PROLOGO DE LA PRIMERA EDICION
EN cada época existen ancianos u hombres provectos que
tienen perfecto conocimiento de los sucesos que han ocurrido de las
costumbres que han reinado y de las personas que de alguna manera
se han hecho notables cuando ellos eran niños o jóvenes. De tales
personas, costumbres y sucesos, hablan o escriben accidentalmente
cuando lo pide la ocasión; pero rarísimos son los que
deliberadamente se proponen recoger y ordenar sus recuerdos y
dejarlos consignados para instrucción y recreo de la posteridad,Y
no es extraño que sean tan raros, pues cada cual se figura que las
noticias que pudiera escribir de lo que ha visto y de lo que les ha
oído de sus mayores a sus contemporáneos, han de ser escritas por
otros de los que las conocen tan bien como él. De ahí resulta que
insensiblemente van cayendo en olvido innumerables hechos e
innumerables nombres que no merecen tan mala suerte, y que de ésta
no se libren por lo común sino los grandes acontecimientos y los
personajes que se han distinguido extraordinariamente entre los de
la generación a que pertenecen.
Muy errados van los que juzgan que se pierde poco cuando se
pierde la memoria de las cosas menudas y comunes de cada época. En
el hombre es natural y vehemente el deseo de conocer todo lo
pasado. La experiencia es luz y guía que la sociedad necesita, lo
mismo que cada individuo; y sin conocer lo pasado, no pueden
adquirirla ni individuos ni sociedades.
Muchas cosas hay que por sobrado menudas e insignificantes
parecen poco dignas de ser comunicadas a la posteridad; pero lo
cierto es que el conocerlas satisface cierta curiosidad que nos
aqueja a todos los hombres y que debe contarse entre las
necesidades naturales más imperiosas, a lo menos para la gente
culta. Entre ésta, apenas hay quien deje de experimentar intenso
placer con la satisfacción de esa necesidad.
En los tiempos modernos se le exige a la historia mas que lo que
solía exigírsele en los antiguos. No nos satisface hoy la relación
de fundaciones de imperios, de conquistas, de guerras, de cambios
de gobierno y dinastía, y de sucesión de soberanos, que han solido
ser única materia de la historia. Actualmente queremos saber cómo
han sido y cómo han vivido los hombres de quienes hace mención
aquella Emula del tiempo, y también cómo eran y cómo vivían los
que ella no menciona; queremos no ignorar el modo, la forma y los
incidentes de cada uno de los acaecimientos que narra; queremos
penetrar en los aposentos, no sólo de los palacios, sino de las
viviendas comunes; queremos conocer a nuestros antecesores como
conocemos aquellos contemporáneos nuestros con quienes vivimos en
intima familiaridad, de aquí el interés con que se buscan y se
estudian documentos y monumentos que den luz acerca de
particularidades de los pueblos antiguos. De más está recordar aquí
que las ciencias se aprovechan para fines serios y útiles de lo que
tales documentos y monumentos suelen enseñar.
Aquella incuria que deja sumir en el olvido lo que merece
recordación, no ha podido dejar de observar y producir sus malos
efectos aquí en Colombia, donde hay tan pocos estímulos para
escribir. Por tanto, en varios países se hará tan recomendable como
en el nuestro quien tome la tarea de escribir acerca de nuestras
antigüedades y de todas aquellas cosas presentes que corren riesgo
de quedar olvidadas. Por lo mismo se ha hecho digno de elogio y
reconocimiento don José María Cordovez Moure, que, escribiendo
susreminiscencias, ha librado de eterno olvido muchos
de los sucesosy costumbres importantes o curiosas de que no
tenemos noticia sino los bogotanos viejoss, los nombres de muchas
Personas que por diferentes maneras se han hecho notables.
Todo el que lea su precioso libro se penetrará de la verdad de
lo que dejo asentadoysi es buen bogotano, le rendirá como yo, tributo de agradecimiento.
Pero
digo mal: no todos los que lean lasReminicencias
las saborearán
como las podamos saborear los viejos. La gente moza hace poco caso de lo pasado: apenas si aprecian el presente como paso inevitable para el porvenir, que es lo único en que acierte a fijar la vista y en que la
detiene con
complacencia.
Los viejos Perecemos por contarles a los jóvenes las cosas denuestros tiempos,
y los jóvenes. si acaso nos atienden, nos atienden por
mera cortesía. Pero la vida les ha de costar el no venir a ser lo que somos los viejos y el no llegar a sentirse, como los viejos nos sentimos irresistiblemente
atraídos por lo pasado, hambrientos de recuerdos y en abierta hostilidad con el
porvenir.
Pero si las"'Reminiscencias"
fueren en realidad
miradas cor indiferencia por los jóvenes, ésta ha de quedar largamente compensada
con el deleite que su lectura producirá en los viejos. Cada lector viejo se recreará
doblemente: en
primer lugar, se regodeará rumiando
los recuerdos del autor, que han de ser también los suyos y que
mira como porte
de su propio ser; en segundo. Se regocijará contemplando que esos
recuerdos tan queridos no pueden ya Perecer.
Diré de paso
que con
el señor Cordovez ha
sucedido lo que sucedió a otro amigo mío, Bernardo Torrente. Estuvo por largos
años dando pruebas de instrucción y de talento,
únicamente en la
conversación y
en la práctica
yal cabo de la
vejes: ha
resultado escritor, y buen escritor. ¿Fue que Cordovez y Torrente,
por falta de fe en sus propias fuerzas, no se atrevieron en mucho
tiempo a habérselas con el público, o es que hay ingenios que
necesitan madurar y madurar despacio? No seré yo quien se meta a
resolver la cuestión.
A varios coetáneos míos les he oído ya conceptos sbre la obra
del señor Cordovez y no han dejado de hacer uno que otro reparo
acerca de la exactitud de la pintura que en ella se hace de algunos
hechos y costumbres. A tales reparos da lugar la circunstancia de
que el autor, dado el plan a que hubo de ajustarse no pudo trazar
una línea divisoria bien determinada entre época y época. Si
hubiese prometido al lector, por ejemplo, la descripción de los
bailes que se verificaban en un año determinado, se le podría
exigir rigurosa exactitud. Pero él no ha podido hacer otra cosa que
apuntar rasgos generales de los que han caracterizado las funciones
de esa clase en una época dilatada. A quien escribe una pieza del
género deReminiscencias,no hay que pedirle la exactitud que se
echaría de menos en una declaración o en un auto de proceder.
También se ha hecho el reparo de que el autor da a veces como
cosa habitual y frecuente, esto es, como costumbre, lo que sólo
acaeció una o muy pocas veces. Pero yo creo que puede presentarse
como rasgo de la fisonomía de nuestra sociedad, cualquier hecho
aislado que habida consideración al espíritu que en ella domina y
el grado de cultura a que había alcanzado, hubiera podido
fácilmente pasar de la categoría de hecho aislado a la categoría
de costumbre.
Uno de los atractivos que tiene el libro de que estoy tratando
consiste en la espontaneidad e ingenuidad con que ha sido escrito.
El autor no usó de artificios para deslumbrar, y bien se echa de
ver que no puso su conato sino en comunicar sus recuerdos y en
hacer participar al lector de su modo de juzgar las cosas. No
obstante, sin quererlo, escribió trozos dignos de ser presentados
como modelos, tales como la descripción de lacapilla de Russi y de
sus compañeros.
He escrito estas líneas sin conocer toda la obra a que ellas se
refieren. Mientras se ha estado imprimiendo, he ido leyendo los
pliegos que van saliendo de la prensa, y no los he visto todos. Por
lo mismo no sé si el señor Cordovez habrá omitido la relación de
ciertos hechos de que convendría que no dejara de hacer mención,
tales como la explosión de pólvora en la casa de don Domingo
Hernández y la muerte de Luisa Armero. Yo querría que la obra fuese
completa; que en ella no se pudiera echar menos nada de lo
interesante o curioso que podamos recordar los bogotanos viejos;
estoy seguro de que éste será el deseo de todos aquellos coetáneos
míos en cuyas manos caigan las
"Reminiscencias".
].MANUEL MARROQUIN.
Bogotá,1893,