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En el año de 1820quedó el entonces Teniente Coronel Joaquín París de jefe de la plaza de Popayán, y tenía por adversario a Obando, al frente de las guerrillas realistas que eran el terror de la comarca. El jefe patriota y las pocas fuerzas de que disponía estaban reducidas a dormir durante el día, porque Obando atacaba indefectiblemente en. la noche, por el lado del Ejido. Esta fatiga duraba ya algún tiempo, hasta que una vez se quedó París esperando el ataque de costumbre. Por el momento creyó éste que aquél pondría en práctica algún nuevo ardid; pero como pasaran dos noches sin saberse del enemigo, el Coronel París logró averiguar que la tregua de hecho tenía por causa la enfermedad de Obando, quien permanecía en Chirivío muriéndose de fiebres, por falta de recursos médicos. En el acto dispuso el noble |Manco de Bombona que el médico de su fuerza se encaminara al campamento de aquél, con todas las medicinas que pudiera necesitar, y el siguiente billete:

“Estimado José María: Lo cortés no quita lo valiente. Te mando mi médico: puedes tomar con confianza los medicamentos que te suministre. Tuyo,—parís"

Restablecido Obando de su dolencia, remitió al Teniente Coronel París un magnífico caballo castaño con esta esquela:

"Estimado Joaquín: Me siento orgulloso da tener al frente un enemigo tan noble; que ese caballo te sirva para adquirir más gloria de la que has cosechado en cien combates. Tuyo, obando"

El Teniente Coronel París no creyó cancelada la deuda del caballo si no retornaba el obsequio, y al efecto, envió un sable a Obando con otra esquela, en la cual le decía que tenía esperanza de que esta arma la esgrimiera en servicio de la causa americana. Aquél le contestó que tenía su espada para servir al rey; pero que tanto ésta como el sable que había recibido, no los esgrimiría jamás contra Joaquín París.

En la vida de Obando se observaba la intervención de algo como un hado funesto. Razón tuvo el fiscal de la Cámara de Representantes en 1855 para compararlo, cuando lo acusó, al Edipo de la fábula!

Después de un combate se reúnen los que tomaron parte en él, para referirse mutuamente la peripecias y peligros corridos: de esta regla general no había de ser excepción el hecho de armas en que murieron Obando y Cuéllar. Del campamento conservador salió la especie de que el Coronel Ambrosio Hernández se jactaba de haber lanceado al primero: este cuento pasó, de boca en boca, hasta que llegó a oídos del General Mosquera, quien al saberlo, hizo formar el ejército en que se contaban gran número de negros caucanos, adoradores de Obando, a quien llamaban padre, y al frente de las legiones revolucionarias, juró tomar venganza de la muerte dada al expresado General y a sus compañeros, y para que no quedara duda de esta resolución, la notificó por medio de un oficio al General en Jefe del Ejército de la Confederación .

Siempre hemos sentido horror por los chismosos, y en el caso que nos ocupa vemos justificada tal aversión. A muchas personas les hemos oído referir que el desgraciado Hernández |decía que él dio muerte a Obando; pero no sabemos que alguien dijera que lo oyó de boca de aquél, sino que lo |oyó decir.

El presbítero doctor Francisco Jiménez | Zamudio, venerable sacerdote  digno de todo crédito, vio a uno de los jinetes que lancearon a Obando, y cree que se llamaba Rodríguez, el mismo que murió después de algunos días en |Tres Esquinas de Funza en un encuentro con parte del escuadrón |Calaveras, de la revolución. Otras personas aseguran que el matador del General fue Vicente Campos, quien murió en la batalla de Usaquén, el trece de junio del mismo año; pero si puede haber duda acerca de que fuera Rodríguez o Campos el responsable del hecho que referimos, el citado doctor Jiménez, testigo presencial del hecho, nos ha dicho que, en su opinión, Ambrosio Hernández no mató ni hirió a Obando ni a Cuéllar. Sin embargo, el más interesado en el esclarecimiento de estos sucesos, guardó completo silencio.

La muerte del General Obando produjo sentimientos de conmiseración y estupor hasta entre sus enemigos. Al saber la noticia el entonces Capitán Alejandro Posada, contestó con ademán severo: |a un General no se le lancea en el campo de batalla. Obando prisionero era un rehén de inestimable valor; pero muerto, no vale nada para nuestra causa...

En la batalla de |Santa Bárbara, el Coronel Pedro Gutiérrez Lee recibió una herida que no era mortal: al oír las salvas de artillería en celebración del triunfo de |Cruz Verde se le presentaron los síntomas del tétano que lo mató, a consecuencia de la conmoción nerviosa que experimentó al saber que Obando había sido muerto.

Fue después del triunfo obtenido por la revolución el dieciocho de julio, cuando lamentaron los adversarios políticos la muerte del General Obando: cuánta sangre y cuántas lágrimas se habrían ahorrado si él hubiera vivido!

Apenas habría en Bogotá un sacerdote más estimado que el doctor Jiménez Zamudio a quien nos hemos referido en las líneas que preceden. No penetraremos en las interioridades de la vida de este hombre; pero sí tenemos derecho de pregonar a voz en cuello las acciones de abnegación y caridad que llevó a cabo con un valor y serenidad que envidiarían los más audaces guerreros.

Comprendemos que el soldado a quien inspira el sentimiento de adquirir gloria, se lance al combate y afronte los peligros de la guerra; pero que un hombre indefenso recorra impávido el campo de batalla, expuesto a recibir los proyectiles de ambos combatientes, sin otra mira que auxiliar a los heridos o moribundos, y ungirlos con |óleo santo, a fin de que cambien antes del instante supremo los sentimientos de odio que los dominan, por los de amor y perdón, es un fenómeno que sólo se ve entre aquellos a quienes la religión del Crucificado se lo impone.

El 4 de diciembre de 1854 se vio al doctor Jiménez recorrer las calles de Bogotá en busca de heridos, en los tres días que duró el combate que puso fin a la dictadura de Melo.

El reconocimiento que hizo una parte del ejército del General Mosquera, el 12 de junio de 1861, dio por resultado un combate desventajoso para éste, en el que perdió algunos hombres muertos y cerca de doscientos prisioneros. Aún no se habían retirado los contendores del lugar del combate, cuando ya estaba el doctor Jiménez prestando sus auxilios espirituales y materiales a los heridos que encontraba: terminada la tarea, volvía a su campamento, cuando vio que tres hombres sumergidos en una zanja le pedían que los salvara . Sin averiguar más, se desmontó del caballo, recogió en las manos sangre de la que vertía un muerto, tiñó con ésta la cara y vestidos de los derrotados, los condujo en ancas del caballo recomendándoles que se fingieran heridos y que se quejaran de las supuestas heridas, los dejó en una choza inmediata, encargando a la dueña del albergue que les diera algún sustento, y a la entrada de la noche los condujo sanos y salvos a Bogotá: uno de éstos, de apellido Aldana, era ayudante de campo del General Liborio Duran. No le fue ingrato, porque el 18 de julio siguiente |se presentó en la casa del doctor Jiménez, y no permitió que lo ultrajara ninguno de los vencedores!...

El 18 de julio de 1861 libró el General Mosquera la batalla que tuvo por inmediato resultado la caída del Gobierno de la Confederación Granadina y la toma de Bogotá. Las fuerzas de la legitimidad defendían el Alto de San Diego y el camellón que separa este convento de las dehesas inmediatas al cementerio, de donde hacía fuego la infantería invasora, al mismo tiempo que la artillería enemiga dominaba la plazuela del convento. No había punto alguno para poder permanecer al abrigo de los proyectiles que se cruzaban en todas direcciones. El doctor Jiménez andaba a caballo en medio de los combatientes, llevando suspendido del cuello el saco en que guardaba los |santos óleos: al llegar a la esquina suroeste del convento vio un herido, y sin tener en cuenta el inminente peligro, ni las voces que le daban los jefes Juan Silva y Honorato Barriga para que se retirara, se arrodilló junto a aquél y logró auxiliarlo. Apenas hubo terminado tan noble deber, cuando llegó una bala de cañón que despedazó el cráneo del infeliz herido, cuya masa cerebral se estrelló contra el impávido sacerdote. Siendo imposible su permanencia en este punto, se dirigió al ángulo sureste del edificio: de allí vio al benemérito General Manuel  Arjona que hacía esfuerzos inauditos para rechazar las fuerzas revolucionarias en el Alto de San Diego. Con ánimo de ser útil por este lado, se acercó al desgraciado General, y en el mismo momento en que le dirigió la palabra recibió Arjona una bala que le entró por la boca y le salió por el oído. Quiso el doctor Jiménez recogerlo en sus brazos; pero no pudo soportar el peso del ya difunto General, y los dos cayeron juntos de los caballos que montaban: cargó el cuerpo de Arjona y lo dejó en el portal de la iglesia, llena de heridos, y logró que los aterrados frailes del convento, que se hallaban encerrados en el coro, bajaran a prestar socorro a los numerosos heridos que pedían auxilio y agua con gritos de angustia.

El combate continuó con encarnizamiento en el Alto en donde las fuerzas de la Confederación obtuvieron ligera ventaja, y aun lograron ocupar por breves instantes una de las posiciones del ejército del General Mosquera.

Al ver el doctor Jiménez los heridos que dejaron las fuerzas revolucionarias, voló a auxiliarlos sin meditar en el peligro que corría. Apenas hubo empezado su heroica tarea, cuando cayó herido de un balazo en el muslo de la pierna derecha. El General Posada se hallaba inmediato al valeroso capellán y ordenó que lo recogieran. El General Mosquera que estaba al frente, hizo cesar el fuego en esta parte del combate mientras retiraban al doctor Jiménez.

Todavía está fresco el recuerdo del incendio de las casas que existían en el ángulo norte que forman la carrera 7a y la calle 12, en la noche del 7 de diciembre de 1889, donde perecieron nueve personas. Pues bien: cuando llegaron al lugar del siniestro la tropa y el cuerpo de serenos, ya estaba el doctor Jiménez en el tejado de la casa inmediata dando órdenes oportunas; y téngase presente que éste llegaba ya a los ochenta años de una existencia meritísima.

A riesgo de fatigar a nuestros lectores, insertamos a continuación las notas cruzadas entre el General Mosquera, el General en Jefe de las tropas legítimistas, y el Procurador General de la Nación, encargado del Poder Ejecutivo de la Confederación Granadina,  con motivo de la muerte del General José María Obando y del Coronel Patrocinio Cuéllar.

"T. C. de Mosquera, Presidente Provisorio de los Estados Unidos de Nueva Granada, etc., etc.

"Al ciudadano General en Jefe del Ejército del Gobierno general.

''Os acompaño en copia el decreto de amnistía expedido por mí el 6 del corriente, para los comprometidos en la revolución hecha contra la soberanía de los Estados. Por este acto conoceréis que soy consecuente a la política que me he propuesto seguir en la presente contienda evitando efusión de sangre y desgracias a la patria, de que no soy responsable en vista de las diferentes proposiciones que he hecho para devolver la paz a la República. Hoy por medio del decreto de que os hablo, se abren las puertas de la reconciliación a los que no quieran continuar ensangrentando el país y arruinándolo en todo sentido. Si después de este acto se persiste en llevar la guerra adelante, nuestros contemporáneos y la posteridad señalarán a los autores de las desgracias que sobrevengan, y a mí me quedará la gran satisfacción de haber agotado todos los recursos para conseguir la paz entre los granadinos.

"En todos los Estados de la disuelta Confederación está triunfante la causa de la soberanía de dichos Estados. De esto debéis tener conocimientos exactos.

"Son muchas ya las víctimas que se han inmolado al capricho y obstinación del círculo oficial de Bogotá, pues sólo en el campo de |Santa Bárbara, quedaron el veinticinco del pasado como 400 cadáveres del ejército de vuestro mando, habiendo tenido yo que hacer dar sepultura a muchos de ellos junto con los de mi ejército, porque las comisiones que mandó vuestro antecesor no alcanzaron a enterrarlos. El Gobernador de este Estado, señor Pedro Gutiérrez Lee, ha muerto; y yo perdí en dicha función de armas ciento veinticuatro individuos entre jefes, oficiales y clases de tropa. ¿Se querrá todavía segar la vida de otros granadinos por dar pábulo a innobles pasiones? Si no estuviera fuerte con la incorporación del ejército del Norte y del Sur y seguro de vencer el de vuestro mando en otro combate, no daría este paso, pues tanto por la calidad y número de los ejércitos reunidos, como por su entusiasmo y valor, no dudo sacar triunfante el estandarte de la Federación, si no se quiere aceptar el medio que presento para la terminación de esta contienda fratricida.

"Espero que pongáis en conocimiento del señor Procurador General de la Nación, encargado del Poder Ejecutivo, el contenido de esta nota, para lo que pueda convenir.

"Soy del señor General atento servidor,
   "T. C. DE mosquera.

|“LosArboles, 9 de mayo de 1861".

«DECRETO DE 6 DE MAYO DE 1861

"concediendo amnistía a los comprometidos en la revolución hecha contra la soberanía de los Estados.

" |T. C. de Mosquera, Presidente Provisorio de los Estados Unidos de Nueva Granada, etc., etc.

 

«| CONSIDERANDO:

"1° | Que en el ejército centralista hay individuos engañados por la idea errónea de la pretendida legitimidad con que los usurpadores del derecho del pueblo han querido cohonestar sus crímenes;

"2° Que con haberse unidos el tres de los corrientes los ejércitos 1° y 3° es ya a todas luces invencible la fuerza de los Estados Unidos, y hay justicia en un acto de clemencia con aquellos que habiendo conocido su error desean separarse de las filas del enemigo; y

"3° Que es preciso volverle cuanto antes la paz a la República con un acto espléndido de generosidad,

«| DECRETO:

"Art. 1° Se concede amnistía a los individuos comprometidos en la revolución que ha hecho el Gobierno general contra la soberanía de los Estados que constituían la Confederación Granadina, siempre que acogiéndose a este acto no presten en lo sucesivo ningún servicio al enemigo.

"Art. 2° Si los que se acogieren a la amnistía son Generales, Jefes u Oficiales, serán reconocidos en los mismos grados y empleos que hayan obtenido conforme a las leyes.

"Art. 3° Si los que se acogieren a la amnistía son particulares que han servido a la causa centralista con empréstitos forzosos, tendrán derecho a que se les reconozcan sus créditos por los Estados Unidos, siempre que los justifiquen debidamente con arreglo a las leyes.

"Art. 4° No quedan comprometidos en la amnistía los que, faltando a las leyes de la guerra, cometieron, el veintinueve de abril último, el delito de asesinato en la persona del ilustre General José María Obando, y en las de otros individuos de la columna que conducía.

"Art. 5° Para que la gracia concedida en este Decreto tenga efecto, es preciso que los individuos de que se trata se acojan a la amnistía luego que tengan conocimiento de ella y antes de nuevo combate.

"Dado en Subachoque, a 6 de mayo de 1861.

|"T. C. de Mosquera.—El Secretario de Gobierno, |Andrés Cerón—El Secretario de Hacienda, |Julián Trujillo—El Secretario de Relaciones Exteriores, encargado del Despacho de Guerra, |José María Rojas Garrido".

"T. C.de Mosquera, Gobernador constitucional del Estado Soberano del Cauca, Presidente de los Estados Unidos y Supremo Director de la Guerra.

"Al señor Bartolomé Calvo, Presidente del Gobierno y tropas que existen en Bogotá.

"Me veo en la necesidad de dirigirme a usted, una vez más en mi calidad de Gobernador constitucional del Estado Soberano del Cauca y Supremo Director de la Guerra, como Presidente Provisorio de los Estados Unidos, para requerir a usted a nombre de la humanidad, que sean bien tratados los magistrados, jefes, oficiales y demás ciudadanos que tiene usted hacinados en una cárcel estrecha en Bogotá, expuestos a morir asfixiados y de hambre. Apenas es creíble, señor Calvo, que en esta época y por hombres que se llaman civilizados se cometan asesinatos como los del siete de marzo, los perpetrados en |Cruz Verde con el General Obando y otros ciudadanos, y que a loS prisioneros de guerra civil se les trate tan inicuamente como no se hace con los bandidos y malhechores. El ejemplo que yo he dado en quince meses de campaña, perdonando y tratando bien a los enemigos del pueblo, debía haber servido de lección para que ustedes hicieran otro tanto.

"Desde Segovia hasta este Cuartel General he marchado siempre en triunfo, y los campos de Chaguaní en donde perdoné a una División y sus jefes de ser sacrificados, con la esperanza de obtener la paz: el espléndido escarmiento que di al ejército de la Confederación en |Santa Bárbara: mis movimientos estratégicos para unirme con el ejército del Norte; y los que últimamente he ejecutado para quitarle al ejército que sostiene a usted y su partido, la línea militar del Funza, le probarán a usted que con pocas operaciones más estará en mi poder esa ciudad, y prisioneros o muertos sus defensores para hacer más doloroso el triunfo de las instituciones.

"Yo no hago a usted hoy una intimación, NI provoco tampoco una transacción, y mi carta no tiene otro objeto que el que he indicado al principio, requiriendo para que los prisioneros sean tratados con decoro y alimentados, y si usted no tiene recursos para hacerlo, permítame usted que le remita una suma de dinero para que sea invertida en alimentar a esos desgraciados ciudadanos; a quienes  sE quiere asesinar asfixiándolos o por hambre.

"Considere usted, señor Calvo, que pocos son los días que le restan a usted en el ejercicio de un poder efímero, y el derecho natural y de la guerra me autorizan a hacer en ustedes lo que ustedes han hecho con nuestros desgraciados compatriotas que han caído en su poder. No crea usted que las calumnias que se me prodigan en el papel semi-oficial, suponiendo decretos que no he dado, puedan exaltar las pasiones del pueblo de Bogotá que me conoce y sabe cuánto aprecio tengo por aquel pueblo.



"Soy de usted afectísimo compatriota y servidor,

"T. C. DE mosquera.

"Torca, 30 de mayo de 1861"

 

" |Confederación Granadina |El General en Jefe— Cuartel General en "El Corso", a 17 de mayo de 1861.

"Al señor Tomás C. de Mosquera.

"Llegaron a mi poder las tres notas de usted fechadas el nueve de los corrientes, en |Los Arboles y me permito contestarlas todas en una, por faltarme tiempo para hacerlo separadamente .

"Se contrae la primera a recabar el castigo de los que, según usted, asesinaron el veintinueve del pasado a los señores José María Obando y Patrocinio Cuéllar. Apenas debería detenerme a contestar esta reclamación, estando, como está, suficientemente comprobado, que tanto los dos mencionados como los demás que perecieron en el combate de ese día murieron del mismo modo que los | que | usted vio morir en el combate del veinticinco.

"Los soldados del gobierno legítimo no saben ni pueden matar enemigos rendidos e indefensos: prueba de ello son los muchos prisioneros que se le tomaron ese día al mismo Obando, y los muchos que se le habían tomado a usted cuatro días antes. Todos ellos le debieron la vida al acto de rendir las armas, no a tener títulos de simpatía o aprecio entre los individuos que los aprehendieron.

"Entre los papeles de Obando se encontraron documentos comprobantes de que traía una fuerza efectiva de más de seiscientos hombres: no alcanzaba a este número la que salió de Subachoque a batirlo. ¿De dónde deduce usted que estuviera indefenso? Obando y Cuéllar recibieron sus heridas en el propio campo de batalla, en el acto en que aquélla tenía lugar. Compare usted la muerte de ellos con la de individuos que la han recibido fuera del campo de batalla, a mucha distancia del lugar donde ésta se diera y se persuadirá de cuan infundado es el cargo de asesinato, hecho por usted a las fuerzas de mi mando. Sin embargo, y a pesar de que este ejército no ha cometido acto ninguno que lo ponga en la necesidad de vindicarse de semejante imputación, el día que se quiera se sabrá, por muchos testimonios irrecusables, que los señores Obando y Cuéllar murieron en lid correcta, defendiéndose, obligando, el primero con espada en mano a sus soldados a batirse, y aun hiriendo a uno de los nuestros que lo atacaba.

"En la segunda me habla usted de la orden que dio a su Intendente general para que hiciera recoger y cuidar en Subachoque a varios de nuestros heridos que supone abandonados y dejados a la intemperie. No dudando que usted haya hecho lo que dice, me apresuro a darle por ello las más expresivas gracias. No obstante, me permito manifestarle que ellos fueron dejados bajo la garantía de las palabras cruzadas entre usted y el ciudadano General París: que quedaron al cuidado de médicos, cirujanos y practicantes del ejército: que se les dejaron toldos, abrigos, dinero y demás recursos que pudieran  necesitar. Fue después de venido nuestro ejército que quedaron ellos sin fuerzas que los custodiaran, y fue también entonces que los soldados del ejército que usted manda se permitieron ir a robarles hasta sus toldos y abrigos. Dudé al principio de que semejante acto tan salvaje hubiera podido cometerse en un país que aspira a ser tenido por cristiano y civilizado; pero ante testigos presenciales y de intachable veracidad, he tenido que resignarme a recibir este hecho como una nueva muestra del espíritu de barbarie que amenaza invadir a nuestra querida patria. Me prometo que al tener usted conocimiento exacto del hecho, hará cuanto esté de su parte para no dejarlo impunido.

"La última de sus notas es remisoria de un decreto expedido por usted con el título de amnistía. Ignorando qué  individuos hayan podido cometer delitos cuyo juzgamiento y castigo corresponda a la revolución, me he visto en la imposibilidad de dar curso al referido decreto. Comprendo perfectamente que actos de esta clase se emanen de autoridades legítimamente constituidas, cuando pudiendo castigar, prefieren, por consideraciones  de humanidad o de política, otorgar gracia a los que se han hecho acreedores al castigo. Tal fue el expedido por el Poder Ejecutivo Nacional el treinta del mes próximo pasado, que le fue enviado a usted y al que parece que debe contestar con el de que vengo haciendo referencia .

"El perdón otorgado por el débil al fuerte, envuelve un contrasentido que no se puede recibir en serio. La situación política y militar de usted con respecto al gobierno legítimo de su patria, es demasiado clara para que pueda ocultarse a un espíritu perspicaz como el de usted. | La revolución está muerta moralmente; y ni aun contaría con el apoyo del ejército que usted manda, si usted no hubiera agotado y continuara agotando todos los recursos de su ingenio para evitar un combate en que tendrán de medirse las fuerzas de la revolución y las de la legitimidad. Usted ha podido ya calcular y pesar estas fuerzas: ni podrá explicarse de otro modo su conducta evasiva y ese plan de campaña reducido a evitarnos siempre detrás de parapetos, o en las cimas escarpadas de riscos inaccesibles. Semejante plan revela tanto más su situación, cuanto más contrario es a los que usted aceptaba cuando a la cabeza de ejércitos como el que yo actualmente mando, buscaba usted sus enemigos lleno de fe en el triunfo de la causa que defendía, y en el valor de los soldados a cuya lealtad ha estado encomendado siempre el honor de la República.

"Yo habría recibido el decreto de usted como un insulto, si no comprendiera lo difícil de la situación de un jefe de revolución que, viendo perdida su causa, apela a estos arbitrios para ocultar sus dificultades a los amigos a quienes espera alimentar todavía con ilusiones. Dios me ha concedido calma y sangre fría suficientes para comprender que con faltas de esta naturaleza hay que tropezar cuando se entra en el camino que conduce a la lógica inexorable de los primeros extravíos. También me ha dado la honradez bastante para lamentarlos cordialmente; y no ceso de rogarle que todavía ilumine el espíritu de usted y de los que obcecados le acompañan, para que desista de la loca empresa de continuar una guerra en que habrán de sucumbir, aumentando la ruina y el descrédito de su patria. Usted debe creer en la sinceridad de estos sentimientos y recibir la expresión de ellos como una prueba de mi antigua amistad con que quiero corresponder a la parte que pueda tocarme en sus generosos ofrecimientos; pero debo manifestarle que, sean cuales fueren las circunstancias en que me coloque la fortuna, ora tenga un ejército como el que está a mis órdenes, que da cuantas garantías de triunfo pueden apetecerse, ora me vea rodeado de sus últimos restos, mi conducta será siempre la misma, teniendo por única regla el deber; y en este sentido no habrá consideraciones de ninguna clase que me hagan consentir en que se desdore una sola línea del honor de las armas que me están confiadas, ni del mío propio.

"Con sentimientos de alta  consideración, tengo la honra de repetirme de usted atento servidor,

R. ESPINA"

 

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