En el año de 1820quedó el entonces Teniente Coronel Joaquín
París de jefe de la plaza de Popayán, y tenía por adversario a Obando, al frente
de las guerrillas realistas que eran el terror de la comarca. El
jefe patriota y
las pocas fuerzas de que disponía estaban reducidas a dormir
durante el día, porque Obando atacaba indefectiblemente en. la noche,
por el lado del
Ejido. Esta fatiga duraba ya algún tiempo, hasta que una vez se quedó
París esperando el ataque de costumbre. Por el momento creyó éste que aquél
pondría en práctica algún nuevo ardid; pero como pasaran dos noches sin
saberse del
enemigo, el Coronel París logró averiguar que la tregua de hecho
tenía por causa la enfermedad de Obando, quien permanecía en Chirivío muriéndose
de fiebres, por
falta de recursos médicos. En el acto dispuso el noble
|Manco de
Bombona
que
el médico de su fuerza se encaminara al campamento de aquél, con
todas las medicinas que pudiera necesitar, y el siguiente
billete:
Estimado José María: Lo cortés no quita lo valiente. Te
mando mi médico: puedes tomar con confianza los medicamentos que te
suministre. Tuyo,parís"
Restablecido Obando de su dolencia, remitió al Teniente Coronel
París un magnífico caballo castaño con esta esquela:
"Estimado Joaquín: Me siento
orgulloso da
tener al frente un enemigo tan noble; que ese caballo te sirva para
adquirir más gloria de la que has cosechado en cien combates. Tuyo,
obando"
El Teniente Coronel París no creyó cancelada la deuda del
caballo si no retornaba el obsequio, y al efecto, envió un sable a
Obando con otra esquela, en la cual le decía que tenía esperanza de
que esta arma la esgrimiera en servicio de la causa americana.
Aquél le contestó que tenía su espada para servir al rey; pero que
tanto ésta como el sable que había recibido, no los esgrimiría
jamás contra Joaquín París.
En la vida de Obando se observaba la intervención de algo como
un hado funesto. Razón tuvo el fiscal de la Cámara de
Representantes en 1855 para compararlo, cuando lo acusó, al Edipo
de la fábula!
Después de un combate se reúnen los que tomaron parte en él,
para referirse mutuamente la peripecias y peligros corridos: de
esta regla general no había de ser excepción el hecho de armas en
que murieron Obando y Cuéllar. Del campamento conservador salió la
especie de que el Coronel Ambrosio Hernández se jactaba de haber
lanceado al primero: este cuento pasó, de boca en boca, hasta que
llegó a oídos del General Mosquera, quien al saberlo, hizo formar
el ejército en que se contaban gran número de negros caucanos,
adoradores de Obando, a quien llamaban padre, y al frente de las
legiones revolucionarias, juró tomar venganza de la muerte dada al
expresado General y a sus compañeros, y para que no quedara duda de
esta resolución, la notificó por medio de un oficio al General en
Jefe del Ejército de la Confederación .
Siempre hemos sentido horror por los chismosos, y en el caso que
nos ocupa vemos justificada tal aversión. A muchas personas les
hemos oído referir que el desgraciado Hernández
|decía que él
dio muerte a Obando; pero no sabemos que alguien dijera que lo oyó
de boca de aquél, sino que lo
|oyó decir.
El presbítero doctor Francisco Jiménez
|
Zamudio, venerable
sacerdote digno de todo crédito, vio a uno de los jinetes que
lancearon a Obando, y cree que se llamaba Rodríguez, el mismo que
murió después de algunos días en
|Tres Esquinas de Funza en
un encuentro con parte del escuadrón
|Calaveras, de la
revolución. Otras personas aseguran que el matador del General fue
Vicente Campos, quien murió en la batalla de Usaquén, el trece de
junio del mismo año; pero si puede haber duda acerca de que fuera
Rodríguez o Campos el responsable del hecho que referimos, el
citado doctor Jiménez, testigo presencial del hecho, nos ha dicho
que, en su opinión, Ambrosio Hernández no mató ni hirió a Obando ni
a Cuéllar. Sin embargo, el más interesado en el esclarecimiento de
estos sucesos, guardó completo silencio.
La muerte del General Obando produjo sentimientos de
conmiseración y estupor hasta entre sus enemigos. Al saber la
noticia el entonces Capitán Alejandro Posada, contestó con ademán
severo:
|a un General no se le lancea en el campo de batalla.
Obando prisionero era un rehén de inestimable valor; pero muerto,
no vale nada para nuestra causa...
En la batalla de
|Santa Bárbara, el Coronel Pedro
Gutiérrez Lee recibió una herida que no era mortal: al oír las
salvas de artillería en celebración del triunfo de
|Cruz
Verde se le presentaron los síntomas del tétano que lo mató, a
consecuencia de la conmoción nerviosa que experimentó al saber que
Obando había sido muerto.
Fue después del triunfo obtenido por la revolución el dieciocho
de julio, cuando lamentaron los adversarios políticos la muerte del
General Obando: cuánta sangre y cuántas lágrimas se habrían
ahorrado si él hubiera vivido!
Apenas habría en Bogotá un sacerdote más estimado que el doctor
Jiménez Zamudio a quien nos hemos referido en las líneas que
preceden. No penetraremos en las interioridades de la vida de este
hombre; pero sí tenemos derecho de pregonar a voz en cuello las
acciones de abnegación y caridad que llevó a cabo con un valor y
serenidad que envidiarían los más audaces guerreros.
Comprendemos que el soldado a quien inspira el sentimiento de
adquirir gloria, se lance al combate y afronte los peligros de la
guerra; pero que un hombre indefenso recorra impávido el campo de
batalla, expuesto a recibir los proyectiles de ambos combatientes,
sin otra mira que auxiliar a los heridos o moribundos, y ungirlos
con
|óleo santo, a fin de que cambien antes del instante
supremo los sentimientos de odio que los dominan, por los de amor y
perdón, es un fenómeno que sólo se ve entre aquellos a quienes la
religión del Crucificado se lo impone.
El 4 de diciembre de 1854 se vio al doctor Jiménez recorrer las
calles de Bogotá en busca de heridos, en los tres días que duró el
combate que puso fin a la dictadura de Melo.
El reconocimiento que hizo una parte del ejército del General
Mosquera, el 12 de junio de 1861, dio por resultado un combate
desventajoso para éste, en el que perdió algunos hombres muertos y
cerca de doscientos prisioneros. Aún no se habían retirado los
contendores del lugar del combate, cuando ya estaba el doctor
Jiménez prestando sus auxilios espirituales y materiales a los
heridos que encontraba: terminada la tarea, volvía a su campamento,
cuando vio que tres hombres sumergidos en una zanja le pedían que
los salvara . Sin averiguar más, se desmontó del caballo, recogió
en las manos sangre de la que vertía un muerto, tiñó con ésta la
cara y vestidos de los derrotados, los condujo en ancas del caballo
recomendándoles que se fingieran heridos y que se quejaran de las
supuestas heridas, los dejó en una choza inmediata, encargando a la
dueña del albergue que les diera algún sustento, y a la entrada de
la noche los condujo sanos y salvos a Bogotá: uno de éstos, de
apellido Aldana, era ayudante de campo del General Liborio Duran.
No le fue ingrato, porque el 18 de julio siguiente
|se
presentó en la casa del doctor Jiménez, y no permitió que lo
ultrajara ninguno de los vencedores!...
El 18 de julio de 1861 libró el General Mosquera la batalla que
tuvo por inmediato resultado la caída del Gobierno de la
Confederación Granadina y la toma de Bogotá. Las fuerzas de la
legitimidad defendían el Alto de San Diego y el camellón que separa
este convento de las dehesas inmediatas al cementerio, de donde
hacía fuego la infantería invasora, al mismo tiempo que la
artillería enemiga dominaba la plazuela del convento. No había
punto alguno para poder permanecer al abrigo de los proyectiles que
se cruzaban en todas direcciones. El doctor Jiménez andaba a
caballo en medio de los combatientes, llevando suspendido del
cuello el saco en que guardaba los
|santos óleos: al llegar a
la esquina suroeste del convento vio un herido, y sin tener en
cuenta el inminente peligro, ni las voces que le daban los jefes
Juan Silva y Honorato Barriga para que se retirara, se arrodilló
junto a aquél y logró auxiliarlo. Apenas hubo terminado tan noble
deber, cuando llegó una bala de cañón que despedazó el cráneo del
infeliz herido, cuya masa cerebral se estrelló contra el impávido
sacerdote. Siendo imposible su permanencia en este punto, se
dirigió al ángulo sureste del edificio: de allí vio al benemérito
General Manuel Arjona que hacía esfuerzos inauditos para rechazar
las fuerzas revolucionarias en el Alto de San Diego. Con ánimo de
ser útil por este lado, se acercó al desgraciado General, y en el
mismo momento en que le dirigió la palabra recibió Arjona una bala
que le entró por la boca y le salió por el oído. Quiso el doctor
Jiménez recogerlo en sus brazos; pero no pudo soportar el peso del
ya difunto General, y los dos cayeron juntos de los caballos que
montaban: cargó el cuerpo de Arjona y lo dejó en el portal de la
iglesia, llena de heridos, y logró que los aterrados frailes del
convento, que se hallaban encerrados en el coro, bajaran a prestar
socorro a los numerosos heridos que pedían auxilio y agua con
gritos de angustia.
El combate continuó con encarnizamiento en el Alto en donde las
fuerzas de la Confederación obtuvieron ligera ventaja, y aun
lograron ocupar por breves instantes una de las posiciones del
ejército del General Mosquera.
Al ver el doctor Jiménez los heridos que dejaron las fuerzas
revolucionarias, voló a auxiliarlos sin meditar en el peligro que
corría. Apenas hubo empezado su heroica tarea, cuando cayó herido
de un balazo en el muslo de la pierna derecha. El General Posada se
hallaba inmediato al valeroso capellán y ordenó que lo recogieran.
El General Mosquera que estaba al frente, hizo cesar el fuego en
esta parte del combate mientras retiraban al doctor Jiménez.
Todavía está fresco el recuerdo del incendio de las casas que
existían en el ángulo norte que forman la carrera 7a y la calle 12,
en la noche del 7 de diciembre de 1889, donde perecieron nueve
personas. Pues bien: cuando llegaron al lugar del siniestro la
tropa y el cuerpo de serenos, ya estaba el doctor Jiménez en el
tejado de la casa inmediata dando órdenes oportunas; y téngase
presente que éste llegaba ya a los ochenta años de una existencia
meritísima.
A riesgo de fatigar a nuestros lectores, insertamos a
continuación las notas cruzadas entre el General Mosquera, el
General en Jefe de las tropas legítimistas, y el Procurador General
de la Nación, encargado del Poder Ejecutivo de la Confederación
Granadina, con motivo de la muerte del General José María Obando y
del Coronel Patrocinio Cuéllar.
"T. C. de Mosquera,
Presidente Provisorio de los Estados Unidos de Nueva Granada, etc.,
etc.
"Al ciudadano General en Jefe del Ejército del Gobierno
general.
''Os acompaño en copia el decreto de amnistía expedido por mí el
6 del corriente, para los comprometidos en la revolución hecha
contra la soberanía de los Estados. Por este acto conoceréis que
soy consecuente a la política que me he propuesto seguir en la
presente contienda evitando efusión de sangre y desgracias a la
patria, de que no soy responsable en vista de las diferentes
proposiciones que he hecho para devolver la paz a la República. Hoy
por medio del decreto de que os hablo, se abren las puertas de la
reconciliación a los que no quieran continuar ensangrentando el
país y arruinándolo en todo sentido. Si después de este acto se
persiste en llevar la guerra adelante, nuestros contemporáneos y la
posteridad señalarán a los autores de las desgracias que
sobrevengan, y a mí me quedará la gran satisfacción de haber
agotado todos los recursos para conseguir la paz entre los
granadinos.
"En todos los Estados de la disuelta Confederación está
triunfante la causa de la soberanía de dichos Estados. De esto
debéis tener conocimientos exactos.
"Son muchas ya las víctimas que se han inmolado al
capricho y obstinación del círculo oficial de Bogotá, pues sólo en
el campo de
|Santa Bárbara, quedaron el veinticinco del
pasado como 400 cadáveres del ejército de vuestro mando, habiendo
tenido yo que hacer dar sepultura a muchos de ellos junto con los
de mi ejército, porque las comisiones que mandó vuestro antecesor
no alcanzaron a enterrarlos. El Gobernador de este Estado, señor
Pedro Gutiérrez Lee, ha muerto; y yo perdí en dicha función de
armas ciento veinticuatro individuos entre jefes, oficiales y
clases de tropa. ¿Se querrá todavía segar la vida de otros
granadinos por dar pábulo a innobles pasiones? Si no estuviera
fuerte con la incorporación del ejército del Norte y del Sur y
seguro de vencer el de vuestro mando en otro combate, no daría este
paso, pues tanto por la calidad y número de los ejércitos reunidos,
como por su entusiasmo y valor, no dudo sacar triunfante el
estandarte de la Federación, si no se quiere aceptar el medio que
presento para la terminación de esta contienda fratricida.
"Espero que pongáis en conocimiento del señor
Procurador General de la Nación, encargado del Poder Ejecutivo, el
contenido de esta nota, para lo que pueda convenir.
"Soy del señor General atento servidor,
"T. C. DE mosquera.
|LosArboles, 9 de mayo de 1861".
«DECRETO DE 6 DE MAYO DE 1861
"concediendo amnistía a los comprometidos en la
revolución hecha contra la soberanía de los Estados.
"
|T. C. de Mosquera, Presidente Provisorio de los
Estados Unidos de Nueva Granada, etc., etc.
«|
CONSIDERANDO:
"1°
|
Que en el ejército centralista hay individuos
engañados por la idea errónea de la pretendida legitimidad con que
los usurpadores del derecho del pueblo han querido cohonestar sus
crímenes;
"2° Que con haberse unidos el tres de los corrientes
los ejércitos 1° y 3° es ya a todas luces invencible la fuerza de
los Estados Unidos, y hay justicia en un acto de clemencia con
aquellos que habiendo conocido su error desean separarse de las
filas del enemigo; y
"3° Que es preciso volverle cuanto antes la paz a la
República con un acto espléndido de generosidad,
«|
DECRETO:
"Art. 1° Se concede amnistía a los individuos
comprometidos en la revolución que ha hecho el Gobierno general
contra la soberanía de los Estados que constituían la Confederación
Granadina, siempre que acogiéndose a este acto no presten en lo
sucesivo ningún servicio al enemigo.
"Art. 2° Si los que se acogieren a la amnistía son
Generales, Jefes u Oficiales, serán reconocidos en los mismos
grados y empleos que hayan obtenido conforme a las leyes.
"Art. 3° Si los que se acogieren a la amnistía son
particulares que han servido a la causa centralista con empréstitos
forzosos, tendrán derecho a que se les reconozcan sus créditos por
los Estados Unidos, siempre que los justifiquen debidamente con
arreglo a las leyes.
"Art. 4° No quedan comprometidos en la amnistía los
que, faltando a las leyes de la guerra, cometieron, el veintinueve
de abril último, el delito de asesinato en la persona del ilustre
General José María Obando, y en las de otros individuos de la
columna que conducía.
"Art. 5° Para que la gracia concedida en este Decreto
tenga efecto, es preciso que los individuos de que se trata se
acojan a la amnistía luego que tengan conocimiento de ella y antes
de nuevo combate.
"Dado en Subachoque, a 6 de mayo de 1861.
|"T. C. de Mosquera.El Secretario de
Gobierno,
|Andrés CerónEl Secretario de Hacienda,
|Julián TrujilloEl Secretario de Relaciones Exteriores,
encargado del Despacho de Guerra,
|José María Rojas
Garrido".
"T. C.de Mosquera,
Gobernador constitucional del Estado Soberano del Cauca, Presidente
de los Estados Unidos y Supremo Director de la Guerra.
"Al señor Bartolomé Calvo, Presidente del Gobierno y
tropas que existen en Bogotá.
"Me veo en la necesidad de dirigirme a usted, una vez
más en mi calidad de Gobernador constitucional del Estado Soberano
del Cauca y Supremo Director de la Guerra, como Presidente
Provisorio de los Estados Unidos, para requerir a usted a nombre de
la humanidad, que sean bien tratados los magistrados, jefes,
oficiales y demás ciudadanos que tiene usted hacinados en una
cárcel estrecha en Bogotá, expuestos a morir asfixiados y de
hambre. Apenas es creíble, señor Calvo, que en esta época y por
hombres que se llaman civilizados se cometan asesinatos como los
del siete de marzo, los perpetrados en
|Cruz Verde con el
General Obando y otros ciudadanos, y que a loS prisioneros de
guerra civil se les trate tan inicuamente como no se hace con los
bandidos y malhechores. El ejemplo que yo he dado en quince meses
de campaña, perdonando y tratando bien a los enemigos del pueblo,
debía haber servido de lección para que ustedes hicieran otro
tanto.
"Desde Segovia hasta este Cuartel General he marchado
siempre en triunfo, y los campos de Chaguaní en donde perdoné a una
División y sus jefes de ser sacrificados, con la esperanza de
obtener la paz: el espléndido escarmiento que di al ejército de la
Confederación en
|Santa Bárbara: mis movimientos estratégicos
para unirme con el ejército del Norte; y los que últimamente he
ejecutado para quitarle al ejército que sostiene a usted y su
partido, la línea militar del Funza, le probarán a usted que con
pocas operaciones más estará en mi poder esa ciudad, y prisioneros
o muertos sus defensores para hacer más doloroso el triunfo de las
instituciones.
"Yo no hago a usted hoy una intimación, NI provoco
tampoco una transacción, y mi carta no tiene otro objeto que el que
he indicado al principio, requiriendo para que los prisioneros sean
tratados con decoro y alimentados, y si usted no tiene recursos
para hacerlo, permítame usted que le remita una suma de dinero para
que sea invertida en alimentar a esos desgraciados ciudadanos; a
quienes sE quiere asesinar asfixiándolos o por hambre.
"Considere usted, señor Calvo, que pocos son los días
que le restan a usted en el ejercicio de un poder efímero, y el
derecho natural y de la guerra me autorizan a hacer en ustedes lo
que ustedes han hecho con nuestros desgraciados compatriotas que
han caído en su poder. No crea usted que las calumnias que se me
prodigan en el papel semi-oficial, suponiendo decretos que no he
dado, puedan exaltar las pasiones del pueblo de Bogotá que me
conoce y sabe cuánto aprecio tengo por aquel pueblo.
"Soy de usted afectísimo compatriota y servidor,
"T. C. DE mosquera.
"Torca, 30 de mayo de 1861"
"
|Confederación Granadina
|El General en
Jefe Cuartel General en "El Corso", a 17 de
mayo de 1861.
"Al señor Tomás C. de Mosquera.
"Llegaron a mi poder las tres notas de usted fechadas
el nueve de los corrientes, en
|Los Arboles y me permito
contestarlas todas en una, por faltarme tiempo para hacerlo
separadamente .
"Se contrae la primera a recabar el castigo de los que,
según usted, asesinaron el veintinueve del pasado a los señores
José María Obando y Patrocinio Cuéllar. Apenas debería detenerme a
contestar esta reclamación, estando, como está, suficientemente
comprobado, que tanto los dos mencionados como los demás que
perecieron en el combate de ese día murieron del mismo modo que los
|
que
|
usted vio morir en el combate del
veinticinco.
"Los soldados del gobierno legítimo no saben ni pueden
matar enemigos rendidos e indefensos: prueba de ello son los muchos
prisioneros que se le tomaron ese día al mismo Obando, y los muchos
que se le habían tomado a usted cuatro días antes. Todos ellos le
debieron la vida al acto de rendir las armas, no a tener títulos de
simpatía o aprecio entre los individuos que los aprehendieron.
"Entre los papeles de Obando se encontraron documentos
comprobantes de que traía una fuerza efectiva de más de seiscientos
hombres: no alcanzaba a este número la que salió de Subachoque a
batirlo. ¿De dónde deduce usted que estuviera indefenso? Obando y
Cuéllar recibieron sus heridas en el propio campo de batalla, en el
acto en que aquélla tenía lugar. Compare usted la muerte de ellos
con la de individuos que la han recibido fuera del campo de
batalla, a mucha distancia del lugar donde ésta se diera y se
persuadirá de cuan infundado es el cargo de asesinato, hecho por
usted a las fuerzas de mi mando. Sin embargo, y a pesar de que este
ejército no ha cometido acto ninguno que lo ponga en la necesidad
de vindicarse de semejante imputación, el día que se quiera se
sabrá, por muchos testimonios irrecusables, que los señores Obando
y Cuéllar murieron en lid correcta, defendiéndose, obligando, el
primero con espada en mano a sus soldados a batirse, y aun hiriendo
a uno de los nuestros que lo atacaba.
"En la segunda me habla usted de la orden que dio a su
Intendente general para que hiciera recoger y cuidar en Subachoque
a varios de nuestros heridos que supone abandonados y dejados a la
intemperie. No dudando que usted haya hecho lo que dice, me
apresuro a darle por ello las más expresivas gracias. No obstante,
me permito manifestarle que ellos fueron dejados bajo la garantía
de las palabras cruzadas entre usted y el ciudadano General París:
que quedaron al cuidado de médicos, cirujanos y practicantes del
ejército: que se les dejaron toldos, abrigos, dinero y demás
recursos que pudieran necesitar. Fue después de venido nuestro
ejército que quedaron ellos sin fuerzas que los custodiaran, y fue
también entonces que los soldados del ejército que usted manda se
permitieron ir a robarles hasta sus toldos y abrigos. Dudé al
principio de que semejante acto tan salvaje hubiera podido
cometerse en un país que aspira a ser tenido por cristiano y
civilizado; pero ante testigos presenciales y de intachable
veracidad, he tenido que resignarme a recibir este hecho como una
nueva muestra del espíritu de barbarie que amenaza invadir a
nuestra querida patria. Me prometo que al tener usted conocimiento
exacto del hecho, hará cuanto esté de su parte para no dejarlo
impunido.
"La última de sus notas es remisoria de un decreto
expedido por usted con el título de amnistía. Ignorando qué
individuos hayan podido cometer delitos cuyo juzgamiento y castigo
corresponda a la revolución, me he visto en la imposibilidad de dar
curso al referido decreto. Comprendo perfectamente que actos de
esta clase se emanen de autoridades legítimamente constituidas,
cuando pudiendo castigar, prefieren, por consideraciones de
humanidad o de política, otorgar gracia a los que se han hecho
acreedores al castigo. Tal fue el expedido por el Poder Ejecutivo
Nacional el treinta del mes próximo pasado, que le fue enviado a
usted y al que parece que debe contestar con el de que vengo
haciendo referencia .
"El perdón otorgado por el débil al fuerte, envuelve un
contrasentido que no se puede recibir en serio. La situación
política y militar de usted con respecto al gobierno legítimo de su
patria, es demasiado clara para que pueda ocultarse a un espíritu
perspicaz como el de usted.
|
La revolución está muerta
moralmente; y ni aun contaría con el apoyo del ejército que usted
manda, si usted no hubiera agotado y continuara agotando todos los
recursos de su ingenio para evitar un combate en que tendrán de
medirse las fuerzas de la revolución y las de la legitimidad. Usted
ha podido ya calcular y pesar estas fuerzas: ni podrá explicarse de
otro modo su conducta evasiva y ese plan de campaña reducido a
evitarnos siempre detrás de parapetos, o en las cimas escarpadas de
riscos inaccesibles. Semejante plan revela tanto más su situación,
cuanto más contrario es a los que usted aceptaba cuando a la cabeza
de ejércitos como el que yo actualmente mando, buscaba usted sus
enemigos lleno de fe en el triunfo de la causa que defendía, y en
el valor de los soldados a cuya lealtad ha estado encomendado
siempre el honor de la República.
"Yo habría recibido el decreto de usted como un
insulto, si no comprendiera lo difícil de la situación de un jefe
de revolución que, viendo perdida su causa, apela a estos arbitrios
para ocultar sus dificultades a los amigos a quienes espera
alimentar todavía con ilusiones. Dios me ha concedido calma y
sangre fría suficientes para comprender que con faltas de esta
naturaleza hay que tropezar cuando se entra en el camino que
conduce a la lógica inexorable de los primeros extravíos. También
me ha dado la honradez bastante para lamentarlos cordialmente; y no
ceso de rogarle que todavía ilumine el espíritu de usted y de los
que obcecados le acompañan, para que desista de la loca empresa de
continuar una guerra en que habrán de sucumbir, aumentando la ruina
y el descrédito de su patria. Usted debe creer en la sinceridad de
estos sentimientos y recibir la expresión de ellos como una prueba
de mi antigua amistad con que quiero corresponder a la parte que
pueda tocarme en sus generosos ofrecimientos; pero debo
manifestarle que, sean cuales fueren las circunstancias en que me
coloque la fortuna, ora tenga un ejército como el que está a mis
órdenes, que da cuantas garantías de triunfo pueden apetecerse, ora
me vea rodeado de sus últimos restos, mi conducta será siempre la
misma, teniendo por única regla el deber; y en este sentido no
habrá consideraciones de ninguna clase que me hagan consentir en
que se desdore una sola línea del honor de las armas que me están
confiadas, ni del mío propio.
"Con sentimientos de alta consideración, tengo la
honra de repetirme de usted atento servidor,
R. ESPINA"