INDICE




|Capítulo diez y siete
 

 

Que trata cómo el gobernador envió a descubrir, y de otras cosas que sucedieron en Machifaro.

 

 

 

Hallando en este pueblo de Machifaro tan buen aderezo de comida como se ha dicho, para que la gente se reformase y descansase, y porque la Pascua de Navidad venía ya cerca, acordó el gobernador estarse en él algunos días; y para saber si cerca de allí había alguna otra provincia de gente con que los indios de este pueblo tuviesen algún trato, y ver si se podía hallar algún rastro o principio de la tierra que andaban a buscar, envió al caudillo Pedro Alonso Galeas con cierta gente en canoas para que lo fuesen a buscar, los cuales metiéndose por un estero o ciénaga de pequeña boca que entra en el río Marañón, por junto a este pueblo, a la mano derecha, que tenía el agua tan negra que ponía admiración y parecía ser pronóstico del daño que se les aparejaba; por el cual estero, yendo navegando, dieron en una laguna o lago de agua, tan grande que puso admiración a los que en ella entraban, y navegando por ella perdieron la tierra de vista por todas partes, que temieron ser perdidos, porque casi no atinaban por la boca del estero por donde habían entrado en aquella laguna, y así determinaron dar la vuelta a cabo de ciertos días que anduvieron en aquella laguna y estero sin hallar ninguna poblazón ni rastro de gente.

En el cual tiempo sucedió que obra de doscientos indios de guerra bajaron de la pronvincia de Carari, que es lo que quedaba arriba, a hacer salto a este pueblo de Machifaro, no creyendo estar en él los españoles, antes pareciéndoles que con la pasada de la armada andarían los indios de aquel pueblo alborotados y tendrían lugar de hacer su salto más seguramente; y como llegasen de noche, a media noche a la barranca del río y reconociesen estar allí españoles, no osaron hacer el salto que pensaban, antes se estuvieron por allí hasta que amaneció y viendo claramente lo que en el pueblo había, alzando muy gran grita y tocando sus fotutos y cometas y otros instrumentos que traían, dieron luégo la vuelta río arriba, lo cual visto por el cacique o señor de aquel pueblo de Machifaro, vino a muy gran priesa al gobernador a rogarle que le diese favor y ayuda para ir en seguimiento de aquellos indios que eran sus contrarios y habían venido a matarle.

El gobernador, por contentarle, mandó a su teniente don Juan de Vargas que con cincuenta arcabuceros fuese ayudar aquel cacique; los cuales, embarcados con el cacique y con algunos indios de Machifaro en sus canoas, y rodeando por otra parte le tomaron la delantera. Viéndose los doscientos indios de Caricuri tomado el paso y así cercados, acordaron ponerse en arma para defenderse, creyendo que no venían más que los indios de Machifaro, y reconociendo los españoles y sabiendo la poca parte que eran para ofenderles, comenzaron hacer señas de paz; y como entre los soldados sea tan aborrecida, haciéndose sordos, comenzaron a disparar su arcabucería. Viéndose los indios lastimados de esta suerte de los españoles y de los indios sus contrarios, acordaron dejar las canoas y meterse por la montaña adentro, de suerte que no pudieron ser habidos de ellos sino cinco o seis; y tomándoles todas las canoas se volvieron al pueblo de Machifaro, donde había quedado el gobernador.

Créese que todos estos indios perecerían allí o los matarían sus contrarios, porque no tenían canoas en que volver y estaba mucha distancia de allí su tierra el agua arriba.

Pasado esto, pareciéndole al gobernador que ya estaba en su distrito, y que era ya tiempo de comenzar a poner orden en algunas cosas que iban desordenadas, y considerando la falta que hacía la ausencia del prelado para corregir y enmendar algunas cosas espirituales entre la gente y soldados de aquella armada, porque aunque él hacía su posible en castigar y corregir algunos excesos, no lo hacía tan por extenso como se requería. Demás de esto, porque llevaba algunos clérigos, y ellos entre sí, por falta de cabeza y superior iban algo discordes y diferentes, acordó nombrar aquellos clérigos uno por provisor y vicario de la gente que llevaba, pareciéndole que pues Su Majestad es vicario general y en algunas partes provee obispados y otras dignidades, que por ser él gobernador y haber allí la necesidad que había, podía hacer aquel nombramiento, y así de hecho e de derecho nombró por cura y vicario o provisor de su armada, a un padre llamado Alonso Henao; el cual usando de su nueva comisión, dio luégo cartas de descomunión, a pedimento del gobernador, sobre que se restituyesen cualesquiera cosas que les fuesen a cargo de todo género de menudencias, herramientas y ganados, so pena de las censuras que para ello les imponía; lo cual puso harto escándalo en el campo, diciendo sus émulos del gobernador que sólo por sacar aquellas cartas de descomunión había hecho aquel vicario y provisor y no con ningún buen celo de los que arriba se han dicho.

Hubo grandes alteraciones entre los que algo presumían entender sobre que el gobernador no podía nombrar aquel juez eclesiástico, ni el juez podía proceder por censuras, mas sin embargo de esto usaba el clérigo su oficio.

En esta diferencia llegó Pedro Alonso y la demás gente que habían ido a descubrir, y trajeron la nueva que arriba se dijo, de la laguna en que anduvieron; y sabido por todo el campo, comenzaron algunos a desmayar y otros a descubrir las malas intenciones que tenían, como en el capítulo presente | 1 se dirá.

 

|Capítulo diez y ocho
 

 

Que trata de lo que el gobernador pasó con algunos soldados sobre que decían que se volviesen a Pirú, y de cómo los amotinadores persuadían a muchos que estuviesen mal con el gobernador, y las causas que para ello les daban. |
 

 

 

Llevaba el gobernador Pedro de Orsúa consigo por guía para que le llevasen a la noticia en cuya demanda salió del Pirú, ciertos indios brasiles de los que habían subido por este río que arriba se dijo, que dieron nuevas de Omegua, que llaman Dorado, y asímismo un español de los que habían bajado por el río de la Canela con el capitán Orellana, los cuales, por el mucho tiempo que había que pasaron por este río y por la grandeza de él, no reconocían bien la tierra, y como habían ya navegado casi setecientas leguas y aquel caudillo salió a descubrir y no trajo ninguna claridad de haber hallado gente y las guías no supieron dar razón suficiente del pasaje donde estaban ni si había mucho ni poco camino de allí a la noticia de Omegua, comenzaron algunos facinerosos soldados y émulos del gobernador a derramar fama y decir en todo el campo que las guías desvariaban y los traían engañados, y que no había Dorado ni provincia que tuviese las riquezas que habían dicho, y que parecía claro, pues al cabo de haber navegado casi setecientas leguas por aquel río, no habían hallado la tierra ni rastro de ella, y que lo más acertado seria, antes que se acabasen de perder, dar la vuelta y volverse por el propio río arriba al Pirú, pues no había más qué buscar de lo buscado.

Estas y otras cosas que los amotinadores derramaban por el campo y trataban a fin de atraer a si la gente, vinieron a noticia del gobernador, y queriéndolos desengañar y declararse con ellos, juntando o llamando algunos, les dijo la obligación que tenían a salir con aquella empresa, y lo mucho que a todos importaba, y que hasta allí casi no habían hecho ningunas entradas ni descubrimientos la tierra adentro; que se animasen todos a sufrir los trabajos, porque sin ellos no se había poblado ni descubierto ninguna provincia en las Indias; que si conviniese y fuese necesario en descubrimiento y demanda de su tierra que iban a buscar, habían de envejecer los muchos pequeños que consigo llevaba.

Los que con buen propósito habían salido de Pirú tuvieron a mucho lo que el gobernador les había dicho y tratado, teniéndolo entonces por hombre de mucho más ánimo que hasta allí, proponiendo seguirle y morir en la demanda y descubrimiento de la tierra.

Había en el campo otros soldados, que son los que hemos llamado amotinadores, que era Lope de Aguirre y Montoya y Salduendo y otros aliados suyos, que habían entrado en esta jornada por la forma que en el Pirú se había divulgado de que el gobernador Pedro de Orsúa hacía gente por mandado del virrey para alzarse, y porque por delitos que ellos habían cometido no podían ni osaban parecer ante las justicias, andando de ordinario al monte; y como después de entrados en la jornada vieron que no se efectuaba lo que ellos pensaron, pesoles mucho y quisieron volverse con algunos soldados a dar algún alboroto en el Pirú; lo cual nunca pudieron efectuar, aunque lo intentaron diversas veces. A estos y a sus consortes y aliados no les pareció bien lo que el gobernador había dicho, sembrando razones cizañosas y emponzoñosas por el campo, procurando, como hemos dicho, poner todo mal y discordia entre los soldados y el gobernador, los cuales, o alguna parte de ellos, daban señales de tenerle mala voluntad, así porque no les daba tanta largueza como ellos querían para robar y matar indios, como porque no se daba en conversación y trato a todos, como solía, pareciéndoles que incitado de algunas personas había mudado muy mucho la condición y se había hecho más grave y severo, y así para cumplir con el vulgo y con los que de antes conocieron a Pedro de Orsúa y su afabilidad y buena crianza, teniendo entendido que les había de echar la culpa a todos los que formasen enemistad con él, diciendo que en ellos estaba el defecto y no en el gobernador, procuraron las excusas dichas, añadiendo otras inventadas por algunos para dorar sus malas voluntades, notándolo de frágil y flaco y que se había sujetado demasiadamente a una mujer que llevaba por amiga, llamada doña Inés de Atienzo, la cual le tenía enhechizado, y que por ella se regia y gobernaba, y que a los soldados que delinquían los condenaba en pena de remar solamente porque fuesen remando en la canoa de la doña Inés, por inducimiento de la cual usaba de los extremos dichos y de otros muchos; ranchéandose apartado del campo con la doña Inés, por tener lugar de comunicarse y frecuentarse más a menudo, y que aborrecía la compañía de los soldados, y que le pesaba de que le estuviesen mirando cuando comía, y que era enemigo de dar y amigo de que le diesen, que lo que prestaba lo tornaba a pedir con mucha facilidad, y que lo que a él le prestaban decía que se le debía de obligación, y nunca más lo tornaba, y que usaba de muchas estrechuras y rigores que en las jornadas no se deben usar, temiéndose de la residencia que se le había de tomar, y que tenía muy olvidadas las cosas de la guerra; debajo de las cuales colores, como he dicho, algunos soldados mostraban estar mal con el gobernador, dando señal de ello a los amotinadores, los cuales, pareciéndoles que entre todos los más del campo estaba muy mal quisto, afeando mucho lo que el gobernador había dicho, diciendo que en aquella jornada habían de envejecer los muchachos, comenzaron a tratar sobre ello, y casi entendiendo por las palabras exteriores los unos a los otros lo que tenían en su pecho, comenzaron a tratar sobre lo que debían hacer para volverse al Pirú; aunque su principal intención de los más amotinadores era matar al gobernador y volverse alzados a Pirú, fingían otra cosa de fuera, teniendo y dando varios pareceres de lo que habían de hacer.

 

|Capítulo diez y nueve
 

 

Que trata de cómo concertaron de matar al gobernador, y los pareceres que sobre ello hubo, y cómo engañaron a don Hernando a que fuese su general y nombró los que fuesen en ello. |
 

 

 

Habiéndose comunicado los amotinadores principales entre sí, que era Alonso de Montoya y Juan Alonso de Labandera y Lorenzo Salduendo y Miguel Serrano de Cáceres y Pedro de Miranda, mulato, y Martín Pérez y Pedro Fernández y Diego de Torres y Alonso de Villena y Cristóbal Hernández y Juan de Vargas y Lope de Aguirre, de lo que se había de hacer acerca del matar a Pedro de Orsúa, pareciéndoles que entre ellos no había hombre a quien de buena gana obedeciesen toda la más gente del campo, por ser todos de poca suerte y autoridad y de bajo linaje, y los que había de bueno estaban también inclinados y habían dado y daban tan buena muestra de su lealtad que aunque se les encargara o tratan algo del negocio no sólo no lo hicieran, mas se mataran con quien se lo tratara, acordaron hablar a don Hernando de Guzmán, alférez general de Pedro de Orsúa, que era tenido por caballero y de buen linaje, y era bien acondicionado y afable con los soldados, teniendo conocido de él que era algo ambicioso de honra, y que a trueque de mandar haría lo que ellos le rogasen, y así, debajo de encargarle el secreto y darle a entender que conociendo lo mucho que merecía, movidos de un santo celo le venían a rogar un negocio que importaba y convenía a todo el campo y principalmente al servicio del rey, y don Hernando, rindiéndoles las gracias por el mucho caso que de su persona hacían, les dijo que dijesen lo que querían, y ellos le comenzaron a decir que ya le era notoria la perdición que todos llevaban a causa de los muchos agravios y sin justicias que cada día les hacía, y que si mucho gobernaba Pedro de Orsúa podría ser perderse todos, lo cual era gran deservicio del rey, y que bien sabía el agravio y afrenta que a él le había hecho en prenderle a su criado sin tener la cuenta que era razón con un caballero como él; que le suplicaban que fuese su general, y tomando en sí toda la gente irían mejor gobernados por su mano, y descubrirían la tierra que iban a buscar, y poblándola, Su Majestad tendría particular cuenta con él y le perdonaría, y que podrían dejar al gobernador en aquel pueblo de Machifaro con algunos amigos suyos.

Don Hernando de Guzmán, vencido de este cudicia y ambición de mandar, y pareciéndole que no habría más en el negocio de lo que los traidores y amotinadores le decían, pospuesto el amor y lealtad que él estaba obligado a tener a su gobernador, les rindió las gracias del ofrecimiento y aceptó de hacer lo que le rogaban; y estando ya todos confederados en esta liga, y determinados de hacer su general al don Hernando de Guzmán, no pareciéndoles bien algunos el concierto que tenían hecho, que era lo que habían dicho al don Hernando, decían que no habían de buscar tierra sino que, dejando allí en el pueblo de Machifaro a Pedro de Orsúa y a sus amigos, tomasen todos los bergantines y canoas, y con todos los que les quisiesen seguir se fuesen el río abajo y se volviesen al Pirú. El don Hernando decía, con algunos que estaban de su bando, que no se había de hacer más de lo que a él le habían dicho; y tomando en estas diferencias la mano Lope de Aguirre y Lorenzo Salduendo, dijeron que nada de todo aquello convenía, sino que luégo matasen a Pedro de Orsúa y a su teniente, y con toda la gente diesen la vuelta al Pirú, donde se preferían en breve tiempo hacerle señor de él; y con la ambición que don Hernando tenía, y porque le prestaba ya poco que decir otra cosa, dio muestras de parecerle bien lo que Lope de Aguirre decía, y así quedó desde allí confirmada la sentencia de muerte contra Pedro de Orsúa, buscando tiempo oportuno para ello, y procurando cada uno por su parte atraer a sí los soldados y amigos que tenía para hacerlos propicios cuando fuesen menester.

El gobernador, descuidado de estas tramas y urdiembres, teniendo en poco los avisos que algunos amigos le habían dado conociendo algunos de los que en la jornada iban, aunque no presumían lo que sucedió, que era que tuviese de continuo guardia en su rancho de soldados e amigos, no curó de hacerlo; y algunos quisieron decir que no tenía guardia consigo por tener más largueza en conversar con doña Inés, porque teniendo guardia en su rancho no había de ser tan disoluto que delante de los soldados de la guardia tuviese comunicación con su amiga; y así se estaba solo con solos sus pajes.

Los traidores, no hallando en este primer pueblo de Machifaro tiempo oportuno para matar al gobernador, lo dilataron para adelante. Pasada la Pascua de Navidad se partió de este primer pueblo de Machifaro, y navegando todo aquel día, llegó a otro pueblo que llamaron asímismo de Machifaro, donde se alojó el gobernador con toda la gente, el cual estaba despoblado y los moradores de él alzados por el miedo que tenían a los españoles, por lo que de ellos habían visto.

 

Capítulo veinte

 

Que trata de cómo mataron al gobernador y a su teniente en Machifaro, habiendo enviado a descubrir gente y tierra. |
 

 

 

Llegado el gobernador al segundo pueblo de la provincia de Machifaro, después de Pascua de Navidad, y alojado en él, como está dicho, hallaron entre otros caminos que salían de aquel pueblo, uno algo grande, que por su grandeza parecía haber por él algún trato de poblazón grande; lo cual sabido por el gobernador acordó enviar a ver dónde iba aquel camino, porque no dijesen algunos de sus émulos que se pasaba de largo sin visitar la tierra y ver lo que en ella había, y así, nombrando por caudillo a un Sancho Pizarro, lo envió con ciertos soldados a que viese y descubriese la poblazón donde iba aquel camino.

Partido Sancho Pizarro, viendo los amotinadores que forzosamente se había de detener allí algunos días, acordaron dar orden cómo se ejecutase su sentencia contra el gobernador, y habiendo entrado en consulta sobre ello el día de Año Nuevo por la mañana se determinaron de efectuar su maldad aquel día en la noche, por ser el día que era, y entendiendo cuán descuidado estaba el gobernador de ello.

Esta junta no se hizo tan secreta que no la entendió un esclavo negro de Juan Alonso de Labandera, llamado Juan Primero, el cual, o por Dios que lo movió o porque debía ser más leal que los españoles, o pretendiendo por esta vía libertarse, procuró disimuladamente ir al rancho del gobernador a darle cuenta de lo que pasaba y estaba determinado contra él. Fue tanta la desgracia de todos que nunca halló al gobernador en su casa, porque estaba con la doña Inés. Queriendo el negro volverse por no ser sentido, confiado en un esclavo de Pedro de Orsúa, le dijo el efecto a que venía, que era avisarle de cómo le habían de matar aquel día. El esclavo del gobernador, o se le olvidó o no quiso decirlo, de suerte que se pasó el día sin que el gobernador fuese avisado.

Venida la noche se juntaron todos los amotinadores que arriba se han nombrado, en casa de don Hernando de Guzmán, y para más seguridad enviaron un mestizo, criado de el don Hernando, a ver lo que hacía el gobernador y quién estaba con él, el cual fue y entró en el bohío diciendo que su amo lo enviaba a pedir un poco de aceite, y mandándoselo dar el gobernador, se volvió con su embajada y aviso a los traidores que congregados y puestos a punto estaban en el lugar dicho. Sería como dos horas después de anochecido, día de la Circuncisión, cuando los dichos matadores salieron juntos de casa de don Hernando con diabólica determinación, y tomando la delantera el pésimo de Alonso de Montoya, como hombre que pretendía tomar particular venganza de la muerte del gobernador, y con el Cristóbal Hernández de Chaves, entraron en casa del gobernador, al cual hallaron echado en una hamaca hablando con un pajecillo suyo, llamado Lira, y le saludaron, y diciéndoles el gobernador qué buscan por acá los caballeros a tal hora, la respuesta fue darle sendas estocadas, y levantándose para tomar su espada y rodela, que tenía allí junto de si, entraron los otros, y segundando, le hirieron todos, de suerte que cayó allí luégo muerto, sin hablar más palabra de confesión, confesión, miserere mei Deus; y hecho esto, saliéndose fuera del bohío todos, alzó la voz uno de ellos y dijo: libertad, libertad, viva el rey: muerto es el tirano.

Oyendo las voces de este motín, don Juan de Vargas, teniente general, sin saber lo que fuese, lo más presto que pudo, se vistió un escaupi o sayo de armas, y con su espada y rodela y su vara en la mano, se fue hacia casa del gobernador, a donde había oído las voces, el cual topó en el camino a los comuneros traidores que le iban a buscar, y conociendo ser él y que iba armado, arremetieron y le quitaron el espada y la rodela, y lo comenzaron a desarmar para hacer de él lo que habían hecho de su gobernador; y habiéndole quitado una manga del sayo y estándole quitando la otra, uno de aquellos ministros luciferinos, llamado Martín Pérez, le dio una estocada por el lado desarmado; que le pasó de parte a parte, y con la sobra del espada hirió al Juan de Vargas, su compañero, que estaba desarmando al teniente, y lo lastimo muy mal, y luégo todos los demás amotinadores le dieron todas las estocadas y cuchilladas que pudieron, con que lo acabaron de matar. Luégo, tornando alzar algunos de ellos la voz de: libertad, caballeros, viva el rey, se volvieron a la casa o bohío donde habían muerto a Pedro de Orsúa, adonde luégo acudieron todos sus amigos y aliados, que estaban ya apercibidos y avisados para en oyendo el alboroto acudir con sus armas a favorecerles. Asímismo se llegaban otros muchos soldados a ver qué era aquel alboroto, sin saber ni entender lo que estaba hecho, a los cuales los traidores luégo hacían entrar en su escuadrón, y todo esto sin que los más del campo entendiesen quiénes y cuántos eran en aquella junta, y cuando venían a entender la muerte del gobernador y su teniente, cada uno de los que no habían sabido ni sido en el motín, creía que la mayor parte del campo fuesen en ello.

Junta la mayor parte del campo, debajo de la cautela dicha, algunos de los amotinados, viendo que faltaba gente, salieron armados con amigos y paniaguados y unos por fuerza y a otros de grado, a unos con amenazas y a otros con promesas y halagos, los trajeron a todos a casa del gobernador, para que se hallasen presentes a unas solemnes exequias que a los difuntos pensaban hacer, y para que supiesen y entendiesen a quién habían de tener por general y a quién habían de obedecer y acatar y reverenciar.

 

|Capítulo veinte y uno
 

 

Que trata de lo que toda la noche hicieron después de haber muerto a su gobernador y a su teniente. |
 

 

 

Junta, pues, toda la gente del campo en casa del difunto para hacer las exequias, juntos los dos cuerpos muertos, mandaron los homicidas que dentro en la casa en el bohío del gobernador, se les hiciese un hoyo para que pues habían sido compañeros en la vida lo fuesen en la muerte, y los echasen allí juntos. Los sufragios que por ellos hicieron fue nombrar luégo por su general a don Fernando de Guzmán, y por su maese de campo a Lope de Aguirre, no curando por entonces de hacer más oficiales por la mucha ocupación que pensaban tener en matar los amigos y paniaguados del gobernador y su teniente, a los cuales, con toda diligencia, desarmaron, y queriendo hacer de ellos lo que de su gobernador, el don Hernando de Guzmán que ya tenía título de general, no lo consintió, y recelándose los traidores que los muertos no resucitaran a tomar venganza con mano y confederación y liga de algunos amigos suyos o de otros soldados, mandaron que, so pena de la vida, ninguno hablase quedo sino altas e inteligibles voces, de suerte que de lo que hablasen no se pudiesen colegir cosa alguna de lo que ellos temían.

Algunos soldados se descuidaron de cumplir este precepto, hablando unos con otros algo más bajo de lo que estaba mandado, pusieron en detrimento sus vidas, y quisieron matarlos, sino por ser personas de quien no se presumía que hablaban cosa en deservicio de la comunidad, les perdonaron, y temiéndose no hubiese aquella noche algún mal recaudo, y porque no tuviesen lugar ningunos soldados de comunicar algo contra ellos, no consintieron que ninguno se fuese aquella noche de allí, mas antes velando y con sus armas en las manos los hicieron estar toda aquella noche en escuadrón, jactándose y alabándose de lo hecho; y porque estas exequias no quedasen sin ofrenda, mandaron con mucha liberalidad sacar cierto vino que el gobernador trata para decir misa, y como hombres que no pretendían oírla, lo repartieron todo entre todos, así capitanes como soldados, para que con más constancia y amistad pasasen la noche.

 

|Capítulo veinte y dos
 

 

Que trata de la persona de Pedro de Orsúa, y de algunas propiedades nobles de su persona, y de otras cosas que le levantaron. |
 

 

 

Será bien que antes que entremos en contar de los amotinados homicidas, demos conclusión a la historia del gobernador Pedro de Orsúa, que Dios haya, contando su naturaleza y persona y algunas propiedades que tenía.

Era natural Pedro de Orsúa del río | 2 de Navarra, de un pueblo llamado Orsúa, junto a Pamplona, y tenido por caballero de solar conocido, señor de la casa de Orsúa, de donde el tomó el apellido; y a la sazón que lo mataron sería de edad de treinta y cinco años. Era de mediana disposición; algo delicado de miembros, aunque bien proporcionados para el tamaño de su persona; tenía la cara alegre, blanca y de muy buen parecer, la barba taheña bien puesta y poblada, y mediante la buena proporción que en su cuerpo tenía, era tenido por gentil hombre. Tenía muy buena plática y conversación. Era afable y muy compañero con sus soldados con lo cual atraía a sí la gente y soldados. Era en extremo pulido y preciábase de ello y de traer bien puesto lo que se vestía, y así le lucía mucho. Era más misericordioso que justiciero, y preciábase más de disimular con los soldados y moderar los castigos que merecían, conmutándolos en cosas leves y honestas, que no castigarlos con rigor. Sirvió siempre a su rey y señor con toda legalidad y lealtad, de suerte que jamás se presumió de él que le pasase por pensamiento hacer cosa que no debiese contra el servicio del rey. Era astuto, ingenioso en las cosas de la guerra; curó siempre estorbar y evitar que no se hiciesen demasiadas crueldades a los indios, antes procuraba buenos medios, y con dádivas atraerlos a su amistad y conformidad; fue siempre muy querido y amado en las conquistas en que anduvo, de los soldados, por los muchos términos de mucha crianza que con todos usaba, tanto que nunca se halló haber dicho palabra descomedida ni deshonesta a ninguno; como se ha dicho, al que muy gran pena merecía le daba un leve castigo. Era liberal en el dar, y mucho más en el ofrecer si tenía necesidad de gente. Turole la jurisdicción de su gobierno y jornada tres meses y seis días, porque se embarcó en su astillero a los veinte y seis de septiembre de mil y quinientos y sesenta. Matáronle sus soldados el primer día de enero de mil y quinientos y sesenta y uno.

La gente y soldados que con él salieron de Pirú a la infelice jornada, o algunos de ellos, por descargar a sí o a los culpados de la mucha pena que todos merecen por la traición que con su gobernador usaron, procuraron poner en él muchas objeciones, en especial las que en el capítulo veinte y uno se dijeron y otras muchas que después acá añadían, diciendo que a la sazón que le mataron estaba tan mudado de lo que antes solía ser, que los que de mucho tiempo le habían conocido y entonces le veían decían y afirmaban que no era posible ser el general Pedro de Orsúa, antigua alabanza de soldados, porque se había hecho soberbio, avariento, codicioso, mal quisto, sobrado en el hablar, descuidado en el gobernar, y otras cosas de esta suerte, y con todas estas objeciones que en él ponen, nunca han sabido decir ni declarar ningún agravio ni sinjusticia que a persona particular en toda esta jornada hiciese, antes, como se ha dicho, ser en todo moderado y modesto, y sólo hizo justicia de aquellos que mataron a su teniente Pedro Ramiro, corregidor de Santa Cruz de los Motilones, en lo cual ganó muy gran honra y crédito con todo el Pirú y con el virrey y Audiencia, y quitando todos de sí la sospecha que contra él tenían, no le llamaban sino Pedro Leal, por lo cual se infiere ser claro, ser todas falsas estas objeciones y faltas que contra él se pusieron, y levantarlas, como se ha dicho, algunos soldados, por relevarse de alguna culpa y pena de la mucha que merecen. También se verifica ser falsas estas objeciones en que en ellos no hay soldados de cuantos con el gobernador salieron de Pirú en este disparate que conforme uno con otro, antes hay muchos más que afirman lo contrario, y solos los que por haber sido culpados en esta rebelión andan algo desasosegados, porque la justicia los pretende desterrar de las Indias, como Su Majestad justa y santamente lo manda, dicen las objeciones dichas contra el gobernador.

Una cosa pueden decir con gran razón contra el gobernador, y esta es haber sido demasiado de confiado y no haber gobernado con la cautela que para con semejantes soldados se debía usar; porque si él no pensara que todos no eran tan leales como él, él hiciera lo que algunos amigos le escribieron, que echase fuera a los que le mataron, y aun después hubo quién le aconsejó que los matase e hiciese justicia de ellos, el cual, si lo hiciera y si no confiara tanto como confió, su muerte de aquella suerte evitara.

Todas las demás muertes que desde la suya en adelante sucedieron, aunque algunos han querido afirmar que fue permisión divina, por los pronósticos que de ella hubieron, que en algunas partes de lo arriba escrito se han dicho, y por lo que pasó cinco días antes que lo matasen, que un comendador de la orden de San Juan, llamado Juan Gómez de Guevara, muy amigo de Pedro de Orsúa, persona anciana y de gran crédito y verdad, el cual andándose paseando a buen rato de la noche, por junto a la puerta de su bohío, que estaba más cercano al bohío del gobernador, en el pueblo primero de Machifaro, donde había las muchas tortugas, por respeto de la mucha calor que en aquel pueblo hacía, vio pasar por junto o detrás del bohío del gobernador un bulto mediano, del cual salió una voz no muy recia y no conocida que dijo: "Pedro de Orsúa, gobernador de Megua y del Dorado, Dios te perdone", y aguijando el comendador hacia donde había visto el bulto y oído la voz, nunca pudo hallar rastro de quién fuese ni que de la voz pudiese colegir que era de hombre; y puesto en grande admiración el comendador de esto que había oído, lo trató y comunicó con algunos amigos suyos y del gobernador, entre los cuales se coligió que por respeto de estar en aquella sazón malo el gobernador, podría ser aquella enfermedad fin de sus días, y porque de ello no recibiese alguna particular pesadumbre el gobernador, de que se le agravase más la enfermedad, nunca osaron decírselo; de lo cual y de lo arriba dicho, se ha querido colegir por algunos, como es dicho, que por muchas maneras pudo tener noticia el gobernador o aviso para mirar por si, y siempre las más veces se le ocultó e otras no hizo caso de ello; y dando conclusión con esto a la jornada y vida del gobernador Pedro de Orsúa, comenzaremos a decir de las guerras y discordias que entre sí tuvieron todos los del motín, y cómo se mataron unos a otros, y dentro de un año se consumieron con crueles muertes y otros estragos que hicieron.

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