|Capítulo nueve
Cómo se partió
don Juan de Vargas con los setenta
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hombres a
Cocama y lo que le sucedió.
Queriendo don Juan de Vargas cumplir lo que su gobernador le
había mandado, tomó un bergantín de los que habían hecho y con
ciertas canoas recogió los setenta hombres restantes, y partiéndose
del astillero por principio del mes de Julio del año de sesenta,
comenzó a navegar el río abajo, y llegando a la provincia de los
Caperuzos y no hallando allí a García de Arce, no curó de
detenerse, mas pasando de largo fue por sus jornadas contadas agua
abajo al río de Cocoma, donde no hallando a García de Arce, que se
había pasado de largo el río abajo, dio orden en subir el río de
Cocoma arriba, a buscar la comida para esperar al gobernador, y
dejando algunos soldados de los más enfermos y para menos en la
boca del río, en guarda del bergantín, se fue en las canoas que
tenía el río arriba, por el cual caminó veinte y dos jornadas, al
cabo de las cuales halló ciertas poblazones de indios y mucha
comida de maíz, en las cuales, tomando algunas piezas o indios,
machos e hembras, para su servicio, y todas las canoas y maíz que
pudo cargar, dio la vuelta a donde había dejado el bergantín, y
halló la gente que allí había quedado muy fatigada de hambre, tanto
que de esta causa y alguna leve enfermedad, halló muertos tres
españoles y muchas piezas de servicio, con la cual llegada se
alegraron mucho todos los enfermos y aun los sanos, por haberles
venido algún remedio con qué mitigar alguna parte de la fatiga que
la canina hambre les daba.
Estuvo aquí el capitán don Juan de Vargas esperando al
gobernador más de dos meses, en el cual tiempo los soldados que con
él estaban, o persuadidos de la ociosidad que allí tenían o
pareciéndoles mal la tardanza del gobernador, andaban buscando
orden cómo salir de aquel mar dulce. Hubo dos opiniones o maneras
de motín, porque según se dijo, estaba la gente hecha dos
parcialidades, y los unos eran de parecer que matasen al don Juan
de Vargas, y se fuesen la vuelta del Pirú, por el propio río de
Coma arriba; otros decían que no, sino que vivo dejasen allí al don
Juan, y ellos se fuesen, porque después no les calumniasen alguna
cosa sobre su muerte; y como en nada nunca se conformaron, nunca
vino a efecto el un propósito ni el otro, ni tampoco se trató tan
públicamente que pudiesen ser castigados por ello, mas que después
se supo, y con la venida del gobernador se mitigó todo, como
adelante se dirá.
|Capítulo diez
Cómo salió Pedro
de Orsúa de los motilones y se despobló el pueblo de Santa Cruz y
echaron los barcos en el río; y de cómo la gente se quiso amotinar
y huir del astillero, y él los aplacó.
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Queriendo el gobernador Pedro de Orsúa acabar de salir con su
gente e ir en seguimiento de los que adelante había enviado, se
partió de los motilones, donde había estado todo el tiempo que se
tardó en juntar la gente, echando por delante todos los soldados
que allí tenía, y demás de esto persuadió e importunó a los que
estaban por vecinos y habían poblado aquel pueblo de los motilones,
que lo dejasen y se fuesen con él a aquella jornada, haciéndoles
grandes promesas y teniendo con ellos grandes cumplimientos, los
cuales, vencidos de las nuevas palabras y corteses razones que el
gobernador les había dicho, dejando lo cierto por lo dudoso,
despoblaron su pueblo de Santa Cruz de los motilones y se fueron
con el gobernador al astillero, trayendo por delante todo el hato y
aparato que allí tenían.
Llegado que fue el gobernador al astillero con toda esta gente,
luégo dio orden cómo echasen los barcos y bergantines que halló
hechos en el río; y por causa de no ser la madera tan recia ni bien
sazonada como se requería, y por ser allí la tierra demasiada de
húmeda y muy lluviosa, al tiempo de echarlos en el agua se
quebraron todos los más, que no quedaron sino solamente tres chatas
y un bergantín, lo cual fue causa de detenerse más tiempo.
El gobernador procuró hacer canoas y balsas en que pudiesen
caber todos y caminar el río abajo; y como todas estas chatas y
bergantín quedaron tan mal acondicionadas, antes de haber navegado
la mitad del viaje se perdieron y quebraron las dos de ellas, como
adelante se dirá; y así, por defecto de haberse quebrado todos los
más de los barcos y no tener la copia de ellos que era menester, se
hubo de quedar como se quedó en el astillero todo el más aderezo
que los soldados tenían para su jornada, como eran caballos y
ganados y otras cosas que en la jornada no se podían pasar sin
ellas, de lo cual recibieron tan gran descontento todos los más de
los soldados, que casi amotinados se quisieron volver a Pirú, y de
hecho se volvieran si el gobernador no se diera tan buena maña como
se dio a mitigarlos, prendiendo a unos y halagando a otros y
disimulando con otros y haciendo generales amonestaciones a todos,
poniéndoles por delante lo poco que perdían en lo que allí se les
quedaba y lo mucho que aventuraban a ganar en la jornada que
llevaban entre manos, y dándoles a entender que sentía él más la
pérdida de lo que allí quedaba que sus propios dueños, pues como
gobernador estaba después obligado a proveer a todos; y así aplacó
a toda la gente, y sin que nadie se le huyese se embarcaron en su
bergantín, balsas y canoas todos los soldados y servicio, y de
trescientos caballos no pudieron llevar más de cuarenta, y los
otros se quedaron perdidos en el astillero, con todo el ganado, que
de todo género era mucha cantidad.
|Capítulo once
En el cual se
trata de la partida de Pedro de Orsúa del astillero, y de lo que
les sucedió en el río hasta los bracamoros.
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A los veinte y seis de septiembre del año sesenta, se partió el
gobernador Pedro de Orsúa del astillero con todo el restante de la
gente que le había quedado, los cuales partieron con todo el
descontento posible, así por los caballos y ganados y otras cosas
que allí dejaban, como por el gran peligro en que iban a perder las
vidas a causa del mal aderezo que llevan para navegar y de la
grandeza de aquel río, donde si en medio de él se vieran en algún
aprieto de quebrarse el bergantín, pudiera ser perderse la gente
por no poder tomar tan en breve la tierra, y porque, como he dicho,
iban las chatas y bergantines muy mal acondicionados.
El segundo día de su navegación dejó el armada todas las sierras
atrás, y desde allí adelante todo fue tierra llana hasta la mar del
norte. Al tercero día de navegación que llevaban, dio el bergantín
en un bajó, y por ir tan mal acondicionado como iba, se le saltó un
pedazo de la quilla, donde estuvieron en harto peligro de perderse
los que iban dentro, si no lo remediaran con mantas y lana.
El gobernador, aunque vio en este riesgo el bergantín, no curó
de detenerse, mas siguiendo su viaje fue sin parar hasta la
provincia de los Caperuzos, donde halló a Lorenzo Salduendo, a
quien él había enviado delante dos o tres días en balsas y canoas
con ciertos soldados, a que le tuviese junta alguna comida, el cual
lo había hecho así. Donde a dos días llegó el bergantín, que se
había quedado atrás, con harto trabajo, y allí lo aderezaron dentro
de otros días; y repartiendo el gobernador la comida que allí había
hallado junta, entre todos los de la armada, envió que se fuese
delante el bergantín quebrado con la gente que llevaba, y por
caudillo de ella a Pedro Alonso Galeas, para que llegando donde don
Juan de Vargas estaba, a la boca de Cocama, diese noticia de cómo
iba el gobernador, y porque si él se detuviese en el camino
tuviesen esperanza los que estaban con don Juan que llegaría presto
el gobernador.
El bergantín, caminando sin se detener como le fue mandado,
llegó al río de Cocama, donde hallaron la gente con el alboroto que
atrás se ha contado; y vista la llegada del bergantín y la nueva
que les dieron de la venida del gobernador, se aseguraron todos, y
se holgaron unos con otros. Donde a pocos días se partió el
gobernador Pedro de Orsúa de la provincia y pueblos de los
Caperuzos, caminando agua abajo su poco a poco, holgándose y
recreándose toda la gente unos con otros, saltando y durmiendo cada
noche en tierra, porque las noches no navegaban con temor de no
caer en algún peligro; y con esta bonanza llegaron a un río que por
mano izquierda de esta derrota entra y se junta con el río de los
Motilones, por donde iban navegando, que se llama el río de los
Bracamoros, y nace cerca de los nacimientos del río de los
Motilones, en una provincia que se llama Guanuco, y él se llamó de
este nombre, Bracamoros, porque empieza a pasar por una provincia
llamada Bracamoros, pasando antes por Guanuco el viejo y por entre
Cajamalca y Chachapoyas, creciendo cada vez más por las muchas
vertientes que a él acuden, de tal suerte que cuando entra en el de
los Motilones, parece dos veces mayor que él. Júntanse estos dos
ríos ciento y veinte leguas del astillero, y había de sus
nacimientos a la juntas trescientas leguas.
Estuvo en la boca del río de los Bracamoros el gobernador
ciertos días, porque envió por él arriba alguna gente en canoas a
buscar comida y poblazón, y hallaron ser todo despoblado; y
vueltos, y sabido esto el gobernador, se partieron su derrota del
río de los Motilones.
Capítulo doce
En el cual se
trata de cómo partió el gobernador de los Bracamoros y llegó a
Catoman, y de cómo se partió de Cacoman y del nacimiento de Cacoma,
y de lo que sucedió hasta llegar a otro río que dijeron ser el de
la Canela.
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Partido el gobernador de las juntas del río de los Bracamoros,
caminó sin tener ningún suceso en favor ni desfavor que de contar
sea, mas de con su buena esperanza, y al cabo de haber navegado
cien leguas, llegaron a las juntas de Cocama, donde halló a don
Juan de Vargas con la gente que habemos dicho, algo desbastecida de
la comida que había traído de los pueblos de Cocama, por el mucho
tiempo que allí habían estado esperando al gobernador y siempre se
había sustentado la gente de lo que habían traído.
Holgáronse todos, unos con otros, y el gobernador repartió la
comida que allí halló entre todos, y deseando2,en aquel río ocho
días toda el armada se partió junta con harto desabrimiento, por no
tener ninguna noticia de García de Arce, que ya dijimos que salió
al principio con treinta compañeros y se fue a la isla de García,
donde a esta sazón se estaba; y porque a la salida de este río se
quebró el bergantín que había traído delante don Juan, que estaba
ya podrido, y echaron toda la gente y hato que en él venía, en
balsas y canoas entre el río de Cocama, por mano derecha del río de
los Motilones, después de haberse juntado con el de los
Bracamoros.
Sus nacimientos son en el Pirú; y porque no hay certidumbre
cuáles sean, diré aquí las opiniones que en ello hay, y algunos
quieren decir que los nacimientos de este río de Cocaman son
Aporima, y Mancay, y Nacai, con los ríos de Uilcas, y Parios, y
Xauxa, y otros muchos que con éstos se juntan. Otros quieren decir
que este río es un río grande que nace de las espaldas de
Chinchacocha, en la provincia de Guanuco, que pasa por los asientos
y pueblos que llaman Paucar, Tambo
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y
Guacabamba, y se junta con los ríos que salen de Tarama y con los
que vido y pasó el gobernador Gómez Arias en lo que llaman de
Ruparapa; y afirman ser este río, porque antes de él no entra otro
ninguno por aquella banda en el río de los Motilones, y porque este
río es casi tan caudaloso como el de los Bracamoros, y siendo tan
grande no puede ser sino el que aquí se apunta por respeto de las
muchas aguas y vertientes que en si recogen juntos estos tres ríos,
es a saber: el de los Motilones y el de los Bracamoros y el de
Cocoma. hacen en si un tan gran cuerpo de río, con ayuda de ciertos
arroyos y esteros que entre medias se recogen, que osan afirmar los
que lo anduvieron que con dificultad se hallara en el mundo otro
mayor que el que digo, en esta parte, que por más abajo donde se
juntan otros ríos, no se hallará en el mundo otro como él.
Estos tres ríos que habemos dicho son muy abundosos de pescado,
tortugas, hicoteas y aves que: en él se crían, en las playas, en
las cuales se hallan muchos huevos de hicoteas y de caimanes, y se
toman las mismas hicoteas, que era muy gran parte del mantenimiento
para los soldados.
Yendo caminando el armada por este río abajo, de ordinario por
los brazos de a mano derecha, sin tener ninguna controversia más de
la que se dijo de la pérdida del bergantín a la salida de Cocoma,
al sexto día encontraron de repente unos indios que estaban en una
playa pescando, los cuales, como vieron el armada, desamparando lo
que allí tenían, se huyeren y metieron la tierra adentro, de suerte
que no pudo ser habido ninguno. Lo que estos indios tenían era sus
canoas y más de cien tortugas y hicoteas, con mucha cantidad de
huevos, con lo cual no poco contento tuvieron los
soldados, por no ir tan bien proveídos de lo necesaria como se
requería. Partiose esta vitualla y despojo entre todos, y hecha la
partición siguieron su viaje el río abajo; llegaron a otro río que
con este de su navegación se juntaba a mano derecha, no menos
caudaloso que el de los Motilones. No hubo piloto que atinase qué
río fuese éste, aunque algunos quisieron decir que era el de la
Canela, por donde bajó el capitán Orellana, que nace en Pirú, a las
espaldas de Quito, en los Quijos, y después pareció no ser él sino
otro que está la
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más abajo, junto a la isla de García,
del cual se hará mención adelante; y así este río que primero
llamaron de la Canela no se supo qué río era.
|Capítulo trece
Cómo llego el
armada a la isla de García, y de la propiedad de la gente de ella,
y de lo demás que en ella sucedió.
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Después de haber partido el armada de las juntas de Cocama, y
navegando ocho días con la bonanza que se ha dicho, llegó a la isla
de García, donde hallaron los treinta españoles con su caudillo y
hechos fuertes y casi perdida la esperanza de la venida del
gobernador, y algo fatigados de las muchas guazabaras que los
indios les habían dado, aunque por la fortaleza o palenque que
habían hecho en aquella isla, y por los muchos indios que habían
descalabrado y hostigado, estaban algo descansados, que ya los
indios no les perseguían ni daban guazabaras como al principio.
Holgose el gobernador y todo el campo con la vista y hallada de
García de Arce y sus compañeros; y por ser esta isla la primera
poblazón que desde los Caperuzos toparon, porque todo lo que del
río atrás quedaba, que era más de trescientas leguas, todo fue
despoblado se detuvo aquí el armada ocho días o más, así porque
descansasen los soldados y remeros, como porque los caballos que
hasta allí nunca habían saltado en tierra, los sacasen a pasear; en
los cuales días el gobernador envió gente a descubrir la tierra
firme del río de la una banda y de la otra, y nunca se pudo hallar
camino ninguno. Empezaron de aquí para abajo los soldados a tener
guazabaras de mosquitos zancudos, que con sus importunas voces y
agudos aguijones los trataban tan mal que algunos enfermaban de
ello y llegaban a punto de muerte.
Llamábase el principal de esta isla el papa, por lengua propia
de la tierra; era la gente de ella bien agestada y crecida; andaban
vestidos con camisetas pintadas de pincel, y su mantenimiento es lo
ordinario de las Indias, maíz y chicha, que es su principal
sustento, y batatas, de lo cual hacen pan y vino, y otros géneros
de potajes, que los tienen en tanto como los españoles su muy
preciosas comidas sus casas o bohíos son cuadrados y grandes; sus
armas son algunos dardos arrojadizos, hechos de palma a manera de
gorguces vizcaínos; tíranlos con unos amientos de palo que para
aquel efecto tienen hechos, que llaman estolicas, y los hay en la
mayor parte de las Indias.
Quebrose en esta isla una de las chatas, que por haber salido
del astillero tan mal acondicionada venía ya podrida y toda abierta
y hendida, de suerte que en ninguna manera se podía navegar con
ella. Viendo asímismo el gobernador el mucho trabajo que pasaba en
haber de gobernar él solo toda aquella gente, acordé nombrar quién
le ayudase: nombró en esta isla de García por su teniente general a
don Juan de Vargas, que hasta allí no lo había nombrado, y por su
alférez general a don Hernando de Guzmán, que después, en pago de
esta buena obra, lo mató; y un poco más abajo de esta isla entra el
río de la Canela, por donde abajó el capitán Orellana, del cual y
de sus nacimientos aquí no se trata porque de la historia del
capitán Orellana se hizo acerca de su bajada por este río, se da
por extenso particular cuenta del río de la Canela y de sus
nacimientos y navegación.
|Capítulo catorce
Cómo el
gobernador se embarcó en la isla de García y fue hasta Carau, donde
le salieron de paz los indios.
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Acabado el tiempo dicho se embarcó el gobernador con su gente en
las chatas y bergantín que le había quedado, embarcando los
caballos que tenía en ellas, que serían treinta y siete, porque
hasta allí se le habían muerto tres, y toda la más gente en canoas
y balsas. Comenzó a navegar por el brazo del río que iba a mano
derecha de la isla, por donde topó muchas islas que el río hacia,
las cuales eran pobladas, y los moradores se habían todos alzado
con el miedo que de los españoles tenían, por la mala vecindad que
García de Arce y sus compañeros les habían hecho los días que
estuvieron en la isla arriba dicha. Solamente se hallaban en los
pueblos de estas islas la comida de maíz, yuca y batatas que tenían
en el campo sembradas, y algunas gallinas y gallos blancos de
España y algunos papagayos y guacamayas blancos, cosa cierta vista
en pocas partes en las Indias.
Yendo de esta suerte navegando de isla en isla, aprovechándose
de lo que hallaban, dieron de repente, después de haber navegado
algunos días, en un pueblo de indios que estaba en la mano derecha
del río, en la tierra firme, la gente del cual asímismo estaba
alzada por la noticia que de la crueldad de los españoles tenían;
el cual pueblo se llamaba Carari, y así se llamó la provincia de
Carari.
En este pueblo salieron algunos indios por el agua a ver el
armada desde lejos, porque con el temor que tenían no se osaban
llegar muy cerca.
Fue Dios servido que estando el armada en este pueblo de Carari,
vino un cacique con ciertos indios de paz y trajó cierto pescado y
otras cosas de comer, al cual el gobernador recibió muy bien y lo
halagó y dio algunas cosas, como fueron cuentas y cuchillos, por
ver si podía hacerles perder el miedo y que diesen unos a otros
noticia del bien que les hacía, para qie comunicándose con los
españoles tuviese el gobernador alguna claridad de la tierra,
llevando enhilada la paz el río abajo.
Envió luego el gobernador este cacique muy contento con los
rescates dichos, el cual dio la nueva del buen tratamiento que se
les hacía a sus compañeros, por los cuales sabido comenzaron a
venir de paz muchos de ellos, trayendo de las comidas que tenían,
las cuales les pagaba el gobernador a fin de tenerles propicios y
contentos para el efecto dicho; y temiéndose que los soldados, como
la mayor parte son atrevidos, especialmente con indios chontales,
no les hicieron alguna molestia o vejación, con que les diesen
ocasión a que la paz que había dado y él tanto procuraba y deseaba
conservarla, quebrasen y se alzasen, mandó que ningún soldado
tratase ni rescatase con los indios, sino que los dejase ir a donde
él estaba y después de haberlos contentado, repartiría la comida
que trajesen entre los soldados que más necesidad tuviesen; el cual
lo hacía así, aunque algunos soldados no lo tuvieron por bueno, y
no haciendo mucho caso de los que el gobernador había mandado, a
escondidas rescataban con los indios, unas veces contentándolos con
dádivas y otras veces quitándoles lo que traían al mojinete; y de
esta suerte se navegó algunos días por esta provincia de Carari, y
con toda esta seguridad no esperaban los indios en sus pueblos,
sino poniendo en cobro sus mujeres e hijos e hacienda, salían por
el río en sus canoas a rescatar como está dicho.
|Capítulo quince
Cómo envió el
gobernador a descubrir, y de cierto motín de Montoya, y cómo fueron
castigados los culpados, y de las opiniones de la
provincia.
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Viendo el gobernador la mucha poblazón y gente que ribera del
río había en esta provincia de Carari, acordó ver si aquella
poblazón entraba la tierra adentro, y si podía hallar algún
principio de la tierra y noticia que buscaban, y así, nombrando
por caudillo a un Pedro Alonso Galeas, con ciertos soldados, lo
envió a que fuese la tierra adentro y anduviese por ella ciertos
días, al cabo de los cuales volviese con respuesta de lo que
hubiese; quedando él con el armada y la demás gente en un pueblo
que en aquella provincia estaba orilla del río, en el cual había
parado para este efecto.
Visto lo mandado por el gobernador, se partió Pedro Galeas con
la gente que se le encargó, y caminando la tierra adentro por un
estero o laguna que cerca de aquel pueblo se hacía, topó un camino
en la tierra firme que se metía por una montaña muy espesa, y
caminando por él encontró con unos indios que venían cargados de
casabe y otras cosas, las cuales, sintiendo a los españoles y
extrañando la gente, dejando las cargas que traían, se pusieron en
huída, de suerte que los soldado no pudieron haber de ellos sino
una india que pareció ser de diferente nación que los que estaban
poblados en la barranca del río, porque así en la lengua, que no se
entendía, como en el traje y hábito, era muy deferente de la otra
gente, a la cuál, preguntándole por señas donde estaba su tierra,
respondió e dio a entender con señales que hizo, que estaba cinco
días de camino allí, y porque se acababa el término que el
gobernador les había dado, en el cual habían de volver a donde él
quedaba, no curaron de pasar de allí, antes luego dieron la vuelta
a donde el gobernador estaba, y le hicieron relación de los que
había pasado, al cual hallaron algo afligido, porque un Alonso de
Montoya, soldado muy bullicioso y que deseaba todo mal al
gobernador, había convocado ciertos soldados a que se juntasen con
él y tomando algunas canoas y lo demás que hubiesen menester y
pudiesen llevar, diesen la vuelta al Pirú por el río arriba, lo
cual no faltó quién lo descubrió al gobernador, y averiguando ser
verdad este concierto, muy enojado del Alonso de Montoya, porque
demás de esto se le había querido amotinar otra vez e irse con
algunos soldados, lo echó en prisión en una collera, sin querer
usar con el rigor y castigo que merecía, lo cual le cayó después a
cuestas; y porque pareciéndose que había alguna manera de castigo,
a los que claramente por sus bullicios merecían pena afrentosa, les
mandaban que fuesen bogando algunos días en los bergantines y
canoas, a los cuales los que deseaban mal a Pedro de Orsúa
incitaban diciéndoles que más les valía morir y que hiciesen
justicia de ellos que no que los trajesen afrentados como en galera
remando; y esto no sin falta de malicia, porque los que lo decían y
trataban eran los propios que mataron después al gobernador, de
donde se colige que lo hacían con intento de tener aquellos
soldados propicios así, para que fuesen con ellos en efectuar su
mal propósito.
El gobernador, aunque le trajeron aquella señal de haber gente
la tierra adentro, no curó de detenerse más allí, así porque la
noticia en cuya demanda iba se decía Omegua, y en aquella tierra no
hallaba señal de tal nombre, como porque tenía los navíos y
bergantines muy mal acondicionados y tratados, y porque no le
faltase antes de llegar a Omegua, diciendo que ya que aquel
caudillo y soldados que él había enviado, no habían querido pasar
adelante de donde tomaron la india, que ya no era justo que se
volviese a ello ni el armada se detuviese allí más tiempo, y así se
partió el armada de esté pueblo.
Fue navegando el río abajo hasta que sin saberlo llegó al cabo
de la poblazón, a la cual algunos quisieron decir que era otra
provincia llamada Manicuri, que era nombre de un pueblo de
aquellos, y que toda la poblazón que había desde la isla de García
hasta donde estaban, que eran más de ciento y cincuenta leguas,
eran dos provincias, la una llamada Caricuri, y la otra Manicuri.
Otros fueron de otra opinión, y ésta es la más cierta; que por
causa que toda la gente de estas ciento y cincuenta leguas de
poblazón era toda una propia lengua y traje y trato y armas, que
toda era una provincia, y que Caricuri y Manicuri eran nombres de
pueblos y no de la provincia.
En todo este tiempo que duró esta poblazón, la gente salí a de
paz en canoas, navegando entre la armada, rescatando lo que traían,
unos con el gobernador y otros con los soldados escondidamente,
como está dicho, por causa de lo que el gobernador había mandado,
el cual, aunque lo sabía, con unos disimulaba y a otros reprendía
de palabra.
Traían los indios de esta provincia algunas joyas de oro fino,
como son orejeras, caricuries en las narices y orejas; y aunque la
poblazón tura tanta distancia, tiénese por muy cierto que no es
mucha esta gente, porque los pueblos son pequeños y apartados unos
de otros media jornada y una, y según el parecer y opiniones de
muchos, a lo más largo habrá en esta poblazón diez mil naturales,
antes menos que más, que es harto poco para tanta distancia de
tierra.
Había en esta provincia muchos géneros de frutas de las de la
tierra, y gran cantidad de mosquitos, así de los zancudos
vocingleros como de los importunos jejenes.
Aquí se acabó de anegar y perder un bergantín que había quedado,
y quedaron solas dos chatas en que iban los caballos, y fue
necesario rehacerse de más balsas y canoas para en que se metiese
la gente del bergantín.
|Capítulo diez y seis
Cómo pasada la
provincia de Carari dieron en un despoblado, y la necesidad que en
ella se pasó, y de cómo llegaron a Mochofur, y de lo quacaeció a la
entrada de él.
Habiendo navegado el gobernador por la provincia dicha, y
teniendo entendido que pasaba adelante la poblazón, no curó de
preguntar a las guías ni lenguas si había despoblado de allí para
bajo, lo cual fue causa de pasar muy grande hambre y necesidad,
porque dieron en un despoblado del río que turo nueve días; y como
la gente había salido desapercibida de la provincia de Carari,
creyendo topar luégo que comer, acabóseles bien breve lo que
llevaban, y pasaron tan grande necesidad que en todo lo demás de
este tiempo no se comían entre los soldados sino algún pescado que
con anzuelos pescaban y algunos bledos y verdolagas que en la playa
del río se hallaban, y tortugas y icoteas, y esto no en mucha
abundancia, porque no en todas partes lo había.
Tiénese por muy cierto que si el despoblado turara más, que
muriera e peligrara alguna gente con la mucha hambre que pasaron.
Culpaban todos en esto al gobernador, por no haber hecho con
diligencia el desamen que era obligado. En este despoblado se
hallaron dos bocas de ríos grandes, no muy apartadas la una de la
otra. Conociéronse porque las barrancas tenían altas y bermejas y
venían algo turbios, por lo cual se conjeturó que no venían muy
lejos sus nacimientos. Entran estos dos ríos en el del Marañón por
la banda de mano derecha.
No quiso detenerse el gobernador en ellos a descubrir y ver si
eran pobladas, por la mucha falta que tenían de comida, y así se
pasó de largo, y sin se detener en ninguna parte más de las noches
que no navegaban, al cabo de los nueve días llegó a un pueblo que
estaba poblado a la barranca del río y bien descuidada la gente de
él de la venida del gobernador ni de su armada. Los indios de aquel
pueblo, como vieron los españoles, temiéndose del daño que les
podía venir, juntaron todas sus mujeres y hijos con toda la
diligencia posible y metiéndolos en las canoas que allí tenían, los
echaron el río abajo, y ellos se quedaron a punto de guerra, todos
juntos en su pueblo, con sus armas en las manos, que eran
tiradores, dando muestras de querer defender sus casas.
El gobernador tomó los soldados que más cerca de sí halló con
sus armas, y él con su arcabuz en la mano tomó la delantera,
saltando en tierra, yéndose para donde los indios estaba. Mandó a
los soldados que ninguno disparase arcabuz ni acometiese sin que él
lo mandase. Llevaba el gobernador un paño blanco en la mano, con el
cual por señas llamaba a los indios, dándoles a entender que no les
quería hacer mal. Los indios se estaban quedos en su escuadrón,
puestos en arma, y reconociendo los halagos que el gobernador hacía
por señas con el paño, se apartó del escuadrón un indio que parecía
ser cacique o principal de aquella gente, y con unos pocos de
indios se vino a donde el gobernador estaba, tomando del paño que
tenía una vara, mostrándose amigable a los españoles, se metió
entre ellos; los demás indios se apartaron a un cabo, en una playa
que allí estaba, y teniendo sus armas en las manos, juntos en
escuadrón, se estuvieron allí hasta que llegó toda la más gente del
armada, que venía algo atrás. Pidioles el gobernador por señas que
les diesen cierta parte de aquel pueblo, con la comida que en los
bohíos había, para aposentar su gente, y que en lo demás se
estuviesen ellos y sus mujeres y hijos. Mostraron los indios
voluntad de que eran contentos de ello, y así mandó el gobernador
aposentar en aquella parte del pueblo que señaló toda la gente del
armada, poniéndoles grandes penas y estatutos para que de allí no
pasasen a los otros bohíos o casas.
Holgáronse todos de la llegada a este pueblo, así por descansar
del trabajo pasado, como por sacar los vientres de mal año con la
mucha comida que en él se halló, así de maíz y tortugas como de
otras comidas de la tierra.
Tenían los indios de este pueblo a las puertas de sus casas
hechas unas lagunillas y alrededor cercadas de palos, y dentro
muchas tortugas, de las cuales había tanta cantidad que al parecer
de todos pasaban de seis mil. Los soldados de la armada, se
aprovecharon de todo el maíz y tortugas y otras comidas que había
en los bohíos o casas de aquella parte del pueblo donde se
aposentaron, que había para todos. Los indios, no estando
satisfechos que los españoles les guardarían lealtad y amistad,
acordaron poner en cobro aquella comida que a ellos les había
cabido en suerte en la parte del pueblo que les quedó, y así la
comenzaron a sacar poco a poco, escondidamente, lo cual visto por
los soldados, no curando de guardar ni cumplir lo que tenía mandado
su gobernador, y temiéndose de otra necesidad como la pasada,
acordaron prevenirse buscando las comidas que los indios escondían
y trayéndolas a sus ranchos. Procuraba el gobernador poner grandes
penas y amenazas para que no se hiciese esto, sino que dejasen a
los indios sus comidas, y no aprovechaba nada, y por ver la
desvergüenza que en ello había, prendió algunos soldados y
mestizos, para atemorizar a los demás, entre los cuales prendió un
mestizo, criado de don Hernando de Guzmán, su alférez general, lo
cual visto por algunos émulos del gobernador, procuraron luégo
hacer entender a don Fernando de Guzmán que era muy grande afrenta
aquella que se le había hecho; y esto a fin de tener ocasión de
tratar con el don Hernando de Guzmán lo que llevaba hurdido contra
Pedro de Orsúa.
Llamose este pueblo Machifaro. Es la gente de él diferente de la
de arriba de la provincia de Carare, así en personas como en trajes
y vivienda, y en la lengua, por lo cual se conjetura que nunca
fueron avisados estos indios de los de arriba de cómo iban
españoles a su tierra.
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1
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Palabra de difícil lectura
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2
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Por: "descansando"
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3
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Por: " Paucartanbo"
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4
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Por "que estaba"
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