EL CRIMEN DE «HATOGRANDE»
I
Es un hecho admitido que sobre determinados sitios pesa algo
que podríamos llamar sino funesto, donde se observa marcada
tendencia a la repetición de sucesos trágicos, cuya influencia se
extiende a varias generaciones, hasta que la acción del tiempo u
otra causa neutraliza o cambia el horóscopo fatídico.
Entre los arcanos que encierra el misterio de la vida, se
observan ciertos actos que debieron influir para fundar en las
sociedades de la antigüedad la doctrina del Destino, que se trocaba
en favorable, cuando era adverso, mediante determinadas prácticas
consideradas como supersticiones por el mundo moderno; doctrina
que, a pesar de todo, subsiste lo mismo que otras, en la mente de
gran número de personas de diferentes clases sociales, acaso para
dar una prueba real de que el paganismo vive aún atrincherado en
las aberraciones humanas.
El hombre trasmite a sus descendientes las cualidades o vicios
que lo distinguen, con la circunstancia de imponerse con el ejemplo
a los individuos de su especie que tienen algún germen de imitación
de actos ajenos, v. g., la inclinación al suicidio, que se
despierta y aviva en aquellos a quienes fascina, en términos que la
ciencia admite hoy, como hecho demostrado, el contagio, si así
puede llamarse, del acto de darse muerte un hombre a sí mismo.
No faltará quien nos crea exagerados en las apreciaciones que
hacemos a tal respecto: los ejemplos que citamos a continuación nos
salvan de tal calificativo.
En uno de los cuarteles de París se suicidó un centinela en la
garita que le servía de abrigo: dos días después se repitió el
suceso en otro desgraciado, con las mismas circunstancias. Tras de
estos dos casos ocurrieron otros más, con idénticos caracteres, sin
que se sospechara qué causa influía en los soldados para que se
diesen la muerte sin motivo aparente. Un observador indicó la idea
de cambiar la garita para quitar a los inclinados al suicidio el
objeto que les servía de tentación: transportado a Montpellier el
mueble funesto para darle el mismo uso que tenía en París, volvió a
servir de ara sangrienta a otros suicidas, hasta que la autoridad
militar ordenó que lo quemaran.
Durante la campaña de Bonaparte, en Egipto, se suicidó un
soldado francés, ahorcándose en la rama de un árbol en el jardín
del cuartel del Cairo: ejemplo contagioso que siguieron otros
infortunados hasta que, cortado el instrumento que les servía para
darse muerte, cesó el mal.
Desde los tiempos más remotos de Santafé se ha notado que el
contorno del edificio de San Francisco, en radio poco extenso, ha
sido como campo destinado a la realización de trágicos
acontecimientos. En efecto: en la calle inmediata al occidente del
antiguo convento, asesinó el oidor Luis de Mesa a Juan de los Ríos,
y en la casa que daba el frente a la misma calle por el norte,
asesinaron Manuel Almeida y sus cómplices al presbítero Francisco
Tomás Barrete.
El diez de agosto de 1819,día de la entrada de Bolívar a Bogotá,
después de la batalla de Boyacá, mató el General Hermógenes Maza al
español Brito, frente a la iglesia de La Veracruz. En esta iglesia
se daba sepultura a la mayor parte de los ajusticiados en tiempo de
la Colonia entre ellos al sabio Caldas fusilado en la plazuela
inmediata, y cuyo trágico fin aún deplora la Ciencia.
El veintiocho de noviembre de 1842,a las cuatro de la tarde, fue
fusilado el Coronel Apolinar Morillo en la plaza principal, por el
delito de asesinato perpetrado en el Gran Mariscal de Ayacucho: dos
horas después de la ejecución se condujo el cadáver a la misma
iglesia de La Veracruz, en cuyo recinto se iban a ofrecer preces
por el descanso eterno del reo. Con el fin de que el cuerpo de
Morillo recuperara la posición natural y cupiera dentro de un ataúd
destapado fue necesario atarle los brazos, porque la rigidez
cadavérica lo dejó en la forzada actitud que le impuso la muerte al
expirar. El cadáver despedazado, yacía sobre la mesa, en el centro
del templo, velado con cuatro cirios amarillentos y rodeado de
curiosos que lo contemplaban de cerca cuando, en mala hora,
soltándose la cuerda que lo sujetaba, dio el cadáver dos bofetones
que produjeron una escena de indecible espanto en los
circunstantes, llegando algunos a creer que Morillo había
resucitado.
Cuando era cuartel de caballería la casa que hoy es propiedad de
la familia Valenzuela, al frente de la torre del templo de San
Francisco mató allí el General José María Meló al cabo Pedro Ramón
Quirós, lo que fue causa eficiente del motín militar que aquél
tramó y llevó a cabo en el mismo edificio, en donde se rindió con
su dictadura el cuatro de diciembre de 1854.Del mismo cuartel
conducía el Coronel José Manuel Montoya al oficial Pedro Arjona,
complicado en la conspiración de Sarda, cuando a poco andar, el
segundo mató al primero en la cuadra de San José, hoy calle 13.
De la torre de la iglesia de La Tercera partieron las balas que
en el mismo día cuatro de diciembre hirieron de muerte a los
Generales Tomás Herrera y Eusebio Mendoza y al Coronel Diego Caro
(a.
|El Cojo), en la bocacalle formada por la carrera 7a y la
calle 17.
En una tienda situada debajo de la casa contigua a la de los
señores Valenzuela, en la plazuela citada asesinó Teodoro Rivas a
su esposa en el año de 1846, delito por el cual lo fusilaron al
frente del sitio que hoy ocupa la estatua del General
Santander.
Don Carlos José Espinosa tuvo la desgracia de dar muerte a don
Valentín Pareja, quien lo atacó al llegar a su casa de habitación,
situada en el costado oriental del Parque de Santander. Allí mismo
mató un soldado, a bayonetazos, a un infeliz transeúnte en altas
horas de la noche, porque creyó que iba a causar daños en los
trabajos iniciados para erigir la estatua del
|Hombre de las
Leyes.
Diez personas conocidas, cuyos nombres debemos reservar, se han
suicidado en casas adyacentes al edificio de San Francisco.
Una mujer sin corazón arrojó al río la criatura que dio a luz
debajo del
|Puente de latas, y en una de las casuchas
contiguas se encontró profanada, la custodia de La Capuchina, en el
año de 1858.
En el claustro alto del antiguo convento de franciscanos dio
muerte don Manuel María Madiedo a don Leonardo Manrique, y algunos
días después un recluso abrió el vientre a un compañero que intentó
quitarle una papa de la ración.
A inmediaciones de la antigua
|Calle del Arco vivía el
subdito italiano don Juan Denasio con su esposa doña Ninfa
Mantilla. En una noche dormían tranquilamente en su alcoba, apenas
iluminada por la tenue luz que despedía la llama que, alimentada
con aceite, ardía al frente de una imagen de la
|Madona, de
la cual era devoto Denasioa esta circunstancia debió su
salvación el italiano.En altas horas de la noche entró
furtivamente un hombre a la casa de Denasio, con intención
manifiesta de asesinarlo, y lo hubiera conseguido si, merced a la
luz
|
de la lámpara, no lo hubiera visto doña Ninfa, en el
momento en que se preparaba el asesino a dar el golpe con un puñal
de dos filos, al que se asió desesperadamente aquélla, logrando con
su heroico arrojo salvar la vida de su esposo, bien que a costa
|
de sus manos inutilizadas, porque la cortada de las falanges
de los dedos al retener el arma homicida que le trataba de
arrebatar el malhechor, las dejó así.
Del antiguo colegio de San Buenaventura; anexo al expresado
convento de San Francisco, sacaron a don Andrés Aguilar, para
fusilarlo el diecinueve de julio de 1861.
Al lego cocinero de los franciscanos, conocido con el apodo de
|Sor Güela se le derramó encima el contenido de una caldera
en ebullición, accidente por el cual perdió el juicio. En un acceso
de locura se arrojó de la torre; pero tuvo la buena suerte de
quedarse engarzado de unos garfios de hierro que había en los
balcones: venciendo mil dificultades se logró bajarlo sin mayor
lesión, y, al verse en tierra, improvisó esta cuarteta:
Un lego de San Francisco
De la torre se arrojó.
¡Qué fortuna la del fraile,
Que hasta el suelo no llego!
El 10 de abril de 1864, día en que tomó posesión el doctor
Manuel Murillo Toro de la Presidencia de la República, por primera
vez, entró un toro furioso a la iglesia
|
de San Francisco a
tiempo que estaban en la misa de ocho: el celebrante se subió en el
altar mientras que el toro mató de una cornada a doña
|Pacha
Mogollón, señora de más de setenta años de edad.
Don Pablo Pontón pertenecía a la sociedad profana de
|Los
Capuchinos, la que dio tanto escándalo en Santafé. Tenía amores
con una joven que moraba en la casita baja, contigua a la iglesia
de La Tercera, después del tenebroso arco que allí había. Los dos
amantes se dieron cita para noche borrascosa, que son las a
propósito para el caso, en la vivienda de la muchacha, quien
esperaba a Pontón asomada a la ventana, de pie sobre un taburete, a
fin de alcanzar a la altura del postigo por donde sacó la cabeza;
pero quiso la desgracia que en el instante menos pensado, un
movimiento involuntario hiciera caer el taburete que le servía de
apoyo, sin darle tiempo a precaverse del accidente ni a asirse de
los balaustres de la ventana, cuyo postigo se cerró con violencia y
la estranguló. Cuando llegó Pontón y vio asomado a la ventana el
rostro de su predilecta con los ojos brotados de las órbitas y un
palmo de lengua afuera, creyó que era el diablo quien le hacía
gestos corrió a la puerta del convento de San Francisco, donde
esperó que amaneciera, hizo concesión general, y a pocos días murió
como reputado penitente.
En las elecciones de 1875para Presidente de la República, un
estudiante disparó su revólver sobre el General Santos Acosta,
frente a la mesa del jurado de votación que se instaló en el
costado sur del Parque de Santander: felizmente se encabritó el
caballo que montaba el General, y el noble bruto recibió el
balazo.
Al atravesar dicha plaza don Miguel Rodríguez, durante las
elecciones de 1879, recibió por equivocación, un balazo en el pecho
que lo invalidó de por vida.
Con lo expuesto creemos que hasta el más exigente quedará
satisfecho: basta la estadística de sucesos desgraciados ocurridos
en la plaza de San Francisco y sus alrededores, para demostrar
nuestra tesis.
II
Una de las más bellas perspectivas que presenta la Sabana de
Bogotá es el valle comprendido entre los puentes de El Común y de
Sopó, de Sur a Norte; los contrafuertes del páramo de La Calera, al
Oriente; y las colinas que forman el boquerón de Tabio, al
Occidente, dividido por el perezoso río Funza, de agua cenagosas,
que en sus crecientes inunda gran parte de las fértiles dehesas que
quedan a los lados de su lecho.
En la mitad del trayecto comprendido entre el puente de El Común
y el de Sopó, después de pasar la hacienda de
|Yerbabuena,
camino de por medio, se encuentra al Occidente la encantadora
heredad llamada
|Hatogrande, cuyo propietario, al tiempo de
la revolución de la Independencia, fue el presbítero español
Martínez Bujanda, desterrado en el año de 1819 por la vía de los
Llanos, en donde se internó sin que se volviera a saber más de
él.
Asegurado el triunfo de los patriotas vino la consiguiente
confiscación de bienes de los españoles, y contándose entre éstos
|Hatogrande, fue adjudicado al General Francisco de Paula
Santander, en pago de sus haberes militares, después de diez años
de servicios a la patria. De aquí tomó pie la maledicencia para
atribuir al General Santander la orden de desterrar al presbítero
Bujanda con el fin de apropiarse dicha hacienda.
A la muerte del General Santander pasó la hacienda de
|Hatogrande a ser propiedad de dos parientes inmediatos
suyos, los señores José Asunción y Antonio María Silva, sujetos
acaudalados, quienes la hubieron por compra hecha a los herederos
de dicho general, no como un negocio lucrativo, sino más bien con
el propósito de que ese campo no saliera de manos de la
familia.
Andando el tiempo, los señores Silvas hicieron construir la
espléndida vivienda que hoy admiramos en la mitad del llano,
dominada por la abrupta serranía que da a su vista un aspecto
fantástico.
De maneras insinuantes e inteligencia cultivada, vivían los dos
hermanos en estrecha intimidad. Don Antonio María recibió el título
de doctor en cirugía y medicina, profesiones que ejercía en casos
excepcionales, para servir a determinados amigos, o a los
menesterosos que imploraban sus auxilios: don José Asunción se
ocupaba en el comercio, para tener un centro de tertulia en su
almacén, situado frente al costado oriental del edificio de Santo
Domingo, más bien que por las ganancias que pudiera reportarle la
venta de mercancías, pues, por lo común, se veía asediado de amigos
que lo solicitaban para gozar con las agudezas y anécdotas que
menudeaban en su conversación, y esto ahuyentaba a los
compradores.
Don José Asunción reconocía por hijo al ameno y castizo escritor
Ricardo Silva, y don Antonio María a Guillermo, joven de porte
aristocrático y atrayente, quien, en un arrebato inmotivado de ira,
se despedazó el cráneo con un tiro de pistola, en la antigua casa
de
|Hatogrande el 24 de diciembre de 1860, cuando veraneaba
en ella con la familia de su padre.
A la sazón se entenebrecía el horizonte político, hasta que
estalló la tempestad de la guerra civil que todo lo conmovió.
Joaquín Suárez Fortoul, hermano de madre de los señores Silvas,
de arrogante presencia y valor heroico, según lo aclamó en 1854, en
ocasión solemne, el General Pedro Alcántara Herrán, autoridad suma
en asuntos de arrojo y serenidad en el peligro, se afilió
francamente a la bandera de la revolución, después de que
contribuyó a salvar la vida a varios de los presos que se fugaron
del Colegio de Nuestra Señora del Rosario en la tarde del 7 de
marzo de 1861. Todo sonreía a Joaquín en el mundo: una encantadora
mujer lo esperaba para unir su suerte a la del brioso adalid, y
coronar a un tiempo de azahares y laurel las sienes de su
prometido.
Las huestes revolucionarias se aproximaban a la capital para
librar el último combate que debía dar a los federalistas la
posesión del poder. El 14 de julio del mismo año de 1861, acampó el
ejército que comandaba el General Mosquera en el caserío de
Chapinero, y en un mismo vivac dormían, entre otros, Samuel
Guerrero, jefe del aguerrido escuadrón
|Calaveras, y Joaquín
Suárez. A la opaca claridad de la luna, vio éste que entró a la
tolda una mariposa negra y se le posó a los pies.
¡Yo no quiero morir! exclamó Suárez sobresaltado, e hizo
un movimiento brusco que obligó a la mariposa a levantarse; pero
ésta descendió sobre Guerrero que dormía.
Impresionado Joaquín con aquel ligero incidente que para muchos
tiene la importancia de un augurio funesto, escribió la siguiente
carta que revela el presentimiento de su muerte:
"Chapinero, 15 de julio de 1861, a las dos y media de
la tarde.
Señor don Manuel Suárez Fortoul.Honda.
Mi querido Manuel:
En este momento en que te pongo estos renglones, principia la
marcha del ejército para Bogotá. Quizá dentro de pocas horas
habremos muertos muchos; pero si así sucediere, tendremos la
satisfacción de haber cumplido con un deber sagrado y con una deuda
contraída con la Libertad y la República.
No tengo tiempo para más y mientras llega el indecible placer de
abrazarte, me repito tu más afectísimo hermano que te quiere,
Joaquin
Los hechos posteriores dieron la razón en aquella vez a la
creencia supersticiosa de que la persona a quien toca uno de
aquellos insectos, queda marcada con el hálito de la muerte.
Al dar Joaquín una carga brillante para restablecer el combate
comprometido en las trincheras del Alto de San Diego, el 18 del
mismo mes y año, cayó muerto instantáneamente por una bala que le
penetró en la masa cerebral por detrás de la oreja izquierda.
Consumado el triunfo de las armas liberales, llegó Samuel Guerrero
a la bocacalle formada por la carrera 7ª y la
calle
|
14
|: aquí otra bala, disparada al acaso, le
rompió el cráneo.
Las mismas manos de la que había preparado coronas para preciar
el amor y el heroísmo de su novio Joaquín Suárez, tejieron
guirnaldas de inmortales y yedra, empapadas en el llanto vertido
por ojos que ya eran sólo el reflejo de un corazón despedazado por
cruelísimo desengaño!
III
Calmados un tanto los odios de partido después de tres años de
lucha sangrienta, y reconstituido el país, empezó a restablecerse
la tranquilidad con la esperanza fincada en la próxima
administración del doctor Manuel Murillo Toro, quien se esforzó
por dar garantías a los vencidos, hasta exponer su prestigio entre
los exagerados liberales.
Sin compromisos políticos con ninguno de los bandos militantes,
a pesar de su filiación liberal, los señores Silvas creyeron que,
en su condición de ciudadanos pacíficos e inofensivos, podían
volver a sus tareas campestres, a las que habían tomado afición, y
pasar una temporada en la hermosa casa de
|Hatogrande, antes
de que entrara el invierno, que regularmente se presenta en esta
altiplanicie desde los primeros días de abril.
Un hecho de suyo inocente vino a ser la causa principal del
crimen que sumió a Bogotá en gran consternación.
Las exigencias de la guerra obligaron al General Mosquera a
decretar la emisión de billetes de Tesorería, amortizables en el
cuarenta por ciento del precio de la sal, lo que estableció el
comercio del artículo en grande escala, con el objeto de explotar
ese filón de las exhaustas arcas nacionales en provecho
particular: de aquí que se creyera por alguien, que un paseo de
los señores Silvas en esos días al pueblo de Sesquilé, hubiese
tenido por único móvil colocar billetes en esta salina hasta la
concurrencia de tres mil pesos, cuyo valor en metálico se suponía
que aquéllos guardaban en la casa de
|Hatogrande.
Aún se hacían sentir los estragos que causó en el país la guerra
civil de 1861 a 1863, no siendo el menor de éstos algunas partidas
de bandoleros formadas de individuos acostumbrados a vivir del
merodeo y la violencia, cuando estuvieron enrolados en guerrillas
aisladas sin sujeción a ningún cuerpo de ejército regular. Ya
habían sido víctimas de asaltos en altas horas de la noche varias
haciendas, sin que bastara a contener el mal el derecho de llevar
armas consigo y mantener un arsenal en cada vivienda, porque los
salteadores también disfrutaban de igual derecho, y no existía
policía rural ni guardas campestres que velaran por la seguridad
individual. Atendidas las anteriores consideraciones, los señores
Silvas cometieron grande imprudencia al permanecer en aquellos
tiempos en un campo aislado, sin medios eficaces de defensa para el
caso de un asalto.
Por el mismo tiempo tuvo aviso el Gobierno de que se proyectaba
un ataque a mano armada para apoderarse de los caudales que, con el
nombre de
|El entero de Zipaquirá, traían en cada semana a la
Tesorería General. Tomadas las precauciones convenientes se
salvaron los intereses de la Nación; pero a cambio de otras
víctimas escogidas por los bandoleros para indemnizarse del chasco
sufrido con el golpe frustrado.
En la hacienda de
|Hatogrande se ocupaba en el oficio de
ordeñador, Jorge Gordillo, conocido con el apoyo de
|Guayambuco, indio puro, de pequeña estatura, malicioso y
taimado, con todas las apariencias de un infeliz pobre de espíritu
y humilde por añadidura; pero que interiormente profesaba odio
inextinguible a la raza de los conquistadores: sabía de memoria el
siguiente código indígena que traza la conducta que deben observar
los aborígenes americanos:
«Un indio estaba muriendo
Y a su hijo le aconsejaba:
Has de saber, hijo mió,
Que un bien con un mal se paga.
iSi fueres
|
por un camino
Donde te dieren posada,
Róbate aunque sea el cuchillo,
Y vete a
|
la madrugada
|.
Si algún blanco te mandare
Que le
|
ensilles el caballo,
Déjale la cincha floja,
Y aunque se lo lleve el diablo.
Si algún negro te ocupare,
Sírvele por interés;
Y lo que mande al derecho,
Procura hacerlo al revés.
Estos consejos te doy
Por ser, hijo, de razón:
Si no lo hicieres asi,
Llevarás mi maldición».
|Guayambuco fue el Judas empleado por el espíritu del mal
para inspirar el crimen de
|Hatogrande.
Los bandidos llegaron el7 de abril de 1864 hasta
|Torquita, y aquí supieron por su espía, el indio Gordillo,
que la presa codiciada de
|El entero, llevaba camino de
Bogotá por la vía de Tenjo, fuera del alcance de sus garras.
Exasperados aquéllos con el
|robo que les hacía la suerte,
regresaron a sus guaridas cerca de Sopó: allá se les reunió
Gordillo para indicarles otra excursión.
Los patrones Silvas, les dijo, trajeron tres mil pesos de
Sesquilé, que yo ayudé a descargar y meter a la casa, porque vine
con ellos haciéndome el pegadizo. Duermen casi solos; el mayordomo
Cándido se queda en su rancho, y apenas los acompañan unas criadas
y dos muchachos.
Aceptado el proyecto de
|Guayambuco, los bandidos se
dirigieron el día 12 del mismo mes a la cima del cerro que domina
la casa de
|Hatogrande se ocultaron entre la maleza y
pedrejones, y se pusieron en atisbo a fin de orientarse para poner
en acción, el plan, que no era otro que el de asaltar la casa en
las primeras horas de la noche y ganar tiempo para volver a sus
habitaciones antes del amanecer. No se preocuparon
|
de los
alimentos porque el indio los proveyó de buen fiambre y licor
comprados en la venta cercana con el dinero que suministró el jefe
de la partida: en cuanto a los fusiles y lanzas que les sirvieron
para la consumación del delito, las tenían ocultas en el tamo de
una éra de trigo, de donde las sacaron al cerrar la noche,
repartiéndose cartuchos embalados y fulminantes.
Entretanto permanecían tranquilos los habitantes de la casa de
|Hatogrande, sin sospechar que se hallaban, como la res
inofensiva, bajo la amenaza de buitres alevosos y rapaces.
A la caída de la tarde del mismo día 12, recogieron el hato en
las corralejas de la hacienda, faena que presenciaban de ordinario
los señores Silvas para distraerse con el bullicio y animación que
despierta en el campo la llegada en tropel de las vacas acariciando
a sus crías, como si quisieran compensarlas por la forzada
separación nocturna, indispensable para ordeñar a las madres con
provecho, en la madrugada del día siguiente. Siempre nos ha llamado
la atención el sentimiento de la maternidad tan pronunciado en las
vacas, y el afanoso cariño con que vigilan su prole dando
impacientes y lastimeros bramidos.
Terminadas las labores campestres del día volvieron los señores
Silvas a la casa cuando la luz crepuscular empezaba a ser
reemplazada por la de la luna que esparce en la tierra tenue y
melancólica claridad. Recostados en muelles divanes de la sala,
departían tranquilamente los dos hermanos, cuyos gustos e
inclinaciones guardaron siempre la más completa armonía: un
sirviente los llamó a las ocho al comedor con el fin de servirles
el té, terminado el cual encendió cada uno su cigarro y reanudaron,
la conversación interrumpida en la sala.
La casa señorial de
|Hatogrande tiene la forma de cruz
latina extendida de oriente a poniente: en el extremo del brazo
norte quedaba el departamento de don Antonio María, y en el del sur
el de don José Asunción. El mástil de la cruz lo forman el
vestíbulo, el salón y dos piezas laterales, comedor, dos piezas
incomunicadas entre sí con entradas por los corredores respectivos,
y la glorieta construida para solazarse con el espléndido panorama
que de aquí domina la vista, circundada de amplias galerías,
edificada en el centro de patios y una avenida al frente principal,
todo encerrado entre paredes en cuyos ángulos noroeste y sureste
quedan la caballeriza y la lechería, respectivamente, y en el
centro la cocina: la lechería se comunica con la manga que conduce
a la corraleja situada al sureste de la casa, y más hacia el sur se
hallaba la casa sobre el camino, donde vivía el mayordomo Cándido
Rodríguez.
Apenas oscureció lo suficiente para no distinguirse los objetos
a larga distancia, descendieron lentamente los bandidos de la
colina: serían las ocho de la noche cuando atravesaron el camino y
entraron resueltamente al potrero del frente de la casa de
|Hatogrande, aproximándose a ésta en línea recta, saltando
los vallados y cercas que encontraron a su paso, hasta llegar al
patio que da al norte, donde los vio el sirviente Plácido
Rodríguez, desde la caballeriza.