció tan inopinadamente.
Sin más preámbulos, aquellos dos hombres colocaron en la frágil
embarcación las monturas y el equipaje, e invitaron inútilmente al
doctor Alvarez a que los acompañara en su arriesgada
expedición.
El sirviente ocupó la proa, con un canalete en la mano, el
caballero tomó posesión de la popa, después de atarse a la cintura
los cabestros de las bestias para obligarlas a seguirlos, e
imitando a Guillermo Tell cuando huyó de los esbirros de Gesler,
sobre mísero esquife en el borrascoso lago de los
|Cuatro
Cantones en Suiza, dio impulso a la canoa, lanzándola con vigor
sobre la violenta corriente del río, y remando con admirable
destreza e intrepidez, arribaron a la otra banda sanos y salvos,
amarraron la embarcación al primer árbol que hubieron a la mano,
hicieron con los sombreros un saludo de despedida y prosiguieron
su camino en dirección al Sur.
El doctor Alvarez continuó al día siguiente al lugar de su
destino, sirviéndose de la perezosa mula de alquiler, guiado por el
peón que le conducía a espalda su pobre equipaje. Al llegar al
llano de
|La Paila se encontró con los dos viajeros que
habían pasado el río de
|La Vieja con la sola diferencia de
que en vez de mulas, el sirviente traía soberbios caballos del
diestro.
Después del respectivo reconocimiento y saludo, el caballero
invitó al doctor Alvaresasestear debajo de una corpulenta ceiba que
los preservara de los rayos del sol a las diez de la mañana, y a
tomar un abundante almuerzo que sacaron del equipaje bien provisto
de aquél: avivado el ingenio de los comensales por las libaciones
de vino generoso, el anfitrión increpó al doctor Alvarez su falta
de ánimo al no embarcarse con él en el río.
Vengo de Cali. continuó el caballero, mal lugar para hacer
fortuna: por aquí sólo hay negros
|perreristas y blancos
indolentes, dedicados a la política. Me voy a la provincia de
Antioquia, país del oro. de las bellas mujeres y de grandes
facilidades para enriquecer, ¿Quiere usted acompañarme? Le
garantizo que no se arrepentirá de ello.
El doctor Alvarez no tenía carácter aventurero, dio las gracias
a su generoso interlocutor, de quien se despidió sin ocurrirsele
preguntarle su nombre; bien que creyó habérselas con algún
potentado.
En el año de1851,en víspera de reunirse el Jurado que debía
fallar la causa de Russi y sus compañeros, fue nombrado Fiscal el
doctor Alvarez, quien no conocía de vista a los procesados. ¡Cuál
sería su sorpresa al reconocer en el famoso Ignacio Rodríguez al
distinguido caballero que le quiso llevar a la provincia de
Antioquia!
El Jurado, presidido por el respetable ciudadano don José María
Triana, empezó sus tareas con la lectura del sumario, que se
componía de varios abultados expedientes: Russi observaba
continente reposado y en apariencia se ocupaba en la lectura de las
|Pruebas judiciales de Benthan; pero hacía de vez en cuando
apuntaciones de los documentos que se leían.
Rodríguez reía cada vez que oía referir sus hazañas. Al ver en
cierta ocasión en algunos de los que asistían a las barras
hilaridad por el relato de la mayor de sus infamias, dio rienda
suelta a la mal contenida risa y se frotó las manos en señal de
satisfacción. Indignado el público por aquella sin igual
impudencia, amenazó a Rodríguez con la horca; pero éste se levantó
del banco de los acusados, y dirigiéndose a los asistentes les
gritó con increíble audacia:
|¡Pueblo infame, yo saldré de
aquíl En esa ocasión, por fortuna para el bandido, no era
posible llegar hasta él; de otra suerte, en ese día no más hubiera
terminado su peregrinación en este mundo. El presidente del Jurado
lo amenazó con hacerle poner una mordaza sí no permanecía en
silencio: Rodríguez ofreció guardar compostura; pero antes sacó un
pañuelo de seda en que estaban estampados los retratos de los
miembros de la Administración Ejecutiva, presidida por el General
José Hilario López, con el programa político al pie, en que
estaban consignadas las avanzadas ideas del doctor Manuel Murillo
Toro, lo enseñó a los circunstantes, y exclamó con insolencia:
"Véanse en este espejo!"
Por una singular coincidencia, un ejempar de aquel pañuelo fue
lo último que sirvió al doctor Nicolás Esguerra para enjugar el
rostro del doctor Murillo en su agonía, el veintiséis de diciembre
de1880.
Terminada la lectura del sumario, pidió la palabra el Fiscal
doctor Alvarez.
Empezó por hacer una breve relación del estado de la sociedad
santafereña durante el reinado del crimen, que hacía más de un año
la tenía atormentada. Examinó, pieza por pieza, cada una de las
pruebas que demostraban la culpabilidad de los acusados; pero
especialmente hizo incapié en la criminalidad de Russi, favorecido
por la Providencia con dotes intelectuales que puso al servicio
del delito, para extraviar el criterio de los hombres, tal vez
antes honrados, pero incultos, a fin de convertirlos en asesinos
y ladrones.
Llamó la atención hacia las agravantes circunstancias de que
Russi como Juez, había prevaricado en otra época, con el objeto de
favorecer a sus cómplices, para lo cual taron la hacienda de
Achuri, cerca de Suesca, sin que hules prestaba sus auxilios de
abogado o los amparaba con su fianza personal, como lo hizo con los
bandidos que asal biera solución de continuidad en aquella cadena
de delitos. que debían conducirlos al cadalso, a unos, y al
presidio a otros, si se quería contener la desmoralización del país
y restablecer la seguridad perdida. Al concluir pidió la pena de
muerte para Russi, Castillo, Carranza,Alarcóny Garzón, por el
delito de asesinato de su cómplice Manuel Ferro; para Rodríguez y
Valbuena, como jefes de ladrones en cuadrilla, y la de veinte años
de presidio para los quince restantes.
Un respetuoso silencio de mal agüero para los enjuiciados,
acogió la tremenda pero justa exigencia de aquel atrevido novel en
el foro, que no medía la fuerza ni contaba el número de los
adversarios.
En el banco de los acusados se sentaba un joven Garzón, más
imprudente que culpable y fue el único que salió absuelto: al ver
el efecto producido por la acusación, dijo a Rodríguez:
|¡esto
huele a pólvora! El capitán se encogió de hombros
Al tomar asiento el doctor Alvarez, pidió la palabra Russi y
empezó su defensa por la siguiente peroración recitada en estilo
ampuloso:
"Señores Jurados:
Estamos en e! recinto sagrado en donde los apoderados del
pueblo granadino se reunieron en el presente año, para proveernos
de lo que creyeron necesario a nuestro reposo; esta era su
misión.
Dieron aquí mismo una ley que se les pidió urgentemente. Así lo
ha dicho el señor Agente Fiscal al formular su acusación. Tal ley
miró atrás como la Aquilia de los romanos y unció a su carro a
cuantos quiso que adornasen su triunfo.
Esta ley, señores Jurados, según los hombres que la manejen,
tenderá indistintamente sobre inocentes o culpables el negro
crespón de la muerte, o socavará tan solamente el sepulcro del
criminal. Si Cromwelles y Atilas son los aplicadores, se verá lo
primero; si Titos o Trajanos, será lo segundo.
Si los jueces al entrar al lugar del juicio dejaren afuera las
pasiones malévolas, representarán a la misma Divinidad
distribuyendo la justicia; pero si fueren los sentimientos
benévolos los que dejaren, el altar de la justicia será un
infierno.
Jueces! Navegando vuestras conciencias en un océano de límites
infinitos, solamente veréis el faro del puerto, si la brújula que
guía vuestro convencimiento íntimo fuere la de la religión y la
ley.
Los jueces de hecho tienen indispensablemente que atender las
pruebas, porque son ellas el fanal brillante que habrá de
alumbrarlos para formar esa conciencia recta que es necesaria para
fallar.
Entro en materia. El señor Fiscal apoyó su acusación en un
indicio simple que ha adornado poéticamente, transformando una
rama seca en una encina robusta, a la cual apropia veneno para que
mate. Voy a presentaros sus cargos para que veáis si es exacta mi
proposición.
1º Manuel Ferro dijo bajo juramente, estando agonizante, lo
siguiente: "Raimundo Russi, mi amigo, y esos picaros
ladrones de los molineros, Nicolás Castillo, Vicente Alarcón y
Gregorio Carranza me hirieron". También dijo que habían
sido los ladrones del señor Caicedo.
2º Carranza, Alarcón y Casillo iban donde Raimundo Russi y
paseaban juntos.
3º Ignacio Rodríguez, famoso delincuente, vivía en casa de
Russi.
4º Los que habitan en la casa de Russi, habiendo sido Manuel
Ferro herido en el portón de ella, no oyeron lo que allí pasó.
5°Tres individuos que pasaron a las siete y media de la noche
por la casa de Russi, vieron a éste parado en el portón de
ella.
6º Buenaventura Cuevas saludó a Russi entre las siete y las ocho
de la noche; Federico Rivas y Francisco Antonio Uribe lo vieron
bajar por la carrera de Antioquia entre las siete y ocho de la
misma noche.
7º Russi entró a la bonica de los Roeles, calle de Florián, a
las siete y media, según Melitón Ortiz, a las siete y media
pasadas, según Ignacio Roel, que dice hacía un momento había visto
en su reloj las siete y media.
8°A las ocho ymedia entra Josefa Andrade a la dicha botica
implorando auxilio de un médico para el
|niño Manuel Ferro
(así decía), a quien habían herido en el portón de la casa del
doctor Russi, con cuya relación se había quedado este inmóvil, sin
decir una palabra, lo cual indujo a Eusebio Acevedo a penetrar que
tal vez fuese delincuente.
9°Cuando salió Russi con el doctor Juan Roel para donde Ferro,
le dijo a aquel señor
|que se fueran por las calles más
públicas; y al ser aprehendido por la policía no preguntó
siquiera cuál fuera el motivo de semejante aprehensión, siguiendo
inmediatamente para donde se le mandó.
10°Domingo Amaro González y diez personas más, declaran que
oyeron decir que el moribundo Ferro había dicho que quien lo había
herido había sido Raimundo Russi.
11°Que en el careo que tuvo en la Jefatura política con Ignacio
Rodríguez, no desmintió enérgicamente la aserción de éste, de no
haber vivido en su casa.
El señor Fiscal analiza uno por uno dichos cargos, de la manera
siguiente:
1°Manuel Ferro, herido de muerte y convencido de que iba a bajar
a la tumba, no pudo mentir: él dijo que Raimundo Russi, su amigo,
lo había herido, y lo dijo bajo de juramento; luego es cierto,
luego es indudable el dicho de Ferro.
2
|°Los ladrones del señor Andrés Caícedo hirieron a Manuel
Ferro porque no los denunciara: Castillo, Alarcón y Carranza, están
sindicados en el robo hecho al referido señor Caicedo: Raimundo
Russi tiene amistad con tales individuos: aquéllos para evitar el
denuncio hirieron a Ferro; luego Raimundo Russi lo hirió.
3°Ignacio Rodríguez, alias Vicente Páez y alias Ramón Mendoza
etc., vivía en casa de Raimundo Russi: tal Rodríguez es un famoso
criminal, jefe de bandidos, sindicado en el robo de Caicedo; luego
Russi es jefe de bandidos y asesino de Ferro.
4°En el portón de la casa de Raimundo Russi hirieron a Manuel
Ferró: los que vivían en dicha casa no oyeron algún ruido al tiempo
del suceso: Manuel Ferro dijo que Raimundo Russi lo había herido
allí; luego es cierto el dicho de Ferro.
5°A las siete y media de la noche tres individuos vieron a
Raimundo Russi en el portón de su casa: Cuevas, Uribe y Rivas lo
vieron bajar entre las siete y las ocho: los que estaban en la
botica del doctor Roel declaran que entró allí a las seis y media
de la noche poco más: Russi dijo en su declaración instrucitva que
había salido de su casa a las seis y media; luego mintió; y no pudo
metir sin interés alguno que no pudo ser otro que el de no estar en
su casa al tiempo del asesinato; luego es asesino.
6°Cuando la criada de Manuel Ferro entró en la botica pidiendo
auxilio para su amo, que había sido herido en el portón de la casa
de Russi, éste no se movió, y Eusebio Acevedo observó en él la
marca del delito; luego es delincuente.
7°Cunado Russi salió para donde Ferro, como a las nueve de la
noche, poco más o menos, en compañía del doctor' Roel, dijo a éste
que se fueran por las calles más públicas, es decir, por la
diagonal de la plaza a tomar la carrera de Bolivia para arriba:
aquellas calles forman la línea más larga para llegar a la casa de
Ferro; luego Russi las escogía para no verse pronto con Ferro,
porque temía su presencia.
8°Quea la voz de los que oyeron de la boca de Ferro que Russi
era su asesino, se repitió lo mismo en todo el pueblo; luego el
dicho de aquél es cierto.
9°Russi no contradijo con dureza a Ignacio Rodríguez cuando
aseguró no haber vivido en su casa: esto prueba relaciones
estrechas entre los dos: Rodríguez estaba interesado en la muerte
de Ferro; luego Russi era cómplice de Rodríguez.
Este es, señores Jueces, si no me equivoco, el cuadro fiel de
los materiales Jurídicos con los que el señor Fiscal acusador
edifica la grande obra de la ruina de mis dos existencias, la honra
y la vida material: la segunda la desprecio sin la primera, y es
por ésta que vengo a la arena. El punto fijo a donde se ata el
primer eslabón de la cadena de cargos que se me hacen, esta en el
dicho de Manuel Ferro. El señor Fiscal no conoció ni trató en vida
a Manuel Ferro: de lo actuado no consta la pureza de costumbres
morales y religiosas de este individuo, lo cual se le atribuye
gratuitamente; luego al raciocinar sobre semejantes datos, se
edifica en el aire.
Manuel Ferro, según el dicho de varios individuos durante el
tiempo de su agonía deliraba con venganzas y maldiciones; sus
costumbres consta que eran impuras; hay pruebas de que era hombre
de taberna, que se embriagaba siempre, que su señora lo espionaba
por celos, y que en la misma noche que fue herido, ésta le seguía
los pasos para observar sus acciones en prostitución. Semejantes
antecedentes pueden ser una buena base de razonamiento.
Compárense los atributos que se regalan por el acusador público
al memorado Ferro, con los expresados últimamente, que tuvo por
legado de su educación; y quien compare falle sobre los hechos
circunstanciales en que el acusador y yo buscamos la verdad. El
resultado será que aquél la busca en la oscuridad de un sofisma, y
yo la busco a la luz de los hechos.
Os presenté la historia de mi vida en mi alegato primero: la
fidelidad de aquella relación la testifican mis acciones y mi
frente, sobre las que esta incrustada mi honra, que no ha sido
mancillada sino por la malevolencia de mis semejantes.
Entre la verdad que merezca un individuo degradado, y la que
pueda merecer un hombre de algunos precedentes y de intachable
conducta, siempre ha decidido la sensatez en favor de este último,
porque en toda causa en que los hechos se prueban por declaraciones
testimoniales ,debe atenderse mucho a la delicadeza e
incorruptibilidad del testigo.
Suponga gratuitamente que Manuel Ferro estuviera cuando declaró
en completo juicio, en un estado fisiológico perfecto; yo niego el
hecho que él afirma; valórense los dichos de ambos por los
antecedentes de uno y otro, y venga la prueba que el acusador debe
dar en tal caso; porque el más miserable rábula sabe que el que
niega un hecho en derecho, arroja sobre su contrario la obligación
de probarlo.
El dicho aislado de Ferro no da ni un simple indicio.
|Indicio, según nuestra ley adjetiva, es un hecho que indica
la existencia de otro hecho, o de que alguna determinada persona lo
ha ejecutado.
|Me hirió el doctor Raimundo Russi; he aquí el
primer hecho; y éste ¿cuál señala? Ninguno, porque aquél no dice el
motivo porque yo lo asesinara, cuál el móvil que me compeliera a
ello, ni el muy noble y justo funcionario de instrucción lo
preguntó siquiera. Para él, y no comprendo el misterio, lo que le
importaba era mi nombre, era abismarme en los dolores que ha
tenido la complacencia de hacerme sufrir, era mantenerme en una
estrecha prisión, cargado de hierros y comiendo la ración dura y
mezquina del desgraciado preso. Ya demostré en mi alegato
anterior, que ningún móvil tuve, ni pude tener, para cometer la
acción que se me imputa; y el dicho del desgraciado Ferro,
llamándome
|su amigo demuestra que yo era su bien queriente,
y estando él en posesión de mi cariño, ningún mal pude pretender
hacerle, como en efecto se lo hice. Pero, repito, no existiendo el
hecho anterior al hecho presente, consistente en el simple dicho
del herido, no existe tampoco el indicio que se ha querido
encontrar allí.
Da el señor Fiscal una base segura para raciocinar por su clara
inteligencia, por su buena fe, por su finura lógica, por su
conciencia pura, por su temor a los juicios eternos, por su amor a
la inocencia, por su compasión al criminal, por respeto a su
profesión, por amor a su prójimo..., porque sus méritos sean los
que lo eleven... sus virtudes las que lo coronen cívicamente, y
porque, en fin, los escalones por donde suba al solio sean
patíbulos y sangre. ¿Y cuáles aquella base? Es otro sofisma, digno
de su puro discernimiento, digno, sí, de ser aplaudido por lobos
hambrientos que apetezcan carne (hablo con el debido respeto al
señor Fiscal). Su razonamiento es éste: Ferro ha dicho que los
ladrones de Alsina le asesinaron: Castillo, Alarcón, Carranza y
Rodríguez están sindicados de tal robo: éstos tenían amistad con
Russi (se le llenaba la boca al pronunciar mi nombre... dígalo el
pueblo), porque paseaban juntos, porque los defendía, porque
Rodríguez vivía en su casa: Carranza cuadrillero de Rodríguez,
Rodríguez jefe de cuadrilla; luego Russi ladrón, primer jefe.
Castillo, Alarcon y Carranza nombrados por Ferro como sus asesinos,
nombrado también Russi: aquellos, interesados en que Ferro no los
denunciara. también éste: es cierto que aquéllos como tales
ladrones lo asesinaron; luego Russi también es asesino.
Señores Jurados: para el que quiso oír, demostré ya que
Castillo, Carranza y Alarcon, no tenían, ni tienen amistad conmigo.
Bajo de juramento oísteis los dichos de ellos mismos, en que
aseguran no ser sino conocidos míos, a quienes he servido como
profesor del derecho, por su dinero, aunque no me han pagado. Pero
bien, los testigos que dicen que aquéllos eran mis amigos ¿han dado
razón de su dicho como lo manda la ley? No, señores Jurados, tales
testigos son de la masa del pueblo ininteligente, que conoce por
amistad el que un individuo salude a otro. Yo no tendría por qué
negar relaciones con tales individuos, si las tuviera: pero
exceptuando las que he mencionado antes, no tengo otras; y en
pormenor son éstas: haber hecho a Castillo unos escritos, entrado a
su casa una vez, y otra haber cobrádole desde la muralla del Molino
del Cubo lo que me debía; haber ido con Alarcon y Carranza a
Zipaquira a prestarle al primero un servicio en mi profesión,
regresando también con el último; haber estado el día de año nuevo
conAlarcon,Manuel Ferró y su familia en el río llamado
|Los
Luches. Estas relaciones, Jueces, pueblo?, no forman amistad
íntima, de aquella amistad que es necesaria para confiar en otro la
vida y el honor... Tal vez no me replica en esta parte el hombre
elevado por sus méritos a la magistratura acusadora.
Ignacio Rodríguez vivió en mi casa, comía en mi mesa por su
dinero, y lo visitaba en su posada con frecuencia hasta en la tarde
víspera del día en que tuvo lugar el robo cometido en la casa del
señor Andrés Caicedo. Esto lo he confesado francamente, porque es
la verdad, como lo es que antes no conocía yo a Rodríguez: que
desde la víspera mencionada no lo volvía a ver, sino hasta en la
cárcel un día, en el cual reconocí a mi huésped
|Vicente
Pérez; de cuyo reconocimiento y demás que me constaba, declaré
bajo del sagrado juramento con la sencillez del hombre de bien. Mas
ahora debo preguntar: ¿Ferro o alguno otro, caballero o canalla,
rico o pobre, grande o pequeño, mulato o mestizo, sabio o
ignorante, ha denunciado jamás como ladrón principal o subalterno
de algún hurto o robo de los cometidos desde el principio del mundo
hasta hoy? Se me ha denunciado como cómplice auxiliador o
encubridor de semejantes delitos? No, no, no, mil veces no; y si
hay denunciante, que salte al circo, porque en este tribunal no se
admiten denuncios por los leones de bronce, no se admiten alevosos
que hieran a mansalva. ¿Dónde están los cuerpos de los delitos? La
prueba, señor Fiscal, la prueba, porque Dios nos mide con la misma
vara con que medimos; porque el presente os está mirando, la
posteridad también mira por los hechos del presente, y los juicios
del tiempo, son los de Dios. SteE juicio fue el juicio de
Antíoco.
¡Jueces! en la boca del terrible boa está el aliento que atrae
hasta el inocente pajarillo que surca el viento buscando la comida
que para alimentar su vida le proporciona el Ser Supremo: en la
boca del señor Fiscal está el aliento que quiere matarme; y de su
dicho aislado quiere que salga el problema que arrastre con su peso
con cuantas razones encuentre en su tránsito, empujando con él a
la muerte para que quiera a oscuras la víctima que elige.
¡Jueces y pueblo! en el proceso no hallaréis la menor prueba, el
más ligero indicio contra mí. ¡Juristas, sacerdotes de la ley!
venid conmigo al sacrosanto templo de la justicia, no a hollarlo
con planta fratricida, sino a absolverme del temerario cargo que la
equivocación más perniciosa puede haber formulado; no a derribar
el altar de la inocencia y a construir en su lugar el del odio
contra un infeliz, cuyo principal delito toma forma y colorido en
que es solo en el mundo, en que sus relaciones están sobre su
cabeza, pero sin el apoyo del dinero, sino a construir el monumento
sólido ante el cual edbe rendirse culto a la razón y a la
justicia.
Y si no existe prueba de que yo sea ladrón principal, auxiliador
o encubridor etc., ¿por qué, Fiscal, tomáis tal hecho por base de
vuestro raciocinio, ¿por qué olvidaros de vuestro santo ministerio,
y tener el placer de confundirme con el criminal? ¿No sabéis que el
oro no se amalgama con el plomo: Si no hay leves indicios de que yo
haya sido pueda ser, ni sea ladrón, cómplice ni auxiliador de los
que merezcan tal nombre, como tal, pues, no he podido herir a
Manuel Ferro; y tomar por hecho anterior el hecho presente, el
dicho de Manuel Ferro para calificarme como
|infame bandido
sería una falta grave en un individuo del bajo pueblo;pero es un
crimen nefando en un magistrado pago, no para oír parcialmente
pasiones malévolas o para atender a sentimientos benévolos, sino
para distrubuír la justicia, o para pedir la distribución de ella
igualmente al inocente que al criminal. Ah!, señor Fiscal! ojala
que en los decretos eternos esté el borrar del gran libro esta
falta vuestra, para que vuestra familia no arrastre la soga de
Caín por el puñal que públicamente me habéis clavado en el corazón
con declamaciones de poderoso, con declamaciones que han ido
directamente a obrar ¿sobre quién? sobre un cadáver, porque un
preso a quien se mira con prevención, sin relaciones y sin dinero,
es poco menos que un cadáver.
Decir, pues, que por tener relaciones con algunos de los
sindicados como ladrones, únicos que pudieran tener interés en
salir de Manuel Ferro porque no los denunciara, ya es indudable
que se fue asesino, es suponer gratuitamente lo que no existe es
oír a la pasión ciega que condena, más no a la razón que absuelve,
es levantar sobre un pedestal falso el trono de los domicianos.
Con Ignacio Rodríguez viví y comí unos días, nos abrigamos bajo
el mismo techo, y así lo he confesado bajo de juramento, no lo he
negado. Respondedme, ahora señor acusador: ¿cuando admití en mi
casa al referido señor,, sabía yo que estaba manchado con el delito
que la ley lo necesitaba para purificarlo, que la autoridad lo
pedía para el escarmiento? Al proceso. Jueces, al proceso, pueblo,
al proceso, no hay más remedio. Allí no hay constancia de semejante
hecho; luego es bajo la palabra del señor Fiscal que él se quiere
dar por sentado y probado. Los juicios deben llevar por cabeza los
hechos y por pies la aplicación del derecho: no existiendo los
primeros, es visto que no puede tener lugar la aplicación de
ninguna consecuencia legal.
Si hubiera querido el señor Fiscal fundarse en una cosa sólida,
hubiera informándose de la situación de mi casa, hubiera visto que
del portón de ella a la pieza en que vive una pobre vieja tía mía,
enferma, y una joven cansada de lidiarla, hay más de treinta varas
de fondo, en una pendiente, y convencido de la imposibilidad de
oírse adentro lo que pasaba afuera, no habría formulado uno de los
cargos que me hace.
Cómo! no contradice enérgicamente, dice el señor Fiscal. a
Ignacio Rodríguez el día del careo en la Jefatura política. Sin
embargo, no atiende a que allí sostuve mi dicho bajo de juramento y
con la firmeza de un hombre de mi clase; pero hay muchos que no
entienden esta firmeza, no obstante, que, aparentando semejante
virtud, hablan más que el lenguaje de las verduleras. ¡Oh, Dios
mío! yo he oído aplausos dentro del recinto, dirigido a este último
lenguaje.
Conseguí que Juan Roel (ah Juan Roel!, Dios le perdone!) fuera
conmigo en auxilio de Ferro, de un muchacho a quien quise porque
me sirvió con cariño cuando pudo, y le dije que tomáramos la
dirección más corta a la casa de aquel desgraciado: tomamos en
efecto la plaza de Bolívar por su diagonal, a seguir por la
carrera Bolivia; y cuando íbamos llegando al punto donde nos
dirigíamos, un comisario de policía me ordenó que le
siguiera.¿Por qué? le pregunté yo con la calma del que tiene
su conciencia tranquila. Nada se me respondió. El jefe político
¿dónde está? volví a replicar.En la casa de Ferro, me
contestó el comisario.Adiós, Juanito, le dije al tal Roel,
que ha manifestado públicamente desprecio al manifiesto que di
inmediatamente después de mi prisión, y me separé de él. No es
cierto, pues, que yo siguiera al agente de policía que me intimó la
orden, sin hablarle; y con el mismo señor y su partida de
comisarios desmentiría el dicho de Roel en tal punto, si no
estuviera cerrada ya la puerta para 1a prueba.
Las cuadras que con Roel tomé aquella noche para ir a donde
Ferro, muy lejos de ser las más largas, son las más cortas, como lo
notara el que cuente de la esquina
|de la calle Florian en la
plaza, tomando la diagonal y subiendo luego por la carrera de
Bolivia hasta aquel punto y compare después el número de cuadras
que hay al mismo sitio, tomando la carrera de la puerta falsa de
La Catedral o sea del Oriente.
Como a las nueve de la noche del24de abril, Josefa Andrade,
criada de Manuel Ferro, pidió auxilio de su médico en la botica de
Roel para su amo que había sido herido en la puerta de mi
casa.¡En el portón de mi casa!, exclamé yo fuertemente (así
lo ha declarado Roel en contradicción con Acevedo que dice
|que
yo quedé mustio y que vio en mi cara el síntoma de la
delincuencia). También en su estudio vio el señor Fiscal, como el
indio Tegua en el fondo de un platón de agua, mi fisonomía
estampada con el sentimiento del criminal. No al juicio de los que
piden sangre, sino al de los inteligentes humanitarios cristianos,
llamo a que sean sentenciados estos dos celebres dinámicos
espirituales.
Muchos del pueblo han asegurado que Manuel Ferro había dicho que
Raimundo Russi era uno de sus asesinos. Hay declaraciones de todo
el bajo pueblo sobre aquello, si lo quiere el ilustre acusador; y
si las busca en el pueblo llamado culto, también las halla con el
mismo fundamento; porque en la masa casi total hay la misma
facilidad para circular lo que oye, para creer sin examinar.
Empero, el dicho general se funda en el de Manuel Ferro, y tiene
tanto fundamento como el que tuvo el pueblo ateniense para creer
delincuente a Sócrates, por el dicho de sus acusadores Anito y
Melito, sacerdotes de Baco.
Salí a las seis y media, poco más, de la casita que forman las
piezas altas de la casa grande en que habitaba el24de abril, a cuya
casita me había retirado desde las cuatro y media de la tarde en
que comí: allí permanecí hasta las cinco y media con Pardo y
Ramos, citados en mi declaración instructiva: con Cáceres y
Barragán estuve en aquel punto desde tal hora hasta las mencionadas
seis y media, en que me separé de ellos, lo mismo que de la señora
Nieves Alarcón de Quintana, que fue con el objeto de que le diera
unos pesos por cuenta de lo que le debo, como consta de mi diario
y apuntamientos. Inmediatamente me vine para la calle de Florian a
la botica del doctor Roel, en cuyo sitio permanecí hasta que con
el mismo Roel salí en auxilio de Ferro. ¡Dios y el tiempo juzgaran
al señor funcionario de instrucción, por no haber evacuado las
declaraciones de Ramos, Pardo y demás que yo cite para mi
justificación!
Como no tengo reloj, no vi la hora de que voy a hablar: tampoco
oí la campana que pudiera anudármela; en una palabra, no pude fijar
instantes. Así que, pude equivocarme cuando dije que había salido
a las seis y media. poco más. y en esto no podía haber nada de
particular. Las personas acostumbradas a cargar y a ver reloj, se
equivocan muchas veces cuando quieren dar razón de las horas por
cálculo y sin ver la muestra. ¿Qué, pues, tendría de particular que
se equivocase en ella el que no tiene semejante finca ni semejante
costumbre? Nada. Pero lo que hay de cierto es lo siguiente, que un
momento después de las siete y media (declaración de Ignacio Roel,
con vista de su reloj) estuve en la botica; y siete y media pasadas
son en efecto las que señalan Melitón Ortiz y Juan Roel. De siete a
ocho dijeron Cuevas, Rivas y Uribe haberme visto: serían, pues,
escasas siete y media cuando esto sucedió. puesto que a la botica
llegué un instante después.
La señora Rafaela Escandón, cuyas ventanas de las piezas en aire
habita están inmediatas al portón en donde Manuel Ferro recibió las
heridas, sintió que al momento de ser atacado éste gritó diciendo:
|auxilio doctor Russi que me asesinan los ladrones. Esta
señora fija la hora del suceso a
|las ocho de la noche.
Simón Bonilla, que fue el que inmediatamente pasó do a llevarlo
a su casa, fija la hora del suceso a lasocho por junto al sitio
donde estaba. Ferro tendido y que ayude la noche. Francisca
González, esposa del finado,
|dice: "que a los tres
cuartos para las ocho se vino para su casita a aguardar a su
marido, a quien hasta esa hora estuvo espionando, y que un poco
después se lo llevaron herido". Es de notarse que la casa
de dicha señora, dista de la mía como tres cuartos de cuadra, y que
para ir a ella o se pasa por el portón de mi casa, o por la cuadra
de encima a volver por la carrera de Bolivia, y entonces hay que
atravesar la bocacalle que mira hacia mi dicha casa de habitación;
y cuando la señora González pasara casi a las ocho, nada sintió en
tal cuadra, lo cual es muy de notarse. La mujer Andrade, criada de
donde Ferro, salió corriendo a buscar el auxilio de un medico, y
llegó a la botica del doctor Roel, en donde estaba yo, a las nueve
de la noche u ocho y media; y habiendo en el transito de su casa a
la botica, siete y media cuadras, gastaría en andarlas medio
cuarto de hora a lo más (así lo declaró la dicha señora González a
solicitud mía en el jurado). Cuando el señor jefe político fue a
donde estaba el herido, dice el mismo que serían las nueve de la
noche. Como un cuarto de hora después de que la criada Andrade
estuvo en la botica, nos fuimos el doctor Roel y yo para la casa de
Ferro, y ya el señor jefe político estaba allí y había tomado la
declaración del herido y había mandádome aprehender.
De las declaraciones, pues, de los testigos más inmediatos al
tiempo del suceso, tomo la hora que ellos fijan y es la de las ocho
de la noche. Desde las siete y media, según los testigos que me
vieron bajar, estaba yo en la botica Roel, calle de Florián: pues,
que allí entré a las siete y media, un momento pasadas, y la botica
dista de la casa señalada algo más de ocho cuadras. En la botica
permanecí hasta las nueve o nueve y media de la noche, en cuya
hora nos fuimos con el doctor Roel: yo no podía estar a las ocho de
la noche en el portón de mi casa y a la vez encontrarme también en
otro punto ocho o nueve cuadras distantes de ella, porque esto es
materialmente imposible; luego por una deducción de las más
rigurosas en lógica, no fui yo quien hirió a Ferro, no fui yo quien
pudo hallarse en capacidad física de hacerlo.
Dos testigos contestes e intachables os convencerían
perfectamente, según la Ley32,Título16,Parte3ªy el Artículo184del
código de procedimiento en los negocios criminales; pero yo os he
presentado siete cuyos dichos se encuentran en el sumario obrando
en mi favor; por manera de que, con tal prueba, mi inocencia está
en claro, mi inculpabilidad patente; y no se ha podido, sino
infringiendo abiertamente las leyes, declarar que el sumario
prestaba mérito para proceder contra mí, cuado el artículo140 del
código de proceder exige para ello dos cosas: 1ª que haya plena
prueba de la existencia del delito; y 2ª que exista un testigo
idóneo
|o graves indicios contra el delincuente. Y el señor
Fiscal quedará también convencido deque los tres testigos que
declaran que a las siete y media de la noche del24de abril me
vieron en el portón de mi casa, son miserables que mienten por solo
el gusto de mentir; que están perjurados por el dicho de los
testigos que he presentado, y además contradichos notablemente,
porque uno de ellos dice que me vio con
|capa y sombrero
fieltro, el otro
|que con ruana redonda, y sombrero
fieltro y el tercero
|que con capa y sombrero chiquito,
¿Se podrá dar algún crédito a semejantes testigos contradichos
mutuamente en puntos tan sustanciales? ¿Oué base de raciosinio
pudieran ellos suministrar? Y además, auncuando fuesen tres
cuatreros los que así declarasen ¿no es verdad que están
manifiestamente desmentidos?
Agrego a este cuadro de pruebas en mi favor, los simientes
hechos que os debe dar presunciones tan vehementes y decisivas,
que por sí solas hacen cada una de ellas plena probanza.
La noche del24de abril último era oscura. era 1a tercera o
cuarta después de lamenguante:la calle donde se perpetró el
asesinato es por sí misma oscura aun en la noche de luna; Manuel
Ferro estaba ebrio, porque había bebido mucha chicha, como así lo
declaran la madre y la hermana de él mismo; el asesino no tuvo
voces con él, porque si no lo hubieran oído; los golpes del
criminal fueron dados con precipitación, y el escape ha debido ser
en el momento; todo lo cual lo colegiréis de que al recibir las
heridas gritó, y la señora Escanden abrió al pronto su ventana, no
viendo más que al herido en aquel paraje. Ahora, respodedme: ¿pudo
conocer aquel desgraciado claramente a sus asesinos, pudo contar
el número de ellos, pudo distinguir quién le diera tal puñalada,
cuál otra?
Esto es de todo punto inverosímil, y su misma inverosimilitud
arguye contra el dicho del paciente a que se ha querido dar tánto
valor.
¡Pasad a mi lugar un momento, señor Fiscal! Un móvil dado os
compele a dar muerte a un hombre, y tenéis o no tenéis cómplices;
decidme, ¿elegiréis por sitio el portón de vuestra casa para
perpetrar el delito? ¡No, que ésta sería la mayor de las torpezas!,
torpeza que yo rechazo y que no se me puede aplicar en gracia de la
justicia.
Más, pretendéis la muerte de un hombre, tenéis la facilidad de
atraerlo a vuestra casa en el día o en la noche, aquella casa es
grande, vivís casi solo, tenéis conocimiento del tiempo en que esta
en la calle, del en que puede estar en su habitación, del cuidado
que la familia tenga por él, sabéis positivamente que muy rara vez
va a su casa antes de las doce de la noche, y muchas veces al
amanecer; ¿y con todos estos datos le haréis el daño en la calle a
una hora en que todo el mundo vela y anda, arriesgando vuestra
honra, vuestra fortuna y vuestra vida, en lugar de conducirlo a!
punto más conveniente y apropiado para la seguridad y para el
secreto? ¿Por qué, pues, señor, considerarme a mí tan torpe que
fuera a faltar a aquellas consideraciones que al más palurdo de los
hombres se le hubiere de ocurrir?
Si algún móvil me hubiera compelido a dañar a Manuel Ferro, yo
hubiera procedido con alguna cordura, puesto que tenía amistad con
él y conocía su vida; y hoy no sabrían, nó, quién hubiera
quebrantado con él el quinto precepto del decálogo.
Señores Jurados: comparad la prueba que os doy para acrisolar mi
inocencia, con la que os ha presentado el señor Fiscal para
cubrirla de luto; y fijando vuestra vista en Dios y la ley, es
imposible que no halléis que la primera despeja evidentemente la
incógnita que buscáis, es imposible que no os veáis movidos a
declararme altamente inocente e indigno de los martirios que he
sufrido y a que la fatalidad me ha conducido. Al brillo de la luz
que me rodea, poniéndome casi diáfano para poderme penetrar, no es
posible, nó, que se puedan resistir vuestras conciencias, y tanto
más hoy que creo que la suerte os presenta con claridad los
ejecutores del crimen, en los propicios términos en que los
mencionó Manuel Ferro, según los denuncios de varios individuos que
os han instruido ya bastante en el particular. No dudo tampoco que
la sabiduría y penetración del señor Juez sabrán descubrir
perfectamente la verdad, la verdad, sí, que disipará la tiniebla,
que rasgará el velo y que hará desaparecer la duda, conduciendo al
jurado a acertar con el criminal para escarmentarlo, más no a
cometer un horrible asesinato oficial, que socavaría el sepulcro
de la sociedad, que haría temer a la virtud, que haría reír al
criminal, llevando el anatema de la imparcialidad y de la historia
sobre las cabezas de los que quisieran sellar con la sangre de un
inocente el libro de los destinos del pueblo
Vais a juzgar por ladrón de cuantiosas sumas a un hombre que
para presentarse ante este augusto tribunal no ha tenido otro traje
sino este que veis!"
Quitándose la capa se adelantó hacia los jurados y les dijo con
dignidad:
"¡Mirad al ladrón! ¡Tiene rotos los vestidos que
le sirven de abrigo! En mi casa sólo se encontró un pobre lecho
para descansar, los códigos de leyes que me han de servir para
defender mi inocencia, y a Napoleón que contempla la tumba del
gran Federico, cuadro que conservo por el pensamiento elevado que
inspira".
La defensa de Russi tenía por base principal impresionar al
auditorio con golpes teatrales y alusiones picantes dirigidas al
Fiscal. Hacía hincapié acerca del ningún valor jurídico que tenía,
según él, la declaración de Ferro, y protestó, al mismo tiempo,
contra la retroactividad de la Ley de Jurados, con que se le
juzgaba. Terminó así:
"¡Juez omnipotente del cielo y de la tierra! ¡Mi Dios!
bendigo mil veces vuestros decretos soberanos y adorables. Soy
inocente y he vivido con pureza! ¡Hoy soy herido de muerte por
hombres que no saben lo que han hecho! ¡Se me cierra, yo lo veo, el
templo de la justicia, observo derribar su altar, miro que se
ciegan sus fuentes, siento despedazar el fiel de su sagrada
balanza!
Pues bien, si es que me quitan la vida, muero inocente, no
llevo remordimiento alguno, pero sí, ¡Dios mío llamad conmigo a
juicio a mis jueces de la tierra... yo os pido justicia y
misericordia... yo los cito para ante vuestro tribunal santo, único
que da perfectas garantías, a la vez que da consuelos al
alma".
Desde que Russi dio principio a su alegato, empezó el
|claque de la
|compañía compuesta de los socios
|honorarios que no cayeron por entonces, a atronar el salón
con ruidosos aplausos en que les hacían coro los acusados desde
sus bancos: de esa circunstancia procedió, sin duda, la idea
confusa que se apoderó de algunos espíritus superficiales para
propalar la especie de que aquel gran criminal era inocente.
Llamó a varios testigos de los que habían dado declaraciones
que no le eran favorables, con el objeto de ver si amenazándolos
con la justicia de ultratumba lograba que se contradijeran: pero
perdida la esperanza por ese lado, se arrojó al suelo como poseido
de un ataque nervioso, ofreciendo su sangre a los que estuviesen
sedientos de ella. Abstracción hecha de esos monólogos y
pantominas, que sólo impresionaban a los optimistas, Russi no
presentó una sola prueba que lograra desvanecer
|ninguno de
los tremendos cargos que sobre él pesaban.
Los demás acusados tuvieron defensores que nada podían hacer en
favor de sus clientes, porque se trataba de una causa perdida.
Hubo un incidente asaz curioso: Alarcón manifestó que un abogado
que estaba en la barra lo había dejado sin defensa, después de que
le había cogido
|cuatro pesos y una ruana; el aludido se
escurrió entre el tumulto, probablemente diciendo para su capote
que,
|ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de
perdón.
La impresión producida en los miembros del Jurado desde antes de
dar su fallo, era la de que, de los
|veintidós hombres que
aparecían sentados en el banco de los acusados, todos, menos uno,
eran culpables de los delitos por que se les juzgaba.
Sin embargo, con el propósito de poner en juego todos los medios
conducentes a tranquilizarse por el fallo que pronunciaran, los
Jurados oyeron una misa en la iglesia de San Ignacio, a fin de
implorar la asistencia del Espíritu Santo, y fueron en comisión a
la casa del señor Joaquín Gómez Hoyos, con el objeto de exigirle la
ratificación de los decires que de tiempo atrás circulaban respecto
del incidente del fontanero Bernal, que ya dejamos referido, y le
advirtieron que de sus palabras dependía la vida de un hombre. Don
Joaquín les repitió punto por punto lo ocurrido con Russi en
aquella ocasión, con lo que quedaron más persuadidos aquellos
caballeros de la culpabilidad de éste
Reunidos los jurados para deliberar, después de terminados los
debates, que duraron quince días, acordaron que para tener más
independencia, adoptarían el sistema de votar con balotas al
emitir los votos que implicaran pena de muerte: todas las
cuestiones quedaron resueltas por unanimidad.
A las cinco y media de la tarde del día dos de julio, si no
estamos equivocados, se abrieron las puertas del recinto en que se
hallaban los jueces. El público se agolpó en confuso tropel hacia
las tribunas, y en todos los semblantes se notaba el
presentimiento, por no decir la certidumbre de que se iba a
presenciar algo trágico. En efecto, restablecido un silencio que
dejaba oír las pulsaciones de las arterias de los circunstantes, se
puso de pie el presidente Triana y con voz grave, pero
profundamente conmovido, leyó la siguiente sentencia que
escucharon todos con temerosa atención.
"Se ha cometido el delito de asesinato premeditado en
la persona de Manuel Ferro.
José Raimundo Russi, Nicolás Castillo, Gregorio Carranza y
Vicente Alarcón son responsables en primer grado.
"Se ha cometido el delito de robo en cuadrilla de
malhechores.
"Ignacio Rodríguez, su jefe, es responsable en primer
grado".
¡Aquellos desgraciados estaban condenados a muerte! A dieciseis
de sus compañeros se les sentenció a veinte años de presidio en los
climas mortíferos del Istmo, de donde ninguno volvió.
Pasado el primer estupor producido por las consecuencias que
entrañaban aquellas pocas palabras, se oyó el grito breve y sonoro
de
|¡viva el Jurado! repetido en seguida por más de cuatro
mil personas. ¡El pueblo confirmaba la sentencia!
Algunos días después ocurrieron al Presidente de la República
los condenados a muerte, menos Russi, por medio de un memorial en
el que imploraban la gracia de la vida, y decían, entre otras
cosas, que eran jóvenes y aún tenían tiempo y voluntad de
corregirte y ser útiles a la patria. Negado el recurso de gracia,
no quedaba otro arbitrio que el de ejecutar la sentencia.
¡DIES IRAE!
El quince del citado mes de Julio, a las cinco de la tarde,
acompañado de otros sacerdotes, se presentó en la cárcel, que
estaba situada a pocos pasos de la esquina noroeste del Capitolio,
el doctor Fernando Mejía, con el objeto de llenar el triste deber
de poner a los reos en capilla. Esta era un salón lóbrego que
ocupaba toda la parte alta de la cárcel, con dos ventanas que daban
al corredor, guarnecidas de gruesas rejas de hierro y una puerta en
el centro, todas tres angostas y colocadas debajo de dinteles que
apenas tenían la altura suficiente para que un hombre de regular
estatura pudiera pasar inclinando la cabeza. En el interior se
encontraba hacia el Este, el altar, consistente en una mesa con
grada y un Crucifijo con dos velas; al extremo opuesto, había un
gran cuadro con la imagen de Nuestra Señora del Carmen; el techo,
sin cielo raso, dejaba ver la arboladura, soporte del tejado,
blanqueada con cal, lo mismo que las paredes en las que se leían
recuerdos de los infortunados que habían sufrido allí su agonía!
Tenemos presente la siguiente inscripción:
|"Teodoro Rivas paga con la vida el asesinato de su
esposa, el27
|de marzo de1846"
Encendidas las velas del altar y colocados convenientemente los
centinelas de vista que debían custodiar hasta su última hora a los
condenados, el jefe político les notificó que era llegado el tiempo
de que se prepararan para dar cumplimiento a la sentencia que sobre
ellos pesaba. Todos oyeron silenciosos tan terrible notificación, y
acaso, por primera vez, se dieron cuenta los reos de la verdadera
situación a que los habían conducido sus crímenes. Se les
quitaron los grillos como medidas inútiles de precaución, pues a
no ser que algún ángel del cielo viniera a librarlos, como
aconteció a San Pedro, con toda propiedad podían aplicarse allí las
fatídicas palabras del Dante:
"Lasciale ogni speranza, o
voich´entrate!"
Los sacerdotes se acercaron a los reos. y los invitaron a pasar
a la capilla. Todos los siguieron cabizbajos, con aparente
tranquilidad; pero pocos instantes después se apoderó de Russi un
acceso de terror y desesperación que lo rindió por tierra y lo
hacía revolcarse en ella dando aullidos espantosos. Castillo,
Alarcón y Carranza lloraban a gritos; Rodríguez estaba sereno, y al
ver la actitud de Russi, le dijo con desprecio:
|El doctor tiene
miedo!
De acuerdo con los consejos que para tales casos dan místicos
experimentados, los sacerdotes esperaron a que pasaran esos
primeros accesos de amilanamiento y pavor, para dar principio a su
penosa cuanto heroica tarea. Con dulzura y llorando con ellos,
lograron tranquilizar a los reos hasta conducirlos al pie del
altar, a fin de dar principio a sus trabajos espirituales,
invocando la poderosa intercesión de la Virgen María, en su
advocación de los Dolores, por medio del rosario que rezaron de
rodillas, a las siete de la noche.
La autoridad eclesiásticaarreglólas cosas de manera que los
condenados tuvieran siempre a su lado sacerdotes competentes que,
sin fatigarlos, los confortaran en tan duro trance; así fue que
durante esa primera noche de agonía. en que ninguno durmió, se oían
en ese antro de lágrimas y de tristezas infinitas, sollozos y
suspiros desgarradores, producidos en parte por los primeros
albores del arrepentimiento
A las seis de la mañana del día dieciséis se celebró el
sacrificio de la Misa, se hizo tomar ligero desayuno a los reos y
se dio principio a las confesiones. Rodríguez, sin prestar
atención a las exhortaciones de los sacerdotes, se fue a sentar en
el poyo de la ventana situada a mayor distancia del altar; miraba
distraído hacia el patio de la cárcel y dirigía la palabra de vez
en cuando al oficial de guardia. que permanecía en el corredor.
A las nueve, los reos almorzaron alguna cosa, a instancias de
los sacerdotes. El completo insomnio de la noche anterior y la
angustiosa situación empezaban a producir en esos hombres, sanos de
cuerpo, los mismos síntomas de excitación nerviosa que se notan en
los moribundos: pulso acelerado e intermitente, desgano y sed
abrasadora, mirada extraviada, laxitud en el sistema muscular y
agudas neuralgias en la región estomacal.
A las once llegó la escolta del Batallón Artillería que a las
órdenes del entonces capitán don Casimiro Aranza, debía ejecutar la
sentencia al día siguiente. El oficial recibió a los reos que debía
entregar cadáveres, y les manifestó lo penoso que le era el
cumplimiento de tan terrible deber.
Hacia el medio día se permitió la entrada a la capilla a los
deudos y amigos de los que ya se consideraban como moribundos.
Dictaron sus disposiciones testamentarias sobre lo poco que tenían,
y Castillo consintió en que el señor Luis García Hevia tomara su
retrato en daguerreotipo. Aún recordamos aquella escena
conmovedora por demás: Castillo con su hijo de siete años, que lo
tenía abrazado, del cuello como en actitud de proteger a su
afligido padre.
A las tres de la tarde creyeron que no debía prolongarse más la
escena, que desgarraba el corazón de los circunstantes y quitaba
al desdichado reo un tiempo precioso. No tenemos palabras para dar
ligera idea de lo que pasó, al separar a esos dos seres al niño lo
sacaron dando alaridos de dolor y a Castillo lo tomó el doctor
Pedro Antonio Vesga, y lo condujo abrazado, al pie del altar, donde
logró que se fijara en el Crucifijo.
Durante la comida, que llevaron los parientes o amigos, se les
pudo hacer tomar de casi todas las viandas acompañadas con algún
vino generoso: la labor de los sacerdotes había empezado a
producir sus frutos y, excepción de Rodríguez, quien aún no había
querido confesarse, los demás reos se manifestaban un tanto serenos
y resignados.
A las cinco de la tarde se acercó a Rodríguez el Padre Valentín
Zapata, candelario, con el objeto de ver si lo reducía a que se
confesara. El reo permanecía sentado en la misma ventana,
entretenido en jugar
|tute con una
|su amiga que ni en
esos críticos momentos lo abandonó. El religioso manifestó al
terrible hombre, que tuviera la seguridad de que un día después, a
la misma hora en que estaban hablando, estaría enterrado; le
suplicó con lágrimas en los ojos y en los términos más expresivos,
que aprovechara las pocas horas que le quedaban de vida, para
implorar el auxilio del Patriarca Señor San José, a fin de que le
alcanzara buena muerte. El reo miró de soslayo al religioso, se
sonrió con aire burlesco y repitió las palabras
|Patriarca Señor
San José, en seguida se dirigió a la amiga y le dijo con voz
imperiosa:
|echa cartas!
Entrada la noche permanecieron todos en religioso recogimiento,
y hasta el mismo Rodríguez no pudo sustraerse al sentimiento
melancólico que, aun en las épocas bonancibles de la vida, se
apodera del espíritu en esa hora que marca el fin del día para dar
principio al imperio de las tinieblas
A las siete salió el capellán de La Veracruz, en dirección a la
cárcel, conduciendo
|el Crucifijo del Monte Pío; una cruz
negra en que está pintada la imagen de Jesús crucificado con la
Dolorosa a los pies; dos faroles de hoja de lata agujereados, con
las velas de los agonizantes, puestos en la extremidad de dos
astas, y la campana esquilón, con que se anunciaba la muerte de los
hermanos terceros, objetos todos que hoy existen en la misma
iglesia.
Se iba a cumplir con lo estipulado en una antiquísima fundación,
para imponer a los reos de muerte, la víspera do ejecutarlos, la
mortaja que, como símbolo de reconciliación con el cielo, debían
vestir, la que consistía en una túnica blanca, correa atada a la
cintura y el escapulario de la cruz de Jerusalén.
Silencio profundo reinaba en el recinto de la capilla, apenas
alumbrada por la débil luz de las dos velas encendidas en el
altar, al pie del cual permanecían arrodillados los reos en
tranquila meditación, cuando sonó en la puerta de la cárcel el
esquilón que precedía la comitiva de La Veracruz. Russi se puso de
pie y con voz solemne y reposada, dijo a los circunstantes:
"Vamos, señores, a recibir al que nos ha de juzgar
mañana!"
Todos se aproximaron a la puerta de la capilla y acompañaron en
seguida hasta el pie del altar al capellán y su séquito. Puestos de
rodillas y después de rezar el
|Confiteor Deo en alta voz y
muy despacio, el capellán entregó a cada reo los objetos que le
correspondían. Estos se los pusieron después de besarlos con
señales de gran veneración, en medio de los suspiros y lágrimas
que brotaban de lo íntimo de sus almas. En seguida el sacerdote
recitó sobre ellos las oraciones de
|bien morir, les aplicó
la indulgencia plenaria y se despidió, no sin ofrecerles volver al
|día siguiente!...
Apenas hubo salido el cortejo que acabamos de describir, cayó
Rodríguez al pie de un religioso franciscano y permaneció así hasta
las nueve de la noche. Los lobos estaban convertidos en
corderos.
Después de una sentida y patética exhortación del Padre Pedro
Martínez, candelario, en que les aconsejaba que tuvieran plena
confianza en la infinita misericordia del Divino Jesús, muerto como
ellos iban a morir, en un patíbulo infame, por redimir y salvar al
pecador arrepentido, los obligó con señales de la mayor ternura y
compasión, secundado por los demás sacerdotes, a que se recostaran
en sus lechos, a fin de que tuvieran fuerzas y ánimo para afrontar
con resignación los sucesos del día siguiente. La relativa
tranquilidad de espíritu que ya sentían y la tristeza mortal que
los dominaba, hizo que esos hombres tan próximos al sueño eterno,
durmieran en completo reposo hasta las tres de la mañana del día
siguiente, término fatal de su borrascosa y criminal existencia. Al
relevar los centinelas a aquella hora. despertó Russi, dio un grito
estentóreo, y exclamó con acento de intenso dolor: "¿'Es
cierto que debo morir?"
Los otros compañeros, menos Rodríguez, despertaron
sobresaltados; prorrumpieron en llanto, y se lamentaban de la
suerte que les esperaba. Rodríguez se incorporó en la cama y
continuó impasible sus conferencias con uno de los sacerdotes.
Calmado Russi, se puso a escribir hasta las cinco. Hubo un momento
en que se le enredó una pelusa en la pluma, y con sorpresa de los
circunstantes, la acercó a la luz de la vela e hizo desaparecer,
sin temblarle las manos, el obstáculo que le fastidiaba.
La mañana del día diecisiete se presentó serena y brillante:
todo en ella convidaba a gozar del don precioso de la vida. y así
debieron comprenderlo los condenados, porque hacían constantes
alusiones al buen tiempo! Con el fin de quitarles todo pensamiento
en los intereses terrenales, uno de los sacerdotes les manifestó
que, si como era de esperarse, ofrecían a Dios con buena voluntad
el sacrificio de sus, vidas, esa mañana en la cual admiraban las
obras de! Creador, sería el principio de un día eterno y feliz para
ellos.
A las seis se celebró el sacrificio incruento del altar, al que
asistieron los reos con marcadas señales de recogimiento; después
se rezaron las oraciones adecuadas para la preparación de quienes
van a comulgar por ultima vez.
A las siete llegó el cura de la parroquia de La Catedral,
conduciendo el
|Pan de los Fuertes para administrarlo a los
condenados en forma de Viático que los confortara en el próximo y
tenebroso viaje a la eternidad! Todos comulgaron con el mayor
fervor y unción: no se les pusieron los Santos Oleos, porque este
Sacramento sólo se puede aplicar a los enfermos, y aquellos hombres
gozaban de perfecta salud...
A las ocho les introdujeron en la capilla un delicado almuerzo,
preparado por la virtuosísima matrona señora doña Dorotea Duran,
esposa del Presidente, General José Hilario López. Ninguno de los
reos estaba ya en capacidad de tomar alimento: tal era el estrago
producido en su organismo por la prolongada agonía de treinta y
siete horas que llevaban de capilla; sin embargo, los sacerdotes
los obligaron a tomar unos sorbos de sopa y de café acompañado con
brandy, a fin de producir algún calor en esos cuerpos que, vivos
aún, se sentían ya helados por el beso de la muerte.
Entretanto, los ministros del Dios de las misericordias no
cesaban de prodigar a esos desgraciados todos los consuelos que
les sugería el acendrado espíritu de caridad de que estaban
poseídos, tomando ellos mismos en esa inagotable fuente, valor y
serenidad, a fin de llenar en tales supremos instantes, las
delicadas y azarosas funciones de acompañar a los ajusticiados en
los últimos momentos.
A las diez, el capellán de La Veracruz, con el mismo aparato con
que se había presentado la noche anterior en la capilla, y
cumpliendo además con la oferta que les había hecho, volvió para
llenar el penosísimo cuanto tremendo deber de acompañar a los reos
al lugar del suplicio. Estos permanecían arrodillados al pie del
altar y escuchaban con marcada atención las oraciones que les
recitaba el presbítero doctor Antonio Herrán, entonces canónigo,
más tarde arzobispo de Bogotá. Ya parecía que aquellos hombres
estuvieran desprendidos de toda esperanza material, y que,
empapados en la sublime idea de ver y poseer a Dios en toda su
inmensidad, vieran con indiferencia las miserias de este valle de
lágrimas; pero no fue así: al oírse el esquilón que entraba en la
cárcel, despertó en los reos desesperado instinto de conservación,
natural en todo ser viviente. Se arrojaron al cuello de los
sacerdotes; les pedían la vida en cambio de los mayores tormentos
que quisieran imponerles; gemían y aullaban como fieras encerradas
en estrecha jaula y buscaban con miradas de angustia indefinible,
alguna salida por dónde escapar de su espantosa situación. La
sangre se les agolpó al cerebro y les produjo los síntomas
precursores de fulminante apoplejía.
Fue aquel un momento de gran consternación para los sacerdotes,
que creyeron perdido sin remedio para esos hombres, el fruto de sus
pacientes y asiduos trabajos. En medio de aquella inesperada
confusión, logró el doctor Vesga apoderarse de Castillo y lo
condujo al pie del cuadro que representa Nuestra Señora del Carmen;
se arrodillaron juntos, y con la voz sonora que caracterizaba al
doctor Vesga, acompañó a Castillo a rezar el incomparable
|Memorare de San Bernardo. Todos los demás siguieron aquella
oportuna inspiración, y como por milagro se cambio el sentimiento
de espanto que dominaba a los reos, por el de humilde resignación,
luego que pidieron a la Madre de Dios amparo y conformidad en
aquella pavorosa situación
A las diez y cuarto estaban los circunstantes arrodillados al
pie del altar, oyendo las sentidas y conmovedoras oraciones que la
Iglesia católica prescribe para los agonizantes: el alcaide de la
cárcel los interrumpió a fin de que se revistieran de las túnicas
con que, según la ley, debían marchar al cadalso. Las de Russi,
Castillo, Alarcón y Carranza, eran de lienzo blanco manchadas de
sangre, como asesinos, con capucha del mismo color; la de
Rodríguez, era de valencina negra, con sambenito en vez de capucha.
como jefe de malhechores en cuadrilla. Russi manifestó gran
repugnancia para vestirse el infamante sayal; pero el doctor Pedro
Duran, que era el sacerdote escogido por aquél para que lo
acompañara al banquillo, lo abrazó con ternura, derramó el torrente
de lágrimas que ya lo ahogaba y le dijo con la mayor suavidad:
"Recuerde que el inocente y dulcísimo Jesús aceptó con
humildad el manto de escarnio que le pusieron sus
verdugos". Por toda.respuesta, lo mismo que los otros
compañeros, Russi besó la túnica y se vistió con ella.
Aún faltaba a los reos, para terminar su agonía, en la capilla,
recitar por última vez la
|protestación de la fe, ceremonia
imponentísima y de excepcional importancia en aquellos solemnes
momentos.
Arrodillados al pie del altar y en actitud de dolorida
resignación, los reos repetían palabra por palabra los cortos
períodos que les recitaba el doctor Mejía. Al oír Rodríguez las
primeras frases de aquella sublime oración, que dicen:
"Creo en Dios, espero en Dios", se puso de pie y
como inspirado por sentimiento sobrenatural, exclamó con acento que
ya no tenía nada de mundano: Sí, creo en Dios, espero en
Dios...!
Allí perdonaron los reos a sus enemigos y pidieron perdón a los
que hubieran ofendido; manifestaron sus sentimientos de tierna
gratitud hacia los sacerdotes que, como únicos amigos en el
infortunio que sobre ellos pesaba, los habían consolado y asistido
hasta sus últimos momentos, y concluyeron por abrazarse entre
ellos, después de lo cual se dieron el ósculo de paz y mutuo
perdón...
Desde por la mañana, en el lado sur del espacio cuadrado
formado al efecto por hileras de soldados, aparecieron los
banquillos, cada uno al frente del respectivo cimiento de las
columnas que hoy existen en el frontispicio del Capitolio, a
contar por la del Occidente, en este orden:
En el centro, el de Rodríguez; hacia el oriente de éste, el de
Russi, y después el de Castillo; al occidente del de Rodríguez, el
de Carranza: y el último de ese lado, el de Alarcón. Todos tenían
en la parte superior del poste, en letras gordas y negras, la
inscripción que expresaba el nombre del reo, el lugar de su
nacimiento y el crimen por que se le ajusticiaba. Sobre el de Russi
se leía lo siguiente:
JOSE RAIMUNDO RUSSI
natural de Santo Eccehomo(*)sufre la
pena de muerte por el delito de asesinato.
Al frente de los banquillos estaba fijada en un poste, en letras
que podían leerse desde lejos, la siguiente advertencia:
"Al que levantare la voz o hiciere alguna tentativa
para impedir la ejecución de la justicia, se le impondrá la pena de
seis años de trabajos forzados".
En los lados oriental y occidental de la plaza, estaban
formados, desde las nueve, los batallones
|Artillería y
Granaderos, y en el lado norte, el escuadrón de
|Húsares, al mando del Coronel José María Melo.
Dos toques de campana en la torre de La Catedral, anunciaron al
jefe de la escolta que había llegado para los reos la hora de
emprender el viaje del que no se vuelve. Inmediatamente entraron a
la capilla, provistos de lazos, los cabos que debían atar a los
condenados, quienes antes de levantarse del pie del altar, besaron
el suelo, recibieron la absolución en común, y se entregaron a los
cabos que les ataron por los lagartos, sujetos hacia atrás; pero
dejándoles libres los brazos para que pudieran llevar cada uno un
crucifijo, del que no apartaban las miradas.
Todas las campanas de las iglesias de la ciudad tocaban a
plegaria, para invitar a los fieles a rezar por los que iban a
ajusticiar; y en los monasterios de las órdenes contemplativas,
sus moradores estaban en oración continua, implorando la clemencia
del Cielo en favor de aquellos desgraciados.
Precedía el fúnebre convoy el esquilón que sonaba pausadamente,
y las demás insignias correspondientes a la
|Cofradía del Monte
de Piedad; en seguida iban los reos, en el mismo orden en que
estaban colocados los respectivos banquillos, cada uno acompañado
de su confesor y conducido por el cabo que lo llevaba atado,
rodeados de los otros sacerdotes que los habían acompañado durante
su lenta agonía, que rezaban ahora en voz baja las preces de los
moribundos, y de la escolta que debía ejecutar a los condenados.
La pavorosa procesión marchaba al compás regular de un tambor
destemplado.
Desfilaron por los corredores altos de la cárcel, en cuyo gran
patio estaban formados los otros presos, quienes profundamente
impresionados con aquel imponente espectáculo, cayeron de rodillas
como movidos por irresistible impulso. En cuanto a los que iban a
morir, caminaban lentamente y oían con profunda atención los
consuelos que les prodigaban al oído los confesores que los
acompañaban y tenían abrazados, como hace una madre cuando quiere
defender el fruto de su amor!
Al asomar los reos a la puerta de la cárcel, se oyó gran
murmullo en la muchedumbre que ocupaba la avenida del sombrío
edificio con el fin de presenciar el sangriento drama. Fue
menester emplear la mayor prudencia con el objeto piadoso de que
no distrajeran ni llamaran la atención de los que apenas tenían
pocos instantes para prepararse a comparecer ante el Juez que posee
eternos los atributos de Justicia y Misericordia! A Russi se le
oyeron las últimas invocaciones de las Letanías de la Virgen, en
voz clara:
|Regina Angelorum! Regina Patriarcharum...!
En cuanto al aspecto físico de los condenados, en todos ellos se
acentuaba e! síntoma mortal que los médicos distinguen con el
nombre de
|cara hipocrática.
Al llegar el convoy a la esquina occidental del Capitolio. vio
Russí al doctor Andrés Aguilar, se dirigió hacia él con el objeto
de despedirse, y al efecto le alargó la mano: pero éste retrocedió
y se ocultó en medio del tumulto.
¡Extraña conincidencia! Diez años después, el 19 de julio
de1861,el doctor Aguilar moría también fusilado por causa
política
Al llegar los reos al lugar del suplicio, se situaron ocho
soldados al frente de cada banquillo; se levó en alta voz la
sentencia que iba a ejecutarse, y se arrodillaron los condenados al
pie de los respectivos confesores.que los acompañaban, quienes se
sentaron en los cadalsos, abrazaron a los penitentes y los
cubrieron con el manteo a fin de poderlos exhortar con más
eficacia; sólo Russi permaneció de pie. y en esa actitud hablaba
con el doctor Durán.
Pocos minutos después de sonar en el reloj de La Catedral los
tres cuartos para las once, los cabos que conducían a los
condenados, los separaron de los cofesores. Castillo, al
levantarse, alzó los ojos al cielo y exclamó con amorosa pañaba el
franciscano Padre Pontón, besó el cadalso antes expresión:
"Señor... perdónalos! Carranza, a quien acomde
ocuparlo.
Ya estaban los reos sentados en los banquillos, atados y
vendados, esperando la muerte, menos Russi, que permanecía aún de
pie con su confesor. Entregó por último a éste unos papeles
impresos, se volvió hacia el Norte y se dirigió a la muchedumbre
para gritar con estentórea voz:
|"Pueblo, delante de
Dios y de los hombres, muero inocente.. ."Dijo tras
otras palabras que ahogó el redoble del tambor. Contrariado con
este incidente, se despidió de su confesor, se sentó y se acomodó
bien en el banquillo, al cual ataron, y luego se le vendó.
Antes de sentarse Rodríguez en el poste fatal, se quitó la rica
esmeralda que llevaba montada en un anillo de oro y se la obsequió
al cabo que lo conducía. En ese momento se aproximó a éste una
hermosa joven, muy bien vestida, y en voz baja le dirigió algunas
palabras; se dijo entonces que ellas tenían por objeto encarecerle
que apuntara bien a la cabeza del reo, a fin de que hubiera
certeza absoluta de su muerte!
Rodríguez estiró las piernas y las cruzó con la mayor
indiferencia: Castillo y Carranza estaban resignados; Alarcón
parecía un cadáver.
El silencio aterrador que reinaba en esos momentos, sólo era
interrumpido por las preces de los agonizantes, recitadas por los
sacerdotes, quienes se retiraron poco después y se colocaron
detrás de la escolta.
A una señal del capitán Aranza. una descarga cerrada atronó los
ámbitos de la plaza, a la que sucedió la rechifla general de la
multitud allí reunida, como para rendir homenaje a la Justicia, que
en esa ocasión se manifestaba impecable con los criminales. Sólo
Alarcón quedó inmediatamente muerto. Siguió un ruego graneado sobre
los ajusticiados, y como éstos hacían movimientos convulsivos en su
terrible agonía, el pueblo gritaba: "El doctor Russi esta
vivo"
Tírenlea a Rodríguez". El último que daba
señales de vida era Carranza, quien probablemente por la posición
en que quedó fuera del espaldar del banquillo, a cada tiro que
recibía movía la cabeza; a este infeliz le dieron más de dieciocho
balazos. Rodríguez recibió, entre otros, uno en la mandíbula
inferior.
Loscadáveres, despedazados y chorreando sangre, quedaron
expuestos en la misma posición hasta las dos de la tarde.
En el anfiteatro del Hospital de San Juan de Dios, adonde
llevaron los cuerpos de las ajusticiados, se les hizo la autopsia:
Russi tenía destruida, la frente del esternon, la columna
vertebral, cuyos fragmentos quedaron incrustados en el espaldar
del banquillo.
Se les dio sepultura en el cementerio circular, en el mismo
orden que ocupaban en el banquillo, hacia la mitad, a la izquierda
de la calle central que conduce a la capilla. El sermón de
costumbre, después de la ejecución, lo pronunció el doctor
Alvarsánchez, cura de La Catedral.
Hemos visto que Russi dijo un momento antes de comparecer ante
el
|Juez incorruptible, que moría inocente, y aquellas
palabras impresionaron aun a las personas que tenían íntima
persuación de la delincuencia de aquel hombre.
En cierta ocasión referíamos este incidente a un ilustrado
sacerdote, quien por toda respuesta nos puso en las manos, abierto
un libro que llevaba por título:
|El porqué de las ceremonias de
la iglesia y explicación de casos graves de conciencia. Allí
leímos consignada la siguiente doctrina:
|El reo que no haya
sido convencido del delito que se le imputa, por medio de la prueba
plena exigida en derecho, puede negarlo hasta la última hora,
cuando esa negativa tenga por objeto salvar la vida. Este era
el caso en que se hallaba Russi, quien por los conocimientos que
demostró en esas materias, no es creíble que ignorara la teoría
casuística. Hay más: Castillo, Alarcón y Carranza, compañeros de
Russi en vida y en muerte, si bien es cierto que tuvieron la
|lealtad de no inculparlo, guardaron rigurosa reserva sobre
todo lo que pudiera contribuir para establecer el hecho de la
inocencia de aquél. Al ser inocentes, los sacerdotes que los
confesaron los habrían compelido, bajo penas morales gravísimas, a
que hicieran restablecer el crédito y salvaran la vida de aquel
hombre. Ya hemos visto que todos ellos marcharon al suplicio
después de reconciliarse entre sí, sin hacer la menor alusión a la
pretendida inocencia de Russi.
Hay hombres que dan que hacer hasta después de muertos, y Russi
fue de ese número.
En el año de1852se hallaba en Granada, de España, el señor
Andrés Caicedo Bastida, en busca de la salud perdida por la cal que
le echaron en los ojos los bandidos que asaltaron su casa.
Naturalmente tuvo deseos de conocer la maravilla que en esa ciudad
dejaron los árabes, conocida con el nombre de Alhambra. Pues bien,
al mostrar la boleta de entrada al palacio, se le presentó una
persona, con el mismo aspecto y metal de voz de su
|antiguo
conocido Russi: todo fue ver el señor Caicedo a su nuevo
|Comendador y emprender la retirada. Atónito su compañero
con semejante proceder, creyó que el americano se había vuelto
loco.
Llegados al hotel, manifestó don Andrés a su amigo, que su
sorpresa provenía de haberse encontrado de manos a boca, en cuerpo
y alma, con un bandido a quien habían fusilado hacía más de un año
en Santa Fe de Bogotá, capital del antiguo Nuevo Reino de
Granada.
El asunto llegó a noticia de la autoridad, la que sacó en limpio
que el supuesto e imaginado Russi, que tanto alarmó al señor
Caicedo, no lo habían fusilado en América en el año de1851,por la
sencilla razón de que hacía más de diez años que desempeñaba la
función de guardián del palacio de Yezid
Sin embargo, don Andrés prefirió no conocer la Alhambra, a
trueque de no volverse a encontrar con aquel hombre que le
despertaba tan amargos recuerdos.
En1872,transcurridos veintiún años después de fusilado nuestro
héroe, se propaló la
|chispa de que antes de morir un sujeto
en Tocaima, había declarado que él había sido la persona con la
cual confundió Ferro a Russi y que en tal virtud, la muerte de éste
había sido un asesinato oficial. A la sazón era Gobernador de
Cundinamarca el señor Julio Barriga. Apenas llegó a oídos de este
magistrado la noticia aludida, dispuso que por el entonces Prefecto
del Departamento de Tequendama, se levantara, de oficio, la
información que pusiera en claro aquel grave asunto.
La respuesta del Prefecto no se hizo esperar: aseguraba aquél
que, de las más escrupulosas investigaciones, resultaba comprobada
la falsedad de semejante aserción, y añadía, que tal noticia
tendría origen probable, en los desocupados paseantes del atrio de
La Catedral, quienes se complacen en componer el mundo desde
aquella permanente tribuna.
Algo para concluir. El respeto que nos liga a la religión que
profesamos, nos veda presentar al público el fundamento en que se
apoya nuestra concienzuda persuación de la criminalidad del
desgraciado que se llamó José Raimundo Russi.