INDICE




 

BAILES

 I

EN todos los países se conservan ciertos usos y costumbres tradicionales, que nada ni nadie pueden reformar, quizá para rendir tributo de piadoso recuerdo a los que nos precedieron en el camino de la vida, en es­te valle, que, con ser de lágrimas, no deja de tener mo­mentos de goces más o menos puros y tranquilos, que nos arraigan al terruño en que nacimos. Pero, por causas que no podemos explicarnos satisfactoriamente, esta regla universal  ha tenido y tiene aún su excepción en la que fue Santa Fe y hoy se llama Bogotá. Es posible que el carác­ter pacífico y dócil de los habitantes de esta altiplanicie haya contribuido en mucho para hacer de ellos una espe­cie de materia plástica como la cera, que recibe la impresión de lo último que se le graba, dejando desaparecer la anterior imagen que existía en ella.

Hasta el año de1894,época en que puede decirse em­pezó la transformación política y social de este país, se vivía en plena Colonia. Es cierto que no había |Nuevo Reino de Granada, ni Virrey, ni Oidores; pero si hubiera vuelto alguno de los que emigraron en el año1819,después |de la batalla de Boyacá, no habría encontrado cambio en1a ciudad, fuera de la destrucción de los escudos de las ar­mas reales; la erección de la estatua del Libertador; la pro­longación del atrio de La Catedral, y la traslación del |Mo­no de la Pila, con la pila misma, de la plaza mayor a la plazuela de San Carlos, para pasar mas tarde al Museo Na­cional, a donde en definitiva se la ha confinado, como ob­jeto arqueológico.

Para llenar el fin que nos hemos propuesto en estos re­latos, ensayaremos la comparación de algunos de los actos que mas interesan a la sociedad cuando se trata de diver­siones b. g., de un baile.

En Santa Fe se vivía modesta pero |confortablemente. Las casas eran de un solo piso, en lo general; todas las pie­zas estaban esteradas, porque el lujo de la alfombra sólo se conocía en las iglesias, en donde aún se |conservan vestigios descoloridos y de |tánto cuerpo como dicen los comer­ciantes, que parecen colchones. El mueblaje de las salas no podía ser mas modesto: canapés de dos brazos en for­ma de S, sin resortes y forrados en |filipichín de Murcia (hoy triple); mesitas de nogal, estilo LuisXV,en que se ponían floreros de yeso bronceado con frutas que se co­piaban de los colores naturales; estatuas de la misma ma­teria, representación de la Noche y el Día, con un candelero en la mano; cajones de Niño Dios, |de Nuestra Seño­ra de los Dolores, o de algún santo, llenos de todas las chucherías y baratijas imaginables: taburetes de cuero con espaldar pintado de colores abigarrados. En los rincones se colocaban pirámides de papayas, que embalsamaban la atmósfera con su aroma, y ahuyentaban las pulgas; vitelas en las paredes (hoy cuadros o láminas) de asuntos mito­lógicos o episodios de la historia de Hernán Cortés, el des­cubrimiento del Nuevo Mundo, etc., etc. La araña de cris­tal suspendida del cielo raso era un lujo que pocos gas­taban. Hablamos de la generalidad de las casas, porque, en puridad de verdad, había excepciones; pero las tales car­gaban con la responsabilidad, no solidaria, de pagar con las consecuencias de la especialidad que usaban, co­mo más adelante diremos.

En la época a que nos referimos, todo sarao, baile o tertulia, tenía lo mismo que en las comedias, tres partes podemos calificar así:

1ª Preparativos;
2ª Ejecución, y
3ª Consecuencias.

El cumpleaños de un miembro de familia, un matri­monio, o el bautizo de un niño, se celebraban |oficialmente según las proporciones de cada cual, con una fiesta, com­prendida dentro de alguna de las clases enunciadas, esto sin contar las constantes reuniones de |confianza o días de recibo, que se celebraban cada semana en las casas de fa­milia que tenían en su seno muchachas festivas y espiri­tuales. Entonces no había garitos, ni en las botillerías se vendía brandy o ajenjos (bebidas que se creían buenas solamente para el gaznate de los ingleses); pero en cam­bio nuestros jóvenes pasaban las noches en diversiones ho­nestas, gozaban de inalterable salud, y contraían hábitos de cultura y gentileza que hicieron del |cachaco bogotano un tipo encantador.

Fijadoel día para la fiesta, se enviaba con la vieja sirvienta un recado concebido poco más o menos en los términos siguientes:

“Recado manda |a su mercé mi seña Mercedes y mi amo Pedro: que el día de su santo los esperan por la noche con las niñas y niños, sin falta. Que le mande |su mercé los canapés, las sillas, los candeleros, los floreros de la sala (a cada familia se le pedía lo que hacía falta, pues por lo regular nadie tenía mas de lo estrictamente necesario). Que aquí vendrá mi amo Pedro a convidarlos, y que man­den las niñas para que les |ayuden”.

Si el baile tenía mayores proporciones de las ordina­rias, la ciudad tomaba el aspecto de un hormiguero cuyo hogar era la casa de la fiesta, a donde convergían por distintas direcciones todos los muebles, servicios de loza y vajillas de |plata de piña de los invitados.

Téngase en cuenta que hasta el año de1862la ciu­dad era un pueblo grande, y que la gente acomodada no se aventuraba a vivir fuera del perímetro comprendido den­tro de los exríos San Francisco y San Agustín, La Cande­laria y el puente de San Victorino, salvo contadas excep­ciones.

Las piezas de la casa que daban al frente de la calle, lo mismo que hoy, se arreglaban para bailar; el corredor principal se cubría con percalina para evitar el frío, porque los cristales no estaban al alcance de todos los santafereños. Las alcobas de la casa se preparaban convenientemen­te, y en las camas, de estilo inglés con colgaduras de da­masco, se exhibían los tendidos que eran colchas de seda de la India, u otras, bordadas por las niñas en la escuela. y almohadas adornadas con encajes de bolillo y |tumbadillo. Sobre una cómoda de caoba lucía el Crucifijo, hecho en Quito, acompañado de alguna imagen de la Virgen y de las efigies de los santos de la devoción de la familia.

El comedor se ocupaba con una sola mesa en que campeaban las exquisitas colaciones y dulces hechos en la casa |manibus angelorum, pues se consideraba como una profanación del hogar hacer uso de alimentos preparados fuera de él, y con mayor razón en tales circunstancias. En materia de flores, precioso es confesarlo, era muy reducido el número de las que se conocían, porque ni aún se sos­pechaba entonces la inmensa riqueza y variedad de la flo­ra colombiana: las rosas de Castilla, que hoy sólo se usan para hacer colirios, los claveles sencillos y las clavellinas, las amapolas, |espuelas de galán sencillo, pajaritos, flor de razo, varitas de San José (parásitas de Guadalupe), azuce­nas blancas, y algunas pocas especies más, constituían el ele­mento principal de un adorno que hoy alcanza proporcio­nes gigantescas.

Entonces se creía que para calmar la agitación que produce el baile debían tomarse bebidas frescas: como con­secuencia de esa opinión se ostentaban sobre la mesa del comedor botellones de vidrio repletos de horchata de ajonjolí (las almendras eran muy caras), agua de moras, naran­jada, limonada y |aloja (especie de cerveza dulce aromatiza­da de ramilletitos de claveles de diversos colores.

Las muchachas, a la inversa de lo que hoy sucede, con­sultaban entre ellas la manera como irían a la fiesta, y las mas íntimas se consideraban obligadas a vestirse de una misma manera como prueba de mutuo cariño. Los trajes de las señoritas eran de linón, muselina o lanilla mediana­mente |escotados, siguiendo aquel precepto de |no tan calvo que se vean los sesos; por toda joya levaban un par de are­tes en las orejas, medalloncito pendiente de una cinta en el cuello, en ocasiones pulseras de oro sin pedrería; en la cabe­za alguna flor, y,en vez de guantes, mitones de seda con bordados del lado del dorso de la mano. Las señoras ca­sadas, es decir, las |entradas en edad, iban vestidas con traje oscuro y pañolón de lana prendido en el pecho con grueso broche de oro; la cabeza cubierta con pañuelo de seda, de­jando ver sobre las sienes roscas de pelo aprisionadas con peinetas, los dedos de las manos empedrados de sortijas, y pendientes de las orejas gruesos y pesados zarcillos que a veces valían un tesoro y que sólo se sacaban a luz en los días de |pontificar.

Los jóvenes vestían levita; por corbata un pañuelo de seda envuelto en el cuello, formando al frente un enorme lazo sin dejar asomar el de la camisa; no se usaban guantes de cabritilla, sino de seda; pero se consideraba como falta de educación presentar la mano enguantada a una seño­ra. Los |taitas y solterones usaban casaca de |punta de diaman­te, prenda de vestido que servía por lo general para tres o cuatro generaciones. Indistintamente llevaban gruesa cadena de oro, o dos pendientes que terminaban en sellos sostenidos en el bolsillo del chaleco por un enorme reloj. A las siete de la noche empezaban a llegar los invita­dos. Si entre estos iba una familia, se componía del si­guiente personal: padre, madre, hijas, niños, el perro |calungo y las sirvientas que conducían el farol, los abrigos y la lla­ve de la casa, llave que por sus dimensiones podía servir de arma ofensiva y defensiva en caso necesario. Las abue­las (nombre que se daba a las |mamas de las niñas), se colocaban en los asientos mejor situados de la sala, teniendo muy cerca de sí a las muchachas a quienes celaban con ojos de Argos; los hombres se quedaban en la puerta de la sala esperando el toque del redoblante, momento propicio para |buscar pareja, porque era desconocida la costumbre de an­ticipar compromisos. Las sirvientas se acomodaban en los corredores acechando la hora del ambigú para sacar |vientre de mal año.

|El valse colombiano y la contradanza españolaconsti­tuían el repertorio de los danzantes. El colombiano era un valse que se componía de dos partes: la primera, muy acom­pasada, se bailaba tomándose las parejas las puntas de los dedos y haciendo posturas académicas; la segunda, o |capuchinada, convertía a los danzantes en verdaderos energúme­nos o poseídos, toda extravagancia o zapateo en ese acto se consideraba como el |non plus ultra del buen gusto en el arte de Terpsícore.

La nomenclatura de la música de los valses denotaba alegría, como |El Triquitraque, Aquí te Espero, Viva López, El Cachaco, El Capotico; la de las contradanzas era trágica como |La Puñada, La Desesperación, La Muerte de Mutis, etc.

El arreglo y disposición de una |contradanza exigían cono­cimientos estratégicos de primer orden; el general Santan­der era muy fuerte en este ramo, y probablemente tal fue la razón para que, a las contradanzas |obligadas o de figuras complicadas, se las llamara |Santandereanas. Apenas sonaba el |redoblante, se apresuraban los galanes a tomar su pareja, si­tuándola convenientemente, es decir, próxima a la |cabeza si eran duchos en la materia, o |hacia la cola, si eran chambones, pues se consideraba como falta grave el equivocarse al bai­lar la contradanza.

En toda la extensión de la sala se formaban de un lado las señoras y del otro los hombres frente a su respectiva pa­reja. El que ponía la contradanza por lo general persona de respeto, daba a los danzantes las órdenes e instrucciones con­ducentes a la buena ejecución del plan de operaciones, y al grito de |a una, empezaba el enredo, que consistía en ha­cer y deshacer |cadenetas, espejos, alas arriba, alas abajo, molinetes, etc.; en una palabra, durante dos o mas horas de tiempo se entretenían tejiendo la tela de Penélope; el pinácu­lo de la cotradanza consistía en que, en cierto momento, los hobres de un lado y las señoras de frente, se aproxima­ran entrelazados, formando una gran ala al grito de |arriba. Esta clase de baile era muy socorrido, porque lo mismo que la |olla podrida española, admitía en su seno toda clase de elementos; allí se desquitaban todos y todas del forzado ayuno de baile cuando esto provenía de pavorosa antigüedad en la fe de bautismo.

Hacia la media noche se juntaban los viejos y viejas, y a las callandas se encaminaban al comedor; de paso lla­maban a la falange de sirvientas y muchachos que habían llevado al baile, y arrellenándose en sus asientos comenzaban tremendo ataque a la mesa y sus adherencias. Lo que enton­ces pasaba, a contentamiento universal, pues era la costumbre, sólo puede compararse a la caída de la langosta en una labranza de maíz, o al merodeo del campo de batalla, en donde todo es |res nullius. Previamente colocábanse los concurrentes el pañuelo extendido sobre el regazo, y allí caía todo lo que estaba al alcance de sus manos; las sirvientas y muchachos iban provistos de alforjas, a cuyo fondo pasa­ban intactas las mejores viandas. Asegurada la retaguardia, proseguían comiendo tranquilamente, mientras los jóvenes arreglaban sus asuntos particulares, aprovechando el momento en que las |abuelas se solazaban en la mesa, sin otro pensamiento que el de dar término al saqueo emprendido.

Al fin se acordaban los primeros ocupantes de la mesa, de que otros también desearían tomar algún refrigerio, y se Levantaban echando miradas codiciosas a lo que aún quedaba. Renovado el ambigú le tocaba su turno a las señori­tas y de lo que éstas dejaban, comían los galanes. En cuan­to a la música, que consistía en clarinete, un flautín, un trombón bajo, redoblante, bombo y platillos, que trasno­chaban a toda la vecindad, los ejecutantes se quedaban a la |luna de Valencia,

Terminado el ambigú entraba la descomposición, o me­jor dicho, se acordaban las |abuelas de que |era tarde, es decir, temprano del siguiente día, y no había poder humano que las contuviera: los galanes no desperdiciaban la ocasión de acompañar a sus |crestas, nombre que daban a las que pretendían, y el dueño de la casa quedaba muy gozoso de que todos se hubieran divertido a su modo, sin preocuparse de los daños causados, porque entonces no |pagaba el moni­gote quien lo tenia, sino quien |lo daba en préstamo.

Al día siguiente la crónica refería que en |el baile de la noche anterior se habían comprometido unas cuantas pa­rejas para unirse próximamente con el entonces |suave yugo del matrimonio. Un destinillo con veinticinco pesos de a ocho décimos, por mes, y las pocas exigencias de la novia, ani­maban, sí, señor, animaban a los jóvenes a tomar estado, te­niendo a su favor el noventa y cinco por ciento de las probabilidades de salir bien. Las muchachas después del sarao, guardaban cuidadosamente sus modestos trajes pa­ra usarlos en la próxima fiesta, porque encontraban muy natural usar el mismo vestido, en tanto que no estuviera deteriorado. En una palabra, el recuerdo de aquellas di­versiones dejaba en todos gratas impresiones y, mas que todo, desos y posibles para repetirlas. ¡Tiempos que fueron!

 

II

 Laregularización del servicio de vapores en el río Magdalena, y el establecimiento de los vapores |paquetes de la Mala Real, despertaron en los santafereños acomodados el deseo de ir a Europa y a los Estados Unidos.

Un viaje al extranjero en otros tiempos era empresa digna de Gonzalo Jiménez de Quesada o de Belalcázar. Tres meses se empleaban en ir de Bogotá a Southampton y seis en regresar y era menester servirse de mulas en el tra­yecto de esta ciudad a Honda; de |champanes de Honda a Santa Marta o Cartagena y de buques de vela en el mar. Una calma chibcha o vientos contrarios, demoraban el via­je y a veces hasta un año, y no era caso raro la arribada for­zosa a países no comprendidos en. el itinerario propuesto, lo que, entre otros resultados, producía en la familia del viajero una situación de angustia indescriptible, por la ig­norancia de la suerte que hubiera corrido aquél. Al fin llegaba el deseado término de tan dilatada peregrinación, y el día menos esperado se aparecía el viajero, sin dar pre­vio aviso, porque no había medio de comunicación fuera del correo, que llegaba infaliblemente después de que el interesado estaba ya descansando en su casa.

Aunque algunos de los que viajaban a Europa se iban |baúles y volvían |petacas como sucede en la actualidad, los que aprovechaban su tiempo traían al país conocimientos útiles y hábitos de cultura y buen gusto que fueron im­plantando lentamente, ayudados por la escogida inmigra­ción inglesa que de los años de1825a1860vino a esta ciudad.

La famosa compañía dramática de Fournier, la mejor que ha venido al país, contaba en su seno a la brillante pareja de baile español compuesta de los hermanos Paqui­ta y Magín Casanova Era la primera una preciosa mucha­cha de dieciocho años, que volvió locos a más de cuatro, y el segundo un joven de veintiún años, hermoso como un Apo­lo. Paquita enseñaba a bailar a las señoritas y Magín a los caballeros, para lo cual se reunían dos veces cada semana en la casa de alguna de las discípulas. De esa época data la introducción en nuestros bailes de la polka, del valse de Strauss, de la mazurka, schottisch, cracoviana, cuadrilla, lanceros, y la proscripción de la contradanza y el colom­biano.

Los distinguidos y benévolos extranjeros, señores Patri­cio Wilson, Tomás Fallón, Leopoldo y Daniel Schloss, To­más Reed, Roberto Bunch, Enrique Cross, Maximiliano Constantine, Enrique Price, Lucio Dávoren, Dundas Lo­gan, Nelson Bonitto, Guillermo Wills, Daniel F. O'Leary, Powles, Alejandro Lindig y otros cuyos nombres no recor­damos, asociados con los señores José Caicedo Rojas, José Vicente Martínez, Manuel Antonio Cordovez, Joaquín Guarín, Carlos Mera, Manuel José Pardo, Demetrio y Temístocles Paredes, Domingo Maldonado, Andrés Santamaría, Marco de Urbina, Rafael Elíseo Santander y algunos más, fundaron en esta capital la famosa "Sociedad Filarmónica", que contó en su seno lo más selecto de nuestra sociedad. Había en ella miembros activos, honorarios y contribuyentes de ambos sexos: los primeros eran los ejecutantes; los segundos, eran los altos funcionarios civiles y militares, el cuerpo diplomático y los eclesiásticos; y los últimos, las per­sonas que tenían honrosa posición social, pagaban diez pe­sos por derecho de entrada y un peso mensual de cotización.

Se daba un concierto cada mes, cuyo programa cons­taba de dos partes: la primera, de una obertura a grande orquesta, tres piezas de piano, canto y violín y cuadri­llas por la orquesta; y la segunda sólo se diferenciaba en que concluía con valses de Strauss. En la orquesta toma­ban puesto los caballeros que tocaban algún instrumento, acompañados por profesores notables, como Juan Antonio de Velasco, que era el decano, y que perteneció a la banda de músicos del batallón español |Numancia; los Hortúas, José González, Rodríguez |(el Piringo), Eladio Cancino y Félix Rey, que tocaba la trompa en una de las bandas del ejército y muchos más que no podemos recordar. Todos eran pobrísimos; pero se imponían el deber de tocar sin remuneración en la sociedad, que los trataba con cariño, y por toda recompensa les daba un frugal refrigerio des­pués del concierto, consistente en una copa de cerveza, em­paredados, queso de Flandes y cigarros de Ambalema.

Por primera vez se estableció en este país que los hom­bres asistieran a una reunión pública vestidos de frac, cor­bata y guante blanco: las señoras, elegante, pero modesta­mente adornadas, sin ostentar aquel lujo que en ningún tiempo se ha compadecido con nuestra situación pecunia­ria. Como los músicos carecían de recursos, se hacía una bolsa para proporcionarles modo de que se presentaran vestidos convenientemente.

Las señoritas y caballeros que sabían tocar o cantar, se prestaban gustosos a lucir su habilidad delante de una so­ciedad que era modelo de cultura y maneras exquisitas, y, lo que es más, ante un público compuesto de un perso­nal escogido, porque no se vendían boletas para entrar a los conciertos, sino que se repartían a los socios, y éstos debían ser individuos de una conducta |intachable. El he­cho de asistir a esos conciertos el gran Arzobispo Mosquera da la prueba de la merecida respetabilidad que alcanzó la sociedad. En una sola ocasión se presentó una señora casa­da, que de soltera había dado lugar a ciertas habladurías más o menos merecidas, y en el momento, sin escándalo, le advirtió el presidente que el concierto no empezaría has­ta que ella saliera del salón, como en efecto lo hizo. ¡Feli­ces tiempos!

Las reuniones periódicas de familia o tertulias, tuvie­ron principios hacia el año de1849 — |corregidas y aumen­tadas—por haberse introducido en ellas los usos de las de igual clase de París y Londres. El mueblaje empezó a re­formarse o cambiarse por otro de mejor gusto en que se contaban canapés y mesas de caoba, con embutidos blan­cos del estilo del primer imperio francés, silletas de paja, espejos de cuerpo entero y marco dorado; grandes grabados en acero de asuntos históricos o fantásticos; arañas y can­delabros de bronce dorado y guardabrisas, jarrones de ala­bastro, porcelana o cristal, alfombra, piano inglés o bogo­tano (los fabricaba el norteamericano David Mac Cormick); alumbrado de velas esteáricas, o lámparas con aceite de nabo; reloj de sobremesa con figuras de porcelana o de bronce. Se desterró de los comedores el uso de los vasos y jarros de plata, para reemplazarlos con servicios completo e igual de cristalería; empezaron a cambiarse los |trinches de hierro, que parecían |tridentes de Neptuno, por elegan­tes y cómodos tenedores de meta blanco, y se cambió el servicio de mesa, que era un verdadero muestrario de la cerámica de todas las fábricas del mundo, reponiéndolo con otros de porcelana de Sévres o de loza de pedernal. Hoy figuran como trofeos de guerra suspendidos en las paredes de los salones o montados en bronce, los restos de esos antiguos servicios de porcelana de la China o de loza del japón, que nuestros antepasados miraban poco más o menos.

Se presentaban ya los albores de la nueva civilización que poco a poco se fue infiltrando en nuestras costumbres corrigiendo o retocando las que heredamos de nuestros abuelos, pero sin alzarse con el |santo y la limosna, como su­cede en la actualidad; queremos decir tratándolas como a país conquistado, al que no se le deja ni el recuerdo de su anterior existencia. En efecto, hoy repudiamos los buenos usos antiguos que hacían de Santa Fe una morada deliciosa, sin pretensiones a rivalizar con las mas opulen­tas ciudades del mundo: por el camino que ha tomado Bogotá, va a sucederle lo que a la rana que quiso equi­pararse al buey.

Una simple invitación a los jefes de familia y a las señoritas y Jóvenes era suficiente para que, sin otro traje que el correcto y elegante que llevaban durante el día, se presentaran a las ocho de la noche en la casa de la reunión.

Es cosa particular que a medida que se van retinando y |mercantilizando el gusto y las costumbres, el aforismo |time is money pierde su fuerza y aplicación en asuntos de diversiones.

¿Qué dirían hoy y qué harían con los invitados que se presenan en un baile antes de las diez de la noche? ¡Y, sin embargo, debiera ser a la inversa, para no desper­diciar los minutos de un tiempo que cuesta tan caro!

Si la reunión era de familia, no había otra música que | la del piano, tocado indistintamente por los invitados: si tenía mayores proporciones, se bailaba al son de la música ejecutada por un cuarteto, compuesto de dos violines, violoncello y corneta de llaves, acompañados con el piano; se bailaba amenizando los intermedios de reposo con el can­to de las |arias de alguna ópera, o con trozos de música ejecutados por señoritas o caballeros, porque éstos tenían entonces el buen gusto de cultivar tan importante ramo de educación.

A las doce de la noche se servía el té en el comedor, en una mesa cubierta con exquisitas colacions y a veces, en poca cantidad, con algún vino generoso. Cada joven to­maba su pareja y se sentaban, alternando, un hombre y una señora, empezando así a familiarizarse con ese trato fran­co y cordial que es el mejor medio para estimar y com­prender los diversos caracteres de quienes pueden llegar al­gún día a unirse con lazo indisoluble. Terminada la cola­ción volvían a la sala para rematar la fiesta con el alegre cotillón; pero antes de despedirse se daba a libar el famoso |ponche caliente, confeccionado por los concurrentes vetera­nos en la materia. Entre trago y trago se cambiaban las promesas solemnes de concurrir a la próxima reunión, y contentos y satisfechos salían todos y todas precavidos por el |ponche contra un constipado y hábiles para continuar al día siguiente las faenas de la vida.

Tal era el modelo de las fiestas de familia con que obsequiaban a sus amigos, una vez cada semana las admi­rables matronas doña Soledad Soublette de O'Leary, doña Ana Rebolledo de Pombo, doña Paula Fajardo de Cheyne, doña Natalia Lozano de Argáez, doña Agustina Moure de Cordovez. doña Magdalena Rovira de Santamaría, doña María Regla Imbrech de Herrera, doña Manuela Sáenz de Montoya, doña Teresa Rivas de Castillo, doña Joaquina Cordovez de Tanco. y tantas otras cuyos nombres no re­cordamos. Parodiando a Cervantes, puede decirse que en esas reuniones, todo delicado gusto, distinguidas maneras, elegancia, cultura y buen humor, tenían su asiento: aqué­lla fue, a no dudarlo, la |edad de oro de la naciente Bo­gotá.

Pero no se crea que a las tertulias a que nos hemos referido quedaban reducidas las diversiones de entonces.

Las novenas de la Concepción y del Aguinaldo se ce­lebran bailando en todas partes después de rezarlas, y la |Nochebuena se pasaba bailando desde las ocho hasta las once y media de la noche, hora en que se asistía a la misa del gallo en el templo más cercano, y se volvía a continuar el baile hasta que el sol daba en la cara. Esa era la época de las empanadas, tamales, ajiacos, buñuelos, encurtidos y demás golosinas suculentas que deleitaban a ricos y pobres, amén del diluvio de bailes de menor cuantía o parrandas bulliciosas, en que se divertían al son de guitarras los fes­tivos moradores de los entonces tres barrios de la ciudad, que no mencionamos por sus nombres para que no se nos diga que personificamos las cuestiones.

Mucho se ha escrito, se escribe y se escribirá en pro y en contra del baile; pero es lo cierto que los partidarios del contra |han arado en el mar, inclusive el mismo Pereda en su famoso artículo "Fisiología del Baile" Nosotros, que estamos muy lejos de la pretensión de corregir la plana a tan notable ingenio ni a ningún otro, nos permitiremos al­gunas pequeñas reflexiones sobre esta materia, con el de­recho que tiene la diminuta hormiga para oponerse al corpulento elefante que pueda aplastarla

El baile es tan antiguo como la aparición de la raza humana en el planeta que habitamos. Es más que probable que al despertar Adán del sueño misterioso y encontrar a su compañera, bailaron de contento, sin música ni con­currencia que los oprimiera, y sin caer en la cuenta de que Eva estaba |más que escotada.

 

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