EN LOS ALISOS
Vamos a recordar uno de los crímenes que por las circunstancias
que mediaron en su ejecución y las excepcionales condiciones de la
víctima, conmovió profundamente a la sociedad bogotana; pero antes
de entrar en materia, creemos oportuno referir algunos antecedentes
.
Si examinamos detenidamente muchos actos de aparente e
insignificante importancia en la vida de los hombres, no será
difícil descubrir que ellos fueron el origen de
sucesos más o menos graves, cuyo desenlace terminó en consecuencias
trágicas o felices, respecto de los que en ellos figuraron como
protagonistas .
En el año de 1868 la industria de molinería de harina de trigo
en el distrito de Bogotá, se hallaba reducida a tres molinos
movidos por rueda hidráulica, establecidos en los sitios conocidos
con los nombres de
|Los Alisos, Tres Esquinas y El Boquerón
al pie del
|Pico de la Guacamaya.
| El negocio era muy bueno para los empresarios, porque la
falta de competencia y el acuerdo entre éstos les puso en actitud
de exigir a los productores de trigo la maquila que a bien tenían,
ejerciéndose así verdadero monopolio en aquella industria.
En vista de tales antecedentes otro empresario montó al frente
de la iglesia de La Capuchina un molino que movido por vapor, sin
las contingencias anexas a la rueda hidráulica en los veranos,
funcionaba durante todo el año de día y de noche, lo cual lo puso
en capacidad de disminuir el precio de la maquila en perjuicio de
los primitivos empresarios, quienes advertidos de la catástrofe que
los amenazaba, lograron adquirir por compra el nuevo molino, menos
la máquina de vapor, con la expresa condición de que el vendedor
renunciaba al derecho de montar otro molino.
Una vez que los primitivos empresarios volvieron a quedar como
dueños exclusivos de la industria de moler trigo, resolvieron
aumentar el valor de la maquila, lo que dio por inmediato
resultado, que los panaderos buscaron compensación por medio de un
convenio en virtud del cual no fabricarían pan de a cuarto, llamado
así porque era el preferido del pueblo pobre, en razón a que con
dos y medio centavos se obtenían cuatro panes de regular tamaño,
aunque de ínfima calidad.
El negocio de especular con el hambre del pueblo, empleándose en
ello la adulteración de los víveres o el alza del precio en los
artículos de primera necesidad por medio de odiosos monopolios,
sobre inmoral, es peligroso.
En todo país
|bien administrado gozan de positiva
protección en favor de los consumidores pobres, determinados
artículos alimenticias entre éstos el pan: los panaderos tienen
libertad de fabricar todo el pan que quieran calificado de primera
calidad; pero con la obligación de ofrecer a la venta, bajo penas
severísimas al que infrinja el mandato, determinada cantidad de pan
destinado al pueblo, con especial peso, calidad y cantidad
inalterables. Al panadero que en Turquía adultere la calidad o el
peso del pan, se le cierra el establecimiento y se le clava de una
oreja en la puerta de la tienda.
Guiados por el erróneo principio de que todas las cuestiones
sociales deben resolverse con la libertad, hemos llegado al absurdo
de consentir el escamoteo de los víveres en favor de los
monopolistas y en contra de la clase desvalida, incapaz de hacer
valer sus derechos, hasta que llega un momento de incontenible
desborde popular en solicitud de justicia reparadora.
En los anales del presidio de Bogotá consta que el chocolate
suministrado a los presos lo confeccionaba el contratista con las
cascaras del grano, y el pan con harina de habas y salvado. Nadie
se preocupa por la pésima calidad de los víveres que desalmados
especuladores venden como buenos, escudados con el derecho que
tienen para vender: bastaría ligera inspección a los ventorrillos o
chicherías para persuadirse que en éstos se propina la muerte en
vez de la nutrición apetecida.
Corría el año de 1875. Los dueños de los citados molinos gozaban
tranquilos de las pingües ganancias que les proporcionaba el alto
precio de la maquila, establecido en virtud del monopolio antes
apuntado, hasta que, en mala hora para los especuladores en el
negocio de harinas, los panaderos resolvieron explotar en provecho
propio el filón iniciado por los molineros.
Los parroquianos que en la mañana del lunes 18 de enero
acudieron a las panaderías en solicitud de
|pan de a cuarto
para el desayuno acostumbrado, supieron con sorpresa la resolución
de los panaderos en virtud de la cual sólo se vendía pan de mayores
dimensiones, operación que redundaba en favor de los empresarios,
puesto que el pan ofrecido en cambio del llamado
|de a
cuarto, no equivalía en precio, peso ni tamaño al conjunto de
los cuatro panes que se obtenían con dos y medio centavos, o sea un
|cuartillo de la moneda entonces en uso.
Aquella operación que a primera vista no tenía grande
importancia, produjo verdadero trastorno económico en los hogares
pobres, en razón a que no todos tenían cómo agregar un crédito
adicional al presupuesto de gastos exiguo de suyo.
Durante la semana que principió bajo auspicios favorables para
los panaderos y terminó en desastre para éstos, la ciudad semejaba
levadura en fermento, que no otra comparación similar al asunto
podemos hallar, en vista de la actitud del pueblo resuelto a no
dejarse extorsionar.
Según acontece en las conmociones populares, es casi imposible
determinar quién sea el principal promovedor de ellas; pero el
hecho es que los protagonistas se trasmiten la palabra de orden, a
la cual obedecen, y obran en consecuencia, sin averiguar de dónde
proviene, ni medir los resultados.
Es evidente que en el caso en cuestión, la masa del pueblo
recibió de alguien instrucciones precisas y los nombres propios de
los dueños de las habitaciones que debían atacar, puesto que en la
práctica se procedió con la exactitud de un programa acordado de
antemano. En previsión de lo que se temía, la Guardia Colombiana
ocupó en tiempo determinadas localidades; pero como los soldados
también eran víctimas de la supresión del
|pan de a cuarto,
fraternizaron con el pueblo y se limitaron a representar el papel
de testigos actuarios, dando, eso sí, una que otra voz de aliento a
los actores de la función.
Entre siete y ocho de la noche del día 23 del citado mes y año,
se presentó en el Palacio de San Carlos numeroso grupo de hombres y
mujeres del pueblo, con el objeto de impetrar alguna medida que
restituyera el asunto del pan a su antiguo estado. Don Santiago
Pérez, Presidente de la República, recibió con la cultura que le
era propia a los comisionados para dirigirle la palabra; pero les
manifestó con franqueza que el pan debía ser fruto del trabajo y no
de asonadas inconducentes, al mismo tiempo que ofreció prestar
atención al asunto que los preocupaba.
Es claro que no satisfizo a los protagonistas del mitin la
respuesta del Presidente de la República, puesto que, incontinenti,
se encaminaron a la Plaza de Bolívar, donde el orador Leónidas
Flórez subió al pedestal de la estatua y desde aquella improvisada
tribuna dirigió ardiente perorata al concurso que lo escuchaba
ávido de emociones. Un leguleyo gritó en tono de suprema
autoridad:
El que es causa de las causas es causa de lo causado.
¡Abajo los molineros!
Un tormentoso ¡abajooo!, proferido por el irresponsable grupo,
contestó a la invitación de aquel rábula y, sin acuerdo previo, se
presentaron al frente de la casa de habitación de don Joaquín
Sarmiento, sita en la calle de Florián, dueño del molino de
|Los
Alisos. Allí, por encima de los soldados que los alentaban en
la empresa y en medio de burlas e insultos, acometieron a piedra el
edificio objeto de su saña: la caída de los vidrios con estrépito
en el empedrado de la calle estimulaba el espíritu de desstrucción
de los asaltantes hasta que no quedó ni uno en las ventanas. Los
desperfectos causados en los muros de la casa permanecieron
intactos hasta el año de 1910 en que los subsanaron con motivo de
los festejos del primer centenario de nuestra Independencia.
La noche era espléndida, y sábado, por añadidura, día de pagar
los jornales a los obreros, de manera que éstos se hallaban en
capacidad de entregarse sin reservas mentales a la zambra que se
les brindaba.
Alguien debió distribuir entre los asaltantes el dato
estadístico en. que constaba la ubicación de las panaderías
pretéritas y presentes, sobre las cuales ejerció el pueblo soberano
el derecho de lapidación: obtuvo especial preferencia la de don
Matías Pérez, a quien se atribuyó la iniciativa de suprimir el
|pan de a cuarto, situada en la calle 12, abajo del puente de
San Victorino. Todas las piedras de la calle quedaron almacenadas
en la sala y alcobas de la casa, donde no dejaron ni rastros de las
ventanas.
El asunto terminó por donde debió haber empezado: en los muros
de las principales calles de la ciudad aparecieron grandes carteles
en que se anunciaba que todos los panaderos, de común acuerdo,
continuarían amasando
|pan de a cuarto en mejores condiciones
del que antes se daba a la venta, cuya supresión motivó el
conflicto. En honor del pueblo bogotano dejamos constancia de que
entonces no hubo ningún ataque personal.
Entre las víctimas de lo que se llamó conflicto del
|pan de a
cuarto, se contó don Joaquín Sarmiento; pero es forzoso
reconocer que en aquella ocasión el pueblo cometió grande
injusticia al ensañarse contra este acaudalado caballero, que
siempre puso al servicio de los pobres la ciencia médica que
poseía. Fue uno de los fundadores del Banco de Bogotá, cuando se
creía acto de patriotismo arriesgar el dinero en esta clase de
empresas, que ya habían fracasado con enormes pérdidas de los
iniciadores: en su condición de agricultor inteligente introdujo al
país varias razas de animales y semillas europeas, y en cuantas
empresas de mejoras materiales se acometieron por cuenta de
particulares o de la Nación, entre éstas la obra redentora del
Ferrocarril del Norte, el señor Sarmiento figuraba en primera
línea.
Lastimado en su amor propio el señor Sarmiento con el ultraje de
que fue víctima, emigró a la ciudad de París, donde se radicó,
dejando al cuidado de sus sobrinas, entre las cuales se contaba la
señorita doña Sofía, la casa de Bogotá que había sido escenario del
ataque del pueblo.
Poco tiempo después, en1876, contrajo matrimonio, por medio de
su apoderado y amigo en Bogotá, don Vicente Duran, con la expresada
señorita, que fue a reunirse con su esposo. No tuvo larga duración
la vida matrimonial que llevaron, porque don Joaquín murió en París
en junio de 1877, después de instituir heredera de la mayor parte
de su cuantioso capital a doña Sofía, la que volvió al país
conduciendo el cadáver del esposo, embalsamado científicamente,
mediante la suma de doce mil pesos.
La llegada del cuerpo de don Joaquín fue todo un gran
acontecimiento: después de pasearlo por las fincas rurales que
poseyó en vida en las inmediaciones de la ciudad, se le expuso en
cámara ardiente en la misma casa que fue teatro de la pedrea, en el
año de 1875. El cadáver; envuelto en tela impermeable, flotaba
dentro de una gran caja de plomo llena de líquido que al contacto
con el aire esparcía delicioso perfume no sólo en la casa sino
también en la vía pública: era tan perfecto el embalsamamiento que
parecía dormido. Luego se le colocó en lujoso ataúd para llevarlo a
la iglesia de Santo Domingo, donde se le hicieron suntuosas
exequias, después de lo cual se le inhumó en el cementerio.
Cumplido por parte de la viuda del señor Sarmiento con el deber
de dar decorosa sepultura a su difunto esposo, resolvió radicarse
algún tiempo después, en la quinta de
|Los Alisos, en
compañía de la señora Elena, hermana achacosa, a la cual profesaba
singular predilección .
El relativo alejamiento de la ciudad no fue obstáculo a que doña
Sofía continuara cultivando los deberes sociales y de familia que
se imponen a las personas de entendimiento cultivado y afable
carácter. El espíritu positivamente piadoso y caritativo de aquella
buena señora ejercía en ella tal influjo que no se llevaba a efecto
acto alguno de beneficencia o religioso en Bogotá, en que dejara de
figurar su nombre como generosa contribuyente: de las rentas que le
producía el cuantioso legado que heredó, tomaba lo estrictamente
necesario para vivir con modesto decoro y dedicaba lo demás a lo
que ella llamaba deberes de conciencia.
Entre las personas de la familia con quienes mantenía estrechas
relaciones doña Sofía, se contaba la de su sobrino Justiniano
Gutiérrez, hijo del valeroso Pedro Gutiérrez Lee, muerto en defensa
de los principios conservadores en la guerra de 1861. Ya fuera la
simpatía que inspira la juventud, o que Justiniano lograra captarse
el sincero cariño de su
|querida tía, como solía llamarla, el
hecho fue que doña Sofía obsequiaba a dicho sobrino y a su familia,
empleando para ello procedimientos delicados de manera que en
ningún caso pudieran interpretarse como actos de humillante
protección.
Justiniano rayaba entonces en los 24 años, peligrosa edad para
los jóvenes cuando les falta Mentor que tenga autoridad suficiente
para hacerse respetar y librarlos de los malos amigos: éstos fueron
el origen de la perdición. de aquel infeliz.
Los bienes de fortuna de la familia de Justiniano, sin ser
cuantiosos, sí le proporcionaban recursos suficientes para llevar
vida holgada: gozaba de buena posición en la sociedad y podía
obsequiar a los amigos, entre éstos a Aurelio Delgadillo, que fue
su predilecto y ejerció funestísima influencia sobre él.
En las frecuentes intimidades de los futuros malhechores,
Aurelio insinuó a Justiniano la idea de que cultivara a la tía para
que lo instituyera heredero. La semilla cayó en buena tierra y
después de madura reflexión, optó éste por la vía del matrimonio,
sin parar mientes en la edad de la novia en cierne, que era mayor
de cuarenta años. Resuelto el punto, Justiniano se atrevió a
escribir y enviar con Pedro Sarmiento, sujeto de condición humilde,
la carta que verá el lector en seguida, con la advertencia de que
lo informara de la impresión causada en la destinataria, después de
leerla:
Sofía:
Ciertos miramientos de nuestra posición me impedían comunicarle
el asunto de esta carta, pero es éste tan serio para mí, y tan
poderosa es la influencia de los sentimientos a que obedezco ahora,
que superan todo lo que sea ajeno de ellos, y me han formado el
deber de ser muy ingenuo y franco con usted.
La adhesión que hacia usted tienen los que la tratan, es hoy en
mí, no solamente la simpatía, que tiene límites estrechos, es un
sentimiento más intenso que no tiene otros limites que la voluntad
de usted y que busca un fin
|juicioso y tan santo y puro como
es él mismo.
Creo que quien, cede a los buenos impulsos de su corazón no debe
turbarse por ellos, ni avergonzarse de comunicarlos con franqueza.
No extrañe, pues, mis palabras.
|Muy serio es el asunto y grave el paso que he dado; pero
obedezco al darlo a los consejos de mi conciencia.
Piense un momento Sofía, en que nadie puede guardar siempre en
secreto los grandes sentimientos de su corazón ni dominar éstos,
cuando ya imperan absolutamente sobre los otros.
Si usted no desconfía de la sinceridad y buena fe de mis
palabras, no hay razón para extrañar este proceder mío; y de
aquéllas tendrá certidumbre atendienlo la insinuación que le hago,
para que lea usted misma en mi alma esa verdad en una conferencia.
Su afectísimo,
JUSTINIANO GUTIÉRREZ
Su casa, 13 de noviembre de 1878.
He aquí la ingenua respuesta de doña Sofía a la carta exabrupto
de Justiniano, que reproducimos sin comentarios inútiles por
demás:
Justiniano:
La impresión que me ha causado la lectura de su cartica ha sido
bien triste. ¿Y qué, no me considera usted bastante desgraciada
para que me proporcione este desengaño? Porque éste es un desengaño
para mí, Justiniano, por dos razones: en primer lugar, yo había
creído estar al abrigo de esta clase de burlas, y no ha sido así: y
luego, tenía tan buena opinión de su honradez y caballerosidad, que
nunca lo hubiera creído capaz de semejante broma.
En fin, usted ha cometido una falta grave hacia mí; pero yo le
perdono, comprendiendo que es una falta cuya causa ha sido su poco
juicio.
Espero que usted venga a mi casa con. la confianza de siempre; y
esté seguro que esta mala partida que me ha jugado no altera en
nada mis sentimientos de benevolencia hacia usted y el deseo que
tengo de serle útil en algo.
Su tía y amiga,
Sofía
La negativa de la mujer solicitada en matrimonio al impulso del
noble sentimiento del amor, produce abatimiento de ánimo en el
desdeñado; pero cuando el dinero es el móvil de la pretensión,
estallan sentimientos de odio y rencor inextinguibles en el
pretendiente chasqueado.
La negativa de doña Sofía fue tan discreta como generosa, según
lo habrá notado el lector; pero ella produjo en Justíniano honda
saña que debía conducirlo al delito.
Hay otra circunstancia en este asunto tenebroso que debió
contribuir como antecedente en su desenlace.
A mediados del siglo próximo pasado, don José María Sarmiento
formó compañía con un sujeto acaudalado, jugador de Bogotá, para ir
a Lima y a Chorrillos a ejercer la profesión: el primero en calidad
de socio industrial, y el segundo como capitalista que proporcionó
el dinero en la empresa.
Don José bogó con viento en popa en la especulación, porque a su
muerte en Lima dejó un capital que se estimaba en un millón de
pesos. Advertido de esta circunstancia, don Joaquín Sarmiento
emprendió viaje al Perú con el fin de hacer valer los derechos de
heredero de su hermano legítimo y dar cumplimiento a determinadas
mandas en favor de algunos miembros de la familia, entre éstos el
padre de Justiniano.
Gran decepción tuvo don Joaquín cuando llegó a Lima, porque
mediante una de las agencias para proporcionar testigos falsos,
establecidas en aquella ciudad, se presentaron varios supuestos
acreedores provistos de los correspondientes documentos públicos
debidamente registrados y anotados, en virtud de los cuales
aparecía pignorado casi todo el capital de don José. El señor
Sarmiento apenas pudo recoger algo de lo que aquellos falsarios no
atraparon: en consecuencia, a los legados se los llevó pateta; pero
en la desequilibrada fantasía de Justiniano figuraban como
retenidos indebidamente por don Joaquín, y en consecuencia
incluidos en el haber de doña Sofía.
La viuda del señor Sarmiento no se equivocó al apreciar las
consecuencias que le acarrearía su negativa a las pretensiones de
Justiniano, según lo demuestran las frases pertinentes que en carta
confidencial escribió a su hermano Roberto, residente en París, con
fecha 17 de diciembre de 1878:
"Todo el mal está en mi detestable modo de expresarme.
En prueba de ello voy a referirle un incidente que vino a alterar
la monótona tranquilidad de mi vida hará cosa de un mes. Me
escribió una persona haciéndome una propuesta tan loca como
extemporánea, y que me causó un vivo desagrado. En mi respuesta
procuré manifestárselo del modo menos duro posible, y le aseguré
que esta falta hacia mí no altera en nada el cariño que siempre le
he tenido, estando dispuesta a servirle en cuanto me sea posible.
Al mismo tiempo le manifesté el deseo de que continúe viniendo a
casa con la confianza de siempre, pues su retirada (y esto
naturalmente no se lo digo), me ocasionaría muchos disgustos.
"El resultado ha sido que esta persona se ha ofendido
mortalmente, como lo he sabido por una tercera, y temo hasta
haberme ganado un enemigo".
Efectivamente: Justiniano tuvo a bien no volver a
|Los
Alisos después de la rotunda negativa de doña Sofía; pero es
claro que esta circunstancia sólo sirvió para avivar su deseo de
poseer las riquezas codiciadas. De los tres proyectos de posible
realización para lograr aquel fin, le habían fallado el
|cultivo
de la tía y el matrimonio propuesto; y como la muerte de la
madre de la viuda de Sarmiento presentaba contingencias imprevistas
para heredarla, aquél acarició la siniestra tentación de suprimir a
la que era estorbo a la realización de sus ambiciones; de manera
que desde el 13 de noviembre de 1878, fecha de la carta propuesta
de matrimonio, hasta seis meses después en que volvió Justiniano a
presentarse en
|Los Alisos, con el pretexto que adelante
veremos, debió sostener este hombre tremenda lucha entre los
deberes que imponen las más triviales nociones de honor e
hidalguía, con el espíritu del mal representado en su íntimo amigo
Aurelio Delgadillo, quien le mostraba en perspectiva los goces
materiales que les produciría el crimen proyectado.
Vencida la débil resistencia que opuso Justiniano en un
principio, entraron los dos principales protagonistas de aquel
drama sangriento en francos preparativos para llevarlo a
término.
En el mes de mayo de 1879 fue inopinadamente Justiniano a
|Los
Alisos con el aparente propósito de averiguar por el estado de
la salud de la señorita Elena Sarmiento, hermana de doña Sofía;
pero esta acuciosidad sólo tenía por objeto dar principio al plan
de asalto, y desvanecer la desconfianza que pudiera despertar la
reanudación de las interrumpidas relaciones.
Con motivo del convite que hizo doña Sofía para el 8 de junio
del mismo año a la madre y hermanas de Justiniano, en unión de don
José María Saravia y su familia a pasar un día de solaz en la
quinta de
|Los Alisos, aquél se presentó con los invitados;
pero respecto de doña Sofía, apenas le dirigió ceremonioso saludo
después del cual observó persistente aislamiento de los habitantes
de la quinta.
Las señoras de la casa invitaron a los huéspedes a dar un paseo
por los prados mientras llegaba la hora de servir la comida: todos
aceptaron la galante insinuación menos Justiniano, quien, aprovechó
la ausencia de aquéllos para romper la falleba de la ventana por la
cual debía entrar la cuadrilla en el asalto proyectado, al mismo
tiempo que inspeccionó las piezas bajas de la casa donde dormían
los sirvientes Claudio González y Zoilo Lara, y examinó las armas
de fuego y municiones que éstos poseían, en previsión de posible
ataque: con el conocimiento exacto que tenía de la quinta y sus
dependencias, tomó las medidas precisas de los muros que debían
escalar, y cual experto jefe de operaciones militares, determinó
con admirable precisión el escenario sobre el cual debía cumplirse
el inicuo proyecto de asesinato y robo en su noble y generosa
benefactora. Fue así como Justiniano correspondió al noble proceder
de doña Sofía.
Aurelio Delgadillo también inspeccionó el teatro del crimen en
cierne: al efecto, rondó con varios pretextos el exterior del
edificio de
|Los Alisos y sus inmediaciones, a fin de
cerciorarse que no darían un golpe en falso, después de lo cual
procedió de acuerdo con Justiniano a proveerse de los elementos
indispensables al completo éxito de la infamia que después de
tenebrosa meditación debía pasar de la categoría de proyecto a la
de hecho cumplido.
Apenas se registrará en los anales del crimen un asesinato
cometido con más cobardía, torpeza e inutilidad: a juzgar por la
manera como Justiniano y Aurelio Delgadillo prepararon la
ejecución, pudiera creerse que éstos hicieron estudio especial a
fin de establecer las pruebas contundentes de su participación en
aquel delito.
Veamos cómo procedió Justiniano:
En talleres de connotados carpinteros, acompañado de Aurelio
Delgadillo, hizo labrar las diversas piezas de madera que debían
servirle para formar las respectivas escaleras destinadas al
asalto de la casa de
|Los Alisos, según las medidas tomadas
de antemano.
Otro carpintero le prestó el
|billamarquín con las
correspondientes brocas para agujerear y clavar los peldaños de las
escaleras.
Todo el material que dejamos anotado lo llevó de las respectivas
carpinterías a la cochera de Justiniano, un mozo de cordel muy
conocido en Bogotá.
La linterna sorna y un cuchillo los compró en el almacén de los
señores
|Thorin Hermanos.
En el almacén de licores de los señores Londoño Sáenz, situado
en el atrio de La Catedral, tomó a crédito una botella de brandy
marca
|Otard Dupuy y algunos paquetes de cigarrillos, objetos
que recibió el joven Adelmo Delgadillo y los llevó a la pieza que
ocupaba Justiniano en la casa de su familia, frente a la casa cural
de la parroquia de Las Nieves .