EL BANDIDO JUAN ROJAS RODRIGUEZ
IV
Asunto muy debatido ha sido entre los criminalistas de los
países civilizados, la responsabilidad que debe exigirse a los
delincuentes por las infracciones que cometen, porque es preciso
confesar, que aún falta mucho para establecer, de una manera
precisa, todas las causas atenuantes o agravantes que puedan
ocurrir en la ejecución de un hecho punible.
Es cierto que los legisladores establecen reglas generales para
aplicar el castigo que deba imponerse por la violación de la ley
escrita; pero poco o nada se encuentra en los códigos de
procedimiento criminal que tenga en cuenta el medio en que vivió el
individuo que, por causas independientes de su voluntad, y, muchas
veces sin advertirlo, toma la resbaladiza pendiente que lo conduce
poco a poco a la honda sima de los más espantosos crímenes.
Aceptamos sin vacilar el hecho de que los mandatos de la ley
natural, consignados en los divinos preceptos del Decálogo, bastan
y sobran para trazar al hombre que los conoce, las nociones exactas
del deber; pero también se nos permitirá sentar la premisa de que
para practicarlos hay necesidad de conocerlos; y si a la ignorancia
de tales preceptos se añade una constitución defectuosa en el
organismo y constantes ejemplos perniciosos, cuya influencia está
científicamente demostrada, es natural que el hombre que se
encuentre supeditado por tales causas, tome por bueno y corriente
lo que es detestable a todas luces.
Estamos muy distantes de aceptar la doctrina de la
irresponsabilidad absoluta en determinados casos concretos; pero
sentamos el principio general de que la sociedad es a veces
injusta, al exigir estrecha cuenta al ignorante que adoptó como
norma de sus acciones los actos malos que vio ejecutar a los que
debían o podían indicarle la senda del bien.
Bastarán ligeras reflexiones o ejemplos que estén, al alcance de
todos, para que se vean las razones en que apoyamos nuestra manera
de pensar en tan espinoso asunto.
La masa de nuestro pueblo es de agricultores o labriegos, lo que
quiere decir que nace y se desarrolla en completa ignorancia, por
la sencilla razón de que vive bajo la dependencia de patrones poco
escrupulosos en materia de probidad, y lo que es aún más grave, sin
nociones de propia estimación. Muy raros son los dueños de
grandes haciendas que se preocupan por la instrucción religiosa de
sus dependientes, y son muchos los que escandalizan a esas gentes
sencillas, mofándose de las pocas prácticas piadosas que ha logrado
inculcarles el párroco.
Entremos en una de tantas cabañas miserables que sirven de
mezquino abrigo a la familia arrendataria: los niños a medio cubrir
con mugrientos harapos, ocupan la misma posición que la de los
hambrientos perros, con los cuales se rozan de continuo. Saben que
tienen madre, porque viven con ella; pero ignoran lo que quiere
decir la palabra padre, pues, por lo general, no es el matrimonio
el origen de su existencia, y ya se sabe cuál es el comienzo de la
vida para aquellos que tienen la desgracia de llamarse
|hijos
naturales.
Cuando esos niños ignorantes tienen fuerzas para soportar algún
trabajo, se les emplea como ayudantes de los ordeñadores y allí
reciben la primera lección objetiva de estafa impune. Si la leche
de las vacas no rindió lo suficiente para llenar la medida
estipulada, se les hace sacar agua de la zanja inmediata, y
mediante tal industria, el patrón cumple
|religiosamente con
la contrata.
Ya más crecidos, toman esos niños el nombre de
|chinos y
entonces se les ocupa en el pastoreo de ganado, industria que
consiste en hacer que los animales pasten en el predio ajeno.
Alcanza el
|chino la edad de diez años, y desde entonces
lo llaman
|muchacho; ya sabe que los mandados dentro y fuera
de la hacienda y la recogida de los animales, debe hacerla montado
en alguno de los caballos que pagan pastaje, los que llevan los
nombres de los respectivos dueños. Si alguna res se ahoga o muere a
causa de la peste, aprende a despedazarla y hacerla cecina con el
objeto de darla a la venta en el primer mercado que tenga
lugar.
Hasta los quince años, aquel
|muchacho viene a ser el
sirviente de los sirvientes de la hacienda; recibe el tratamiento
más brutal por parte de todos los jayanes, que se creen con derecho
perfecto para considerarlo como de condición inferior al burro que
carga la leña. Si se teme que brinque el caballo en que alguien va
a montar, hacen que él lo ensaye para que, en el caso de que se
realice la previsión, sea él el desnucado o estrellado, y si de
esas bárbaras experiencias sale airoso, lo dedican al oficio de
|amansador, y en el caso probable de que el potro bravío lo
arroje al suelo y le rompa los huesos, el patrón se preocupa
únicamente de que por aquel accidente no se resabie el potro.
Al fin llega para el
|muchacho el paso a la pubertad, tan
peligroso para los jóvenes, en cuya época se desarrollan las
pasiones con toda su fuerza. En esa lucha abierta entre el espíritu
y la materia, naturalmente lleva la ventaja el más fuerte; pero
como el
|muchacho ni aun sospecha que tiene alma racional,
porque nadie se lo ha hecho comprender, y únicamente han cultivado
en él la fuerza física, queda vencida, de hecho, la parte más noble
del hombre, que en lo sucesivo sólo le servirá para dar vida y
pábulo a los vicios más groseros .
Desde entonces queda ese joven entregado a sí mismo, .sin otro
criterio moral para dirigir sus acciones que los actos
profundamente maliciosos a que lo acostumbraron desde que tuvo uso
de razón, si es que alguna vez la tuvo.
Entretanto, el patrón sabe que tendrá en lo sucesivo quien se
exponga por él en los casos frecuentes de contiendas personales,
que provoca con admirable desenfado, porque ya encontró al que,
llegado el caso,
|sacará las castañas del fuego; y si de la
riña que aquél estimuló y otro mantuvo, resulta que debe intervenir
la justicia, despacha al
|mozo con la recua de mulas que
envía en cada semana a las tierras calientes, con el objeto de
llevar a vender la harina y papas averiadas, y traer en retorno la
miel con que provee su chichería la
|niña Emperatriz y otras
princesas que son el tormento de la infeliz esposa del patrón.
Por supuesto que antes le entrega, bien atraillados, los perros de
la hacienda, para que se los venda a los crédulos calentanos,
quienes ignoran la condición de los animalitos: la de tomar el
trote con dirección a su casa tan luego como los sueltan.
Cuando nuestro novel jayán rebosa en fuerzas y en astucias tan
bestiales como cínicas, pasa a ser el
|timebunt de la comarca
y el hechizo de las pictóricas campesinas de carne y hueso, para
quienes el requiebro más almibarado es el que va envuelto en
asqueroso aliento producido por el nauseabundo licor servido en
|totuma Timaná
Desde entonces toma otra faz el mancebo, y en lo sucesivo viene
a ser el confidente obligado de su patrón, quien lo hace partícipe
de las picardihuelas amorosas que lo asedian, del modo de manejar
la
|romana de la hacienda en las compras y ventas que haga,
de los remedios secretos que disimulan las enfermedades de las
bestias, a fin de venderlas como sanas, etc.; por último, le pone
al corriente, pero en provecho propio, en el manejo de la
|cabra, nombre con que designan los tahúres los dados falsos,
y en todos los modos y maneras de
|ganar dinero por medio de
|vivezas, que es el nombre que dan los
|orejones a esas
verdaderas estafas y latrocinios.
Así marchan las cosas hasta que, en hora menguada para aquél,
cree que sin tomar la venia de su patrón, puede cortejar con buenos
fines a una aldeanita de quince años, rolliza y fresca como una
manzana. Empieza por aprender a
|puntear en el tiple, para
poder hacer acto de
|trovador en compañía del sacristán del
pueblo, hombre versado en planes y ejecuciones de campañas
amorosas. Desde entonces empieza el enamorado rústico a ostentar
ante su dama las fuerzas físicas que posee, capaces de rivalizar
con las del mismo Sansón; escoge el potro más cerril de la dehesa,
para pasar cual furioso huracán por frente de la venta donde sirve
su amada; acepta todos los
|envites que le hacen en el juego
del bolo y en caso de duda o disputa acerca del éxito de alguna
parada, decide como arbitro inapelable, sin que nadie se atreva a
contradecir su soberana decisión apoyada en dos robustos puños que
donde pegan
|no dejan nacer pelo! Arma camorra porque
alguien a quien brindó un trago de aguardiente, no pudo o no quiso
aceptarle, y, en una palabra, se la pasa
|escupiendo por el
colmillo o tendiendo la capa, como hacen los andaluces, para
ver quién se atreve a pisársela y suscitarle pendencia .
Pero el diablo que no duerme, hace que nuestro vulgar Adonis
resulte sin saber cómo ni cuándo, rival temible del señor alcalde
del pueblo y del patrón, quienes, en sus altos designios, ya
reputaban a la presunta novia como parte integrante de su rebaño, y
empiezan a caer en la cuenta de que aquel mancebo les inquieta las
zagalas de la vecindad, y que, además, frecuenta las casas de juego
establecidas por ellos: se reúnen en consejo y acuerdan
despacharlo para la capital en la primera cosecha de reclutas que
les pida el gobierno, con lo cual matan, como se dice,
|dos
pájaros con una piedra: salen del
|vago que con la
prácticas de lo que ellos le enseñaron no los deja dormir
tranquilos, y dan prueba palpable de acatamiento y celo por las
buenas costumbres...
Desde que la propiedad de las haciendas en la sabana de Bogotá
empezó a pasar a manos de hombres cultos, se verificó notable
cambio en los usos y procedimientos establecidos desde tiempo
inmemorial por nuestros campesinos, a quienes, sin duda, para
compararlos con los asnos, se les llamaba
|orejones. Nada
mejor podemos hacer para describirlos que reproducir la siguiente
cuarteta, epitafio para uno que murió en
|Ontívón, como ellos
mismos decían, compuesto por el satírico Germán Gutiérrez de
Piñeres:
«¿Piensas, viajero, que bajo esta losa
Reposa humana carne, humano hueso?
iPues te engañas, encuentras otra cosa,
Habas, chicha y ají, turmas y queso!»
Los que quedan descritos, fueron los principios del temible
bandido que se llamó Juan Rojas y Rodríguez.
A mediados del año de1840, recibió el alcalde de Cota un oficio
del Gobernador de Bogotá, en que le ordenaba el pronto envío de los
reclutas que correspondían a ese pueblo, con el fin de levantar y
organizar el ejército que debía hacer frente a la revolución que ya
|estaba encima.
Aún no había concluido el alcalde la lectura de la nota, y ya
tenía entre ceja y ceja al
|mozo vago y mal entretenido que
se llamaba Juan Rojas, quien tendría en ese entonces unos dieciocho
años de edad.
El domingo siguiente al día en que llegó la requisitoria que ya
conocemos, salía Juan Rojas de la iglesia, después de misa mayor,
acompañado de una muchacha bonita y humilde, como son nuestras
campesinas. Por el trato que se daba aquella pareja se echaba de
ver que aún no eran casados, pero que poco tardarían en unirse con
el lazo matrimonial. Todo parecía sonreír a esos alegres aldeanos:
el mozo invitaba a la muchacha para ir con los padres de la misma a
tomar licor a la venta inmediata, cuando rodeó a Juan una patrulla
que estaba oculta en la alcaldía y lo obligó a seguir a la cárcel.
Allí encontró tres gañanes que ya estaban como él, destinados para
el sacrificio de Belona, o como se repite todos los días desde que
lo dijo Napoleón, para
|carne de cañón.
Una vez lleno el cupo de reclutas que correspondía al pueblo, se
cerró la puerta de la cárcel y se pusieron los celadores
necesarios, a fin de que no se escaparan los
|pájaros,
especialmente Juan, al que reputaban de
|mayor cuantía.
Al día siguiente se presentó el alcalde muy de mañana en la
pieza del despacho y entregó al conductor de aquellos desgraciados,
el oficio o partida de registro en que constaba el nombre y
apellido de cada uno de los remitidos, y tantos lazos cuantos eran
éstos, a fin de que los amarraran convenientemente para evitar su
fuga, previa advertencia a los hombres que componían la escolta, de
que responderían solidaria y mancomunadamente de los presos que les
entregaba.
Aunque el conductor y sus compañeros no sabían Derecho ni eran
legistas, sí comprendieron que en el caso de que alguno de los
reclutas se les escapara, ellos
|pagarían el pato, para
evitar lo cual, les ataron los brazos con nudo de
|puerco y
formaron un sartal de hombres, a distancias apenas suficientes para
que pudieran marchar a su negro destino!
Juan alcanzó a divisar a lo lejos a su prometida que lloraba al
verlo salir del pueblo, atado como malhechor insigne; los ojos se
le nublaron al pobre mozo y por primera vez en su vida sintió en su
pecho el infierno de los celos. Dirigió a su amada un grito de
angustiado adiós, y juró en
|
su corazón tomar algún día
estrecha cuenta a los autores de la ruina de sus esperanzas!
Aquel voto del sencillo labriego, debía cumplirse no muy tarde,
con extremada amplitud, transformado él ya en terrible bandido.
Llegados nuestros hombres al cuartel, los dejaron libres los
tres primeros días, término en que se agotan las lágrimas y se
ahogan los suspiros de los infelices aldeanos condenados al
servicio militar.Pasado ese tiempo se les acercó el cabo, y, por
medio de algunos varazos aplicados entre
|chanza y mecha los
obligó a tomar el
|rancho que antes no quisieron probar, les
recortó los sombreros, les atusó el pelo, y les plantó la gorra de
cuartel y la estrecha chaqueta, quedando así convertidos en
soldados, listos para empezar el oficio de matar o hacerse matar en
defensa de sus conciudadanos .
Poco tiempo después de los sucesos que dejamos relatados, se
batía Juan en las batallas que en aquella época ensangrentaron
los campos de
|Los Arboles, Huilquipamba y La Chanca. Notable
debió de ser su comportamiento como hombre de valor en aquellas
acciones, puesto que en la última de ellas lo ascendieron a cabo,
aunque no sabía leer.
Pacificado el país, volvió Rojas a Santafé con el batallón
número 5° a que pertenecía, y como no tenía decisión por la
milicia, obtuvo su licencia absoluta, y sin esperar el arreglo y
pago de
|sus ajustes, se encaminó directamente hacia el
pueblo de Cota, adonde llegó el día siguiente.
Cuatro años hacía que, apenas púber, lo habían sacado de su
tierra
|a la voluntad de un lazo, dejando allí abandonado
todo lo que tenía en el mundosu prometida, el tiple y el rejo
de enlazar.Volvía hecho hombre, inconocible por la espesa
barba que llevaba, sin más haberes que un morral usado, bordón de
guayacán y algunos reales en el bolsillo.
A la caída del sol llegaba Juan a las primeras casas de la
población. Entró a la venta en la que servía su novia y preguntó
por ella: le dijeron que hacía mucho tiempo que se había ido para
Ambalema en compañía de un arriero, y que desde entonces no se
había vuelto a oír hablar de ellos. Averiguó por el alcalde que lo
hizo reclutar y por su antiguo patrón: el primero había muerto y el
último había vendido la hacienda para irse a radicar en Santafé,
con el objeto de educar a sus hijos y atender al pleito que le
|metieron sobre unos terrenos indígenas que se apropió.
¡Nadie conocía al infeliz soldado!
Buscó trabajo, pero no se atrevían a ocuparlo, porque en los
campos, el adjetivo
|licenciado es sinónimo de galeote libre.
Los vecinos del pueblo lo miraban con curiosidad, los labriegos con
asombro; mas todos con desconfianza. Con dificultad encontró donde
le dieran alojamiento para pasar la noche.
Por la primera vez en su vida entró Rojas dentro de sí mismo y
se puso a reflexionar acerca de su excepcional condición: recordó
los sufrimientos de su niñez, la dureza de los hombres con quienes
había pasado su juventud, los bárbaros y despiadados castigos que
todos le imponían por las ligeras travesuras de muchacho, y
especialmente la falta de probidad en su patrón, a quien sirvió
con abnegación y desinterés, para obtener por recompensa el
completo abandono y la indiferencia, cuando lo vio sacar atraillado
para hacerlo soldado.
Hay momentos en la vida del hombre, en que parece que el
espíritu del mal le sugiere, con poderosa e invencible influencia,
los pensamientos y resoluciones más fantásticos y tenebrosos.
Rojas se hallaba en uno de esos críticos momentos de paroxismo
en que predomina de ordinario la idea del mal: clavados los ojos en
el suelo que pisaba y lanzando en derredor suyo miradas torvas y
sombrías, se hizo esta tremenda y satánica reflexión: por cada
limosna que he dado, he ganado un enemigo, y por malas acciones que
he ejecutado, nada me ha sucedido; luego esta es la ruta que debo
seguir!
Aún no había terminado Juan su monólogo cuando se le acercó un
hombre de fisonomía franca y simpática, vestido decentemente como
los hombres del pueblo acomodado, y sin más preámbulos le propuso
que le acompañara a vender unos caballos que pensaba llevar al
cantón de Cáqueza.
¿Con quién hablo? preguntó Rojas.
Con Fruto Quiroga; ¿acepta?
¿Cuánto paga? Dos reales diarios y el
|comistrajo.
Convenido!