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Es posible que el deseo del baile tenga por causa efi­ciente la aspiración constante de nuestra alma de volar al infinito, y que. como no puede hacerlo por las trabas de la materia. la obligue por brevísimos intervalos a separarse de esta miserable tierra.

Las muchachas |bailan por bailar, por no |comer pavo, o por cualquiera otra razón que nada tiene qué ver con asun­tos morales o filosóficos.

Si se nos exigiera respuesta categórica sobre si es bue­no o malo bailar, contestaríamos como lo hizo en el exa­men un seminarista que en toda ocasión ensartaba la pa­labra |distingo. Fastidiado el obispo que lo examinaba con tan extraña manera de argumentar le preguntó si se po­día bautizar con caldo:

|Distingo—le respondió nuestro polemista—,con el que toma Su Señoría, no; con el que nos dan en el Semi­nario, sí.

Bailar moderadamente, consultando las conveniencias sociales, sin olvidar el respeto debido a una señorita, que en esos momentos se confía a nuestra hidalguía, es bueno; bailar oprimiendo la pareja como hace el boa constrictor que ahoga la gacela que va a devorar, o hacer del baile un acto de preparación para comulgar al día siguiente,  es malo.                                               

Terminaremos estos mal zurcidos recuerdos con la relación de los bailes que, por su importancia y esplendor, hicieron época en esta ciudad.

Antes del memorable25 |de septiembre de1828dio un baile el Libertador, en el palacio de San Carlos, que tenía entonces la misma distribución que hoy. Bolívar se presentó vestido con gran uniforme militar, rodeado de los hombres más importantes de Colombia.

Entre el Cuerpo Diplomático y Consular presente se contaba el Cónsul general de Holanda, M. Stewart. Al sacar éste a bailar a una señorita, dejó ella, como era de costumbre, un frasquito que contenía esencia y el abanico, sobre el asiento que abandonaba; un joven oficial Miranda, hijo del distinguido General del mismo nombre, se sentó inadvertidamente sobre tales prendas y rompió el frasquito, visto lo cual por el señor Dundas Longan, le dijo en tono de burla: prevéngase para dar cuenta de este agravio al Cónsul holandés. Miranda contestó que no tenía miedo a ese jevete, palabras que por desgracia oyó M. Etewart, y sin tener en cuenta el sitio donde estaba, llenó de impro­perios a Miranda.

A la mañana siguiente envió Miranda al norteameri­cano Coronel Johnson, a pedir una explicación al holandés, quien contestó que la daría por medio de las armas.

Miranda pasó todo el día ejercitándose al tiro de pis­tola en el solar de la casa contigua hacia el sur, de la que fue más tarde propiedad de don José Manuel Marroquín, entre otras razones porque el belicoso Cónsul tenía repu­tación de ser muy diestro en el manejo de las armas, y se aseguraba que en ocho duelos había dado buena cuenta de sus edversarios.

El día después, muy temprano se dirigieron hacia el Aserrío, y a orillas del río Fucha se batieron a veinte pasos de distancia. El Cónsul vestía sombrero de |jipijapa con cinta de seda negra, levitón abrochado de paño y |medio uni­forme militar. Tiró primero M. Stewart y con la bala quitó la cachucha a Miranda: éste, que era tan valiente como oneroso, dijo a su contendor que aún era tiempo de explicarse amigablemente; pero el furioso holandés le replicó diciéndole que si no hacía fuego lo |mataría como a un perro.

Perdida toda esperanza de avenimiento, dieron los testigos las voces acostumbradas en estos lances: al oír la voz de |tres Miranda tendió el brazo y sin apuntar, disparó. El proyectil atravesó la cinta negra y el sombrero sobre el centro del hueso frontal del contrario, y se introdujo en la masa ce­rebral; el doctor Ricardo Cheyne que estaba presente en su calidad de médico, exclamo al ver caer desplomado a Stewart: |hombre muerto!

Miranda se marchó inmediatamente al extranjero, y al Cónsul se le hicieron solemnes funerales en la Capilla del Sagrario, hoy parroquia de San Pedro, lo que dio motivo para que el venerable sacerdote doctor Margallo, en el pri­mer sermón que predicó después de aquel trágico suceso, encareciera a los fieles que elevaran sus oraciones al Todo­poderoso, a fin de que la profanación de ese templo no fuera la causa de su ruina. El terremoto de1827se encargó del cumplimiento de aquel pronóstico.

Terminadas las exequias se condujo el cadáver al Hos­picio de hombres, que era la parte del edificio situada al Occidente, después de la iglesia, dejándolo por algún tiem­po en el zaguán, para que el pueblo lo contemplara, y se le dio sepultura en la huerta, dos varas hacia el norte de la misma.

 

III

 Los caballeros Candido e Ignacio de la Torre. Simón de Herrera, Isidoro Laverde. Francisco E. Alvarez, Zoilo y Cecilio Cárdenas, Antonio Duque. Carlos Bonitto y al­gunos otros, que por desgracia no recordamos, obsequiaron a la sociedad bogotana, el6de enero de1852,con un gran baile en la casa que fue mas tarde propiedad de don José María Urdaneta, media cuadra abajo de la Plaza de Bolívar.

Fue en esa bellísima reunión donde principié a intro­ducirse la costumbre de arreglar tocador con objetos de re­puesto para las señoras que pudieran necesitarlos. No los usaron.

Contribuyó a amenizar la fiesta la coincidencia de que en el almanaque calculado para ese año por el anciano as­trónomo don Benedicto Domínguez, se anunciaba un eclip­se total de luna para el día7del mismo mes, a la una de la mañana; pero los antiguos alumnos del Colegio Mili­tar. entre quienes se contaban don Manuel Ponce de León y don Indalecio Liévano, sostenían que el fenómeno ten­dría lugar el día6.Una tremenda |cohetada en el Observa­torio anunció el triunfo de los nuevos astrónomos, y todos los asistentes al baile gozaron de ese magnífico espectáculo no anunciado en el programa.

La política de tolerancia e imparcialidad iniciada y sostenida durante todo el tiempo de la siempre bendecida administración de Mallarino, preparó los ánimos para que todos los bogotanos, sin distinción de colores políticos, ce­lebraran el aniversario de la Independencia nacional, en­tre otras diversiones, con corridas de toros, cuadrillas en la Plaza de Bolívar, y con un gran baile de |fontana dado por los constitucionales en los salones del Congreso, que en­tonces estaban situados en la localidad del centro de los portales de la Casa Consistorial. El salón de la Cámara de Representantes se arregló con gran tono y buen gusto para bailar; el recinto del Senado se destinó para |comedor Permanente v los balcones que circundaban los salones para las personas que no tomaban parte activa en la fiesta.

A las nueve de la noche empezaron a llegar los invi­tados, vestidos con trajes que representaban notables per­sonajes que existieron en siglos anteriores a nuestra épo­ca. La entrada al salón de cada uno de aquéllos era sa­ludada por los que ocupaban las barras, con una salva de aplausos. El entusiasmo subió de punto cuando se presentó vestida de |Colegial del Rosario. con hoja; beca y bonete de cuatro picos, conduciendo de brazo a una primorosa ma­nola, la espiritual gentil Elena Cordovez de Uribe. Hasta las doce de la noche, consecuente con su traje, bailó con sus compañeras, pero después de esa hora se eclipsó para reaparecer con un elegante vestido de |transiberiana.

Todo fue completo, espléndido, en aquella inolvidable fiesta: el acaudalado M. Goschen, miembro del parlamento inglés y después Ministro del Tesoro en el Imperio Bri­tánico, quien por asuntos particulares vino en ese tiempo a este país y asistió al baile, dijo con la franqueza pecu­liar de los ingleses, que creía estar presenciando un baile de corte dado por su soberana; y en efecto, así pudo cali­ficarse, porque a él asistió el Presidente de la República, acompañado del Ministerio, el Cuerpo Diplomático y Con­sular, los altos funcionarios y los nacionales y extranjeros que por su posición honorable podían ser invitados a una diversión que sirvió de medio para estimar los grados de cultura y corrección en las maneras, que ya para esa épo­ca había alcanzado esta ciudad. El crepúsculo de aquel día llegó a sorprender a los que aún bailaban a las6de la mañana, para recordarles con muda elocuencia que todo tiene su fin en el mundo Este fue el único sentimiento de pesar que dajó' la fiesta que aún hoy recordamos con or­gullo.

En el año de1860regresó a esta capital el distinguido cuanto ilustrado caballero don Nicolás Tanco Armero, des­pués de prolongada ausencia de la patria en que dio vuelta al mundo: viajó por las Antillas, los Estados Unidos, Euro­pa, Africa y Asia, y permaneció algunos años en la China y el Japón, enganchando subditos del celeste Imperio para trabajar en los |ingenios de caña de azúcar en la isla de Cuba.

Era el primer colombiano que visitaba tan remotos como singulares países. Con el fin de celebrar el fausto re­greso, que para don Mariano Tanco tenía excepcional im­portancia por el cariño que profesaba a su hermano me­nor, con quien hizo las veces de padre solícito, resolvió aquél convidar a la sociedad bogotana a un baile que dio en su casa de habitación, situada en la tercera Calle Real o del Comercio. A las personas que conocían esa casa les parecería imposible creer en las maravillas que supieron y pudieron realizar allí el señor Tanco y su encantadora esposa doña Joaquina Cordovez.

Del patio principal se formó un hermoso k |iosko, cu­bierto con pabellón de telas de linón que dejaban traslucir uno de esos cielos estrellados que sólo se ven en las alti­planicies andinas. El piso se arregló como una mesa de billar, cubierto con lona blanca, dejando en la mitad una acacia cubierta con bombitas de cristal iluminadas. Las pa­redes se cubrieron de espejos que reproducían en infinitas variedades el conjunto de esa fiesta de hadas, produciendo la ilusión más completa la colgadura de flores naturales y plantas vivas de todos los climas, colocadas con tal arte que parecía una inmensa gruta con miradores para ver un baile distinto adondequiera que se fijara la vista. Los balcones de los corredores estaban igualmente cubiertos de flores naturales y adornados con festones de bombitas de cristal ilu­minadas al estilo veneciano.

En el ancho corredor alto se situó la orquesta dirigi­da por el profesor alemán Alejandro Lindig. Desde los corredores laterales se gozaba de un espectáculo hermo­sísimo e indescriptible.

Los salones que dan a la calle se arreglaron lujosa­mente con mobiliario de los estilos de LuisXIVy Luis XV,y allí se exhibieron las preciosidades que don Nicolás trajo de la China y de otros países que habían recorrido.

Aquello fue una positiva sorpresa para todos y no se sa­bía qué admirar más: un solo ajedrez había costado |dos mil pesos en oro al atrevido viajero.

Las piezas laterales hacia el Norte, se convirtieron en |cantinas permanentes, en que se servían toda clase de sor­betes, helados, té, café y chocolate, con sus respectivas ex­quisitas colaciones; las situadas al Sur, se destinaron para tocadores de las señoras, surtidas de todo lo que pudie­ran necesitar; y las que miran al Oriente, sirvieron de co­medores en que había mesas brillantemente iluminadas y provistas de cuanto exquisito y raro pudiera imaginarse, |todo preparado en la casa,

A las nueve de la noche empezaron a llegar los invi­tados, desde el Presidente de la República, lo más notable y florido de nuestra sociedad, así de nacionales como de extranjeros; las señoras con magníficos trajes de baile y los caballeros con el vestido de ordenanza en tales reuiones Pocos momentos después se dio principio al baile con cua­tro grupos de cuadrillas, uno a cada lado del patio, que­dando el árbol en el centro

Los intermedios se amenizaron con trozos de música y de canto ejecutados por varias señoritas y algunos artis­tas distinguidos de la opera italiana.

A las once y media de la noche se abrieron los come­dores, y mientras en ellas se deleitaba el |elemento negativo de todo baile, los danzantes se entraron a las piezas desti­nadas al afecto y cambiaron el vestido que tenían, por otro de fantasía. A una señal convenida de antemano, la orquesta interrumpió el momentáneo silencio con unas alegres cua­drillas de Lanner, y como por encanto, tomo esa fiesta el aspecto brillante y fantástico imaginable. De todas partes iban saliendo personajes históricos, entre los cuales resal­taban los anacronismos mas curiosos: allí salían cogidos de brazo, FelipeIIcon la Hija del Regimiento; don Pedro el Cruel, con Norma; el Barbero de Sevilla, con Semíramis; EnriqueIII,con una varsoviana; Jacobo Molay, con Sa­fo; el Trovador, con una aldeana suiza; un Mandarín del Celeste Imperio, con María Estuardo; LuisXV,con una Aurora que dejo ciegos a los que se atrevieron a mirarla de frente, y tantas y tantos otros más que no podemos recordar. Imposible describir el entusiasmo producido por la aparición de aquellas parejas que dieron otra fisonomía a la fíesta.

A las seis de la mañana, cuando ya el sol celoso de que hubiera mortales que se divirtieran sin su concurso, asomba encima de Monserrate, se dejó de bailar para emprender cada uno el camino de su casa, llamando la atención de las gentes madrugadoras que se escandaliza­ban al encontrar disfrazados por las calles de la ciudad a tales horas.

En la fiesta que acabamos de recordar y que hasta hoy ninguna otra ha superado, se introdujo el adorno

con flores y plantas de los salones y corredores de las casas.

Pero ya Santa Fe empezaba su decrepitud, y como no quisiera morir aún, se encargó de rematarla el cataclismo político de1860a1863que la devoró: sus fune­rales, como los de Alejandro, fueron sangrientos!

 

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