ESPECTACULOS PUBLICOS
Si pudiéramos hallar algún medio o instrumento para
medir o comparar entre sí los espectáculos o diversiones públicas
de la actualidad, con los del tiempo pasado, de seguro que nos
daría la siguiente fórmula: las diversiones de Bogotá, superan a
las de Santa Fe, en calidad y cantidad, pero son muy inferiores en
intensidad.
Si hoy llamara la autoridad a alguien para rendir declaración
jurada sobre edad, estado y profesión, tendría que responder:
A la primera, mayor...de veintiún años;
A la segunda, candidato indeterminado; y
A la tercera, trabajar veinticuatro horas al día para
ganar con qué concurrir al diluvio de diversiones que han inundado
la ciudad.
Cambiaron en absoluto los usos y costumbres de tiempo atrás
establecidos para asistir a las diversiones y reuniones. Hoy se va
en coche iluminado con linternas, aunque los interesados habiten a
media cuadra de distancia de la tiesta; las señoras van vestidas
con tal lujo y buen gusto, como si asistieran a una función de
|gala en el teatro imperial de San Petersburgo. El recinto
del edificio, en el teatro iluminado a
|giorno presenta el
aspecto más deslumbrador, y las tres filas de palcos repletas de
mujeres bellísimas, como son las colombianas, parecen tres
guirnaldas de flores vivas, que lanzan miradas eléctricas que
eclipsan el brilo de los diamantes con que se adornan, por tener el
gusto de rivalizarlos y penetrar como dardos en el corazón de los
cuitados
|cachacos que la contemplan desde platea con ojos de
codicia.
A Dios gracias, los que ya pasamos el
|Rubicón y que, por
lo mismo, no somos hombres peligrosos, podemos penetrar en ese
recinto asegurados contra incendio, contentándonos con decir como
la zorra de las uvas:
|están verdes!
Pero es lo cierto que el objetivo de los asistentes al teatro no
es precisamente presenciar la ejecución del programa anunciado
sino encontrar pretexto para deshacerse de los
|billetes como
si tuvieran contagio del mal de San Lázaro, y, por supuesto, hacer
heroicos esfuerzos a fin de eclipsar a las demás en eso que podría
llamarse concurso de belleza y buen tono; y tan cierto es lo que
decimos, que al salir de una función las oímos exclamar:
|vengo
satisfecha; estuve feliz!; pero no dicen
|estuve
divertida!
También hemos notado una anomalía bien peregrina. Se impide a
las gentes
|non sanctas la asistencia al teatro como
espectadoras; pero se aplauden en la escena los hechos que motivan
el entredicho, lo que en nuestro concepto equivale a poner en
planta la ley del embudo.
En la actualidad van al teatro únicamente los privilegiados de
la fortuna o los que aparentan serlo, sabe Dios cómo; pero las
familias no acomodadas y los artesanos, no pueden hacer el
sacrificio de lo que ganan en varios días de trabajo, para
procurarse el ameno e instructivo placer de asistir, siquiera una
vez al mes, a esa clase de diversiones, por el alto precio de las
localidades.
Aunque se nos objete que "sabe más el loco en su casa
que el cuerdo en la ajena", diremos que los empresarios no
han tenido en cuenta las ventajas que reportarían, tanto ellos
como tas buenas costumbres si pusieran una sección de teatro al
alcance de la gente laboriosa, para fomentar el gusto por esas
reuniones y alejarla así de los garitos y tabernas, a que se ha
inclinado por falta de distracciones honestas, cuyo costo guarde
proporción con su presupuesto de rentas.
Nos permitimos llamar la atención del Gobierno hacia la
necesidad y justicia de que en el magnífico Teatro de Colón, se
faciliten al pueblo pobre los medios de asistir, con alguna
frecuencia, a los espectáculos que se den en ese edificio
construido con el dinero de todos.
El Coliseo de Santa Fe fue construido a fines del siglo XVIII
con dinero de don Tomás Ramírez, por el arquitecto Esquiaqui;
pero, probablemente por la impaciencia que hubo en estrenarlo, se
|festinó su terminación
|viosionalmente, como decía una
inscripción que había a la entrada, para empezar la representación
de comedias.
La muy galana pluma de don Juan Francisco Ortiz describió en
|La Guirnalda la historia y peripepcias de ese teatro, que
hasta el año de1885,en que se demolió para reemplazarlo con el que
hoy existe, fue el único conocido con el nombre de tal; pero ya
|mejorado o empeorado por los dueños, a quienes se les
expropió por cuenta de la Nación.
Tenía tres órdenes de palcos, todos con antepecho de lienzo del
Socorro, blanqueados con cal y adornados con festones pintados al
temple, pertenecientes a diversos dueños y arreglados según
capricho de cada uno. A la fila 1ª o
|de aba¡o concurrirá la
clase media y de vez en cuando algunas
|traviatas; a la fila
2ª o
|del medio, la aristocracia; y a la fila 3ª o
|gallinero, lo que su nombre indica, personas uno y otro sexo
de la clase baja.
La platea no tenía asientos de luneta; cada cual tomaba puesto
donde podía, sobre unas bancas patibularias. Fue en el año
de1840cuando se dividió el patio por la mitad y se inauguró, por
primera vez, el servicio de parques de orquesta, durante la
representaciones que dio la compañía Fournier. Al rededor de los
palcos de 1ª fila, en la planta baja, había un
|poyo de
material para que las cria
|das presenciaran la función,
mediante el pago de un real por cabeza.
El ciclo raso era una maravilla de los tiempos primitivos:
consistía en un gran toldo de lienzo ordinario todo manchado y
remendado, sostenido en el centro por un florón de madera dorada,
del cual salían radios de cuerdas forradas en percal amarillo y
atados a las columnas de los palcos del
|gallinero. Sobre ese
Olimpo vivían en paz octaviana un cuatrillón de ratas que se
alimentaban con los espléndidos festines que les proporcionaban los
restos de las grasas empleadas en el alumbrado, y los despojos que
quedaban por todas partes de las empanadas, tamales y demás
fiambres que llevaba allí el
|respetable público.
El alumbrado y los aparatos adecuados al afecto, no le iban en
zaga al cielo raso. Una gran arana, hecha por el insigne
|hojalatero Francisco Jiménez, con prismas y alcayatas de
hoja de lata y espejitos, se veía suspendida en el centro del
techo. Momentos antes de alzar el telón, se la hacía descender para
encender las ciento o más velas de sebo derretido que era el
tormento de los que quedaban debajo, y el deleite de los que
estaban fuera del radio de semejante aguacero.
En cada columna de los palcos había suspendido un farol en forma
de cono, hecho de lata y tiras de vidrios con su correspondiente
vela de sebo, y al frente del proscenio unos cuántos candiles de
barro, desplegados en guerrilla, repletos de gordana y sebo, con
la correspondiente mecha de trapo que al carbonizarse, despedía
olor nauseabundo, del cual se impregnaba todo el edificio.
El telón de boca, pintado por don Eladio Vergara en el año
de1840,representaba en la parte alta el caballo de
|Pegaso,
hendiendo con el casco la roca de la cual brotaba una fuente; en el
centro, Apolo con las Musas; en medio un ameno valle y varias otras
figuras alegóricas; a un lado en letras blancas romanas, la
siguiente octava real, compuesta por el que más tarde fue General
don Vicente Gutiérrez de Piñerez:
Da Pegaso en la cumbre de Helicona,
Hace brotar la fuene de Hipocrene,
Con las Musas Apolo se corona
De inmortal lauro que en la sien
mantiene.
En estro arrebatado el Dios entona
Guiando a sus hermanas, Melpomene,
El alado corcel conduce el coro
Ycon su inspiración resuena el Foro.
¿Quién creería que después de cincuenta años de pintado aquel
telón fuera el mejor que se hubiera visto en nuestros teatros,
incluyendo el que hoy está en uso en el Teatro Municipal?
Las decoraciones y tramoyas de la escena eran estupendas! Para
subir el telón se arrobaban del techo dos o más hombres prendidos
de los cables que lo sostenían; y para bajarlo,
|sans facon,
caía con estrépito, apagando los candiles que apestaban con el humo
de la pavesa y llenaba nde tierra a todos los que estaban próximos
al escenario. El mar se representaba con telas azules movidas por
cuerdas como péndulo de reloj; el viento, con bramaderas o
|zumbadores; los truenos o cañonazos, con golpes de tambora;
los rayos, con
|buscaniguas (cohetes sin truenos), y la luna,
con un farol opaco suspendido de una cuerda horizontal que se le
hacía recorrer.
La función se anunciaba para las
|ocho en punto pero lo
corriente era levantar el telón después de las nueve; mientras
tasto se entretenía el publico fumando cigarro, lo mismo que en los
eternos intermedios, con lo que se producía en ese recinto sin
ventolación, una atmósfera de humo insoportable, que hacía inútil,
el uso de binóculos, porque, lo mismo que en tiempo de nieblas, no
se alcanzaban a divisar los objetos situados a dos pasos de
distancia.
En cuanto al vestuario, se echaba mano de los restos que aún
quedaban de los vestidos que usaron los oidores o alguaciles de la
Colonia, y de los uniformes de los militares de la
Independencia.
|No se puede repicar y andar en la procesión,era un
aforismo sin valor en aquella época, porque el público era
espectador y actor al mismo tiempo. Se les llevaba el compás a los
músicos golpeando en las bancas; se entablaban diálogos entre los
autores en el proscenio y los espectadores en sus respectivos
asientos, o se hacían oportunas indicaciones a los tramoyistas
para la menor ejecución de la pieza; y lo que era sublime! Los
espectadores tomaban en serio los acontecimientos que simulaban
sobre la escena, llegando en su entusiasmo hasta insultar y
apedrear a los "protagonistas" que les eran
odiosos.
Si laprofesiónde cómicocomo se llamaba entonces a los
actoresse consideraba indecorosa, la de cómica se reputaba
como abominable. Para remediar la repugnancia que tenían las
mujeres a presentarse en la escena, se buscaban hombres del género
|promiscuo como decía Bretón de los Herreros, que vestidos
de mujer desempeñaban los papeles de las actrices, para lo cual se
daban trazas a fin de imitar las formas del sexo que
accidentalmente suplían: era muy frecuente que esos desgraciados,
olvidando lo que en esos momentos figuraban, dijeran con el mayor
aplomo,
|nosotras los hombres, vosotros las mujeres!
El gusto por las obras clácicas imperaba en todos, sin caer en
la cuenta de que ese precisamente es el escollo del teatro: también
ocurrían duramente las representaciones graciosas, tanto, que no
podemos resistir a la tentación de recordarlas.
En la compañía que figuró inmediaamente después de la
Independencia; representaba
|don Chepito Sarmiento que era un
mulato con cabeza de Meduza, rechoncho, de facciones vigorosas,
empleado como portero de Palacio. Una vez hizo el papel de rey Numa
y desde luego vistió túnica corta, ciñéndose escrupulosamente a las
costumbres que debió tener el buen rey, que según parece usaba de
rigurosa
|indumentaria. En el fondo del proscenio había un
dosel con lictores y un gran sillón en medio, que debía ocupar el
rey para impartir justicia: todo fue arrellenarse en el maldito
asiento y estallar entre los ocupantes de la platea una formidable
descarga de aplausos y vivas a Numa. ¿Qué produjo sométante
entusiasmo en los espectadores de la planta baja? Parece que la
túnica se le recogió más de lo necesario, dejando
|in puribus
a don Chepito.
Poco después se anunció la presenación de
|Pelayo, para
aprovechar la permanencia en esta ciudad del español José Goñi, que
se decía famoso actor. Al efecto, se encargó al maestro Jiménez,
que, cual otro Vulcano, forjara en su hojalatería la armadura del
héroe castellano. En el primer acto se presentó don Pelayo, armado
de
|punta en blanco entre un ajustado vestido de paño rojo al
cual estaban adheridos infinidad de pedacitos de lata que
figuraban escamas, celada con visera calada y grandes plumas de
avestruz, espadón de palo, enormes espuelas y guantes de manopla de
la misma confección que la armadura. Salió a pasos cortos, porque
no le dejaba movimiento tan extraño cuanto pesado traje. Aún no
había dicho la primera palabra cuando tuvo la desventura de
tropezar y caer a plomo, de bruces: viendo los espectadores
queelactor trataba de levantarse sin poderlo conseguir, empezaron a
gritarle:
|Pelayo está borracho! Afuera el chapetón!
Aprovechando un momentode tregua en aquella tempestad, el pobre
español logró que, como de entre la tierra, se le oyera exclamar
con voz lastimera:
Señores, yo no bebo nunca! Háganme la caridad de
levantarme porque me estoy ahogando! Instantáneamente se cambió la
|rechaifla en compasión, y de todas partes acudían presurosos
a salvar al maltrecho vencedor en Covadonga. Cayó el telón y se
advirtió a los asistentes que tomaran sus boletas al salir, para
cobrar al día siguiente el dinero que habían dado por ellas.
La primera compañía dramática que vino al país y mereció el
nombre de tál, fue la que trajo don FranciscoVillalba,en el mismo
año de1835,con el siguiente personal: el mismo Villalba y su
señora, doña Mariquita López, Antonio Chirinos, Francisco Martínez
(el curro andaluz), José López, y un Flórez, popayanejo; Tuliana
Fletcher segunda dama cantatrizy Rosa Lozano
bailarina limeña; además venían dos violinistas y un
|mulato
peruano llamado José Castillo, que tocaba la trompa
admirablemente.
Representaron con singularísimo éxito,
|La Jaira, de
Voltaire;
|FelipeII,Edipo, Aristodemo, rey de Mesenia, Las
tres sultanasy muchos otros dramas y comedias de las escuelas
es-española y francesa.
Por el mismo tiempo llegaron a Santa Fe don Romualdo Díaz y su
señora doña Juliana Lanzarote, ambos españolesentradillos en edad y
formaron una compañía dramática conalgunosaficionados de la
tierra. Dieron principio a sus trabados con las tragedias
|Blanca Moncasín, Lord Davenan, La enterrada en vida y otras
del mismo género.
Como esas compañías trabajaban cada una por su cuenta,
alternando en el servicio del teatro sucedió lo de
siempre
|que el pez grande se come al chico.La de
Villalbaque era muy superior a la de Díazrodó con
fortuna, y Díaz tuvo que abandonar el campo a su rival.
Fue en aquellos
|remotos tiempos cuando Villalba acometió
la empresa de poner en escena por primera vez, en el país de los
chibchas, óperas italianas con libretos traducidos al castellano:
|El Califa de Bagdad La Ceneréntola y
|La Iteliana en
Argel de Rossini amenizando el final de las funciones con
|tonadillas españolas, como
|La vuelta del soldado y
otras que gustaban mucho al público.
En el año de1848volvió el mismo Villalba con otra compañía de
cantantes, compuesta de los dos octogenarios, don Romualdo Díaz y
su venerable consorte doña Juliana Lanzarrote,
|prima dona;
Chirinos,
|bajo; el chapetón don Eduardo Torres,
|barítono; y Fernando Hernández, hojalatero venezolano, que
tenía una vocesilla de falsete con pretensiones a voz de
|tenor y era el encanto de los santafereños, ya en el teatro,
ya en el ramo de serenatas que le encomendaban los malferidos de
amor.
Entonces se pusieron en escena:
|El Barbero de Sevilla y
|Lucía de Lmermoor; al
|Barbero lo
|sobreaguó
Torres, que era un barítono de primer orden; pero la pobre
|Lucia, interpretada por una vieja ochentona que al abrir la
boca para cantar parecía una esfinge, cuyos dientes y muelas hacía
varias décadas que habían trasteado a otra parte, cayó para no
levantarse hasta que la rehabilitó Rosina Olivieri veinte años
después.
La compañía de Fournier puso en escena el bellísimo drama de don
Tomás Rodríguez Rubí, titulado
|Las travesuras de Juana. En
la chistosísima escena en que al presentarse el bandido Testaferro
y sus compañeros para robarse a Juana, las monjas se defienden
arrojándoles macetas de flores, taburetes, libros, etc., el público
tomó parte en favor de las asaltadas y empezó a tirar sobre los
supuestos bandidos, lo que le venía a las manos. Sorprendido
Testaferro con tan inesperado ataque de flanco, tuvo el buen juicio
de tomar antes de tiempo, con los suyos, las de
|Viladiego.
Los más exaltados en tan singular combate decían con airecillos de
triunfo: ¡que vuelvan, si se atreven, para que vean cómo le
va!
En la
|Gallera vieja representaron algunos artesanos
aficionados, la tragedia de
|Policarpa Salavarrieta, Todo
marchó muy bien hasta el momento en que introdujeron el cadáver de
Sabaraían a la capilla en que estaba la Pola preparándose para
morir; pero al llegar a esta escena se desencadenó la más terrible
borrasca contra Sámano y los verdugos españoles: unos pedían la
cabeza de los tiranos; otros, que lo apedrearan, y los más, que se
pusiera fuego a la casa que era de techo pajizo. La situación se
puso
|crespa y ya parecía inminente un conflicto, cuando se
le ocurrió al empresario la estratagema más oportuna: se presentó
en el proscenio y dirigió a los enfurecidos espectadores el
siguiente discurso:
"Respetable público: En atención al justo desagrado con
que se ha recibido la sentencia que condena a Policarpa
Salabarrieta a sufir la pena de muerte, el excelentísimo señor
Virrey don Juan Sámano ha tenido a bien conmutarla por la de
destierro a los Llanos".
Nutrida salva de aplausos acogió tan humanitaria resolución y
todos quedaron contentos y convencidos.
La represenación de la tragedia
|Lucrecia Borgia, de
Víctor Hugo, dio lugar a un acceso de hilaridad indescriptible.
Quizá haya aún quien recuerde al popular doctor Ciriaco Torres,
conocido con el apodo de
|Rompegalas, sin duda por el
desgreño con que siempre llevaba el vestido y por el peremne estado
de
|lúcida chispa en que vivía. Por de contado que entraba de
|gorra a todos los espectáculos, pagando la entrada con
improvisaciones en verso que le exigían los cachacos.
La escogida compañía de don José Velabal ejecutaba dicha pieza
con notable propiedad: el teatro estaba colmado y en la mitad de la
platea ocupaba Torres lugar prominente, manifestando con repetidos
aplausos los satisfecho que estaba del espectáculo. Ya estaba para
terminar el último acto, en que puede decirse que el autor
concentró sus facultades para darle el mayor grado de intensidad
dramática. Entre los espectadores reinaba profundo silencio, a
causa de las emociones que sentían; pero en el momento en que
entraba Lucrecia acompañada de los penitentes que debían ayudar a
bien morir a los envenenados libertinos,
|Rompegalas lanzó
un estruendoso.. .
|vizcaíno y se puso a palmetear
desaforadamente. Los mismos actores no pudieron menos de acompañar
al público en la desatentada carcajada que produjo aquella
ocurrencia.