ASALTO A LA HACIENDA DE «LA HERRERA»
V
En pocas comarcas ha derramado la Providencia con tanta
prodigalidad sus beneficios en favor del hombre, como en el pedazo
de tierra que se llama la Sabana de Bogotá.
Atravesada de Norte a Sur por el manso y cenagoso Funza, que
recoge los diversos tributarios que aumentan el caudal de sus
aguas, dejando todos a su paso el depósito de limo fecundante que
mantiene en perenne actividad la prodigiosa fuerza productora de su
fértil suelo; bajo la influencia de un clima suave e igual, libre
de los fríos y de los calores de la zona templada, y exenta de
animales dañinos o venenosos; rodeada como inexpugnable fortaleza,
por altas y azuladas montañas que le renuevan amorosas las brisas
del purísimo ambiente que da la vida a sus moradores; protegida por
razón de su altura sobre el nivel del mar, contra las asoladoras e
implacables epidemias que dejan en otras partes una estela pavorosa
de muerte y desolación; y lo que aún es mejor, habitada por una
raza de carácter apacible, sin ambiciones, humilde y sencilla,
apegada al suelo en que nace, vive y muere, amalgamada con la savia
de sus conquistadores, a quienes recuerda con veneración, sin
acordarse de las inútiles crueldades empleadas para sojuzgarla.
Corno consecuencia precisa de las favorables condiciones
peculiares a la Sabana, el cultivo de su suelo y las demás empresas
agrícolas a que se dedica, presentan extraordinarias facilidades
para administrar las distintas secciones que la componen.
Antaño se veían en las cercanías de todos los pueblos de la
altiplanicie, agrupaciones de indígenas que vivían en el padecito
de tierra que, con la denominación de
|resguardos, les
adjudicaron las leyes de Indias y de la antigua Colombia, con
prohibición de enajenarlas. En ellos mantenían los animales que les
servían para conducir a los centros de consumo los cereales y demás
artículos que cultivaban, y las ovejas que les proporcionaban la
lana para vestirse; eran propietarios, y, por consiguiente, tenían
cariño por el rancho y
|la estancia en que vieron la luz,
pasaron sus primeros años y conocieron a sus abuelos.
El aspecto de los resguardos era bellísimo en los tiempos de
labores y recolección, por la diversidad de sementeras a que se
dedicaban las estancias, que se distinguían de las haciendas por el
conjunto heterogéneo de toda clase de artículos sembrados y
cosechados simultáneamente.
El tipo de una estancia era común a las demás, pues ya se sabe
la inclinación imitadora que domina a la raza de los aborígenes: un
cercado o vallado formado con arbolocos, cerezos, carrizos, sauces,
curubos y zarzas; en el centro, la casita cubierta con paja de
trigo, angosto corredor al frente, y estrecha puerta de entrada a
las habitaciones, sin ventana, o muy diminuta en el caso de
haberla; por mueblaje, una maciza mesa y barbacoas para sentarse o
acostarse; el zarzo del techo que servía de troje para los cereales
y de guardarropa de la familia; en las paredes, sin blanquear, las
imágenes de los santos de la devoción de cada cual, pero en primer
lugar las de Nuestra Señora de Chiquinquirá, San Roque, Nuestra
Señora del Carmen, en actitud de sacar almas del purgatorio, y
algunas vitelas monstruosas; en un rincón, los zurrones de cuero
para guardar la miel, y sobre ellos el
|sillón o montura de
la dueña de casa. Al frente de la choza una cocinita estrecha y
ahumada que ostentaba, sin embargo, la limpia piedra de moler el
|piste elemento indispensable para hacer la
|mazamorra.
En cuanto a vajilla, se componía de platos y cucharas de palo,
totumas, tazas de barro ordinario
|y pare de contar: solían
tener alguno que otro plato o escudilla de loza; pero estas fincas
permanecían guardadas sobre una tabla asegurada a las paredes por
medio de estacas, para el caso solemne de la visita del amo cura o
del patrón de la hacienda vecina.
No faltaban brazos para la agricultura, porque los gañanes
tenían hogar fijo en donde se les podía encontrar, y éstos no se
veían obligados a frecuentar las tabernas para proporcionarse el
sustento diario, pues les era más fácil y económico alimentarse con
lo que les llevaban de su propia casa.
Pero llegó un día feliz para los codiciosos de poseer buenas
tierras a bajo precio, en el que se dijo que era una tiranía
intolerable prohibir a los
|ciudadanos la venta de su
propiedad, y se dio la ley que permitió y permite la enajenación de
los
|resguardos.
No nos meteremos a discutir el mérito intrínseco de tal
libertad; pero siguiendo el criterio del Evangeliopor sus
frutos los conoceréisharemos notar que, desde entonces data
el estado de miseria a que se vieron reducidos los que vendieron su
patrimonio por mucho menos que el
|plato de lentejas, y la
emigración de los jornaleros en busca del bienestar perdido y de
condiciones más propicias para ganar la vida.
Es cierto que la industria ha dado la mano a la agricultura,
para sacarla airosa en los complicados trabajos del laboreo de las
tierras y cultivos de los cereales, proporcionándole las máquinas
con que supera en mucho el servicio que le pudieran prestar las
fuerzas humanas que escasean en progresión alarmante; pero en
cambio ha desaparecido el encanto y alegre bullicio que reinaba en
los campos durante los tiempos de la siega y trilla del trigo y
otros granos, porque aún no se había implantado entre nosotros el
sistema de máquinas segadoras y trilladoras, en reemplazo de los
brazos de nuestros indios.
Cuando empezaban a dorarse las espigas del trigo, se despachaba
al mayordomo de la hacienda para que fuera a buscar segadores en
los pueblos de Suesca, Sesquilé, Chocontá y en las demás
agrupaciones de indígenas: por intermedio del alcalde y de éste con
los
|capitanes, se contrataban los necesarios, y desde
entonces empezaba una especie de emigración del norte al sur de la
Sabana, llevando los jornaleros sus familias y enseres de
cocina.
Los hombres segaban, y las mujeres y los muchachos hacían las
pequeñas gavillas y las reunían convenientemente, para que de allí
las tomaran los encargados de conducirlas en carro, a la montonera,
en donde iban haciendo los
|montones o grandes gavillas de
forma cónica, para preservar el grano de las inclemencias del
tiempo.
Terminados los trabajos del día, se recogían los jornaleros a
las enramadas en donde los esperaban sus esposas con las familias y
la cena: allí era de verlos mascar a dos carrillos y triturar entre
sus magníficas dentaduras, las habas y maíz tostados, parlando como
loros y arrojándose unos a otros a la cara, al hablar, los residuos
de lo que comían o bebían. Al fin el cansancio de la jornada y más
que todo, el medio real de
|chicha fuerte que se metían entre
pecho y espalda, los dejaba mancornados en la actitud que los cogía
Morfeo, roncando como leones rugientes, hasta que los despertaba el
canto del gallo a la madrugada para volver alegres al trabajo.
Si se trataba de la trilla, esta labor tomaba el aspecto de
verdadera fiesta campestre. Desde antes de rayar el alba se
dividían los labriegos en cuadrillas: unos iban a recoger las
yeguas con cuyos cascos desgranaban el trigo; otros desbarataban
los montones y echaban las gavillas a la éra, o circo formado con
estantillos y rejos, dentro del cual hacían dar vueltas, a escape y
en confuso tropel, a las hembras con sus respectivas crías, que
caían aquí para levantar allá, perseguidas por el muchacho arriero,
armado de zurriago, que las animaba con alegres gritos y endechas
pastoriles.
Separado el trigo del tamo y de la raspa, empezaba la tarea de
traspalar y aventar el grano, a fin de dejarlo listo para
entrojarlo: si rendía la parva, el patrón manifestaba su contento
obsequiando a los trabajadores con sendos tragos de la
|buena, y éstos, a su turno, se deshacían en felicitaciones
al amo, diciéndole que Dios se lo dejara gozar, que
|por el trigo
somos cristianos.
Era tal el cariño que los indios tenían al trigo, que
agujereaban la copa del sombrero para que por allí se llenara del
precioso grano al aventarlo, por lo que había un empleado en la
parva, sin otro oficio que sacudir el sombrero a los rateros.
Nada hay más propicio para despertar la verbosidad de los
indios, como ponerlos a media
|chispa o alumbrados, con
algunas libaciones de chicha, que es su licor predilecto, y como en
las faenas que dejamos bosquejadas es donde ellos se ponen en
capacidad de estimara su modolas cualidades requeridas
en las buenas esposas, es allí donde puede estudiarse esa faz
especialísima de tan humilde raza. A este respecto, es bien curioso
el sistema adoptado por los indígenas para escoger la compañera que
debe, no diremos compartir sino soportar todas las cargas del
matrimonio, sin ninguna de sus ventajas.
No hay duda de que la belleza es relativa y que, en
consecuencia, lo que a unos parece bonito, es feo para otros. El
indio escoge por compañera a la india más robusta y fornida; pero
sobre todo, la que él cree que puede trabajar por los dos. Es en
las faenas agrícolas donde los aborígenes se deciden a tomar
estado, observando atentamente a la aldeana que siega con más
rapidez, la que recoge más gavillas, la que escobilla mejor el
trigo, la que, llegado el caso, le pide la mancera del arado para
presentar certamen de fuerza y pujanza en el manejo de tan pesado
instrumento .
Es probable que el indio vea con desdén a las mujeres bien
parecidas, entre otras razones, para no tomarse el trabajo de
celarlas, si se tienen en cuenta las condiciones de estoicismo y
suprema indiferencia que son peculiares de su raza.
Los asuntos matrimoniales los arreglan los indígenas con suma
facilidad: después de la siega en que se trataron, viene la trilla
para comprometerse y
|amañarse; y en la repetición de la
siega se aparecen los esposos con su respectiva prole, pues es muy
raro el caso de que un indio falte a la palabra empeñada a una
mujer. Eso sí, entienden y practican literalmente al revés el
consejo, aunque no es consejo, de
|compañera os doy y no
siervo!
Pero descendiendo, por último, de las nebulosas, a donde nos
hemos encumbrado, diremos que el desiderátum de los habitantes de
esta altiplanicie, es tener en Bogotá casa para vivir, con tiendas
para alquilar y hacienda en la Sabana que los haga ricos con pocas
fatigas, y les proporcione al mismo tiempo un lugar ameno y de
recreo para llevar las familias en las temporadas de verano.
Si hay en la Sabana algún panorama que merezca el nombre de
magnífico, es sin disputa el que ofrece a la vista del espectador
el valle encerrado entre el cerro de Serrezuela y las colinas
adyacentes, al Oriente; el boquerón de la cordillera conocido con
el nombre de
|Boca del Monte de la Mesa, al Occidente; la
cuchilla de la cordillera, al Norte, y las serranías de Fute, al
Sur.
Reclinada sobre la falda occidental del precioso cerro de
Serrezuela, está edificada la antigua casa de la hacienda de
|La
Herrera, que domina el bellísimo y espacioso lago alimentado
por las aguas de los ríos Bojacá y Serrezuela, en donde abundan el
exquisito pescado capitán, los sustanciosos cangrejos, y millares
de aves acuáticas que viven retozando entre los juncales y malezas
que visten las diversas islas que se levantan de su seno, como
ramilletes flotantes que parece llevaran en sí el germen de la
vida, puesto que en esos sitios moran confundidos como si fuesen
individuos de un mismo género, especie y familia, las tórtolas,
chirlovirlos, caicas, gallinetas, garzas, correlonas, chorlitos,
cuervos, guacos, grullones, conejos, curies y armadillos, sin
contar los diferentes patos de emigración que, en cantidades
innúmeras, se posan confiados en aquellas tentadoras linfas, en
donde los sorprende la muerte que les envía el experto cazador.
Para hallar en el mundo una perspectiva superior en belleza, hay
necesidad de ir a buscarla en los lagos de Garda de Como, en
Italia.
Apenas terminada la prolongada guerra civil que aniquiló al país
durante el tiempo transcurrido de 1861 a 1863,volvió don Juan
Evangelista Manrique a tomar posesión, de la hacienda aludida, por
cuanto es cosa averiguada entre nosotros que desde el primer
pronunciamiento que tiene lugar queda establecida la ley del más
fuerte, y la propiedad rural pasa a ser un mito que sólo descifra
en favor propio cualquier partida que prende banderola en el asta
de una lanza y se bautiza con el nombre de beligerante.
Para recoger los animales que por inútiles o por cualquiera otra
razón independiente de la voluntad de los guerreadores de entonces,
existían abandonados, y establecer al mismo tiempo los trabajos
agrícolas después del espantoso cataclismo, se fue a vivir en. la
casa citada don Carlos Manrique, hijo de don Juan Evangelista, en
unión de su virtuosa esposa, doña Amelia Convers; de dos hermosos
niños, hijos de tan feliz matrimonio, y de la servidumbre de la
familia.
Los edificios que formaban la antigua casa solariega, con
apariencia de feudal, se componían de dos tramos: uno de
construcción sólida, provisto de espaciosas piezas y corredores,
con capacidad suficiente para alojar con holgura una familia
numerosa, que era el ocupado por el doctor Manrique y los suyos; y
otro pajizo en que se alojaban los huéspedes que solían pernoctar
en la casa, estaba destinado también para servir de troje a los
productos de la hacienda y a depósito de las velas que se
fabricaban en la misma, a fin de aprovechar el sebo, que en esa
época estaba depreciado, y procurarse, en buenas condiciones, aquel
artículo de primera necesidad.
No faltará quien califique de imprudente al doctor Manrique, por
el hecho de ir a habitar con su familia una hacienda aislada,
cercana a terrenos fragosos cruzados por varios caminos,
inmediatamente después de pasada una revolución que lo conmovió
todo y que estableció por lo pronto la completa inseguridad en los
campos; pero aquél se haría la reflexión de que
|quien no la debe
no la teme; y como en su carácter de médico prestaba servicios
a todos los que lo ocupaban, regalándoles las drogas por añadidura,
con lo cual hacía lo que el sastre del Campillo, que
|cosía de
balde y ponía la hebra; como ninguno llamó a su puerta sin
salir atendido; como el mejor empleo que daba a su dinero era el de
servir a los amigos o indiferentes que se valían de él y, en una
palabra, como jamás recorrió un camino sin encontrar personas que
le manifestaran cariño y estimación personal, creyó que podía vivir
tranquilo.
Tenía y no tenía razón el doctor Manrique; pero de seguro
olvidaba la máxima de Luis XIII, rey de Francia, quien cada vez que
concedía alguna gracia, exclamaba: "¡Acabo de hacer un
ingrato!"
En los últimos días de octubre del mismo año, llegó a
|La
Herrera un viajero cuyo aspecto le denunciaba como habitante de
los países cálidos. La aparición de una persona extraña en los
campos causa siempre novedad en la familia, y por eso los moradores
de la casa acudieron al corredor desde el cual se divisa la entrada
a la hacienda, ansiosos de adivinar el nombre del huésped. Al fin
se acercó éste lo suficiente para ser conocido, e instantáneamente
exclamaron el señor Manrique y su esposa:¡Don Bartolomé
Moreno!
Era don Bartolomé natural de Sogamoso; pero podía decirse que
era
|llanero porque había pasado la mayor parte de su vida en
Casanare, ya como militar a las órdenes de Cisneros, siendo aún muy
joven, ya como negociante para introducir ganados del Llano a las
antiguas provincias de Tunja y Tundama. Frisaba a la sazón en los
sesenta octubres; pero así y todo, era hombre robusto y esforzado,
despierto, hablador, con el marcado aire de franqueza inherente a
los calentanos acostumbrados a vivir afrontando toda clase de
peligros y sin sujeción a nadie.
Cansado de vivir en los Llanos, venía en busca de su amigo el
doctor Carlos, con el objeto de proponerle que le arrendara
|La
Herrera: creía que a su avanzada edad debía proporcionarse un
modo de vivir exento de los peligros y sobresaltos consiguientes a
la manera de ser del
|llanero.
En efecto: la mejor escuela que puede ofrecerse al hombre que
quiera acostumbrarse a vivir en constante alarma y en donde todo se
conjura para aniquilarlo, es sin disputa la que se encuentra en la
región oriental de Colombia, en las inmensas e imponentes llanuras
que se extienden hasta el Atlántico, encerradas por los gigantes
que se llaman Meta, Amazonas y Orinoco. Parece que celoso ese
territorio de su salvaje libertad, opone al hombre que trata de
civilizarlo, vallas insuperables para el logro de sus deseos, y,
realmente, pasarán muchos años antes de que la raza humana pueda
sentar domicilio tranquilo en aquel suelo inhospitalario, en donde
la exuberancia de prodigiosa vegetación, carboniza la sangre por
los gases deletéreos que allí se exhalan en cantidades
inmensurables.
Cinco meses de lluvias torrenciales que inundan los terrenos
planos y dejan apenas asomar las achatadas colinas, y siete meses
de verano abrasador bajo un sol de fuego, son las dos únicas
estaciones que allá imperan. Sin el menor rastro de guijarro o de
piedras, indispensables para la construcción de sólidos edificios y
para los diversos usos domésticos; plagado el suelo de víboras como
la
|mapanare, cuyo veneno mata instantáneamente; de jaguares
traidores que viven acechando los miserables ranchos que prestan
algún abrigo a sus moradores, de quienes puede decirse que tienen
que dormir con un solo ojo a fin de velar con el otro, para no ser
devorados por aquéllos y por los millones de asquerosos murciélagos
que pululan en el aire desde que el sol se oculta en el horizonte;
llenos los ríos de alevosas
|rayas y de atrevidos peces
|tembladores, cuyas descargas eléctricas postran al que
tocan; sin más mueblaje para la comodidad personal que una hamaca
|chinchorro de palma de morichepara dormir, y
calaveras de caimán para descansar; tomando café negro por toda
bebida, clarificado por medio de un tizón sumergido entre el
líquido; alimentándose con carne sin sal,
|sancochada por
sudor del caballo y el peso del jinete que la hace servir de
sudadero de su montura; y por sobre todos los inconvenientes
someramente relatados, teniendo que desafiar la ferocidad de los
pérfidos indios
|goajivos que
|abren vivo al
desgraciado blanco que cae en sus manos. Se vive allá una vida
excepcional y heroica, apenas conocida en el mundo civilizado por
algunos atrevidos geógrafos y exploradores.
La guerra franca u
|oficial había terminado en el tiempo a
que nos referimos; pero la guerra personal, y especialmente la que
hacían los merodeadores de ambos partidos contra la propiedad,
continuaba en toda su fuerza y vigor: éstos no se conformaban con
vivir del trabajo honrado sino que se quedaron con el resabio de
atrapar las cosas donde las encontraban o de ir a tomarlas donde
les conviniera; pero como el método que pensaban poner en planta
presentaba para su ejecución algunas dificultades en las
poblaciones, creyeron más conveniente a sus intereses, implantarlo
en los campos o haciendas.
En esa vez llegó su turno a la de
|La Herrera.
Don Bartolomé permanecía alojado en el departamento pajizo de la
casa, formado por una sala con su respectiva alcoba: la mayor parte
del tiempo la pasaba en la casa grande, divirtiendo a su amigo don
Carlos y a la señora de éste, con las interminables relaciones de
sus aventuras guerreras, amorosas o comerciales; pero concluía
siempre con un
|Delenda est Carthago, es decir, con su
"arriéndeme la hacienda, mi doctor". Esto era en
lo que menos pensaba el doctor, y así se lo dejaba comprender al
|llanero a quien obsequiaba y atendía con la mayor
galantería. En uno de estos días, como obedeciendo a un
presentimiento irresistible, al mismo tiempo que cedía a la
inclinación de regalar algo el doctor Manrique tomó un trabuco
antiguo que tenía cargado hasta la boca, y, presentándolo a su
huésped, le dijo: acépteme esta finquita, que usted, como buen
militar y
|llanero debe saber manejarla a maravilla!
jLa Providencia se vale a veces de los medios más lejanos o
indirectos cuando quiere salvar o castigar! Si se pide una prueba
de nuestra aserción, bastará fijarse en el hecho. aparentemente
casual, de venir don Bartolomé desde lejanas tierras, en solicitud
del predio cuyos moradores debía salvar con el arma que éstos a su
vez ponían en sus manos por un acto de generosidad.
A las once de la noche del3 de noviembre de 1863 ladró con
violencia la perra
|Zulema compañera de los dos niños que
entonces hacían las delicias del doctor Manrique y de su digna
esposa. Todo fue oírla Moreno y comprender, como hombre
experimentado, que esos ladridos expresaban un peligro inminente .
Salió al corredor y se encontró de manos a boca con varios
individuos de aspecto poco tranquilizador.
¿Qué quieren? les preguntó don Bartolomé.
Somos gente del Gobierno y venimos a rondar la casa, le
contestaron los interpelados.
Aguarden, que voy a encender vela, replicó Moreno.
Convencido el
|llanero de que se trataba de un ataque a la
casa, empezó por el principio: sacó de sus baúles las mochilas que
tenía con dinero y las escondió entre la malva que crecía en el
solar contiguo a la alcoba; se aprovechó para salir, de la falta de
un balaustre en la ventana; entregó la vela encendida a un
|chino que lo acompañaba, tomó el trabuco del regalo y se
colocó en acecho en la ventana, para
|despachar al primer
asaltante que se presentara, lo que sucedió en realidad. Uno de
los bandoleros vio a don Bartolomé y le tendió el rifle; pero éste
se anticipó disparando su trabuco, con cuya detonación se apagó la
vela y se produjo completa oscuridad.
Al ruido de los disparos despertó la señora de Manrique. Aún no
había abierto los labios para llamar, cuando entró a la alcoba la
cocinera, poseída de terror, diciendo a su señora que había
ladrones en la casa. El señor Manrique saltó presuroso del lecho e
inconscientemente iba a encender luz; pero por fortuna cayó en la
cuenta de que en esos casos es más conveniente permanecer a
oscuras.
Las tinieblas no debían de agradar a los bandidos porque,
previamente,guiados por Cayetano Correa, que conocía los usos
y costumbres de la casa, e iba esa noche a pagar como villano la
deuda de gratitud que lo atormentaba día y noche, contraída para
con su patrón Manrique, quien lo había salvado días antes de
fulminante pulmonía,se apoderaron de gran cantidad de velas
que estaban colgadas en los corredores de la casa pajiza, y las
encendieron y colocaron convenientemente, a fin de ver bien lo que
hacían.
Así las cosas, pusieron sitio formal a las casas de la hacienda,
rompieron los fuegos sobre todas las puertas y ventanas de los
edificios, y gritaban al doctor Manrique que les entregara diez mil
pesos de rescate por él y su familia, porque de lo contrario los
matarían sin misericordia.
El enemigo con que tenían que medirse en desigual pelea, se
componía de veinte bandidos capitaneados por el terrible
cuadrillero Jacinto Romero, armados de magníficos rifles y
provistos de abundantes municiones. Los de adentro contaban con
una escopeta de dos cañones, sin medios para reponer la carga
después de dispararla; con un padre de familia en incapacidad de
defender su hogar; con tres sirvientas medio muertas de miedo; con
dos niños en sus cunas, y con una madre que veía seriamente
comprometido lo que tenía de más caro en la vida: ¡el esposo y los
hijos!
El lector se imaginará a la familia Manrique dominada por el
pánico dispuesta a dejarse sacrificar como corderos, o implorar
piedad de sus desalmados agresores porque les era imposible pagar
el rescate exigido. No vacilamos en asegurar que si hubieran tenido
el dinero, se habrían desprendido de él con buena voluntad, a
cambio de tranquilizar a la angustiada familia; pero no lo había y
era preciso dominar la situación a todo trance, o estaban perdidos
irremisiblemente.
Tal vez en otras circunstancias no habría desplegado el doctor
Manrique el valor y serenidad a que debió su salvación y la de su
familia en aquella noche terrible; y decimos tal vez, porque no
sabemos que hiciera gala en alguna otra ocasión de ser inclinado a
travesuras bélicas; pero lo que fue entonces, mereció el
calificativo de valiente.
Y no podía ser de otro modo: nuestro doctor creía tener por
compañera a una matrona de carácter dulce, consagrada a la
educación de sus hijosuno de los cuales debía llegar a ser
algún día gloria científica del país, y otro descollar en el campo
del arte;en una palabra, sabía que su esposa era como la
generalidad de las colombianas, el centro y calor del hogar
doméstico, que embalsaman con sus relevantes virtudes y sincera
piedad, sin rival en el mundo; pero ignoraba que el cielo lo tenía
unido a una mujer que en Sagunto y Numancia no habría pasado
inadvertida!
Nada hemos visto tan sublime e imponente como el sentimiento de
la maternidad, herido en el fruto del amor; y si a esta causa se
añade la circunstancia de hallarse de por medio la suerte del
esposo idolatrado, oh! entonces la madre y esposa olvida la débil
envoltura de su sexo para transformarse en heroína capaz de llegar
a donde no alcanzó ningún hombre. En este caso se hallaba la señora
|
de
|
Manrique.
Don Carlos intentó salir por una puerta excusada, pero se lo
impidió la presencia de Correa, quien estaba allí de centinela:
quedaron, pues, en la casa el doctor Manrique, con su escopeta, su
valerosa consorte, dos niños en sus cunas, y tres sirvientas,
sosteniendo un asalto a sangre y fuego.
La señora de Manrique, en su condición de madre cristiana, dio
principio a su heroica defensa, dirigiéndose a tientas y en ademán
resuelto, hacia una imagen de la Virgen de las Mercedes, de cuya
advocación era muy devota: allí se postró de rodillas y pidió a la
Madre del Redentor, con absoluta confianza, la vida de los suyos, y
le ofreció, en cambio, consagrarle la criatura que próximamente
debía ver la luz.
¡Era una madre en suprema angustia, que acudía a otra madre
poseedora del poder supremo!
Algo inexplicable que le infundiera valor debió sentir aquélla,
porque se levantó serena y altiva; se dirigió a su esposo y le dijo
con un acento de voz que revelaba la mayor resolución y
tranquilidad de espíritu: opongamos la astucia a la fuerza y
ganaremos tiempo hasta que amanezca. jLa Virgen peleará por
nosotros!
Entonces principió entre esos padres de familia la escena más
cómica imaginable, como para evidenciar que los extremos se tocan:
el señor Manrique daba voces de mando iguales a las que daría
Ricaurte en San Mateo, y su valerosa consorte cerraba,
alternativamente, con estrépito una caja, a fin de hacer creer a
los bandidos que se les hacía fuego de adentro. Hubo un instante en
que se aproximó a una de las puertas uno de los asaltantes. El
señor Manrique no tenía que hacer para matarlo sino disparar a
quemarropa; pero debemos decir en honor suyo, que pudo más en él la
repugnancia de quitar la vida a un hombre, aun en propia defensa,
que la consideración del peligro que tanto él como todos los suyos
estaban afrontando casi inermes, después de dos horas de furioso
ataque.
En medio del fragor del combate, el señor Manrique y su esposa
se acordaron de don Bartolomé. Juzgaron que lo habrían asesinado,
porque no daba señales de estar en la casa; afortunadamente no fue
así.
Después de que el
|llanero disparó su trabuco, alcanzó a
ver caer uno de los ladrones; pero como no tenía medio de reponer
la carga del arma, aprovechó el momento de oscuridad para romper
por entre los bandidos, jugando así
|el todo por el todo a
fin de ir a las habitaciones cercanas en busca de auxilio. Tan
feliz inspiración se vio coronada de éxito completo: llegó jadeante
a la vecina venta de
|El Alto, en donde encontró alojados a
los vivanderos que iban al mercado de La Mesa. Sabedores éstos de
lo que pasaba en
|La Herrera, se prestaron gustosos para ir a
salvar a la familia asaltada; mas apenas oyeron los disparos de los
bandidos, se acobardó la mayor parte y sólo unos pocos siguieron a
don Bartolomé .
Llegado el refuerzo a inmediaciones del campo de batalla,
desplegó su táctica
|el llanero, la que consistió en dar
voces de mando en la suposición de que tenía bajo sus órdenes un
ejército compuesto de infantería y caballería. Los ladrones cayeron
en el garlito y empezaron a retirarse en buen orden, pero haciendo
fuego sobre la casa.
Despejado el campo entró el bravo
|llanero a la casa,
pavoneándose del triunfo y diciendo a la señora de Manrique, que
trémula de emoción, tenía en su regazo a sus dos asustados
hijos:
Mi señora, muchas veces me encontré con el tigre frente a
frente en los Llanos y no sentí miedo; pero en esta noche sí hubo
un momento en que parecía azogado!. . . ¿Ya ve que les conviene
arrendarme la hacienda?
La señora de Manrique se hacía lenguas para alabar la
misericordia de la Reina de los Cielos que los había salvado a
todos de muerte segura. En efecto: fue una circunstancia digna de
notarse, que los bandidos atacaron las puertas que presentaban
sólidos obstáculos, sin que se les ocurriera hacerlo con aquellas
en que habría bastado ligero esfuerzo para abrirlas; además,
ninguno de los de la casa estaba herido, no obstante el gran número
de balazos que habían dirigido los asaltantes: en la cabecera de la
cama de uno de los niños se halló incrustada una bala de a
onza.
Muy de mañana partió el señor Manrique para Bogotá, con el
objeto de poner en conocimiento de la autoridad el ataque en que
estuvo a punto de sucumbir con toda su familia. Al llegar a
Fontibón, observó un
|guando que conducían, varios hombres:
supuso que sería algún enfermo que se hacía llevar en busca de
recursos médicos; pero después supo que aquél no era otro sino el
bandido que derribó
|el llanero al disparar el trabuco, a
quien descubrieron en una tienda cerca del antiguo
|Molino del
Cubo.
Poca cosa hizo la autoridad para castigar a los culpables de
aquel crimen, probablemente porque en esa época se aseguró que en
una riña que tuvieron las virtudes cardinales: la Fortaleza quedó
coja, manca la Templanza, ciega la Prudencia y la Justicia
|tuería.
Mejor lo hicieron los vecinos de Pandi, la tierra natal del
facineroso Romero. Este logró
|transponerse al Tolima, en
donde continuó sus depredaciones con buen éxito, hasta que cometió
otro asesinato, por el que lo aprehendieron y remitieron con
dirección a la capital; pero al pasarlo por aquel pueblo, sus
compatriotas resolvieron
|lincharlo, de lo cual resultó un
bandido menos y un demonio más!
En fin de fines, don Bartolomé se salió con la suya, entre otras
razones, porque el señor Manrique resolvió desprenderse de la
hacienda de
|La Herrera de la que conservaba penosos
recuerdos. Allí hizo muy buenos reales el infatigable
|llanero.
Poco tiempo después de los sucesos que dejamos narrados, la
señora de Manrique dio a luz una hermosa niña, a la que se le puso
el nombre de María Mercedes, para cumplir la promesa hecha en hora
solemne!
No hay duda de que en el cielo debe regir también el derecho de
propiedad, puesto que la Virgen reclamó el ángel que le pertenecía,
antes de que probara el acíbar que ofrece el mundo a los mortales:
María Mercedes voló al cielo dejando a sus solícitos padres sumidos
en el dolor, pero resignados por el cumplimiento de lo pactado.