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CRIMENES CELEBRES

CUMPLE a nuestro propósito incluir en estas |Reminis­cencias la relación de los crímenes más notables que se cometieron en Santa Fe, desde que este país asumió ante el mundo civilizado la responsabilidad de nación soberana e independiente.

Si se estableciera comparación de la criminalidad en­tre lo que hoy forma a Colombia, y otras naciones de Amé­rica y aun de Europa, resultaría demostrado que, a Dios gracias, formamos una excepción bien notable en lo que hace a varios delitos demasiado frecuentes en otros pueblos. El vandalaje puede decirse que apenas es conocido en esta tierra, no obstante la ausencia completa de medios preven­tivos o de seguridad en los desiertos caminos, lo mismo que en los centros de población.

Asombra la tranquilidad con que viajan nuestros co­rreos de encomiendas por despoblados y páramos, sin en­contrar otros obstáculos que los malos caminos; y si alguna que otra vez han sufrido asaltos, pronto han sido descubiertos los agresores. Es tal el respeto que se tiene en el país al |conductor oficial que a pesar de ser éste al­gún infeliz hombre del pueblo, mal vestido y peor ar­mado, basta que se sepa qué carácter lleva para que sea acatado por donde pasa; más aún: hemos visto abandonada la valija del correo en la cima de Guanacas, después de muerta la mula que la llevaba, a causa del frío intenso de una nevada y allí, sin mas testigo que la espantosa soledad, pasaban los |timanejos que van a vender coca a Popayán cubiertos con una capa de palma que los aseme­jaba a buitres emparamados, y al ver ese objeto tentador, daban un rodeo para no acercárcele y exclamaban: |San Pablo! como si hubieran topado venenoso áspid.   En qué otra parte del mundo se ve cosa parecida?

Pero a veces se acuerdan algunos de que en |arca abier­ta el justo peca, y se echan por el atajo, sin duda alentados por la idea de que un pueblo que no provee a su seguridad merece que se le haga el gran servicio de recordarle con hechos prácticos, que somos mortales y que vivimos en­tre hombres que suelen tener deseos inmoderados de sus­traerse a la ley del trabajo; aunque bien visto, si los tales emplearan por la vía recta sus facultades |adquisitivas, se­rían sin duda los más ricos, en atención a las fatigas que sufren y la tortura en que ponen su inteligencia para apropiarse de lo ajeno..

 

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