LA FUGA. DE LOS PRESOS DEL ROSARIO (7 DE MARZO DE 1861)
I
LA guerra civil ha sido en Sur América azote que ha
atormentado a las diversas nacionalidades que allí se formaron,
después del heroico esfuerzo para conseguir su independencia de la
metrópoli. No faltan estadistas notables que han llegado a sostener
que somos incapaces para establecer gobierno serio; pero qué mucho,
si el mismo Libertador y fundador de cinco repúblicas pronunció, en
un momento de dolorosa desilusión el fatídico fallo de que
"la América es ingobernable".
Los que hemos nacido y vivido en medio de revoluciones, con la
certidumbre de que moriremos en el mismo estado de inquietud, si
Dios no lo remedia, podemos darnos razón, con más exactitud, de los
males sin cuento que han acarreado al país las cuestiones políticas
dirimidas en guerras fratricidas en que no escarmentamos. Todos
comprenden y confiesan que vale más un mal gobierno que la mejor
revolución; que la guerra nada compone, y antes bien, corrompe las
sociedades; vemos el olvido de los que se sacrificaron en aras de
la causa que los llevó a la miseria o a la muerte; palpamos el
desemparo de las viudas y huérfanos que dejan los héroes del
momento; pero cerramos los ojos a la evidencia de los hechos y
abrimos de par en par las puertas a las pasiones que mantenemos
latentes dentro de nosotros mismos, para que salgan a dar frutos de
sangre y exterminio. Y, cosa rara! Pensamos mucho antes de
emprender una buena obra; trepidamos cuando se trata de llevar a
término las empresas que pudieran redimirnos de la miseria, como la
construcción de ferrocarriles y caminos; nos reconocemos impotentes
para acometer de lleno el mejoramiento de la agricultura, que es
nuestro seguro porvenir; pero nos lanzamos a la guerra civil con
pasmosa imprevisión. Empezamos por escribir preconizando la paz;
seguimos dando consejos, aun cuando no nos los pidan, y nos
ofendemos porque no hacen caso de nuestra indicaciones o
exigencias; hacemos oposición a los miembros del ministerio porque
nos enturbian las aguas que bebemos más arriba; desprestigiamos al
gobierno, presentándolo ante las masas como un dragón digno de
exterminio; la polémica degenera en disputa personal, y cuando la
revolución está madura para reventar, pregonamos la guerra como
|suprema ley y panacea que todo lo cura.
Lo corriente sería que los azuzadores del conflicto salieran a
correr los riesgos de la campaña; pero por lo regular éstos se
quedan escondidos en los zaquizamíes, o se constituyen en
|comités, juntas directivas o directorios para ver los toros
desde lejos. Si triunfa la revolución se proclaman vencedores y se
imponen a los jefes militares; y si éstos son los derrotados, se
convierten en profetas
|expost facto y resultan más
gobiernistas que el mismo gobierno que querían derrocar.
El día en que se establezca la costumbre de que la pelea se
dirima entre los inmediatamente interesados, y de que el inicuo
reclutamiento no recaiga sobre los infelices labriegos sino entre
los caballeros, se acabarán las revoluciones entre nosotros,
porque todos tendremos buen cuidado de no alborotar el avispero
que puede emponzoñarnos.
Desatada la tormenta damos principio a la infernal tarea de
enardecer los ánimos hasta el delirio; atribuímos al enemigo todos
los crímenes y atrocidades posibles, y, si llega el caso de
celebrar un triunfo, pírrico las más de las veces, saboreamos con
deleite las torturas y angustias que laceran el alma de las
afligidas familias por la muerte del padre, del esposo o del hijo,
sin que éstas hayan tenido ni aún el triste consuelo de darles
decorosa sepultura .
Pero si no podemos negar que en nuestras luchas fratricidas
hemos presenciado escenas deplorables, en cambio tenemos el triste
consuelo de que Colombia es el país de América donde menos se ha
extremado la crueldad y la ejecución de hechos atroces o
bochornosos. En efecto, aquí no se tolero el bandolerismo que en
México llegó a ser apoyo del gobierno; no ha habido un presidente
que mandara asesinar al congreso en plena sesión, como lo hizo el
General José Tadeo Monagas en Caracas, el año de 1849; no hemos
presenciado el escándalo de ver a un arzobispo envenenado en el
cáliz de consagrar, un viernes santo, como sucedió en Quito; no
tenemos que ruborizarnos de los actos de canibalismo, llevados a
término por el populacho de Lima, que dio muerte, colgó en horrible
desnudez de la torre de la catedral, quemó, comió y arrojó al
viento las cenizas de los hermanos Gutiérrez, para vengar el
cobarde asesinato del Presidente Batal, ordenado por uno de éstos;
no ha nacido en nuestro suelo un Plácido Yáñez, quien simuló una
conspiración en la capital de Bolivia, con el fin proditorio de
aprisionar a sus contendores políticos y asesinar a más de sesenta
ciudadanos en altas horas de la noche, en las cárceles y en la
plaza principal, donde los hizo cazar como si fueran ciervos, sin
dar oídos a los clamores de las victimas que imploraban
misericordia! No hemos tenido un monstruo como el
|gaucho
argentino Rosas, que condenaba a muerte al que usara unida la
barba; ni un doctor Francia del Paraguay, que hizo recordar las
meditadas crueldades del Bajo Imperio.
No mencionamos las atrocidades y escándalos crónicos de las
repúblicas de Centro América, Santo Domingo y
|
Haití
|,
porque tendríamos que llenar estas páginas con repugnantes
relaciones de crímenes políticos.
Desde el mes de enero de1861 empezó el gobierno de la
Confederación a movilizar el ejército que debía oponerse a la
invasión creciente del ejército revolucionario que, a órdenes del
General Mosquera, ocupaba la ciudad de Ambalema. A juzgar por el
número de soldados de la legitimidad y el armamento de que
disponían, las probabilidades de triunfo estaban a favor de éstos;
pero preciso es confesar que la unidad de acción de los jefes del
gobierno dejaba mucho que desear.
Se presentaba ya el problema de la persona que debía reemplazar
al presidente Ospina, pues el treinta y uno de marzo del mismo año
terminaba el período para el cual había sido elegido, y no estaba
nombrado el sucesor constitucional. Es cierto que el señor
Bartolomé Calvo, Procurador General de la Nación, se creía con
derecho a encargarse del poder ejecutivo, del primero de abril en
adelante; pero también lo es que la conducta del señor Calvo
obedecía más al patriótico deseo de servir a la causa de sus
convicciones que a la ambición de desempeñar las delicadas y
peligrosas funciones de jefe del Estado, cuya autoridad era
disputada en tales circunstancias hasta por muchos de sus
partidarios: no tomamos en cuenta la opinión de los liberales a
este respecto, porque la inconstitucionalidad de la sucesión del
Procurador de la Nación para encargarse de la presidencia de la
república, la consideraban como cosa evidente.
El gobierno guardaba en la antigua cárcel de Bogotá los
prisioneros que había tomado en diferentes acciones de armas, desde
el año de 1860, entre quienes se contaban el Presidente de
Santander, doctor Antonio María Pradilla; los doctores Eustorgio
Salgar, Luis Bernal, Aquileo Parra, Felipe y Dámaso Zapata y demás
personal del gobierno derribado por consecuencia de la victoria de
las armas nacionales en el campo de
|El Oratorio. Y como en
la época a que nos referimos no tenía el gobierno otros cuarteles
que el de Húsares, al frente de la torre de San Francisco, y el de
Artillería, en el mismo sitio en que hoy funciona la Escuela
Militar de Cadetes, tuvo que ocupar los edificios públicos de
alguna capacidad para acuartelar el numeroso ejército que debía
concentrarse en la capital para atender a donde fuera
necesario.
La prolongación de la guerra dio lugar a que el gobierno tomara
medidas de rigor, y a que encarcelara a los individuos que creía
sospechosos, para lo cual ocupó el edificio del Colegio Mayor de
Nuestra Señora del Rosario, donde aglomeró doscientos sesenta
presos de diferentes condiciones sociales, y los prisioneros de
guerra tomados a las guerrillas que se habían pronunciado en los
Estados de Santander, Boyacá y Cundinamarca, casi todos hombres de
acción y de reconocida importancia política.
El ejército de la Confederación se aproximó al río Magdalena e
intentó pasarlo al frente de las tropas enemigas, dejando una
división cerca de
|La Barrigona, al mando del General Pedro
Gutiérrez Lee: entonces el General Mosquera simuló un combate como
para defender el paso del río, mientras que el grueso de sus
fuerzas pasaron a Cundinamarca y cayeron sobre las de Gutiérrez
Lee, cuando menos lo pensaba éste. La noticia de las peripecias de
la campaña llegaron a Bogotá con la exageración que se usa en tales
casos, produciendo irritación en los unos y regocijo en los otros;
pero era claro que las esperanzas que abrigaban los partidarios de
la legitimidad, respecto de un triunfo rápido y completo sobre los
revolucionarios, estaban muy lejos de realizarse.
En Bogotá quedó una guarnición de ochocientos hombres, más o
menos, y la Compañía de la Unión, compuesta de jóvenes
conservadores de las principales familias del país, al mando del
caballeroso José María Quijano Otero. La ciudad parecía tranquila,
y excepción hecha de la ansiedad con que se vivía por la azarosa
situación de guerra, nada indicaba que estuviésemos en momentos de
presenciar ningún acontecimiento extraordinario.
A las dos de la tarde del 7 de marzo de 1861circuló en la ciudad
la alarmante noticia de la fuga de los presos, y momentos después
se oía el sonido estridente de las cornetas que tocaban generala en
los diferentes cuarteles y en las bocacalles inmediatas a éstos:
por las calle corría azorada la gente, las puertas y ventanas de
las casas se cerraban con estrépito, las mujeres lloraban de
terror, los exagerados en opiniones políticas gritaban traición!
traición! y no faltó quien dijera que Mosquera
|se había tomado a
Bogotá por retaguardia.
Por desgracia para todos, la noticia de la fuga de los presos
era cierta.
Los presos que el gobierno tenía encerrados en el edificio del
Colegio de Nuestra Señora del Rosario, con excepción de unos pocos
que no pudieron o no quisieron secundar el proyecto de evasión,
salieron en tropel, después de apoderarse de las carabinas que
usaban los soldados reclutas que los custodiaban, quienes no
opusieron resistencia, y antes bien pareció como si estuviesen de
acuerdo en la fuga de aquéllos, menos el portero Manuel, que trató
de hacer respetar su puesto y recibió un golpe mortal en la
cabeza.
Una vez en la calle, los fugitivos tomaron hacia el Oriente,
hasta la esquina formada por la carrera 5a y la calle 14, cruzaron
por la carrera 5a, para subir a la
|Agua Nueva por la antigua
calle de los
|Chorros del Rodadero, hoy calle 13, que era el
trayecto más corto para llegar al cerro, porque donde termina la
calle 14, arriba del colegio citado, no hay paso para subir, y en
aquel tiempo aún no estaba construido el
|Puente de.
Santander.
Los gritos de ¡viva la república! ¡viva el General Mosquera!
¡viva la libertad! que daban los fugitivos, sirvieron para llamar
la atención de las gentes que vivían o se encontraban en esos
lados. Así llegaron aquéllos sin contratiempo hasta la vereda por
donde se sube a la
|Agua Nueva, de la fuente del
|Padre
Quevedo a la calzada, después de pasar la cuesta donde se
presentó poco há el derrumbamiento del acueducto. Ya parecía que la
evasión tendría buen éxito, a pesar de la lentitud con que huían
algunos de los fugitivos, motivada por el entumecimiento que
produce la prolongada prisión, máxime después de soportar grillos
que impiden el movimiento, cuando éstos se encontraron rodeados por
fuerzas de infantería y caballería que rompieron los fuegos sobre
todos ellos. Los que habían cogido carabinas de la guardia, al
salir del colegio, contestaron algunos disparos; pero bien fuera
por falta de municiones, como se dijo entonces, o por superioridad
de las fuerzas que los perseguía, el hecho fue que los fugitivos no
pensaron más en disputar su libertad y que gritaron a los que les
hacían fuego, que no los mataran porque estaban rendidos.
Pero ya los agresores no escuchaban la voz de los vencidos.
Estos corrían en todas direcciones pidiendo cuartel; mas los
perseguidores sólo oían los sentimientos del odio de partido que en
aquellos momentos los dominaba.
El ruido de los disparos, los toques de corneta, y los gritos de
las víctimas, se oían distintamente en la población, torturando a
los moradores que veían aquella escena sangrienta.
Apenas se impuso el caritativo y bondadoso Arzobispo Herrán de
lo que pasaba en el cerro, se apresuró a trasladarse al lugar del
conflicto, acompañado del General Pedro A. Herrán, el Coronel
Antonio R. de Narváez, y los señores Ricardo Carrasquilla y Joaquín
Fortoul, en medio de los gritos y desesperación de las mujeres
aterradas por la horrible matanza que estaban presenciando.
Al distinguir algunos de los presos al abnegado Arzobispo, se
abalanzaron hacia él pidiendo amparo, formando en rededor del
prelado una agrupación confusa de hombres poseídos de terror,
desgarrados los vestidos y chorreando sangre por las heridas
recibidas. El amoroso pastor los recibió con los brazos abiertos en
ademán de darles protección y conjurando a los que los perseguían;
pero éstos, lejos de contenerse, hirieron a varios, casi encima del
señor Herrán, a quien vilipendiaron con impías blasfemias, sin
tener en cuenta el respeto que se debía al Jefe de la Iglesia
granadina y a la misión de paz que desempeñaba!
Igual tratamiento recibieron los valerosos caballeros que
acompañaban al señor Herrán, además del calificativo de traidores y
|pasados con que los apostrofaron, porque lograron impedir
algunas desgracias. Sin la llegada de la
|Compañia de la
Unión que puso término a tan crueles escenas, habría sido mayor
el número de víctimas. El señor Herrán volvió a su palacio con los
vestidos manchados de sangre.
Siete muertos y treinta y ocho heridos, de los cuales
sucumbieron algunos más tarde, tal fue el resultado de la
"acción de armas", como la calificó uno de los
principales corifeos de aquel drama de sangre. De parte de los
agresores resultaron dos muertos y un herido; pero excepción hecha
del portero de la cárcel, lo probable es que estos daños los
ocasionaran entre sí los mismos agresores, porque disparaban sin
fijarse en los compañeros que tenían al frente, persiguiendo a los
fugitivos.
El joven Felipe Pérez Rubio fue uno de los que huyeron. Estaba
preso porque el alcalde de Villeta lo había remitido para Bogotá
como sospechoso, aunque no tenía compromisos políticos de ninguna
clase: al ver la persecución a muerte que se les hacía, se entregó
prisionero a uno de los perseguidores. Un balazo a boca de jarro
que le fracturó la mandíbula inferior fue la acogida que le dio el
miserable a quien se dirigió.
El General Juan N. Rico, principal promovedor de la fuga, iba a
retaguardia de sus compañeros con el objeto de alentar a los que se
quedaban rezagados. Al ver la inutilidad de sus esfuerzos, gritó a
los que lo perseguían que se constituía prisionero, y, abriéndose
los vestidos, quiso demostrar que no tenía armas: vano recurso,
porque en el acto lo rodearon aquéllos, y en gavilla lo
acribillaron a bayonetazos y garrotazos; no satisfechos aún
aquellos desalmados, le hizo uno de éstos un tiro a quemarropa, que
logró desviar el General, pero a costa de un dedo de la mano
derecha que le quedó destrozado. Cuando lo creyeron muerto lo
dejaron, y, recogido en la manta que proporcionó una compasiva
mujer, lo trajeron a la prisión de donde se había escapado .
Al caer la tarde recogieron los muertos y los heridos para
volverlos al colegio, por las mismas calles que antes habían
recorrido esos infelices en busca de la ansiada libertad;
espectáculo que contristó a cuanto lo presenciaron, porque a más de
la compasión que inspiró el cruel tratamiento que se dio a esos
hombres que no eran criminales, no se ocultó que el hecho
acarrearía consecuencias funestas, como el tiempo se encargó de
comprobarlo .
En el bolsillo de uno de los presos que sucumbieron, encontró la
autoridad un papel en que se leía lo siguiente:
Mosquera en el AserraderoSantos
Gutiérrez en ZipaquiráCaballero y Comunay en el Boquerón.
Este incidente dio origen a que se propalara, como hecho
comprobado entre los conservadores, que los liberales eran los
responsables de la fuga de los presos, a quienes aquéllos habían
engañado, y de la consiguiente sangrienta captura de éstos.
Los liberales, a su
|vez, sostenían y aun hoy día así lo
creen muchos, que las autoridades de Bogotá fraguaron el complot de
la fuga de los presos para asesinarlos a la salida.
Ni unos ni otros de los que así opinan están en lo cierto.
Expondremos los fundamentos en que se apoya nuestra humilde
opinión, después de cincuenta y un años de cumplidos aquellos
sucesos, porque hasta hoy no hemos visto ninguna prueba real que
demuestre la culpabilidad de los infortunados Aguilar y Morales;
más aún: tenemos la convicción de que estos caballeros eran
incapaces de cometer tan gran felonía, porque sus antecedentes, su
educación, y las extensas relaciones que cultivaban no se
compadecían con el proceder que en este caso se les imputó.
Y en primer lugar, expondremos sin ambages que en Colombia no
hemos tenido Catalinas de Médicis ni un estúpido Carlos IX, que
diga como éste al ver suspendidos los cuerpos muertos de los
hugonotes en las horcas de Montfaucon, que
|nunca huele mal el
cadáver de un enemigo...
No podemos negar que entre nosotros se han presenciado actos de
horror y de crueldad; pero, a Dios gracias, tales actos provienen
de exageración o exaltación en los partidos políticos, y no de
perversidad meditada en quienes los ejecutan.
En el caso en cuestión, las autoridades cumplieron con su deber
al dar la orden de aprehender a los fugitivos: los encargados de
ejecutarla y los exaltados oficiosos que se les unieron, son los
que tienen que responder ante
|
Dios y ante la Historia, de la
sangre derramada en aquella tarde ominosa, y bien conocidos son los
nombres de los que se mancharon con sangre de hermanos que, si
cometieron una falta al evadirse, no eran criminales que merecieran
el tratamiento que se les dio, cual si fuesen fieras dignas de
exterminio .
La respetable cuanto piadosa matrona doña Emilia Ortega de
Carrasquilla, que vivía al frente de los presos y vio pasar las
personas que subían al cerro en persecución o en auxilio de éstos,
y entre ellas no vio a Morales: al contrario, cuando ya bajaban a
los heridos, venía éste de la Calle Real para su casa, situada
hacia la mitad de la antigua calle de
|Patio Cubierto, hoy
carrera 5a, y al verlo la señora le dijo estas precisas palabras:
"¡Buenas horas de aparecerse, Plácido!" Ya
veremos después quién fue el promotor de la fuga.
La primera fuerza que atacó a los presos por el lado de la
quinta de Bolívar fue la que estaba acantonada en el cuartel de
Húsares en la plazuela de San Francisco, porque naturalmente éste
fue el primer cuerpo de guardia donde se pidió auxilio.
El Comandante General de la Plaza de Bogotá, General Francisco
Urdaneta, antiguo veterano de la Independencia, vivía en una casa
situada en la primera calle de Florián, carrera 8a La primera
noticia que recibió fue la de que había estallado una revolución en
la ciudad: a pesar de que estaba indispuesto, montó a caballo y se
dirigió al cuartel de Artillería ocupado por el batallón número 5°,
a órdenes del Coronel Lázaro María Pérez, en la plazuela de San
Agustín. Quiso entrar sin desmontarse, lo que no permitió el
centinela, hasta que, a las voces del General, salió el entonces
Capitán Manuel Ponce de León, Ayudante Mayor, que en esos momentos
invigilaba a la tropa ocupada en limpiar el armamento, y le hizo
notar que no se podía pasar a caballo por el cuerpo de guardia.
Fue, pues, después de varios actos que impidieron la pronta salida
del batallón, cuando el Capitán Javier Acosta reunió algunos
soldados de su compañía, armados con los pocos fusiles que pudieron
arreglarse de pronto, y se puso en marcha, tomando la vía del
Boquerón para subir por breñas escarpadas y atajar a los
fugitivos.
Pasados algunos días, falleció el benemérito General Urdaneta, y
entonces se aseguró que una de las principales causas de su muerte,
fue la dolorosa impresión que le causaron los excesos cometidos por
fuerzas que estaban a sus inmediatas órdenes.
Aguilar y Morales no tenían cargo militar, y ya hemos visto que
el 7 de marzo de 1861 era Jefe de la Plaza el General Francisco
Urdaneta, de quien nadie podía juzgar mal, ni aun remotamente: pues
bien, la orden para que saliera la tropa de los cuarteles a
perseguir a los que huían, sólo pudo darla un jefe militar, que no
sabemos quién fuera; pero en todo caso éste cumplió con su
deber.
Vivimos siete meses en completa intimidad, en la salina de
Chita, con uno de los fugitivos de que venimos hablando, el General
Juan N. Rico. En una de tantas conversaciones como teníamos en
aquellas soledades, le increpamos la torpeza que cometió al dejarse
engañar y salir a que lo asesinaran.
"No hay tal cosa, nos contestó con vehemencia.
Estábamos desesperados por lo mal que se nos trataba. Las ventanas
del primer piso del colegio que daban a la calle estaban muradas, y
en esas piezas húmedas nos encerraban desde las seis de la tarde, a
riesgo de que nos asfixiáramos por falta de aire y la consiguiente
fetidez que se produce donde hay muchas personas reunidas, la mayor
parte desaseadas, porque no tenían medios para cambiar la ropa más
indispensable.
"Por ninguna causa nos permitían salir de esas
mazmorras durante la noche: la mayor parte de mis compañeros se
alimentaban con lo que les dábamos los que teníamos quién nos
llevara de comer, y por la más ligera falta de disciplina nos
aplicaban castigos severos.
|"Yo fui quien combinó el
plan de evasión, y para animar a mis compañeros, escribí y circulé
el papelito que encontraron en el bolsillo de uno de los presos que
murieron. Decidimos probar fortuna en el supuesto de que si nos
cogían al salir, nos volverían a encarcelar y a remachar uno o dos
pares de grillos; pero jamás llegamos a imaginar que nos asesinaran
con tanta villanía si llegaba el caso probable, como sucedió, de
que nos volvieran a coger.
"Si yo hubiera maliciado que
por tal causa podrían ser fusilados Morales y Aguilar, habría ido
inmediatamente a casa del General Mosquera para sacarlo del engaño
en que estaba a este respecto".
No debemos prescindir de dar cuenta de varias coincidencias
fatales, que contribuyeron a formar la creencia de que las
autoridades habían fraguado el complot de la fuga.
Momentos antes de la evasión de los presos, pasó una respetable
señora por el costado oriental del colegio y vio en el zaguán de la
casa situada al frente de la iglesia, en unión de varios hombres
armados, al que más se encarnizó después con los fugitivos.
El doctor Bernardo Espinosa, hermano de don Honorato, que estaba
preso, advirtió a éste, en presencia del alcaide, que en la calle
se hablaba de la próxima fuga de los presos, y que le aconsejaba
que en ningún caso la intentara. Y sin embargo, don Honorato fue de
los que se evadieron y logró salvarse en la casa de don Inocencio
Vargas, al frente del mismo colegio.
Entre los presos había muchos con grillos remachados, e
invigilados con especial cuidado: y sin embargo, nadie vio que
aquéllos limaban los remaches.
El Teniente Coronel Vicente Ramírez era el encargado de vigilar
las prisiones, y poseía la confianza del gobierno.
Desde muchos días antes del funesto 7 de marzo, el Comandante
Ramírez dio aviso a las autoridades de Bogotá, de que la escolta
que enviaban al colegio de Nuestra Señora del Rosario no daba
garantías para la custodia de los presos, en vista de lo cual
dieron orden a la
|Compañía de la Unión para que hiciera esta
fatiga durante la noche.
Ya se habían fugado catorce presos de Ambalema, abriendo un
agujero en la pared, al pie de la primera ventana, hacia el Norte,
por incuria del oficial de guardia, quien olvidó colocar un
centinela en la esquina del colegio.
Constantemente caían piedras en el patio del edificio, envueltas
en papel, con noticias de los sucesos de la guerra: si éstas eran
favorables a los presos, les decían que bebieran
|agua de
manzanilla, y si eran adversas, que bebieran
|agua de
verbena.
Al registrar Ramírez un portacomida, encontró dentro de una
cajita colocada debajo del fuego, un papel en el que informaban a
los presos que la guerrilla de Cáqueza estaba detrás de Guadalupe
para protegerlos cuando se fugaran, en vista de lo cual aquél los
amonestó, advirtiéndoles con toda franqueza de los peligros que
corrían si intentaban huirse, pues se emplearía la fuerza para
perseguirlos.
Desde el momento en que entra un prisionero en la cárcel, se
establece la lucha entre éste para evadirse y el carcelero para
impedirlo: así lo comprendió el Comandante Ramírez, quien al fin
resolvió declinar la responsabilidad que le aparejaba el puesto, a
lo que se añadía que la mayor parte de los prisioneros eran hombres
de reconocido valor y audacia, muy capaces de aprovechar el primer
momento propicio para evadirse con el objeto de volver a
incorporarse en las filas de la revolución .
El 7 de marzo, antes del medio día, se presentó Ramírez al
Intendente Aguilar y le hizo renuncia verbal del empleo de alcaide
de las prisiones de Bogotá, fundándose en la ninguna confianza que
le inspiraba la guardia de gente colecticia que mandaban al colegio
del Rosario. El doctor Aguilar lo recibió con desabrimiento y le
ordenó que volviera a ocupar su puesto; pero Ramírez insistió en
su propósito, y en una pieza contigua escribió la renuncia con
carácter de irrevocable, la entregó y volvió al colegio.
Cerca de las dos de la tarde entró Ramírez al zaguán del
edificio, con el objeto de prevenir al portero Manuel que hiciera
retirar del trasportón a los presos, al tiempo de relevar la
guardia, y que tuviera cuidado al abrir para que entraran los
soldados, después de lo cual fue a comer en la pieza que hoy sirve
para la secretaría del colegio, que entonces era una tienda con
puerta hacia la calle 14.
No habría tomado Ramírez dos cucharadas de sopa, cuando oyó un
ruido formidable en el colegio y la consiguiente salida de loa
presos en confuso tropel, quienes tomaron hacia arriba, gritando y
haciendo uno que otro disparo con las carabinas que quitaron a los
soldados de la guardia.
El Comandante Ramírez advirtió el peligro que corría si lo
encontraban los fugitivos, y aprovechó la circunstancia de que
había una gran ventana recostada contra la pared de la casa de
enfrente: allí se agazapó mientras pasaba la avalancha humana, para
volver al colegio e informarse de lo sucedido.
Los presos despojaron de los uniformes a los soldados, después
de encerrarlos en los calabozos, a fin de situarse inmediatos al
trasportón, sin despertar sospechas en el Oficial Francisco
Mendoza, que permanecía en el zaguán, o sentado del lado de afuera
del edificio.
La previsión de Ramírez se cumplió al pie de la letra: al abrir
Manuel la puerta para que entraran los soldados a relevar a los que
estaban dentro, le cayeron encima los presos. le partieron la
cabeza con un golpe dado con la barra de los grillos quitados a un
fugitivo, se apoderaron de las carabinas que estaban enfiladas en
el zaguán sin que nadie se las disputara, porque los soldados
salieron corriendo en la creencia de que tenían que habérselas con
una legión de demonios, y este pánico lo aprovecharon los que
huían. Es cosa fuera de duda que si éstos hubieran obrado con
prudencia al salir, tomando resueltamente la vía de
|El
Boquerón como lo hicieron los más avisados de entre ellos, se
habrían salvado; pero en vez de hacerlo así, perdieron minutos
preciosos en el camino, hasta dar tiempo a que los alcanzaran las
tropas mandadas en su persecución.
Entre los presos que no se fugaron quedó el Coronel Santiago
Dolcey: interpelado por Ramírez acerca de por qué no había seguido
a los compañeros, le contestó que no se consideraba criminal para
huir así y que, además, no quiso comprometerse en el plan de la
fuga porque lo consideró muy peligroso, como lo comprobaron los
hechos posteriores.
El Teniente Coronel Vicente Ramírez murió de noventa y cinco
años de edad, era el último soldado que sobrevivía de los héroes de
Boyacá, siempre fue leal y desinteresado defensor de las ideas
conservadoras, desde Bolívar hasta su muerte: era hombre de
|una
pieza en cuestiones políticas, incorruptible, al extremo de
que, en 1860, le ofrecieron inútilmente diez mil pesos en condores
porque dejara escapar al General Eustorgio Salgar y a los otros
presos. Fue huésped de las fortalezas de Chagres, adonde lo remitió
el General Santander el año de 1833, y de las de Bocachica, enviado
por el General Mosquera después del 18 de julio de 1861, en
compañía de don Mariano Ospina Rodríguez y otros presos políticos:
a este respecto decía que todavía se admiraba de que lo llevaran en
compañía de un
|septembrista...