Capítulo doce
Cómo Orsúa envió
por municiones a Nombre de Dios y él se acercó al alojamiento de
los negros e hizo paces y amistades con su rey, y lo que sobre el
prender y desbaratar los negros acordó hacer.
El alojamiento principal de los negros estaba de este que he
señalado, la costa adelante, quince leguas, algo apartado de la
mar. El general Orsúa se determinó pasar adelante y no parar hasta
ponérseles lo más cerca que la disposición y comodidad de la tierra
le diese lugar, para de allí hacer lo que pudiese conforme a lo que
la ocasión y la fortuna le ofreciese, y antes de partirse, envió a
Francisco Gutiérrez, su maese de campo, por mar, a Nombre de Dios,
por ciertas botijas de vino mezclado con tósigo o ponzoña, y con
algunas mercadurías y cosas de España con que engañar y atraer a
sí, por vía de dádivas y halagos, aquella gentalla, y con doméstica
cautela y doble trato, y hacer y efectuar a pie quedo sin
derramamiento de sangre, lo que por ventura, puesto en rigor de la
milicia y encomendando a Marte, fuera dificultoso de alcanzar, a
causa de serles a los españoles todas las cosas muy contrarias y
los enemigos muy desiguales, así en número como en ligereza y
desenvoltura, porque les había puesto admiración ver la velocidad
con que poco tiempo antes subían por las sierras y cuestas arriba y
trepaban y saltaban por altas peñas, de tal suerte que parecía que
todas las veces que quisiesen estaría en manos de estos esclavos el
acometer o huir, y se andarían de contino a la mira, aunque
apartados, burlando de los que cargados de armas desearían venir a
las manos con ellos y nunca lo podrían efectuar.
Partiose Francisco Gutiérrez el afecto dicho la vía del Nombre
de Dios, con aviso de que a la vuelta no había de tocar en aquel
puerto, sino pasar de largo a la marina o arrecife más conjunta al
alojamiento de los esclavos, donde hallaría a Pedro de Orsúa,
porque Orsúa donde a ciertos días que fueron necesarios para la
reformación y cura de los soldados de la pelea que con los negros
tuvieron, atrás referida, salieron heridos, se partió con la gula
que llevaba por camino asperísimo y dificultoso y de muy gran
trabajo para los soldados, que no sólo habían de ir cargados de sus
espadas y rodelas y otras armas y municiones necesarias para la
guerra, pero de toda la vitualla y comida que por el camino habían
de comer, y aun de esto no se proveyeron tan bien como era razón,
creyendo hallar por el camino algunas estancias o cortijos de los
negros dónde proveerse de lo necesario, lo cual les salió al revés.
En lugar de esto topaban muy largas ciénigas y plantanos y otros
atolladares y manglares que los afligían y angustiaban
demasiadamente, lo cual fue causa de detenerse en este camino mucho
más tiempo del que debían tardar, porque en quince leguas de camino
se tardaron y detuvieron veinte y cinco días, que llegado que fue
Orsúa al paraje del pueblo o estalaje de los negros, se alojó cerca
de la marina, en lugar conveniente y procuró dar vista a la
poblazón de los esclavos, la cual estaba asituada y puesta sobre la
cumbre y cuchilla de una alta y empinada loma, fortificada por
naturaleza de tal suerte que casi por todas partes eran muy
profundos despeñaderos hechos o criados de tal suerte que no sólo
en ninguna manera se podía subir por ellos, pero sí acaso acertara
a caer de lo alto alguna persona, sin llegar al suelo se hiciera
innumerables pedazos.
Por las dos frentes de esta loma o cerro tenían los negros
hechos dos muy angostos caminos, por tal orden que con pocas
piedras que dejaran caer impidieran a cualquier ánimo y número de
gentes la subida, y demás de esto, al remate de estos caminos, en
el principio de la loma, tenían fortalecidas las entradas con
recios palenques, y puestos tales, que no así fácilmente podían ser
descompuestos por los nuestros aunque fuesen suuidos
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por todo el camino. Arriba, en la
cumbre de esta loma, estaban edificadas las casas y bohíos de los
negros al través o atravesadas conforme al ancho de la cuchilla,
que no era más del que los bohíos ocupaban, que era harto poco, y
entre las casas y por algunos lugares bajos y desocupados tenían
hechos muy hondos hoyos o si los llenos de todo género de comida,
de las que ellos acostumbraban coger y criar para su sustento.
En este fuerte alojamiento estaban solamente el rey Bayamo con
la gente de guerra para de allí salir a hacer sus correrías y
asaltos por los caminos pasajeros de españoles, aunque estaban muy
apartados. Fuera de aquí tenían, la tierra adentro, otro
alojamiento o fuerte, aunque no tan corroborado como el que he
dicho, donde tenían sus mujeres e hijos y la otra gente inútil que
no era para la guerra, puestos en lugar muy escondido, de suerte
que nunca fue visto de los españoles hasta después de preso al rey
Bayamo y desbaratados los negros.
El general Orsúa, viendo y considerando cuán en vano le sería y
había de ser el pretender por guerra subjetar los negros y venir en
rompimiento con ellos respecto de las ventajas dichas, tuvo formas
y maneras cómo tener tratos y comercio con ellos y con su negro
rey, el cual, como ya otras veces después de su alzamiento y
tiranía hubiesen con su rústica desvergüenza puéstose a tratos y
conciertos con el gobernador de Panamá y Nombre de Dios, y con
arrogancia de bárbaro entrase a estos conciertos en estas ciudades,
no dudó de hacer lo mismo con Pedro de Orsúa, dándose a particular
trato y comunicación con él, viniendo debajo de cierta fe con
algunos de sus capitanes a holgarse y regocijarse al alojamiento de
Pedro de Orsúa, y dando lugar a que con la misma seguridad entrasen
algunos españoles entre su poblazón; pero en estos tratos y
conversaciones siempre andaba Bayamo tan sobre el aviso que dejando
su gente casi a vista puesta en orden con las armas en las manos,
él, con pocos amigos suyos, se venia a tratar y conversar con
Orsúa, que con no menos sagacidad y astucia lo trataba y conversaba
para traerlo así con un género de palabras melosas y muy
provocativo y aplicado a inclinar los corazones y ánimos de
aquellos bárbaros a continuar su alojamiento; porque Pedro de
Orsúa, teniendo puestos los ojos en lo que pretendía hacerles,
sagazmente les decía que él no era venido sino a dar un orden cual
conviniese para que las dos repúblicas de españoles y negros
tuviesen asiento y perpetuidad, de suerte que donde en adelante no
se hiciesen mal ni daño los unos a los otros, ni se persiguiesen ni
robasen, proponiendo a los negros, para más los inclinar, que pues
en aquel su hecho habían sido tan favorecidos de la fortuna y jamás
habían sido empecidos ni dañados ni vencidos de los españoles, que
sin duda era cosa que Dios inmortal lo permitía y quería que ellos
fuesen conservados en su antigua libertad, en que el mismo Dios
como a todas las demás gentes del mundo las había criado, por lo
cual le parecía cosa muy necesaria que aquel su trato se efectuase,
para lo cual él tenía cumplido y bastante poder de los ministros
reales. Holgábase tanto el rey Bayamo y sus secuaces con oír y ver
tratar estas cosas, que pocos días de la semana se pasaban sin que
se viniese a comer y conversar con el general Orsúa, del cual,
asímismo, era tratado con toda su crianza y cortesía, y de los
soldados muy respetado.
En este medio tiempo llegó Francisco Gutiérrez, del Nombre de
Dios, con copia de lo que le encargó y con ayuda de más soldados y
provisión de comidas y municiones, de que estaban muy faltos y
necesitados, con lo cual el general Orsúa tuvo lugar de hacer
algunos más regalos a Bayamo, rey, y darle algunas cosas de
presente con que más conformarse su amistad, rogándole que pues ya
había alcanzado su pretensión y deseos, que él y todos sus negros,
para cierta fiesta señalada que venia muy cerca, recibiesen de él
una comida que les quería dar como amigos y confederados suyos, en
su propio alojamiento, porque en ello recibiría muy gran contento.
Bayamo vivía ya tan confiado que luégo concedió a Pedro de Orsúa lo
que le rogaba, con tal aditamento, que a sus negros soldados diese
algún contento y satisfaciese con darles algunas camisas de ruan,
machetes e hachas, bonetes colorados y otras cosas, así porque se
hallaban ya tan señores en aquella tierra, que les parecía que
cualesquiera gentes, ora fuesen españoles ora indios, que en ella
entrasen estaban obligados a darles feudo e a reconocerles
superioridad como a señores de aquella tierra. Todo lo prometió
Orsúa de hacer muy cumplidamente, y pareciéndole que de esto y de
todo lo demás que pretendía hacer, no sólo era cosa acertada pero
muy necesaria dar parte a sus soldados y compañeros, los congregó y
juntó y les habló casi en esta forma: De ningún efecto sería y
habría sido, señores y compañeros, nuestra congregación y junta y
el haber tomado las armas en las manos contra estos fugitivos y
traidores esclavos, si por alguna vía o manera no procurásemos su
disipación y ruina, lo cual es imposible haberse ni alcanzarse
enteramente por las armas, porque si bien se ha mirado ellos están
amaestrados y puestos de tal manera que claramente dan a entender
tener puesta toda su fortaleza en las cumbres y aspereza de esta
serranía y en el velamen y cobertol2 de estos espesos montes y
arcabucos, en los cuales con la misma ligereza y facilidad que los
otros brutos que en ellos fueron criados, se pretenden esconder y
retirar, mostrándosenos y poniéndosenos delante como y cuando ellos
quisieren, como hombres que por la mucha plática y noticia que de
toda esta tierra tienen, habitan y viven en ella como naturales, y
si poniendo nuestra esperanza y victoria en las armas y comenzando
a usar de ellas por los respetos y causas dichas y por otras muchas
que cualquiera de los presentes pueda haber y considerar, no
saliésemos al cabo con nuestra pretensión ni hubiésemos la victoria
de esta guerra y así nos volviésemos al Nombre de Dios; pues aquí
no nos podemos sustentar mucho tiempo a causa de ser esta tierra
falta de todas las cosas necesarias a nuestro sustento, y que muy
de tarde en tarde podríamos ser socorridos de las ciudades de
Nombre de Dios y Panamá, que tan apartadas están de esta comarca,
doblada desventura les habría venido a estas dos ciudades, pues la
chusma de los negros, juzgándose ser victoriosos y vencedores por
sólo su esfuerzo y vigor de ánimo; con mayor desvergüenza y doblado
atrevimiento saldrían de estos sus escondidos alojamientos y cuevas
y no sólo ocuparían ni saltarían los caminos pasajeros y robarían y
matarían los caminantes, pero pondrían en efecto lo que ya otras
veces han intentado, qué es poner fuego a la ciudad de Nombre de
Dios y Panamá en todo el extremo y último fin de ruina que ellos
pudiesen y les fuese posible. Lo que para remediar y asegurar todos
estos inconvenientes y he considerado es, que pues estos esclavos y
su caudillo o cabeza, a quien ellos llaman rey, tan confiadamente
se comunican y tratan con nosotros debajo de cierta fe que yo les
he dado, que aprovechándonos de la ocasión que la fortuna nos
ofrece, según que ya yo lo tengo ordenado y concertado, les demos a
comer un día a todos espléndidamente y a beber, de suerte que
queden embriagados con cierto tósigo que en la bebida se les dará,
y allí será preso su rey y muertos los más valientes y principales
negros de su compañía, y si algunos escaparen, también habrá modo
cómo los recojamos y traigamos a nuestra sujeción con el menos
trabajo y riesgo que pudiéremos. He querido decir y tratar esto con
toda la compañía, porque por ventura onde tan buenos y
experimentados soldados en la arte y militar hay, no hubiese alguno
tan escrupuloso que le pareciese después de hecho este negocio cosa
contra todo el pundonor de la soldadesca y contra toda milicia que
debajo de paz y amistad fresen presos y muertos estos negros,
aunque también creo y entiendo que no habrá ninguno tan falto de
conocimiento que enteramente no conozca lo que en esto hay, porque
con fugitivos y traidores esclavos, habidos y comprados por
nuestros propios dineros, tenemos licencia y facultad para usar de
todas las cautelas y dobleces necesarios y convenientes hasta
sujetarlos y restituirlos a la servidumbre a que están obligados y
ellos antes tenían, especialmente que esta chusma de negros, contra
todas leyes y derechos divinos y humanos, pretenden no sólo hacerse
señores de esta tierra, donde ni fueron nacidos ni criados ni
ningunos mayores suyos la poseyeron, pero constituir y hacer ellos
entre sí rey y señor que los gobernase y mantenga en justicia en
aquella forma que ellos pretenden y quieren vivir; y lo que más es
de exagerar y ponderar, que habiendo sido los más de estos negros
bautizados y por la fe del bautismo subjetados a la ley y fe de
Dios todopoderoso y de la santa Iglesia Romana, ellos entre sí han
hereticado y en las cosas tocantes a la religión hecho leyes y
estatutos muy conformas a su primera gentilidad, debajo de los
cuales viven y se conservan nombrando entre sí obispos y otros
ministros de su falsa religión, para que a su modo los exorsismen y
cateticen y los animen a vivir en ella, y solo esta última causa
basta a no obligarnos a guardarles ninguna fe y hacer nuestro hecho
sin escrúpulo de que nuestro honor venga a menos, pues hombres que
con tanta facilidad han quebrantado la fe de la Iglesia que habían
prometido y jurado, con mucha más podemos y debemos nosotros
quebrantar la que les hemos dado, y prenderlos para que de todo
ello sean castigados.
A todos pareció bien y muy conforme a razón lo que Orsúa
ordenaba y decía y así lo aprobaron por tal, proponiendo de hacer
cada uno sobre ello lo que en sí fuese y se le encargase; y así
cesó la plática, porque ya que se acababa entraba Bayamo con
algunos de sus negros por el alojamiento a visitar y ver a Pedro de
Orsúa, el cual le salió al encuentro y lo recibió con grandes
muestras de alegría, y aquella noche hizo que se quedasen él y sus
negros que le acompañaban allí a dormir. Dioles muy bien de cenar y
beber, de suerte que quedaron borrachos y muy contentos y otro día
de mañana se volvieron a su fuerte con la confianza que siempre lo
hacían y con mucho más contento, porque el general Orsúa, usando de
alguna más liberalidad que la de hasta allí con Bayamo, le dio un
capotín de buen paño fino verde y dos camisas de ruan y un bonete y
un machete, y a los capitanes negros que le acompañaban, a cada uno
dio sendas camisas de ruan y zaraguelles de anjeo y bonetes
colorados, con que más que nunca fue entre ellos alabada la
condición y largueza de Pedro de Orsúa.
|Capítulo trece
En el cual se
escribe cómo por industria cautelosa de Orsúa fueron muertos y
desbaratados los negros y preso su rey Bayamo, con la mayor parte
que vivos quedaron.
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Cerca del morro o cerro donde los negros tenían su alojamiento o
casi al pie de él, estaba un pedazo de llano o playa muy medanosa e
arenosa, donde Bayamo acordó y concertó que el general Orsúa se
pasase con su gente, para el cual efecto el mismo Bayamo hizo a sus
negros que hiciesen ciertas casas y bohíos donde los españoles se
alojaron y pasaron; y fue el trato de los unos y los otros más
frecuentado y común, de suerte que casi todos los días se estaban
muchos negros con los españoles ejercitándose los unos con los
otros en saltar, correr y en tirar barra y en otros apacibles
pasatiempos, y siempre había que vencer y nunca faltaba quién se
embriagase, y fuese borracho a, su casa, en el cual tiempo fue
necesario que Francisco Gutiérrez volviese al Nombre de Dios por
más regalos para los negros y vino y por más fino tósigo, porque el
que antes habían traído se había entibiado y en alguna manera
perdido la fuerza; y con la tornavuelta de Gutiérrez, así los
negros como los españoles se regocijaron grandemente, porque les
parecía que todos eran o habían de ser participantes de las cosas y
refresco que traerla, y así siempre, hasta el día del convite,
nunca faltaron particulares almuerzos y beberes que algunos
soldados, de industria y consentimiento de su capitán, hacían a los
negros que bajaban, del pueblo al alojamiento de los españoles.
Asímismo subían algunos españoles a la fortaleza y ranchería de los
negros con color de amistad a ver y reconocer lo que dentro había.
Otras veces se iban algunos soldados y negros todos juntos a
monterías de puercos y otras fieras que hay por aquellos montes,
más por ver y reconocer la tierra que por la recreación que en,
ello se podía tomar, con los cuales entretenimientos se acercó e
llegó el día del convite, al cual bajaron de lo alto el rey Bayamo
con hasta cuarenta negros de los más principales y mejores que en
su compañía tenía. Toda la otra canalla de negros se quedaron ensus
casas, casi recelándose que la mucha amistad de los españoles había
de redundar en daño suyo. Las cosas necesarias para la comida
estaban ya prevenidas y las mesas puestas, y algunos arcabuceros y
rodeleros puestos apunto escondidamente en la recámara que Orsúa en
su bohío tenía, de suerte que ni podían ser vistos ni eran echados
menos, porque todos los demás soldados se andaban por el
alojamiento al parecer de los negros con muestra de descuidados,
pero en lo interior andaban ya carcomiéndose y deshaciéndose,
porque la comida fuese ya acabada por verse ya revueltos y las
manos con los esclavos y quitarles de poder riquezas si las
tenían.
El capitán Orsúa 3, con algunos de sus
principales, se sentó a la mesa, y con ellos el Bayamo y todos los
negros que con él venían,y allí les fue dado a conocer según lo
tenían aderezado lo mejor que en aquel lugar se pudo hacer; andaban
dos escaceadores dando de beber a la gente: el uno traía un frasco
convino limpio para los españoles, y el otro un pichel con lo
atosigado para los negros; pero de tal manera se servía esto que ni
se echaba de ver el engaño ni con el tósigo se hizo daño ninguno a
los españoles, ni menos hubo en el interín que a la mesa estuvieron
ninguna turbación ni accidente por donde fuesen sentidos ni
descubiertos los nuestros.
Fue, pues la conclusión y deshecha de esta obra que después de
haber comido, Orsúa fingió querer dar algunas dádivas a todos
aquellos negros que con él habían comido y después de haberse
levantado Francisco Gutiérrez y Francisco Díaz de la mesa, se
entraron en la recámara de Pedro De Orsúa, donde tenían la cantidad
de camisas y bonetes y machetes y otras cosas de esta suerte,que
era menester, y allí entraban los negros uno a uno, y recibían de
manos de estos dos capitanes una camisa y un machete o lo que el
negro pedía, y con esto le daban en señal de mayor amistad una
buena taza de vino mezclado con tósigo o ponzoña, y como casi todos
se levantaban embriagados de la mesa, y la embriaguez sea cosa que
le acreciente demasiadamente la sequía, bebían los desventurados
todo lo que les daban, sin echar de ver lo que era, y así hubo
salido de la recámara con este recaudo en el cuerpo y otro entrado,
fuéron los de esta manera despidiendo a todos hasta que solamente
quedaron con Bayamo tres capitanes y otros tres o cuatro negros,
uno de los cuales entró por su porción, como los demás habían
hecho, pero sucediole peor, porque yéndole Francisco Gutiérrez a
dar una camisa, en la cual llevaba escondida o cubierta una daga,
se la metió por el brazo izquierdo y atravesándole con ella el
corazón no le dió lugar a que se quejase ni hablase palabra
ninguna, más mudamente cayó en el suelo y muriendo fue todo uno, y
disimulando con esto llamaron a otro negro de los que con Bayamo
sobre la mesa habían quedado, el cual, como fuese entrado y
quisiese hacer con ello mismo que con el de antes, sintió o vióla
celada y comenzó a alterarse y a dar voces diciendo: traición,
traición. Bayamo y los demás negros que con él estaban oyendo esto,
quisiéronse levantar, dando las mismas voces, pero hallaron sobre
sí la gente que Orsúa tenía prevenida, por los cuales fue preso y
constreñido él y todos los demás que allí estaban a estarse quedos;
y así fueron aprisionados todos.
Los demás soldados que estaban a punto, esperando oír principio
de este alboroto, al momento tomaron las armas que tenían a punto,
y juntándose la mayor parte de ellos con sus capitanes, con toda la
presteza del mundo acudieron a tomar el fuerte y alojamiento de los
negros, y lo subieron y entraron sin niguna resistencia, porque los
que en él habían quedado, viendo desde lo alto el tumulto que en un
proviso se había movido en lo bajo y presumiendo el daño que de
ello les podía venir, se turbaron de tal suerte que de todo el
mundo les faltó el brío y ánimo para tomar las armas y resistir la
subida a los nuestros, lo cual por pocos que fueran lo pudieran muy
bien hacer, por ser puestas tan en su favor todas las cosas de
aquel alojamiento y tan áspera su subida; pero como la turbación y
prudencia y suspenda las más veces todos los efectos del ánimo por
vigoroso que sea, hizo tales efectos en todos estos negros,
quedándose a huír por las partes contrarias de donde los españoles
subían, les dejaron franco todo el alojamiento y fuerte, sin quedar
en él persona ninguna de las que tenían disposición para huír,
porque algunos negros de los que se habían hallado en el convite,
habiendo ya subido en lo alto, y juntamente con su subida llegados
los efectos de la ponzoña al corazón, se hallaban por aquel suelo
tendidos basqueando y meneándose de una parte a otra con rabia y
dolor, a punto de expirar, y allí los soldados los acababan de
quitar la vida con grandes cuchilladas y estocadas que les daban.
Otros de estos negros eran por los mismos soldados hallados por el
camino y comenzados a tocar y turbar aunque no del todo caídos,
pero de tal suerte lastimados que ni podían huir ni desviarse del
camino, a los cuales los soldados, como iban pasando, les iban
picando con las espadas sin detenerse cosa alguna; pero estas
picaduras hacían o daban de tal suerte que muchos metían sus
espadas hasta la cruz por los cuerpos de los negros atosigados que
alcanzaban, y así los iban dejando atrás atravesados los cuerpos de
una parte a otra: heridas cierto mortales, y que sin tener los
cuerpos la ponzoña que tenían, bastaban a darles la muerte de todo
punto.
Después de tomado el alto y apoderados los españoles en el
pueblo y fuerte, el capitán Pedro de la Fuente, con hasta veinte
soldados, se dieron a seguir el alcance de los negros que casi
juntos iban de huida. Halláronlos embarazados en pasar un río que
por ir crecido les impedía el pasaje, donde los negros, volviendo
los rostros atrás, constreñidos del impedimento que delante tenían,
que no los dejaba pasar, comenzaron a defenderse y a pelear como
aquellos que ya juzgando acercárseles la muerte, querían cambiar y
vender las vidas bien vendidas o conservarlas con las armas, y así
peleaban terriblemente, defendiéndose; pero los españoles, con los
arcabuces que llevaban, derribaron ocho negros; con que
atemorizaron y afligieron grandemente a los demás que por reparo y
guarda de los demás de sus espaldas tenían la creciente del río
donde estaban arrimados, en el cual se fueron retirando y metiendo
poco a poco, hasta que todos juntos y de tropel, asidos unos de
otros con grandísima presteza, se métieron en la corriente y canal
del río, y en un punto se hallaron de la otra banda, donde se
pusieron con más seguridad a estorbar y defender el pasaje a los
nuestros, los cuales, después de haber hecho su posible y deber, se
volvieron a retirar al fuerte o alojamiento de los negros, donde
era ya subido el general Pedro de Orsúa con el rey Bayamo y los
demás prisioneros. Habíanse asímismo recogido y vuelto al propio
fuerte muchos negros y negras viejas que por la debilidad de su
naturaleza no se atrevían a seguir el camino que los demás y otra
chusma de gente menuda.
Los soldados, acompañándose los unos a los otros, se dieron a
recorrer las estancias y cortijos de labor que por allí cerca
tenían los negros, donde hallaron y prendieron los estancieros que
los guardaban, otros negros y negras que estaban y hallaban muy
descuidados de este suceso. Eran grandísimas las labranzas de
plátanos que estos esclavos tenían hechas y sazonadas para su
sustento, sin maíz, yuca, batata y otras legumbres que cultivaban y
sembraban para su comer. El despojo que los soldados hubieron aquí
no fue de mucho valor, y así fue poca la medra que los soldados
sacaron de esta guerra.
Orsúa, viendo que era trabajo inútil y muy vano el andar su
gente, y él con ellos, por aquellas montañas y sierras a montería
de negros, y que después de muy cansados y trabajados los soldados
no habrían hecho cosa alguna que aprovechase por las causas poco ha
referidas, trató en gran puridad, aunque cautelosamente con Bayamo,
que diese orden cómo toda su gente y negros que andaban divididos,
se juntasen y congregasen allí con él y que juntos se irían a
Nombre de Dios, donde de consentimiento de aquella ciudad y de la
de Panamá se poblaría un pueblo en comarca conveniente, en el río
que dicen de Francisca
|
4
, que es
lugar pasajero y acomodado para la vivienda de los negros, con tal
aditamento: que todos los negros que de Panamá y Nombre de Dios se
huyesen de allí adelante, fuesen obligados dentro del tercero día
el rey Bayamo y sus negros y ciudadanos a volverlo a su dueño, y
demás de esto que tuviese cargo de proveer a los pasajeros y
arrieros de lo necesario para él y para sus jumentos, pagándoles
cierto y moderado precio; y por aquí le fue entremetiendo otras
cautelosas palabras que le cuadraron y asentaron muy mucho a Bayamo
y a los que con él estaban presos, y les parecía que vendría en
efecto y se cumpliría a la letra, por lo cual comenzó luégo a
enviar a llamar por todas partes el resto de los negros que habían
quedado vivos, los cuales coménzaron a juntarse por el llamamiento
de su rey y venir poco a poco de tal suerte que dentro de cincuenta
días vinieron a estar todos los más juntos en el fuerte, con los
cuales asímismo se comunicó el negocio y les pareció muy bien y
cosa muy acertada, y se aseguraron mucho con esta cautela, con los
cuales se partió Pedro de Orsúa, después de haber reposado dentro
en el fuerte dos meses; y en el camino quitó las prisiones a
Bayamo, por hacer del ladrón, fiel; pero luégo que llegaron a
Nombre de Dios fue preso el negro rey Bayamo y algunos de sus
capitanes.
De allí fue, con todo recaudo de guardas e prisiones, enviado a
Pirú, a la ciudad de Lima, donde estaba el visorrey, para que lo
viese e hiciese de él lo que quisiese. El visorrey recibió
alegremente a Bayamo, y lo honró, dándole algunas dádivas y
tratando bien su persona, y donde allí lo envió a España. Todos los
demás negros fueron asímismo presos y dados por esclavos del rey y
enviados a vender fuera de aquella tierra a diversas partes, para
que allí no hubiesen nuevas juntas ni quedasen rastro de tan mala
semilla.
Los vecinos y mercaderes de estas ciudades solemnizaron con
grandes fiestas y regocijos públicos el desbarate y prendimiento de
estos esclavos, dando grandes muestras de agradecimiento a Pedro de
Orsúa y haciéndole grandes ofrecimientos de dineros por la mucha y
buena diligencia que en esta guerra había puesto, y por la obra tan
señalada que les hizo en limpiarles la tierra de una tan crecida
cuadrilla de ladrones y salteadores cuales éstos eran; y después
acá no ha habido otra junta de negros en esta tierra que engendrase
sospecha ni temor en estos pueblos, tal como el que de los que he
dicho se tuvo.