|Capítulo ochenta y seis
De una carta que
Lope de Aguirre envió al gobernador Pablo Collado, y de un esclavo
que se huyó del campo del rey al del traidor.
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El propio día que Aguirre entró en Barquisimeto llegó el capitán
Pedro Bravo de Molina con la gente que de Mérida sacó a la ciudad
del Tocuyo, donde halló al gobernador Pablo Collado, sin ningún
pensamiento de hallarse presente en el campo del rey; y aun algunos
echaron fama que tenía puestos sus desinios en retirarse hacia el
Nuevo Reino de Granada, si Aguirre saliera con victoria de
Barquisimeto.
El capitán Pedro Bravo de Molina, viendo cuán frío estaba el
gobernador en ir aquella jornada, comenzole a persuadir y decir lo
mucho que importaba hallarse él presente en el campo de Su
Majestad, porque representando como representaba la persona del
rey, has soldados y otros vecinos se animarían hacer lo que eran
obligados, esperando que él, como gobernador, viendo lo que cada
uno tajaba se lo gratificaría; demás de que no convenía a su honor
ni al cargo que tenía, hacer lo contrario.
El gobernador puso por excusa su enfermedad, diciendo que a
causa de ella no había podido hacer más, pero que, pues el capitán
Pedro Bravo era de aquel parecer, que él se esforzaría a caminar e
iría al campo, y juntamente con esto le rindió las gracias del
socorro que le daba; y pareciéndole que era hombre de suficiente
juicio y autoridad para regir y gobernar bien la gente de su campo,
le nombró luégo por su teniente general, así en las cosas de la
guerra como en las del gobierno, y por capitán de a caballo, y de
esto le dio muy bastante poder y conduta. Los soldados del capitán
Pedro Bravo no quisieran que su capitán aceptara estos cargos ni
que se metiera debajo de la bandera del gobernador, sino que, como
capitán que venía de otro distrito, se estuviera por sí, y con su
bandera y gente hiciera lo que debía; mas al capitán le pareció que
era más honra y provecho suyo y de sus soldados aceptar los cargos
que el gobernador le daba, y al fin lo hizo así, y con ellos
entendió durante el tiempo que estuvo en el campo, en servir al rey
muy bien.
Demás de esto ofreció el gobernador a los soldados que habían
ido en su socorro con el capitán Bravo, que si tenía necesidad de
algunas cosas de avío para sus soldados y criados que se lo dijese
y lo proveería, algunos de los cuales, más por entender hasta dónde
se entendía la liberalidad del gobernador que por aprovecharse de
lo que les podía dar, dijeron que les proveyesen de lo que habían
menester y que ellos se obligarían a pagárselo, porque gratis no
querían nada, sino en todo servir al rey y a su costa. El
gobernador les dijo que era contento, y luégo mandó a un mercader
que a cada soldado le diése para su avío una docena de herraje, que
son veinte y cuatro herraduras con sus clavos
|, y no más, y
con esto le pareció que irían los soldados bien pertrechados y a
poca costa, los cuales le rindieron las gracias por el avío y no
quisieron recibir cosa alguna de él, y quedaron con alguna ocasión
de pasatiempo o murmuración de la largueza del gobernador; y luégo,
el propio día, se partieron el gobernador y el capitán Bravo y los
demás que de Mérida habían salido, y otros que de otro pueblo
llamado Trujillo, de la propia gobernación, se habían juntado, que
irían por todos más de sesenta hombres, y caminando parte de la
noche, el siguiente día, en amaneciendo, yendo caminando hacia
donde estaba el general Gutierre de la Peña, llegó un mensajero con
una carta que Lope de Aguirre escribía algobernador, y deteniéndose
a ver lo que en ella decía, fue leída de suerte que todos la
entendieron, y lo que en ella se contenía era este:
"Muy magnifico señor: entre otros papeles que de vuestra merced
en este pueblo se hallaron, estaba una carta suya a mí dirigida,
con más ofrecimientos y preámbulos que estrellas hay en el cielo; y
para conmigo y mis compañeros no había necesidad de que se tomase
ese trabajo, pues sé yo hasta dónde llega su ciencia, y en lo que
toca hacerme mercedes y favorecerme con el rey fue superfluo lo que
vuestra merced me ofrece, porque bien sé yo que su privanza ni
pujanza no llega al primer nublado, y sí el rey de España hubiera
de pasar por la lid que entre vuestra merced y yo se hiciera, yo lo
aceptara y aun diera a vuestra merced las armas aventajadas; mas
todos los tengo por ardides de los que usa con ellos caballeros que
ganaron y poblaron esta tierra para que vuestra merced, con sus dos
nominativos, les viniese a robar su sudor, con título de decir que
viene hacer justicia; y la justicia que se le hace es inquirir cómo
conquistaron la tierra, para por esta vía hacerles guerra.
La merced que de vuestra merced quiero es que no curemos de
tentarnos las corazas, pues sabe vuestra merced lo poco que en ello
puede ganar, porque mis compañeros se han dado tan poco por sus
perdones cuanto es razón, y tienen presupuesto de vender las vidas
muy bien vendidas.
"Yo no pretendo nada en esta tierra más de que por mis dineros
me provean de algunas cabalgaduras y otras cosas, que demás de
pagarlas muy bien, reservará vuestra merced su gobernación y
pueblos de ella de hartos daños que yo y mis compañeros le haremos
si por otra vía nos quisieren llevar, porque en las muestras que en
la tierra hemos visto, nos han puesto alas y espuelas para no
detenernos en ella; que por unas caperuzas o sombreros y lanzas que
por huír unos soldados de vuestra merced dejaron en el camino,
hemos visto cuán medrados están los demás.
"Y volviendo a la carta, no hay para qué vuestra merced diga que
andamos fuera del servicio del rey, porque pretender yo y mis
compañeros por las armas hacer lo que hicieron nuestros
antepasados, no es ir contra el rey, porque al que nos hiciere las
obras tememos por señor, y al que no, no le conocemos; y así a
muchos días que nos desnaturamos de España y negamos al rey de
ella, si alguna obligación de servirle teníamos, y así hicimos
nuevo rey, al cual obedecimos, y como vasallos de otro señor bien
podemos hacer guerra contra quien hemos jurado de hacerla sin
incurrir en ninguna nota de las que por allá se nos ponen; y
concluyendo en todo digo que como vuestra merced y sus republicanos
nos hicieren la vecindad, que así les haremos las obras; y que si
nos buscaren, que aquí nos hallarán las manos en la masa, y
mientras más ama nos dieren el avío que le suplico me den, con más
brevedad nos iremos de esta tierra.
"No me ofrezco al servicio de vuestra merced, porque lo terná
por fingido ofrecimiento. Nuestro Señor, la muy magnífica persona
de vuestra merced. Su servidor, Lope de Aguirre".
Leída esta carta, el gobernador respondió a los que estaban
presentes: "Pluguiera a Dios que el suceso de esta guerra se dejara
entre mí y Aguirre, que aunque él desgarra tan largo por su carta,
yo hiciera con él lo que él dice que hiciera conmigo, y a buen
seguro que nos quedáramos con la victoria. Mas, pues que Dios lo
quiere así, démosle gracias, que nuestros pecados deben ser causa
de tanto mal, que hasta aquí viniesen alcanzarnos las centellas del
Pirú, y darnos estos desasosiegos, y ponernos en aprieto"; y todo
esto tan acompañado de lágrimas, que puso admiración a los que
estaban presentes en ver que con cuánto sentimiento hablaba el
gobernador; y así se murmuró largo esta respuesta, lo cual sintió
el Pablo Collado y después se la pagaron todos acabada la
guerra.
Y caminando aquel día, a hora de mediodía llegaron a donde
estaba el general Gutierre de la Peña con la demás gente, los
cuales, con la llegada del capitán Bravo y de los demás que con él
iban, recibieron tanto ánimo y contento y alegría, que la duda que
hasta allí tenían de la victoria se les convirtió en una muy cierta
esperanza de haberla, y se tenían ya por tan vencedores como si
tuvieran muerto al traidor.
El capitán Bravo, a fin de animar la gente del rey y amedrentar
los contrarios, entró diciendo y publicando que en su pueblo, que
era Mérida, quedaba un oidor del Nuevo Reino con quinientos
hombres, y que él venía con obra de doscientos soldados a entender
los desinios del Aguirre; y sucedió que luégo, en aquel instante o
aquella noche, se huyó un esclavo del propio campo del rey a donde
estaba Lope de Aguirre, y le dijo que entonces había llegado un
capitán del Reino con doscientos hombres, y que él los había visto
y traían muchos aderezos de guerra. El Aguirre mostró no hacer caso
de lo que el negro le decía, pero sus soldados lo creyeron, y luégo
se les cayeron las alas, y no las tenían todas consigo,
pareciéndoles que era mucha gente la que el esclavo decía, y que no
podrían dejar de ser muertos o desbaratados, y así propusieron
muchos de ellos den hallando oportunidad, huírse y pasarse al campo
del rey, para gozar de los perdones que el gobernador les daba.
|Capítulo ochenta y siete
Que trata de dos
soldados de Aguirre que se pasaron al campo del rey, y de algún
servicio que le fue tomado a Aguirre.
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Sabida por Lope de Aguirre la nueva dicha, que el esclavo le dio
de la gente del Reino, recelándose de que sus soldados no le
hiciesen alguna levada y se huyesen, puso en ellos mucha más guarda
que hasta allí, aunque antes siempre había venido con ellos muy
recatado, guardándolos y teniéndolos encerrados en aquel fuerte o
cercado donde estaban, algunos de los cuales deseaban hallar tiempo
oportuno para se pasar, y con la mucha custodia que de sus amigos
en ellos tenía, no podían efectuar su propósito; y al fin plugo a
Nuestro Señor que dos soldados de Aguirre, llamados el uno Juan
Rangel y el otro Guerrero, acertaron al tercero día, que fue
viernes, a tener ocasión y oportunidad para salir del fuerte con
sus arcabuces, y en viéndose algo apartados de él, escondidamente,
sin que los viesen los de Aguirre, se pasaron al campo del rey,
donde los recibieron con mucho contento, y ellos dieron noticia de
cómo había muchos que en breve se pasarían, y que no era menester
más de estarse por allí la gente del rey y defendiéndoles las
comidas, y que poco a poco se les vendrían pasando todos, y que
quedaban para se pasar de los primeros un Juan Jerónimo Despindola,
y un Hernán Centeno, como otros diez o doce compañeros.
Y con esta nueva y la que antes les había dado Pedro Antonio
Galeas, tenían de contino sus centinelas y corredores de a caballo
los del rey sobre el fuerte de Aguirre, para que su gente no
tuviese lugar de salir a buscar comida sin que fuesen todos; y así,
este propio día, estos soldados que se pasaron con el maese de
campo y el capitán Bravo y otros cuarenta soldados, fueron a dar
vista al traidor, y poniéndose donde podían ser oídos, daban voces,
persuadiendo a los soldados de Aguirre a que se pasasen al rey,
diciéndoles que no esperasen a ver victoria, porque había llegado
el capitán Bravo del Reino con doscientos hombres bien aderezados
que les habían de poner en grande aprieto y desbaratarlos, y que no
esperasen haber batalla, pues si esperaban a esto los habían de
matar a todos, sino que con tiempo se pasasen y gozasen del perdón
del gobernador.
Y estando con estas pláticas, vieron ciertas piezas de indios e
indias del servicio de los amotinados, que estaban lavando en un
río cerca del fuerte; y dejando allí alguna gente para muestra, se
abajaron por otra parte oculta el maese de campo y el capitán Bravo
con algunos de los que allí estaban, y dando en el servicio de los
traidores que estaban en el río, se lo tomaron todo, y subiéndolo a
las ancas de sus caballos, se volvieron con ello, sin que nadie lo
estorbase.
Lope de Aguirre, viendo que ya se le atrevían mucho los de la
banda del rey y que los suyos se le empezaban a pasar, acordó ver
si podía hacer algún daño en el campo del rey, y hablando sobre
ello a sus amigos, les dijo que se juntasen sesenta hombres, y que
diciendo que iban a buscar comida, salieren aquella noche y fuesen
a buscar dónde estaba el campo del rey y diesen sobre él y hiciesen
el daño que pudiesen, y por la mañana se viniesen retirando, y que
él saldría con la demás gente a socorrerles.
Roberto de Susaya, capitán de la guardia de Aguirre, y Cristóbal
García, capitán de infantería, a quien este negocio se encomendó,
juntaron la gente y salieron hacer lo que el traidor les mandaba, y
andando aquella noche casi al cuarto de la modorra, buscando el
sitio donde estaba alojado el campo del rey, acertó a pasar por
cerca de donde ellos andaban un capitán Romero, que con ciertos
compañeros venían de un pueblo que tenían poblado, llamado la Villa
Rica, en una provincia que llamaban Nirva, a servir al rey; el cual
dicen que sintió el murmullo y tropel de los traidores, y poniendo
piernas a sus caballos, fueron dando arma al campo del rey. Otros
dicen que este capitán Romero nunca pudo sentir ni sintió a los
sesenta arcabuceros del Aguirre, porque andaban muy desviados del
camino por donde él pasaba, sino que por allí andaban ciertas
yeguas cerreras, las cuales, como los sintieron, se alborotaron y
corrieron, y pareciéndole al Romero y a los que con él iban que era
tropel de gente, corrieron como se ha dicho y dieron arma a los del
campo del rey, y luégo ensillaron todos sus caballos, y corriendo
hacia aquella parte donde el capitán Romero había sentido la gente,
no hallaron rastro de nada, y así se volvieron a reposar.
Los sesenta arcabuceros de Aguirre tampoco sintieron el alboroto
de los del rey, ni pudieron atinar dónde estaba el campo, y también
se echaron a dormir hasta por la mañana, que les vieron las espías
y atalayas que estaban puestas por el rey, las cuales dieron luégo
alarma a los de su campo, y poniéndose todo a punto de guerra,
salieron de su alojamiento en seguimiento de los sesenta
arcabuceros de Aguirre, los cuales viendo ir sobre si la gente del
rey, se retiraron en ordenanza hacia donde estaba el alojamiento de
su campo, y enviando un soldado delante, que diese aviso Aguirre de
lo que pasaba, se arrimaron a un chaparral o matorral de arcabuco
que estaba junto a una barranca, donde los del campo del rey no
podían llegar por ser toda gente de a caballo, y allí se
entretuvieron hasta que Lope de Aguirre vino con socorro de la
demás gente.
|Capítulo ochenta y ocho
De la escaramuza
que tuvo Aguirre con los del rey, y cómo se pasó Diego Tirado,
capitán de a caballo de Aguirre, al campo del rey.
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Sabido Lope de Aguirre el aprieto en que sus sesenta arcabuceros
estaban, tomando consigo toda la demás gente, cabalgó en un caballo
o yegua morcilla, y se fue llevando tendida la bandera de su
guardia, que era negra toda y con dos espadas ensangrentadas, hacia
donde su gente estaba recogida, y juntándose con ellos, hicieron
muestra de querer salir de aquel sitio donde estaban los del campo
del rey, que como se ha dicho, era toda gente de a caballo, y
habría en ellos hasta ciento y cincuenta hombres con cinco o seis
arcabuces; y viendo que allí no eran señores para poder ofender a
los contrarios, hicieron muestra de retirarse, y saliendo en su
seguimiento Aguirre con sus soldados, dejaron el alojamiento que
tenían, el cual luégo lo ganaron los de la banda del rey, los
cuales estaban en duda si romperían con los de Aguirre o no, y
andábanse corriendo o escaramuzando bien cerca de él, a menos de
doscientos pasos.
Lope de Aguirre mandaba algunos de sus soldados que por su orden
disparasen sus arcabuces, procurando con ellos hacer el mal que
pudiesen en los del rey; y asímismo tenía apercibidos cincuenta
arcabuceros que no disparasen, sino que con cada dos pelotas con
hilo de alambre, estuviesen a pique para si los de a caballo
quisiesen arremeter; y con estar tan cerca los unos de los otros y
tirar los del traidor sus arcabuces, algunos con buenas ganas,
nunca hicieron daño ninguno ni hirieron hombre ni caballo de los
del campo del rey, antes parece cosa de milagro que se vieron
algunas pelotas que daban en los caballos de algunos y se quedaban
ahajadas sin empecerles en cosa ninguna ni cortarles solo un pelo,
y que los del campo del rey, de sólo cuatro o cinco arcabuzazos que
tiraron le mataron Aguirre el caballo en que andaba y le hirieron
dos soldados.
Andaba en estas revueltas un Diego Tirado, capitán de a caballo
de Lope de Aguirre, en una yegua escaramuzando o corriendo por
delante de la gente de su campo, y pareciéndole buena coyuntura
aquella para pasarse y ganar la vida que por sus deméritos y
delitos atrás cometidos tenía perdida, dio una vez una arremetida
más larga de las que solía otras veces dar, y dejando su capitán
Lope de Aguirre, se pasó al rey delante de todos, diciendo a voces:
viva el rey, viva el rey.
Recibiole el gobernador y los demás capitanes de su campo muy
bien, y él les dijo que en ninguna manera arremetiesen ni viniesen
en rompimiento, porque Aguirre tenía cincuenta arcabuceros
reservados, con cuales haría harto daño, sino que se esparciesen de
suerte que no les tirasen al terrero. La gente del rey lo hizo así;
y para dar ánimo a los demás soldados que con el traidor estaban a
que se pasasen al rey, le dio el gobernador al propio Tirado el
caballo que traía, y le mandó que luégo fuese y escaramuzase
delante de Lope de Aguirre, que tenía mucha confianza en él. El
Aguirre, viendo que así se le había pasado, procurando disimular y
encubrir su pena y daño, dijo a los suyos que no se turbasen, que
él lo había enviado con cierto mensaje.
Cuando se pasó Diego Tirado, andaba también de a caballo un
Francisco Caballero, soldado de los del Aguirre, y como vio ir a
Diego Tirado quísole seguir y pasarse con él, y fue tan desgraciado
que él se cortó o el caballo se le estancó; de suerte que, sin
poder pasar atrás ni adelante, se quedó en el camino, más cercano a
los de Aguirre que a los del rey, y el traidor lo recogió con los
demás, y cuando se volvieron a retirar, un familiar de los del
traidor, portugués, que se decía Gaspar Díaz, se puso con una aguja
tras de la puerta del fuerte, y entrando el Francisco Caballero se
la tiró diciendo: "muera el traidor", y dándole por el arción
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delantero, se lo pasó, y con él el
miembro, que le dejó cosido con la silla por aquel lugar; y otros
iban ya a segundar de mala y a acabarle, sino que Lope de Aguirre,
conociendo la poca culpa que el Francisco Caballero había tenido en
aquel negocio, mandó que no lo matasen, sino que lo curasen.
Los del campo del rey, no curando arremeter, se andaban fuera de
toda orden, así corriendo y escaramuzando delante de la gente del
Aguirre, y los del motín dejaban de tirar y jugar con su
arcabucería.
Sucedió que estando los unos y los otros suspensos de esta
manera, sin pensar de venir por entonces en rompimiento, un soldado
de los del campo del rey, llamado Ledesma, atreviéndose al buen
caballo que tenia, dio una arremetida hacia el campo del contrario,
el cual, como lo vio ir y que se le llegaba tanto, creyendo que se
le pasaba, dijo a los suyos: "no le tiréis, que este se viene a
nosotros", y llegando el Ledesma obra de treinta o cuarenta pasos
del Aguirre y de su gente, en este compás rodeó en su caballo toda
la gente del contrario sin que le hiciesen mal ninguno, y volviendo
al paraje por donde había arremetido, volvió las ancas, y diciendo:
"viva el rey", se tornó a su campo, y aunque entonces le tiraron
muchos arcabuzazos no le hicieron mal ninguno.
Viendo, pues, Aguirre, que los contrarios le andaban tan cerca y
que sus arcabuceros no les hacían mal, dijo: "qué es esto,
marañones, que vaqueros con zamarros de ovejas y rodelas de vaca se
me han de atrever, y que vosotros no derribéis ninguno"; y
decía Aguirre esto, porque todos los más del campo del rey traían
unos zamarros de cueros de león o de venado que se usan para el
agua, y unas adargas de cuero de vaca, que se acostumbran en las
Indias para la guerra de los indios, y unas espadas bien mohosas, y
algunas lanzas que se podían esperar en cueros.
Pareciéndole mal Aguirre todas estas cosas, y que algunos de sus
arcabuceros que no tenían voluntad dañada tiraban antes al cielo
que al suelo, y que era víspera de desampararle allí, comenzose a
retirar y dar la vuelta hacia su fuerte, llevando casi a rempujones
a los soldados y dándoles a algunos con una sargenta que llevaba,
porque les parecía que se volvían de mala gana; y sin hacer más
daño del que se ha dicho, se tomó a recoger con sus soldados en su
fuerte; y asímismo los del rey, pareciéndoles que aquella vista que
allí se habían dado con los amotinados era víspera de haber
victoria, se volvieron muy alegres y contentos a su alojamiento,
dejando sus espias y corredores sobre el fuerte y alojamiento de
Aguirre, como solían.
|Capítulo ochenta y nueve
Que trata cómo
visto Aguirre que sus soldados no herían a los del rey, propuso de
dar la vuelta a la mar.
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Entrado Lope de Aguirre con su gente en su fuerte, y
considerando el poco daño que habían hecho en el campo y gente del
rey con el arcabucería, comenzó a vituperarlos y deshonrarlos,
llamándoles de pusilánimes y cobardes y de ánimos mujeriles, y que
no habían sido para herir un solo caballo de los contrarios con
tanta pujanza de arcabucería como tenían, y que más tiraban a las
estrellas del cielo con sus arcabuces que a los contrarios que
tenían juntos, en lo cual él conocía bien la intención y ánimos de
todos los más; que hiciesen en buena hora la guerra de aquella
suerte, que si a él lo desbarataban, para ellos seria la peor
parte, y luégo, con toda presteza, puso a la puerta del fuerte
algunos de sus amigos, para que no consintiesen salir a nadie, como
otras veces lo había hecho; y pareciéndole que los soldados que con
tibieza le seguían y los enfermos que en mi campo tenía, le eran
estorbo o impedimento para no hacer su guerra bien hecha, y que por
ellos no se osaban desmandar como quería, acordó matarlos a todos,
y haciendo una lista o memoria para ello, habló que debía matar
cincuenta hombres y más.
Y estando él en su pecho determinado de hacerlo, quiso primero
dar parte algunos amigos suyos, los cuales, viendo la cruel
carnicería que el traidor quería hacer, pareciéndoles que en
ninguna manera podían escapar sin que en aquella gobernación los
desbaratasen, y que podrían ser castigados todos por aquella
crueldad que su capitán quería hacer, o Dios que fue servido que no
se hiciese, les puso en corazón que lo estorbasen, y así le
respondieron Aguirre que no les parecía que se debía hacer aquello,
porque por ventura pensando que mataba a los culpados y tibios,
matarla a los muy leales amigos, y porfiando sobre esto con él gran
rato, le hicieron mudar el propósito malo que tenía, y lo dejó de
hacer, poniéndole también por delante la mucha confianza que hasta
allí, había tenido en Diego Tirado, y cómo le había desamparado el
tiempo de la mayor necesidad, y que así podría ser haber entre sus
soldados algunos de quien él tenía mucha confianza, que después le
negarían, y matar algunos que aunque le parecía que estaban tibios
en las cosas de la guerra morirían por su defensa.
Lope de Aguirre, convenido con esto y determinado ya de no matar
los que tenía señalados, acordó quitarles a todos las armas, y así
los desarmó y mandó a sus muy amigos que tuviesen cuenta con ellos
y si los viesen hacer algún semblante de huírse, que los matasen a
todos; y juntamente con esto, pareciéndole que en este camino para
el Reino y Pirú le hacían mucha resistencia, y que podría ser
desbaratarle y dejarle los suyos en el camino, acordó dar la vuelta
y volverse con su gente a la mar, y embarcarse en los navíos que
pudiese, y tomar otra derrota e manera de vivir.
Los del campo del rey, reconociendo el temor con que Aguirre
estaba, nunca se quitaban del rededor del fuerte treinta o cuarenta
de a caballo, para impedirles que no saliesen a buscar comida, y
porque viéndolos tan cerca se animasen a huir algunos y pasarse al
rey, y así el traidor no consentía salir ningunos de sus soldados,
aunque fuesen de los más amigos, a buscar comida, y así pasaban
entre todos tanta hambre y necesidad de comida que mataban los
perros que tenían para comer, y algunas cabalgaduras de las que
habían traído.
Y viendo algunos, y aun los más de los que el Aguirre había
puesto por guardas de la puerta del fuerte, la necesidad que
padecían y el aprieto en que estaban, uno a uno y dos a dos se le
huían y se iban a donde andaban y estaban las guardas del campo del
rey; y porque no pareciese que del todo estaba desanimado y perdida
la confianza de sus soldados y amigos, envió un día de estos o echó
fuera del fuerte a ciertos capitanes y soldados arcabuceros para
que ojeasen al maese de campo y al capitán Bravo que con ciertos
soldados de a caballo se le hablan llegado muy cerca a persuadir a
los soldados de Aguirre que se pasasen al rey; y tomando por reparo
estos arcabuceros del traidor una ermita que allí estaba, para que
los de a caballo no les hiciesen mal, comenzaron a trabar pláticas
con los soldados que estaban con el maese de campo y el capitán
Bravo; y como todos eran soldados que no se habían visto en otras
refriegas de guerra ponían mucha parte de sus armas en las lenguas,
vituperándose los unos a los otros; y como los de la parte del rey
trataban de traidores a los contrarios, tomábanlo por mucha afrenta
y procuraban tirarles muy de veras con sus arcabuces.
Estaba el capitán Bravo diciendo a sus propios soldados que no
era de buenos tratar mal con palabras a sus contrarios,
especialmente siendo de su nación, y que antes los habían de
persuadir con buenas palabras a que se pasasen a su rey. Uno de los
contrarios, mestizo, llamado Juan de Lescano, pareciéndole que el
capitán Bravo se había señalado mucho en aquellas refriegas y que
estaba entonces descuidado hablando con sus soldados, le tiró de
muy buena gana un arcabuzazo, y quiso Dios que fuese algo avieso y
le diese en el caballo, el cual cayó luégo, y creyendo los unos y
los otros que el caballero y el caballo habían sido heridos de
muerte, los de la banda del traidor dieron muy gran grita de
alegría, porque hasta allí no habían hecho otro tanto, y los del
rey, llegándose a su capitán y hallando no le haber herido más que
el caballo, le dieron luégo allí otro y se retiraron y apartaron
del fuerte.
De los soldados que en este tiempo se habían pasado o pasaron al
campo del rey, de los del traidor, dieron aviso cómo Lope de
Aguirre tenía presupuesto determinado de irse o volverse a la mar,
y que había desarmado a muchos diciendo que ya que se le huyesen no
quería que se llevasen armas con que después le hiciesen la guerra;
y así el general del rey y su maese de campo tenían mandado a las
guardas o espías que habían puesto, que tuviesen gran vigilancia en
ver y entender cuándo Aguirre cargaba su carruaje para dar la
vuelta, y diesen aviso de ello en el campo para irles a dar
alcances y desbaratarlos si pudiesen, los cuales lo hicieron
así.