INDICE




 

El último acontecimiento extraordinario de la clase de los que venimos refiriendo tuvo lugar en el año de1857 en la representación de |Fe, Esperanza y Caridad. Un bo­rracho consuetudinario se subió al proscenio y se sentó tran­quilamente en un sofá sobre el cual departían dos de los personajes del drama. Sorprendidos éstos, exigieron al in­truso que desocupara la escena; pero como se denegara a ello, trataron de sacarlo a la fuerza, y al tomarlo de un brazo para hacerlo levantar, se agarró aquél del espaldar del sofá con la mano que le quedaba libre: al estrujón que le dieron se volcó el mueble, quedando todos debajo, como |Sansón con todos los filisteos. La caída del telón puso fin a tan grotesca escena.

En el año de1853acometió el laborioso e inteligente señor don Lorenzo M. Lleras la empresa de formar una compañía dramática, compuesta de nacionales: introdujo notables mejoras en el edificio y sustituyó el alumbrado de sebo por el de aceite cambiando los |tremotiles primitivos. Con las actrices señora doña Margarita Escobar de Isáziga y señorita Emilia Ortiz, y con los señores Eloy y Manuel Isáziga Juvcnal Castro, Honorato Barriga, Rafael Vargas, José Manuel Lleras y algunos otros aficionados logró ins­taurar en Bogotá la mejor compañía del país que hemos tenido.

Como un estímulo a los autores dramáticos, se pusie­ron en escena, según recordamos, las siguientes piezas, con buen éxito:

|Un alcalde a la antigua, Dios corrige, no mata, yLos Aguinaldos,por don José María Samper.

|Teresay |el Reloj de las monjas de San Plácido, por don Lázaro M. Pérez.

|Pascual Bruno,por don Leopoldo Arias Vargas, y |filma, por don Felipe Pérez.

Ya desde el año de1849se habíarepresentado por la compañía Velabal, el muy aplaudido drama de don José Caicedo Rojas, titulado |Miguel de Cervantes Saavedra, y anteriormente se pusieron en escena con aplauso: |Gonzalo de Córdoba, y |El Conde don Julián, de don Francisco de Paula Torres, y |Los proscriptos conjurados, de don Rafael Alvarez Lozano.

Esta compañía trabajó con éxito hasta el año de1858, en que llegó la primera compañía de ópera italiana, com­puesta de las prima donas Rosita Olivieri, de Luisia, sopra­no, y Marietta Pollonio de Mirándola, contralto; Enrique Rossi Guerra, tenor; Jorge Mirándola bajo, y Eugenio Luisia, barítono. Hizo su estreno con |Romeo y Julieta de Bellini, el27de junio de dicho año, con gran éxito. Rosina interpretaba la parte de |Romeo, produciendo en las mujeres un conflicto |psicológico insoluble: todas salieron del teatro perdidamente enamoradas del héroe veronés interpretado por una mujer! Fue en esa época cuando se introdujo la costumbre de obsequiar a las artistas arrojándoles coro­nas y ramilletes de flores.

Con esa compañía vino don Guillermo Fruedenthaler, maestro director de orquesta y concertador.

En Santa Fe era módica la entrada a los espectáculos teatrales: un palco de segunda fila valía$ 2.40;uno de pri­mera,$1.60; uno de tercera, cuando no se destinaba para gallinero,$ 1.20;la entrada general,40centavos! La compañía Fournier alzó los precios de los palcos a$ 4.80; $ 3.20 y$ 2.00,respectivamente,40centavos la entrada y20cen­tavos el parque de orquesta; y la de Rosina también elevó los precios de los palcos a$ 6.40,sin distinción de filas, para rehabilitar los que de tiempo atrás estaban desacredi­tados; la entrada a 60 centavos y el parque de orquesta a 40centavos. Compárense los precios antiguos con los de hoy, y se verá cuánto hemos adelantado en prodigalidad!

Otro modo ingenioso de sacar dinero era el empleado en las funciones de beneficio. En la puerta de entrada se armaba un solio, debajo del cual se sentaba el beneficiado, con una mesa al frente y una palangana de plata, para que al entrar los concurrentes arrojaran |con estrépito el di­nero que su generosidad les sugería: las dádivas eran re­cibidas con aplausos, y la |pasada en seco, con rechifla de los que permanecían en el sitio con el fin de hacer coac­ción sobre los majaderos.

No podemos pasar en silencio el buen éxito que obtu­vo el malogrado Luis Vargas Tejada, con las primicias de su ingenio. Compuso e hizo representar los dramas |Aquimín, Sugamuxi y |Doraminta.

Pero lo que |causó furor con justicia, fue el sainete |Las Convulsiones. Parece que por allá en los años de1820 a1828,se propagó en Santa Fe la epidemia de las convul­siones: se notó que sólo atacaba a las muchachas de quin­ce a veintiún años, con la circunstancia agravante de que la enfermedad se recrudecía cuando entraba de visita en la casa algún joven. También tenía el mal otro síntoma en extremo alarmante para las madres, y era que la con­vulsión terminaba, indefectiblemente, cayendo la enferma en brazos del visitante.

Por lo pronto se imputó a los nervios la causa del mal; pero viendo que no lo remediaba todo el toronjil de las huertas, se empezó a creer que eran |pilatunas del diablo o cosa parecida: dondequiera que había niña saltona, la |fu­rrusca era permanente, y ya no alcanzaban los religiosos de los conventos para exorcizar a las que reputaban |po­sesas.

Los doctores José Joaquín García y José Félix Merizalde, que eran muy perspicaces, lograron descubrir un |sésamo o remedio eficaz para el acceso, pero momentá­neo, pues la enfermedad repetía; bastaba que los médi­cos pronunciaron la palabra |clister o |lavativa, para que la enferma se tranquilizara y recuperara el sentido, porque es tradicional el terror que tienen las mujeres a tan eficaz aplicación.

Pero las cosas continuaban y, lo que era peor, la epi­demia tendía a descender de las capas superiores a las in­feriores—queremos decir, de las |señoritas a las |criadas—y esto era ya tocar a rebato. Fue entonces cuando Vargas Te­jada dio a luz su inmortal producción, la que puesta en esce­na dio en tierra con todas las supercherías de las amorosas y cuitadas doncellas.

II

Los diversos espectáculos que se daban en el Coliseo o en otros lugares de Santa Fe, tales como la |maroma, los caballitos, y otras variedades, llamaban mucho la atención. Procederemos en orden.

Para las funciones de |maroma se arreglaba el teatro de manera que en el proscenio se colocaba la |cuerda tesa, y pendiente del ciclo raso, sobre la platea, el columpio; pa­ra los |caballitos se formaba el circo en la platea y el pros­cenio lo ocupaba el público. Entonces no habían recibido aún los saltimbanquis el título de artistas.

Los |maromeros se vestían como los antiguos ángeles que sacaban a lucir en las |octavas de barrio. Hubo uno llamado el |Gran Pájaro, que producía mal de nervios en quienes le veían arrojarse de uno a otro columpio sobre los espectadores del patio. Del proscenio saltaba a la mitad de la platea por encima de veinticinco soldados que, con los fusiles armados de bayonetas y puestos en pabellones, disparaban cuando pasaba por el aire.

Pero ninguno como el famoso don Florentino Isáziga, natural de Piura, hombre fornido, de talla mediana, |cara toso y feo como hoy se dice, en la Plaza de Bolívar en el año de1847,con una función sin igual en los anales del funambulismo acompañado de un indio mejicano llamado Chichiliano y de otros saltimbanquis,, todos a cual mas de brutos.

En las bocacalles de la plaza se colocaron soldados, para que sólo entraran a gozar de la bella presencia de don Florentino los que pagaran un real de |plata de cruz, que era la moneda corriente. Del pie de la estatua, atadas a un cabrestante arrancaban dos cuerdas tesas paralelas entre sí y a una distancia de ochenta centímetros una de otra, has­ta la campana más alta de la torre de La Catedral. Por ese verdadero camino del cielo subieron y bajaron, vestidos de peregrinos y cogidos de la mano, don Florentino y Chinchiliano. Luego quitaron una de las cuerdas, y por la que dejaron se arrojó Chinchiliano, montado en un cañuto de guadua, con una banderola roja en cada mano, despidiendo humo a causa del frote producido por la espantosa velocidad con que descendía. Para que no se estrellara al llegar al término de tan vertiginoso descenso, colocaron a trechos, sábanas anudadas a la cuerda y sostenidas por varios hombres; pero era tal la rapidez de la caída, que el viajero, las sábanas y los que las tenían fueron a dar, confundidos, sobre la última defensa que eran unos cuántos colchones puestos en el cabrestante.

En seguida se colgó don Florentino de los pies, en dos argollas suspendidas de una barra: en esa posición to­mó en las manos un cañón de bronce, que se cargó y dis­paró. Aún tenemos presente los tumbos que dio nuestro protagonistacon el brusco movimiento de oscilación que le imprimió el rechazo del cañón, lo mismo que la multitud de chamuscados por el fogonazo.

Y todavía, como si lo hecho no bastara para dejar bien sentada su reputación de |bárbaro, ultimó el espectá­culo introduciéndose por la boca, hasta el estómago, una espada formada por siete hojas de acero, previa lubricación de ellas con grasa, a fin de facilitar la entrada y salida de tan extraño huésped a las cavernas torácicas.

Mucho tendríamos que decir si describiéramos todas las |atrocidades que hizo durante su agitada existencia don Florentino exponiendo la vida por el afán de ganar dinero y divertir al público; pero es lo cierto que ese hombre no sufrió nunca en el cuerpo lesión alguna motivada por las maniobras que ejecutaba.

Murió mucho después tranquilamente en su cama, con todos los auxilios espirituales.

La compañía de equitación dirigida por el norteame­ricano Johnson, en el año de1849,dio como despedida un espectáculo que fue el acontecimiento de entonces. En el circo, que se preparó en el Coliseo, debía presentarse una calesa tirada por doce gatos con sus respectivos aparejos; al efecto se pidieron prestados en la vecindad los tales cuadrúpedos y de antemano se solazaban los muchachos con la maravilla que se les ofrecía.

Llegado el momento de cumplir la promesa los ayudantes del equitador trajeron con mil dificultades las respectivas parejas, que por las muestras que ya daban de furor,  permitían vaticinar que la comedia iba a tomar las proporciones de tragedia.

Enganchados los gatos y listos para partir, subió míster Johnson al vehículo, y lo mismo que hoy hacen nuestros cocheros, empezó por aplicarles unos cuántos latigazos, y ¡Aquí fue Troya! |Los michicos que probablemente sabían que |un gato acosado se vuelve tigre, se esponjaron terri­blemente, dando bufidos y resoplidos de indignación; aco­metieron a arañasos y mordiscos a su cruel verdugo, vol­cando la calesa y haciéndole pedazos el vestido de mallas de seda. El yanqui juraba y blasfemaba en inglés, pidiendo auxilio contra sus feroces enemigos, que al fin pudieron zafarse de los arneses que los retenían, saltando sobre los espectadores que literalmente reventaban de risa. No ha llegado a nuestra noticia otra diversión en que figuren como actores los atribiliarios |misifúes.

Siguiendo la costumbre de los pirotécnicos que dejan el trueno grande para lo último, daremos cuenta de la atrevida y temeraria ascensión aerostática, llevada a cabo por el argentino José Antonio Flórez en el año de1845.

Reunidos los mil pesos exigidos por el aeronauta pre­paró su obra en el edificio del Colegio de Nuestra Señora del Rosario; dio entrada en los corredores altos a los con­tribuyentes, y en el patio y corredores bajos a los que pagaban |un real.

El globo era hecho de fajas blancas y rojas de |bogotana; la boca formaba un aro de hierro de dieciseis metros de circunferencia y se inflamaba por medio de humo caliente, producido por la combustión de leña y tamo. Para man­tener el calor e impulsar la subida, se le ponía suspendida |del arco, con cadenas, una |canastilla de planchas de hierro llena de trementina, brea y sebo con mechas. Del aro pendía también la estrecha |barquilla de cañas, suspendida con cuer­das y adornada de dos banderas tricolores enastadas. El globo inflamado se alcanzaba a ver desde la calle, y ape­nas eran suficientes veinte hombres para sujetario.

Terminados los preparativos, |se presento FIórez con pañuelo blanco en la mano, vestido con sombrero de pelo gris, levita de color azul turquí, abrochada, pantalones color de perla y borceguíes de charol. Se introdujo en la barquilla, se asió con la mano izquierda de una de las cuerdas, y con voz firme dijo: |suelten!

El monstruo partió como un cohete, derribando de paso el alar del tejado, en el ángulo noroeste del edificio, y descalabrando a aquellos cuya mala estrella había colo­cado al pie del siniestro. La muchedumbre que ocupaba la parte baja del edificio, se precipitó sobre la puerta para salir a la calle; pero como sólo estaba abierto el postigo, se formó allí aglomeración de personas de uno y otro sexo que se estrujaron sin misericordia, a fin de conseguir, a lo menos, salir de ese dédalo en que se habían metido; hubo gente que quedó |en cueros y los más perdieron los sombreros, la capa, la mantilla o alguna otra prenda del vestido.

Los |orejones de la Sabana que habían venido a ver la ascención, recorrían las calles a escape, atropellando a todo el mundo para seguir la ruta caprichosa que toma­ba el globo; los de a pie corrían en distintas direcciones. y hasta los balcones y tejados de las casas estaban atesta­dos de curiosos. Si en ese momento hubiera llegado a la .ciudad algún  |viajero  científico,  habría escrito en sus apuntes: |"Santa Fe es un manicomio de América".

Entretanto, el globo recorría majestuoso los ámbitos del cielo, enseñando sus entrañas de fuego, cuyas llamas lamían la tela de donde pendía la vida de un hombre: FIórez, de pie, saludaba con su pañuelo blanco a la ciu­dad, que en esos supremos instantes tenía fijas en él todas sus miradas.

Al salir el globo, se dirigió hacia la plazuela de San Francisco; pero en breves instantes, y siempre elevándose tomó la ruta del Boquerón, entre Monserrate y Guada­lupe; en esa posición permaneció estacionario por algún tiempo, y ese fue el momento de mayor angustia para la multitud.

A la altura a que se hallaba el globo, apenas se dis­tinguía el aeronauta. Este arrojó una de las banderas y todos creyeron que era él el que se había desprendido! La impresión de curiosidad y asombro que dominaba a los espectadores, se cambió por la de horror y lástima; de los campanarios, repletos de sacerdotes y religiosos, se envia­ban absoluciones a voz en cuello, y no faltaba quien le echara la culpa de la muerte de ese hombre a la autoridad que había permitido semejante acto de temeridad.

El globo empezó a descender y entonces pudo verse al atrevido argentino que desprendía un lado de la barqui­lla y se descolgaba por una cuerda amarrada a la misma, a fin de tocar tierra antes que el globo, el cual se dirigió a las torres de La Catedral, chorreando lamparones encendi­dos de los que no podía defenderse el |navegante, y al fin cayó sobre el edificio del Hospital de San Juan de Dios, en la parte situada en la calle de San Miguel.

FIórez alcanzó a retirarse antes de que le cayera en­cima esa mole de hierro y fuego; pero al chocar la |canasti­lla con el tejado, se derramó el líquido encendido que con­tenía y corrió por las canales en forma de lava, que al caer, quemó a los muchos curiosos que estaban en la calle, y puso al mismo tiempo en gran peligro el hospital.

La llegada de tan extraños huéspedes produjo en aque­lla casa de beneficencia el más atroz pánico porque se esparció la voz de que el edificio ardía por los cuatro cos­tados; los enfermos, en camisa, corrían de una parte a otra pidiendo misericordia, pues ya se daban por muertos.; y en aquella |Torre de Babel, el único que tuvo juicio fue el padre hospitalario Fray Mariano Vargas, a quien por ser loco no le cobijó la ley que suprimió los conventos me­nores. Se paseaba tranquilamente por los claustros, fro­tándose las manos y diciendo a los que se le arrimaban: |Carnestolendas! Carnestolendas!

Las consecuencias.de esa |diversionsita fueron para Santa Fe de más significación que las de la entrada de |Los Guaicas a Bogotá; pero como todo está compensado, los estragos que especialmente afectaron a la gente de fal­das, tuvieron su |contra-fómeque en el aumento prematuro de población.

Poco tiempo después hizo aquel |gaucho otra ascen­ción en la plazuela de San Victorino, en las mismas con­diciones que la primera, y fue a caer en la quinta de |La Floresta, abajo de la antigua |Alameda, de donde los |orejones lo trajeron a caballo en triunfo hasta la ciudad.

Pero |tanto ya el cántaro al agua hasta que por fin se rompe aquel temerario terminó sus aventuras en un des­censo que hizo en Guatemala en menos tiempo del que quisiera. Como tenía que suceder algún día, se le incendió el globo a quinientos metros de altura, y cayó el desgra­ciado sobre unas rocas, de donde lo recogieron con |garlancha para poderlo echar a la sepultura.

En el año de1850se apareció un venezolano de ape­llido Parpacén, y ofreció ascender en globo alimentado por fuego, mediante el pago de mil pesos.

Se reunió el dinero, se hizo el globo y se infló en el sitio que hoy ocupa el anfiteatro anatómico en el hospital; pero al tiempo de subir le dio |canillera al areonauta, quien pretextando |una necesidad, puso pies en polvorosa, y no paró hasta que llegó a Honda, en donde se echó río abajo en el primer champán que encontró. Hasta hoy lo esperan los espectadores chasqueados, como los judíos al Mesías.

En los tiempos modernos hizo en esta ciudad varias ascenciones, en globo de percal, protegido por malla de cáñamo, inflado con aire caliente, sin canastilla y sentado en un trapecio el intrépido Antonio Guerrero. Admiraba la serenidad de aquel hombre que hacía |planchas, moline­tes y mil diabluras más en el espacio, sin tomar precaución alguna para el caso de accidente. Tal ha sido la historia de la navegación aérea en esta ciudad.

Se nos olvidaba mencionar la compañía inglesa de equitación, que fue la segunda que vino a Santa Fe, en el año de1843,pues ya se había visto la famosa compañía del mismo género trajo en1833Mr. Johnson. Se componía de dos caballitos negros, bellísimos, sobre los cuales hacían equitación dos grandes |monos africanos; dos came­llos que corrían en el circo y un enorme elefante, que era, como todos los de su especie, muy inteligente y benévolo. En los colmillos le ponían un aditamento en que se acos­taba el director e introducía la cabeza en la boca del elefante. Lo hacían echar por tierra para que se le subieran tantoscuantos le cupieran de la cabeza a la raíz de la cola; pero al levantarse, todos rodaban, y entonces el siamés les hacía cosquillas con la trompa y se veía lo que gozaba con la impresión de terror que producían sus cariños de |lienzo gordo.

En el ramo de cubileteros (hoy prestidigitadores), he­mos visto cosas muy buenas, aunque no han faltado escamoteadores que se han reído a costa de los bolsillos y de la simplicidad de los santafereños y bogotanos.

En cierta ocasión vino una francesita que exhibía las habilidades de un |perro sabio que era un |can blanco, la­nudo y con el pelo recortado. La |madama aparecía en el proscenio vestida con traje fantástico y con una varita má­gica en la mano. Llamaba al perro, que saltaba sobre una mesa en que había flores y una baraja extendida que sólo podía ver la prestidigitadora. así las cosas, decía el perro, en español afrancesado: "muéstra |clavelo blanco; muestra |clávelo rojo; muestra |as oros; muestra |as copas". Cansado el público con tanta |muestra resolvió terminar la función con un salva de panelitas de leche de las que vendían en una cantina en el teatro: al día siguiente la policía obligó a la |gabacha a que pagara ocho pesos que valían las panelas expropiadas a la cantinera por el respetable público, fundándose en que |el que es causa de la causa es causa de lo causado.

En1842llegó a esta ciudad el célebre prestidigitador equilibrista Mr. Phillips y |su presunta esposa, bellísima mu­jer: trajo aparatos y útiles adecuados para sus funciones, que eran brillantes. Gozó de gran favor en el público sen­sato por las maravillas que ejecutaba, pero entre el vulgo se aseguraba que tenía parte con el diablo; de seguro lo ha­brían quemado vivo si hubieran logrado apoderarse de él.


III

Como dijimos anteriormente, la compañía de Rosina fue la primera que nos hizo comprender el mérito de la ópera italiana. Después de |Romeo y Julieta puso en escena a |Norma, Lucrecia Borgia, Lucía de Lammermoor, Marino Faliero, Hija del Regimiento, Hernani, Atila, Barbero de Sevilla, Macbeth y María de Rohan; Hernani y Macbeth no gustaron.

En el año de1863volvía Resina con otra compañía de ópera; pero la sorprendió la muerte en Honda, hecho que produjo penosa sensación en esta ciudad, porque esa notable artista gozó del cariño y de las simpatías de todas las clases sociales. Para reemplazar a Rosina los señores Luisia y Rossi Guerra hicieron venir, en el año de1864,dos actrices «de Italia; Assunta Masseti y Luisa Visoni; ambas eran tipos de belleza, pero la primera era una muchacha de22años, traviesa y en extremo simpática. A decir ver­dad, excepto en la Traviata, que interpretaba admirable­mente, era una mediana primadona a la que todo se le perdonaba por el encanto de su persona. En esa temporada se pusieron en escena las siguientes óperas, nuevas para Bogotá: |Los dos Foscari, Elixir de Amor, Gemma de Vergy, Masnadieri y Belisario. Pero la ejecución de estas ópe­ras y de las otras que dieron no fue satisfactoria, porque el tenor Rossi y el barítono Luisia estaban ya gastados y empobrecidos de la voz. Ambos murieron más tarde en esta ciudad, en extrema miseria.

Algún tiempo después se formó otra compañía com­puesta de la señorita Eugenia Bellini, bella muchacha de diez y ocho años: de sus padres y de los señores Oreste Sindici, tenor, y Egisto Petrilli, barítono, ambos jóvenes y de voces excelentes. Pusieron en escena, como óperas des­conocidas en esta ciudad: |La Sonámbula, Rigoletto, Baile de Máscaras, Don Pascual, Luisa Miller y El juramento. también llegó en la misma época la compañía de que ha­cia parte doña Matilde Caballetti, el tenor Octavio Tirado, y Compagnoli; pusieron en escena como nuevas, |Los Lom­bardos, La favorita y Los Mártires.

La compañía de la señora Marina Barberi de Thiolier, primadona; de su esposo, bajo, de Baratini, bajo bufo, y de los restos de las compañías anteriores cantó en Bogotá, en1876,por primera vez. |Linda de Chamounix y |Crispino y la Comadre.

Hasta el año de1874,ocho años después, no vino la Compañía de ópera italiana, que con fondos particulares se hizo venir de Europa. Constaba de la Fiorellini, prima­dona; la Forlivesi, contralto; Colucci, que es el mejor tenor que ha venido al país; Succi, barítono, y Pelleti, bajo. También vinieron cinco músicos, entre quienes se contaban el señor Mancini, contrabajo; Emilio Conti, Francisco Giglioli y Bounafede Petini, solista de trombón.

Entonces se oyeron por primera vez |Yone, Ruy Blas, Marta y Ester, esta última del colombiano José María Ponce de León. Después de esta compañía volvió Petrilli con la Pocoleri, las hermanas D'Aponte, el tenor Ponseggi, ba­jo De Santis y otros artistas más que medianos; puso en escena el |Fausto, de Gounod, pero tan mal interpretado, que no agradó. Después vino la señorita Emilia Benie, quien con algunos artistas que se quedaron en esta ciudad, y con el colombiano Epifanio Garay, pusieron en escena, con grande éxito, |La Florinda, del maestro Ponce de León.

La situación política del país alejó a los artistas hasta el año de1894,en que trajo don Francisco Zenardo, em­presario del Teatro Municipal, la compañía que inauguró este edificio con |Hernani. Durante la temporada de seis meses, sólo dieron como nuevas para Bogotá, las óperas |Aida y |Guarani. El personal era de condiciones mediocres en el arte; pero la Poli y la Sartini, que sí eran artistas, in­terpretaban bien, la primera a |Aida, y la última, entre otras, a |Leonor en la |Favorita. Fue entonces cuando se oyó el arpa, por primera vez, haciendo parte de la orquesta.

En el mes de julio de este año empezó sus trabajos la compañía lírica mejor organizada y más completa que hemos oído en nuestro teatro. Se componía de los siguien­tes artistas: Rosina Aymo primadona absoluta, soprano dramático; Anina Orlandi, contralto; Alaira Panzini, so­prano ligero; Cristina Iprignoli, comprimaria; Arnaldo Ravagli, tenor; Aquiles Alberti, barítono; Ezio Fucilli, ba­jo; Pedro Osti, tenor secundario; Pedro Bugamelli, barí­tono secundario; Luis Bergami, bajo bufo; Felipe Benicore y Adolfo Magni, |partiquinos; Fernando Mancini y Augusto Azzali, directores de orquesta y los coristas de uno y otro sexo.

Nos dieron a conocer a |Carmen, La Fuerza del Desti­no, Hugonotes, Gioconda y Cavallería Rusticana.

Como habrá notado el lector, que haya tenido la pa­ciencia de seguirnos en estos bosquejos, sí se exceptúan las óperas |Fausto, Carmen y Marta de la escuela francesa, y |Hugonotes, de la alemana, todas las otras pertenecen a la escuela italiana, siendo ésta, a nuestra manera de ver, la cau­sa de que el público se hastíe de espectáculos que, sin dis­puta, son los más brillantes y amenos.

Hay que empezar, como hace cuarenta años, por for­mar y educar el gusto; pero si sólo se presentan obras de un mismo género, sin dejar campo para establecer com­paraciones, y más que todo, sin poner de manifiesto las inmensas bellezas de la música clásica de otras escuelas, sucederá lo que a un cocinero que presentara preparados los mejores manjares a tarde y a mañana, todos los días del año, con una sola sustancia alimenticia: empalagaría y estragaría el gusto.

Para terminar haremos mención de la compañía mimoplástica de Keller, polaco, con la cual sorprendió y di­virtió a Bogotá, en el año de1863.La formaban su hija Agustina, preciosa muchacha de diez y ocho años: Manuela Bergani, francesa; dos jóvenes hermanos, norteamericanos, y algunos nacionales. Los cuadros causaron verdadera ad­miración, no sólo por la completa semejanza con los ori­ginales, cuanto porque los iluminaba por la combustión del magnesio, que produce los efectos de la luz eléctrica.

Entre los cuadros profanos se contaban: |El Triunfo de Galatea, La lluvia de oro. El rapto de las Sabinas, Tetis conduciendo la armadura de Aquiles; y entre los religio­sos, |Caín y Abel, Jesús bendiciendo a los niños, La mujer adultera, El Pasmo de Sicilia, La cena de Leonardo de Vinci, y |El ultimo suspiro del Salvador. Produjo este úl­timo un sentimiento indefinible de piedad; pero la autori­dad eclesiástica lo sensuró por ser lugar profano donde se exhibía el misterio de laRedención.Las funciones se ame­nizaban con baile y pantomima que dejaban en los con­currentes gratas impresiones.

Y como espectáculo era fácil en su preparación, por­que los personajes eran mudos, pronto se aclimató en nues­tra sociedad hasta ponerse de |moda: rara fue la casa en donde no se dieron cuadros mimoplásticos en que servían de actores bellas señoritas, formándose así núcleos de agra­dables reuniones de familia, que dieron fin a la división causada en nuestra sociedad doméstica por la agitada política de esa época.

Concluiremos haciendo votos porque eche raíces en Bogotá la costumbre de asistir al teatro, no sólo entre la gente acomodada sino también en la clase obrera para que tenga lecciones objetivas de cultura y se aleje de las ta­bernas que devoran la salud y el ahorro; pero para esto es indispensable que los empresarios de teatro hagan algo en beneficio de la última.

 

anterior | índice | siguiente