INDICE




|LIBRO DECIMO

 

En el libro décimo se trata de la ida  de Pedro de Orsúa al Pirú y de todo lo que le sucedió en él y en la jornada del Dorado o  Marañón, hasta que lo mataron; y de cómo nombraron por general a don Hernando de Guzmán, y cómo mataron  después a don Hernando e hicieron general a Lope de Aguirre, y las crueldades que hizo, hasta que lo mataron los del campo del rey en la ciudad de Baraquisimeto, gobernación de Venezuela. |
 

 

 

|Capítulo primero
 

 

Cómo pasó al Pirú Pedro de Orsúa, año de mil y quinientos y cincuenta y ocho.

 

 

 

Estando ya el Nombre de Dios pacífico de la calamidad y junta de los negros, el general o capitán Pedro de Orsúa se pasó al Pirú, por fin del año de cincuenta y ocho, a dar cuenta al virrey y marqués de Cañete de lo que había hecho, y de cómo quedaba pacífica y fuera de riesgo aquella provincia del Nombre de Dios, lo cual visto por el visorrey, anduvo considerando cómo gratificar a Pedro de Orsúa y algunos de los que le habían favorecido, aquel servicio tan señalado que a Su Majestad se había hecho, para que si adelante se ofreciese otra cosa semejante en qué servir al rey se animasen los capitanes y otros soldados que en aquella provincia había a servir a Su Majestad en ellas y poner sus vidas y haciendas a cualquier riesgo con esperanza de haber buen premio.

En esta sazón se trataba en el Pirú de unas provincias que ciertos indios brasiles habían dado por noticia muy ricas, por las cuales ellos afirmaban haber pasado viniendo huyendo de sus tierras y naturalezas, que era la costa del Brasil, de la cual salieron de conformidad más de doce mil indios con propósito de ir a poblar a otras provincias que más les contentasen, aunque algunos son de parecer que más lo hicieron por irse a hartar de carne humana a otras partes, con los cuales dicen que traían consigo dos españoles portugueses; y después de haber andado y peregrinado más espacio de diez años así por el río Marañón como por otras provincias, vinieron a salir por la provincia y río de los Motilones al Pirú, donde dieron esta noticia que llaman Dorado y ellos dijeron llamarse de propio nombre Omegua; y asímismo había dado nueva de esta noticia o de otra que en este río Marañón hay, el gobernador Orellana, que bajó o anduvo por este río del Marañón cierto tiempo.

Queriendo, pues, el visorrey gratificar a este capitán Pedro de Orsúa su servicio y dar orden cómo mucha gente ociosa que en aquella sazón había en el Pirú se ocupase en servir al rey, de suerte que la ociosidad que tenían no les fuese ocasión de algún motín o alzamiento u otro grave daño, se determinó de dar orden en cómo se fuesen a descubrir y poblar estas provincias de Omegua y Dorado, que los arriba referidos habían dado por noticia; y así acordó de hacer aquellas provincias gobernación por sí y al capitán Pedro de Orsúa gobernador de ellas, dándoles los títulos que se requerían para gobernador, y poderes bastantes para hacer gente y descubrir y poblar todo lo que quisiese, nombrando el gobernador sus oficiales a su propio arbitrio, para que yendo y descubriendo estas tan infelices noticias, fuese ratificado Pedro de Orsúa de su trabajo y tomase de su propia mano el premio que quisiese, de donde se le pudiera seguir descubriendo y poblando aquellas provincias y siendo tales como decían que fuera principio de su linaje, y Su Majestad le hiciera merced de título y renta, como ha hecho a otros caballeros que han descubierto y poblado otras provincias en Indias.

 

Capítulo segundo

 

 

Que trata de algunas opiniones que hubo en Pirú sobre la jornada que el marqués dio a Pedro de Orsúa. |
 

 

 

Dada esta conduta de gobernador del Dorado a Pedro de Orsúa y publicádose la jornada en los reinos del Pirú y comenzándose a juntar gente, el demonio, padre de disensiones, procuró poner diversas opiniones en algunas principales personas del Pirú, quitándoles de la memoria la intención con que el visorrey había dado aquella jornada y el sano pecho con que Pedro de Orsúa la había aceptado, los cuales comenzaron a decir y publicar que no era tiempo conveniente aquel para hacerse en Pirú junta de gente, lo uno porque se había tenido nueva que el rey había proveído por visorrey a don Diego de Acevedo, de lo cual estaba algo sentido el marqués de Cañete, diciendo que le hacía agravio Su Majestad en quitarle en tan breve tiempo el estado de virrey, y lo otro porque decían haber gastado el marqués mucha suma de oro de la caja real, y que por la estrecha cuenta que de ello se le había de tomar y la poca hacienda que tenía para pagarlo, podía ser pasar algún naufragio su persona, y otras cosas que a los que quieren poner estorbos nunca les faltan, lo cual todo vino a noticia del marqués, y viendo el detrimento que su honra padecía y la fama que las pestíferas lenguas habían divulgado contra él, se resfrió en dar el favor y calor a Pedro de Orsúa que antes solía; y estando así, algo resfriada la jornada, aunque empezada hacer y a salir algunos soldados, vino nueva al Pirú de que don Diego de Acevedo había muerto en Sevilla, y así tomó el marqués a poner calor en la jornada y animar a Pedro de Orsúa para que fuese con ella adelante y saliese con su empresa.

 

|Capítulo tercero
 

 

De cómo se comenzaron hacer los bergantines, y cómo Pedro de Orsúa nombró por su teniente a Pedro Ramiro, capitán de los motilones. |
 

 

 

Luégo que la jornada del Dorado se publicó en el Pirú, que fue principio del año de cincuenta y nueve, Pedro de Orsúa, gobernador de ella, sabiendo y entendiendo por la noticia que tenía, el golfo dulce que se había de navegar y pasar, y que para ello era necesario algún género de navíos o barcos, los cuales se habían de hacer en alguna distancia de tiempo, luégo incontinente, y porque después de junta la gente no se detuviesen, buscó con toda diligencia todos los más carpinteros y calafates y otros oficiales de hacer navíos, de los cuales juntó veinte y cinco, y otros doce negros carpinteros, y haciendo todos los pertrechos de herramienta y clavazones y otras cosas que para hacerse los navíos o barcos eran menester, fuese con ellos la derrota de la provincia de los motilones, que es por donde habían salido los indios brasiles, en la cual estaba poblado un pueblo de españoles llamado Santa Cruz de Capocoria, que lo había poblado un capitán Pedro Ramiro, y lo estaba allí sustentando y buscando parte cómoda.

Pedro de Orsúa, para dejar aquella gente que llevaba, haciendo los barcos, se bajó veinte leguas más abajo de este pueblo de Santa Cruz, y en una parte acomodada que riberas del río de los motilones estaba, dejó los oficiales para que empezasen su obra, y por maestre mayor de ella a un maese Juan Corzo, y allí nombró por su teniente general al capitán Pedro Ramiro, que era justicia en aquel pueblo de Santa Cruz, para que recogiese la gente y soldados que fuesen entrando, y diesen priesa a los obreros de las barcas que dejaba en el lugar ya dicho; y luégo se volvió a Pirú a recoger y juntar gente, donde halló la cizaña y opinión que en el capítulo antes de éste se ha dicho.

 

|Capítulo cuarto
 

 

De cómo Orsúa se volvió al astillero con su gente, y lo que le acaeció en un pueblo llamado Moyobamba. |
 

 

 

Vuelto Pedro de Orsúa al Pirú, así por los inconvenientes dichos como por la poca posibilidad que tenía, porque aunque había sido mucho tiempo capitán en el Nuevo Reino de Granada, no alcanzaba muchos dineros, detúvose más de año y medio en juntar la gente, la cual es cierto que no juntara si no le favorecieran muchos vecinos y otras personas con dineros, para proveer las necesidades de algunos soldados y repararse de pólvora, plomo y arcabuces, caballos y otras armas y municiones, que para aquella jornada y la guerra de ella forzosamente eran menester; a cabo del cual tiempo, habiendo echado por delante toda la más gente que había podido haber, se partió de la ciudad de Lima, yendo casi como retaguardia de su gente, porque no se le quedasen algunos en el camino.

Por donde Pedro de Orsúa había de pasar para ir a su astillero había un pueblo llamado Moyobamba, de españoles, donde estaba un clérigo por cura que se decía Pedro de Portillo, algo rico, y según algunos seneficaban, de la propia condición y largueza que el clérigo de Lazarillo de Tormes, porque con las propias abstinencias y trabajos había adquirido y juntado obra de cinco o seis mil pesos que tenía en oro.

Viendo este clérigo la soberbia noticia que Pedro de Orsúa llevaba por delante y la lucida gente de que iba acompañado, con codicia y ambición de haber por ventura algún obispado en la nueva tierra que se descubriese, y no contentándose con la mediana pasedía que tenía, habló y trató con Pedro de Orsúa que le hiciese su cura y vicario de aquella jornada, y que demás de ir él sirviendo en ella, le emprestaría dos mil pesos para con que se acabase de aviar. Le prometió de hacerlo así y aceptó la manda de los dos mil pesos, Pedro de Orsúa, que le había ofrecido.

Conociendo el clérigo la locura que hacía o quería hacer, se arrepintió y mudó propósito, dando algunas excusas que no le satisfarían a Pedro de Orsúa, porque debajo de la palabra que el clérigo le había dado, se había alargado a comprar algunas cosas, las cuales no podía pagar si el clérigo no le daba lo que le había prometido, y constreñido de extrema necesidad buscaba orden y manera cómo poder constreñir al clérigo y que cumpliese con él.

Estaban en esta sazón en este pueblo de Moyobamba algunos soldados de los que iban con Pedro de Orsúa, los cuales eran don Juan de Vargas, que después fue teniente de Pedro de Orsúa, y don Hernando de Guzmán, y Juan Alonso de la Bandera y Pedro Alonso Casco, y Pedro de Miranda, mulato, entre los cuales concertaron que, para que el clérigo cumpliese lo que había prometido, fingiesen una noche que el don Juan de Vargas, que en aquella sazón estaba retraído en la iglesia y con dos heridas, se estaba muriendo, y que fuese a llamar uno de ellos al clérigo para que lo confesase, y que venido, le echasen mano y con amenazas y como pudiesen, le hiciesen firmar un libramiento de los dos mil pesos que tenía hecho para un mercader que le tenía en guarda los dineros. Lo cual efectuaron así: que venido que fue el clérigo a la parte donde estaba el don Juan de Vargas, le pusieron los arcabuces a los pechos y le hicieron firmar el libramiento, y sin quererlo soltar, desde allí lo llevaron así como estaba al pueblo de los Motilones, donde se juntaba la gente del armada, y allí le hicieron dar lo que le quedaba, que eran otros tres o cuatro mil pesos, y así el probe clérigo dio de golpe, como alcancía, lo que poco a poco y con tanto trabajo de su espíritu y abstinencia de su cuerpo, había juntado, y él asímismo fue después muerto por el traidor Lope de Aguirre con su mano propia, y los que le hicieron la fuerza hubieron el fin que adelante se dirá, y así el avariento clérigo, como los codiciosos soldados, fueron castigados por juicio particular de Dios.

 

|Capítulo cinco
 

 

De lo que pasó sobre la muerte de Pedro Ramiro y los demás. |
 

 

 

Llegado Pedro de Orsúa, que ya llevaba título y nombre de gobernador, al pueblo de los motilones, llamado Santa Cruz, halló allí repesada toda la más de la gente que había de ir en el armada; y aunque aquella provincia era fértil, por causa de la mucha gente española e indias de su servicio que en aquella sazón estaba en ella, habíanse apocado las comidas, y así determinó el gobernador de enviar parte de los soldados a una provincia llamada los Tabolosos, que estaba cerca de allí, para que se entretuviesen y sustentasen algunos días, señalando por caudillo de aquella gente a dos principales y amigos suyos, el uno llamado Francisco Díaz de Arlés, y el otro, Diego de Frías, criado del virrey, que llevaba cargo de tesorero por ser muy privado suyo; en los cuales reinaba muy grande envidia contra el teniente Pedro Ramiro, porque cada uno de ellos pretendía tener aquel cargo de teniente y mandar al Pedro Ramiro.

El gobernador, aunque estaba confiado de los caudillos y soldados, para más seguridad y como a hombre que sabía bien aquella tierra, y que los indios de ella lo conocían y temían, mandó al capitán y teniente Pedro Ramiro que fuese con ellos y que los pusiese en la provincia donde habían de estar y confederarse a los naturales de ella con los caudillos y soldados y se volviese al pueblo.

Sabido esto por los caudillos que ya habemos nombrado, ya que habían salido del pueblo y caminado cierta distancia, trataron entre sí que no era cosa que les convenía ir a ser mandados de Pedro Ramiro, y que era mejor volverse a donde el gobernador estaba, los cuales lo comenzaron a hacer así, si el diablo en el camino no les pusiera otra cosa en los corazones. Volviéndose los caudillos al pueblo donde el gobernador había quedado, trataron entre sí, debajo de la muy particular y estrecha amistad que tenían con el gobernador, porque estaban confiados que por cualquier cosa del mundo que hicieran el gobernador les defendería y ampararía, porque el Francisco Díaz de Arlés era deudo del gobernador y compañero desde que anduvo en las conquistas y poblazones del Nuevo Reino, y el gobernador lo quería mucho y tenía mucha cuenta con su persona, y el Pedro de Frías, como era criado del visorrey y a quien muy particularmente traía encomendado el gobernador; y qué modo tendrían en matar al capitán Pedro Ramiro; y estando en esta confusión, llegaron otros dos soldados, llamados Grijota, y el otro Martín, muy amigos de estos dos caudillos, a los cuales hicieron entender que el capitán Pedro Ramiro los había despedido y se había él quedado con la gente para irse a ciertas provincias de que tenía noticia para poblar en ellas, y que si querían juntarse con ellos que harían muy gran servicio a Su Majestad y a su gobernador en prender a Pedro Ramiro; y los dos soldados, ignorando la intención y propósito de los dos caudillos, se juntaron con ellos, dándoles crédito a lo que decían y entendiendo ser verdad, los cuales todos cuatro juntos dieron la vuelta y se volvieron en el alcance del capitán Pedro Ramiro, que iba con la gente a donde el gobernador le había mandado, hallando muy buena ocasión y aparejo conforme a la intención que llevaban, y que por donde el capitán Pedro Ramiro había de pasar con la gente que llevaba, se hacia un río caudaloso, el cual forzosamente habían de pasar con canoas, y llegados a este río, no hallaron más de una canoa pequeña, con la cual el capitán Pedro Ramiro echó su gente por delante, y teniéndola pasada toda, que no quedaba de esta otra banda del río más de él y un criado suyo, llegaron los dos caudillos y los dos soldados y saludaron al Pedro Ramiro, teniente, diferentemente de como traían la intención, y estando hablando con ellos, descuidado de semejante traición, todos cuatro le asieron y le abrazaron y quitaron las armas, y diciendo y haciendo, mandó el Pedro de Frías a un esclavo suyo que allí traía que diese garrote al capitán y teniente Pedro Ramiro, el cual luégo allí se lo dio y le cortaron la cabeza. Visto el mozo que estaba con el Pedro Ramiro el mal recaudo que habían hecho, se descabulló y huyó, y se fue donde estaba el gobernador Pedro de Orsúa, al pueblo de Santa Cruz, y le dio relación de lo que había visto.

Acabado de hacer este principio de motín por estos cuatro, llegó la canoa en que pasaba la gente, la cual tomaron estos matadores y se pasaron a la otra banda, haciendo entender a los soldados que allí estaban que el gobernador Pedro de Orsúa les había mandado hacer lo que hicieron, porque había sido informado que el capitán Pedro Ramiro se quería alzar con ellos, y con esto se aseguraron. Los soldados y los matadores enviaron un amigo suyo al gobernador Pedro de Orsúa, haciéndole saber lo que había pasado, muy al contrario de la verdad, porque le enviaron a decir que el capitán Pedro Ramiro se había alzado o querido alzar con la gente; que ellos, como servidores de Su Majestad y del gobernador, lo habían preso y lo tenían a recaudo hasta que su merced proveyese o mandase lo que se había de hacer, el cual estaba ya avisado de lo que en efecto había pasado por el mozo que se dijo que estaba con Pedro Ramiro cuando le fueron a matar, y así no dio ningún crédito a lo que le enviaban a decir.

Algunos quisieron afirmar que la intención de los caudillos fue intentar si con este mal recaudo y principio de motín podrían mover al gobernador Pedro de Orsúa a que se alzase y diese la vuelta a Pirú, porque habían dado los dos muy grandes muestras y señales de desearlo, y como está referido, teniendo entendido, por las cosas arriba dichas, que antes se alzaría el gobernador contra Su Majestad que hacer justicia contra los matadores del teniente Pedro Ramiro, que también era corregidor por Su Majestad en aquel pueblo de Santa Cruz.

 

|Capítulo seis
 

 

Que trata de lo que pasó sobre la prisión y muerte de los que mataron a Pedro Ramiro. |
 

 

 

Sabido por el gobernador este diabólico suceso y temiéndose que el demonio no incitase a los demás soldados a que con alguna falsa apariencia quisiesen amotinarse con los cuatro matadores, se partió luégo solo para donde estaban, y quiso ir sin compañía porque estaba confiado de la mucha confianza que los dos caudillos tenían en él, como arriba se ha dicho, y también porque si iba con mano armada a prenderlos, se temerían del castigo y pena que merecían, y así se alterarían y alborotarían y podrían suceder otros escándalos y daños mayores, por lo cual sólo con este nombre del rey, que con muy justo titulo, de los buenos es amado y de los malos temido, llegó donde estaba la gente y los que habían muerto al teniente Pedro Ramiro, los cuales no tuvieron lugar de incitar ni convertir la demás gente a que pusiesen las vidas por su defensa, y así se ausentaron de allí luégo que llegó el gobernador, por encubrir alguna parte de su desvergüenza, lo cual, visto por el gobernador, les envió a decir que no era justo que unos hombres como ellos se hiciesen culpantes en un caso como aquel que notoriamente habían servido a Su Majestad en ello, y que caso que otra cosa fuera, que bien sabían ellos la obligación que tenían a servirles; que mejor era que pareciesen y que él los librase, que no que otro juez viniese y los castigase.

Con estas y otras razones y buenos comedimientos, y confiados los caudillos, como está dicho, de la antigua amistad y parentesco que con Pedro de Orsúa tenían, se vinieron a él. Para más asegurarlos, los envió que se fuesen al pueblo de Santa Cruz, y que allá se daría la mejor orden que ser pudiese para que fuesen libres. Llegado el gobernador Pedro de Orsúa al pueblo de Santa Cruz, donde halló los matadores confiados de su vana esperanza, los hizo prender y poner a muy buen recaudo, oyéndolos muy por entero y guardándoles todos los términos que cualquier juez debe hacer, aunque él no estaba obligado a ello por ser el negocio tan arduo; donde conclusas sus causas, los condenó a muerte, y aunque las sentencias se les había notificado, los desprivados creyeron que lo había hecho el gobernador por cumplir con su oficio de juez, y que les otorgara su apelación para la Real Audiencia de Lima, lo cual, asímismo, tuvieron entendido muchos de los que en aquel pueblo estaban.

El gobernador, queriendo antes cumplir con su rey y señor y ejecutar la justicia en su propia sangre que dejar de hacer el deber ni dar ocasión a que de su persona se dijese cosa indebida, forzando para ello su voluntad, y posponiendo las leyes menores de amistad a las de lealtad, mandó que luégo, incontinente, les cortasen las cabezas públicamente, sin embargo de sus apelaciones; y así hicieron justicia en estos matadores, ejecutando en ellos las sentencias que había pronunciado el gobernador Pedró de Orsúa justa y derechamente.

 

|Capítulo siete
 

 

De la sospecha que el en Pirú se tenía de Pedro de Orsúa, y de los que le avisó un amigo suyo en el pronóstico que sobre su jornada hubo. |
 

 

 

El visorey de Pirú y los oidores y otras personas, después de partido de Lima el gobernador Pedro de Orsúa, quedaron con alguna sospecha de que algunos belicosos y facinerosos soldados que consigo llevaba, no le induciesen  y persuadiesen a que se alzase contra el servicio de Su Majestad, y con la gente que tenía, que eran casi trescientos hombres, y volviese sobre el Pirú y les pusiese en algún aprieto; porque entre la gente que Pedro de Orsúa había sacado de Pirú iban algunos soldados que se habían hallado en los alzamientos y rebeliones de Gonzalo Pizarro y de Francisco Hernández Girón y de don Sebastián de Castilla y de los Contreras; y estando en esta confusión y con deseo de saber alguna nueva del suceso que arriba se ha contado, y de cómo Pedro de Orsúa hizo la justicia que se ha dicho, de aquellos soldados que mataron al capitán Pedro Ramiro, lo cual sabido y entendido por todos en general, fue loado el general Pedro de Orsúa de haber castigado tan justamente aquellos soldados, y se quitó de sus pechos y corazones el resabio que tenían de la vuelta de Pedro de Orsúa a Pirú; y como en las Indias por la mayor parte la gente es algo supersticiosa, se dijo y pronosticó, sabida aquella nueva, que pues la jornada se había comenzado por sangre, que no pararía en bien; y demás de esto un vecino del Pirú, que se decía Pedro de Añasco, de un pueblo llamado Chachapoyas, muy amigo del gobernador y muy experimentado en cosas del Pirú, y que tenía gran conocimiento de algunos soldados que llevaba Pedro de Orsúa consigo, y de las ocasiones que suelen causar motines y alzamientos, le escribió una carta al gobernador en que le envió a decir que como amigo le avisaba que tenía sospecha de algunos de los soldados que consigo llevaba, que eran bulliciosos y facinerosos y que podía ser causarle la muerte a él u otro grave daño, y que especialmente tenía este recelo y sospecha de Lorenzo Salduendo y de Lope de Aguirre y de Joan Alonso Labandera y Cristóbal de Chaves y de don Martín y a otros que por sus nombres nombraba, y que por diez u once hombres menos no había de dejar de hacer su jornada, que le rogaba que los echase fuera; que si por compasión de verlos pobres y necesitados no les quisiese enviar, que esto no se le pusiese por delante, porque él los proveería y sustentaría en el inter que iba a descubrir la tierra, y que después de descubierta podría enviar por ellos y hacerles el bien que quisiese; y que asímismo le estorbaba y rogaba que no llevase consigo a doña Inés de Atienza, hija de Blas de Atienza, vecino de la ciudad de Trujillo, mujer que fue de Pedro de Arcos, vecino de Pirú, porque demás de ser una cosa tan fea, de tan mal ejemplo, por las nuevas que de ella tenía, antes se le causarla daño que provecho de su llevada, y que si él fuese servido de que se quedase, que él daría orden cómo se hiciese de suerte que la doña Inés no entendiese que él lo mandaba ni había sido consentidor de ello.

Recibida esta carta por el gobernador, no curando tomar el consejo que su amigo Pedro de Añasco le daba, antes lo disimuló todo, no respondiéndole nada: solamente hizo volver a Pirú al don Martín, uno de los que le avisaban que echase fuera, y a los demás llevó consigo, los cuales le urdieron y dieron la muerte, como adelante se dirá, y asímismo la doña Inés fue mucha causa para que este gobernador se perdiese, según lo afirman todos los soldados que vivos escaparon.

 

Capítulo ocho

 

 

Cómo el gobernador ordenó que don Juan de Vargas fuese con treinta hombres delante, y mandó que García de Arce se adelantase con otros treinta, y lo que le acaeció a García de Arce. |
 

 

 

Estando el gobernador Pedro de Orsúa en el pueblo de los motilones, llamado Santa Cruz, recogiendo su gente, que aún no había llegado toda, acordó enviar cien hombres delante, y por capitán de ellos a don Juan de Vargas, para que en llegando al río de Cocama, que es por donde habían bajado los cuarenta soldados de Juan de Salinas, subiesen por él arriba y trajesen toda la comida que pudiesen a la boca del río, para que cuando Pedro Orsúa llegase allí con la demás gente, hallase alguna comida con qué pasar adelante; y estando ya apercibida toda la más de la gente, mandó el gobernador a un García de Arce, amigo suyo, que con treinta hombres se adelantase a una provincia que estaba veinte leguas del astillero el río abajo, que llamaban los Caperucos, porque los indios de allí traían cierta manera de bonete o caperuzas; y que juntando a la orilla del río toda la más comida que pudiesen, esperase al capitán don Juan de Vargas y a la demás gente que con él había de ir, para que de allí se fuesen todos juntos al río de Cocama.

Partido García de Arce con sus treinta compañeros en una balsa y en ciertas canoas, o porque no quiso, o por lo que a él le pareció, no curó esperar a don Juan de Vargas donde le habían mandado, mas navegando el río abajo y pasando el río de Cocama y otros que adelante estaban, caminó hasta que llegó con harta hambre y trabajo y riesgo de su persona a una isla poblada que estaba en medio del río, que estaría del astillero trescientas y veinte leguas, la cual por este respeto fue llamada la isla de García; y perdieron en el camino dos soldados que salieron a tierra a buscar comida y se metieron por un arcabuco y nunca más atinaron a salir, y al fin se quedaron allí. El hambre -que- en este camino tuvieron estos treinta soldados fue tan grande, que no comían sino lagartos o caimanes que García de Arce mataba con el arcabuz, que era muy buen arcabucero.

Llegados a esta isla se reformaron de la hambre que traían, y adivinando la tardanza que en salir el armada del astillero podrían tener, y para estar algo seguros de los indios de la tierra, se procuraron fortificar, haciendo cierta manera de fuerte o palenque donde se defendieron y ampararon de las cotidianas guazabaras que los indios, así por el río como por tierra, les daban cada cita, las cuales eran tantas, que si Dios milagroso no los guardara, ellos no eran parte para defenderse, porque treinta hombres solos y mal aderezados, poca resistencia podían hacer a dos o tres mil indios que se juntaban a ofenderles, y la principal defensa eran los arcabuces, en especial el de García de Arce, el cual viéndose un día en aprieto de la guerra que los indios le deban, y habiéndose acabado la munición de las pelotas, hizo que la baqueta de arcabuz les sirviese de pelota, con la cual arrojó y arruinó la gente de una canoa, que era la principal de las que le daban la guazabara. Otra vez, en otra guazabara, defendiéndose, echó en el arcabuz dos pelotas asidas, la una a la otra con hilo de alambre, y de aquel tiro llevó y derribó seis indios de una canoa; y con verlos indios la destrucción que este arcabucero hacía en ellos, acordaron dejar los treinta españoles, y no sólo no les vinieron a dar más guazabaras, mas quedaron tan atemorizados y amedrentados que en viendo no había indios que parasen, antes procuraban haber y tener amistad con los españoles; y con este intento vinieron un día cierta cantidad de indios a la isla donde estaba el García de Arce y sus compañeros, los cuales creyendo que venían debajo de alguna cautela a hacer algún daño, les procuraron ganar por la mano, encerrando casi cuarenta de ellos en un bohío de aquel fuerte o palenque que tenían hecho y quitándoles las vidas miserablemente a estocadas y a puñaladas dieron fin de ellos, y voló de hoy adelante la fama de sus crueldades, de forma que de ahí adelante les temían mucho más los indios teniendo noticia de estas crueldades y de otras que hacían.

Desde que García de Arce se partió del astillero hasta que le gobernador llegó a esta isla, se pasaron tres meses, el cual tiempo estuvieron solos estos treinta hombres de esta isla.

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