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FIESTAS RELIGIOSAS
I

       ADORAR a Dios, en espíritu y en verdad, fue la en­señanza propuesta por Las Casas a los indígenas idólatras que poblaban estas comarcas. Fácil fue la tarea de los misioneros en lo que tenía relación con los asuntos ex­teriores del culto cristiano, ora por lo sublime al par que por las sencillas doctrinas que la nueva religión les ense­ñaban; ora por el cambio de objetos materiales que servían para hacerles perceptibles, en lo posible, los dogmas y mis­terios del catolicismo.

En efecto, las imágenes del Hombre-Dios crucificado y muerto por redimir a la humanidad decaída, y la de la incomparable Virgen, de quien nació el esperado Sal­vador, causaron en los sencillos naturales el efecto de la luz en quien sale de las tinieblas—los deslumbró—y como consecuencia lógica cayeron en desuso el sinnúmero de |tunjos, amuletos e ídolos que veneraban.

Pero sucedió lo mismo al tratar de quitarles las preoocupaciones que los dominaban, especialmente las que te­nían relación con el culto de los muertos, los hechizos y maleficios, siendo de notarse que estas ideas subieron de los indios a la clase acomodada y aún mas arriba, pro­bablemente por el fenómeno social que en el nuevo con­tinente sólo se ha observado en Colombia y Venezuela, de que no hay antagonismo de razas, causa a que atri­buye un distinguido publicista la notable inteligencia de nuestra población. No destruímos a nuestros indios, como se hizo en otras partes, sino que nos los asimilamos; y aunque muchos se avergüencen de llevar en sus venas san­gre de los aborígenes, deben consolarse de tal preocupación, teniendo en cuenta lo que decía el caballeroso |Pacho Torres, de feliz memoria: |Aquí no hay más notable que yo, porque soy indio puro!

Santa Fe era muy piadosa; pero se resentía de las cre­encias supersticiosas o agüeros que de tiempo atrás, y sin saberse cómo, se habían inoculado en todas las clases so­ciales. ¿Se exigía un milagro de San Antonio de Padua? Se le quitaba el Niño Dios, o se sumergía al santo en la tinaja llena de agua hasta que concediera lo que se desea­ba; y si ni aún así hacía eso, se relegaba la imagen al |cuarto de trastajos. Si después de hecha la novena a Nuestra Se­ñora de los Dolores, no se conseguía lo que se deseaba al­canzar, le ponían en la cabeza la corona de espinas del Crucifijo; y si San Francisco de Asís no concedía pronto lo que se le pedía, aunque fuera un novio joven, hermoso, rico y formal para alguna cuarentona, lo despojaban del cordón.

Esto, en lo que dice relación con el culto privado, por­que en algunas iglesias se contaban maravillas.

En la de San Agustín había dos cuadros con las si­guientes originalísimas inscripciones: "Verdaderamente fue virgen admirable nuestra Madre Santa Mónica, la cual con sus innumerables partos para el cielo y para el mundo, dio a luz al Fénix del amor, nuestro gran Padre San Agustín": y "San Quintín, abogado del mal de orina". En la Veracruz hay un cuadrito que tiene la siguiente inscripción: "San Peregrino de Lacioso, peregrino en milagros, es es­pecial en sanar piernas y feliz en partos dificultosos".

En la de San Juan de Dios existía un San Cayetano, |tan indecentemente indecente, que no podemos describirlo por respeto a los lectores de estas crónicas; pero sí mencio­naremos una pintura en que aparecen los diablos jugan­do a la pelota con San Juan de Dios.

En el antiguo convento de Santo Domingo había un cuadro en que se veía a este Santo escribiendo a la luz de un cabo de vela que sostenía el demonio en la punta de los dedos para no arderse. De la boca del último salía un letrero grande que decía: |Que me quemo. Domingo! y de la del santo, este otro: |Quémate, diablo!

II

Don Juan Antonio de Velasco, natural de Popayán, sentó plaza de soldado en las filas republicanas que al man­do del General Nariño fueron derrotadas y hechas pri­sioneras en el Ejido de Pasto, en el año de1814.Cayó pri­sionero y por lo pronto lo condenaron a ser pasado por las armas; pero habiendo sabido el jefe español que Velasco era músico, resolvió destinarlo al ejército realista, y al efec­to lo envió amarrado hasta Quito, de donde lo |empuntaron para el Perú en calidad de soldado raso. Apenas se le presentó coyuntura favorable, se incorporó en el ejército colombiano y se encontró, entre muchas otras, en las ba­tallas de Junín y de Ayacucho. De esto sólo tuvo por re­compensa la medalla de oro con relieve del Libertador.

En medio del piélago de trabajos en que se hallaba aquel desdichado ofreció a la Virgen hacerle todos los años, durante su vida, la novena y fiesta en la advocación de los Dolores: tal fue el origen de una de las funciones religio­sas que con más pompa se celebraban en Santa Fe.

Velasco era muy pobre y vivía con lo que le producía la profesión de músico, que siempre fue |aperreada entre nosotros. Con los ahorros de todo el año juntaba para ha­cer frente a los gastos de la fiesta. La persona que supiera cantar o tocar algún instrumento, era convidado, y las flores del barrio de La Candelaria, iglesia donde cumplía el voto se las llevaban por brazadas: tenía ornamentos y ador­nos para no molestar con préstamos, porque era hombre muy delicado.

A las siete de la mañana echaban a vuelo las campa­nas de la iglesia y empezaba la novena con una obertura a grande orquesta: se cantaba en cada día una estrofa del |Sabat Mater, de Rossini; pero en el quinto, correspondía a Velasco la conocida con el nombre de |Pro peccatis, para barítono que era su voz.

El día de la fiesta transformaba el templo, ayudado por las señoras y los excelentes religiosos del convento; la música que se ejecutaba era con mucho, superior a la que después se ha hecho oír en nuestros templos, porque se habría considerado como una verdadera profanación, tocar, como se hace en Bogotá, trozos de música profana o deri­vada de la misma, con el nombre postizo de misas, himnos etc. En aquellos tiempos tuvimos la fortuna de conocer, bien interpretada, la música religiosa que hizo inmortales a Pergoleso, Mozart, Beethoven, Haydn; Rossini y muchos mas que en la actualidad yacen en olvido para vergüenza nuestra.

Velasco usaba toda la barba, la que le daba marcado aspecto de judío: vestía durante el año chaqueta y pantalo­nes de pana, sombrero de jipijapa con funda de hule ama­rillo capa de paño de |San Fernando con cuello de piel de lobo, y corbata de color de canario; pero el día de la fiesta se presentaba acicalado y como renovado. Todo en él re­velaba al militar veterano de nuestros tiempos heróicos. En la misa solemne predicaba orador distinguido y el Ar­zobispo daba la bendición. A los músicos los festejaba, des­pués de la ceremonia, con un ambigú.

Andando los tiempos, Velasco empobreció más y más, y por último, le atacó la cruel enfermedad de que murió en el año de1859.A pesar de su miseria, cumplió hasta el fin con su voto. Algunos días antes de la novena que debía celebrar en dicho año, fue su amigo don Manuel A. Cordovez a visitarlo, y al verlo le dijo, mostrándole la meda­lla del Libertador: "Vea usted todo mi haber! Creí que con ella me enterraran; pero las exigencias de Nuestra Señora de los Dolores me obligan a venderla para hacerle la úl­tima fiesta. Ahí les dejo mi |zancarrón que quieran o no tendrán que enterrar, so pena de que los apeste.

El |quinto día de la novena, a las siete y media de la ma­ñana, hora en que cantaba el |Pro peccatis, dio el último suspiro! Los padres candelarios cumplieron, con el cadáver de Velasco, el precepto de enterrar a los muertos.

Tal fue el fin de uno de nuestros próceres de la In­dependencia y del maestro que, el primero, difundió en Santa Fe el gusto por la música, enseñándola a toda una generación.

 

III

 Las fiestas religiosas más notables de Santa Fe eran sin disputa: la del Corpus, en La Catedral; y las Octavas en los barrios de Las Nieves, Santa Bárbara y San Victorino, únicos que existían entonces.

La fiesta del Corpus empezaba por repiques de campa­nas a las doce del día de la víspera, en todas las iglesias, y gran quema de cohetones en la plaza principal.

Como entonces había mercado permanente en la misma plaza, vivían allí todos los perros sin dueño conocido: pero al zumbido del primer cohete, tenía lugar un fenómeno graciosísimo: los perros corrían locos de terror, sin repo­nerse del susto hasta llegar a los ríos Fucha o del Arzobispo, y eran reemplazados por los muchachos de la ciudad, que acudían presurosos, atraídos por el ruido y los repiques.

A las ocho de la noche se quemaban fuegos artificiales costeados por la Municipalidad y se ponían |luminarias en todas las casas. Las torres de La Catedral, lo mismo que las de la Capila del Sagrario, se adornaban con candiles en­cendidos, colocados en todas las cornisas.

El día de Corpus aparecían preparados por los gre­mios de artesanos, los cuatro altares de |rúbrica, situados en las bocacalles de La Enseñanza, |La Rosa Blanca, puen­te de San Francisco y la segunda calle Real. Las casas com­prendidas en este trayecto se adornaban con colchas o colgaduras de muselina, zaraza o damasco, y en las puertas y brancas de las tiendas Se colgaban todos los |cachivaches disponibles en las localidades ocupadas por los tenderos o |mercachifles.

A cada media cuadra se levantaba un arco vestido de |bogotana, percal o |pichincha, terminado en custodia, cáliz o alguna otra figura alegórica de cartón pintado al temple. Las bocacalles se cubrían con |bosques, palabra que quiere decir títeres o |fantoches. Esos eran los lugares escogidos para echar sátiras a los mandones, o a los acontecimientos que merecieran censura, exhibiéndolos del modo mas ridí­culo posible. Recordamos uno que en los |guardas del es­tanco de aguardiente saqueaban la casa de un pobre, lle­vándose como contrabando las camas, los pocos muebles y las hijas de la víctima. En otro pusieron un montón de aguacates |(curas) llenos de moscas pegadas, con el siguien­te letrero:“! |Quémosquera, pobres curas!” Otro hubo en que figuraban los rematadores de bienes eclesiásticos, lle­vando en las manos los conventos, casas y otros edificios. Al pie se leía esta inscripción: |"Llevamos las manos muer­tas de frío".

La tropa se extendía en dobles hileras en las calles que recorría la procesión, y al pasar la Divina Majestad frente a la bandera, se batía y extendía ésta para que el arzobispo pasara por sobre ella con el Santísimo.

A las diez de la mañana empezaba el desfile de la procesión en el orden siguiente:

Las |cuadrillas de los indios de Suba, Fontibón y Bosa, vestidos con pañuelo rojo amarrado en la cabeza, camisa de lienzo y calzón corto |(culote) de manta azul, danzan­do al son de pífano y tambor, llevando un palito en cada mano para golpearlos unos con otros y hacer más vistosas las figuran. Esas danzas debieron servir de modelo a Vásquez Ceballos para pintar el cuadro que representa a Da­vid bailando delante del Arca, existente en la Capilla del Sagrario; luego los carros alegóricos, tomados de los pasa­jes del Antiguo Testamento, y tirados por robustos mozos disfrazados de turcos; se elegía a los niños más hermosos y se les vestía con trajes y joyas valiosísimas. Aún recordamos, entre muchas, la alegoría de la República protegida por la Religión, acompañada de la Fe, la Esperanza y la Caridad; en pos de los carros, las |cruces altas y ciriales de las parroquias y otras iglesias; las personas que iban alum­brando, en dos alas; los Seminaristas ,y el clero. En el cen­tro, las imágenes de Santa Ana que enseña a leer a Nuestra Señora, San Joaquín, La Concepción, San Victoriano, ves­tido de pontifical, San Pedro y San Roque, llevados en andas. Los levitas con el Arca, los ancianos y los Reyes de Judá representados por niños de uno y otro sexo, con barbas postizas de algodón bien escarmenado.

Las ninfas ricamente vestidas, marchaban regando flo­res delante del palio.

El palio llevado por sacerdotes revestidos y debajo el arzobispo con la custodia, rodeado del Capítulo metro­politano, con ricas capas magnas.

El presidente de la República, acompañado de los mi­nistros de Estado y de los altos funcionarios civiles y mi­litares, con brilantes uniformes. Desde el general Santader hasta Obando, asistieron los presidentes a solemnizar esas procesiones.

De todos los balcones caía inagotable luvia de flores, y al concluir la estación en cada altar, se quemaban fue­gos artificiales.

Después de la procesión se llevaba a los niños que ha­bían figurado en ella, a disfrutar de convite |(lunch) que se preparaba en el palacio arzobispal, y en seguida paseaban por todas partes, y se les festejaba como si realmente fueran personajes que representaban.

Mientras tanto se divertía la gente devorando los biz­cochos, dulces y |guarrús, que eran las viandas de ordenan­za para las funciones, amén de las |frutas acarameladas, ma­ní, alfajor, merenguitos, avisperos y otras golosinas de gus­to no muy refinado. En las casas situadas en las calles por donde pasaba la procesión, se obsequiaba a las personas invitadas con |onces suntuosas, y en algunas se aprovecha­ba la oportunidad para armar por la noche la |tertulia o baile improvisado.

El octavario continuaba en La Catedral con gran pom­pa hasta el jueves siguiente, en que tenía lugar la misma procesión por los alrededores de la plaza, previos fuegos artificiales de la víspera, y todo era, |mutatis, mutandis, igual a lo del Corpus. En una ocasión quedó enredada la tiara de San Pedro en los flecos del arco, y en el acto la gente |agorera pronosticó próxima persecución a la Iglesia, lo que desgraciadamente se confirmó con la fuga que se vio obligado a emprender PíoIX,de Roma a Gaeta, en el año de1818.

IV

Luego venían las octavas de los barrios, empezando por el de Las Nieves, que es la parroquia más antigua de Santa Fe. Baste a nuestro propósito la descripción de lo que pasaba en aquel entonces |tenebroso arrabal, para dar idea a la actual generación de los sucesos que constituían an­taño, el ramo de diversiones más apetecidas y populares.

Al aproximarse la fiesta se avenía movimiento desusado en aquellas regiones, producido por el |resane y blanqui­miento de las casas, en que se notaba que los artífices no pecaban con habilidad en el oficio, porque, por lo general, quedaba más blanco el suelo que las paredes; se |retocaban los letreros de las ventas de chicherías, y en algunas loca­lidades se pintaban con colores de tierra, portadas que remedaban festones con tendencia a imitar labores arqui­tectónicas, flores monstruos, o alguna escena de costum­bres populares por el afamado pintor al temple, |el bobo Rosas.

Para comprender nuestra relación debe saberse que en aquella época todas las casas del barrio carecían del alar, las puertas y ventanas eran contemporáneas del conquistador de los muiscas no existía camellón sino un tremendo y desigual empedrado con altibajos, y de Oriente a Occi­dente se desprendían tres quebradas, que fueron y ya no son, las que pasaban por |tres puentes de cal y canto, que son el origen del nombre que aún lleva ese sitio de la ciudad.

En la víspera de la octava se colocaban en puertas y ventanas forales de papel de colores, de los llamadas |intes­tinos o lintemos habilitadas de guarda-brisas con sus co­rrespondientes cabos de |vela de sebo. En la plazuela se en­cendían hogueras de |frailejón y dondequiera que había ga­rito, venta o chichería, se colgaban faroles cuadrados forra­dos en género transparente, con que se anunciaban las co­modidades que reportarían los concurrentes de la entrada a esas |casas de beneficencia,

Desde la iglesia de La Tercera se empezaba a gozar de los perfumes y vapores de aquel barrio en verdadera combustión: los |ajiacos, empanadas, longanizas, morcillas, cuchucos, rostros de cordero, papas chorreadas, chicharro­nes, tamales, bollos de quiche, encurtidos de la tierra, chi­cha, pollos a la funerala, pólvora, aguardiante, trementina etc., etc., con todo lo demás que no podemos referir, en­viaban sus partículas o moléculas en dulce e inalterable consorcio, a las narices de la concurrencia de toda edad, sexo y condición que se metía en aquel |remolino de Honda.

A las ocho de la noche empezaban los fuegos artificia­les con un cohetón de doce truenos y unas cuantas cule­brillas que descendían caprichosamente: en el acto respon­dían mil silbidos, agudísimos de los muchachos, con los gritos y llantos de los asustadizos niños que enviaban las madres con las criadas a gozar de aquellas diversiones. La banda de músicos rompía con el |bambuco o |torbellino y así seguía la quema hasta que entre las nueve o diez de la noche, se retiraban todos a buen dormir, a fin de quedar dispuestos y hábiles para los espectáculos y faenas de los días siguientes:

Amanecía el día deseado y era de verse el movimiento febril de las gentes; se trasteaba de las casas y tiendas con todo lo que constituía el guardarropa, para que pasara a funcionar como objeto de adorno sobre las puertas y ven­tanas, sin que de aquella revolución escaparan sino los col­chones y almohadas de las camas.

Con los cuadros y láminas de todos colores, clases y tamaños, se cubrían las paredes, sin cuidarse de las reglas de simetría y congruencia que debieran tenerse presentes en tales casos. Esto daba lugar a que se vieran los mayores contrasentidos en tan originales consorcios. Junto a la im­presión de las llagas de San Francisco, se veía a Mazzepa (desnudo), amarrado sobre el potro bravío; el éxtasis de Santa Teresa junto a Eloísa y Abelardo; las almas bendi­tas del Purgatorio, con la manteada de Sancho Panza, y así todo lo demás. Recordamos que por la calle de |Las Béjares se veían varios cuadros que representaban la historia de Hércules y las Danaides, mezclados con otros alusivos a la muerte del |Justo y el pecador, y alguno de Napoleón en Santa Elena!

Los arcos, altares y bosques, arreglados a imitación de los que habían figurado en el Corpus, pero adornados con flores de |borrachero, borlas de San Pedro, arrayanes, retama y otros afines.

En la plazuela se preparaba el |Paraíso que era el pur |gatorio de Adán y Eva, figurado por dos muchachos me­dio desnudos y ataviados con vestidos de plumas, seme­jantes a los que usaban los indios Con arbustos se forma­ba una imitación de parque, cercado con festones de lau­rel. Allí yacían todo el día, para encanto de los mirones, los animales raros, como |cafuches, armadillos, borugos, ve­nados, buitres, tigrillos, micos y |loros; la serpiente tentado­ra era una tripa de res, soplada, con cabeza de dragón mordiendo la manzana. A veces figuraba una gran ba­llena en seco, hecha con armazón de |chusques forrados en papel pintado de negro y ojos hechos de asiento de botella.

Desde las diez de la mañana empezaban a circular los |matachines, que eran hombres disfrazados de danzantes, precedidos del negro Simón Espejo, vestido de casacón de paño rojo galonado de plata, gran sombrero de tres picos y botas altas, y de dos muchachos que figuraban diablos, con vejigas infladas, suspendidas de cuerdas atadas a una vara, con que repartían sonoros golpes a todos los que en­contraban. Llevaban música consistente en tambora, dos violines gangosos y pandereta, y marchaban al compás rigu­roso de |seis por ocho. Allí donde tenían sus compadres o pretendidas, se detenían para bailar la |contradanza, o para hacer y deshacer, bailando, la |trenza alrededor de una asta, de la cual pendían tantas cintas de colores cuantos eran los |matachos. Concluída la danza, recibían los aplausos y feli­citaciones del pueblo y "se iban con la música a otra parte".

La procesión tenía lugar por la tarde, en perfecto or­den: llevaba el |guión el alférez designado por el párroco, con las ninfas y |carros alegóricos de estilo y detrás del pa­lio, debajo del cual se levaba la Majestad, seguían la músi­ca y cantores más originales del mundo. El violoncello, lle­vado por uno y tocado por otro; los violines, recorriendo ca­prichosamente el diapasón en todos los tonos, y variedades concebibles; un oficleide dando bufidos a su antojo, y los cantores amoratados, con voces de garganta y apenas en­treabierta la boca para cantar con los dientes apretados.

Un extranjero que presenció en cierta ocasión esa es­cena, dijo al verlos, que era mucha crueldad obligar a esos desgraciados a que "lloraran cantando".

Porla noche el barrio era un encanto, aun en los si­tios mas recónditos. Se armaban bailes y parrandas en casi todas las casas donde había sílfides, al compás de guitarras y bandolas, y por las calles circulaban grupos de hombres |algo sospechosos con garrotes y tiple en mano, seguidos de las |maritornes respectivas, todos tan quisquillosos, que por |décame esas pajas se machucaban sin piedad. !Ay del que pasara por junto a ellos y tuviera la desgracia de no darles la acera!

Desde las nueve en adelante era peligrosísimo, por no decir una temeridad, meterse en ese avispero, porque ya había invadido el estómago de los fiesteros toda la chicha y el aguardiente de las ventas. Como consecuencia precisa, cada personalidad estaba convertida en verdadero alambi­que.

Las tabernas semejaban rompe-olas de mar bravío, y si se llegaba a apagar, a causa de algún incidente imprevisto, la única luz que hacía perceptibles los objetos, se armaban bataholas a oscuras, al son de los guayacanes y |cabiblancos. Entretanto, la policía se contentaba con arreglar un cordón sanitario en las avenidas que conducían al sitio de! combate, siguiendo la regla de los bomberos expertos, de que el medio más eficaz para extinguir incendios es for­marle hogar al fuego.

El lunes tomaba el barrio el aspecto de un lugar ame­nazado de próximo asalto. De la esquina de la antigua casa de Cualla hasta la de |Los Tres Puentes, se cercaban las bo­cacalles y en todas las puertas se ponían trincheras con las |cujas de cuero, bancas, mesas, etc. Se preparaban para los tres días de corridas de toros.

A la una de la tarde traían los |bichos a un corral ve­cino, en medio de la algazara de los jinetes, de los mucha­chos y de los cohetes; el |encierro no tenía nada de particu­lar; pero a las tres sacaban el toro enlazado con tantos |rejos cuantos eran los |orejones.

En aquella época no se conocían las |navarras, limónos, galleos, junicones y suertes clásicas de la tauromaquia: los |patojos llenos de andrajos, a quienes el licor disminuía la vista, toreaban lisa y llanamente, con seguridad de darte e] placer de una arada de bruces cuando los atropellaba el toro, caso en el cual se les sacudía o se les zabullía en la pila, fuera o no conveniente.

El meollo de ladiversión estaba en tomar sitio junto a las ventanas en que estuvieran asomadas las muchachas bonitas, lugares en que se podía pelechar.

Al grito de |el toro! se prendían los lechuguinos de los vetustos balaustres que se les quedaban en las manos y caían de espaldas contra el empedrado; en ocasiones resistían los barrotes y entoces, por caso apurado, otros de los per­seguidos, se agarraban de la levita del anterior ascensor, hasta que se formaba un racimo de cachacos, que al fin concluía por caer en masa.

En cierta ocasión treparon en vetusta ventana unos cuantos fiesteros, y como las damas de la casa cayeron en cuenta de que el parapeto amenazaba ruina, creyeron con­veniente oponer fuerza centrípeta a la centrífuga, para evi­tar el desastre; pero como fue mayor la última, se fueron a la calle los prendidos, la ventana y las sostenedoras de adentro.

Ya entrada la tarde aparecían |los forasteros (así lla­maban a los habitantes de los otros barrios), y como no

vicios en el arte de buscar refugio, se subían a las barreras donde se les atacaba a pinchazos de aguja, para que no quitaran la vista a los que estaban detrás.

El último día se exhibían algunos jóvenes con |disfraces charros y recorrían el recinto de las fiestas, dando alaridos estrepitosos cuando pasaban frente a su |tormento y aun se permitían levantar ligeramente la máscara, a fin de que no hubiera duda de su fineza.

Pasadas las fiestas quedaba esa parte de la ciudad en estado lamentable: era preciso la amenaza de epidemia, que servía de pretexto al alcalde para obligar a sus moradores a que asearan las casas.

V

Las festividades de la Semana Santa se han conside­rado como de las más importantes de las que se celebran diferenciándose las de Santa Fe de las de Bogotá, por el esplendor y seriedad que tienen en la última.

El domingo de Ramos, lo mismo que sucede hogaño, entraba Jesús al templo, caballero en una burra, rodeado de los sacerdotes y el pueblo, llevando todos los ramos y palmas tejidas con más o menos adornos.

El lunes santo salía la procesión de la iglesia de Las Nieves. Los pasos eran llevados como ahora, por peniten­tes vestidos de valencina negra, cubierta la cabeza con ca­puchón en que se dejan dos agujeritos para ver, envuelta la cintura con lazos de |fique y llevando en la mano una horquilla para descansar.

Las efigies del Salvador y de la Virgen, tienen a más del mérito artístico, la particularidad de que se cree que pertenecieron a las iglesias despojadas por los protestantes durante el movimiento anticatólico de la Reforma. El con­junto de la procesión con los consabidos |cucuruchos y salvo la planta y facha de los judíos, era adecuado al objeto y propuesto; pero existía el |paso de la cena, y quien no lo vio no conoció cosa buena. Al derredor de una mesa cu­bierta con verdaderos suculentos manjares, preparados con productos y licores de todos los climas y lugares, iban sentados, el Salvador a la cabecera, teniendo recostado sobre el pecho a San Juan, dormido, lo que hacía que el pueblo dijera que se había achispado con el vino. En cuanto a los apóstoles, no encontramos palabras para expresar con pre­cisión la horripilante deformidad de aquellas figuras que pa­recían de fascinerosos, disfrazados con camisones de dese­cho, añadiendo el sacristán, de su propio peculio, los cue­ros postizos y corbatas. ¡Cuándo pudieron figurarse los abnegados propagadores del Evangelio, que algún día, en ignoto país, se verían representados como monstruos o tro­gloditas feroces.!

El progresista arzobispo señor Arbeláez quizo destruir­los desde el año de1869,y entonces se le hizo presente que esa medida era peligrosa y que podía haber |sangre si tal cosa se intentaba; pero como "toda injusticia tiene su ter­mino", llegó el tiempo de la visita del arzobispo señor Velasco: todo fue verlos y condenarlos al fuego, sin apelación, ordenado que se repusieran con otros que llenaran las con­diciones requeridas.

Merced a tan acertada disposición y al celo inteligente del párroco doctor Alejandro Vargas, eficazmente ayuda­do por el mayordomo de Fábrica, don Francisco Ortega, se ostenta en aquella antigua iglesia la capilla mejor ornamen­tada de la ciudad, en donde figuran con el debido decoro las imagenes del Sagrado Corazón de Jesús, rodeado de sus apóstoles: algunas viejas de la |pelea pasada echan de menos a los antiguos amigos de su infancia, pero ya se consolaran o irán a la sepultura con esa contrariedad.

El martes santo salía la procesión de Santo Domingo. sin nada que la hiciera singularizar: no sucedía lo mismo con la que salía el miércoles de San Agustín.

A las once de la mañana tenía lugar la |sentencia! La imagen de Jesús aparecía colocada en el centro de la igle­sia, y de las tribunas salía una voz cavernosa que decía: "Yo, Poncio Pilatos, gobernador romano, condeno a muer­te, con dos ladrones, a Jesús Nazareno, por hechicero y embaucador; a la |confiscación de bienes y a pagar los cos­tos y costas del proceso.”!

Y estas barbaridades que debieran producir hilaridad en el auditorio, causaban, por el contrario, sentimientos de compunción, que se traducían en las gentes sencillas por fuertes y retumbantes golpes de pecho. En seguida se tras­ladaba la imagen al presbiterio, cantando el salmo |Miserere. Por la tarde salía la procesión que conocemos, con los ju­díos y algunas otras imágenes de santos que ardieron a puerta cerrada el25de febrero de1862,durante el terrible asalto que por tres días dieron al convento convertido en fortaleza, las fuerzas de la Confederación al mando del Ge­neral don Leonardo Canal. Sea esta 1a oportunidad de recordar que sin el arrojo del coronel Manuel María Victoria (alias |el Negro). habría sido destruida por el fuego la imagen de Jesús Nazareno.
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  |Tres jueves hay  en el año
Que causan admiración:
Jueves santo, Corpus Christi.

Y |jueves de la Ascención”.

Para hacer honor a la anterior cuarteta, que revela la sencillez y candor de los tiempos en que se compuso. el jueves santo amanecía |nuevecita la población; hasta los men­digos estrenaban alguna prenda del vestido, y, cosa rarísima, |se lavaban!; sí, se lavaban, entre otras razonas, porque al­gunos tenían que representar a los apóstoles y dejarse be­sar el pie en la ceremonia del |Mandato.

Ese era el día para dejarse ver en la calle, visitando |monumentos, los habitantes de Santa Fe hasta las diez de la noche, porque la cultura de esos tiempos permitía a las mujeres salir solas de noche, sin temor a los desacatos tan comunes hoy en Bogotá.

Amén de la procesión que en ese día salía de La Veracruz, costeada por el comercio, se exhibían |monumentos en las iglesias, los que en su mayor parte formaban con lienzos pintados al temple, representación de templos o cár­celes de arquitectura clásica y colorido inverosímil, obra de don Victorino García. El de San Agustín se llevaba la pal­ma por las ridiculeces y anacronismos que se exponían a la contemplación de los fíeles. Todo santo, ángel o judío, quedaba convertido en aquél día en personaje siniestro de la Pasión, disfrazado tan malamente, que se conocía sin ma­yor esfuerzo el primitivo carácter del personaje suplantado.

El viernes santo era la adoración de la Cruz, acto que producía un obsequio muy confortable para el sacristán, porque rara persona pudiente no concurría a dar prueba de munificencia en esa ceremonia: hoy. - .cae en la salvi. lla algún níquel vergonzante o |billetico enrollado, sin du­da para que no sepa la mano izquierda lo que hace la de­recha.

Antes de la procesión acudía el pueblo en masa a La Catedral, a presenciar el |descendimientos allí se encontraba como suele decirse, con el cura de su pueblo. Entre los em­pleos de la iglesia había el |perrero, que desempeñó últi­mamente el español Santiago Alvarez, hombre terrible, que vestía sotana de bayeta de Castilla, y que llevaba como sím­bolo de autoridad, un zurriago con que castigaba al distraído can que entraba al templo; pero cuando entre los concu­rrentes se introducía el desorden, como sucedía y sucede en esa función, repartía furiosos zurriagazos a diestra y siniestra sin que nadie se atreviera a decirle oxte ni moxte: aquel flagelador no ejercería hoy su ministerio, sin que le pusieran las |peras a cuarto.

El domingo de Pascua se llevaba de La Catedral a La Veracruz, las imágenes de Nuestra Señora, San Juan y la Magdalena, para encontrar y acompañar al Resucitado: no podía desplegarse aparato mas ridículo.

Apenas veían los cargueros |el paso de El Salvador, echaban a correr, inclinándose para imprimir a las imá­genes movimientos que semejaran saludos o venias; en al­guna ocasión tropezaron los que conducían a la Magdalena, y, como dicen en Monpós, cayeron |con todo y santa.

Si Santa Fe resusitara para presenciar las funciones religiosas de Bogotá, se volvería sorprendida a su tumba. E! culto se ha sublimado, suprimiendo lo que existía de la exagerada devoción de las imágenes con perjuicio de lo principal: hoy figuran la adoración de la Eucaristía y la devoción de la Virgen como indispensable objeto de toda fiesta católica, sin perjuicio del culto que se tributa a los santos.

El esplendor, pompa y gusto con que se celebran las festividades del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora del Carmen, de San Ignacio de Loyola; los triduos de Cuarenta Horas, y las fiestas de los respectivos patronos de las órdenes monásticas, dejarían colmadas las exi­gencias de las ciudades más avanzadas en civilización. La iniciativa la tomaron los jesuítas desde el año de1854,secundados por nuestro inteligente y virtuoso clero, con sacerdotes que han formado su gusto artístico visitando los países del Viejo Mundo.

 

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