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LA FUGA. DE LOS PRESOS DEL ROSARIO (7 DE MARZO DE 1861)

I

        LA guerra civil ha sido en Sur América azote que ha atormentado a las diversas nacionalidades que allí se formaron, después del heroico esfuerzo para conseguir su independencia de la metrópoli. No faltan estadistas notables que han llegado a sostener que somos incapaces para establecer gobierno serio; pero qué mucho, si el mismo Libertador y fundador de cinco repúblicas pronunció, en un momento de dolorosa desilusión el fatídico fallo de que "la América es ingobernable".

Los que hemos nacido y vivido en medio de revoluciones, con la certidumbre de que moriremos en el mismo estado de inquietud, si Dios no lo remedia, podemos darnos razón, con más exactitud, de los males sin cuento que han acarreado al país las cuestiones políticas dirimidas en guerras fratricidas en que no escarmentamos. Todos comprenden y confiesan que vale más un mal gobierno que la mejor revolución; que la guerra nada compone, y antes bien, corrompe las sociedades; vemos el olvido de los que se sacrificaron en aras de la causa que los llevó a la miseria o a la muerte; palpamos el desemparo de las viudas y huérfanos que dejan los héroes del momento; pero cerramos los ojos a la evidencia de los hechos y abrimos de par en par las puertas a las pasiones que mantenemos latentes dentro de nosotros mismos, para que salgan a dar frutos de sangre y exterminio. Y, cosa rara! Pensamos mucho antes de emprender una buena obra; trepidamos cuando se trata de llevar a término las empresas que pudieran redimirnos de la miseria, como la construcción de ferrocarriles y caminos; nos reconocemos impotentes para acometer de lleno el mejoramiento de la agricultura,  que es nuestro seguro porvenir; pero nos lanzamos a la guerra civil con pasmosa imprevisión. Empezamos por escribir preconizando la paz; seguimos dando consejos, aun cuando no nos los pidan, y nos ofendemos porque no hacen caso de nuestra indicaciones o exigencias; hacemos oposición a los miembros del ministerio porque nos enturbian las aguas que bebemos más arriba; desprestigiamos al gobierno, presentándolo ante las masas como un dragón digno de exterminio; la polémica degenera en disputa personal, y cuando la revolución está madura para reventar, pregonamos la guerra como |suprema ley y panacea que todo lo cura.

Lo corriente sería que los azuzadores del conflicto salieran a correr los riesgos de la campaña; pero por lo regular éstos se quedan escondidos en los zaquizamíes, o se constituyen en |comités, juntas directivas o directorios para ver los toros desde lejos. Si triunfa la revolución se proclaman vencedores y se imponen a los jefes militares; y si éstos son los derrotados, se convierten en profetas |expost facto y resultan más gobiernistas que el mismo gobierno que querían derrocar.

El día en que se establezca la costumbre de que la pelea se dirima entre los inmediatamente interesados, y de que el inicuo reclutamiento no recaiga sobre los infelices labriegos sino entre los caballeros, se acabarán las revoluciones entre nosotros,  porque  todos tendremos buen cuidado de no alborotar el avispero que puede emponzoñarnos.

Desatada la tormenta damos principio a la infernal tarea de enardecer los ánimos hasta el delirio; atribuímos al enemigo todos  los crímenes y atrocidades posibles, y, si llega el caso de celebrar un triunfo, pírrico las más de las veces, saboreamos con deleite las torturas y angustias que laceran el alma de las afligidas familias por la muerte del padre, del esposo o del hijo, sin que éstas hayan tenido ni aún el triste consuelo de darles decorosa sepultura .

Pero si no podemos negar que en nuestras luchas fratricidas hemos presenciado escenas deplorables, en cambio tenemos el triste consuelo de que Colombia es el país de América donde menos se ha extremado la crueldad y la ejecución de hechos atroces o bochornosos. En efecto, aquí no se tolero el bandolerismo que en México llegó a ser apoyo del gobierno; no ha habido un presidente que mandara asesinar al congreso en plena sesión, como lo hizo el General José Tadeo Monagas en Caracas, el año de 1849; no hemos presenciado el escándalo de ver a un arzobispo envenenado en el cáliz de consagrar, un viernes santo, como sucedió en Quito; no tenemos que ruborizarnos de los actos de canibalismo, llevados a término por el populacho de Lima, que dio muerte, colgó en horrible desnudez de la torre de la catedral, quemó, comió y arrojó al viento las cenizas de los hermanos Gutiérrez, para vengar el cobarde asesinato del Presidente Batal, ordenado por uno de éstos; no ha nacido en nuestro suelo un Plácido Yáñez, quien simuló una conspiración en la capital de Bolivia, con el fin proditorio de aprisionar a sus contendores políticos y asesinar a más de sesenta ciudadanos en altas horas de la noche, en las cárceles y en la plaza principal, donde los hizo cazar como si fueran ciervos, sin dar oídos a los clamores de las victimas que imploraban misericordia! No hemos tenido un monstruo como el |gaucho argentino Rosas, que condenaba a muerte al que usara unida la barba; ni un doctor Francia del Paraguay, que hizo recordar las meditadas crueldades del Bajo Imperio.

No mencionamos las atrocidades y escándalos crónicos de las repúblicas de Centro América, Santo Domingo y | Haití |, porque tendríamos que llenar estas páginas con repugnantes relaciones de crímenes políticos.

Desde el mes de enero de1861 empezó el gobierno de la Confederación a movilizar el ejército que debía oponerse a la invasión creciente del ejército revolucionario que, a órdenes del General Mosquera, ocupaba la ciudad de Ambalema. A juzgar por el número de soldados de la legitimidad y el armamento de que disponían, las probabilidades  de triunfo estaban a favor de éstos; pero preciso es confesar que la unidad de acción de los jefes del gobierno dejaba mucho que desear.

Se presentaba ya el problema de la persona que debía reemplazar al presidente Ospina, pues el treinta y uno de marzo del mismo año terminaba el período para el cual había sido elegido, y no estaba nombrado el sucesor constitucional. Es cierto que el señor Bartolomé Calvo, Procurador General de la Nación, se creía con derecho a encargarse del poder ejecutivo, del primero de abril en adelante; pero también lo es que la conducta del señor Calvo obedecía más al patriótico deseo de servir a la causa de sus convicciones que a la ambición de desempeñar las delicadas y peligrosas funciones de jefe del Estado, cuya autoridad era disputada en tales circunstancias hasta por muchos de sus partidarios: no tomamos en cuenta la opinión de los liberales a este respecto, porque la inconstitucionalidad de la sucesión del Procurador de la Nación para encargarse de la presidencia de la república, la consideraban como cosa evidente.

El gobierno guardaba en la antigua cárcel de Bogotá los prisioneros que había tomado en diferentes acciones de armas, desde el año de 1860, entre quienes se contaban el Presidente de Santander, doctor Antonio María Pradilla; los doctores Eustorgio Salgar, Luis Bernal, Aquileo Parra, Felipe y Dámaso Zapata y demás personal del gobierno derribado por consecuencia de la victoria de las armas nacionales en el campo de |El Oratorio. Y como en la época a que nos referimos no tenía el gobierno otros cuarteles que el de Húsares, al frente de la torre de San Francisco, y el de Artillería, en el mismo sitio en que hoy funciona la Escuela Militar de Cadetes, tuvo que ocupar los edificios públicos de alguna capacidad para acuartelar el numeroso ejército que debía concentrarse en la capital para atender a donde fuera necesario.

La prolongación de la guerra dio lugar a que el gobierno tomara medidas de rigor, y a que encarcelara a los individuos que creía sospechosos, para lo cual ocupó el edificio del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde aglomeró doscientos sesenta presos de diferentes condiciones sociales, y los prisioneros de guerra tomados a las guerrillas que se habían pronunciado en los Estados de Santander, Boyacá y Cundinamarca, casi todos hombres de acción y de reconocida importancia política.

El ejército de la Confederación se aproximó al río Magdalena e intentó pasarlo al frente de las tropas enemigas, dejando una división cerca de |La Barrigona, al mando del General Pedro Gutiérrez Lee: entonces el General Mosquera simuló un combate como para defender el paso del río, mientras que el grueso de sus fuerzas pasaron a Cundinamarca y cayeron sobre las de Gutiérrez Lee, cuando menos lo pensaba éste. La noticia de las peripecias de la campaña llegaron a Bogotá con la exageración que se usa en tales casos, produciendo irritación en los unos y regocijo en los otros; pero era claro que las esperanzas que abrigaban los partidarios de la legitimidad, respecto de un triunfo rápido y completo sobre los revolucionarios, estaban muy lejos de realizarse.

En Bogotá quedó una guarnición de ochocientos hombres, más o menos, y la Compañía de la Unión, compuesta de jóvenes conservadores de las principales familias del país, al mando del caballeroso José María Quijano Otero. La ciudad parecía tranquila, y excepción hecha de la ansiedad con que se vivía por la azarosa situación de guerra, nada indicaba que estuviésemos en momentos de presenciar ningún acontecimiento extraordinario.

A las dos de la tarde del 7 de marzo de 1861circuló en la ciudad la alarmante noticia de la fuga de los presos, y momentos después se oía el sonido estridente de las cornetas que tocaban generala en los diferentes cuarteles y en las bocacalles inmediatas a éstos: por las calle corría azorada la gente, las puertas y ventanas de las casas se cerraban con estrépito, las mujeres lloraban de terror, los exagerados en opiniones políticas gritaban traición! traición! y no faltó quien dijera que Mosquera |se había tomado a Bogotá por retaguardia.

Por desgracia para todos, la noticia de la fuga de los presos era cierta.

Los presos que el gobierno tenía encerrados en el edificio del Colegio de Nuestra Señora del Rosario, con excepción de unos pocos que no pudieron o no quisieron secundar el proyecto de evasión, salieron en tropel, después de apoderarse de las carabinas que usaban los soldados reclutas que los custodiaban, quienes no opusieron resistencia, y antes bien pareció como si estuviesen de acuerdo en la fuga de aquéllos, menos el portero Manuel, que trató de hacer respetar su puesto y recibió un golpe mortal en la cabeza.

Una vez en la calle, los fugitivos tomaron hacia el Oriente, hasta la esquina formada por la carrera 5a y la calle 14, cruzaron por la carrera 5a, para subir a la |Agua Nueva por la antigua calle de los |Chorros del Rodadero, hoy calle 13, que era el trayecto más corto para llegar al cerro, porque donde termina la calle 14, arriba del colegio citado, no hay paso para subir, y en aquel tiempo aún no estaba construido el |Puente de. Santander.

Los gritos de ¡viva la república! ¡viva el General Mosquera! ¡viva la libertad! que daban los fugitivos, sirvieron para llamar la atención de las gentes que vivían o se encontraban en esos lados. Así llegaron aquéllos sin contratiempo hasta la vereda por donde se sube a la |Agua Nueva, de la fuente del |Padre Quevedo a la calzada, después de pasar la cuesta donde se presentó poco há el derrumbamiento del acueducto. Ya parecía que la evasión tendría buen éxito, a pesar de la lentitud con que huían algunos de los fugitivos, motivada por el entumecimiento que produce la prolongada prisión, máxime después de soportar grillos que impiden el movimiento, cuando éstos se encontraron rodeados por fuerzas de infantería y caballería que rompieron los fuegos sobre todos ellos. Los que habían cogido carabinas de la guardia, al salir del colegio, contestaron algunos disparos; pero bien fuera por falta de municiones, como se dijo entonces, o por superioridad de las fuerzas que los perseguía, el hecho fue que los fugitivos no pensaron más en disputar su libertad y que gritaron a los que les hacían fuego, que no los mataran porque estaban rendidos.

Pero ya los agresores no escuchaban la voz de los vencidos. Estos corrían en todas direcciones pidiendo cuartel; mas los perseguidores sólo oían los sentimientos del odio de partido que en aquellos momentos los dominaba.

El ruido de los disparos, los toques de corneta, y los gritos de las víctimas, se oían distintamente en la población, torturando a los moradores que veían aquella escena sangrienta.

Apenas se impuso el caritativo y bondadoso Arzobispo Herrán de lo que pasaba en el cerro, se apresuró a trasladarse al lugar del conflicto, acompañado del General Pedro A. Herrán, el Coronel Antonio R. de Narváez, y los señores Ricardo Carrasquilla y Joaquín Fortoul, en medio de los gritos y desesperación de las mujeres aterradas por la horrible matanza que estaban presenciando.

Al distinguir algunos de los presos al abnegado Arzobispo, se abalanzaron hacia él pidiendo amparo, formando en rededor del prelado una agrupación confusa de hombres poseídos de terror, desgarrados los vestidos y chorreando sangre por las heridas recibidas. El amoroso pastor los recibió con los brazos abiertos en ademán de darles protección y conjurando a los que los perseguían; pero éstos, lejos de contenerse, hirieron a varios, casi encima del señor Herrán, a quien vilipendiaron con impías blasfemias, sin tener en cuenta el respeto que se debía al Jefe de la Iglesia granadina y a la misión de paz que desempeñaba!

Igual tratamiento recibieron los valerosos caballeros que acompañaban al señor Herrán, además del calificativo de traidores y |pasados con que los apostrofaron, porque lograron impedir algunas desgracias. Sin la llegada de la |Compañia de la Unión que puso término a tan crueles escenas, habría sido mayor el número de víctimas. El señor Herrán volvió a su palacio con los vestidos manchados de sangre.

Siete muertos y treinta y ocho heridos, de los cuales sucumbieron algunos más tarde, tal fue el resultado de la "acción de armas", como la calificó uno de los principales corifeos de aquel drama de sangre. De parte de los agresores resultaron dos muertos y un herido; pero excepción hecha del portero de la cárcel, lo probable es que estos daños los ocasionaran entre sí los mismos agresores, porque disparaban sin fijarse en los compañeros que tenían al frente, persiguiendo a los fugitivos.

El joven Felipe Pérez Rubio fue uno de los que huyeron. Estaba preso porque el alcalde de Villeta lo había remitido para Bogotá como sospechoso, aunque no tenía compromisos políticos de ninguna clase: al ver la persecución a muerte que se les hacía, se entregó prisionero a uno de los perseguidores. Un balazo a boca de jarro que le fracturó la mandíbula inferior fue la acogida que le dio el miserable a quien se dirigió.

El General Juan N. Rico, principal promovedor de la fuga, iba a retaguardia de sus compañeros con el objeto de alentar a los que se quedaban rezagados. Al ver la inutilidad de sus esfuerzos, gritó a los que lo perseguían que se constituía prisionero, y, abriéndose los vestidos, quiso demostrar que no tenía  armas: vano recurso, porque en el acto lo rodearon aquéllos, y en gavilla lo acribillaron a bayonetazos y garrotazos; no satisfechos aún aquellos desalmados, le hizo uno de éstos un tiro a quemarropa, que logró desviar el General, pero a costa de un dedo de la mano derecha que le quedó destrozado. Cuando lo creyeron muerto lo dejaron, y, recogido en la manta que proporcionó una compasiva mujer, lo trajeron a la prisión de donde se había escapado .

Al caer la tarde recogieron los muertos y los heridos para volverlos al colegio, por las mismas calles que antes habían recorrido esos infelices en busca de la ansiada libertad; espectáculo que contristó a cuanto lo presenciaron, porque a más de la compasión que inspiró el cruel tratamiento que se dio a esos hombres que no eran criminales, no se ocultó que el hecho acarrearía consecuencias funestas, como el tiempo se encargó de comprobarlo .

En el bolsillo de uno de los presos que sucumbieron, encontró la autoridad un papel en que se leía lo siguiente:

Mosquera en el Aserradero—Santos Gutiérrez en Zipaquirá—Caballero y Comunay en el Boquerón.

Este incidente dio origen a que se propalara, como hecho comprobado entre los conservadores, que los liberales eran los responsables de la fuga de los presos, a quienes aquéllos habían engañado, y de la consiguiente sangrienta captura de éstos.

Los liberales, a su |vez, sostenían y aun hoy día así lo creen muchos, que las autoridades de Bogotá fraguaron el complot de la fuga de los presos para asesinarlos a la salida.

Ni unos ni otros de los que así opinan están en lo cierto. Expondremos los fundamentos en que se apoya nuestra humilde opinión, después de cincuenta y un años de cumplidos aquellos sucesos, porque hasta hoy no hemos visto ninguna prueba real que demuestre la culpabilidad de los infortunados Aguilar y Morales; más aún: tenemos la convicción de que estos caballeros eran incapaces de cometer tan gran felonía, porque sus antecedentes, su educación, y las extensas relaciones que cultivaban no se compadecían con el proceder que en este caso se les imputó.

Y en primer lugar, expondremos sin ambages que en Colombia no hemos tenido Catalinas de Médicis ni un estúpido Carlos IX, que diga como éste al ver suspendidos los cuerpos muertos de los hugonotes en las horcas de Montfaucon, que |nunca huele mal el cadáver de un enemigo...

No podemos negar que entre nosotros se han presenciado actos de horror y de crueldad; pero, a Dios gracias, tales actos provienen de exageración o exaltación en los partidos políticos, y no de perversidad meditada en quienes los ejecutan.

En el caso en cuestión, las autoridades cumplieron con su deber al dar la orden de aprehender a los fugitivos: los encargados de ejecutarla y los exaltados oficiosos que se les unieron, son los que tienen que responder ante | Dios y ante la Historia, de la sangre derramada en aquella tarde ominosa, y bien conocidos son los nombres de los que se mancharon con sangre de hermanos que, si cometieron una falta al evadirse, no eran criminales que merecieran el tratamiento que se les dio, cual si fuesen fieras dignas de exterminio .

La respetable cuanto piadosa matrona doña Emilia Ortega de Carrasquilla, que vivía al frente de los presos y vio pasar las personas que subían al cerro en persecución o en auxilio de éstos, y entre ellas no vio a Morales: al contrario, cuando ya bajaban a los heridos, venía éste de la Calle Real para su casa, situada hacia la mitad de la antigua calle de |Patio Cubierto, hoy carrera 5a, y al verlo la señora le dijo estas precisas palabras: "¡Buenas horas de aparecerse, Plácido!" Ya veremos después quién fue el promotor de la fuga.

La primera fuerza que atacó a los presos por el lado de la quinta de Bolívar fue la que estaba acantonada en el cuartel de Húsares en la plazuela de San Francisco, porque naturalmente éste fue el primer cuerpo de guardia donde se pidió auxilio.

El Comandante General de la Plaza  de Bogotá, General Francisco Urdaneta, antiguo veterano de la Independencia, vivía en una casa situada en la primera calle de Florián, carrera 8a La primera noticia que recibió fue la de que había estallado una revolución en la ciudad: a pesar de que estaba indispuesto, montó a caballo y se dirigió al cuartel de Artillería ocupado por el batallón número 5°, a órdenes del Coronel Lázaro María Pérez, en la plazuela de San Agustín. Quiso entrar sin desmontarse, lo que no permitió el centinela, hasta que, a las voces del General, salió el entonces Capitán Manuel Ponce de León, Ayudante Mayor, que en esos momentos invigilaba a la tropa ocupada en limpiar el armamento, y le hizo notar que no se podía pasar a caballo por el cuerpo de guardia. Fue, pues, después de varios actos que impidieron la pronta salida del batallón, cuando el Capitán Javier Acosta reunió algunos soldados de su compañía, armados con los pocos fusiles que pudieron arreglarse de pronto, y se puso en marcha, tomando la vía del Boquerón para subir por breñas escarpadas y atajar a los fugitivos.

Pasados algunos días, falleció el benemérito General Urdaneta, y entonces se aseguró que una de las principales causas de su muerte, fue la dolorosa impresión que le causaron los excesos cometidos por fuerzas que estaban a sus inmediatas órdenes.

Aguilar y Morales no tenían cargo militar, y ya hemos visto que el 7 de marzo de 1861 era Jefe de la Plaza el General Francisco Urdaneta, de quien nadie podía juzgar mal, ni aun remotamente: pues bien, la orden para que saliera la tropa de los cuarteles a perseguir a los que huían, sólo pudo darla un jefe militar, que no sabemos quién fuera; pero en todo caso éste cumplió con su deber.

Vivimos siete meses en completa intimidad, en la salina de Chita, con uno de los fugitivos de que venimos hablando, el General Juan N. Rico. En una de tantas conversaciones como teníamos en aquellas soledades, le increpamos la torpeza que cometió al dejarse engañar y salir a que lo asesinaran.

"No hay tal cosa, nos contestó con vehemencia. Estábamos desesperados por lo mal que se nos trataba. Las ventanas del primer piso del colegio que daban a la calle estaban muradas, y en esas piezas húmedas nos encerraban desde las seis de la tarde, a riesgo de que nos asfixiáramos por falta de aire y la consiguiente fetidez que se produce donde hay muchas personas reunidas, la mayor parte desaseadas, porque no tenían medios para cambiar la ropa más indispensable.

"Por ninguna causa nos permitían salir de esas mazmorras durante la noche: la mayor parte de mis compañeros se alimentaban con lo que les dábamos los que teníamos quién nos llevara de comer, y por la más ligera falta de disciplina nos aplicaban castigos severos. |"Yo fui quien combinó el plan de evasión, y para animar a mis compañeros, escribí y circulé el papelito que encontraron en el bolsillo de uno de los presos que murieron. Decidimos probar fortuna en el supuesto de que si nos cogían al salir, nos volverían a encarcelar y a remachar uno o dos pares de grillos; pero jamás llegamos a imaginar que nos asesinaran con tanta villanía si llegaba el caso probable, como sucedió, de que nos volvieran a coger.

"Si yo hubiera maliciado que por tal causa podrían ser fusilados Morales y Aguilar, habría ido inmediatamente a casa del General Mosquera para sacarlo del engaño en que estaba a este respecto".

No debemos prescindir de dar cuenta de varias coincidencias fatales, que contribuyeron a formar la creencia de que las autoridades habían fraguado el complot de la fuga.

Momentos antes de la evasión de los presos, pasó una respetable señora por el costado oriental del colegio y vio en el zaguán de la casa situada al frente de la iglesia, en unión de varios hombres armados, al que más se encarnizó después con los fugitivos.

El doctor Bernardo Espinosa, hermano de don Honorato, que estaba preso, advirtió a éste, en presencia del alcaide, que en la calle se hablaba de la próxima fuga de los presos, y que le aconsejaba que en ningún caso la intentara. Y sin embargo, don Honorato fue de los que se evadieron y logró salvarse en la casa de don Inocencio Vargas, al frente del mismo colegio.

Entre los presos había muchos con grillos remachados, e invigilados con especial cuidado: y sin embargo, nadie vio que aquéllos limaban los remaches.

El Teniente Coronel Vicente Ramírez era el encargado de vigilar las prisiones, y poseía la confianza del gobierno.

Desde muchos días antes del funesto 7 de marzo, el Comandante Ramírez dio aviso a las autoridades de Bogotá, de que la escolta que enviaban al colegio de Nuestra Señora del Rosario no daba garantías para la custodia de los presos, en vista de lo cual dieron orden a la |Compañía de la Unión para que hiciera esta fatiga durante la noche.

Ya se habían fugado catorce presos de Ambalema, abriendo un agujero en la pared, al pie de la primera ventana, hacia el Norte, por incuria del oficial de guardia, quien olvidó colocar un centinela en la esquina del colegio.

Constantemente caían piedras en el patio del edificio, envueltas en papel, con noticias de los sucesos de la guerra: si éstas eran favorables a los presos, les decían que bebieran |agua de manzanilla, y si eran adversas, que bebieran |agua de verbena.

Al registrar Ramírez un portacomida, encontró dentro de una cajita colocada debajo del fuego, un papel en el que informaban a los presos que la guerrilla de Cáqueza estaba detrás de Guadalupe para protegerlos cuando se fugaran, en vista de lo cual aquél los amonestó, advirtiéndoles con toda franqueza de los peligros que corrían si intentaban huirse, pues se emplearía la fuerza para perseguirlos.

Desde el momento en que entra un prisionero en la cárcel, se establece la lucha entre éste para evadirse y el carcelero para impedirlo: así lo comprendió el Comandante Ramírez, quien al fin resolvió declinar la responsabilidad que le aparejaba el puesto, a lo que se añadía que la mayor parte de los prisioneros eran hombres de reconocido valor y audacia, muy capaces de aprovechar el primer momento propicio para evadirse con el objeto de volver a incorporarse en las filas de la revolución .

El 7 de marzo, antes del medio día, se presentó Ramírez al Intendente Aguilar y le hizo renuncia verbal del empleo de alcaide de las prisiones de Bogotá, fundándose en la ninguna confianza que le inspiraba la guardia de gente colecticia que mandaban al colegio del Rosario. El doctor Aguilar lo recibió con desabrimiento y le ordenó que volviera  a ocupar su puesto; pero Ramírez insistió en su propósito, y en una pieza contigua escribió la renuncia con carácter de irrevocable, la entregó y volvió al colegio.

Cerca de las dos de la tarde entró Ramírez al zaguán del edificio, con el objeto de prevenir al portero Manuel que hiciera retirar del trasportón a los presos, al tiempo de relevar la guardia, y que tuviera cuidado al abrir para que entraran los soldados, después de lo cual fue a comer en la pieza que hoy sirve para la secretaría del colegio, que entonces era una tienda con puerta hacia la calle 14.

No habría tomado Ramírez dos cucharadas de sopa, cuando oyó un ruido formidable en el colegio y la consiguiente salida de loa presos en confuso tropel, quienes tomaron hacia arriba, gritando y haciendo uno que otro disparo con las carabinas que quitaron a los soldados de la guardia.

El Comandante Ramírez advirtió el peligro que corría si lo encontraban los fugitivos, y aprovechó la circunstancia de que había una gran ventana recostada contra la pared de la casa de enfrente: allí se agazapó mientras pasaba la avalancha humana, para volver al colegio e informarse de lo sucedido.

Los presos despojaron de los uniformes a los soldados, después de encerrarlos en los calabozos, a fin de situarse inmediatos al trasportón, sin despertar sospechas en el Oficial Francisco Mendoza, que permanecía en el zaguán, o sentado del lado de afuera del edificio.

La previsión de Ramírez se cumplió al pie de la letra: al abrir Manuel la puerta para que entraran los soldados a relevar a los que estaban dentro, le cayeron encima los presos. le partieron la cabeza con un golpe dado con la barra de los grillos quitados a un fugitivo, se apoderaron de las carabinas que estaban enfiladas en el zaguán sin que nadie se las disputara, porque los soldados salieron  corriendo en la creencia de que tenían que habérselas con una legión de demonios, y este pánico lo aprovecharon los que huían. Es cosa fuera de duda que si éstos hubieran obrado con prudencia al salir, tomando resueltamente la vía de |El Boquerón como lo hicieron los más avisados de entre ellos, se habrían salvado; pero en vez de hacerlo así, perdieron minutos preciosos en el camino, hasta dar tiempo a que los alcanzaran las tropas mandadas en su persecución.

Entre los presos que no se fugaron quedó el Coronel Santiago Dolcey: interpelado por Ramírez acerca de por qué no había seguido a los compañeros, le contestó que no se consideraba criminal para huir así y que, además, no quiso comprometerse en el plan de la fuga porque lo consideró muy peligroso, como lo comprobaron los hechos posteriores.

El Teniente Coronel Vicente Ramírez murió de noventa y cinco años de edad, era el último soldado que sobrevivía de los héroes de Boyacá, siempre fue leal y desinteresado defensor de las ideas conservadoras, desde Bolívar hasta su muerte: era hombre de |una pieza en cuestiones políticas, incorruptible, al extremo de que, en 1860, le ofrecieron inútilmente diez mil pesos en condores porque dejara escapar al General Eustorgio Salgar y a los otros presos. Fue huésped de las fortalezas de Chagres, adonde lo remitió el General Santander el año de 1833, y de las de Bocachica, enviado por el General Mosquera después del 18 de julio de 1861, en compañía de don Mariano Ospina Rodríguez y otros presos políticos: a este respecto decía que todavía se admiraba de que lo llevaran en compañía de un |septembrista...

 

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