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Si Ramírez hubiera tomado parte, indirecta siquiera, en la fuga de los presos, no habría sido a Bocachica, sino al otro mundo a donde lo habrían enviado.

Esta reliquia de la Independencia gozaba de completa lucidez de espíritu, vivía pobremente de la modesta pensión que le pagaba el Gobierno, contrajo matrimonio, en segundas nupcias, con una joven que lo cuidaba como a un padre, y poseía una prodigiosa memoria que empleaba en relatar, con chispeante verbosidad, los lejanos acontecimientos en que tomó parte.

El desgraciado doctor Aguilar era hombre de ideas un tanto raras, extravagante en su modo de ser, algo escéptico en materias religiosas y amigo de hablar en estilo gongorino, empleando la metáfora a cada paso; pero siempre lo conocimos como persona muy pacífica. Sin embargo, la pasión política lo ofuscó para hacerlo aceptar el puesto de Intendente de Cundinamarca, que entonces era un verdadero potro de tormento, con probabilidades de acarrearse fuertes antipatías y ningún provecho: tal fue su error.

La conmiseración que inspiraron los presos, influyó para que los médicos Joaquín Maldonado, Antonio Vargas Reyes, Antonio Vargas Vega, Samuel Fajardo y Juan de Dios Riomalo, elevaran un memorial al Intendente Aguilar, en el cual le pedían, en términos comedidos y casi suplicantes, que les permitiera prestar sus servicios médicos a los presos heridos en la tarde del 7 de marzo. En mala hora, y empleando frases desgraciadas, por no decir imprudentes, aquél contestó la petición, negando el favor que solicitaban los médicos para atender gratis a unos infelices que no tenían medios para pagar quién los asistiera, además de que por mucha que fuera la actividad y competencia de los doctores Ospina y Sarmiento, era evidente que dos profesores eran insuficientes para atender con el esmero requerido, a más de cien heridos que existían en el hospital de sangre, entre éstos los treinta y ocho de que venimos hablando.

He aquí los dos escritos en cuestión:

"Señor Intendente: —Los que suscribimos, profesores de medicina, sabemos que existen en el colegio del Rosario más de treinta presos heridos, a consecuencia del infausto acontecimiento del día siete; que todos son de tierra extraña, la mayor parte desvalidos, y que la curación de sus heridas demanda mucho trabajo y constante asistencia, lo cual es imposible que, estando a cargo de una o dos personas, pueda desempeñarse bien, debiéndose tal vez a esto el que ellos hayan empeorado, como se dice por las calles. Una mala curación, el no llenar oportunamente una indicación, en una palabra, el más leve descuido, puede comprometer la vida de estos desgraciados; y como la mejor asistencia que se trate de proporcionarles no es incompatible con su seguridad, ocurrimos a usted pidiéndole nos deje exclusivamente a nosotros el cuidado de su curación, con cuyo objeto se nos permitirá entrar con libertad a todos los cinco individuos que representamos, pues  menor número sería insuficiente para curarlos con esmero y sin fatiga.

“Protestamos de la manera más sincera que no tenemos otra mira que el consuelo y alivio de aquellos señores, y ofrecemos como caballeros, bajo nuestra palabra de honor, no intentar nada en favor de su evasión ni contra las seguridades con que se les mantenga. Bogotá, 14 de marzo de 1861.— |Joaquín Maldonado, Antonio Vareas Reyes, Antonio Vargas Vega, Samuel Fajardo, Juan de Dios Riomalo”.

"Señores Joaquín Maldonado, Antonio Vargas Reyes, Antonio Vargas Vega, Samuel Fajardo y Juan de Dios Riomalo. —Bogotá, 14 de marzo de 1861.

"Como profesores de medicina y cirugía han hecho muy bien en dirigirse a la autoridad competente, reclamando los oficios de la ciencia que se deben a la humanidad doliente. Esta los atendería como lo hizo hoy hace ocho días, llamándolos, para que, requeridos así, operaran cualquiera operación quirúrgica, según lo requiere el hospital de sangre a que se refiere; por fortuna la situación ha cambiado notablemente, y sus coprofesores Sarmiento y Ospina han informado la verdad con la ciencia que los caracteriza. No hay urgencia que requiera aún algo más; y por eso, aceptando el generoso ofrecimiento de ustedes, no se deniega sino la oportunidad.

"Soy de ustedes muy obsecuente servidor,

andrés aguilar".

La circunstancia de que los profesores mencionados eran liberales, debió de influir para la negativa del doctor Aguilar. No hay duda que los sentimientos humanitarios unidos al espíritu de partido, fueron el móvil que guió a los distinguidos médicos para pedir con ahinco que los dejaran encargarse de la asistencia de los presos heridos; empero, después de pocos días pudo dar la prueba el doctor Antonio Vargas Reyes de que en él dominaban los primeros sobre el último.

En medio del fragor del combate del dieciocho de julio hirieron en el antebrazo izquierdo al entonces Coronel Lázaro María Pérez, a quien condujeron a la casa de su suegra la señora doña María Josefa Benítez de Orrantia, al frente del teatro Colón.

La gravedad de la herida implicó la necesidad de llamar a los médicos más afamados de la ciudad, entre éstos, a los doctores Cheyne, Sarmiento, Dávoren, Dudley, Andrés María Pardo y Vargas Reyes: los primeros opinaron por la inmediata amputación del brazo, y el último sostuvo que si dejaban a su cargo el herido, respondía de la vida de éste y del brazo.

Consultado el señor Pérez acerca de lo que debiera hacerse,  contestó  categóricamente que, entre los médicos que daban esperanza de salvarlo cortándole el brazo, y el profesor que respondía de la vida y del brazo, se atenía a éste.

Ya estaba don Lázaro en vía de reposición, cuando en el momento menos pensado se presentó una escolta en casa de la señora Benítez, con orden terminante de apoderarse de aquél, para llevarlo al destierro. Felizmente llegó en esos momentos el doctor Vargas Reyes, quien se encontró en el zaguán de la casa con el herido en una silla de manos, e impuesto de lo que se trataba de hacer, logró que el jefe de la escolta suspendiera la ejecución de la orden hasta después de que él hablara con el General Julián Trujillo y el doctor Andrés Cerón, quienes hacían parte del ministerio del General Mosquera, y tenían su despacho en el palacio de San Carlos, a donde se trasladó inmediatamente. Ya en presencia de los dos secretarios, el doctor les dijo con noble resolución:

"Yo me comprometí a salvar el brazo y la vida del señor Lázaro María Pérez, contra la opinión de distinguidos profesores que calificaron de temeraria mi oferta: hoy tengo que salvar dos reputaciones, la del médico y la del liberal. Es muy posible que el viaje de Pérez le ocasione la muerte, y en este caso dirán los médicos que yo me comprometí a un imposible, y los conservadores, que no corté el brazo ni dejé que otros lo hicieran, para que muriera el herido".

Trujillo y Cerón convinieron en las observaciones del doctor Vargas Reyes; pero no se creyeron autorizados para suspender la orden del General Mosquera, visto lo cual por el digno profesor, les manifestó que no permitiría en ningún caso que sacaran al Coronel Pérez, y sin esperar otras razones, volvió a la casa de la señora Benítez, se plantó en medio de la puerta de la calle y notificó al oficial, que para llevarse al señor Pérez tenía que matarlo a él antes, porque estaba resuelto a no dejarlo sacar sino sobre su cadáver.

Impuestos los secretarios del General Mosquera de lo que ocurría, y admirados de la noble conducta del doctor Vargas Reyes, transigieron la dificultad conviniendo con éste en que se lo llevara a su casa para terminar la curación del señor Pérez, como al fin se hizo.

Es muy de sentirse que las autoridades de Bogotá no hubieran levantado la correspondiente información, con el objeto de poner en claro las imputaciones hechas a los liberales por la complicidad en la fuga de los presos, y a las autoridades por el inicuo plan de hacerlos salir para que los asesinaran, porque habría sido fácil dejar establecida la inconsistencia de dichos cargos: no se hizo así, por desgracia, y hasta hoy se palpan las consecuencias de aquella falta.

En seguida verán nuestros lectores la relación pormenorizada de los presos heridos en el cerro, sin que hasta .hoy haya sido contradicha, con la circunstancia de que nada oficial se publicó entonces respecto de tan grave episodio. Por el conocimiento personal que tuvimos de varios de los que figuran en la lista, podemos asegurar que en ésta se dice la verdad, añadiendo que a don José María Vergara y Vergara lo insultaron y pusieron preso en la noche del 7 de marzo, porque ayudó a conducir un moribundo, cubriéndole la cara con el paraguas para favorecerlo del aguacero que caía en esos momentos, y que a don Lázaro María Pérez lo calificaron de |pastelero porque no dejó que consumaran el sacrificio del General Rico y de Eulogio, el hijo de éste.

De la relación que entonces circuló, tomamos los siguientes detalles:

"El doctor Domingo Salazar estaba junto a Nicolás Forero cuando éste recibió las heridas que le causaron la muerte; la descarga se hizo sobre ambos, Salazar se fingió muerto y fue arrojado a un pozo y desnudado completamente; el cadáver le quedó encima, y al sacarlo, más tarde, un soldado apoyó un pie sobre la cara de Salazar, a quien creía muerto, y lo consumió; ya casi ahogado alzó la cabeza y reconoció a un soldado, quien le sacó y favoreció. Rudesindo Silva recibió en la cabeza dos heridas mortales; casi exánime por la sangre que arrojaba, fue traído a esta ciudad en una manta. José María Avendaño, ciudadano de Venezuela, fue herido y murió al cuarto día. Felipe Pérez, de Villeta, recibió un balazo en la mandíbula, que le impidió hablar. Antonio Villalba, un machetazo en una mano, un balazo en un brazo, y otros dos machetazos en la muñeca y en el otro brazo. Ulpiano Téllez, dos heridas de bayoneta, una en el pescuezo y otra debajo del brazo derecho; un bayonetazo en el costado, y una bala de pistola en el brazo izquierdo, más dos descalabraduras. Fernando Vaca, un lanzazo en la mano derecha, la que le quedó inútil, y dos descalabraduras hechas, una con machete y otra con el tornillo pedrero, Joaquín Ortiz, un lanzazo en el costado izquierdo, otro en el brazo izquierdo y dos machetazos en la cabeza. Juan Crisóstomo Iriarte, un machetazo en la cabeza. Esteban Pinzón un machetazo en la cabeza. Ricardo Carreño, cuatro heridas en la cabeza: una con el tornillo pedrero y tres causadas por un oficial con la espada. Gregorio Niño, un machetazo en la cara, dado por un oficial. Bernardino Niño, una herida de lanza en la cabeza. Ramón Cuervo, una herida grave de bayoneta en el estómago, otra de lanza en el costado y dos en la cabeza. Ramón Perdomo, una herida en la cabeza con palo, y una contusión en la espalda. Faustino Ruiz Turco, tres machetazos en la cabeza y una contusión causada por el tornillo pedrero. Ferrer Hurtado, una herida de bayoneta en el estómago y otras de tornillo en la cabeza. José María Pérez, una herida de bala en la cabeza. Miguel Bautista, un machetazo en la cabeza. Urbano Chacón, un balazo en el brazo izquierdo. Justo Román, una herida en la cabeza. Vicente Cardona, un fuerte golpe en la frente con el tornillo pedrero. Juan de Dios Romero, herida de lanza en el pecho. Antonio Otero, una herida en la cabeza con el tornillo. Isidro Galvis, una herida con asta de lanza en la cabeza y otra en la pierna. Juan de la Cruz Márquez, un lanzazo en el brazo derecho. Avelino Arango, una herida de machete en el pescuezo. José María Pérez, una herida en la cabeza. Pedro J. Duran, un machetazo en la cabeza, otro en las narices y otro en los dedos de la mano derecha, y un bayonetazo en la cabeza. Juan N. Rico, una grande herida en la cabeza y otra en la mano izquierda: hubo que amputarle un dedo; recibió muchas contusiones de garrote y piedra causadas por los soldados, de orden de un oficial. Eulogio Rico, tres heridas en la cabeza y un lanzazo en el brazo izquierdo, tres contusiones más, en un hombro, en una oreja y la cabeza. Trino Rodríguez, una herida en la cabeza con el tornillo pedrero. Leopoldo Guerrero, una herida en el labio superior. Abdon Gómez, una descalabradura, muchos golpes con garrote y una herida en un pie".

Para terminar este episodio, reproducimos como documentos curiosos de la época, las notas que con tal motivo se cruzaron entre los Generales Mosquera y Joaquín París, General en Jefe del Ejército de la Confederación Granadina, permitiéndonos hacer la salvedad de que ellos están basados en los datos que recibieron los dos Generales, quienes estaban distantes del lugar en. que sucedieron los acontecimientos.

|“ Tomás C. |de Mosquera, Gobernador Constitucional del Estado Soberano del Cauca, Presidente Provisorio de los Estados Unidos de la Nueva Granada y Supremo Director de la Guerra.

"Al señor General Joaquín París, General en Jefe del Ejército del Sur.

"Un hecho escandaloso y que no  tiene ejemplo en los anales de la revolución de la América española, inclusa la época luctuosa de la guerra a muerte con los españoles, se ha ejecutado, ciudadano General, en la tarde del 7 de los corrientes, en la capital de la República, ciudad cristiana y civilizada. Este hecho escandaloso, bárbaro y cruel,  de asesinar prisioneros que huían y que pedían clemencia, y en. cuyo derecho había estado evadirse de la cárcel en que se les tenía, se ha perpetrado, ciudadano General, como para hacer contraste con la conducta patriótica y generosa que el ejército restaurador de la Constitución, que marcha a mis órdenes, haya renunciado a una victoria segura por no ensangrentar el suelo de la patria, y sacrificar al Gobernador de Cundinamarca con muchos jefes y oficiales distinguidos.

"Contando yo con la sinceridad de los ofrecimientos del Gobernador de Cundinamarca y su Secretario de Gobierno, para esforzarse en favor de la aceptación del armisticio celebrado en la |Quebrada de Chaguaní, le propuse al expresado señor Gobernador que mandaría uno de mis ayudantes de campo cerca del Presidente actual de Boyacá, General Santos Gutiérrez, previniéndole que celebrase una suspensión de armas semejante, con las fuerzas que mandaba el Presidente expulso de Boyacá y el Comandante en Jefe de la 7a división del expirante Gobierno de la Confederación. Mi ayudante de campo, no obstante que llevaba pasaporte del señor Gobernador de Cundinamarca, fue conducido a estrecha prisión, impidiéndole su tránsito a Boyacá y prohibiéndole hablar siquiera con la señora del Gobernador Gutiérrez, para quien llevaba una carta. A su regreso oyó el alboroto de la fuga de los presos; pero no pudo informarme de los pormenores que acabo de saber por conducto seguro y de personas que han presenciado la matanza ordenada por las autoridades generales o del Estado de Cundinamarca.

"SÍ en una época anterior a la presente revolución se hubiera perpetrado el horroroso crimen de asesinatos, cuando se había hecho creer a muchos pueblos que los defensores de la Constitución éramos rebeldes y una cuadrilla de malhechores, habría sido menos grave el atentado; pero hoy, ciudadano General, después que durante un año de victorias por nuestra parte no se ha sacrificado a un solo individuo a sangre fría, ni a virtud de juicio; después que en Manizales, Buenaventura y Pasto, los agentes del Gobierno general han reconocido la guerra civil, y últimamente el Gobernador de Cundinamarca se ha entendido conmigo como supremo Director de la Guerra de los ejércitos de los Estados Unidos, como lo habréis visto en el armisticio celebrado; y después que éste fue aprobado en su artículo 1° por el doctor Mariano Ospina, en su calidad de Presidente de la Confederación, no podía esperarse un atentado semejante al que ha tenido lugar y que puede ser el origen de una guerra horrible en que desaparezca la mitad de la Nación, si hombres como vos, amigos de la humanidad, no se empeñan en dar una solución pacífica a la presente cuestión, mandando castigar a los asesinos de los prisioneros de guerra, que se han mantenido en cadenas, cuando los reos de delito común condenados por autoridad legal, han sido constituidos soldados en el ejército del doctor Ospina, y se han puesto a vuestras órdenes aquellos delincuentes bajo el nombre de |Batallón de Restauradores.

"Ya comprenderéis bien, ciudadano General, cuál es el objeto con que me dirijo a vos en esta ocasión solemne, y porque habiendo variado las circunstancias con el reconocimiento que ha hecho de la guerra civil el Presidente Ospina, no os excusaréis de entrar en materia conmigo, para dar evasión a la grave cuestión que nos agita, o imprimirle el verdadero carácter con que debe continuar la guerra.

"Yo os declaro, ciudadano General, que con esta fecha he impartido órdenes a los ejércitos que estánbajo mi mando en Boyacá, Santander, Magdalena, Bolívar y el Cauca, y al General en Jefe del primer Ejército, para que se asegure a todos los prisioneros de guerra y a los presos políticos que haya en ellos, para mantenerlos en rehenes y ejecutar con ellos los mismos actos que se ejecuten en los prisioneros que existen aún en Bogotá, sin perjuicio de tomar aquellas medidas que tomaré para castigar severamente a todo el que en diversos Estados que se han puesto a mis órdenes, quiera levantar partidas en favor de la desesperada causa que sostiene el doctor Ospina.

"Os declaro solemnemente que están dadas las órdenes para que al saberse de una manera segura que el Presidente Pradilla y demás presos políticos que están en la cárcel de Bogotá sean asesinados, se pase por las armas a todos los prisioneros que están en nuestro poder, y que continúe la guerra de retaliaciones y a muerte, si fuere necesario, contra los generales, jefes, oficiales  y autoridades que la provoquen."

"Me es imposible prescindir de esta declaratoria, y solamente así he podido calmar la irritación que ha producido en el ejército la noticia de esos crueles asesinatos, mandados ejecutar por las autoridades de Bogotá el siete de marzo.

"Escribo igualmente al señor Gobernador de Cundinamarca sobre el particular, y de un modo privado al señor Ospina, cuyo carácter público, concluye dentro de catorce días.

"Recibid, ciudadano General, la seguridad de mi alto aprecio por vos y las consideraciones con que soy vuestro antiguo amigo y compañero,

tomásC. DE mosquera”

"Guaduas, 17 de marzo de 1861".

"Al señor Gobernador del Estado del Cauca.

"Facatativá, 22 de marzo de 1861.

"He recibido vuestra nota oficial, fechada en Guaduas, a diez y siete del corriente, que me ha sorprendido en extremo, porque no tenia el menor antecedente, ni he oído decir a nadie, ni a los más exagerados se les ha ocurrido suponer lo que en vuestra nota citada se expresa, por lo que juzgo que habéis sido mal informado por personas de dañada intención; pues, reconociéndoos caballero, no os creo capaz de forjar por vos mismo semejantes calumniosas imputaciones. Lo que yo sé de oficio, lo que es notorio, lo que saben amigos y enemigos, es que el siete del corriente, los reos del delito de rebelión presos en el Colegio del Rosario, abusando de la bondad con que se les trataba dentro del edificio, se alzaron contra la guardia que los custodiaba,  se apoderaron de las armas e hiriendo gravemente con las barras de los grillos a algunos soldados, salieron en formación dando mueras al Gobierno constitucional y legítimo de la Confederación, victoreando la revolución y a vos mismo que, con dolor de vuestros antiguos compañeros y amigos, aparecéis como su caudillo y el principal agente del conflicto que amenaza reducir a cenizas nuestra patria común.

"Salidos los reos a la calle en formación militar, tomaron el camino de Guadalupe, esperando el apoyo y protección de los que por afecto a vuestras banderas les habían ofrecido sostenerlos en su fuga, y produciendo con su algazara morisca, alarma y consternación extraordinaria en los habitantes pacíficos de la capital. Pasado el primer momento de sorpresa y conocido el motivo de la agitación que se notaba, hombres, mujeres y la juventud siempre generosa y decidida, se lanzaron sobre los prófugos para reducirlos a la prisión de que se habían escapado, y entonces los reos hicieron fuego sobre sus perseguidores, todavía sin haber llegado la tropa, que tardó más de media hora en seguir el movimiento espontáneo del pueblo: fue, pues, preciso hacer uso de las armas para reducir a los sublevados que con ellas combatían a los que tenían derecho de perseguirlos, y cumplían con un deber al perseguirlos, trabándose por consiguiente un verdadero combate, en que hubo muertos y heridos de ambas partes, hasta que, rendidos los más de los reos prófugos, cesó la lucha que ellos los primeros provocaron. Lo que sucedió después, cómo fueron tratados, el modo noble y digno con que los defensores del Gobierno legítimo asistieron a los heridos, no quiero yo decíroslo, sino que os lo digan ellos mismos, y al efecto os acompaño el adjunto impreso, cuyo original reposa en poder del señor Salvador Camacho Roldan, sujeto de quien supongo no desconfiaréis.

"¿Tiene esto la menor analogía con el contenido de vuestra nota? ¿De dónde deducir que hubo asesinatos el 7 de marzo? ¿No serían más bien los asesinados los muertos y heridos de los defensores del Gobierno que cumplían con su deber, ya al ser sorprendidos al salir los reos de la prisión, ya a balazos por la vigorosa resistencia que opusieron los fugitivos al ser perseguidos? ¿Y sabéis con qué armas fueron causadas casi todas las heridas de los prófugos? Con piedras que les tiraron las mujeres y gentes del pueblo que allí había.

"Señor Gobernador del Estado del Cauca: en esta ocasión como en todas, han sido los defensores del Gobierno legítimo, nobles y generosos con los vencidos, los que han respetado la vida, la propiedad y todos los derechos de sus conciudadanos, y no se citará un solo hecho que desmienta esta aseveración: yo os puedo recordar muchos que prueban que los revolucionarios en todas partes han obrado de diferente manera, que se han manchado con los crímenes de asesinato, incendio, destrucción de la propiedad, violación de todos los derechos, ultrajes a las autoridades legítimamente constituidas, actos de barbarie feroz con los vencidos en el campo de batalla; en fin, con atrocidades de todo género que quizás la historia rehusará describir por no presentar a la humanidad con toda su miseria y desnudez, cuando las pasiones la arrastran, apagando todo sentimiento religioso, de honor y de caridad.

"Presenten los revolucionarios un solo hecho que pueda compararse con los asesinatos cometidos en Segovia, en todos los puntos en que no os encontrabais vos cuya justicia os hago, en las personas de dos |ancianos y dos niños indefensos y próximos a morir de viruelas; en las de los oficiales Camacho, Tribín, Quintero, González, Ibarra y Zúñiga; en la del Senador señor Rufino Vega y de muchos soldados y transeúntes muertos todos cruelmente después de rendidos y desarmados. ¿Ignoráis el saqueo y el incendio de las desgraciadas ciudades de Mompós, Corozal, Chiriguaná y otras muchas, y los asesinatos y actos de ferocidad inaudita cometidos en el infeliz Estado de Bolívar y en el del Magdalena? ¿No ha llegado a vuestra noticia la muerte dada al capitán José Antonio Guerrero en Mompós, porque después de rendido y hecho prisionero rehusó manchar sus labios con el grito de "Viva el Gobierno provisorio?" No sabéis que el joven Miguel Rodríguez, hijo de uno de vuestros mejores amigos de Cartagena, aprehendido por una partida de los feroces negros de las márgenes del Sinú, que acaudillaba el señor Ramón Santodomingo Vila, sin embargo de que iba desarmado a cumplir con un encargo de su padre a una posesión inmediata, fue asesinado, mutilado, dividido en pedazos su cuerpo bajo el machete de aquello cuasi calmucos? ¿No se os ha referido cómo fue asesinado después de rendido vuestro  leal amigo, el valiente Coronel Indaburo, que con tanta decisión os acompañó y ayudó el año da 1854 a sobreponeros al revolucionario y siempre rebelde Juan José Nieto, a quien quisisteis fusilar el año de 1841? ¿Ignoráis la muerte dada al distinguido ciudadano Nicolás Pérez Prieto, aprehendido algunos días después de que tuvo lugar la acción de Fonseca, en la Provincia de Riohacha? ¿No sabéis cómo fue asesinado en los brazos de su madre, en la ciudad de Riohacha, el apreciabilísimo joven César Pombo, que apenas salía de la adolescencia, sin más delito que haber sido uno de los defensores del Gobierno constitucional de aquella Provincia? ¿No ha llegado a vuestra noticia que, después de haber entregado sus armas en virtud de una capitulación solemne los defensores del principio legal en Barranquilla, entraron al cuartel a asesinarlos en masa las hordas feroces con quienes habían combatido uno contra cinco, y en efecto, mataron e hirieron a más de veinte, hasta que algunos de sus jefes, horrorizados de semejante carnicería, se interpusieron  enérgicamente, distinguiéndose entre ellos el señor Santodomingo Vila, quien poniéndose delante de las víctimas para protegerlas, fue herido de muerte por sus propios soldados? ¿No sabéis tampoco que después de estar en el vapor para seguir a donde lo tuvieran por conveniente, como podían en virtud de aquella honrosa capitulación, los desgraciados jefes, oficiales y soldados que no fueron asesinados en el cuartel, se intentó por la soldadesca vencedora un tumulto espantoso, para ir a asesinarlos en el vapor mismo, lo que costo trabajo impedirlo a los señores Antonio González Carazo, Manuel Guillermo Mier, William A. Champman y algunos otros de sus jefes y ciudadanos que, con energía digna de todo aplauso, contuvieron a sus asesinos, evitando así un horror más a los muchos que tendrá que referir la historia de esta revolución infausta, en que por desgracia aparecéis no sólo como caudillo, sino lo que es peor, como promotor y director? ¿Conocéis por ventura los horribles asesinatos cometidos por vuestras tropas en el Hatillo y en la Concepción, algunos días antes de los que se ejecutaron en Segovia? ¿No os dieron aviso de los quince soldados de la sexta División asesinados por los vuestros, después de rendidos en el sitio de |La Barrigona, el dos del presente? ¿Supisteis la muerte alevosa que dieron en |Las Guacas a los desgraciados Ranjel y Gómez? ¿La muerte dada a Moncada en el monte del Moro no es un verdadero asesinato? ¿No sabéis tampoco el que cometieron los presos por el delito de rebelión en el Socorro, en las personas de diez soldados indefensos y desarmados? ¿Os olvidáis de la horrorosa muerte que se dio al valiente y leal Coronel Corona, después de rendido? | ¿Os habrán ocultado el hecho de haber puesto en una cama de tormento a varios individuos en Málaga, uno de los cuales no pudo resistir y murió en medio de la más espantosa agonía? ¿No habéis oído referir las mutilaciones hechas por vuestros adictos en Santander a los que cayeron en sus manos, heridos y enfermos de entre las tropas del Gobierno legítimo? ¿No ha llegado a vuestro campamento la noticia del asesinato cometido en el honrado anciano José María Acero, por los revolucionarios que asaltaron la ciudad de Tunja? ¿No está fresca todavía la sangre del señor Patrón y de su hijo, inmolados en Tolú por los que sostienen la causa que proclamáis? ¿No sabéis el asesinato frío y cruel ejecutado en la persona del señor Vicente Echandía, anciano inofensivo de más de setenta años de edad, que no había tomado las armas, ni era militar, ni tenía más delito que el de ser conservador? jBasta! Muchos otros hechos individuales e incontestables pudiera citaros, pero mi alma se estremece al recuerdo de los que ya he referido y de los que omito.

"Me intimáis la guerra a muerte, me amenazáis con represalias que no sé sobre qué puedan fundarse. Ya me habían dicho algunos de vuestros desertores, que en la Orden General que disteis pocos días hace, ofrecisteis a los que os siguen, pagar la muerte de los jefes y oficiales que permanecían fieles al Gobierno legítimo, confiriendo al que la ejecute el grado que obtenga el muerto. Por toda respuesta os diré, que en el ejército de mi mando será juzgado como asesino cualquiera que prive de la vida o hiera a jefe, oficial o soldado enemigo que no tenga las armas en la mano y esté ya rendido.

"Veo por vuestra nota que calificáis de 'defensores de la Constitución' a los revolucionarios, y al mismo tiempo os apellidáis Presidente provisorio de unos Estados Unidos de que no trata la Constitución vigente y que en el Estado de Boyacá hay otro Presidente y jefe superior de otras Provincias unidas, desconocidas también en la legislación del país; por lo que no comprendo en qué se funde la calificación de tales 'defensores de la Constitución'. Pero estas cuestiones, y las demás del orden político que se encuentran en vuestra nota, no son de mi competencia.

"Me ha sido, señor Gobernador del Estado del Cauca, sumamente penoso tener que presentaros el triste cuadro que he trazado en esta nota, de unos pocos de los muchos hechos criminosos que han tenido lugar en la guerra que presidís y de la que os confesáis Supremo Director. Todos vuestros antiguos compañeros y amigos derramarían la mitad de su sangre por borrar de la historia de vuestra anterior gloriosa vida la página en que aquello se escriba, porque entre nosotros, respecto de vos, no hay encono ni enemistad personal, sino hondo sentimiento de veros siendo el instrumento de las venganzas de los injustos enemigos vuestros y nuestros de otras épocas en que juntos combatimos.

"Yo os protesto que, fuera del deber que como ciudadano y militar me obliga a combatiros, debéis contarme siempre como vuestro antiguo compañero y amigo,

 Joaquín parís"

 

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