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La cuadrilla se esparció por las piezas y corredores de la casa, hasta encontrar a los señores Silvas que salían del comedor con el fin de averiguar la causa del inusitado rumor a esas horas.

—¿Qué quieren ustedes? preguntó don Antonio María, dirigiéndose al grupo de hombres.

—Que nos den la casa para acampar la gente armada que viene con el Coronel Díaz, respondió el que parecía ser el jefe de la partida.                        

—Que venga el Coronel Díaz para hablar con él, contestó don José Asunción.

—Venga o no el Coronel Díaz, necesitamos la casa, interrumpieron los bandidos.

—Nuestra casa no es hospedería, replico don José Asunción.

—Dejémosela, dijo don Antonio María a su hermano, porque comprendió entre qué gente se hallaban, al mismo tiempo que la sirvienta Tomasa Rodríguez le advertía en voz baja: "mire, mi amo, que estos son ladrones". Y sin más argumentos inconducentes, los dos hermanos se dirigieron por un corredor al departamento de don Antonio María, donde éste tomó una pistola; volvieron por el mismo corredor para volver al patio del lado sur, pasaron por la lechería a la manga, atravesaron la corraleja, y se encaminaban, separados, por entre un potrero con dirección a la casa del mayordomo, puerto de salvación en tan supremos instantes, cuando fueron alcanzados por los asesinos. Don José Asunción iba detrás de su hermano, caminaba a tientas porque era miope, y no llevaba sombrero.   Las nubes que en esos momentos velaban la claridad |de la luna, abrieron amplia brecha por la que apareció el gran luminar de la noche como si quisiese presidir esa escena de horror y atroz crueldad.

Alcanzado don José Asunción por los bandidos, recibió un formidable golpe de maza con el tornillo pedrero de un fusil que le hundió la parte superior del cráneo y lo postró en tierra sin conocimiento. Al sentir don Antonio María que su hermano caía, se volvió a prestarle auxilio: al efecto, apuntó con la pistola al pecho del forajido que tenía inmediato; pero la maldita arma que sirvió en hora no menos funesta para el suicidio de Guillermo, no dio fuego!....

Entonces uno de los asesinos disparó su fusil sobre don Antonio María, quien logró desviar el arma, aunque no lo suficiente, pues el proyectil lo hirió en un lado de la frente, y al mismo tiempo otro de los bandidos le dio una lanzada en el costado derecho, que lo derribó.

Tendidas en la yerba las dos inermes víctimas, sirvieron de blanco a los miserables asesinos que se encarnizaron golpeándolos con las culatas de los fusiles y dándoles punzadas de lanza hasta que los creyeron muertos. Quitaron a don José Asunción el magnífico reloj que usaba con parte de la valiosa cadena de oro de que éste pendía, después de lo cual los asesinos volvieron a la casa de la hacienda y amenazaron a los aterrados sirvientes para que les dijeran en qué parte guardaban el dinero los señores Silvas: descerrajaron, puertas, rompieron muebles y forzaron cerraduras sin encontrar lo que buscaban, robaron unos quesos y algunas prendas de ropa de poco valor y regresaron a sus guaridas sin que nadie se atreviera a seguirlos ni los conociera.

El concertado Plácido Rodríguez intentó ir en auxilio de los señores Silvas; pero al ver que los bandidos volvían sobre él, se ocultó debajo de un puente que sirve para pasar de un potrero a otro. Sólo la sirvienta Carmen Osorio tuvo valor suficiente para ir a dar avisó al mayordomo Cándido Rodríguez, que pernoctaba en su casa. Este fue inmediatamente en busca de sus señores: a poco trecho halló de pie a don Antonio María, quien al reconocerlo le dijo que estaba mal herido, dirigiéndose por sus pies, apoyado en el mayordomo hasta llegar a la habitación de éste, donde se arrojó sobre una barbacoa agobiado por el dolor de las heridas; más al advertir que don José Asunción no estaba allí, ordenó a Cándido que fuera a buscarlo, porque temía que lo hubiesen asesinado.

El fiel servidor volvió en busca de don José Asunción, a quien halló recostado sobre un barranco, entre el pantano. Al ver éste a Cándido, le dijo con voz apenas comprensible: "me han asesinado". Hizo un esfuerzo para levantarse y caminar; pero apenas logró dar algunos pasos vacilantes, visto lo cual por el mayordomo, lo condujo alzado hasta su casa para reunirlo con el otro hermano herido.

Allí, entregados a su propia suerte, sin recursos médicos ni ministro del Altísimo que les prestara los auxilios que requería su desesperada situación, permanecieron los dos hermanos confortándose mutuamente, torturados por insufribles dolores en aquella noche de interminable angustia y sobresalto.

La aurora del día 13 puso de manifiesto a don Antonio María el estado lastimoso a que estaba reducido su hermano predilecto, a quien ya atormentaba el estertor de prolongada agonía que terminó a las ocho de la mañana.

Aquella fue la suerte que cupo a dos caballeros de lo más distinguido que tuvo nuestra sociedad, quienes durante  su vida hicieron bien a sus semejantes con el caudal que les proporcionó una asidua e inteligente labor. ¡Quién hubiera creído que después de disfrutar don José Asunción de tanta opulencia, muriese por la fuerza de horrible atentado, como el más pobre de los hombres!

Conducidos a Bogotá los señores Silvas, se le hicieron suntuosos funerales a don José Asunción, ante numeroso concurso sobrecogido de indignación y espanto a la vista del cadáver horriblemente desfigurado.

El reconocimiento médico legal de los sabios profesores Jorge Vargas y Antonio Vargas Reyes, dará idea a nuestros lectores de la sevicia empleada por los bandidos contra sus inermes víctimas.

"El cadáver del señor José Asunción Silva tiene diecisiete heridas en el cráneo, causadas unas por instrumento punzante, otras con instrumento cortante y la mayor parte con instrumento contundente. Las causadas con instrumento cortante limitaron su acción a la piel y pericráneo dejando al descubierto los huesos; una de las punzantes es penetrante sobre la región temporal izquierda, atravesó el hueso y penetró en el cerebro, y de las contundentes que fueron probablemente ejecutadas con la culata de los fusiles, pues eran sumamente irregulares, fracturaron en tres o cuatro puntos los huesos del cráneo y las esquirlas penetraron en la substancia cerebral, pues aplicado el dedo indicador, se hundía en la masa encefálica.

"También tiene el señor Asunción Silva fracturadas las falanges de los dedos de la mano izquierda.

"En opinión de los exponentes, las heridas causaron la muerte de dicho señor Silva, ya por la violenta conmoción que sufrió el cerebro, como por el magullamiento o contusión que este órgano padeció por la fractura y hundimiento de los huesos del cráneo, y por la compresión causada por el derrame.

"Una sola de dichas causas es más que suficiente para suspender la vida, y, con mucha más razón, todas tres reunidas, sobre un órgano cuya textura es sumamente delicada, centro y asiento de las más nobles y bellas facultades del hombre, punto céntrico de todas las determinaciones de la vida.

"Las heridas del señor Antonio María Silva son causadas con instrumento punzante y cortante a la vez, y la mayor parte con instrumento contundente: la punzante y cortante fue ejecutada seguramente con una lanza y está situada sobre la región lumbar derecha, penetró como tres pulgadas con cuatro de extensión, sin dar muestra de haber interesado algún órgano importante. Las contundentes existen todas en la cabeza, dos de ellas son ligeras contusiones causadas con proyectiles lanzados por la pólvora, una en la nariz y otra sobre la región frontal izquierda; tres de las contundentes son también  causadas con la culata de los fusiles por su irregularidad, y todas ellas están situadas sobre los parietales; una de ellas da entrada al estilete hasta el cráneo.

"Estas violentas contusiones han debido conmover fuertemente el cerebro, y así por esta causa como porque puede haber una fractura por contragolpe que más tarde desarrolle síntomas mortales, se abstienen los exponentes de dar un concepto decisivo sobre la naturaleza de esas heridas. Don Antonio María ha tenido en el cráneo un punto sumamente sensible cerca de la apófisis mastoidea, fuerte equimosis subconjuntival del glóbulo ocular izquierdo, epistaciones de nariz y otros síntomas de que puede existir en el cráneo una fisura o fractura que de margen con el tiempo a una inflamación aguda en el cerebro que cause una muerte rápida, o una inflamación crónica que determine la parálisis sucesiva y con ella la muerte”.

Restablecido don Antonio María de sus heridas, abandonó patria y amigos para radicarse en París: llevó consigo la dolorosa impresión de que en Colombia estaba por resolverse aún el problema de la seguridad personal. En aquella metrópoli murió en el año de 1884, después de que distribuyó su caudal entre sus parientes, e hizo algunas mandas generosas a familias pobres; pero mientras sobrevivió al ataque de que fue víctima, quedó sujeto a sobreexitaciones nerviosas que le extraviaban el sentido al recordar el triste fin de don José Asunción, con quien hubiera querido morir, ya que no pudo salvarlo.

Olvidábamos decir que los señores Silvas habían hecho en el extremo occidental de la casa de |Hatogrande una glorieta, para subir a la cual era preciso hacerlo por una escalera estrecha de caracol, de muy fácil defensa, en previsión de un asalto a la casa, circunstancia que no pudieron aprovechar las víctimas. Así suele el hombre proveer inútilmente a su seguridad .

Vanas fueron por entonces las más activas diligencias de la justicia y de la familia Suárez para descubrir a los autores de tan cobarde como brutal atentado, lo que dio pie a las gentes ociosas y suspicaces para inventar la fábula de que el crimen de |Hatogrande sólo había tenido por objeto vengar el honor de una mujer, suposición desnuda de fundamento .

No fue entonces la vez primera, ni será la última, por desgracia, en que se cambien los sentimientos de aversión que inspira un asesino por los de simpatía, llegándose a veces hasta vilipendiar la memoria de la víctima por el delito de haber muerto... Podríamos citar otros ejemplos; pero nos abstenemos de ello porque somos adversos a suscitar polémicas.

 

IV

 Cinco años después de cumplidos los acontecimientos que dejamos relatados, precisamente en el mes de abril de 1869, jugaban varios gañanes al |bolo en el patio de una venta cercana al pueblo de Guasca: uno de ellos ganó y el perdidoso negó la partida. | De aquí surgió rudo altercado con. tendencia a degenerar en riña, cuando el que se creía ganancioso dijo con marcada insolencia a su contrario:

—"Aquí no estamos en la casa de los Silvas para que no pagues lo que debes".

Palabras que revelaron todo el misterio que hasta entonces velaba el crimen de |Hatogrande.

Una persona que las oyó dio parte del suceso al gobernador de Cundinamarca, don Luis Bernal, quien, con laudable actividad hizo levantar el correspondiente sumario, y de éste resultó comprobado:  que Raimundo y Florentino Avellanedas, Eufrasio y Trinidad Casas, Juan Galvis, Joaquín Pacheco y Jorge Gordillo   |(Guayambuco)  capitaneados por Pantaleón Suárez, miembros de la renombrada guerrilla de Guasca, eran los responsables de asesinato, heridas y robo en cuadrilla, llevados a cabo en la hacienda de |Hatogrande en la noche del 12 de abril de 1864, con el máximum de las circunstancias agravantes que fija el Código Penal. Todos ellos eran mozos robustos, de atlética constitución, nariz achatada, pómulos salientes, frente estrecha y cráneo levantado con los demás rasgos característicos de los asesinos vulgares cuyos similares se encuentran en las hienas y chacales que matan por instinto de destrucción.

Los Avellanedas y los Casas confesaron sus delitos dando señales  de arrepentimiento; Sáenz se abroqueló en contumaz negativa.

—¿Sabe usted por qué está preso? interpeló el señor Bernal a uno de los Avellanedas.

—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! esto tiene que | ser por el asesinato de los Silvas contestó aquél y prorrumpió en copioso llanto.

Al preguntar el gobernador al otro hermano Avellaneda qué parte había tomado en el ataque a los señores Silvas, le contestó con la mayor ingenuidad y estúpida sencillez:

—Yo no hice más que darle en la cabeza a don José Asunción con el tornillo pedrero del fusil, y cuando lo vi caído, le quité el reloj con un pedazo de cadena que se vino prendida.

La lenidad de los castigos que se imponían entonces, aun por los delitos más atroces, hizo que la resolución del jurado, compuesto de los respetables caballeros Santiago Pérez, Manuel María Pardo, Alberto Angel, Bartolomé Gutiérrez y José Joaquín Borda, quedara reducida a condenar a Sáenz, los Avellanedas y los Casas a diez años de presidio, cuyo término acortaron los reos porque observaron buena conducta en el panóptico.

Por lo que hace al indio Gordillo |(Guayambuco), a Galvis y Pacheco, la justicia no dio con ellos: es posible que emigraran o murieran, porque no se volvió a oír hablar del destino que les hubieran reservados sus crímenes.

Como epílogo de los sucesos que dejamos referidos añadiremos la descripción del fin trágico del siempre llorado José Asunción Silva, nieto de don José Asunción.

Si hubo una personalidad que pudiera jactarse de los favores de la suerte fue sin disputa el infortunado joven Silva, dotado de excepcional hermosura, modales suavísimos, talento despejado e inspiración galana que prometía hacerlo descollar como astro luminoso del parnaso colombiano.  Educado con esmero, se acostumbró desde niño al goce de la más refinada elegancia, y a vivir en un ambiente de príncipe arrentado, cuyas exigencias satisfacía con esfuerzo sobrehumano, que no fue siempre coronado por el buen éxito.

Con la experiencia que dan los años, hemos hecho la observación de lo difícil que es predecir el suicidio de alguien con probabilidades de acierto: el triste fin de José Asunción nos confirma en esta creencia.

Entre las diferentes producciones que en variados géneros dejó aquel privilegiado ingenio, se cuenta la que reproducimos a continuación; no como joya literaria, pues es de las más tempranas e imperfectas, sino como prueba de nuestro aserto:


«A | UN PESIMISTA

Hay demasiada sombra en tus visiones,
Algo tiene de placido la vida,
No todo en la. existencia es una herida
Donde brote la sangre a borbotones.

 La lucha pone sombras, las pasiones
Agonizantes, la ternura huida,
Todo lo amado que al pasar se olvida,
Es fuente de angustiosas decepciones.

 Pero ¿por qué dudar, si amor ofrecen
En el remoto porvenir oscuro,
Colmar hondos y vividos cariños,

 La ternura profunda, el beso puro
Y manos de mujer, que amantes mecen
Las cunas sonrosadas de los niños?»

¿Quién que se haya recreado con el designio moral y paciente del anterior soneto pudiera figurarse que su autor se suicidaría, y mucho menos si toma en cuenta la suavidad de carácter que siempre  distinguió a José Asunción?

Y sin embargo, a juzgar por los últimos actos de la vida del desgraciado joven, su muerte fue un hecho fríamente premeditado, según se colige de la consulta que hizo dos días antes del fatal momento al doctor Juan Evangelista Manrique sobre una supuesta enfermedad al corazón, logrando que el distinguido médico le delineara en la camiseta de mallas de seda que usaba, la forma precisa de este órgano sobre el cual estudió la manera más expedita para desembarazarse de la vida. Acarició esta funesta idea, engolfándose en la lectura de |El Triunfo de la Muerte de D'Annunzio, libro que se encontró sobre el velador inmediato a su lecho.

El sábado 23 de mayo de 1896 era día de recibo en la casa de José Asunción, que vivía con su distinguida madre y la encantadora hermana que le quedaba, de quienes era el único apoyo. Recibió a los invitados con las muestras de atención que se estilan entre las gentes de gran mundo: al tiempo de tomar el té a las diez de la noche, observó que había trece personas sentadas a la mesa, cuya cuenta hizo en los dedos de las manos y con el fin de neutralizar la mala impresión que suele causar esta circunstancia se apartó a un lado manifestándose tan complaciente y amable como pocas veces lo habían visto.

A las once se retiraron las personas extrañas de la casa y José Asunción se despidió | desu madre y de su hermana con el beso de costumbre; pero antes lo invitó uno de sus comensales para almorzar al día siguiente, convite que eludió Silva con el pretexto de su salud quebrantada añadiendo algunas frases de sentido misterioso que el amigo interpretó como un arranque de despecho, por lo que le dijo en tono de reconvención: "Si así sigues, no me sorprenderá que te des un balazo el día menos pensado".

—¿Quién..... yo? interrumpió aquél con preteza: sería curioso que yo me matara! añadió sonriendo.

Al verse solo, Silva entró a su pieza de habitación, ajustó la puerta, se desnudó para volverse a vestir con camisa de seda, pantalones de casimir y botas de charol; se arregló el peinado y la barba, se tendió en el lecho, arropándose con esmero y echándose encima un edredón forrado en seda azul, extinguió la luz, dejó el reloj sobre la mesa de noche, acomodó el cuerpo en la posición que le pareció más a propósito, — probablemente olvidó en aquel momento de supremo egoísmo a los seres queridos que dejaba en el mundo sumidos en inconsolable desesperación,— y se disparó con una pistola, cuyo proyectil le atravesó el corazón.

Al entrar a la mañana siguiente al cuarto de José Asunción, para presentarle el desayuno, la anciana sirvienta que lo había visto nacer, sólo halló cadáver rígido en cuya fisonomía dejó la muerte impresa expresión de tranquila placidez.

He aquí cómo refirió este trágico acontecimiento la nítida pluma de don Roberto Suárez:

“Una triste mañana de mayo se estremeció Bogotá de pavura al saber que estaba inerte, por propia voluntad, tan prometedora inteligencia. La suspicacia quiso en vano buscar motivos inmediatos, y al fin las almas buenas, que nunca se equivocan, encontraron la clave del enigma en las impaciencias con que se labra un árido terreno, en cierta incongruencia entre aspiraciones elevadas y románticas con la prosa de la vida de afán diario, y avaro en resultados; en la neurosis fin de siglo que en naturalezas impresionables hace tantas víctimas y produce tantos dolores y ocasiona tan vagas como atormentadoras inquietudes, causas todas nimias para espíritus fuertes y serenos; graves y profundas para almas heridas y enfermizas.  Motivos indefinibles, impalpables para muchos; comprendidos  y sentidos tal vez por otros que han vencido en la lucha. Pero el drama era tan terrible, despertaba tanta admiración su brillante inteligencia, tanta ternura su edad y su destino, que las almasbenévolals arrojaron un velo de perdón sobre el fatal momento de olvido, y las flores y las lágrimas cayeron a raudales sobre la tumba del poeta".

Diego Uribe, el bardo a quien inspira desde el cielo su angelical Margarita, cantó a su infortunado amigo con estas estrofas:


Soñó mucho el poeta, quizá amó poco.
Y sin amor la senda qué oscura y larga!
Y de anhelos extraños en rapto loco,
Del camino a. la orilla, botó la carga.

Inspirado poeta de lira de oro,
No hecho para la dura, batalla recia,
Que al escuchar su plectro dulce y sonoro
Reconociera un hijo la antigua Grecia.

Por amor a la Forma, su sér se abraza,
Y el dardo de la vida, qué recio hiere
A aquél que por el mundo, cantando pasa
Eterno enamorado de lo que muere

Aún vibran el los labios, las notas bellas:
De la abuela que canta junto a una cuna;
De los diálogos hondos  con las estrellas,
Y de las apacibles noches de luna;

Aún vibran las historias de tiempos idos,
Con desfile de golas y de espadines,
Y el eco de nocturnos sones perdidos
De orquestas de guitarras y de violines.

Soñó mucho el poeta, quizá amó poco;
Y sin amor la senda qué oscura y larga!
Y de anhelos extraños en rapto loco,
Del camino a la orilla, botó la carga.

 
Piedad para el cansado de la jornada,
Flores para el sepulcro del noble amigo,
Laurel para el poeta, de la inspirada
Lira, que halló en la tumba callado abrigo.

 
    ¡Qué no diéramos porque entre las coronas de violeta y siemprevivas que el cariño deposita en la solitaria fosa de José Asunción Silva surgiera la cruz como emblema del perdón de ultratumba!

 

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