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FUSILAMIENTO DE DON PLACIDO MORALES, DEL DOCTOR ANDRES AGUILAR Y DEL CORONEL AMBROSIO HERNANDEZ

 La revolución que principió en Popayán el 8 de mayo de 1860, como dijimos antes, y que apenas contaba con sesenta fusiles de chispa y con el entonces problemático prestigio del General Mosquera, había llegado de triunfo en triunfo, disputado palmo a palmo, al río del |Arzobispo, esto es, a los arrabales de Bogotá, por el Norte. El expirante gobierno de Ia Confederación, que presidía el doctor Bartolomé Calvo, Procurador General de la Nación encargado del Poder Ejecutivo, por acefalía de la Presidencia de la República, dominaba el terreno que pisaba con un ejército de 2,000 hombres desalentados e incapaces da luchar, con probabilidades de triunfo, con los 5,000 soldados aguerridos que mandaba el jefe de la revolución, secundado por antiguos veteranos y tenientes jóvenes y entusiastas.

Los fueros de la humanidad demandaban que se celebrara un tratado o convenio, a virtud del cual se obtuviera una honrosa capitulación que pusiera término al conflicto con la ocupación pacífica de la capital por el ejército de la revolución, y la garantía de la vida y propiedades de los defensores de la legitimidad; pero el orgullo mal entendido de éstos y una obcecación llevada hasta la temeridad, cerraron los oídos a todo avenimiento, y el drama tuvo el desenlace previsto, con la batalla librada en los arrabales de Bogotá, el 18 de julio, donde, si bien es cierto que el reducido ejército de la Confederación peleó con, heroísmo, no lo es menos que el país perdió en aquel día hombres muy notables, que habrían podido continuar prestando a la patria sus importantes servicios, y más de doscientos soldados que dejaron tras de sí su correspondiente séquito de viudas y huérfanos. Además, el General Mosquera ocupó a Bogotá después de que la mayor parte del ejército vencido quedó prisionero y a discreción del vencedor, lo mismo que los habitantes de la ciudad, entre éstos el doctor Andrés Aguilar, Intendente de Cundinamarca, don Plácido Morales, Prefecto de Bogotá, y el Coronel Ambrosio Hernández.

Por una de aquellas aberraciones inconcebibles, los derrotados que venían a la ciudad del lugar del combate, para ocultarse, aseguraban que estaban triunfantes, y estas falsas noticias contribuyeron en mucho para que los tres caballeros que hemos mencionado, — sobre el último de los cuales se hacía recaer la responsabilidad de la muerte del General Obando y del Coronel Cuéllar, y respecto de los dos primeros les achacaban la dirección del complot para hacer fugar los presos, el 7 de marzo y asesinarlos,—no tuvieran tiempo para asilarse en alguna de las legaciones o seguir a los derrotados que tomaron la vía de San. Antonio de Tena y Fusagasugá, a donde nadie fue a inquietarlos por el momento.

Aguilar y Morales encontraron improvisado asilo en la casa del señor Zenón Padilla, situada en la esquina noreste que da principio al camellón de Las Nieves, y Hernández, en la morada del subdito inglés, señor Samuel Sáyer; pero denunciados por personas despiadadas que los vieron entrar, los sacaron y los llevaron a la plaza de Bolívar, en ancas de caballos de los vencedores, al mismo tiempo que el General Mosquera clavaba la bandera de la revolución triunfante al pie de la estatua del Libertador. Al ver aquél a los prisioneros, ordenó que los fusilaran allí mismo; mas el General Santos Gutiérrez que estaba presente, logró salvarlos por el momento, y aun llegó a creer que la intención de Mosquera no pasaría de una amenaza. De allí condujeron a Morales a la antigua cárcel, que quedaba a pocos pasos de distancia de la plaza de Bolívar, en la calle 10; a Hernández, al cuartel situado en la esquina noroeste de la calle que va de La Capuchina para |La Alameda, y a Aguilar, al antiguo colegio de San Buenaventura, al frente del puente de Cundinamarca, aherrojándolos como si fueran insignes criminales.

No bien hubo cesado el fragor del combate, empezó a susurrarse la noticia de que iban a fusilar a los prisioneros a quienes se imputaban los hechos que hemos referido; y como tales decires llegaran a conocimiento del señor Miguel Samper, este generoso caballero no vaciló en ir a la casa en que se hospedó provisionalmente el General Mosquera, la misma que habitaba el General Pedro Alcántara Herrán con su familia frente al  |Chorro del Rodadero, en la calle 13.

El señor Samper fue introducido al salón de la casa donde estaba el General Mosquera, quien lo recibió con afabilidad y le ofreció del |café de gloria que estaba tomando. Confiado aquél en el estado de regocijo que dejaba traslucir el vencedor, abordó de lleno el objeto principal que lo había llevado allí, y al efecto, le dijo sin rodeos:

—General, en la calle se dice que Ud. piensa ordenar el sacrificio del Dr. Andrés Aguilar, de don Plácido Morales y del señor Ambrosio Hernández.

—La noticia que usted ha oído es cierta: esos hombres serán fusilados, porque yo juré castigar con todo rigor al asesino de Obando y Cuéllar, y a los autores del asesinato de los presos el siete de marzo.

—Pero, General, esos caballeros tienen derecho a que se les oiga en juicio y a que se les absuelva si son inocentes, como yo lo creo, observó don Miguel.

—Señor Samper, yo no soy un juez que administra justicia en un juzgado, sino un general vencedor que aplica el |Derecho de gentes: he resuelto fusilarlos y usted sabe que yo sé hacerme obedecer.

El tono con que el General Mosquera profirió las últimas palabras, hizo comprender al señor Samper que por este lado nada favorable obtendría, y salió con intención de solicitar la influencia de los jefes que tuvieran más ascendiente sobre el irritado vencedor. Desde este momento hasta que se consumó el sacrificio de los que quiso salvar, no se ocupó el señor Samper en otro asunto.

Desde por la tarde del dieciocho obtuvo permiso el referido señor para visitar a los señores Morales y Aguilar, con quienes tenía antiguas relaciones de amistad, y sin perder tiempo puso en juego todos los resortes e influencias que creyó podrían conducir al logro de sus nobles deseos: habló a unos, rogó a otros, importunó a todos, sin que ninguno le diera la menor esperanza, visto lo cual, se creyó en el ineludible deber de conciencia de hacer saber, el diecinueve, al doctor Aguilar, la suerte que se le esperaba.

Después de los saludos que se cruzaron, el señor Samper dio principio a la penosa labor que iba a llenar, dirigiendo al doctor Aguilar estas sencillas y espeluznantes palabras:

—Amigo mío, creo que usted debe estar preparado para lo que pueda sobrevenir, porque tengo fundados motivos para temer que la vida de usted esté en peligro.

—No lo creo, mi buen amigo, insinuó el doctor Aguilar; a nadie le he hecho mal en el mundo; fui amigo político y personal del General Mosquera, y tengo plena seguridad de probar mi inocencia respecto  de cualquier cargo que se me haga. Diga usted al General que me oiga antes de condenarme.

—Doctor, insistió el señor Samper; me es penoso decirle que usted tiene pocas horas de vida, porque según toda probabilidad, hoy lo fusilarán: he agotado todas mis influencias y las de mis amigos; pero nada favorable he logrado. Arregle usted sus cosas y esté preparado para lo peor que pueda sucederle, en la inteligencia de que yo no lo abandonaré en ningún caso.

Después que salió de la prisión el señor Samper, entró el doctor Aguilar en la capilla que había en el antiguo colegio de San Buenaventura; y allí pediría la justicia que le negaban los hombres...Ignoramos si Morales y Hernández pudieron prepararse antes de que los lanzaran en los abismos insondables de la eternidad.

A las cuatro de la tarde del mismo día se presentó el General Luis Level de Goda, Ayudante general, en la casa que habitaba  el General Mosquera: éste lo recibió con señales de muy buen humor, se informó de que no había novedad en la plaza, y lo invitó a que tomara una copa de |pousse café que en esos momentos apuraba en compañía de varios señores, entre éstos el doctor Manuel José Anaya, Protonotario apostólico, el Coronel Simón Arboleda y el joven Carlos Arboleda, sobrino del General Mosquera.  Después de breves momentos se despidió Level de Goda, y al salir lo llamó el General Mosquera para decirle que fuera a buscar al General Miguel Bohórquez, jefe de día, y le comunicara la orden de que hiciera fusilar a Morales, Aguilar y Hernández. El Ayudante general salió inmediatamente, en la persuasión de que se trataba de una simple amenaza; pero como sabía por experiencia propia que el Supremo Director de la Guerra tenía por costumbre hacerse obedecer, volvió a entrar en la casa y se puso a la vista de su jefe, quien al verle le preguntó secamente si ya estaban cumplidas sus órdenes.

—¿Es de veras lo que ha dicho, mi General? preguntó Level con respeto.

—Tan de veras, que si a las cinco de esta misma tarde no están cumplidas mis órdenes, lo hago fusilar a usted.

Confundido Level de Goda con lo que acababa de oír, salió de la pieza en que estaba el General Mosquera y entró en los departamentos que ocupaba el General Herrán con su esposa, la señora Amalia de Mosquera, hija predilecta del vencedor, y la señora doña Mariana Arboleda de Mosquera, esposa del mismo, a fin de darles aviso de la terrible orden de la cual era portador. Apenas acabó de referir Level la funesta noticia, cuando la esposa, la hija y el yerno del General Mosquera entraron precipitadamente en el  comedor en que aún permanecía éste, con el objeto de interceder, en términos los más expresivos y vehementes, en favor de los tres caballeros cuyas vidas estaban amenazadas. Viendo que eran inútiles sus ruegos, la hija del vencedor tomó las manos de éste y le dijo con varonil entereza:

|No puedo creer que mi padre manche su brillante triunfo con la sangre de ningún prisionero.

Oído lo cual por el General Mosquera se puso de pie, dio un fuerte golpe sobre la mesa y con ademán que no admitía réplica y voz terrible que dejó perplejos a todos los circunstantes, exclamó dirigiéndose a Carlos Arboleda: vé a buscar hospedaje donde no me cobren con exigencias indebidas los servicios que me presten!...

Sin esperanzas de aplacar la ira del General Mosquera, salió el doctor Anaya en busca de los Generales José | Hilario López y Santos Gutiérrez, a fin de que éstos interpusieran sus legítimas influencias en favor de los que iban a ser fusilados. A pocos pasos se encontró el doctor Anaya con don | José María Vergara y Vergara, a quien comunicó la aterradora resolución del Presidente provisorio. Con actividad digna de todo elogio, se pusieron en busca de los expresados Generales a quienes no hallaron, porque éstos estaban invitados a comer en casa del señor Francisco Antonio Uribe. Cuando ya no había remedio, López y Gutiérrez supieron el afán y el objeto con que se les buscaba.

Siempre que la fatalidad pesa sobre alguien, parece que todo conspira en el sentido  de allanar las dificultades que se presentan para la consumación de los acontecimientos; así sucedió en el caso que nos ocupa.

Al salir Level de Goda de la casa que habitaba el General Mosquera, se encontró de manos a boca con el General Bohórquez, a quien comunicó la orden verbal que había recibido, al mismo tiempo que le encareció el mayor retardo posible en la ejecución, mientras ponían en juego todas las influencias que pudieran conducir a que desistiera el Presidente provisorio de tan cruel intento; pero Bohórquez era un veterano que no tenía más criterio que el que aprendió en las ordenanzas militares.  Estaba en campaña y en el cuartel general, era jefe de día, recibía por conducto regular el mandato del General en jefe, y no tenía otra cosa que hacer sino obedecer .

—Si es una orden, contestó Bohórquez, voy a cumplirla, y dando media vuelta al caballo en que iba montado, tomó la dirección del cuartel de Artillería, situado en la plazuela de San Agustín, donde estaba alojado el Batallón 13,al mando del Coronel Vicente Piñeres, quien en esos momentos  se hallaba fuera del cuartel. Al toque de llamada apresurada al jefe del cuerpo, salió éste de una de las tiendas situadas en los bajos de la casa que era de don José María Valenzuela, en la esquina diagonal al edificio del Observatorio Astronómico. Al ver a Piñeres el Jefe de día, le ordenó que llevara el batallón a la entonces Huerta de Jaime, y sin más explicaciones picó los ijares del caballo y se encaminó a dar las disposiciones conducentes a la ejecución de lo que aquél creía un deber. Hizo sacar de la cárcel a don Plácido Morales, con orden para que lo condujeran, pasando por la plaza de Bolívar y la calle de Florián, hasta llegar al colegio de San Buenaventura, donde retenían al doctor Andrés Aguilar: una vez reunidos los dos prisioneros, los hicieron bajar por la calle de |Los Cameros, escoltados por un batallón que marchaba al compás de la banda de música que iba a la cabeza, hasta la plazuela de La Capuchina, donde los reunieron con Ambrosio Hernández, a quien tenían preso en el cuartel que improvisaron en la casa situada en el ángulo noroeste de la calle que conduce de dicha plazuela a la antigua Alameda.

Al salir de la cárcel el infortunado Morales vio a su idolatrada hija menor, la señorita Dolores, que velaba al frente de la prisión, llena de angustia por la suerte de su padre, la que tuvo valor para atravesar las filas de soldados que rodeaban a éste y preguntarle con la ansiedad que es de suponerse, si sabía a qué parte lo llevaban. . .

—No lo sé, hija mía, fue la última palabra que oyó de los labios de su padre la desolada niña!

Don Miguel Samper rondaba los alrededores del colegio de San Buenaventura, con la esperanza de prestar algún auxilio al desgraciado doctor Aguilar, cuando sacaron a éste para conducirlo al sitio de donde no debía volver, y como en esos momentos pasara por allí el Coronel Manuel María Victoria, |el Negro, el señor Samper lo interesó vivamente para que fuera a casa del General Mosquera, con el fin de que obtuviera al menos una orden que suspendiera la ejecución: ya en camino para la Huerta de Jaime los alcanzó aquél y le manifestó lo infructuoso de los pasos que había dado.

Siempre atormentó al señor Samper, en las tranquilas horas de reposo, el recuerdo del ademán y la mirada de angustioso adiós que le dirigió con muda elocuencia y pálido rostro el que iba a morir!

Al aproximarse los prisioneros a la antigua Calle Honda, que va de la plazuela de San Victorino hacia el Sur, bajaba por la calle de San Juan de Dios el Batallón | 13 |.Los prisioneros siguieron adelante hasta la Huerta de Jaime, en mitad de la cual hizo formar Piñeres el batallón, en la dirección de Norte a Sur.

Todos aquellos a quienes la casualidad tenía reunidos en ese sitio, estábamos en la persuasión de que se trataba de cualquier suceso, menos el de dar muerte a esos caballeros; y hasta éstos parecían indiferentes a lo que pasaba en derredor suyo.

De repente se presentó a caballo el General Bohórquez, se acercó al Coronel Pineros y le dijo algo muy grave, porque éste hizo un movimiento de sorpresa, acompañado de un gesto de horror. En seguida se acercó Piñeres a la cabeza del batallón y dio una orden al primer oficial, orden que no oímos; pero que los hechos posteriores nos hicieron comprender.

Al occidente de dicha plaza había una zanja de un metro de anchura, llena de agua cubierta de plantas acuáticas, a distancia  de cuatro o cinco metros de la pared que aún existe a pocos pasos de la calle nueva abierta al costado occidental de la misma; de manera que entre la zanja y la pared había un andén sin empedrar. Hacia este sitio condujeron a los prisioneros y los colocaron dando frente al Oriente y la espalda a la zanja; pero por causas que no comprendimos, el oficial que se destacó con una escolta del batallón, invitó a los prisioneros para que saltaran la zanja, operación que éstos ejecutaron en completa calma, después de lo cual enfilaron los soldados al borde oriental de aquélla.

El doctor Aguilar se situó al Norte: vestía gabán y pantalones de paño de color azul turquí y sombrero negro de fieltro; el señor Morales ocupó el centro: vestía levita y pantalones negros, chaleco de paño y sombrero de fieltro de color carmelita; el Coronel Hernández se colocó al Sur: vestía dolmán con alamares y pantalón de color gris y sombrero de Suaza. Todos de pie, con la vista fija en la escolta que tenían al frente, sin proferir ni una palabra: a juzgar por las apariencias de las víctimas, éstas no se daban cuenta de la excepcional gravedad de su situación.

En medio del silencio que en esos momentos embargaba la atención de todos, se oyó la voz de mando del oficial que gritó:

—Preparen! Apunten!... Retiren!. . .

En su atolondramiento, el oficial olvidó que los fusiles estaban descargados, prolongando así, sin intención, el suplicio de tres hombres a quienes se iba a dar muerte sin concederles los socorros y consuelos de la religión, que no se niegan ni aun a los mayores criminales.

Carguen a discreción! ordenó el jefe de la escolta; y en tanto que los soldados obedecían este mandato, las tres víctimas debieron comprender, a no quedarles ya duda posible, que apenas tenían tiempo para acogerse por un instante al precioso atributo de la misericordia divina... Don Plácido hizo un ligero movimiento volteando la cabeza como para no ver los pavorosos preparativos. El entonces R. Padre Paúl, que después fue Arzobispo de Bogotá, se hallaba en la puerta de la |Quinfa de Segovía, donde los jesuítas tenían el noviciado: desde allí perdonó, en nombre del |ajusticiado Jesús, a los que apuraban en esos momentos el amargo cáliz de la muerte!

El oficial exclamó con voz resuelta: Preparen! apunten!.. .  fuego!

Envueltos en el humo de la pólvora vimos que Aguilar cayó de bruces y que pudo voltearse dando la espalda al suelo; Morales cayó de espaldas por el balazo que le destrozó la cabeza en la sien izquierda; Hernández se desplomó sobre el último; pero logró incorporarse por un instante para caer boca arriba con el brazo derecho extendido en ademán de imponente indiferencia. Los soldados continuaron disparando indistintamente sobre los tres.

Aguilar fue el último que murió después de penosa agonía; le despedazaron la frente y la mano derecha, en la que le destruyeron los dedos pulgar, índice y cordial.

Terminada la ejecución, regresó el Batallón 13 a su cuartel, dejando los tres cadáveres en la posición en que quedaron al expirar, bañados en su propia sangre y manchados con el lodo del sitio en donde cayeron.

Sobrecogidos de horror ante la espantosa realidad que teníamos a la vista, permanecimos junto a las víctimas hasta que, casi al cerrar la noche, se presentaron los deudos del señor Morales para recogerlo y llevarlo a la iglesia de La Capuchina, donde lo lavaron y amortajaron con el hábito de San Francisco, para hacerle los funerales al día siguiente. Al doctor Aguilar y al Coronel Hernández, los hicieron recoger, al primero, don Miguel Samper, y al último, los señores Juan y Tomás Campuzano, para conducirlos a la iglesia de San Juan de Dios, donde les hicieron modestísimo funeral al día siguiente. Para cumplir esta obra de misericordia respecto de Aguilar, sólo se presentaron el expresado señor Samper, el doctor Vicente Lombana y el subdito inglés don Santiago Brush.

La noticia de la ejecución que dejamos relatada se esparció por la ciudad con increíble rapidez, y produjo en todos los habitantes profunda impresión de sorpresa, terror y desaliento .

Desde el año de 1842 no se había vuelto á ver en este país el horrible espectáculo del cadalso político que glorifica a las víctimas y mancha de sangre a quienes lo erigen en sistema de represión.

Y como se temía ya con fundamento que corrieran igual suerte otros prisioneros a quienes se reputaba con mayores compromisos, los jefes liberales y otras personas influyentes de este partido se presentaron en la misma noche en casa del General Mosquera, para exigirle formal promesa de que no ordenaría el sacrificio de ningún otro adversario político, promesa que el Presidente provisorio cumplió, anunciándola al país en la alocución que dirigió el 20 de julio, en donde se lee lo siguiente:

"De hoy en adelante nadie debe morir entre los prisioneros, y todos recibirán protección y garantías compatibles con el derecho de la guerra; y únicamente se tomarán aquellas medidas que sean indispensables  para conservar el triunfo de la libertad".

¡Lástima que tan hermosas palabras no se hubieran puesto en práctica desde el 18 de julio, después del último disparo de fusil!

El asesinato de los presos del 7 de marzo, la muerte del General José María Obando y del Coronel Patrocinio Cuéllar, y la ejecución del doctor Andrés Aguilar, de don Plácido Morales y del Coronel Ambrosio Hernández, son tres episodios fatalmente enlazados entre sí, que si no disculpan de manera alguna la muerte de los tres últimos, explican los fundamentos falsos en que se apoyó el criterio del General Mosquera para asumir ante la Historia la responsabilidad de la muerte dada a tres ciudadanos, dos de ellos padres de familia, sin otra fórmula de juicio que una simple orden verbal; pero no es menos grave ante Dios que todo lo ve, la culpabilidad de aquellos que, escudados con el anónimo y seguros de sacar la brasa por mano ajena, propalaron con siniestras intenciones la especie de que Hernández fue quien dio muerte a Obando, y la no menos aventurada de que Aguilar y Morales urdieron el infame complot de facilitar la fuga de los presos para asesinarlos .

Desgraciadamente el expirante gobierno de la Confederación atravesaba una crisis que debía serle fatal: las pasiones políticas alcanzaban la mayor intensidad, y sólo pesaba en la balanza el elemento militar, al cual era preciso consentir como único recurso con que se contaba para salvar la situación.

En épocas normales habría sido  posible abrir investigaciones que condujeran al esclarecimiento de los hechos ocurridos en la |Agua Nueva, la tarde del 7 de marzo citado; y así se habría puesto en claro la inculpabilidad de Aguilar y Morales en su calidad de funcionarios de la administración civil de Bogotá, al propio tiempo que se habría hecho recaer el peso de la justicia sobre los cobardes asesinos que arrojaron una mancha al partido a que pertenecían, y deshonraron la noble profesión. de las armas. Pero en vez de obrar así, se miró con indiferencia el atentado que presenció la ciudad, y se oyeron con desprecio las amenazas que hacía desde su campamento el guerrero que siempre se preció de cumplir lo que prometía, contribuyendo así a que se cumpliera el nunca bien lamentado episodio del19 de Julio del mismo año.

¿Y qué diremos de Ambrosio Hernández a quien debió sometérsele al crisol de un consejo de guerra que pusiera en claro su inocencia o culpabilidad?

Si el General Mosquera, en vez de dar entero crédito a las infundadas acusaciones que le llevaron contra esos caballeros,  hubiera dispuesto que los juzgara cualquier tribunal, hoy no tendríamos que escribir esta página de sangre en la historia de uno de nuestros hombres de estado más notables.

La muerte dada a las tres víctimas del diecinueve de julio, imprimió a la guerra civil un carácter de ferocidad hasta entonces inusitado en nuestras luchas fratricidas: los ejércitos de la Confederación cobraron el ciento por uno de represalias, y en todo el ámbito de la República se presenciaron escenas de exterminio y de sangre que hicieron recordar las atrocidades de los |Chuanes en la Vendée y a Carrier en Nantes, durante la época del Terror, en la revolución francesa.

El General Mosquera enviaba prisioneros a |Bocachica, en la bahía de Cartagena, y la célebre guerrilla de Guasca encerraba a quienes cogía en |Bocagrande,—que así se llama una gran cueva que hay en el páramo del mismo nombre; —y como ésta no podía guardarlos con la deseada seguridad, se les aplicaba la famosa |cachupina, infernal invención de Boves, Monteverde y compañía, en los tiempos de la guerra a muerte, la que consistía en un chaleco de cuero fresco, cosido en la espalda con el pelo para adentro, y el correspondiente cuello levantado, más dos agujeros en la cintura para aprisionar las manos, hecho lo cual se ponía a los prisioneros al sol para que al secarse el cuero les produjera atroces martirios .

En el Tolima |los rojos enviaban los prisioneros al |champán,—esto es, a que los degollarán, y |los godos los mandaban |a traer agua, lo que equivalía a hacerlos lancear en las orillas del río: en una palabra, dondequiera que se levantaba alguna fuerza aislada, cometían las mayores depredaciones y crueldades, porque unos y otros aplicaban a su modo el derecho de la guerra. Y este carnaval de sangre duró tres años! ¡Quién hubiera hecho creer al doctor Aguilar, cuando defendía  generosamente a Obando, ante el Senado de | 1855, — | después de que éste no encontró un amigo que quisiera hacerlo,—y al proclamar y sostener la candidatura del General Mosquera para la presidencia de la República, en el año de 1857, que éste lo haría fusilar en unión del supuesto matador de aquél! Irrisiones del destino!

Entre las gracias que hemos pedido a Dios, con gran ahinco, se cuenta la de que nos libre de caer en manos de algún General vencedor que nos aplique el derecho de gentes...

 

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