FUSILAMIENTO DE DON PLACIDO MORALES, DEL DOCTOR ANDRES AGUILAR
Y DEL CORONEL AMBROSIO HERNANDEZ
La revolución que principió en Popayán el 8 de mayo de 1860,
como dijimos antes, y que apenas contaba con sesenta fusiles de
chispa y con el entonces problemático prestigio del General
Mosquera, había llegado de triunfo en triunfo, disputado palmo a
palmo, al río del
|Arzobispo, esto es, a los arrabales de
Bogotá, por el Norte. El expirante gobierno de Ia Confederación,
que presidía el doctor Bartolomé Calvo, Procurador General de la
Nación encargado del Poder Ejecutivo, por acefalía de la
Presidencia de la República, dominaba el terreno que pisaba con un
ejército de 2,000 hombres desalentados e incapaces da luchar, con
probabilidades de triunfo, con los 5,000 soldados aguerridos que
mandaba el jefe de la revolución, secundado por antiguos veteranos
y tenientes jóvenes y entusiastas.
Los fueros de la humanidad demandaban que se celebrara un
tratado o convenio, a virtud del cual se obtuviera una honrosa
capitulación que pusiera término al conflicto con la ocupación
pacífica de la capital por el ejército de la revolución, y la
garantía de la vida y propiedades de los defensores de la
legitimidad; pero el orgullo mal entendido de éstos y una
obcecación llevada hasta la temeridad, cerraron los oídos a todo
avenimiento, y el drama tuvo el desenlace previsto, con la batalla
librada en los arrabales de Bogotá, el 18 de julio, donde, si bien
es cierto que el reducido ejército de la Confederación peleó con,
heroísmo, no lo es menos que el país perdió en aquel día hombres
muy notables, que habrían podido continuar prestando a la patria
sus importantes servicios, y más de doscientos soldados que dejaron
tras de sí su correspondiente séquito de viudas y huérfanos.
Además, el General Mosquera ocupó a Bogotá después de que la mayor
parte del ejército vencido quedó prisionero y a discreción del
vencedor, lo mismo que los habitantes de la ciudad, entre éstos el
doctor Andrés Aguilar, Intendente de Cundinamarca, don Plácido
Morales, Prefecto de Bogotá, y el Coronel Ambrosio Hernández.
Por una de aquellas aberraciones inconcebibles, los derrotados
que venían a la ciudad del lugar del combate, para ocultarse,
aseguraban que estaban triunfantes, y estas falsas noticias
contribuyeron en mucho para que los tres caballeros que hemos
mencionado, sobre el último de los cuales se hacía recaer la
responsabilidad de la muerte del General Obando y del Coronel
Cuéllar, y respecto de los dos primeros les achacaban la dirección
del complot para hacer fugar los presos, el 7 de marzo y
asesinarlos,no tuvieran tiempo para asilarse en alguna de las
legaciones o seguir a los derrotados que tomaron la vía de San.
Antonio de Tena y Fusagasugá, a donde nadie fue a inquietarlos por
el momento.
Aguilar y Morales encontraron improvisado asilo en la casa del
señor Zenón Padilla, situada en la esquina noreste que da principio
al camellón de Las Nieves, y Hernández, en la morada del subdito
inglés, señor Samuel Sáyer; pero denunciados por personas
despiadadas que los vieron entrar, los sacaron y los llevaron a la
plaza de Bolívar, en ancas de caballos de los vencedores, al mismo
tiempo que el General Mosquera clavaba la bandera de la revolución
triunfante al pie de la estatua del Libertador. Al ver aquél a los
prisioneros, ordenó que los fusilaran allí mismo; mas el General
Santos Gutiérrez que estaba presente, logró salvarlos por el
momento, y aun llegó a creer que la intención de Mosquera no
pasaría de una amenaza. De allí condujeron a Morales a la antigua
cárcel, que quedaba a pocos pasos de distancia de la plaza de
Bolívar, en la calle 10; a Hernández, al cuartel situado en la
esquina noroeste de la calle que va de La Capuchina para
|La
Alameda, y a Aguilar, al antiguo colegio de San Buenaventura,
al frente del puente de Cundinamarca, aherrojándolos como si fueran
insignes criminales.
No bien hubo cesado el fragor del combate, empezó a susurrarse
la noticia de que iban a fusilar a los prisioneros a quienes se
imputaban los hechos que hemos referido; y como tales decires
llegaran a conocimiento del señor Miguel Samper, este generoso
caballero no vaciló en ir a la casa en que se hospedó
provisionalmente el General Mosquera, la misma que habitaba el
General Pedro Alcántara Herrán con su familia frente al
|Chorro
del Rodadero, en la calle 13.
El señor Samper fue introducido al salón de la casa donde estaba
el General Mosquera, quien lo recibió con afabilidad y le ofreció
del
|café de gloria que estaba tomando. Confiado aquél en el
estado de regocijo que dejaba traslucir el vencedor, abordó de
lleno el objeto principal que lo había llevado allí, y al efecto,
le dijo sin rodeos:
General, en la calle se dice que Ud. piensa ordenar el
sacrificio del Dr. Andrés Aguilar, de don Plácido Morales y del
señor Ambrosio Hernández.
La noticia que usted ha oído es cierta: esos hombres serán
fusilados, porque yo juré castigar con todo rigor al asesino de
Obando y Cuéllar, y a los autores del asesinato de los presos el
siete de marzo.
Pero, General, esos caballeros tienen derecho a que se les
oiga en juicio y a que se les absuelva si son inocentes, como yo lo
creo, observó don Miguel.
Señor Samper, yo no soy un juez que administra justicia en
un juzgado, sino un general vencedor que aplica el
|Derecho de
gentes: he resuelto fusilarlos y usted sabe que yo sé hacerme
obedecer.
El tono con que el General Mosquera profirió las últimas
palabras, hizo comprender al señor Samper que por este lado nada
favorable obtendría, y salió con intención de solicitar la
influencia de los jefes que tuvieran más ascendiente sobre el
irritado vencedor. Desde este momento hasta que se consumó el
sacrificio de los que quiso salvar, no se ocupó el señor Samper en
otro asunto.
Desde por la tarde del dieciocho obtuvo permiso el referido
señor para visitar a los señores Morales y Aguilar, con quienes
tenía antiguas relaciones de amistad, y sin perder tiempo puso en
juego todos los resortes e influencias que creyó podrían conducir
al logro de sus nobles deseos: habló a unos, rogó a otros,
importunó a todos, sin que ninguno le diera la menor esperanza,
visto lo cual, se creyó en el ineludible deber de conciencia de
hacer saber, el diecinueve, al doctor Aguilar, la suerte que se le
esperaba.
Después de los saludos que se cruzaron, el señor Samper dio
principio a la penosa labor que iba a llenar, dirigiendo al doctor
Aguilar estas sencillas y espeluznantes palabras:
Amigo mío, creo que usted debe estar preparado para lo que
pueda sobrevenir, porque tengo fundados motivos para temer que la
vida de usted esté en peligro.
No lo creo, mi buen amigo, insinuó el doctor Aguilar; a
nadie le he hecho mal en el mundo; fui amigo político y personal
del General Mosquera, y tengo plena seguridad de probar mi
inocencia respecto de cualquier cargo que se me haga. Diga usted
al General que me oiga antes de condenarme.
Doctor, insistió el señor Samper; me es penoso decirle que
usted tiene pocas horas de vida, porque según toda probabilidad,
hoy lo fusilarán: he agotado todas mis influencias y las de mis
amigos; pero nada favorable he logrado. Arregle usted sus cosas y
esté preparado para lo peor que pueda sucederle, en la inteligencia
de que yo no lo abandonaré en ningún caso.
Después que salió de la prisión el señor Samper, entró el doctor
Aguilar en la capilla que había en el antiguo colegio de San
Buenaventura; y allí pediría la justicia que le negaban los
hombres...Ignoramos si Morales y Hernández pudieron prepararse
antes de que los lanzaran en los abismos insondables de la
eternidad.
A las cuatro de la tarde del mismo día se presentó el General
Luis Level de Goda, Ayudante general, en la casa que habitaba el
General Mosquera: éste lo recibió con señales de muy buen humor, se
informó de que no había novedad en la plaza, y lo invitó a que
tomara una copa de
|pousse café que en esos momentos apuraba
en compañía de varios señores, entre éstos el doctor Manuel José
Anaya, Protonotario apostólico, el Coronel Simón Arboleda y el
joven Carlos Arboleda, sobrino del General Mosquera. Después de
breves momentos se despidió Level de Goda, y al salir lo llamó el
General Mosquera para decirle que fuera a buscar al General Miguel
Bohórquez, jefe de día, y le comunicara la orden de que hiciera
fusilar a Morales, Aguilar y Hernández. El Ayudante general salió
inmediatamente, en la persuasión de que se trataba de una simple
amenaza; pero como sabía por experiencia propia que el Supremo
Director de la Guerra tenía por costumbre hacerse obedecer, volvió
a entrar en la casa y se puso a la vista de su jefe, quien al verle
le preguntó secamente si ya estaban cumplidas sus órdenes.
¿Es de veras lo que ha dicho, mi General? preguntó Level
con respeto.
Tan de veras, que si a las cinco de esta misma tarde no
están cumplidas mis órdenes, lo hago fusilar a usted.
Confundido Level de Goda con lo que acababa de oír, salió de la
pieza en que estaba el General Mosquera y entró en los
departamentos que ocupaba el General Herrán con su esposa, la
señora Amalia de Mosquera, hija predilecta del vencedor, y la
señora doña Mariana Arboleda de Mosquera, esposa del mismo, a fin
de darles aviso de la terrible orden de la cual era portador.
Apenas acabó de referir Level la funesta noticia, cuando la esposa,
la hija y el yerno del General Mosquera entraron precipitadamente
en el comedor en que aún permanecía éste, con el objeto de
interceder, en términos los más expresivos y vehementes, en favor
de los tres caballeros cuyas vidas estaban amenazadas. Viendo que
eran inútiles sus ruegos, la hija del vencedor tomó las manos de
éste y le dijo con varonil entereza:
|No puedo creer que mi padre manche su brillante triunfo
con la sangre de ningún prisionero.
Oído lo cual por el General Mosquera se puso de pie, dio un
fuerte golpe sobre la mesa y con ademán que no admitía réplica y
voz terrible que dejó perplejos a todos los circunstantes, exclamó
dirigiéndose a Carlos Arboleda: vé a buscar hospedaje donde no me
cobren con exigencias indebidas los servicios que me
presten!...
Sin esperanzas de aplacar la ira del General Mosquera, salió el
doctor Anaya en busca de los Generales José
|
Hilario López y
Santos Gutiérrez, a fin de que éstos interpusieran sus legítimas
influencias en favor de los que iban a ser fusilados. A pocos pasos
se encontró el doctor Anaya con don
|
José María Vergara y
Vergara, a quien comunicó la aterradora resolución del Presidente
provisorio. Con actividad digna de todo elogio, se pusieron en
busca de los expresados Generales a quienes no hallaron, porque
éstos estaban invitados a comer en casa del señor Francisco Antonio
Uribe. Cuando ya no había remedio, López y Gutiérrez supieron el
afán y el objeto con que se les buscaba.
Siempre que la fatalidad pesa sobre alguien, parece que todo
conspira en el sentido de allanar las dificultades que se
presentan para la consumación de los acontecimientos; así sucedió
en el caso que nos ocupa.
Al salir Level de Goda de la casa que habitaba el General
Mosquera, se encontró de manos a boca con el General Bohórquez, a
quien comunicó la orden verbal que había recibido, al mismo tiempo
que le encareció el mayor retardo posible en la ejecución, mientras
ponían en juego todas las influencias que pudieran conducir a que
desistiera el Presidente provisorio de tan cruel intento; pero
Bohórquez era un veterano que no tenía más criterio que el que
aprendió en las ordenanzas militares. Estaba en campaña y en el
cuartel general, era jefe de día, recibía por conducto regular el
mandato del General en jefe, y no tenía otra cosa que hacer sino
obedecer .
Si es una orden, contestó Bohórquez, voy a cumplirla, y
dando media vuelta al caballo en que iba montado, tomó la dirección
del cuartel de Artillería, situado en la plazuela de San Agustín,
donde estaba alojado el Batallón 13,al mando del Coronel Vicente
Piñeres, quien en esos momentos se hallaba fuera del cuartel. Al
toque de llamada apresurada al jefe del cuerpo, salió éste de una
de las tiendas situadas en los bajos de la casa que era de don José
María Valenzuela, en la esquina diagonal al edificio del
Observatorio Astronómico. Al ver a Piñeres el Jefe de día, le
ordenó que llevara el batallón a la entonces Huerta de Jaime, y sin
más explicaciones picó los ijares del caballo y se encaminó a dar
las disposiciones conducentes a la ejecución de lo que aquél creía
un deber. Hizo sacar de la cárcel a don Plácido Morales, con orden
para que lo condujeran, pasando por la plaza de Bolívar y la calle
de Florián, hasta llegar al colegio de San Buenaventura, donde
retenían al doctor Andrés Aguilar: una vez reunidos los dos
prisioneros, los hicieron bajar por la calle de
|Los Cameros,
escoltados por un batallón que marchaba al compás de la banda de
música que iba a la cabeza, hasta la plazuela de La Capuchina,
donde los reunieron con Ambrosio Hernández, a quien tenían preso en
el cuartel que improvisaron en la casa situada en el ángulo
noroeste de la calle que conduce de dicha plazuela a la antigua
Alameda.
Al salir de la cárcel el infortunado Morales vio a su idolatrada
hija menor, la señorita Dolores, que velaba al frente de la
prisión, llena de angustia por la suerte de su padre, la que tuvo
valor para atravesar las filas de soldados que rodeaban a éste y
preguntarle con la ansiedad que es de suponerse, si sabía a qué
parte lo llevaban. . .
No lo sé, hija mía, fue la última palabra que oyó de los
labios de su padre la desolada niña!
Don Miguel Samper rondaba los alrededores del colegio de San
Buenaventura, con la esperanza de prestar algún auxilio al
desgraciado doctor Aguilar, cuando sacaron a éste para conducirlo
al sitio de donde no debía volver, y como en esos momentos pasara
por allí el Coronel Manuel María Victoria,
|el Negro, el
señor Samper lo interesó vivamente para que fuera a casa del
General Mosquera, con el fin de que obtuviera al menos una orden
que suspendiera la ejecución: ya en camino para la Huerta de Jaime
los alcanzó aquél y le manifestó lo infructuoso de los pasos que
había dado.
Siempre atormentó al señor Samper, en las tranquilas horas de
reposo, el recuerdo del ademán y la mirada de angustioso adiós que
le dirigió con muda elocuencia y pálido rostro el que iba a
morir!
Al aproximarse los prisioneros a la antigua Calle Honda, que va
de la plazuela de San Victorino hacia el Sur, bajaba por la calle
de San Juan de Dios el Batallón
|
13
|.Los prisioneros
siguieron adelante hasta la Huerta de Jaime, en mitad de la cual
hizo formar Piñeres el batallón, en la dirección de Norte a
Sur.
Todos aquellos a quienes la casualidad tenía reunidos en ese
sitio, estábamos en la persuasión de que se trataba de cualquier
suceso, menos el de dar muerte a esos caballeros; y hasta éstos
parecían indiferentes a lo que pasaba en derredor suyo.
De repente se presentó a caballo el General Bohórquez, se acercó
al Coronel Pineros y le dijo algo muy grave, porque éste hizo un
movimiento de sorpresa, acompañado de un gesto de horror. En
seguida se acercó Piñeres a la cabeza del batallón y dio una orden
al primer oficial, orden que no oímos; pero que los hechos
posteriores nos hicieron comprender.
Al occidente de dicha plaza había una zanja de un metro de
anchura, llena de agua cubierta de plantas acuáticas, a distancia
de cuatro o cinco metros de la pared que aún existe a pocos pasos
de la calle nueva abierta al costado occidental de la misma; de
manera que entre la zanja y la pared había un andén sin empedrar.
Hacia este sitio condujeron a los prisioneros y los colocaron dando
frente al Oriente y la espalda a la zanja; pero por causas que no
comprendimos, el oficial que se destacó con una escolta del
batallón, invitó a los prisioneros para que saltaran la zanja,
operación que éstos ejecutaron en completa calma, después de lo
cual enfilaron los soldados al borde oriental de aquélla.
El doctor Aguilar se situó al Norte: vestía gabán y pantalones
de paño de color azul turquí y sombrero negro de fieltro; el señor
Morales ocupó el centro: vestía levita y pantalones negros, chaleco
de paño y sombrero de fieltro de color carmelita; el Coronel
Hernández se colocó al Sur: vestía dolmán con alamares y pantalón
de color gris y sombrero de Suaza. Todos de pie, con la vista fija
en la escolta que tenían al frente, sin proferir ni una palabra: a
juzgar por las apariencias de las víctimas, éstas no se daban
cuenta de la excepcional gravedad de su situación.
En medio del silencio que en esos momentos embargaba la atención
de todos, se oyó la voz de mando del oficial que gritó:
Preparen! Apunten!... Retiren!. . .
En su atolondramiento, el oficial olvidó que los fusiles estaban
descargados, prolongando así, sin intención, el suplicio de tres
hombres a quienes se iba a dar muerte sin concederles los socorros
y consuelos de la religión, que no se niegan ni aun a los mayores
criminales.
Carguen a discreción! ordenó el jefe de la escolta; y en tanto
que los soldados obedecían este mandato, las tres víctimas debieron
comprender, a no quedarles ya duda posible, que apenas tenían
tiempo para acogerse por un instante al precioso atributo de la
misericordia divina... Don Plácido hizo un ligero movimiento
volteando la cabeza como para no ver los pavorosos preparativos. El
entonces R. Padre Paúl, que después fue Arzobispo de Bogotá, se
hallaba en la puerta de la
|Quinfa de Segovía, donde los
jesuítas tenían el noviciado: desde allí perdonó, en nombre del
|ajusticiado Jesús, a los que apuraban en esos momentos el
amargo cáliz de la muerte!
El oficial exclamó con voz resuelta: Preparen! apunten!.. .
fuego!
Envueltos en el humo de la pólvora vimos que Aguilar cayó de
bruces y que pudo voltearse dando la espalda al suelo; Morales cayó
de espaldas por el balazo que le destrozó la cabeza en la sien
izquierda; Hernández se desplomó sobre el último; pero logró
incorporarse por un instante para caer boca arriba con el brazo
derecho extendido en ademán de imponente indiferencia. Los soldados
continuaron disparando indistintamente sobre los tres.
Aguilar fue el último que murió después de penosa agonía; le
despedazaron la frente y la mano derecha, en la que le destruyeron
los dedos pulgar, índice y cordial.
Terminada la ejecución, regresó el Batallón 13 a su cuartel,
dejando los tres cadáveres en la posición en que quedaron al
expirar, bañados en su propia sangre y manchados con el lodo del
sitio en donde cayeron.
Sobrecogidos de horror ante la espantosa realidad que teníamos a
la vista, permanecimos junto a las víctimas hasta que, casi al
cerrar la noche, se presentaron los deudos del señor Morales para
recogerlo y llevarlo a la iglesia de La Capuchina, donde lo lavaron
y amortajaron con el hábito de San Francisco, para hacerle los
funerales al día siguiente. Al doctor Aguilar y al Coronel
Hernández, los hicieron recoger, al primero, don Miguel Samper, y
al último, los señores Juan y Tomás Campuzano, para conducirlos a
la iglesia de San Juan de Dios, donde les hicieron modestísimo
funeral al día siguiente. Para cumplir esta obra de misericordia
respecto de Aguilar, sólo se presentaron el expresado señor Samper,
el doctor Vicente Lombana y el subdito inglés don Santiago
Brush.
La noticia de la ejecución que dejamos relatada se esparció por
la ciudad con increíble rapidez, y produjo en todos los habitantes
profunda impresión de sorpresa, terror y desaliento .
Desde el año de 1842 no se había vuelto á ver en este país el
horrible espectáculo del cadalso político que glorifica a las
víctimas y mancha de sangre a quienes lo erigen en sistema de
represión.
Y como se temía ya con fundamento que corrieran igual suerte
otros prisioneros a quienes se reputaba con mayores compromisos,
los jefes liberales y otras personas influyentes de este partido se
presentaron en la misma noche en casa del General Mosquera, para
exigirle formal promesa de que no ordenaría el sacrificio de ningún
otro adversario político, promesa que el Presidente provisorio
cumplió, anunciándola al país en la alocución que dirigió el 20 de
julio, en donde se lee lo siguiente:
"De hoy en adelante nadie debe morir entre los
prisioneros, y todos recibirán protección y garantías compatibles
con el derecho de la guerra; y únicamente se tomarán aquellas
medidas que sean indispensables para conservar el triunfo de la
libertad".
¡Lástima que tan hermosas palabras no se hubieran puesto en
práctica desde el 18 de julio, después del último disparo de
fusil!
El asesinato de los presos del 7 de marzo, la muerte del General
José María Obando y del Coronel Patrocinio Cuéllar, y la ejecución
del doctor Andrés Aguilar, de don Plácido Morales y del Coronel
Ambrosio Hernández, son tres episodios fatalmente enlazados entre
sí, que si no disculpan de manera alguna la muerte de los tres
últimos, explican los fundamentos falsos en que se apoyó el
criterio del General Mosquera para asumir ante la Historia la
responsabilidad de la muerte dada a tres ciudadanos, dos de ellos
padres de familia, sin otra fórmula de juicio que una simple orden
verbal; pero no es menos grave ante Dios que todo lo ve, la
culpabilidad de aquellos que, escudados con el anónimo y seguros de
sacar la brasa por mano ajena, propalaron con siniestras
intenciones la especie de que Hernández fue quien dio muerte a
Obando, y la no menos aventurada de que Aguilar y Morales urdieron
el infame complot de facilitar la fuga de los presos para
asesinarlos .
Desgraciadamente el expirante gobierno de la Confederación
atravesaba una crisis que debía serle fatal: las pasiones políticas
alcanzaban la mayor intensidad, y sólo pesaba en la balanza el
elemento militar, al cual era preciso consentir como único recurso
con que se contaba para salvar la situación.
En épocas normales habría sido posible abrir investigaciones
que condujeran al esclarecimiento de los hechos ocurridos en la
|Agua Nueva, la tarde del 7 de marzo citado; y así se habría
puesto en claro la inculpabilidad de Aguilar y Morales en su
calidad de funcionarios de la administración civil de Bogotá, al
propio tiempo que se habría hecho recaer el peso de la justicia
sobre los cobardes asesinos que arrojaron una mancha al partido a
que pertenecían, y deshonraron la noble profesión. de las armas.
Pero en vez de obrar así, se miró con indiferencia el atentado que
presenció la ciudad, y se oyeron con desprecio las amenazas que
hacía desde su campamento el guerrero que siempre se preció de
cumplir lo que prometía, contribuyendo así a que se cumpliera el
nunca bien lamentado episodio del19 de Julio del mismo año.
¿Y qué diremos de Ambrosio Hernández a quien debió sometérsele
al crisol de un consejo de guerra que pusiera en claro su inocencia
o culpabilidad?
Si el General Mosquera, en vez de dar entero crédito a las
infundadas acusaciones que le llevaron contra esos caballeros,
hubiera dispuesto que los juzgara cualquier tribunal, hoy no
tendríamos que escribir esta página de sangre en la historia de uno
de nuestros hombres de estado más notables.
La muerte dada a las tres víctimas del diecinueve de julio,
imprimió a la guerra civil un carácter de ferocidad hasta entonces
inusitado en nuestras luchas fratricidas: los ejércitos de la
Confederación cobraron el ciento por uno de represalias, y en todo
el ámbito de la República se presenciaron escenas de exterminio y
de sangre que hicieron recordar las atrocidades de los
|Chuanes en la Vendée y a Carrier en Nantes, durante la época
del Terror, en la revolución francesa.
El General Mosquera enviaba prisioneros a
|Bocachica, en
la bahía de Cartagena, y la célebre guerrilla de Guasca encerraba a
quienes cogía en
|Bocagrande,que así se llama una gran
cueva que hay en el páramo del mismo nombre; y como ésta no
podía guardarlos con la deseada seguridad, se les aplicaba la
famosa
|cachupina, infernal invención de Boves, Monteverde y
compañía, en los tiempos de la guerra a muerte, la que consistía en
un chaleco de cuero fresco, cosido en la espalda con el pelo para
adentro, y el correspondiente cuello levantado, más dos agujeros en
la cintura para aprisionar las manos, hecho lo cual se ponía a los
prisioneros al sol para que al secarse el cuero les produjera
atroces martirios .
En el Tolima
|los rojos enviaban los prisioneros al
|champán,esto es, a que los degollarán, y
|los
godos los mandaban
|a traer agua, lo que equivalía a
hacerlos lancear en las orillas del río: en una palabra,
dondequiera que se levantaba alguna fuerza aislada, cometían las
mayores depredaciones y crueldades, porque unos y otros aplicaban a
su modo el derecho de la guerra. Y este carnaval de sangre duró
tres años! ¡Quién hubiera hecho creer al doctor Aguilar, cuando
defendía generosamente a Obando, ante el Senado de
|
1855,
|
después de que éste no encontró un amigo que quisiera
hacerlo,y al proclamar y sostener la candidatura del General
Mosquera para la presidencia de la República, en el año de 1857,
que éste lo haría fusilar en unión del supuesto matador de aquél!
Irrisiones del destino!
Entre las gracias que hemos pedido a Dios, con gran ahinco, se
cuenta la de que nos libre de caer en manos de algún General
vencedor que nos aplique el derecho de gentes...