BAILES
I
EN todos los países se conservan ciertos usos y costumbres
tradicionales, que nada ni nadie pueden reformar, quizá para rendir
tributo de piadoso recuerdo a los que nos precedieron en el camino
de la vida, en este valle, que, con ser de lágrimas, no deja de
tener momentos de goces más o menos puros y tranquilos, que nos
arraigan al terruño en que nacimos. Pero, por causas que no podemos
explicarnos satisfactoriamente, esta regla universal ha tenido y
tiene aún su excepción en la que fue Santa Fe y hoy se llama
Bogotá. Es posible que el carácter pacífico y dócil de los
habitantes de esta altiplanicie haya contribuido en mucho para
hacer de ellos una especie de materia plástica como la cera, que
recibe la impresión de lo último que se le graba, dejando
desaparecer la anterior imagen que existía en ella.
Hasta el año de1894,época en que puede decirse empezó la
transformación política y social de este país, se vivía en plena
Colonia. Es cierto que no había
|Nuevo Reino de Granada, ni
Virrey, ni Oidores; pero si hubiera vuelto alguno de los que
emigraron en el año1819,después
|de la batalla de Boyacá, no
habría encontrado cambio en1a ciudad, fuera de la destrucción de
los escudos de las armas reales; la erección de la estatua del
Libertador; la prolongación del atrio de La Catedral, y la
traslación del
|Mono de la Pila, con la pila misma, de la
plaza mayor a la plazuela de San Carlos, para pasar mas tarde al
Museo Nacional, a donde en definitiva se la ha confinado, como
objeto arqueológico.
Para llenar el fin que nos hemos propuesto en estos relatos,
ensayaremos la comparación de algunos de los actos que mas
interesan a la sociedad cuando se trata de diversiones b. g., de
un baile.
En Santa Fe se vivía modesta pero
|confortablemente. Las
casas eran de un solo piso, en lo general; todas las piezas
estaban esteradas, porque el lujo de la alfombra sólo se conocía en
las iglesias, en donde aún se
|conservan vestigios
descoloridos y de
|tánto cuerpo como dicen los
comerciantes, que parecen colchones. El mueblaje de las salas no
podía ser mas modesto: canapés de dos brazos en forma de S, sin
resortes y forrados en
|filipichín de Murcia (hoy triple);
mesitas de nogal, estilo LuisXV,en que se ponían floreros de yeso
bronceado con frutas que se copiaban de los colores naturales;
estatuas de la misma materia, representación de la Noche y el Día,
con un candelero en la mano; cajones de Niño Dios,
|de
Nuestra Señora de los Dolores, o de algún santo, llenos de todas
las chucherías y baratijas imaginables: taburetes de cuero con
espaldar pintado de colores abigarrados. En los rincones se
colocaban pirámides de papayas, que embalsamaban la atmósfera con
su aroma, y ahuyentaban las pulgas; vitelas en las paredes (hoy
cuadros o láminas) de asuntos mitológicos o episodios de la
historia de Hernán Cortés, el descubrimiento del Nuevo Mundo,
etc., etc. La araña de cristal suspendida del cielo raso era un
lujo que pocos gastaban. Hablamos de la generalidad de las casas,
porque, en puridad de verdad, había excepciones; pero las tales
cargaban con la responsabilidad, no solidaria, de pagar con las
consecuencias de la especialidad que usaban, como más adelante
diremos.
En la época a que nos referimos, todo sarao, baile o tertulia,
tenía lo mismo que en las comedias, tres partes podemos calificar
así:
1ª Preparativos;
2ª Ejecución, y
3ª Consecuencias.
El cumpleaños de un miembro de familia, un matrimonio, o el
bautizo de un niño, se celebraban
|oficialmente según las
proporciones de cada cual, con una fiesta, comprendida dentro de
alguna de las clases enunciadas, esto sin contar las constantes
reuniones de
|confianza o días de recibo, que se celebraban
cada semana en las casas de familia que tenían en su seno
muchachas festivas y espirituales. Entonces no había garitos, ni
en las botillerías se vendía brandy o ajenjos (bebidas que se
creían buenas solamente para el gaznate de los ingleses); pero en
cambio nuestros jóvenes pasaban las noches en diversiones
honestas, gozaban de inalterable salud, y contraían hábitos de
cultura y gentileza que hicieron del
|cachaco bogotano un
tipo encantador.
Fijadoel día para la fiesta, se enviaba con la vieja sirvienta
un recado concebido poco más o menos en los términos
siguientes:
Recado manda
|a su mercé mi seña Mercedes y mi amo
Pedro: que el día de su santo los esperan por la noche con las
niñas y niños, sin falta. Que le mande
|su mercé los canapés,
las sillas, los candeleros, los floreros de la sala (a cada familia
se le pedía lo que hacía falta, pues por lo regular nadie tenía mas
de lo estrictamente necesario). Que aquí vendrá mi amo Pedro a
convidarlos, y que manden las niñas para que les
|ayuden.
Si el baile tenía mayores proporciones de las ordinarias, la
ciudad tomaba el aspecto de un hormiguero cuyo hogar era la casa de
la fiesta, a donde convergían por distintas direcciones todos los
muebles, servicios de loza y vajillas de
|plata de piña de
los invitados.
Téngase en cuenta que hasta el año de1862la ciudad era un
pueblo grande, y que la gente acomodada no se aventuraba a vivir
fuera del perímetro comprendido dentro de los exríos San Francisco
y San Agustín, La Candelaria y el puente de San Victorino, salvo
contadas excepciones.
Las piezas de la casa que daban al frente de la calle, lo mismo
que hoy, se arreglaban para bailar; el corredor principal se cubría
con percalina para evitar el frío, porque los cristales no estaban
al alcance de todos los santafereños. Las alcobas de la casa se
preparaban convenientemente, y en las camas, de estilo inglés con
colgaduras de damasco, se exhibían los tendidos que eran colchas
de seda de la India, u otras, bordadas por las niñas en la escuela.
y almohadas adornadas con encajes de bolillo y
|tumbadillo.
Sobre una cómoda de caoba lucía el Crucifijo, hecho en Quito,
acompañado de alguna imagen de la Virgen y de las efigies de los
santos de la devoción de la familia.
El comedor se ocupaba con una sola mesa en que campeaban las
exquisitas colaciones y dulces hechos en la casa
|manibus
angelorum, pues se consideraba como una profanación del hogar
hacer uso de alimentos preparados fuera de él, y con mayor razón en
tales circunstancias. En materia de flores, precioso es confesarlo,
era muy reducido el número de las que se conocían, porque ni aún se
sospechaba entonces la inmensa riqueza y variedad de la flora
colombiana: las rosas de Castilla, que hoy sólo se usan para hacer
colirios, los claveles sencillos y las clavellinas, las amapolas,
|espuelas de galán sencillo, pajaritos, flor de razo, varitas de
San José (parásitas de Guadalupe), azucenas blancas, y algunas
pocas especies más, constituían el elemento principal de un adorno
que hoy alcanza proporciones gigantescas.
Entonces se creía que para calmar la agitación que produce el
baile debían tomarse bebidas frescas: como consecuencia de esa
opinión se ostentaban sobre la mesa del comedor botellones de
vidrio repletos de horchata de ajonjolí (las almendras eran muy
caras), agua de moras, naranjada, limonada y
|aloja (especie
de cerveza dulce aromatizada de ramilletitos de claveles de
diversos colores.
Las muchachas, a la inversa de lo que hoy sucede, consultaban
entre ellas la manera como irían a la fiesta, y las mas íntimas se
consideraban obligadas a vestirse de una misma manera como prueba
de mutuo cariño. Los trajes de las señoritas eran de linón,
muselina o lanilla medianamente
|escotados, siguiendo aquel
precepto de
|no tan calvo que se vean los sesos; por toda
joya levaban un par de aretes en las orejas, medalloncito
pendiente de una cinta en el cuello, en ocasiones pulseras de oro
sin pedrería; en la cabeza alguna flor, y,en vez de guantes,
mitones de seda con bordados del lado del dorso de la mano. Las
señoras casadas, es decir, las
|entradas en edad, iban
vestidas con traje oscuro y pañolón de lana prendido en el pecho
con grueso broche de oro; la cabeza cubierta con pañuelo de seda,
dejando ver sobre las sienes roscas de pelo aprisionadas con
peinetas, los dedos de las manos empedrados de sortijas, y
pendientes de las orejas gruesos y pesados zarcillos que a veces
valían un tesoro y que sólo se sacaban a luz en los días de
|pontificar.
Los jóvenes vestían levita; por corbata un pañuelo de seda
envuelto en el cuello, formando al frente un enorme lazo sin dejar
asomar el de la camisa; no se usaban guantes de cabritilla, sino de
seda; pero se consideraba como falta de educación presentar la mano
enguantada a una señora. Los
|taitas y solterones usaban
casaca de
|punta de diamante, prenda de vestido que servía
por lo general para tres o cuatro generaciones. Indistintamente
llevaban gruesa cadena de oro, o dos pendientes que terminaban en
sellos sostenidos en el bolsillo del chaleco por un enorme reloj. A
las siete de la noche empezaban a llegar los invitados. Si entre
estos iba una familia, se componía del siguiente personal: padre,
madre, hijas, niños, el perro
|calungo y las sirvientas que
conducían el farol, los abrigos y la llave de la casa, llave que
por sus dimensiones podía servir de arma ofensiva y defensiva en
caso necesario. Las abuelas (nombre que se daba a las
|mamas
de las niñas), se colocaban en los asientos mejor situados de la
sala, teniendo muy cerca de sí a las muchachas a quienes celaban
con ojos de Argos; los hombres se quedaban en la puerta de la sala
esperando el toque del redoblante, momento propicio para
|buscar
pareja, porque era desconocida la costumbre de anticipar
compromisos. Las sirvientas se acomodaban en los corredores
acechando la hora del ambigú para sacar
|vientre de mal
año.
|El valse colombiano y la contradanza españolaconstituían
el repertorio de los danzantes. El colombiano era un valse que se
componía de dos partes: la primera, muy acompasada, se bailaba
tomándose las parejas las puntas de los dedos y haciendo posturas
académicas; la segunda, o
|capuchinada, convertía a los
danzantes en verdaderos energúmenos o poseídos, toda extravagancia
o zapateo en ese acto se consideraba como el
|non plus ultra
del buen gusto en el arte de Terpsícore.
La nomenclatura de la música de los valses denotaba alegría,
como
|El Triquitraque, Aquí te Espero, Viva López, El Cachaco, El
Capotico; la de las contradanzas era trágica como
|La Puñada,
La Desesperación, La Muerte de Mutis, etc.
El arreglo y disposición de una
|contradanza exigían
conocimientos estratégicos de primer orden; el general Santander
era muy fuerte en este ramo, y probablemente tal fue la razón para
que, a las contradanzas
|obligadas o de figuras complicadas,
se las llamara
|Santandereanas. Apenas sonaba el
|redoblante, se apresuraban los galanes a tomar su pareja,
situándola convenientemente, es decir, próxima a la
|cabeza
si eran duchos en la materia, o
|hacia la cola, si eran
chambones, pues se consideraba como falta grave el equivocarse al
bailar la contradanza.
En toda la extensión de la sala se formaban de un lado las
señoras y del otro los hombres frente a su respectiva pareja. El
que ponía la contradanza por lo general persona de respeto, daba a
los danzantes las órdenes e instrucciones conducentes a la buena
ejecución del plan de operaciones, y al grito de
|a una,
empezaba el enredo, que consistía en hacer y deshacer
|cadenetas, espejos, alas arriba, alas abajo, molinetes,
etc.; en una palabra, durante dos o mas horas de tiempo se
entretenían tejiendo la tela de Penélope; el pináculo de la
cotradanza consistía en que, en cierto momento, los hobres de un
lado y las señoras de frente, se aproximaran entrelazados,
formando una gran ala al grito de
|arriba. Esta clase de
baile era muy socorrido, porque lo mismo que la
|olla podrida
española, admitía en su seno toda clase de elementos; allí se
desquitaban todos y todas del forzado ayuno de baile cuando esto
provenía de pavorosa antigüedad en la fe de bautismo.
Hacia la media noche se juntaban los viejos y viejas, y a las
callandas se encaminaban al comedor; de paso llamaban a la falange
de sirvientas y muchachos que habían llevado al baile, y
arrellenándose en sus asientos comenzaban tremendo ataque a la mesa
y sus adherencias. Lo que entonces pasaba, a contentamiento
universal, pues era la costumbre, sólo puede compararse a la caída
de la langosta en una labranza de maíz, o al merodeo del campo de
batalla, en donde todo es
|res nullius. Previamente
colocábanse los concurrentes el pañuelo extendido sobre el regazo,
y allí caía todo lo que estaba al alcance de sus manos; las
sirvientas y muchachos iban provistos de alforjas, a cuyo fondo
pasaban intactas las mejores viandas. Asegurada la retaguardia,
proseguían comiendo tranquilamente, mientras los jóvenes arreglaban
sus asuntos particulares, aprovechando el momento en que las
|abuelas se solazaban en la mesa, sin otro pensamiento que el
de dar término al saqueo emprendido.
Al fin se acordaban los primeros ocupantes de la mesa, de que
otros también desearían tomar algún refrigerio, y se Levantaban
echando miradas codiciosas a lo que aún quedaba. Renovado el ambigú
le tocaba su turno a las señoritas y de lo que éstas dejaban,
comían los galanes. En cuanto a la música, que consistía en
clarinete, un flautín, un trombón bajo, redoblante, bombo y
platillos, que trasnochaban a toda la vecindad, los ejecutantes se
quedaban a la
|luna de Valencia,
Terminado el ambigú entraba la descomposición, o mejor dicho,
se acordaban las
|abuelas de que
|era tarde, es decir,
temprano del siguiente día, y no había poder humano que las
contuviera: los galanes no desperdiciaban la ocasión de acompañar a
sus
|crestas, nombre que daban a las que pretendían, y el
dueño de la casa quedaba muy gozoso de que todos se hubieran
divertido a su modo, sin preocuparse de los daños causados, porque
entonces no
|pagaba el monigote quien lo tenia, sino quien
|lo daba en préstamo.
Al día siguiente la crónica refería que en
|el baile de la
noche anterior se habían comprometido unas cuantas parejas para
unirse próximamente con el entonces
|suave yugo del
matrimonio. Un destinillo con veinticinco pesos de a ocho décimos,
por mes, y las pocas exigencias de la novia, animaban, sí, señor,
animaban a los jóvenes a tomar estado, teniendo a su favor el
noventa y cinco por ciento de las probabilidades de salir bien. Las
muchachas después del sarao, guardaban cuidadosamente sus modestos
trajes para usarlos en la próxima fiesta, porque encontraban muy
natural usar el mismo vestido, en tanto que no estuviera
deteriorado. En una palabra, el recuerdo de aquellas diversiones
dejaba en todos gratas impresiones y, mas que todo, desos y
posibles para repetirlas. ¡Tiempos que fueron!
II
Laregularización del servicio de vapores en el río Magdalena, y
el establecimiento de los vapores
|paquetes de la Mala Real,
despertaron en los santafereños acomodados el deseo de ir a Europa
y a los Estados Unidos.
Un viaje al extranjero en otros tiempos era empresa digna de
Gonzalo Jiménez de Quesada o de Belalcázar. Tres meses se empleaban
en ir de Bogotá a Southampton y seis en regresar y era menester
servirse de mulas en el trayecto de esta ciudad a Honda; de
|champanes de Honda a Santa Marta o Cartagena y de buques de
vela en el mar. Una calma chibcha o vientos contrarios, demoraban
el viaje y a veces hasta un año, y no era caso raro la arribada
forzosa a países no comprendidos en. el itinerario propuesto, lo
que, entre otros resultados, producía en la familia del viajero una
situación de angustia indescriptible, por la ignorancia de la
suerte que hubiera corrido aquél. Al fin llegaba el deseado término
de tan dilatada peregrinación, y el día menos esperado se aparecía
el viajero, sin dar previo aviso, porque no había medio de
comunicación fuera del correo, que llegaba infaliblemente después
de que el interesado estaba ya descansando en su casa.
Aunque algunos de los que viajaban a Europa se iban
|baúles y volvían
|petacas como sucede en la
actualidad, los que aprovechaban su tiempo traían al país
conocimientos útiles y hábitos de cultura y buen gusto que fueron
implantando lentamente, ayudados por la escogida inmigración
inglesa que de los años de1825a1860vino a esta ciudad.
La famosa compañía dramática de Fournier, la mejor que ha venido
al país, contaba en su seno a la brillante pareja de baile español
compuesta de los hermanos Paquita y Magín Casanova Era la primera
una preciosa muchacha de dieciocho años, que volvió locos a más de
cuatro, y el segundo un joven de veintiún años, hermoso como un
Apolo. Paquita enseñaba a bailar a las señoritas y Magín a los
caballeros, para lo cual se reunían dos veces cada semana en la
casa de alguna de las discípulas. De esa época data la introducción
en nuestros bailes de la polka, del valse de Strauss, de la
mazurka, schottisch, cracoviana, cuadrilla, lanceros, y la
proscripción de la contradanza y el colombiano.
Los distinguidos y benévolos extranjeros, señores Patricio
Wilson, Tomás Fallón, Leopoldo y Daniel Schloss, Tomás Reed,
Roberto Bunch, Enrique Cross, Maximiliano Constantine, Enrique
Price, Lucio Dávoren, Dundas Logan, Nelson Bonitto, Guillermo
Wills, Daniel F. O'Leary, Powles, Alejandro Lindig y otros cuyos
nombres no recordamos, asociados con los señores José Caicedo
Rojas, José Vicente Martínez, Manuel Antonio Cordovez, Joaquín
Guarín, Carlos Mera, Manuel José Pardo, Demetrio y Temístocles
Paredes, Domingo Maldonado, Andrés Santamaría, Marco de Urbina,
Rafael Elíseo Santander y algunos más, fundaron en esta capital la famosa
"Sociedad Filarmónica", que contó en su seno lo
más selecto de nuestra sociedad. Había en ella miembros activos,
honorarios y contribuyentes de ambos sexos: los primeros eran los
ejecutantes; los segundos, eran los altos funcionarios civiles y
militares, el cuerpo diplomático y los eclesiásticos; y los
últimos, las personas que tenían honrosa posición social, pagaban
diez pesos por derecho de entrada y un peso mensual de
cotización.
Se daba un concierto cada mes, cuyo programa constaba de dos
partes: la primera, de una obertura a grande orquesta, tres piezas
de piano, canto y violín y cuadrillas por la orquesta; y la
segunda sólo se diferenciaba en que concluía con valses de Strauss.
En la orquesta tomaban puesto los caballeros que tocaban algún
instrumento, acompañados por profesores notables, como Juan Antonio
de Velasco, que era el decano, y que perteneció a la banda de
músicos del batallón español
|Numancia; los Hortúas, José
González, Rodríguez
|(el Piringo), Eladio Cancino y Félix
Rey, que tocaba la trompa en una de las bandas del ejército y
muchos más que no podemos recordar. Todos eran pobrísimos; pero se
imponían el deber de tocar sin remuneración en la sociedad, que los
trataba con cariño, y por toda recompensa les daba un frugal
refrigerio después del concierto, consistente en una copa de
cerveza, emparedados, queso de Flandes y cigarros de Ambalema.
Por primera vez se estableció en este país que los hombres
asistieran a una reunión pública vestidos de frac, corbata y
guante blanco: las señoras, elegante, pero modestamente adornadas,
sin ostentar aquel lujo que en ningún tiempo se ha compadecido con
nuestra situación pecuniaria. Como los músicos carecían de
recursos, se hacía una bolsa para proporcionarles modo de que se
presentaran vestidos convenientemente.
Las señoritas y caballeros que sabían tocar o cantar, se
prestaban gustosos a lucir su habilidad delante de una sociedad
que era modelo de cultura y maneras exquisitas, y, lo que es más,
ante un público compuesto de un personal escogido, porque no se
vendían boletas para entrar a los conciertos, sino que se repartían
a los socios, y éstos debían ser individuos de una conducta
|intachable. El hecho de asistir a esos conciertos el gran
Arzobispo Mosquera da la prueba de la merecida respetabilidad que
alcanzó la sociedad. En una sola ocasión se presentó una señora
casada, que de soltera había dado lugar a ciertas habladurías más
o menos merecidas, y en el momento, sin escándalo, le advirtió el
presidente que el concierto no empezaría hasta que ella saliera
del salón, como en efecto lo hizo. ¡Felices tiempos!
Las reuniones periódicas de familia o tertulias, tuvieron
principios hacia el año de1849
|corregidas y
aumentadaspor haberse introducido en ellas los usos de
las de igual clase de París y Londres. El mueblaje empezó a
reformarse o cambiarse por otro de mejor gusto en que se contaban
canapés y mesas de caoba, con embutidos blancos del estilo del
primer imperio francés, silletas de paja, espejos de cuerpo entero
y marco dorado; grandes grabados en acero de asuntos históricos o
fantásticos; arañas y candelabros de bronce dorado y guardabrisas,
jarrones de alabastro, porcelana o cristal, alfombra, piano inglés
o bogotano (los fabricaba el norteamericano David Mac Cormick);
alumbrado de velas esteáricas, o lámparas con aceite de nabo; reloj
de sobremesa con figuras de porcelana o de bronce. Se desterró de
los comedores el uso de los vasos y jarros de plata, para
reemplazarlos con servicios completo e igual de cristalería;
empezaron a cambiarse los
|trinches de hierro, que parecían
|tridentes de Neptuno, por elegantes y cómodos tenedores de
meta blanco, y se cambió el servicio de mesa, que era un verdadero
muestrario de la cerámica de todas las fábricas del mundo,
reponiéndolo con otros de porcelana de Sévres o de loza de
pedernal. Hoy figuran como trofeos de guerra suspendidos en las
paredes de los salones o montados en bronce, los restos de esos
antiguos servicios de porcelana de la China o de loza del japón,
que nuestros antepasados miraban poco más o menos.
Se presentaban ya los albores de la nueva civilización que poco
a poco se fue infiltrando en nuestras costumbres corrigiendo o
retocando las que heredamos de nuestros abuelos, pero sin alzarse
con el
|santo y la limosna, como sucede en la actualidad;
queremos decir tratándolas como a país conquistado, al que no se le
deja ni el recuerdo de su anterior existencia. En efecto, hoy
repudiamos los buenos usos antiguos que hacían de Santa Fe una
morada deliciosa, sin pretensiones a rivalizar con las mas
opulentas ciudades del mundo: por el camino que ha tomado Bogotá,
va a sucederle lo que a la rana que quiso equipararse al buey.
Una simple invitación a los jefes de familia y a las señoritas y
Jóvenes era suficiente para que, sin otro traje que el correcto y
elegante que llevaban durante el día, se presentaran a las ocho de
la noche en la casa de la reunión.
Es cosa particular que a medida que se van retinando y
|mercantilizando el gusto y las costumbres, el aforismo
|time is money pierde su fuerza y aplicación en asuntos de
diversiones.
¿Qué dirían hoy y qué harían con los invitados que se presenan
en un baile antes de las diez de la noche? ¡Y, sin embargo, debiera
ser a la inversa, para no desperdiciar los minutos de un tiempo
que cuesta tan caro!
Si la reunión era de familia, no había otra música que
|
la
del piano, tocado indistintamente por los invitados: si tenía
mayores proporciones, se bailaba al son de la música ejecutada por
un cuarteto, compuesto de dos violines, violoncello y corneta de
llaves, acompañados con el piano; se bailaba amenizando los
intermedios de reposo con el canto de las
|arias de alguna
ópera, o con trozos de música ejecutados por señoritas o
caballeros, porque éstos tenían entonces el buen gusto de cultivar
tan importante ramo de educación.
A las doce de la noche se servía el té en el comedor, en una
mesa cubierta con exquisitas colacions y a veces, en poca cantidad,
con algún vino generoso. Cada joven tomaba su pareja y se
sentaban, alternando, un hombre y una señora, empezando así a
familiarizarse con ese trato franco y cordial que es el mejor
medio para estimar y comprender los diversos caracteres de quienes
pueden llegar algún día a unirse con lazo indisoluble. Terminada
la colación volvían a la sala para rematar la fiesta con el alegre
cotillón; pero antes de despedirse se daba a libar el famoso
|ponche caliente, confeccionado por los concurrentes
veteranos en la materia. Entre trago y trago se cambiaban las
promesas solemnes de concurrir a la próxima reunión, y contentos y
satisfechos salían todos y todas precavidos por el
|ponche
contra un constipado y hábiles para continuar al día siguiente las
faenas de la vida.
Tal era el modelo de las fiestas de familia con que obsequiaban
a sus amigos, una vez cada semana las admirables matronas doña
Soledad Soublette de O'Leary, doña Ana Rebolledo de Pombo, doña
Paula Fajardo de Cheyne, doña Natalia Lozano de Argáez, doña
Agustina Moure de Cordovez. doña Magdalena Rovira de Santamaría,
doña María Regla Imbrech de Herrera, doña Manuela Sáenz de Montoya,
doña Teresa Rivas de Castillo, doña Joaquina Cordovez de Tanco. y
tantas otras cuyos nombres no recordamos. Parodiando a Cervantes,
puede decirse que en esas reuniones, todo delicado gusto,
distinguidas maneras, elegancia, cultura y buen humor, tenían su
asiento: aquélla fue, a no dudarlo, la
|edad de oro de la
naciente Bogotá.
Pero no se crea que a las tertulias a que nos hemos referido
quedaban reducidas las diversiones de entonces.
Las novenas de la Concepción y del Aguinaldo se celebran
bailando en todas partes después de rezarlas, y la
|Nochebuena se pasaba bailando desde las ocho hasta las once
y media de la noche, hora en que se asistía a la misa del gallo en
el templo más cercano, y se volvía a continuar el baile hasta que
el sol daba en la cara. Esa era la época de las empanadas, tamales,
ajiacos, buñuelos, encurtidos y demás golosinas suculentas que
deleitaban a ricos y pobres, amén del diluvio de bailes de menor
cuantía o parrandas bulliciosas, en que se divertían al son de
guitarras los festivos moradores de los entonces tres barrios de
la ciudad, que no mencionamos por sus nombres para que no se nos
diga que personificamos las cuestiones.
Mucho se ha escrito, se escribe y se escribirá en pro y en
contra del baile; pero es lo cierto que los partidarios del contra
|han arado en el mar, inclusive el mismo Pereda en su famoso
artículo "Fisiología del Baile" Nosotros, que
estamos muy lejos de la pretensión de corregir la plana a tan
notable ingenio ni a ningún otro, nos permitiremos algunas
pequeñas reflexiones sobre esta materia, con el derecho que tiene
la diminuta hormiga para oponerse al corpulento elefante que pueda
aplastarla
El baile es tan antiguo como la aparición de la raza humana en
el planeta que habitamos. Es más que probable que al despertar Adán
del sueño misterioso y encontrar a su compañera, bailaron de
contento, sin música ni concurrencia que los oprimiera, y sin caer
en la cuenta de que Eva estaba
|más que escotada.