LOS COLEGIOS Y LOS ESTUDIANTES
INVIRTIENDO el orden de antigüedad, y empezando por donde
debiéramos acabar, trataremos de hacer una relación de los usos,
costumbres y necesidades estudiantiles de ogaño.
Desde que los ilustres y desinteresados patriotas don Lorenzo M
Lleras y don Luis María Silvestre establecieron, por los años
de1846y1850,colegios de enseñanza secundaria y profesional, al
estilo de los que de igual clase habían visitado en los Estados
Unidos, vendiendo cuanto tenían para emplearlo en la fundación y
sostenimiento de las empresas que los arruinaron, empezó a
sentirse notable cambio en el modo de ser de nuestros
estudiantes.
El local del Colegio del Espíritu Santo, el mismo que hoy ocupa
el Asilo de Niños Desamparados, fue construido por el doctor
Lleras y en el recibieron educación muchos jóvenes que han
figurado con lucimiento en nuestra
sociedad, entre otros ,el sabio Triana, Santiago, Felipe y
Rafael Pérez, Arcesio Escobar, Ricardo, José Manuel y Luis Lleras,
José María Quijano Otero Lisímaco Isaacs, Guillermo Uribe, Luis
Bernal.
En el gran salón de estudio se arregló con el carácter de
permanente, un escenario ornamentado con bellísimas decoraciones:
allí se representaban por los alumnos piezas dramáticas, entre
ellas el "Jacobo Molay" en cinco actos y en
verso, obra del precoz ingenio de don Santiago Pérez, de dieciocho
años de edad entonces, que le mereció un rudo estudio crítico de
don Mariano Ospina.
El uniforme de los estudiantes era lujoso: frac y pantalón de
paño azul oscuro y chaleco de piqué blanco, todo con botones de
metal dorado, guantes blancos de cabritilla, sombrero de copa; en
cada solapa el frac llevaba una paloma bordada de plata. Sentábales
muy bien a los jóvenes mayores; pero los que aún eran niños
semejaban caricaturas de hombre. Siempre nos ha parecido del peor
gusto aprisionar a los muchachos dentro de vestidos incompatibles
con su edad.
En la parte del convento de franciscanos que hoy forma la
prolongación de la antigua Calle de Florián, con los edificios
construidos hacia el Occidente, restableció don Luis M. Silvestre
el tradicional Colegio de San Buenaventura El uniforme era
semejante al de los alumnos de la Universidad de Oxford: toga de
merino morado con vueltas negras, sujeta al cuello con un cordón de
seda del mismo color, de donde pendía cruz griega de plata; birrete
de paño negro, con borla de seda, chaqueta y pantalón de paño
negro y guantes blancos de cabritilla.
El régimen interior del Colegio estribaba en estimular a los
jóvenes por el sendero del honor y de las nobles acciones. Los
buenos resultados que dio ese sistema se comprobaron con la
particularidad de que, durante un semestre sólo hubo necesidad de
penar con encierro de pocas horas a un estudiante por falta de aseo
y pulcritud en el vestido. Allí se nos trató como a príncipes, por
todos aspectos. En ese plantel se educaron Pómulo Duran, Dolcey
Patino, Luis Segundo. Adolfo y Zoilo de Silvestre, Ricardo y
Eustasio de Latorre, Jorge Isaacs, Antonio j. Toro, Jenaro Moya,
Lucio Pombo y muchs otros que no recordamos.
En el año de1856fundó su colegio el inolvidable don Ricardo
Carrasquilla, con el objeto de proporcionar educación a sus hijos,
de acuerdo con las ideas religiosas de sincero católico que siempre
profesó: Bernardo Herrera Restrepo, Arzobispo de Bogotá; Ruperto
Ferreira, Carlos Michelsen U., Roberto Suárez, Carlos, Rafael y
Joaquín E. Tamayo, Aquilino Niño, Manuel Vicente Umaña, Ignacio
Gutiérrez P., Enrique Argáez, Carlos Martínez Silva, Francisco
Montoya M., Luis M. Herrera, José Manuel Restrepo S.,
AristidesV.Gutiérrez, Enrique Morales, Manuel J. de Caicedo, y
muchos más que no tenemos en la memoria, pero entre los cuales se
encuentra una de las lumbreras más preciadas de nuestro clero, el
doctor Rafael M. Carrasquilla, dan la prueba de la bondad de aquel
plantel: los alumnos no usaban uniforme, pero vestían trajes que
estaban en reacción con la fortuna de las familias a que
pertenecían.
Otro de los establecimientos de educación, entre los que dieron
buenos frutos, fue el de don Santiago Pérez; de allí salieron
Felipe Silva, Cornelio Manrique, Julio Barriga, Rufino J. Cuervo,
César Guzmán, Alejandro Rivera, Diego Rafael de Guzmán y cien
más.
al restablecerse la. Universidad Nacional en 1868, cambió por
completo el modo de ser de nuestros estudiantes. Se empezó por
vestirlos como a hombres serios, tal vez para comprobar el adagio
de que
|el hábito no hace al monje. Al principio, salvo
algunas incorrecciones, todo marchaba muy bien; pero a medida que
las libérrimas instituciones políticas de esa época fueron calando,
las cosas pasaron de otro modo, y desde entonces puede decirse que
los jóvenes tomaron afición a la política, a hacer malos versos, a
perjurar y a renegar de su sangre en las mesas electorales, a fumar
cigarrillo, a beber brandy, a frecuentar garitos, y las compañías
|más que sospechosas; a contradecir, por sistema, el
sentimiento religioso del país; a perorar en el cementerio,
|espetándole al muerto discursos brutalmente materialistas; a
armar camorra todas las noches en la
|Botella de Oro o en
|Los Portales, poniendo en danza los revólveres, sin
cuidarse de los infelices transeúntes que por
|equivocación
echaban al otro mundo; a irrespetar a las mujeres, hasta obligarlas
a emprender largos rodeos para librarse del escarnio al tener que
pasar por junto de ellos: y lo que era más triste aún, a
proporcionar a los boticarios pingües ganancias por el enorme
consumo de
|drogas mercuriales y otros específicos que en
castigo de sus pecados les propinaban los
|esculapios.
En vano clamaban los rectores de los primeros establecimientos
públicos y la prensa del país, pidiendo nuevos rumbos en el sistema
de educación y severidad de costumbres; pero nada se lograba
porgue se carecía de medios legales para destruir el mal. La
revolución política de1885, puso término a esos escándalos que nos
hacían aparecer como bárbaros ante el mundo civilizado, y en
justicia debe abonarse al
|Haber de la Regeneración la
extinción de aquellas insoportables zambras.
Reconocemos con ingenuidad que hubo honrosas excepciones, y que
no todos los jóvenes seguían las mismas extraviadas huellas; pero
eso no se debía a la atmósfera que los rodeaba sino al buen ejemplo
que recibían en el seno de sus piadosas y cultas familias. La mayor
parte de las víctimas que marchitaba aquel vendaval, era de
estudiantes forasteros que venían a
|ilustrarse en la
capital.
En la actualidad puede decirse que nuestros estudiantes son
|muy buenos muchachos: todos, cual más, cual menos, visten
con elegancia y buen gusto; pero van adquiriendo hábitos de lujo
que a veces los ponen en aprietos. Se hacen lustrar el calzado por
los
|bola-botín; el lazo de la corbata que llevan tiene todas
las proporciones de exquisito arte; el sombrero, guantes y
junquillo que usan guardan entre sí completa armonía; llevan reloj
(prenda obligada), aunque sea de níquel, pero siempre con cadena o
pendiente de oro o metal que lo parezca; frecuentan las peluquerías
de Giléde, Saunier, o Huard para que les
|hagan la capul y los
afeiten, aunque sólo ostenten rubicundos cachetes con peluza de
durazno; usan perfumes exquisitos, mancornas y prendedor de oro y
pedrería, cuello, puños y pechera de la camisa que aparenta ser de
porcelana; van a la ópera, a parque de orquesta; a toros, a los
puestos de sombra; en los hoteles se hacen servir ostras, vino de
champaña Monopole y cigarros habano de la
|Vuelta abajo o
cigarrillos de
|La Legitimidad; pasean en landó, porque el
tranvía es una vulgaridad; montan con botas de charol, casco
prusiano y en galápago Camille, en caballos que valen cuando menos
quinientos pesos oro; usan papel vitela con monograma para la
correspondencia; dejan tarjeta grabada si no está en casa la
persona a quien van a visitar, y tienen cuenta corriente, cuando
menos, en alguno de los bancos de la ciudad. ¡Qué buena vida si no
hubiera infierno!
Los estudiantes de
|antaño no parecían ni prójimos de los
de
|ogaño. Todos eran
|cuasi mendigos, aun cuando sus
padres fueran ricos o acomodados, porque se creía prudente educar
a los jóvenes en rigurosa economía, previendo que, tarde o
temprano, tendrían que aprovechar esas lecciones objetivas; se
juzgaba que no debía
|pecarse contra la caridad, creándoles
a los muchachos necesidades y haciendo de ellos
|hombres
festinados, que a pocas vueltas se j
|ubilan o para
quienes la vida viene a ser verdadero tormento.
En todas las casas había un cuarto que se llamaba de
|trastajos (hoy guarda-ropa), en que se archivaba, entre
otras cosas, la ropa usada de los habitantes pasados y presentes;
ese era el
|parque de donde los padres se proveían de los
elementos indispensables, no diremos para vestir, sino para
envolver la prole.
Los trajes viejos de zaraza desteñido y los demás regazos de la
ropa blanca se transformaban en camisas: los
|calzones de
dril de
|tapabalazo se recortaban a la medida del postulante,
y si el crecimiento era precoz, se les añadía lo necesario, o se le
adjudicaban al hermano menor. El mismo procedimiento se adoptaba
para la chaqueta y el chaleco, cuyas botonaduras eran de hueso.
Estas prendas del vestido se llevaban a
|cuerpo limpio,
porque los calzoncillos y medias eran superfluidades buenas sólo
para las personas de respeto; los calzones se atacaban con un
orillo de paño, el que a veces, cuando había botones, desempeñaba
oficio de
|calzonarias y en cuanto al calzado, era de tres
clases: correspondían a la primera los
|suizos de cuero de
zoche, curtidos en Sogamoso, de color de quina, cosidos con
cabuya encerada, como la usan los pirotécnicos, que se ataban con
cuero de lo mismo, se compraban por
|palitos, como las papas,
y por término medio costaba de
|tres a cuatro reales cada
par; a la segunda, las
|babuchas de tafilete azulado,
curtido en el país, clavadas con estacas de palo de naranjo; y a la
tercera las alpargatas, aseguradas con ataderos hechas por los
presidiarios.
Invariablemente estaban divorciados el calzado con los
pantalones y éstos con el chaleco. Para defender la cabeza se usaba
el sombrero de color
|panza de burro de fieltro, hecho por el
maestro
|Paredes con pasta de lana endurecida con un baño de
|agua-cola bastante oliscosa, bajo de copa y alón, con cordón
de lana cenicienta, rematado en borlas, y con una faja de badana
alrededor de la parte interior de la copa para precaverlo de la
grasa del cabello. Algunos
|afeminados se procuraban
cachuchas disformes, fabricadas con pieles de
|runcho, ratón o
zorro; en banderola llevaban la
|chácara de cuero curtido
o de piel de gato, para guardar los libros y el recado de
escribir.
Esta figura estrafalaria quedaba velada de los hombros para
abajo, con el prehistórico y clásico capote de
|calamaco de
lana, de cuadros escoceses de todos los colores del arco iris. Esta
importantísima e indispensable prenda principal del vestido, se
componía de dos partes: una túnica que llegaba hasta los tobillos,
abierta por delante, con agujeros laterales, como los de las
sotanas de los antiguos clérigos, para sacar los brazos cuando se
cerraba abotonándola, y la esclavina, que arrancaba de un cuello de
felpa de lana de color vivo, y llegaba hasta las rodillas, todo
forrado en
|bayeta de Castilla
|de color rojo,
amarillo, verde o azul celeste, sujeto sobre el pecho con broche de
cobre formado por cabezas de león engarzadas por una cadenita. En
cada extremo de la esclavina se introducía una bala de plomo
|de
a onza, sonsacada a los soldados, mediante pago de un cuartillo
por cada ejemplar, balas que constituían la principal arma ofensiva
del estudiante. La tal
|solapa era muy aborrecida de las
|beatas porque con ellas les tumbaban los
|solapados
el sombrero de copa alta. Por último, el capote tenía dos
bolsillos
|monumentales sobre los dos costados del pecho.
El primero constituía la despensa y farmacia de su dueño allí
caían en fraternal consorcio, la
|longaniza asada en la vela,
los patacones, y frito economizados en el almuerzo, las panelitas
de leche y las cuajadas, con una que otra empanada o
|tamal
pelechado en merienda ajena, y, en fin, el tradicional cabo de
vela de sebo envuelto en
|telas de cebolla colorada, como
amuleto infalible para amenguar los efectos de la férula o
|el
ramal.
En el otro bolsillo se guardaban los
|objetos de arte como
la
|coca, el trompo, la taba (huesito de cordero para echar
suertes) y el
|zumbador.
En los días feriados se eclipsaban el capote y la demás ropa de
|cuartel para sacar a lucir el vestido hecho por sastre, y
también con el fin de dar tiempo a la familia para arreglar los
estragos causados en el traje durante la semana. Los de familia mas
acomodada llevaban debajo del capote, vestidos de pana de algodón o
triple inglés rayado, hediondo, y de color de escama de culebra
cascabel, botines de cuero de becerro teñido con tinta
especialísima que despedía un olorcillo nada apetecible, y el
sombrero de Suaza o cachucha de paño.
Se enseñaba aritmética, por Urcullu; castellano, por autor
anónimo; francés por Chantreau; psicología, por Zerusez; latín, por
Nebrija, y del mismo estilo eran los demás textos, todos tan
ininteligibles, que, como dice el Manco de Lepanto, ni Aristóteles
que resucitara les desentrañaría sentido. En la obra de geografía
que usábamos, cuyo autor no recordamos, se leía en el año de1846,lo
siguiente:
"Santa Fe de Bogotá, capital de Colombia, situada al
pie de los
|nevados de Monserrate y Guadalupe, en donde nacen
los
|caudalosos ríos San Francisco y San Agustín,
atravesados por magníficos puentes; en sus
|aguas se pescan
|anguilas y
|capitanes. Todas las calles están
|perfectamente empendradas y embaldosadas, y por el centro de
ellas corren
|arroyos
| de aguas puras y
cristalinas.
!Lástima que nuestro geógrafo no hubiera venido a echar las
redes o el anzuelo en los caudalosos ríos para ver qué comía de lo
que sacara!
El latín empezaba por el
|musa, musae y la conjugación del
verbo
|amo, amas. amare; pero se castigaba con extrema
severidad al que ponía en practica el
|amor o alguno de sus
derivados.
Los estudiantes tenían entre sí la mas estrecha solidaridad y
la menor infracción a este respecto se castigaba golpeando con los
capotes al delincuente. lo que se llamaba dar
|capoteo.
Algunos
|patanes ejecutaban atrevidas salidas
clandestinas por medio de
|lazos (cuerdas) llenos de nudos,
a fín de poderse prender con mas facilidad, operación que se
llamaba
|echar culebrilla, para la cual el autor principal
necesitaba cómplices y auxiliares.
Fijada la hora para una noche bien oscura, se arreglaba la cama
de los actores colocando sobre ella algo que se pareciera al
estudiante acostado; un extremo de la cuerda se
|amarraba a
la ventana por donde se hacía la evasión, y santiguándose cada cual
para librarse de
|todo mal y peligro se lanzaba al espacio,
ni más ni menos que las arañas al dejarse caer de lo alto para
fabricar su red. Aquel a quien la suerte designaba para bajar
primero, atesaba la cuerda para que los demás lo hicieran con menos
peligro, y el ú
|ltimo mono se ahogaba, queremos decir, se
resignaba a recoger la soga, guardándose para otra oportunidad. La
falta absoluta de alumbrado y serenos facilitaba la fuga; pero
siembre se considero esa travesura como acción distinguida de
valor, especialmente si tenía por teatro el costado occidental del
Colegio de San Bartolomé, porque el punto de partida era el
altísimo tejado, y el sitio obligado para apoyar la
|culebrilla era alguna de las ventanas de las galerías
situadas sobre dicho tejado. La vuelta al colegio era mas fácil, y
para ello se aprovechaba la entrada
|a paso de los externos,
a las seis de la mañana; nunca faltaba
|capote amigo que
encubriera los prófugos a la vigilante mirada del portero.
Si el catedráico era
|intransigente se la jugaba de
varios modos. En una ocasión, el de aritmética tomó la costumbre
de burlarse de
|un patán perdido que vestía levitón de bayeta
ecuatoriana de color castaño, y en cada caso en que se ofrecía
mencionarlo, decía:
|a ver el señor levita de rapé.
Un día, al sentarse el catedrático en su cátedra, empezó a
husmear, como hacen los perros de cacería al descubrir la pista del
venado; atormentado con lo que olía, el desgraciado exclamó en
tono lastimero:
|señores, el que haya pisado puede salirse!
Todos acudimos presurosos a examinarnos para ver si aprovechábamos
tan intempestivo asueto, pero no nos tocaban
|las generales;
desesperado el catedrático, que era un pobre padre de familia,
levantó de obra antes de tiempo, yéndose a su casa en
derechura.
Parece que
|levita de rapé fue el autor de aquel
desaguisado, porque el maestro no volvió a llamarlo con tal
apodo.
Los castigos, lo mismo que en los tiempos del tormento, eran
ordinarios o extraordinarios. Los ordinarios consistían en
ferulazos que se recibían en las palmas de las manos, con garbo y
como diciendo, esto no es conmigo; y en encierro, diurno o
nocturno, con cama o sin ella, pero siempre con el capote, que la
suplía. Los
|extraordinariamente extraordinarios, se
resolvían en el
|ramal o la expulsión. Una semana entera de
pésimos o faltas mayores contra la moral o buenas costumbres
dentro o fuera del colegio, se castigaban, lo primero con tres y
lo segundo con doce azotes.
Cuando el lunes decía el pasante en la clase:
|dominus
Titurbios Tipacoque pessiman dedit, el nombrado echaba con
disimulo
|mano a la cartuchera, sacaba el consabido cabo de
vela de sebo, envuelto en cebolla colorada y presuroso se daba
frotación en las partes que iban a quedar expuestas a los golpes
del enemigo.
El catedrático, con la misma solemnidad con que el alto
magistrado dice:
|En nombre de la República y
|por
|autoridad de Ia lev. pronunciaba la fatídica sentencia:
|pase al rincón! En el acto dos estudiantes se quitaban los
capotas. y con un ayudante los extendían como cortinas en uno de
los rincones de la clase: el reo se dirigía al lugar del suplicio.
implorando suavidad de manos del pasante ejecutor. Ya en el
recinto, sin ofender el pudor de los alumnos, se le desatacaban
los calzones que caían sobre los tobillos. exactamente como los de
Sancho Panza en la aventura de los batanes: un patán robusto
tomaba las manos de la víctima y las colocaba sobre sus propios
hombros, al mismo tiempo que otros dos estudiantes le sujetaban los
pies para evitar las cabriolas.
Preparadas así las cosas, sin alterarse v con santa paciencia.
el pasante dejaba caer el
|ramal dando en e1
|blanco.
metódica v concienzudamente: a cada descarga respondía un ay!
terminada la eiecución. volvíana sus puestos pará oír el discurso
encomiástico de los azotes que al compungido ajusticiado aplicaba
el maestro. Se nos olvidaba decir que quien hacía las veces de
carguero, corría dos peligros: el primero, recibir algún ramalazo,
en las espaldas cuando el penado z
|afaba el cuerpo, y el
segundo, la inundación que solía producir la congoja del
paciente.
Todos los años por la Cuaresma se daba a los estudiantes un
retiro espiritual durante tres días; allí era el
|crujir de
dientes, por la idea de tener que desembuchar las verdes y las
maduras.
Como sucede en todos los
|ejercicios, el primer día se
encarecía la conciencia: el segundo. se echaba a todos al infierno,
y el tercero, se dejaba la esperanza de salvación, mediante
confesión sincera y enmienda de costumbres.
El examen de conciencia era de lo mas sencillo: se juntaban los
colegiales en algún sitio apartado, provistos de papel y lápiz: uno
leía en alta voz la lista de todos los pecados cometibles. y cada
uno apuntaba los que le correspondían.
Desde las doce del último día de ejercicios empezaban a llegar
los sacerdotes a confesarnos. La proximidad de aquel acto, siempre
imponente, y el temor natural que en esos casos se apodera de los
muchachos, influían para que hiciéramos esfuerzo con el fin de
cerciorarnos de que el confesor que eligiéramos era de los llamados
de
|manga ancha. Nos contábamos entre los que estaban en
este caso, por una aventura en que habíamos tomado, si no parte
activa, sí alguna de
|dudosa ortografía por lo que la
conciencia nos hacía ver en esos críticos momentos nuestra culpa
elevada a la quinta potencia.
Un estudiante endiablado, conocido por el apodo de
|Turra,
de esos que ya no son niños y cuyo metal de voz semejaba el
graznido de los gansos, nos convidó a varios
|cachifos el día
de San Juan para ir a bañarnos a Tunjuelo, con la advertencia de
que cada uno debía llevar algo de fiambre o el dinerillo que
pudiera; en esos tiempos medio real
|de granada era un
capital. Dejamos a guardar en una
|chichería de los arrabales
los capotes y calzado y emprendimos marcha en cuerpo y
|ad pedem
litterae. Más acá de la
|Vuelta del Alto entramos a una
casita de paja en que vivía una pobre mujer que tenía de venta en
la tienda, longaniza mohosa,
|panes de a cuarto como
guijarros, cuajadas agrias,
|revenidos alfandoques, y
conservas de cidra, de las que se hacen para aprovechar en los
trapiches el agua con que se lavan el cuerpo los
|peones
enmelados.
|Turrahizo la requisa de nuestros bolsillos, y extrajo de
ellos real y medio; incluso un cuartillo de
|león algo
sospechoso; compró con ese dinero longaniza y pan, rogó luégo a
la ventera que asara la primera sobre las brazas de boñiga que, por
esos lados, es el único combustible de los pobres.
Apenas hubo desaparecido la ventera,
|Turra saltó por
sobre el mostrador y se echó a los bolsillos unos cuantos
alfandoques y conservas, exclamando con aire de triunfo: nos
salvamos, el dulce es mi fiambre! A poco volvió la mujer y nos
entregó el
|asado satisfecha de la venta extraordinaria que
había hecho y deseándonos buen viaje.
Atendida la calidad y cantidad del hurto, creemos que podría
estimarse en siete y medio centavos, papel moneda. Proseguimos
nuestro camino y después de darnos un baño helado en agua cenagosa
devoramos los comestibles y regresamos a la ciudad encaminándonos
por entre los potreros de
|Llano de Mesa, a fin de evitar el
paso por el frente de la casa asaltada.
Los actores de aquella tragicomedia nos comunicamos la cuita que
nos roía, y para proceder con acierto en asunto tan grave, convino
|Turra en tantear vado con un venerable y anciano religioso
candelario que acababa de entrar a la capilla: nada menos que el
padre Achuri. En pocos momentos se confesó y al levantarse se
volvió hacia los que formábamos rueda esperando el turno; juntó los
dedos de la mano derecha, los aproximó a la boca, e imprimiendo
sobre ellos un ruidoso beso. exclamó:
|superior!
No había terminado
|Turra la última silaba, cuando nos
precipitamos de rodillas ante el confesor, quien nos envolvió en
su manto, echándonos los brazos: tomamos esa actitud del padre como
una confirmación de lo asegurado por nuestro catador, y empezamos
la confesión como debe hacerse, por lo más gordo. Sin medir el
alcance de nuestras palabras, nos acusamos de
|robo en cuadrilla
y en despoblado. Al oír semejante atrocidad, se estremeció el
venerable padre y sin duda debió de creer que se las había con
algún compañero del famoso cuatrero Quiroga, que en esa época era
el terror de la Sabana.
Por lo pronto nos agarró de una oreja, temiendo que nos
escapáramos y nos acosó a preguntas y preguntas capciosas, como
dicen los
|tinterillos; nos afeó el delito en términos
vehementísimos, pronosticándonos el presidio y la
|vergüenza
pública si reincidíamos y no nos enmendábamos. Prometimos
cuanto nos exigió el confesor, y a Dios gracias, esa lechoncita nos
acostumbró a no tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueño.
Mohinos y compungidos nos levantamos para cumplir la pesada
penitencia que se nos impuso, pero al mismo tiempo admirados de que
|Turra que había sido el autor principal, hubiera salido con
tánta felicidad.
Algunos años después, al anochecer y al llegar al río Prado, en
viaje para Neiva, vimos un jinete de barba espesa, montado en
magnífica mula, con sombrero alón de Suaza, en pechos de camisa,
zamarros de piel de tigre y enormes espuelas; al acercarnos nos
gritó:
|Mosca! tal era el apodo aplicado por los
|calentanos a los bogotanos. En el acto reconocimos a
|Turra, que iba, según nos dijo, a vender cacao a la
|Mesa
de Juan Díaz y a comprar sa1 del Reino (Zipaquirá); nos invitó
a que pernoctáramos debajo de unos corpulentos
|hobos en que
guindaríamos las hamacas, ofreciendo festejarnos con un espléndido
avío consistente en suculento chocolate servido en jícaras de
plata, acompañado de bizcochos calentanos, queso de ojo, tasajo y
|patacones. Allí nos refirió que el
|fullero del
acudiente había escrito a su padre que no lo volviera a enviar al
colegio, porque no era aparente para los estudios, y que ése lo
había
|zampado en la labranza de cacao; que para quitarle
las malas inclinaciones lo había casado con una prima, y que ya
tenía dos
|timanejitos, macho y hembra, que ponía a nuestra
disposición; pero que siempre le había quedado el resabio de
|saltar la talanquera.
Después de tomar el último trago nos tendimos en nuestras
hamacas y ya estábamos durmiéndonos cuando
|Turra nos
dijo:
|Mosca!¿te acuerdas del Padre Achuri?Sí que
me acuerdo, bellaco, y ahora me vas a explicar el misterio de lo
que hiciste para salir tan bien librado en la confesión aquella,
porque yo, que no fuí sino mero testigo de lo que atrapaste en
Tunjuelo, casi pierdo las orejas.
Majadero!, nos respondió; ni el Padre me preguntó ni yo le
dije, y... hasta mañana!
A medida que los colegiales iban subiendo a clases superiores,
mejoraban de vestido, y al entrar a Facultad mayor, dejaban los
trajes humildes para usar ropa de paño de corte elegante, sombrero
|de pelo, capa española y botas de charol con cañones de
tafilete de color. Esos señores no alcanzaban a ver a los
|cachifos, y a ellos se les consideraba como a fruta próxima
a madurar, es decir, no se les castigaba sino con amonestaciones y
en lo general, cuando eran aprovechados, más que discípulos eran
los amigos de sus maestros. El uniforme de los colegios de San
Bartolomé y del Rosario se componía de bonete, hopa y beca: roja la
del primero, con un J. H. S. y blanca con la cruz de Santo Domingo,
la del segundo; con estos trajes se consideraron honrados
Francisco de Paula Santander, Francisco Soto, Castillo Rada,
Caldas, Camilo Torres, José María y Joaquín Mosquera, Torices,
Lozanos, Joaquín Camacho y cien más que fueron el orgullo de su
patria.
Bajo el régimen que injustamente se llamó tiránico, fanático y
retrógrado, implantado por don Mariano Ospina, se desarrollaron e
ilustraron talentos de primer orden, tales como Salvador Camacho
Roldan, Francisco E Alvarez, José María Rojas Garrido, Aníbal
Galindo, Carlos Martín, los Pereiras Gambas, Eustorgio y Januario
Salgar, Teodoro Valenzuela, Manuel y Rafael Pombo, José Joaquín
Vargas, José María Vergara Tenorio, José María y Miguel Samper,
Froilán Largacha y muchísimos otros de quienes nos es
satisfactorio poder decir que han servido con lucimiento y lealtad
a la causa de sus convicciones.
Otra excentricidad de esos tiempos eran los apodos que se daban
los estudiantes según su procedencia: al de Bogotá se le llamaba
|mosca; al de Popayán,
|tragapulgas; al del Tolima,
|timanejo; al de Cali,
|calentano; a los costeños,
|piringos; al antioqueño,
|maicero; al de Boyacá,
|indio; y al de Santander,
|cotudo.
Se hubiera podido hacer una exhibición de productos
alimenticios, con los objetos que de las provincias enviaban a los
colegiales, y de los cuales sólo podía tomar su dueño el
|diezmo, porque el resto correspondía a la masa común. De
Antioquia venía algarroba, hedionda como la valeriana
|gofio
o hígado disecado al sol: de Popayán, monos de pastilla
(estoraque), dulces finos y pelotas de caucho; del Valle del Cauca;
calillas de tabaco de Palmira, cajitas de dulce, chocolate y
|quereme para echar entre la ropa; del Tolima, chocolate,
bizcocho de maíz y
|tasajo de ternera; de la Costa, camarones
y cocos; de Boyacá, quesos de estera, dátiles de Soatá y
bocadillos de Moniquirá y de Santander, batido, tabacos de Girón,
masato de Vélez
|en perra de cuero y paquetes de hormigas
fritas.
Los textos heterodoxos adoptados después de 1861 en los colegios
de San Bartolomé y Nuestra Señora del Rosario para las enseñanzas
de filosofía y jurisprudencia, contra la voluntad expresa de los
fundadores de esos importantes planteles, colocaron a los católicos
en la dura alternativa de abstenerse de hacer aquellos cursos, o de
someterse a estudiar métodos que lastimaban la fé religiosa que
profesaban.
Aquella repugnante imposición y el deseo de contribuir a darle
fin, inspiró al doctor José Vicente Concha, en el año de1864,la
idea de fundar el colegio, que diez años más tarde recibió el
nombre del gran Pontífice PíoIX, conferido por el mismo Papa; que
se estableció primero en una casa particular y después en el
edificio contiguo a la iglesia de La Tercera, donde se estudiaron
con gran provecho los diferentes ramos de filosofía y derecho, al
mismo tiempo que se inculcaron sólidos principios de moralidad y
cultura a los educandos, entre los cuales se encuentra, entre otros
muchos, nuestro amigo predilecto que lleva el mismo nombre de su
respetable y modesto padre, modelo de patriotas desinteresados.
La carta autógrafa que reproducimos a continuación, es el mejor
comprobante que podemos presentar a los lectores en apoyo de
nuestras opiniones a este respecto:
"A nuestro querido hijo J
|osé Vicente Concha
En la ciudad de Sana Fe, en la República de la Nueva
Granada.
PIO P. P.IX
Querido hijo, salud y Bendición
Apostólica.
Hoy que la juventud estudiosa está amenazada por tantos daños y
peligros a causa de las erróneas y falsas doctrinas que predican
quienes siguen la sabiduría de este siglo, ciertamente nada más
saludable y oportuno que el que los cuidados de los buenos se
enderecen a dar sólido fundamento a la instrucción de la juventud,
a fin de que apartada de las turbias y perniciosas fuentes, pueda
beber en los puros manantiales de la doctrina e informarse en la
cristiana virtud. Y como tú, querido hijo, has aplicado tu
importante, solicitud con noble empeño en esta grande obra, como
entendimos del cumplido testimonio de tu Prelado, no podemos menos
de alabar encarecidamente en el Señor tu obra y labor. Porque
sabemos que has fundado en esta ciudad un establecimiento público
de instrucción en que se enseñan letras, filosofía y
jurisprudencia, y donde la juventud crezca en la piedad cristiana,
con el auxilio de ilustres varones que en ese establecimiento de
ciencias desempeñan el magisterio.
Os damos, pues, de corazón los parabienes a ti y a tus
cooperadores, porque habéis querido tan preclaramente merecer de
la Patria y de la religión en tiempos tan llenos de adversidades, y
porque solicitaste de Nos licencia para llamar al dicho
establecimiento con nuestro nombre Pontificio, de grado te lo
concedemos para que se vea que miramos con favor y benevolencia tu
obra. Y no dudamos esto servirá a ti y a los que en el citado
establecimiento desempeñan el magisterio como de estímulo para
perseverar animosos en lo que habéis comenzado, sometiéndoos a la
infalible enseñanza de la Sede Apostólica, y, guardando el respeto
debido a vuestro pastor, con fuerzas acordes tratéis de cosechar
frutos con que alegréis la Religión y la sociedad humana en estos
tiempos tan calamitosos. Entretanto pedimos desde el fondo de
nuestra alma a Dios Optimo y Máximo para ti y para los profesores
de tu establecimiento la plenitud de sus gracias, y en prenda de
la bendición celeste y de la recompensa con que Dios no dejará de
retribuir tu celo, te damos la Bendición Apostólica efusivamente,
a ti, querido hijo y a tu familia, como pediste y a los demás
profesores y cooperadores en ese establecimiento, la impartimos
amorosamente en el Señor.
Dado en Roma el día3de febrero de1875. Año vigésimo de nuestro
Pontificado.
|Pío P.
|P,
|IX.
No hay duda que PíoIXsupo lo que hacía cuando impartió la
bendición apostólica al plantel que tuvo eminentes profesores como
Manuel María Mallarino, RufinoJ. Cuervo, Miguel Antonio Caro, José
Joaquín Ortiz, Carlos Holguín, Ignacio Gutiérrez Vergara, Federico
Aguilar y Carlos Martínez Silva.
En el Colegio de PíoIXregentado por el doctor Concha hasta el
año de1881en el que la muerte lo arrebató del puesto de combate que
había elegido en favor de sus convicciones, se instruyeron y
educaron todos aquellos que con más eficacia contribuyeron a fundar
las instituciones que llevan por lema
|In justitia
lebertas.
Existieron otros colegios importantes regentados por
distinguidos institutores, entre los cuales merecen especial
mención, el de
|Yerbabuena fundado y sostenido por el
benévolo e ilustrado don José Manuel Marroquín; el de
|La
Independencia, por don Joaquín Gutiérrez de Celis, y los de los
señores José Joaquín Ortiz, José Caicedo Rojas, Jacobo Groot, José
Joaquín Borda, Luis M. Cuervo y Víctor Mallarino En todos ellos
recibió educación provechosa una parte considerable de la
distinguida juventud de esa época.
Conservamos gratos e indelebles recuerdos de los colegios a que
tuvimos la fortuna de concurrir en calidad de alumnos,
especialmente del Seminario Menor que estuvo a cargo de los Padres
Jesuítas de1846a1850,año en que los expulsaron: volvieron luego a
continuar sus tareas en el año de1857.
Una madre no tiene más cariño y celo por sus hijos, que el que
tenían los Padres por los niños entregados a su cuidado: allí se
nos inculcaron sólidos principios religiosos que en la carrera de
la vida nos han servido de faro para seguir la senda del honor, y
de consuelo en las duras pruebas que hemos sufrido.
Hoy, con la experiencia que dan los años, creemos hacer un
positivo bien a los padres de familia que tengan esmero por la
inocencia de sus hijos, al aconsejarles que confíen a los jesuítas
la educación de los niños. Discípulos de los Padres fueron Carlos
Holguín, Sergio Camargo, José María Vergara y Vergara, Simón de
Herrera, Darío Calvo, Félix Sáiz, Diego Fallón, Liborio Zerda,
Miguel Antonio Caro, Domingo Ospina Camacho, Federico Aguilar,
José Joaquín Borda, José Segundo Peña, Federico Jaramillo y
Córdoba, Mario Valenzuela, Joaquín Andrade, Carlos Borda Bermúdez,
Eusebio Grau.