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|Capítulo noventa
 


 

De cómo se pasaron todos los soldados de Aguirre al campo del rey y le dejaron solo con un soldado llamado Antón Llamoso. |
 

 

 

Viendo Lope de Aguirre la mucha necesidad de comida que pasaban en el fuerte, y que cada día se le huían algunos soldados, acordó de hecho dar la vuelta, y un lunes por la mañana, que era víspera de San Simón y Judas, habiendo ya comunicado su partida con sus amigos, quitó todas las armas a la mayor parte de sus soldados, y cargándolas con las demás municiones en las cabalgaduras que allí tenían, dijo que diesen la vuelta. Los soldados le dijeron que dónde quería ir y los quería llevar sin armas para que los matasen y damnificasen los contrarios, y que demás de esto, no era cosa honrosa ni provechosa para ellos volver atrás, sino pasar adelante; y esto le decían con mucha osadía.

Lope de Aguirre, viendo que la gente se le desvergonzaba y enojaba, acordó volverles las armas, por ver si podía hacer del ladrón, fiel, pidiéndoles perdón, y diciendo que aquel yerro había hecho, y no otro, en toda la jornada, que le perdonasen, que teniendo entendido que sus voluntades e intenciones eran muy al contrario de lo que entonces mostraban, los había desarmado. Algunos no quisieron recibir las armas, como hombres afrentados de lo que Aguirre había hecho, a los cuales el propio Aguirre en persona iba a rogarles que las tornasen, no atreviéndose a usar del rigor que hasta allí, porque ya no hallaba en sus secuaces tanta calor para hacerlas como de antes; y esto le pareció porque en esta sazón quiso matar a su capitán Juan Jerónimo de Espindola, porque le respondió atrevidamente a ciertas quejas que el traidor daba de sus marañones, que cuando se le huían en la Margarita y Burburata los soldados que ni los hiciera buscar y viera entonces los que le habían quedado y le eran amigos | 1 , pe­o que él y sus amigos traían a muchos forzados en su compañía; que no se maravillase de que le negasen, especialmente haciéndoles las obras que les hacía, y nunca halló, como se ha dicho, calor en sus amigos para matar a este Espindola,

Otros le dieron por parecer que ya que se quería volver, que era mejor caminar de noche que no de día, porque no serían vistos del campo del rey; y así no les seguirían; y estando en esta grita y barahunda asomaron sobre el fuerte el capitán Bravo y el maese de campo con alguna parte de su gente, y comenzaron a dar voces que se pasasen al rey y no siguiesen al traidor que los quería llevar engañados; y estando en estas y en otras pláticas, vieron que ciertas piezas del servicio de Aguirre andaban en el río, y el maese de campo y el capitán Bravo acordaron irlas a tomar, llevando consigo otros catorce o quince soldados, y bajando escondidamente hacia donde las piezas estaban, dejaron mandado a las espías que si alguna gente saliese del fuerte hacia donde ellos iban, que con una espada desnuda les hiciesen señal para que se guardasen.

Algunos de los amigos de Aguirre estaban con sus arcabuces ojeando a los demás del rey que sobre la barranca habían quedado, dándoles voces y llamándoles que se pasasen, los cuales vieron ir al maese de campo y a los demás que iban a tomar las piezas, y dando aviso de ello a Lope de Aguirre, envió luégo a su capitán Juan Jerónimo de Espindola con hasta quince arcabuceros a que fuesen a recoger las piezas y que estorbasen a los del rey que no las tomasen. Las espías, como vieron ir a los arcabuceros del Aguirre hacia donde el maese de campo estaba, comenzaron a hacer señal, y no curando el maese de campo de la señal que se le hacía, siguió su camino adelante hasta que llegó a vista del capitán Espindola y de los demás que el Aguirre había enviado y luégo, como los vio, dio la vuelta para recogerse, porque no le hiciesen algún daño con los arcabuces.

El capitán Espindola y los demás, como los vieron revolver, apresuraron el paso para alcanzarlos, y llegando algo cerca de ellos dijeron: viva el rey, caballeros; viva el rey, caballeros, a muy grandes voces, y el maese de campo y el capitán Bravo y los demás, como oyeron la voz del rey, esperaron y acercándose o juntándose los unos con los otros se saludaron muy amigablemente, y los de a caballo recibieron a los otros a las ancas de sus caballos y se subieron con ellos a la barranca. El capitán Espindola les dijo que se esperasen y estuviesen por allí a vista del fuerte, que todos los más se les pasarían; y tomando consejo el capitán Bravo a todos estos soldados se fue con acuerdo del maese de campo a dar cuenta de ello al gobernador y general, que estaban en el alojamiento con la demás gente.

Visto por los otros arcabuceros de Aguirre que estaban ojeando a los de la barranca, la pasada del capitán Espindola al campo del rey, acordaron hacer ellos lo mismo, porque les pareció que se les acercaba su perdición y que todos los demás habían de hacer lo mismo; y así, estándolos mirando Aguirre y creyendo que iban hacer alguna arremetida, se fueron a donde estaba el maese de campo y los demás, diciendo: viva el rey, que a su servicio venimos, y luégo dijeron al maese de campo que se abajase al fuerte, porque los que estaban dentro no se defenderían, sino que luégo se le darían, que eran los de quien Aguirre se temía. El maese de campo luégo con los que allí estaban, comenzó a bajarse hacia el fuerte.

Viendo los que dentro del fuerte habían quedado que ya se acercaban sus contrarios, queriendo gozar de los perdones, delante de su capitán Lope de Aguirre se salieron del fuerte, y caminando hacia donde el maese de campo bajaba, lo recibieron con la voz de "viva el rey", y le dijeron cómo quedaba solo Lope de Aguirre y le habían desamparado todos, sino sólo un Antón Lamoso, que era capitán de su guarnición, que quedándose dentro del fuerte con Aguirre dijo que él había sido su amigo en la vida que también lo quería ser en la muerte; y así todos estos soldados se volvieron acompañando al maese de campo del rey para quitar la vida al traidor de su capitán.

El maese de campo viendo la victoria que entre las manos tenía, envió luégo un mensajero de los que allí estaban de a caballo para que por la posta fuese a dar aviso de lo que pasaba al gobernador y al general y a los demás; lo cual sabido por ellos, luégo todos de tropel se partieron hacia el fuerte donde estaba Aguirre. Otros dicen que al tiempo que el traidor de Aguirre estaba fuera del cercado, mirando sus arcabuceros el daño que hacían en los que sobre la barranca les estaban dando voces, que los soldados que habían quedado en el fuerte de él salieron por unas flacas paredes de bahareques que a las espaldas tenía, después de haber visto la pasada de los demás y que no tenía Lope de Aguirre quién volviese por él. Sea de la una manera o de la otra, ellos se fueron y le dejaron solo.

Viéndolos él ir delante de sus ojos, créese que diría entonces Aguirre: "Oh marañones, que bien me decía Antonico que me habíades de dejar en manos de mis enemigos", como otras veces lo había dicho cuando se le huía algún soldado.

 

|Capítulo noventa y uno
 

 

De cómo Aguirre mató a su hija y fue él muerto por el maese de campo del rey. |
 

 

 

Acabada de irse toda la gente a Lope de Aguirre, y habiéndolo dejado solo, y viendo él que no había quedado en su compañía más de Antón Llamoso, su capitán de la munición, se fue a este capitán y le dijo que por qué no se iba con los demás a gozar de los perdones del rey; el cual le respondió lo que arriba se refirió: que pues le había sido amigo y compañero en la vida, que también lo quería ser en la muerte; y no respondiéndole nada se entró el traidor en la casa y aposento donde tenía su hija, muy cortado y falto de ánimo, y poniéndole el diablo en el corazón que echase un sello a todas las crueldades que hasta allí había hecho, se fue para su hija, que era ya mujer, y le dijo: "hija, encomiéndate a Dios, que te quiero matar". La moza le respondió: "¿por qué señor ?" El traidor le dijo: "porque no te veas vituperada ni en poder de quien te diga hija de un traidor"; y echando mano a una daga o puñal que traía, le dio de puñaladas y le quité la vida; y luégo se salió a la puerta del apo­sento; y viendo entrar la gente del rey no tuvo manos para disparar siquiera un arcabuz, que lo pudiera muy bien hacer y aun hacer algún daño en sus contrarios; mas dejando todas las armas, se arrimó a una barbacoa o cama que allí estaba.

Y entrando el maese de campo, había entrado antes de él un Ledesma, espadero del Tocuyo, el cual, como vio entrar el maese de campo, le dijo: "señor, aquí tengo rendido Aguirre", pretendiendo ganar gracias. El Aguirre respondió: "no me rindo, yo a tan grandes bellacos como vos"; y como reconoció por lo que oyó que el que entraba era el maese de campo, le dijo: "señor maese de campo, suplico a vuestra merced que pues es caballero, que me guarde mis términos y me oiga, porque tengo negocios que tratar que importan al servicio del rey". El maese de campo dijo: que él haría lo que era obligado; y viendo algunos de los soldados de Aguirre que de darle la vida algún día podía redundarles daño a ellos, porque diría lo que había pasado le dijeron al maese de campo que a su honra no convenía sino que lo matase y cortase la cabeza antes que viniese el gobernador ni el general.

El maese de campo mandó Aguirre que se desarmase, y pareciéndole bien el consejo que le habían dado le hizo tirar dos arcabuzazos, con que lo mataron. Y algunos dicen que al primero arcabuzazo que le tiraron, que le dieron algo al soslayo, y dijo el traidor: "este no es bueno", y al segundo que le dieron por los pechos, dijo: "este sí", y que luégo cayó, y con esto murió; y luégo un Custodio Hernández, soldado suyo, y aun de los bien prendados, le cortó la cabeza por mandado del maese de campo, y sacándola de los cabellos se fue con ella a recibir al gobernador para ganar gracias con él, y el maese de campo buscó luégo las banderas, que era el despojo que a él le pertenecía, |y hallándolas se fue con ellas a una ermita que estaba cerca del fuerte y allí las desplegó y viendo venir al gobernador y a la demás gente, salió a recibirlos, sacando las banderas arrastrando por el suelo, en señal de la victoria que había habido.

Al gobernador le pesó de que hubiesen muerto a Lope de Aguirre sin su licencia, y aun se enojó, pero disimuló, pues estaba ya hecho, y luégo mandó que le hiciesen cuartos y lo pusiesen en palos por los caminos, y su cabeza fue llevada a la ciudad del Tocuyo, y allí está puesta en una jaula para ejemplo de los que la vieren.

Dijose que los vecinos de Mérida y los vecinos de la Valencia, que en este desbarate se habían hallado, pretendiendo dejar alguna memoria en sus pueblos del servicio que al rey habían hecho, pretendieron llevar alguna de las banderas del Aguirre y que el gobernador no se las quería dar, sino que les dijo que bastaba que les diese a cada pueblo una mano de las del traidor, para que la pusiesen en la picota o rollo de sus pueblos, y pareciéndoles que era bien lo que el gobernador les decía, lo aceptaron, y los de la Valencia llevaron la mano izquierda y los de Mérida la derecha; mas estos de Mérida, viendo la necedad que hacían en llevar a su pueblo la mano de Aguirre, y cuán poco les importaba, en el camino la echaron a los perros, los cuales se la comieron; y así hubo fin este cruel matador, desamparándole en vida todos sus amigos y muriendo él como hereje o gentil, no haciendo mención en su muerte de acordarse de Dios ni de sus santos, en lo cual se cumplió aquel verbo que en castellano se suele decir, correspondiente a la divina escritura, que dice así:

 

Pocos vimos bien morir
De aquellos que mal vivieron,
|Y de los que bien murieron
Menos vimos mal vivir.

 

Porque demos conclusión a todo lo que toca a Lope de Aguirre, diré aquí brevemente la vida y suerte y linaje de él, con otras cosas que demás de las que arriba se han escrito, decía.

 

| Capítulo noventa y dos
 

 

| Que trata de la vida y suerte y linaje de Lope de Aguirre.|
 

 

Fue muerto Lope de Aguirre, como se ha dicho, en la ciudad de Barquisimeto, de la gobernación de Venezuela, lunes, veinte y siete de octubre del año de mil e quinientos y sesenta y uno, víspera de los bienaventurados apóstoles San Simón y Judas; el cual era en esta sazón hombre de cincuenta años, muy pequeño de cuerpo y de poca persona, mal ajestado, la cara chupada y pequeña, los ojos que si miraba de hito le estaban bullendo en el casco, principalmente cuando estaba enojado. Era de agudo y vivo ingenio para en hombre de letras. Era lipuzcuano, natural de la villa de Oñate. Sus padres no se saben quién eran ni sus nombres, mas de lo que él decía, ser personas de mediano estado, hijodalgo. Era bullicioso y determinado en cuadrilla, y fuera de ella pusilánime; soportaba mucho el trabajo, y era para mucho así a pie como a caballo; andaba de contino armado, que nunca le hallaban sino con dos cotas o con una cota y un peto y una celada de acero, y su espada y daga, y un arcabuz y una lanza en la mano; dormía muy poco, porque toda la más de la noche lo hallaban velando, y entre día dormía algo; era enemigo de buenos y de toda virtud, especialmente de rezar ni que rezasen delante de él, ni de hombres devotos, y así, en viendo alguno con cuentas u horas en las manos, se las quitaba y las rompía y quebraba, diciendo que no quería él los soldados muy cristianos ni rezadores, sino que si fuese menester jugasen con el diablo a los dados el alma, y que Dios tenía el cielo para quien le sirviese y la tierra para quien más pudiese, y que él tenía y sabía por cierto que su ánima no se podía salvar, y que estando vivo ardía en los infiernos, y que pues no podía ser el cuervo más negro que sus alas, que había de hacer crueldades y maldades por donde su nombre sonase y fuese nombrado por toda la tierra y hasta el noveno cielo, y que no dejasen los hombres por miedo del infierno de hacer todo aquello que su apetito les pidiese, que sólo el creer en Dios bastaba para ir al cielo, y que el rey de Castilla mostrase el testamento de Adán, si le había dejado en él por heredero de las Indias.

Residió este traidor en Pirú más de veinte años, muy al contrario de lo que él, por una carta que escribió al rey, decía. Su ejercicio y oficio era domar potros y hacer caballos, suyos y ajenos, y quitarles los resabios, quedándose él siempre con los suyos. Fue siempre inquieto y bullicioso, y amigo de revueltas y motines, y así, en pocos de los que en su tiempo hubo en el Pirú no se dejó de hallar en ellos, y no se halla de él que en cosa noble haya servido a Su Majestad: solamente fue con Diego de Rojas a la entrada de los Chunchos, y después que de allí salió, fue con el capitán Pedro Alvarez Golhin en socorro de Vaca de Castro, y víspera de la batalla de Chupas se escondió en Guamanga por no hallarse en ella; y en el alzamiento de Gonzalo Pizarro, aunque fue por alguacil de verdugo, se quedó en Nicaragua y no volvió a Pirú hasta pasada la batalla de Jaquijaguana. Después de esto se halló en forjar y fraguar muchos bandos y motines, que no hubieron efecto. Hallose en la muerte del general Hinojosa, corregidor de las Charcas, con don Sebastián de Castilla; y como a uno de los principales de este motín le condenaron a muerte, y él se escapó y no lo pudo haber el mariscal Alonso de Alvarado para hacer justicia de él; y andando alzado, se alzó Francisco Hernández Girón, y para irle hacer guerra dieron los oidores de Pirú un perdón general para todos los que hubiesen halládose en otras rebeliones, que sirviendo al rey en aquella guerra contra Francisco Hernández, les perdonaban, y él por gozar de este perdón vino y se metió debajo del estandarte real con el mariscal, y se halló en una refriega en la cual le hirieron en una pierna, que se holgó harto él de ello, por tener lugar de no hallarse en el rompimiento.

Con sus bullicios y sediciones no le podían tolerar en ningún pueblo de los del Pirú, y así estaba desterrado de todos los más, por lo cual le llamaban Aguirre el loco.

Tuviéronle en el Cuzco para ahorcar por otro motín que él y Lorenzo Salduendo, su compañero, ordenaban contra Su Majestad. Huyose de la cárcel; andaba al monte por ello, y viéndose perseguido de todas partes, entró en esta jornada con Pedro de Orsúa, con intento de hacer todo lo que hizo, y por la fama que había de que Pedro de Orsúa hacía gente para alzarse, como se ha dicho; y llegados al pueblo de los Motilones, y viendo que los desinios de Pedro de Orsúa eran servir al rey, intentó allí de matarlo y alzar por general a don Hernando de Guzmán, para volver sobre Pirú; y no hallando coyuntura para ello, como se ha dicho, lo efectuó después; de donde resultaron todas las muertes y destrucciones que se han referido.

Hase dicho esto por lo que Lope de Aguirre significa al rey en su carta, la cual no se pone aquí por ser demasiadamente atrevida y desvergonzada y como de tal persona, que a causa de no gratificarle sus servicios y de lo demás que en ella dice se alzó, y todos sus servicios fueron y son los que aquí brevemente se han tocado, sin otros muchos correspondientes a ellos, que por evitar prolijidad se dejan de decir; y entre las demás |virtudes que este traidor tenía, era que jamás dijo bien de Dios ni de sus santos ni de hombre humano ni de amigo ni de enemigo ni de sí propio.

Prevaleció en su motín desde que mató a su príncipe don Hernando de Guzmán hasta que le mataron a él tan miserablemente como se ha dicho, cinco meses y cinco días, en los cuales mató y metió a cuchillo más de sesenta personas españolas, en las cuales entraban un clérigo, sacerdote de la orden de San Pedro, y dos religiosos de misa de la orden de Santo Domingo y cuatro mujeres con su hija, y cuatro pueblos de españoles que osoló y quemó y destruyó, sin los demás bienes y haciendas que tomó, robó y echó a perder; y con tanto se da fin a lo que toca a Lope de Aguirre, teniendo por cierto que su ánima y cuerpo durarán perpetuamente en las penas infernales, de las cuales tenga por bien Dios Nuestro Señor se nos librar y darnos su gloria. Amén.

 

| 1 | Faltan unas palabras para completar el sentido

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