LA QUINTA DE RAMOS
Al Sur de Bogotá, en medio de ameno valle atravesado por el río
Fucha, subsiste desde el tiempo de la Colonia una casa de recreo,
célebre por los sucesos que nos proponemos recordar.
No hay duda que los primitivos pobladores de Santafé tuvieron en
mira extender la ciudad hacia el Sur, entre otras razones para
gozar el beneficio del agua que abunda en esa dirección, del suelo
firme y seco que allí se encuentra, favorable a las construcciones,
y de los aires purísimos que descienden del páramo de
|Cruz
Verde.
A mediados del sigloXIX las vegas del río Fucha se hallaban
adornadas con quintas de recreo, entre las cuales sobresalían, la
que poseyó el General don Antonio Nariño y la elegante casa de
campo de don José María del Castillo Rada, centro de reunión de la
alta sociedad santafereña, cultivado con esmero por la nobilísima
señora doña Teresa Riva de Castillo, esposa de aquel distinguido
hombre de Estado; pero merced a la iniciativa del progresista
Arzobispo de Bogotá, Monseñor Arbeláez, se cambió aquella
orientación por la de Chapinero, cuyo progreso redundó en perjuicio
de las primitivas localidades, aunque ya vuelve la reacción
favorable respecto de los campos a propósito para veranear, al pie
de la cordillera, por los lados de
|San Cristóbal, San Vicente y
Llano de Mesa.
En la época a la cual nos referimos, vino de Popayán a Bogotá
don Manuel Ramos, acaudalado capitalista, cuyo principal negocio
era dar dinero a subido interés, mediante posibles seguridades:
fácil tarea porque entonces no existían establecimientos bancarios
y podía ejercerse la usura impunemente.
Don Manuel estableció su oficina de préstamos en una tienda
situada en los bajos de la casa que fue de don Isidoro Cordovez, en
la tercera Calle Real, hoy carrera 7a, al frente del Banco Central,
la misma que en la actualidad habita don José María Sierra. En
aquello que pudiéramos calificar de antro sombrío, se presentaban
humildes los que por causas diversas necesitaban dinero, sin parar
mientes en las onerosísimas condiciones que para obtenerlo les
imponía Ramos.
"La usura marcha bien hasta que Dios quiere",
según la expresión gráfica de los indios, que siempre han sido sus
preferidas víctimas; pero si los usureros se tomaran el trabajo de
leer con detención la historia del negocio, retrocederían
horrorizados ante las consecuencias contradictorias que se observan
en la práctica. En efecto: los capitales levantados extorsionando
al que necesita dinero para emplearlo en fines honestos, crecen
como la espuma que formaría un mar de lágrimas en formidable
ebullición; pero quedan fatalmente condenados a sumergirse en un
océano de desventuras, próximas o remotas.
Como hombre previsivo, Ramos creía que el mejor medio de
afianzar el dinero ganado en la usura, era colocarlo en finca
urbanas y rurales, procedimiento que en pocos años lo hizo uno de
los capitalistas mejor afincados del país. Consecuente con esta
regla de conducta, aceptó la oferta que ciertos sujetos de aparente
honorabilidad le hicieron para que les comprara la finca rural
conocida con el nombre que encabeza este relato.
A juzgar por las peripecias de aquel negocio, es claro que los
Arsenio Lupin, y
|los ladrones de levita también ejercieron
su industria en esta sección de la joven América.
En toda operación de compraventa de inmuebles, se exige al
vendedor el certificado de libertad de la finca, expedido por el
respectivo Registrador de Instrumentos Públicos, documento que se
inserta como comprobante en la correspondiente escritura, sin el
cual requisito el comprador queda expuesto a comprar una finca
hipotecada de antemano.
En aquel entonces desempeñaba las funciones de Registrador del
Circuito de Bogotá, don José María García Tejada, hombre probo,
anciano sencillo y crédulo por demás, circunstancias que
explotaron los desalmados que lo perdieron.
Los
|caballeros interesados en vender a Ramos la expresada
quinta, obtuvieron de García Tejada el certificado de libertad de
ésta, bajo la promesa de cancelar inmediatamente la escritura
hipotecaria que la pignoraba: la alta posición social de aquellos
sujetos, si no disculpa, explica la enorme falta en que entonces
incurrió el Registrador.
En definitiva, el negocio se consumó, Ramos guardó la escritura
pública que lo hizo dueño de la quinta y entró en pleno goce de tan
delicioso sitio a propósito para veranear.
El cúmulo de asuntos que asedian a un Registrador, debió influir
en García Tejada para que olvidara la prometida cancelación de la
hipoteca que pesaba sobre la quinta que Ramos compró como libre de
todo gravamen, confiado en el solemne certificado expedido por el
incauto empleado.
En Ramos se encarnaban dos hombres totalmente distintos: el
usurero implacable y el amoroso padre de familia. En asuntos de
dinero, era severamente lacónico y áspero en su trato: profesaba
como dogma inalterable la doctrina de que, llegado un caso extremo,
puede rebajarse algo del capital dado a préstamo; pero nunca de los
intereses. En cuanto a libros, sólo poseía los de cuentas y las
tablas de logaritmos que le facilitaban en un momento dado la
liquidación de los intereses que le debieran.
Ramos gozaba en paz y sosiego de la quinta, en la que solía
pasar con sus hijas las temporadas de verano, resguardado por unos
cuantos mastines y la servidumbre armada hasta los dientes, porque
en aquellos tiempos no existía policía de seguridad rural y los
ladrones daban mucho que hacer; pero entonces murió el individuo
que le había vendido el inmueble en cuestión.
Si el acreedor hipotecario estuvo de acuerdo con los
|caballeros que obtuvieron del Registrador el certificado
inexacto de libertad de la finca, es punto que no está comprobado;
pero el hecho fue que Ramos recibió de aquél una misiva muy amable
en la cual le manifestaba que tenía el honor de contarlo en el
número de sus deudores por razón de la deuda no cancelada, que,
asegurada con hipoteca, afectaba la quinta.
Dejamos a la consideración del lector la sorpresa que causó en
el metalizado Ramos la noticia que se le comunicaba en dicha
esquela. Por pronta providencia, éste se presentó en la oficina de
Registro en el supuesto de que se trataba de alguna burla o
equivocación; pero cuando se convenció de la verdad de los hechos,
esto es, de que la quinta comprada como libre de todo gravamen
estaba de antemano hipotecada y que, en consecuencia, había sido
víctima de un engaño y estafa, estalló en terribles improperios y
amenazas contra el desventurado Registrador, que a su vez también
había sido sorprendido cuando en mala hora expidió el certificado
de libertad, confiado en la promesa que no cumplieron aquellos
|caballeros.
Desde aquel momento la suerte de García Tejada quedó a
discreción de Ramos que tenía derecho a ejercitar dos acciones: la
civil y la criminal; pero como la situación pecuniaria de aquél
haría inútil intentar la primera, optó por la última.
Aterrado el infeliz Registrador ante la actitud de Ramos,
imploró perdón de rodillas, y le ofreció resarcirlo del daño
causado, mediante puntual entrega de los ochenta pesos mensuales
que ganaba en el empleo, hasta extinguir la deuda con los intereses
que quisiera exigirle.
Todo fue inútil. Ramos denunció el hecho criminalmente: García
Tejada fue removido del puesto de Registrador, el Juez de Derecho
lo sentenció a ocho años de presidio, con los demás apéndices que
en aquella época regían en el Código Penal, y el infeliz reo, casi
octogenario entró a cumplir su condena en la Cárcel de Bogotá,
dejando en completo desamparo a dos hijas víctimas de la
miseria!
En el mes de noviembre de1848, invitó el padre del que esto
relata, a que fuéramos a cumplir con la obra de misericordia de
visitar en la cárcel a un amigo en desgracia.
En pieza alta de sombrío edificio, sin otro mobiliario que un
pobre lecho, y dos silletas desvencijadas, nos recibió García
Tejada arrebujado en raída capa española, la barba y cabellos
desgreñados, blancos de canas, los ojos enrojecidos por el
incesante lagrimar, y las manos trémulas, todo lo cual daba a ese
anciano el aspecto de verdadera imagen del dolor.
Ante el abatimiento de aquel hombre, nuestro padre se limitó a
darle estrecho abrazo, que García Tejada sólo pudo corresponder
con palabras incoherentes y convulsivos sollozos: calmado un tanto
el ánimo de aquel anciano, exclamó con acento de profunda
convicción:
No fui criminal, sino la víctima de hombres sin conciencia
que me precipitaron en el abismo en que usted me ve. Mi hijo me
escribió de Guatemala participándome que vendría a tomar estrecha
cuenta a los autores de mi desgracia; pero yo le intimé con toda la
autoridad de padre, que en ningún caso debe anticiparse a la
justicia que vendrá de lo Alto.
Hemos dicho que Ramos tenía dos hijas, que amaba con toda la
efusión de su alma después del dinero: pues bien, en el mes de
julio de 1849, con ocho días de intervalo, aquellas almas
privilegiadas volaron al cielo, víctimas de la fiebre tifoidea.
Cuando los médicos notificaron a Ramos que la segunda de sus hijas,
Manuela, no tenía remedio en lo humano, se apoderó del infeliz
padre un acceso de congoja que lo hizo caer de rodillas al pie de
un Crucifijo, ante el cual imploró, con exclamaciones de
arrepentimiento, la vida de aquel pedazo de su corazón.
Sin atrevernos a emitir concepto sobre los incomprensibles
juicios de Dios, no creemos aventurado suponer que cuando la copa
de la iniquidad está llena, basta una gota para hacerla desbordar,
y que la muerte de las hijas de Ramos contribuyó poderosamente a su
dolorosa rehabitación moral.
La ataxia locomotriz progresiva que se apoderó de Ramos,
ocasionada por la pena que le causó la prematura muerte de sus
hijas, fue el segundo toque de llamada que acabó de cambiar la
manera de ser de este hombre.
Imposibilitado para atender debidamente a sus complicados
negocios, Ramos hubo de confiarse en agentes que no pudieron o no
supieron manejarlos con la inteligencia y acuciosidad requerida: el
hecho fue que, después de multitud de acciones judiciales de
acreedores reales o ficticios, se pudo aplicar a la cuantiosa
fortuna de nuestro protagonista el aforismo de los dineros del
sacristán que
|cantando vienen y cantando se van, porque
hasta hoy subsiste el misterio del modo efectivo como se evaporó
aquella enorme riqueza.
Todo no fue rigor en los sucesos que dejamos descritos, porque a
Ramos le permaneció fiel la sirvienta indígena de Timbío, que le
había criado a las dos hijas, y se constituyó en una segunda
Providencia que lo atendió y sirvió con cariño hasta que lo llevó a
la sepultura en el entonces caserío de Anapoima, a donde se había
trasladado en busca de un clima que le hiciera más llevadera la
parálisis.
Los viajeros que transitaban entre
|La Mesa de Juan Díaz y
Tocaima, solían ver a don Manuel Ramos debajo del alar de una
casita pajiza, sentado inmóvil en modesta silla, con el aspecto de
idiota, síntoma característico de la enfermedad que padecía; pero
mientras tuvo aliento vital, conservó suficiente lucidez de
espíritu para encomiar ante los conocidos que se le acercaban a
saludarlo, la bondad de Dios que, en su infinita misericordia, le
había dado tiempo al arrepentimiento por la falta de caridad que
tuvo con el prójimo cuando fue rico!
Algún tiempo después, el General José Hilario López, Presidente
de la República, compadecido del infortunio de García Tejada, hizo
uso de la facultad que entonces concedían las leyes al Poder
Ejecutivo y lo inudultó: de aquí provino que aquel anciano tuviera
el dulce consuelo de morir en brazos de sus hijas.
Ramos, contrito, exhaló el último suspiro asido a un Crucifijo.
En su penosa agonía evocaba indistintamente los nombres de Jesús y
los de aquellos que fueron víctimas de su codicia, como si para
alcanzar perdón de éstos quisiera interponer la poderosa fuerza
propiciatoria del Salvador del Mundo.
"Quien tenga oídos para entender, entienda",
según se lee en el Evangelio de San Mateo.