Entre un tentador hábil y otro dispuesto a dejarse tentar, no es
difícil el mutuo acuerdo.
Cerrado el trato, llevó Quiroga a Rojas a su casa, situada lejos
de Cota, le proporcionó abundante comida, trago y lecho apropiado
para dormir a sus anchas. Antes de acostarse llamó Quiroga a su
nuevo concertado y le dijo que le ayudara a
|rabiatar las
bestias que debían conducir
|muy a la madrugada, para pasar
temprano por el páramo.
Terminados los preparativos de marcha, los dos expedicionarios
se acostaron, y antes de que el
|lucero de la mañana asomara
en el horizonte, ya estaban levantados y desayunados; montaron en
buenos caballos y emprendieron camino a galope largo, llevando cada
uno cuatro caballos de diestro.
Apenas hubo la claridad suficiente, observó Juan que los
cuadrúpedos estaban señalados con fierros distintos y que
trascendía a leguas su inequívoca procedencia. Quiroga debió
comprender el pensamiento de su compañero, puesto que se aventuró a
decirle antes que aquél lo interpelara"no todo lo
que uno tiene ha de ser comprado!" A Rojas debió de
parecerle bueno el aforismo, como lo demostró la sonrisa burlona
que asomó a sus labios; aquellos dos hombres se habían comprendido
admirablemente sin necesidad de explicarse, de manera que podía
decirse:
|Dios los crio y el diablo los Juntó!
Si en el mundo es admisible aquello de que
|comer y rascar,
todo es empezar, en la víadel
|
delito este refrán vulgar
tiene una evidencia matemática.
A poco tiempo de los sucesos que dejamos narrados, no se oía ni
se hablaba en la Sabana de otra cosa, sino de la cuadrilla de
salteadores que, a órdenes de Quiroga y Rojas, tenían en jaque a
los dueños de haciendas. En una ocasión la suerte les fue adversa y
los aprehendieron en Ambalema, adonde fueron a vender una partida
de mulas cargadas con los cueros de las reses que habían degollado,
sin
|previa compra de unas y otras. Se les comprobó el delito
de abigeato y se les condenó a presidio.
Cumplida la condena volvieron a ejercer su antigua profesión,
pero
|corregidos y aumentados en los sistemas que
empleaban, merced a los notables adelantos que hicieron en la
universidad de los criminales, conocida con el nombre de
presidio.
Empezaron por separarse y distribuirse el teatro de sus
respectivas hazañas: Rojas eligió para sí la parte de la Sabana
comprendida dentro del río Funza, desde el paso de La Balsa en
|La Conejera hasta Puente Grande; de aquí por el camino real,
hasta Cuatroesquinas; de este punto, línea recta al Occidente,
hasta la cuchilla de la cordillera; por el filo de ésta, hasta el
punto conocido con el nombre de
|El Tablazo; y de aquí, al
citado paso de La Balsa, punto de partida. Es decir que los pueblos
de Cota, Tenjo, Tabio y Funza quedaron dentro de su
jurisdicción!
Volvió Juan a ejercer su profesión en tan dilatada comarca,
empezando por ponerle fuego a una casa con el objeto de robarse una
muchacha. Perseguido por la autoridad a consecuencia de estos dos
crímenes, fue aprehendido y juzgado. Pudo evadir la pena por el
delito de rapto, a virtud de una astucia bien original de su
defensor, quien hizo a los jurados el siguiente argumento:
"Para robar una cosa o persona, es de todo punto
indispensable cogerla o tomarla; pero es así que está probado que
mi defendido iba a caballo montado en la silla, y la muchacha sobre
las ancas llevaba asido a Rojas;
|ergo si hubo algo robado
debió ser éste y no aquélla!"
La chicana pegó respecto de la muchacha; pero por la quema de la
casa se le condenó a cinco años de presidio.
Juan tenía además otras cuentas pendientes con la justicia.
Antes de
|robárselo la muchacha aquella, tenía sentados
sus reales en esta ciudad, y rara era la noche en que no saqueaba
algún almacén .
Los señores Campuzanos tenían uno de mercancías en la calle del
Colegio de Nuestra Señora del Rosario: al abrirlo por la mañana,
encontraron perforada la puerta, por la quemadura producida con los
combustibles encerrados en una olla de barro aplicada a una de los
batientes, aparato tan sencillo como eficaz, denominado
|ventosa.
Sabedor el juez, don Felipe S. Orjuela, por el denuncio que le
dio una mujer, de que Rojas se reunía con sus socios en una tienda
situada arriba de la calle de las Béjares, acudió allá por la noche
con una escolta; pero cuando ya creía cogida tan codiciada presa,
salieron los bandidos en tropel, distribuyendo portentosos
garrotazos a diestra y siniestra, uno de los cuales, que encontró
con la cabeza de nuestro amigo Orjuela, lo puso a pique de no
contarse más entre el número de los vivos.
Después se supo que Juan dormía en un ranchito abajo del
cementerio, y como el cebo de los quinientos pesos continuaba
puesto en el anzuelo, se ofrecieron los guardas del estanco de
aguardiente a ganar la prima o morir en la demanda.
En una mañana se dirigieron nuestros cazadores por el camino que
baja de la iglesia de Las Nieves, en dirección a unos ranchos
miserables: allí debía estar durmiendo Rojas quien, advertido a
tiempo, salió huyendo con dos compañeros, tomando cada uno de ellos
distinta dirección. Detrás de cada bandido siguió un guarda: Juan
tomó la vía que conduce a la hacienda de
|El Salitre. Los
guardas lo perseguían; pero como les tomaron bastante delantera, se
desanimaron dos de ellos y sólo uno continuó la persecución.
Rojas era un hombre corpulento y fornido; el que lo seguía era
de constitución nerviosa, pequeño y de apariencia raquítica, al
parecer débil, y así lo creyó el bandido, puesto que, fatigado de
tanto correr, y advirtiendo que su perseguidor iba solo, resolvió
esperarlo y librar su suerte a la punta del
|cabiblanco. El
guarda se le acercó y le intimó rendición; por toda respuesta Rojas
le tiró una puñalada que, felizmente para aquél, lo hirió en la
espalda sobre el omoplato, hueso en que se dobló la punta del
cuchillo, que no le sirvió ya.
Recibiendo el herido nuevos golpes de puñal que no penetraban
por la falta de punta, acometió a garrotazos al bandido, hasta que
lo obligó a que le presentara unidos los dos dedos pulgares de las
manos, los que le ató fuertemente con uno de los ataderos de las
alpargatas, y así lo retuvo hasta que llegaron los otros guardas
que, como Sancho en la aventura de los leones, se contentaron con
ver desde lejos la pelea.
Asegurado Rojas en un calabozo de la cárcel, recibió la visita
de los señores Campuzanos, con el objeto de arrancarle el secreto
del paradero de los objetos robados. Después de recíprocos
regateos, ajustaron el trato por trescientos pesos que recibió y
contó el bellaco, a su entera satisfacción, comprometiéndose a
decirles el lugar adonde habían llevado las mercancías, y recogió
el dinero dentro de una mochila que, después de cerrar con nudos
seguros y especiales, guardó debajo de la almohada de la cama.
Vayan ustedes a un rancho situado del lado de acá, en la
orilla del río, frente a la quinta de Bolívar, les dijo Rojas; en
el patio hay una gran piedra, debajo de la cual guardaron las
mercancías. Inmediatamente se trasladaron los interesados al sitio
indicado por Juan: las señales de la casa y de la piedra eran
exactas, pero no hallaron rastro
|
de lo robado.
Volvieron a la cárcel y reconvinieron a Rojas por el engaño; mas
éste dijo que no habían buscado bien y que si lo llevaban, él
indicaría el punto preciso. Al efecto, lo aseguraron, y el día
siguiente lo condujeron a la orilla del río, al frente de la
quinta, donde había una cueva artificial.
Entren, dijo Juan a las personas que lo acompañaban, aquí
fue donde guardaron las ropas.
Entre usted, le dijo el juez Orjuela, y saque los objetos
que ocultaron.
|Eso si que no, respondió el pillo: yo me comprometí
a decir dónde habían guardado las cosas, pero no dónde están. Si
quieren, entren, que
|el que algo quiere, algo le ha de
costar!
Convencidos de la nueva felonía de Rojas, le volvieron a llevar
al calabozo.
¿Y los trescientos pesos?
|El día del Juicio por la tarde se conocerá su paradero!
En esa
|
vez pudo decirse, con toda propiedad, que a los
señores Campuzanos les
|llovió sobre mojado.
En el presidio de Chagres se hallaba Rojas en el año de 1863, de
donde lo sacó el indulto expedido en mala hora por la Convención de
Rionegro. Sin pérdida de tiempo volvió Juan a la Sabana; y como en
esa época debió creer que ya tenía suficientemente ilustrado el
apellido de Rojas, lo cambió por el de Rodríguez.
La vista del mar, el trato con gente de diversas razas y
condiciones, y más que todo, la experiencia que se adquiere en las
relaciones con los famosos criminales, habían hecho de Juan lo que
se llama un bandido de primer orden.
A su paso por Facatativá, combinó su plan de vida para lo
futuro, e imitando a Satanás, de quien dicen que se sube a los
montes más altos para inspeccionar la tierra, Rodríguez se trepó a
la colina del
|Cercado del Zipa desde donde divisó la parte
de la Sabana que demora al occidente de Funza, cubierta de alta
maleza a propósito para la realización de sus proyectos.
Allá podría dedicarse tranquilamente a la continuación de su
antiguo oficio, llevando vida nómada, sin sujeción a rey ni roque
que lo inquietara, eligiendo unos pocos compañeros, bien escogidos,
entre los muchos que se hallaban en
|disponibilidad en virtud
del nunca, para él, bien ponderado indulto.
No tuvo que esperar mucho, porque en el primer mercado encontró
más número de antiguos camaradas que los que necesitaba. En breves
palabras expuso su plan a sus viejos amigos, que consistía en
internarse en las malezas o bosques que cubrían en esa época la
casi totalidad de la parte de la Sabana comprendida entre el lado
occidental de la cordillera, Cota, Suba, Tenjo, Tabio y Subachoque;
es decir, una superficie de seis leguas cuadradas, en cuyos
verdaderos bosques no había otros habitantes que venados, conejos,
zorros y ganado salvaje; rodeado de magníficas haciendas que lo
proveerían de todo lo que pudiera apetecer; servido y custodiado
por los labriegos a quienes haría partícipes de las utilidades de
la empresa; en una palabra, pensaba hacer de aquellos campos
yermos una verdadera Arcadia.
Llegado que hubieron al territorio escogido, se persuadieron los
bandidos de la profunda sabiduría de Rodríguez al adoptar aquella
parte de la Sabana para escenario de las fechorías que debían
ejecutar. Empezaron por hacer
|aberturas entre el bosque y
construir, en sitios apartados entre sí, chozas de
|vara en
tierra para pasar la noche, teniendo cuidado de no dormir dos
seguidas, en un mismo rancho, a fin de que en el caso improbable,
pero posible, de una sorpresa, no los pillaran.
Pero esos solitarios en lo que menos pensaban era en llevar vida
de anacoretas: dificultad que resolvieron con admirable facilidad.
Necesitaban compañeras que les sirvieran de
|señoras de casa,
y como preveían que no encontrarían damas que voluntariamente
quisieran decidirse a correr los azares consiguientes a la
profesión, determinaron los bandidos poner en vigor el lema de,
|por la razón o la fuerza, y tomar por este último medio las
muchachas que moraran al alcance de sus garras.
Como hombre experimentado, Rodríguez les dio el prudente
consejo de que cada vez que llegara el caso de atrapar a la que
desearan, tuvieran cuidado de llevarla en ancas del caballo, a fin
de que si los llegaban a descubrir, como le sucedió a él en otra
ocasión, no fueran ellas sino ellos los robados.
No pasaron muchos días después de establecidos aquellos
bandoleros en el territorio escogido para ejercer sus
depredaciones, sin que en toda aquella desgraciada comarca se
sintieran los estragos que causaban: las madres temblaban por sus
hijas; los hacendados quedaron de hecho convertidos en simples
administradores de sus semovientes, los que reputaba Rodríguez
como propios; nadie se atrevía a transitar, ni aun durante el día
por las inmediaciones de esos bosques, ni la autoridad se
consideraba fuerte para perseguirlos.
Durante esa época de zozobra e inseguridad, fue cuando don
Miguel Camacho Quevedo compró la hacienda de
|La Cantera,
ubicada en jurisdicción de Cota, precisamente en las inmediaciones
de aquel teatro de crímenes sin cuento.
Los amigos del señor Camacho le improbaron el negocio,
haciéndole ver el avispero en que se había metido; pero aquél no
era hombre que se dejara intimidar por nadie ni por nada, y su
carácter resuelto y enérgico lo arrastraba a desafiar los peligros
para tener el capricho de vencerlos.
Era don Miguel de pequeña estatura, de constitución nerviosa y
musculación de acero, ojos azul claro, mirada irresistible, nariz
aguileña, cabello y mostachos castaños, y aunque era pequeño de
cuerpo, tenía alma grande.
En el desgraciado combate librado el 21 de mayo de 1854, en la
ciudad de Zipaquirá, entre los constitucionales y las fuerzas de
Melo, Camacho acompañaba al General Franco como ayudante elegido
por éste: la sangre del balazo que rompió el cráneo a su jefe, le
salpicó el rostro, y recogió el cadáver piadosamente para colocarlo
debajo del alar de una casa en medio del diluvio de balas, una de
las cuales le mató el caballo en que montaba. Furioso por la muerte
de su general y desafiando a los cobardes que tiraban escondidos,
se retiró hacia el cerro: él mismo no se explicaba cómo había
podido salir ileso de aquella hecatombe!
Entre las muchachas robadas por Rodríguez se encontraba la hija
de un arrendatario del señor Camacho. Durante una excursión de los
bandidos, logró fugarse aquella desgraciada y volver a la hacienda.
Sabedor Rodríguez del paradero de su favorita, se presentó una
noche en casa de la muchacha y exigió a la madre que se la
entregara; ésta, como era natural, se denegó: una tía de la
muchacha oyó el altercado y voló a dar aviso a su amo Miguel.
Enfurecido Rodríguez al verla partir, le gritó que avisara al
muñeco Camacho que donde lo encontrara lo
|volvería
candelera, es decir, que le daría de puñaladas.
Al saber don Miguel que Rodríguez tenía la audacia de
provocarlo, sintió sublevarse su sangre de caballero y sin
reflexionar en el peligro que iba a afrontar, tomó un revólver con
cinco tiros, y armó con un puñal y una pistola a un compañero que
se creyó con ánimo para seguirlo.
Don Miguel envió adelante a la india, con el objeto de que le
indicara el sitio donde estuviera el bandido, y se puso en marcha
con su compañero, después de echarse encima la ruana que debía
preservarlo del frío y de la muerte.
Serían las ocho de una noche estrellada, fría y silenciosa: la
vía que conduce de Funza a Tenjo pasa por la entrada de la hacienda
de
|La Cantera, y al sur de ésta parte otro camino en
dirección oriental, por el sitio llamado
|Las Huertas; pero
esos caminos de suyo fragosos y poco a propósito aun para andar a
caballo, porque eran de piso terroso, sin obra de arte que los
solidificara, estaban llenos de veredas formadas por el trajín de
las bestias durante el invierno; además, la faja de terreno que
constituía el camino real quedaba en un nivel mucho más bajo que el
de los predios contiguos.
En una ondulación del terreno existía un barranco rodeado de
maleza, dividido en dos por el camino que lo atravesaba: al llegar
la india a ese punto, y por instintiva medida de precaución, desvió
por detrás del soto, hasta pasar de aquel sitio que ella
consideraba como peligroso, por la facilidad que presentaba para
ocultarse allí los bandidos. La astucia y malicia ingénitas a la
raza indígena, contribuyeron en esa vez a salvar la vida del señor
Camacho.
No se equivocó la india: al pasar como una sombra por detrás del
barranco, distinguió un hombre en acecho y oculto entre la maleza.
Apresuró el paso a fin de que no la descubrieran, y cuando estuvo
fuera del alcance inmediato de los que estuvieran allí, gritó con
toda la fuerza de sus pulmones:
|Cuidado mi amo Miguel que aquí
está Juan Rodríguez.
Un fogonazo seguido de estruendosa detonación en aquellas
solitarias encrucijadas, turbó el silencio solemne de esa comarca:
el proyectil pasó silbando por en medio de don Miguel y su
compañero. A este último le faltó el ánimo cuando más se necesitaba
y huyó dejando empeñado a su amigo, al frente de un enemigo que,
llegado el caso, no daría cuartel.
¡Qué espectáculo el que presentarían aquellos dos hombres,
frente a frente, en el silencio profundo de una noche ecuatorial,
apenas alumbrados por el resplandor de las estrellas y por los
intermitentes relámpagos boreales, sin más testigo que una pobre
india, cuya escasa inteligencia embargaba el terror en esos
solemnes momentos.
El valor de quien defiende su vida y su derecho lidiando contra
el valor de quien quiere arrebatársela; pero ambos representador en
esos supremos instantes por dos apuestos paladines dignos de
inmortal leyenda, cada uno en su respectiva esfera.
Sin decirse una sola palabra y en el ademán del que va a jugar
la vida al azar de las armas, con serena resolución avanzó
Rodríguez hacia don Miguel, que lo esperaba a pie firme. Allí
empezó el bandido un ataque a puñal, arma que brillaba con ráfagas
siniestras a la pálida luz de los astros: el señor Camacho se
defendía presentando la ruana al agresor y disparando en retirada
su revólver.
Al cuarto disparo Rodríguez dejó caer el puñal: la bala lo había
herido en el brazo derecho, sin romperle el hueso; luego sacó con
celeridad una lanza que llevaba de repuesto en la cintura, profirió
espantosa blasfemia y se abalanzó, rugiendo de rabia, sobre su
adversario.
A don Miguel no le quedaba más defensa que un solo tiro en su
revólver; de ese último pedazo de plomo dependía su existencia, y
así lo comprendió, puesto que continuó retrocediendo sin disparar,
y resuelto a no hacerlo hasta tanto que tuviera evidencia de
acertar; pero en los afanes del combate había olvidado la
configuración del terreno, y al dar otro paso hacia atrás tropezó
con el barranco y cayó de espaldas contra él.
El bandido creyó seguro su triunfo, y alzó la mano armada con la
lanza para hundirla en el pecho de don Miguel, al mismo tiempo que
éste disparó el último tiro de que podía disponer, y se asió a
Rodríguez a fin de terminar tan singular duelo, luchando hasta
vencer o morir.
Abrazado el señor Camacho estrechamente al bandido, dominó con
grande esfuerzo las violentas sacudidas que daba éste con insano
furor; sobre su cara reposaba la de Rodríguez, y el aliento impuro
del facineroso bañaba la frente de quien lo tenía enlazado con sus
músculos de acero. Dejó Rodríguez escapar algunos roncos e
inarticulados gemidos, semejantes al estertor de la agonía; hizo
varios movimientos convulsivos, exhaló hondo y prolongado suspiro y
cayó desmadejado en los brazos de su adversario. Don Miguel sintió
la impresión de un líquido caliente que le humedecía el cuerpo, y
creyendo que sería la sangre propia la que motivaba aquella
sensación, hizo un esfuerzo supremo para arrojar a un lado al
bandido que lo agobiaba con su peso: éste se escurrió y cayó al
suelo, produciendo un sonido seco y lúgubre. La última bala del
señor Camacho le había atravesado el corazón: ¡Juan Rodríguez era
un cadáver!
Cosas bien extrañas suceden a los hombres, aun a los más
valerosos!
El señor Camacho, que, en leal y desigual combate acababa de dar
muerte a Rodríguez, se llenó de horror al verlo tendido exánime a
sus pies, y como Loth, huyó de ese sitio maldito sin mirar
atrás!
Al día siguiente don Miguel se presentó a la justicia para
responder por aquel suceso: instruido el correspondiente sumario,
se declaró sin lugar a formación de causa contra aquel que,
exponiendo su existencia, había librado esas comarcas de tan infame
bandido. El trabajo inteligente de los agricultores ha transformado
aquellos parajes antes incultos y tenebrosos, en las espléndidas
dehesas de hoy.