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ASALTO A LA HACIENDA DE «LA HERRERA» V

     En pocas comarcas ha derramado la Providencia con tanta prodigalidad sus beneficios en favor del hombre, como en el pedazo de tierra que se llama la Sabana de Bogotá.

Atravesada de Norte a Sur por el manso y cenagoso Funza, que recoge los diversos tributarios que aumentan el caudal de sus aguas, dejando todos a su paso el depósito de limo fecundante que mantiene en perenne actividad la prodigiosa fuerza productora de su fértil suelo; bajo la influencia de un clima suave e igual, libre de los fríos y de los calores de la zona templada, y exenta de animales dañinos o venenosos; rodeada como inexpugnable fortaleza, por altas y azuladas montañas que le renuevan amorosas las brisas del purísimo ambiente que da la vida a sus moradores; protegida por razón de su altura sobre el nivel del mar, contra las asoladoras e implacables epidemias que dejan en otras partes una estela pavorosa de muerte y desolación; y lo que aún es mejor, habitada por una raza de carácter apacible, sin ambiciones, humilde y sencilla, apegada al suelo en que nace, vive y muere, amalgamada con la savia de sus conquistadores, a quienes recuerda con veneración, sin acordarse de las inútiles crueldades empleadas para sojuzgarla.

Corno consecuencia precisa de las favorables condiciones peculiares a la Sabana, el cultivo de su suelo y las demás empresas agrícolas a que se dedica, presentan extraordinarias facilidades para administrar las distintas secciones que la componen.

Antaño se veían en las cercanías de todos los pueblos de la altiplanicie, agrupaciones de indígenas que vivían en el padecito de tierra que, con la denominación de |resguardos, les adjudicaron las leyes de Indias y de la antigua Colombia, con prohibición de enajenarlas. En ellos mantenían los animales que les servían para conducir a los centros de consumo los cereales y demás artículos que cultivaban, y las ovejas que les proporcionaban la lana para vestirse; eran propietarios, y, por consiguiente, tenían cariño por el rancho y |la estancia en que vieron la luz, pasaron sus primeros años y conocieron a sus abuelos.

El aspecto de los resguardos era bellísimo en los tiempos de labores y recolección, por la diversidad de sementeras a que se dedicaban las estancias, que se distinguían de las haciendas por el conjunto heterogéneo de toda clase de artículos sembrados y cosechados simultáneamente.

El tipo de una estancia era común a las demás, pues ya se sabe la inclinación imitadora que domina a la raza de los aborígenes: un cercado o vallado formado con arbolocos, cerezos, carrizos, sauces, curubos y zarzas; en el centro, la casita cubierta con paja de trigo, angosto corredor al frente, y estrecha puerta de entrada a las habitaciones, sin ventana, o muy diminuta en el caso de haberla; por mueblaje, una maciza mesa y barbacoas para sentarse o acostarse; el zarzo del techo que servía de troje para los cereales y de guardarropa de la familia; en las paredes, sin blanquear, las imágenes de los santos de la devoción de cada cual, pero en primer lugar las de Nuestra Señora de Chiquinquirá, San Roque, Nuestra Señora del Carmen, en actitud de sacar almas del purgatorio, y algunas vitelas monstruosas; en un rincón, los zurrones de cuero para guardar la miel, y sobre ellos el |sillón o montura de la dueña de casa. Al frente de la choza una cocinita estrecha y ahumada que ostentaba, sin embargo, la limpia piedra de moler el |piste elemento indispensable para hacer la |mazamorra. En cuanto a vajilla, se componía de platos y cucharas de palo, totumas, tazas de barro ordinario |y pare de contar: solían tener alguno que otro plato o escudilla de loza; pero estas fincas permanecían guardadas sobre una tabla asegurada a las paredes por medio de estacas, para el caso solemne de la visita del amo cura o del patrón de la hacienda vecina.

No faltaban brazos para la agricultura, porque los gañanes tenían hogar fijo en donde se les podía encontrar, y éstos no se veían obligados a frecuentar las tabernas para proporcionarse el sustento diario, pues les era más fácil y económico alimentarse con lo que les llevaban de su propia casa.

Pero llegó un día feliz para los codiciosos de poseer buenas tierras a bajo precio, en el que se dijo que era una tiranía intolerable prohibir a los |ciudadanos la venta de su propiedad, y se dio la ley que permitió y permite la enajenación de los |resguardos.

No nos meteremos a discutir el mérito intrínseco de tal libertad; pero siguiendo el criterio del Evangelio—por sus frutos los conoceréis—haremos notar que, desde  entonces data el estado de miseria a que se vieron reducidos los que vendieron su patrimonio por mucho menos que el |plato de lentejas, y la emigración de los jornaleros en busca del bienestar perdido y de condiciones más propicias para ganar la vida.

Es cierto que la industria ha dado la mano a la agricultura, para sacarla airosa en los complicados trabajos del laboreo de las tierras y cultivos de los cereales, proporcionándole las máquinas con que supera en mucho el servicio que le pudieran prestar las fuerzas humanas que escasean  en progresión alarmante; pero en cambio ha desaparecido el encanto y alegre bullicio que reinaba en  los campos durante los tiempos de la siega y trilla del trigo y otros granos, porque aún no se había implantado entre nosotros el sistema de máquinas segadoras y trilladoras, en reemplazo de los brazos de nuestros indios.

Cuando empezaban a dorarse las espigas del trigo, se despachaba al mayordomo de la hacienda para que fuera a buscar segadores en los pueblos de Suesca, Sesquilé, Chocontá y en las demás agrupaciones de indígenas: por intermedio del alcalde y de éste con los |capitanes,   se contrataban los necesarios, y desde entonces empezaba una especie de emigración del norte al sur de la Sabana, llevando los jornaleros sus familias y enseres de cocina.

Los hombres segaban, y las mujeres y los muchachos hacían las pequeñas gavillas  y las reunían convenientemente, para que de allí las tomaran los encargados de conducirlas en carro, a la montonera, en donde iban haciendo los |montones o grandes gavillas de forma cónica, para preservar el grano de las inclemencias del tiempo.

Terminados los trabajos del día, se recogían los jornaleros a las enramadas en donde los esperaban sus esposas con las familias y la cena: allí era de verlos mascar a dos carrillos y triturar entre sus magníficas dentaduras, las habas y maíz tostados, parlando como loros y arrojándose unos a otros a la cara, al hablar, los residuos de lo que comían o bebían. Al fin el cansancio de la jornada y más que todo, el medio real de |chicha fuerte que se metían entre pecho y espalda, los dejaba mancornados en la actitud que los cogía Morfeo, roncando como leones rugientes, hasta que los despertaba el canto del gallo a la madrugada para volver alegres al trabajo.

Si se trataba de la trilla, esta labor tomaba el aspecto de verdadera fiesta campestre. Desde antes de rayar el alba se dividían los labriegos en cuadrillas: unos iban a recoger las yeguas con cuyos cascos desgranaban el trigo; otros desbarataban los montones y echaban las gavillas a la éra, o circo formado con estantillos y rejos, dentro del cual hacían dar vueltas, a escape y en confuso tropel, a las hembras con sus respectivas crías, que caían aquí para levantar allá, perseguidas por el muchacho arriero, armado de zurriago, que las animaba con alegres gritos y endechas pastoriles.

Separado el trigo del tamo y de la raspa, empezaba la tarea de traspalar y aventar el grano, a fin de dejarlo listo para entrojarlo: si rendía la parva, el patrón manifestaba su contento obsequiando a los trabajadores con sendos tragos de la |buena, y éstos, a su turno, se deshacían en felicitaciones al amo, diciéndole que Dios se lo dejara gozar, que |por el trigo somos cristianos.

Era tal el cariño que los indios tenían al trigo, que agujereaban la copa del sombrero para que por allí se llenara del precioso grano al aventarlo, por lo que había un empleado en la parva, sin otro oficio que sacudir el sombrero a los rateros.

Nada hay más propicio para despertar la verbosidad de los indios, como ponerlos a media |chispa o alumbrados, con algunas libaciones de chicha, que es su licor predilecto, y como en las faenas que dejamos bosquejadas es donde ellos se ponen en capacidad de estimar—a su modo—las cualidades requeridas en las buenas esposas, es allí donde puede estudiarse esa faz especialísima de tan humilde raza. A este respecto, es bien curioso el sistema adoptado por los indígenas para escoger la compañera que debe, no diremos compartir sino soportar todas las cargas del matrimonio, sin ninguna de sus ventajas.

No hay duda de que la belleza es relativa y que, en consecuencia, lo que a unos parece bonito, es feo para otros. El indio escoge por compañera a la india más robusta y fornida; pero sobre todo, la que él cree que puede trabajar por los dos. Es en las faenas agrícolas donde los aborígenes se deciden a tomar estado, observando atentamente a la aldeana que siega con más rapidez, la que recoge más gavillas, la que escobilla mejor el trigo, la que, llegado el caso, le pide la mancera del arado para presentar certamen de fuerza y pujanza en el manejo de tan pesado instrumento .

Es probable que el indio vea con desdén a las mujeres bien parecidas, entre otras razones, para no tomarse el trabajo de celarlas, si se tienen en cuenta las condiciones de estoicismo y suprema indiferencia que son peculiares de su raza.

Los asuntos matrimoniales los arreglan los indígenas con suma facilidad: después de la siega en que se trataron, viene la trilla para comprometerse y |amañarse; y en la repetición de la siega se aparecen los esposos con su respectiva prole, pues es muy raro el caso de que un indio falte a la palabra empeñada a una mujer. Eso sí, entienden y practican literalmente al revés el consejo, aunque no es consejo, de |compañera os doy y no siervo!

Pero descendiendo, por último, de las nebulosas, a donde nos hemos encumbrado, diremos que el desiderátum de los habitantes de esta altiplanicie, es tener en Bogotá casa para vivir, con tiendas para alquilar y hacienda en la Sabana que los haga ricos con pocas fatigas, y les proporcione al mismo tiempo un lugar ameno y de recreo para llevar las familias en las temporadas de verano.

Si hay en la Sabana algún panorama que merezca el nombre de magnífico, es sin disputa el que ofrece a la vista del espectador el valle encerrado entre el cerro de Serrezuela y las colinas adyacentes, al Oriente; el boquerón de la cordillera conocido con el nombre de |Boca del Monte de la Mesa, al Occidente; la cuchilla de la cordillera, al Norte, y las serranías de Fute, al Sur.

Reclinada sobre la falda occidental del precioso cerro de Serrezuela, está edificada la antigua casa de la hacienda de |La Herrera, que domina el bellísimo y espacioso lago alimentado por las aguas de los ríos Bojacá y Serrezuela, en donde abundan el exquisito pescado capitán, los sustanciosos cangrejos, y millares de aves acuáticas que viven retozando entre los juncales y malezas que visten las diversas islas que se levantan de su seno, como ramilletes flotantes que parece llevaran en sí el germen de la vida, puesto que en esos sitios moran confundidos como si fuesen individuos de un mismo género, especie y familia, las tórtolas, chirlovirlos, caicas, gallinetas, garzas, correlonas, chorlitos, cuervos, guacos, grullones, conejos, curies y armadillos, sin contar los diferentes patos de emigración que, en cantidades innúmeras, se posan confiados en aquellas tentadoras linfas,  en donde los sorprende la muerte que les envía el experto cazador. Para hallar en el mundo una perspectiva superior en belleza, hay necesidad de ir a buscarla en los lagos de Garda de Como, en Italia.

Apenas terminada la prolongada guerra civil que aniquiló al país durante el tiempo transcurrido de 1861 a 1863,volvió don Juan Evangelista Manrique a tomar posesión, de la hacienda aludida, por cuanto es cosa averiguada entre nosotros que desde el primer pronunciamiento que tiene lugar queda establecida la ley del más fuerte, y la propiedad rural pasa a ser un mito que sólo descifra en favor propio cualquier partida  que prende banderola en el asta de una lanza y se bautiza con el nombre de beligerante.

Para recoger los animales que por inútiles o por cualquiera otra razón independiente de la voluntad de los guerreadores de entonces, existían abandonados, y establecer al mismo tiempo los trabajos agrícolas después del espantoso cataclismo, se fue a vivir en. la casa citada don Carlos Manrique, hijo de don Juan Evangelista, en unión de su virtuosa esposa, doña Amelia Convers; de dos hermosos niños, hijos de tan feliz matrimonio, y de la servidumbre de la familia.

Los edificios que formaban la antigua casa solariega, con apariencia de feudal, se componían de dos tramos: uno de construcción sólida, provisto de espaciosas piezas y corredores, con capacidad suficiente para alojar con holgura una familia numerosa, que era el ocupado por el doctor Manrique y los suyos; y otro pajizo en que se alojaban los huéspedes que solían pernoctar en la casa, estaba destinado también para servir de troje a los productos de la hacienda y a depósito de las velas que se fabricaban en la misma, a fin de aprovechar el sebo, que en esa época estaba depreciado, y procurarse, en buenas condiciones, aquel artículo  de primera necesidad.

No faltará quien califique de imprudente al doctor Manrique, por el hecho de ir a habitar con su familia una hacienda aislada, cercana a terrenos fragosos cruzados por varios caminos, inmediatamente después de pasada una revolución que lo conmovió todo y que estableció por lo pronto la completa inseguridad en los campos; pero aquél se haría la reflexión de que |quien no la debe no la teme; y como en su carácter de médico prestaba servicios a todos los que lo ocupaban, regalándoles las drogas por añadidura, con lo cual hacía lo que el sastre del Campillo, que |cosía de balde y ponía la hebra; como ninguno llamó a su puerta sin salir atendido; como el mejor empleo que daba a su dinero era el de servir a los amigos o indiferentes que se valían de él y, en una palabra, como jamás recorrió un camino sin encontrar personas que le manifestaran cariño y estimación personal, creyó que podía vivir tranquilo.

Tenía y no tenía razón el doctor Manrique; pero de seguro olvidaba la máxima de Luis XIII, rey de Francia, quien cada vez que concedía alguna gracia, exclamaba: "¡Acabo de hacer un ingrato!"

En los últimos días de octubre del mismo año, llegó a |La Herrera un viajero cuyo aspecto le denunciaba como habitante de los países cálidos. La aparición de una persona extraña en los campos causa siempre novedad en la familia, y por eso los moradores de la casa acudieron al corredor desde el cual se divisa la entrada a la hacienda, ansiosos de adivinar el nombre del huésped. Al fin se acercó éste lo suficiente para ser conocido, e instantáneamente exclamaron el señor Manrique y su esposa:—¡Don Bartolomé Moreno!

Era don Bartolomé natural de Sogamoso; pero podía decirse que era |llanero porque había pasado la mayor parte de su vida en Casanare, ya como militar a las órdenes de Cisneros, siendo aún muy joven, ya como negociante para introducir ganados del Llano a las antiguas provincias de Tunja y Tundama. Frisaba a la sazón en los sesenta octubres; pero así y todo, era hombre robusto y esforzado, despierto, hablador, con el marcado aire de franqueza inherente a los calentanos acostumbrados a vivir afrontando toda clase de peligros y sin sujeción a nadie.

Cansado de vivir en los Llanos, venía en busca de su amigo el doctor Carlos, con el objeto de proponerle que le arrendara |La Herrera: creía que a su avanzada edad debía proporcionarse un modo de vivir exento de los peligros y sobresaltos consiguientes a la manera de ser del |llanero.

En efecto: la mejor escuela que puede ofrecerse al hombre que quiera acostumbrarse a vivir en constante alarma y en donde todo se conjura para aniquilarlo, es sin disputa la que se encuentra en la región oriental de Colombia, en las inmensas e imponentes llanuras que se extienden hasta el Atlántico, encerradas por los gigantes que se llaman Meta, Amazonas y Orinoco. Parece que celoso ese territorio de su salvaje libertad, opone al hombre que trata de civilizarlo, vallas insuperables para el logro de sus deseos, y, realmente, pasarán muchos años antes de que la raza humana pueda sentar domicilio tranquilo en aquel suelo inhospitalario, en donde la exuberancia de prodigiosa vegetación, carboniza la sangre por los gases deletéreos que allí se exhalan en cantidades inmensurables.

Cinco meses de lluvias torrenciales que inundan los terrenos planos y dejan apenas asomar las achatadas colinas, y siete meses de verano abrasador bajo un sol de fuego, son las dos únicas estaciones que allá imperan. Sin el menor rastro de guijarro o de piedras, indispensables para la construcción de sólidos edificios y para los diversos usos domésticos; plagado el suelo de víboras como la |mapanare, cuyo veneno mata instantáneamente; de jaguares traidores que viven acechando los miserables ranchos que prestan algún abrigo a sus moradores, de quienes puede decirse que tienen que dormir con un solo ojo a fin de velar con el otro, para no ser devorados por aquéllos y por los millones de asquerosos murciélagos que pululan en el aire desde que el sol se oculta en el horizonte; llenos los ríos de alevosas |rayas y de atrevidos peces |tembladores, cuyas descargas eléctricas postran al que tocan; sin más mueblaje para la comodidad personal que una hamaca |—chinchorro de palma de moriche—para dormir, y calaveras de caimán para descansar; tomando café negro por toda bebida, clarificado por medio de un tizón sumergido entre el líquido; alimentándose con carne sin sal, |sancochada por sudor del caballo y el peso del jinete que la hace servir de sudadero de su montura; y por sobre todos los inconvenientes someramente relatados, teniendo que desafiar la ferocidad de los pérfidos indios |goajivos que |abren vivo al desgraciado blanco que cae en sus manos. Se vive allá una vida excepcional y heroica, apenas conocida en el mundo civilizado por algunos  atrevidos geógrafos y exploradores.

La guerra franca u |oficial había terminado en el tiempo a que nos referimos; pero la guerra personal, y especialmente la que hacían los merodeadores de ambos partidos contra la propiedad, continuaba en toda su fuerza y vigor: éstos no se conformaban con vivir del trabajo honrado sino que se quedaron con el resabio de atrapar las cosas donde las encontraban o de ir a tomarlas donde les conviniera; pero como el método que pensaban poner en planta presentaba para su ejecución algunas dificultades en las poblaciones, creyeron más conveniente a sus intereses, implantarlo en los campos o haciendas.

En esa vez llegó su turno a la de |La Herrera.

Don Bartolomé permanecía alojado en el departamento pajizo de la casa, formado por una sala con su respectiva alcoba: la mayor parte del tiempo la pasaba en la casa grande, divirtiendo a su amigo don Carlos y a la señora de éste, con las interminables relaciones de sus aventuras guerreras, amorosas o comerciales; pero concluía siempre con un |Delenda est Carthago, es decir, con su "arriéndeme la hacienda, mi doctor". Esto era en lo que menos pensaba el doctor, y así se lo dejaba comprender al |llanero a quien obsequiaba y atendía con la mayor galantería. En uno de estos días, como obedeciendo a un presentimiento irresistible, al mismo tiempo que cedía a la inclinación de regalar algo el doctor Manrique tomó un trabuco antiguo que tenía cargado hasta la boca, y, presentándolo a su huésped, le dijo: acépteme esta finquita, que usted, como buen militar y |llanero debe saber manejarla a maravilla!

jLa Providencia se vale a veces de los medios más lejanos o indirectos cuando quiere salvar o castigar! Si se pide una prueba de nuestra aserción, bastará fijarse en el hecho. aparentemente casual, de venir don Bartolomé desde lejanas tierras, en solicitud del predio cuyos moradores debía salvar con el arma que éstos a su vez ponían en sus manos por un acto de generosidad.

A las once de la noche del3 de noviembre de 1863 ladró con violencia la perra |Zulema compañera de los dos niños que entonces hacían las delicias del doctor Manrique y de su digna esposa. Todo fue oírla Moreno y comprender, como hombre experimentado, que esos ladridos expresaban un peligro inminente . Salió al corredor y se encontró de manos a boca con varios individuos de aspecto poco tranquilizador.

—¿Qué quieren? les preguntó don Bartolomé.

—Somos gente del Gobierno y venimos a rondar la casa, le contestaron los interpelados.

—Aguarden, que voy a encender vela, replicó Moreno.

Convencido el |llanero de que se trataba de un ataque a la casa, empezó por el principio: sacó de sus baúles las mochilas que tenía con dinero y las escondió entre la malva que crecía en el solar contiguo a la alcoba; se aprovechó para salir, de la falta de un balaustre en la ventana; entregó la vela encendida a un |chino que lo acompañaba, tomó el trabuco del regalo y se colocó en acecho en la ventana, para |despachar al primer asaltante  que se presentara, lo que sucedió en realidad. Uno de los bandoleros vio a don Bartolomé y le tendió el rifle; pero éste se anticipó disparando su trabuco, con cuya detonación se apagó la vela y se produjo completa oscuridad.

Al ruido de los disparos despertó la señora de Manrique. Aún no había abierto los labios para llamar, cuando entró a la alcoba la cocinera, poseída de terror, diciendo a su señora que había ladrones en la casa. El señor Manrique saltó presuroso del lecho e inconscientemente iba a encender luz; pero por fortuna cayó en la cuenta de que en esos casos es más conveniente permanecer a oscuras.

Las tinieblas no debían de agradar a los bandidos porque, previamente,—guiados por Cayetano Correa, que conocía los usos y costumbres de la casa, e iba esa noche a pagar como villano la deuda de gratitud que lo atormentaba día y noche, contraída para con su patrón Manrique, quien lo había salvado días antes de fulminante pulmonía,—se apoderaron de gran cantidad de velas que estaban colgadas en los corredores de la casa pajiza, y las encendieron y colocaron convenientemente, a fin de ver bien lo que hacían.

Así las cosas, pusieron sitio formal a las casas de la hacienda, rompieron los fuegos sobre todas las puertas y ventanas de los edificios, y gritaban al doctor Manrique que les entregara diez mil pesos de rescate por él y su familia, porque de lo contrario los matarían sin misericordia.

El enemigo con que tenían que medirse en desigual pelea, se componía de veinte bandidos capitaneados por el terrible cuadrillero Jacinto Romero, armados de magníficos rifles y provistos de abundantes municiones.  Los de adentro contaban con una escopeta de dos cañones, sin medios para reponer la carga después de dispararla; con un padre de familia en incapacidad de defender su hogar; con tres sirvientas medio muertas de miedo; con dos niños en sus cunas, y con una madre que veía seriamente comprometido lo que tenía de más caro en la vida: ¡el esposo y los hijos!

El lector se imaginará a la familia Manrique dominada por el pánico dispuesta a dejarse sacrificar como corderos, o implorar piedad de sus desalmados agresores porque les era imposible pagar el rescate exigido. No vacilamos en asegurar que si hubieran tenido el dinero, se habrían desprendido de él con buena voluntad, a cambio de tranquilizar a la angustiada familia; pero no lo había y era preciso dominar la situación a todo trance, o estaban perdidos irremisiblemente.

Tal vez en otras circunstancias no habría desplegado el doctor Manrique el valor y serenidad a que debió su salvación y la de su familia en aquella noche terrible; y decimos tal vez, porque no sabemos que hiciera gala en alguna otra ocasión de ser inclinado a travesuras bélicas; pero lo que fue entonces, mereció el calificativo de valiente.

Y no podía ser de otro modo: nuestro doctor creía tener por compañera a una matrona de carácter dulce, consagrada a la educación de sus hijos—uno de los cuales debía llegar a ser algún día gloria científica del país, y otro descollar en el campo del arte;—en una palabra, sabía que su esposa era como la generalidad de las colombianas, el centro y calor del hogar doméstico, que embalsaman con sus relevantes virtudes y sincera piedad, sin rival en el mundo; pero ignoraba que el cielo lo tenía unido a una mujer que en Sagunto y Numancia no habría pasado inadvertida!

Nada hemos visto tan sublime e imponente como el sentimiento de la maternidad, herido en el fruto del amor; y si a esta causa se añade la circunstancia de hallarse de por medio la suerte del esposo idolatrado, oh! entonces la madre y esposa olvida la débil envoltura de su sexo para transformarse en heroína capaz de llegar a donde no alcanzó ningún hombre. En este caso se hallaba la señora | de | Manrique.

Don Carlos intentó salir por una puerta excusada, pero se lo impidió la presencia de Correa, quien estaba allí de centinela: quedaron, pues, en la casa el doctor Manrique, con su escopeta, su valerosa consorte, dos niños en sus cunas, y tres sirvientas, sosteniendo un asalto a sangre y fuego.

La señora de Manrique, en su condición de madre cristiana, dio principio a su heroica defensa, dirigiéndose a tientas y en ademán resuelto, hacia una imagen de la Virgen de las Mercedes, de cuya advocación era muy devota: allí se postró de rodillas y pidió a la Madre del Redentor, con absoluta confianza, la vida de los suyos, y le ofreció, en cambio, consagrarle la criatura que próximamente debía ver la luz.

¡Era una madre en suprema angustia, que acudía a otra madre poseedora del poder supremo!

Algo inexplicable que le infundiera valor debió sentir aquélla, porque se levantó serena y altiva; se dirigió a su esposo y le dijo con un acento de voz que revelaba la mayor resolución y tranquilidad de espíritu: opongamos la astucia a la fuerza y ganaremos tiempo hasta que amanezca. jLa Virgen peleará por nosotros!

Entonces principió entre esos padres  de familia la escena más cómica imaginable, como para evidenciar que los extremos se tocan: el señor Manrique daba voces de mando iguales a las que daría Ricaurte en San Mateo, y su valerosa consorte cerraba, alternativamente, con estrépito una caja, a fin de hacer creer a los bandidos que se les hacía fuego de adentro. Hubo un instante en que se aproximó a una de las puertas uno de los asaltantes. El señor Manrique no tenía que hacer para matarlo sino disparar a quemarropa; pero debemos decir en honor suyo, que pudo más en él la repugnancia de quitar la vida a un hombre, aun en propia defensa, que la consideración del peligro que tanto él como todos los suyos estaban afrontando casi inermes, después de dos horas de furioso ataque.

En medio del fragor del combate, el señor Manrique y su esposa se acordaron de don Bartolomé. Juzgaron que lo habrían asesinado, porque no daba señales de estar en la casa; afortunadamente no fue así.

Después de que el |llanero disparó su trabuco, alcanzó a ver caer uno de los ladrones; pero como no tenía medio de reponer la carga del arma, aprovechó el momento de oscuridad para romper por entre los bandidos, jugando así |el todo por el todo a fin de ir a las habitaciones cercanas en busca de auxilio.  Tan feliz inspiración se vio coronada de éxito completo: llegó jadeante a la vecina venta de |El Alto, en donde encontró alojados a los vivanderos que iban al mercado de La Mesa. Sabedores éstos de lo que pasaba en |La Herrera, se prestaron gustosos para ir a salvar a la familia asaltada; mas apenas oyeron los disparos de los bandidos, se acobardó la mayor parte y sólo unos pocos siguieron a don Bartolomé .

Llegado el refuerzo a inmediaciones  del campo de batalla, desplegó su táctica |el llanero, la que consistió en dar voces de mando en la suposición de que tenía bajo sus órdenes un ejército compuesto de infantería y caballería. Los ladrones cayeron en el garlito y empezaron a retirarse en buen orden, pero haciendo fuego sobre la casa.

Despejado el campo entró el bravo |llanero a la casa, pavoneándose del triunfo y diciendo a la señora de Manrique, que trémula de emoción, tenía en su regazo a sus dos asustados hijos:

—Mi señora, muchas veces me encontré con el tigre frente a frente en los Llanos y no sentí miedo; pero en esta noche sí hubo un momento en que parecía azogado!. . . ¿Ya ve que les conviene arrendarme la hacienda?

La señora de Manrique se hacía lenguas para alabar la misericordia de la Reina de los Cielos que los había salvado a todos de muerte segura. En efecto: fue una circunstancia digna de notarse, que los bandidos atacaron las puertas que presentaban sólidos obstáculos, sin que se les ocurriera hacerlo con aquellas en que habría bastado ligero esfuerzo para abrirlas; además, ninguno de los de la casa estaba herido, no obstante el gran número de balazos que habían dirigido los asaltantes: en la cabecera de la cama de uno de los niños se halló incrustada una bala de a onza.

Muy de mañana partió el señor Manrique para Bogotá, con el objeto de poner en conocimiento de la autoridad el ataque en que estuvo a punto de sucumbir con toda su familia. Al llegar a Fontibón, observó un |guando que conducían, varios hombres:  supuso que sería algún enfermo que se hacía llevar en busca de recursos médicos; pero después supo que aquél no era otro sino el bandido que derribó |el llanero al disparar el trabuco, a quien descubrieron en una tienda cerca del antiguo |Molino del Cubo.

Poca cosa hizo la autoridad para castigar a los culpables de aquel crimen, probablemente porque en esa época se aseguró que en una riña que tuvieron las virtudes cardinales: la Fortaleza quedó coja, manca la Templanza, ciega la Prudencia y la Justicia |tuería.

Mejor lo hicieron los vecinos de Pandi, la tierra natal del facineroso Romero. Este logró |transponerse al Tolima, en donde continuó sus depredaciones con buen éxito, hasta que cometió otro asesinato, por el que lo aprehendieron y remitieron con dirección a la capital; pero al pasarlo por aquel pueblo, sus compatriotas resolvieron |lincharlo, de lo cual resultó un bandido menos y un demonio más!

En fin de fines, don Bartolomé se salió con la suya, entre otras razones, porque el señor Manrique resolvió desprenderse de la hacienda de |La Herrera de la que conservaba penosos recuerdos. Allí hizo muy buenos reales el infatigable |llanero.

Poco tiempo después de los sucesos que dejamos narrados, la señora de Manrique dio a luz una hermosa niña, a la que se le puso el nombre de María Mercedes, para cumplir la promesa hecha en hora solemne!

No hay duda de que en el cielo debe regir también el derecho de propiedad, puesto que la Virgen reclamó el ángel que le pertenecía, antes de que probara el acíbar que ofrece el mundo a los mortales: María Mercedes voló al cielo dejando a sus solícitos padres sumidos en el dolor, pero resignados por el cumplimiento de lo pactado.

 

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