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MUERTE DEL GENERAL OBANDO Y DEL CORONEL PATROCINIO CUELLAR

 La revolución que estalló en Popayán el 8 de mayo de 1860, encabezada por el General Tomás C. de Mosquera, siguió curso ascendente, y el 25 de abril de 1861 se libró la gran batalla de |Campo Amalia o Santa Bárbara a inmediaciones de Subachoque.  El gobierno atacó las fuerzas revolucionarias con un brillante ejército de 5.000 hombres a las órdenes del General Joaquín París, veterano de la guerra de la Independencia, secundado por jefes valientes y decididos.

El General Mosquera contaba apenas con 2.700 soldados, caucanos en su mayor parte, con tenientes no inferiores a los que le opuso el gobierno.

Los dos ejércitos pusieron en juego las tres armas de batalla, y combatieron con rabiosa bravura desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche. Hubo un momento en que estuvo perdido el General Mosquera, a quien se le atolló el caballo en un tremedal, y sólo debió su salvación a la heroica generosidad del Coronel Simón Arboleda, quien le cedió el caballo que montaba y cayó prisionero en lugar del General.

Mil muertos y casi otros tantos heridos fue el resultado de la batalla, que quedó indecisa: el primero de los contendores que hubiera atacado al día siguiente habría conseguido la victoria, porque ambos ejércitos quedaron destrozados y sin ánimo de continuar la lucha por el momento. Los cadáveres insepultos y los desgarradores lamentos de los numerosos heridos abandonados a su suerte, por más de dieciocho horas, tocaron el corazón de los jefes de ambos ejércitos, quienes ajustaron un armisticio de tres días, tiempo que se creyó suficiente para llenar los deberes que exige la humanidad.

La continuación de la lucha se imponía y, en consecuencia, los beligerantes trataron de allegar cuantos refuerzos tuvieran en disponibilidad para el próximo encuentro.

El General Mosquera envió orden al General José María Obando, jefe de las pocas fuerzas acantonadas en La Mesa, para que emprendiera marcha en dirección al Cuartel General, establecido en Subachoque, siguiendo el itinerario que dos días antes había recorrido la fuerza que condujo al mismo campamento el señor José María Plata, sin encontrar obstáculo que le impidiera la deseada incorporación .

El fatalismo de los turcos se explica cuando vemos que está en manos del hombre modificar las circustancias que pueden contribuir al cumplimiento de sucesos favorables o adversos; pero que por causas misteriosas aquél contribuye, inconscientemente las más de las veces, al cumplimiento de éstos.

Un individuo que se decía |amigo personal del general Obando, pero contrario a éste en opiniones políticas, solicitó pasaporte del mismo para venir de La Mesa a Bogotá. Obando le contestó proponiéndole que hicieran juntos el viaje hasta la Sabana, al día siguiente: el |amigo aceptó la oferta y se aprovechó de la imprudente confianza del General para espiarlo.

El General Mosquera indicó, con precisión, el camino que debía seguir Obando para llegar al campamento de Subachoque sin tropiezos ni peligros; pero éste modificó el itinerario fundándose en el mal estado de los caminos, sin tener en cuenta el posible encuentro con partidas armadas del Gobierno.

En vez de llegar a Zipacón, para tomar la vía de |La Chaguya y atravesar el estrecho valle formado entre |Corito y |Checua, para seguir por el camino de La Vega y salir a retaguardia del campamento de Mosquera, Obando avanzó imprudentemente hasta Bojacá donde se despidió de éste el |amigo de La Mesa, quien en vez de seguir para Bogotá, se fue apresurado al cuartel general del gobierno a dar parte del modo como venía Obando y su gente y del camino que pensaba seguir.

De Bojacá salió Obando en las primeras horas de la mañana del veintinueve, atravesó la sabana hasta llegar al sitio llamado |Tres Esquinas de Bermeo, y se detuvo en la venta que allí tenía Vicente Salinas, antiguo sirviente del Libertador. En este sitio lo encontró don Pedro Pulido, rico hacendado liberal, quien aseguró al General Obando, que hacía tres días que por allí no pasaba ninguna caballería del gobierno.

Con Obando venían, entre otros, el Coronel Patrocinio Cuéllar, don Juan de Dios Restrepo, don Ramón Carvajal, Aníbal Mosquera, hijo del General, el Coronel Francisco Troncoso, comandante de la compañía que llamaban |La Marina, compuesta de bogas del Magdalena, el Capitán Daniel Aldana, y los restos de las ambulancias que habían quedado atrás del ejército revolucionario, compuestas de setenta reemplazos, ciento cincuenta hombres de caballería mal montados, treinta altas del hospital, cien soldados del Batallón 9° y unos treinta hombres que el Coronel Cuéllar había sacado de los bongos de guerra, que no podían caminar con velocidad a pie: trescientos ochenta hombres entre todos, según consta en la Circular del Presidente Provisorio de los Estados Unidos de Nueva Granada a los Presidentes y Gobernadores de los Estados, fechada en Fusca el primero de junio de 1861 e inserta en los |Actos Oficiales del Gobierno Provisorio, páginas 93 a 99, mal armados, peor vestidos y en situación tal que, se presentaba como sucedió, el caso de sostener un combate, tenían el noventa por ciento de probabilidades en contra.

Al continuar la marcha, el Coronel Cuéllar indicó a Obando la conveniencia de que tomara el camino de |El Rosal, para reunirse en el mismo día con la fuerza del General Mosquera, añadiendo que lo contrario podría traducirse como miedo. “Puesto que es cuestión de miedo, vamos adelante, dijo Obando, al mismo tiempo que dio al Capitán Aldana la orden de que hiciera devolver la fuerza que ya había tomado el camino de La Vega.

Tan luégo como el a |migo de la Mesa llegó al cuartel general del ejército del gobierno e impuso al General en Jefe de la aproximación de la gente de Obando, destacó al entonces Coronel Heliodoro Ruiz con fuerzas de infantería y caballería, bien armadas y montadas, para que saliera al encuentro de aquél.

El General Ruiz, militar experimentado y valeroso, situó las fuerzas de que disponía en los puntos llamados |El Rosal, Tierra Negra y Cruz Verde y cubiertos de malezas que favorecían el éxito del plan concebido.

Entretanto se acercaba el General Obando al término de su funesto destino: con una imprevisión y confianza inconcebibles, marchaba en dirección al campamento liberal, cuando la guerrilla de infantería del gobierno rompió los fuegos y casi al mismo tiempo atacó la caballería. La sorpresa apenas dio tiempo a las fuerzas revolucionarias para desplegarse y contestar el fuego; pero después de una débil resistencia se declararon en derrota, en el momento en que el oficial Joaquín Pulido entregaba al General Obando la comunicación del General Mosquera, en que le ratificaba el itinerario de La Vega como el único seguro para llegar al cuartel general. "Es tarde", contestó el infortunado jefe.

Consumado el desastre de las fuerzas que mandaba el General Obando, éste trató de huir, y al efecto, hizo desensillar la mula en que montaba para ensillar el caballo bayo careto que llevaba de diestro el asistente, y una vez cambiada la cabalgadura, se alejó  del campo de combate con probabilidades de salvación, cuando al pasar por un puente inclinado y resbaladizo, cayó el caballo en una zanja: el Capitán Aldana, que lo acompañaba, alcanzó a oír las palabras de Obando con que invocó a la Virgen del Carmen. El caballo del General salió del atolladero y echó a correr hacia el Sur, asustado por los gritos de los vencedores que se acercaban, y cuando Aldana se ocupaba en cogerlo, llegó un lancero a donde estaba Obando y le dio una lanzada sin atender a las voces de éste, que se declaraba rendido.

Aldana fue hecho prisionero después de recibir varios golpes en la .cabeza con las astas de las lanzas de los húsares; pero como |éstos no se fijaban en hacer prisioneros sino en perseguir a los fugitivos, aquél logró escapar metido en una zanja de la que salió ya entrada la noche, permaneciendo oculto en la maleza hasta que, orientado al día siguiente, pudo tomar el camino de La Vega.

El doctor Francisco Jiménez Zamudio se encontró allí como capellán de las fuerzas conservadoras, y al observar, a distancia, que no se levantaba el caído entre la zanja, corrió a prestarle, si aún era tiempo, los consuelos que prescribe la religión de paz. Con sorpresa reconoció al moribundo General: alcanzó a darle la absolución antes de que expirara, y siguió en busca de heridos y agonizantes para auxiliarlos.

Viendo Cuéllar que el General no se movía, dio frente a los que le perseguían y les hizo dos disparos con el rifle que llevaba; mas su abnegación sólo sirvió para que lo rodearan varios lanceros y lo acribillaran a lanzadas y garrotazos. No debemos perder de vista que el Coronel Cuéllar montaba un caballo vigoroso en que pudo salvarse; pero prefirió morir al lado de su jefe y amigo.

El Coronel Troncoso murió al frente de los soldados que mandaba, al tratar de restablecer el combate; Aníbal Mosquera quedó prisionero y herido en un brazo, y muy pocos fueron los que lograron salvarse en aquel desastre de las fuerzas revolucionarias, en el que casi todos los que las componían, quedaron muertos, heridos o prisioneros.

El ordenanza de Obando gritó a los agresores para que no mataran a su general; pero éstos no sólo no le dieron oídos, sino que le tiraron a él una lanzada que le zajó la pierna derecha.

El Coronel Agustín Estévez recorrió el lugar del combate, y encontró moribundo  al doctor Cuéllar, en toda su lucidez de espíritu: al oír que aquél le ofrecía sus servicios, le contestó con indignación:

"Despuésde que me han asesinado!..."

Al cadáver del General Obando lo sacaron arrastrado por los pies y lo dejaron a la vera del camino: estas escenas de muerte y desolación tuvieron por teatro uno de los sitios más lúgubres y desapacibles de esa comarca, a la pálida luz de un sol de invierno. A la caída de la tarde recogieron el cadáver de Obando, y al doctor Cuéllar, moribundo, para conducirlos a Funza con el fin de dar decorosa sepultura al primero, y proporcionar auxilios al segundo. Los doctores Bernardo Espinosa, quien se hallaba en el cuartel general del gobierno, llamado a recetar al General París que estaba enfermo; Joaquín Maldonado y Antonio Vargas Vega, a quienes condujo personalmente en carruaje propio el caritativo caballero don Ruperto Restrepo, acompañado de don Gregorio E. Mulet, alcanzaron a prestar algunos cuidados médicos al desgraciado Coronel Cuéllar, quien murió en la noche del 30 de abril, después de recibir los Sacramentos.

Tocó a los profesores antes citados, asociados al doctor Ignacio Ardila, hacer el reconocimiento de los dos cadáveres.

Del acta que levantaron consta que el General Obando tenía una cortada profunda en la nariz y cinco heridas mortales de lanza, de las cuales una lo atravesó, interesándole un pulmón y el hígado, varios raspones y contusiones, y cortada con navaja la mitad del bigote.

El doctor Cuéllar tenía ocho lanzadas y la cabeza literalmente macerada a garrotazos, probablemente con las astas de las lanzas, tan horriblemente desfigurado, que habría sido imposible reconocerlo sin saber antes quién era.

Conservamos original autenticado por  el eminente profesor Antonio Vargas Vega, el croquis que entonces levantó uno de los médicos que hicieron el reconocimiento y autopsia de los infortunados Obando y Cuéllar, en el que se ve la posición de las heridas recibidas por éstos.

El día siguiente, primero de mayo, después de modestos funerales, se vio salir de la iglesia de Funza un grupo de caballeros que acompañaban con respetuoso recogimiento, los despojos mortales del General José María Obando y del Coronel Patrocinio Cuéllar:  entre ellos se contaban, además de los médicos que reconocieron los cadáveres, los señores Gregorio Gutiérrez V., Gregorio E. Mulet, Ruperto Restrepo, el presbítero Francisco Jiménez Zamudio y otras personas piadosas. Dos bóvedas, construidas a la derecha de la puerta de entrada del cementerio del citado pueblo, sirvieron a la triste comitiva para cumplir la obra de misericordia de enterrar a los muertos.

Como prueba irrecusable de la veracidad de nuestro relato, insertamos a continuación la parte conducente de una carta que el distinguido caballero danés don Béndix Koppel, vicecónsul de su país en Bogotá, dirigió al no menos estimable caballero Carlos Schioss, fechada en Londres el diez de marzo de 1896:

"Tengo que agradecerle el libro de Cordovez; he gozado mucho con su lectura. Son extraordinarias su memoria y su exactitud. Durante la revolución de Mosquera, recordará usted, estuve todo el tiempo entre los dos ejércitos beligerantes en la Sabana, y su descripción es exacta en todo. Estuve con Darío Calvo en la batalla de Subachoque, y con César Medina al día siguiente.

"Con Simón O'Leary vi el combate en que pereció Obando, y hablé con Cuéllar, ya herido, y le pude dar un poco de brandy".

Pocas personas habrán experimentado en su vida más peripecias que el General Obando. Siendo de costumbres austeras y de índole benévola, lo pintan sus enemigos como un monstruo de iniquidad: sobre él pesó el tremendo cargo del asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho, por lo cual lo llamaban el |Tigre de Berruecos; pero nada hizo en tiempo la justicia para descubrir a los culpables de aquel crimen. Vencedor y vencido, alternativamente, sufrió los rigores de la pobreza en país extraño, hasta el extremo de tener que trabajar como hortelano para ganar con qué vivir, después de atravesar las selvas desiertas del Caquetá: engrandecido por la implacable persecución de que fue víctima, atrajo hacia sí el amor del pueblo, que lo elevó a la primera magistratura, con un lujo de opinión, como no alcanzó ningún otro caudillo en este país; y cuando los liberales creyeron que tenían por jefe a un hombre de estado, sólo encontraron en el General Obando la |bonhomía del buen padre de familia, y un modo de ser que no correspondía, en manera alguna, a los calificativos favorables o adversos que le discernían sus amigos o sus enemigos. Confió el mando de la fuerza pública a un amigo y confidente suyo, y éste hizo una revolución de cuartel para salvarse de la responsabilidad que le aparejó la muerte que dio a un hombre, principiando el atentado de la traición por aprisionar al confiado Presidente. ¡Viva Obando, presidente constitucional! fue el grito de los contendores; pero al triunfar las huestes constitucionales, lo destituyó el Senado como cómplice del dictador: lo absolvió el fallo imparcial del más alto tribunal de justicia, compuesto de adversarios políticos de Obando, y volvió a Popayán, su ciudad natal, a devorar la amargura de los desengaños, y a llevar con dignidad la librea de la pobreza, único gaje que sacó de las delicias del poder ...

Después de treinta años de enconada enemistad, se reconcilió Obando con el General Mosquera y se puso a sus órdenes, para combatir al gobierno de la Confederación Granadina: el astuto guerrillero que inmortalizó su nombre en las breñas de Pasto, hasta hacer necesario auxilio extranjero para vencerlo en Huilquipamba, vino a morir sin gloria en una celada de que habría escapado un niño de escuela .

No creemos inoportuno insertar el siguiente epigrama compuesto por don Manuel Cárdenas, a orillas del Putumayo, el cinco de octubre de 1842, al emigrar de la Nueva Granada en vía para el Perú, en asocio de los señores General José María Obando, Angel María Céspedes, Ignacio Carvajal, Fidel Torres y José España.

 

DESCUBRIMIENTO ADMIRABLE PARA VENCER INFALIBLEMIENTE EN LOS COMBATES

 

EPIGRAMA

Novel guerrero, déja
         Las largas enseñanzas
         Que de la guerra forman
         Un arte complicada;

Ni ya en los |Comentarios
         La doctrina cansada
         De Julio Cesar busques.

¿Sabesqué es lo que basta
          A vencer en tres toques
          Sin réplica, ni falta?
          Tres son los requisitos
    
          Y hélos en dos palabras:
          Bajo ningún pretexto
          Comprometas batalla,
          A no ser de |año en año,
        
           Y sólo en | fecha dada;
          Que es de |Abril a primero, (1)
          Fecha en que nunca falla;
          Mas no falte un minuto
          Adelante o a espalda.
          Debe entrar en combate
          La mismísima espada
          En Junín vencedora
          De un grande hombre heredada.
          Mas lo esencial es esto:
          Que por mano Fulana
          (Aquella que ya sabes),
          El arma sea empuñada;
          Y con estas tres cosas
          Ni los diablos te aguardan.
          «Las dos primeras cosas
         
         Conseguir alcanzara:
         Mas dí, maestro, ¿cómo
         Consigo esa Fulana?»
         —¿La mano es el estorbo?
         ¡Qué pamplina! ¡cortarla!
         Y, amarrándola al puño
         Aunque muerta llevarla.

El siguiente episodio histórico de la vida de Obando, dará ligera idea del carácter de este hombre.

(1) Alude al parte de la batalla de Tescua dada por el General Mosquera, que principia asi: «No podía ser de otra manera: era 1º de abril, y yo empuñaba la espada con que el Libertador venció en Junín».

 

 

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