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Capítulo diez

 

 

En el cual se escribe cómo el capitán Fuentes y los españoles desbarataron a los demás negros que sobre ellos vinieron, y prendieron algunos, con los cuales se vinieron a Nombre de Dios y allí fueron aperreados.

 

 

 

Los siete negros que de la primera refriega se habían escapado fueron a encontrarse con los quince qué tras de ellos habían salido, y dándoles noticia de lo que les había sucedido y de cuán pocos eran los españoles y cuán cansados habían quedado de la pelea que con ellos habían tenido, dieron la vuelta todos juntos, repartiendo los unos con los otros de la flechería que tenían y de las otras armas que les sobraban, y apresurando su caminar con gran ligereza y muestras de desear verse ya revueltos con los españoles, se les fueron acercando con muy grandes muestras y alaridos de placer, dando en el aire y sobre grandes peñas que por la vía se les oponía, muy ligeros saltos, para con representarse de esta suerte delante de los soldados españoles amedrentarlos y provocarlos a huir; y tan metidos venían en esto, que aunque desde lejos descubrieron y vieron a los nuestros, jamás se quitaron detener hasta llegar a barloar y encontrarse con ellos, disparando una infinidad de flechas, y diciendo con sus torpes lenguas, queriendo imitar la habla castellana, como antes lo habían hecho: "hoy día, cristianos, Santiago y a ellos".

Esta furia de los esclavos fue recibida y aun rebatida con singular valor de los soldados españoles, porque no solamente no recibieron casi ningún daño, pero disparando el capitán Fuentes y Vega, español, dos arcabuces que a punto tenían, los emplearon tan bien que con las dos pelotas mataron dos valientes negros que en la delantera venían, uno de los cuales era el capitán o principal que los negros traían por caudillo, con que perdieron parte del brío que cuando se presentaron ante los españoles mostraron, teniendo este primer recuentro por mal pronóstico, pero no dejaron de continuar la pelea y disparar flechas y dardos contra los españoles, los cuales aunque tenían causa de temer la pujanza de los negros, jamás se turbaron punto, mas tornando a disparar el caudillo Fuentes y Vega sus dos arcabuces, tomáronlos a emplear tan bien que por diversas veces que los dispararon hirieron y mataron otros algunos negros con que les hicieron perder todo el brío, y viendo el capitán Fuentes cuán floja y tibiamente peleaban los esclavos, dejando los arcabuces y tomando espadas y rodelas arremetieron a ellos haciéndolos volver las espaldas y huir. Los españoles dieron a seguirlos y en el alcance tomaron cinco negros vivos, donde fue tan grande el temor de los esclavos que jamás osaron volver los rostros para hacer cara a los nuestros, y así, con tener ya el campo seguro con este desbarate, tomaron los españoles la presa así de los negros como de las mercaderías y fuéronse la vía del Nombre de Dios, donde con su llegada hincheron de tanta alegría y contento aquel pueblo cuanto poco antes estaba de temeroso y amedrentado: pero luégo comenzó a haber algún alboroto entre los ciudadanos o señores de los esclavos y oficiales del rey y soldados que habían hecho la presa, porque los vecinos cuyos habían sido los pretendían sacar e volverlos a su antigua sujeción para servirse y aprovecharse de ellos, pareciéndoles por esta vía ser el mejor derecho el suyo. Los oficiales del rey, por otra no se que vía y casi torcido derecho, pedían fuesen vendidos y los dineros adjudicados y metidos en la caja real. Los soldados que pasaron el trabajo en prender estos salteadores y el riesgo de sujetarlos, también querían que les fuesen adjudicados por premio de su trabajo y como habidos en guerra y pelea que de su parte era justísima y por esto muy favorecidos de los derechos. Pero todos estos litigios suspendió el derecho de la justicia pública y cumplimiento de las leyes; porque metiendo los esclavos en la cárcel, el que allí estaba por teniente o juez real, por los delitos cometidos, los condenó a que fuesen aperreados y después ahorcados, castigo ciertamente severísimo, aunque la maldad de los delincuentes lo mereciese, y muy grave porque si aperrear los brutos animales se tiene por cosa mal hecha si son domésticos o útiles para algún provechoso servicio, cuanto más malo y peor parecerá el aperrear los hombres.

Esta justicia se hizo de esta manera: que poniendo en la plaza pública de esta ciudad una maroma gruesa atada desde el rollo a la más cercana ventana de la plaza y en ella seis colleras de hierro, pusieron los negros desnudos en carnes por los pescuezos en estas colleras y con unas delgadas varillas en las manos. Entre estos esclavos así presos estaba uno a quien los demás tenían por su prelado espiritual y lo tenían honrado con título de obispo, el cual, en cierta supersticiosa y herética forma los bautizaba y catequizaba y predicaba y hacía otra manera de ceremonias que ellos llamaban celebrar o decir misa, en las cuales cosas y en otras que con abominable superstición habían tomado por religión, estaban todos estos negros tan impuestos y arraigados y las tenían por tan fidedignas y verdaderas que aunque en el artículo de la muerte muchas veces fueron exhortados a que se redujesen y volviesen a la fe católica, que era el bautismo que habían recibido y protestado, jamás lo quisieron hacer, antes a imitación de otros luteranos, pretendían dar a entender que aquellas rústicas y vanas ceremonias de que usaban eran verdadera religión, lo cual muy particularmente sustentaba el negro obispo, porque siendo exhortado él y los demás que recibiesen la muerte como cristianos, confesándose y recibiendo este santo sacramento de la confesión y absolución, con el cual y con la contrición que enteramente tuviesen se salvarían mediante los merecimientos de la muerte y pasión del Hijo de Dios, respondió el bárbaro con señales de ánimo endemoniado, que ya deseaba estar muerto, porque con su muerte y la de sus compañeros pretendía haber entera venganza de la gente de aquel pueblo, porque yendo en espíritu a su tierra traerían copia de gente con que de todo punto destruirían y asolarían la ciudad, por lo cual no pensaba apartarse de la religión que él y los suyos tenían, sino en ella entendían vivir e morir.

Los demás negros dieron la misma respuesta que su obispo, y así los verdugos soltaron ciertos mastines, perros de crecidos cuerpos que a punto tenían para este efecto, los cuales, como ya los tuviesen diestros o enseñados en morder carnes de hombres, al momento que los soltaron arremetieron a los negros y los comenzaron a morder y hacer pedazos, y como los negros tenían en las manos unas delgadas varillas con que se defendían o amenazaban a los perros sin poder con ellas hacerles ningún daño, érales esto ocasión de encender e indinar más los mastines, y así este animal, iracundo más que otro ninguno, con grandísima rabia echaban mano con los dientes y presas de las carnes de estos míseros negros, de las cuales arrancaban grandes pedazos por todas partes, y aunque en estas agonías y trabajos de muerte eran persuadidos los negros a que se redujesen a la fe, jamás lo quisieron hacer, y así después de bien desgarrados y mordidos de los perros, fueron quitados de las colleras y llevados a una horca que algo apartada del pueblo tenían hecha, y allí los ahorcaron, con que acabaron de pagar la pena que justamente merecían recibir por su alzamiento y traición.

La orden que en celebrar las cosas de su religión estos negros tenían, era esta: que para haber de imitar la celebración de la misa, el obispo se vestía una camisa de una negra y sobre ella una túnica de grana, y se arrimaba a cierta manera de altar que en un santuario tenían hecho, y allí, en presencia de todos los circunstantes que le iban a huír | 1 y a ver, ponían un jarraco de vino y un buen bollo del pan que ellos tenían, y cantando cierto cantar en su lengua, materna, le respondían los demás que le estaban oyendo y allí, en presencia de todos, se comía el pan y bibía | 2 el vino, y con esto e con comer el pan y beberse el vino acababa su oficio y quedaban todos satisfechos, lo cual se hacía y oía con mucha atención y devoción.

Lo que en los sermones e predicaciones trataba o decía, era persuadir a los oyentes que conservasen con obstinación su libertad, defendiendo con las armas en las manos el pueblo y tierra que tenían y poseían, y que sustentasen a su rey, que se decía Bayamo, a quien todos acataban y reverenciaban con la reverencia y obediencia que al señor y rey natural se debe, y de la propia suerte que las otras gentes lo suelen hacer, pues los había de mantener y gobernar en justicia y defenderlos de los es­pañoles que los deseaban destruir. En el bautizar las criaturas tenían esta orden: que juntándose y congregándose muchos negros y negras para compadres y comadres, se iban todos juntos con la criatura al santuario, y allí llevaban el vino que podía, donde bibían | 3 todos y barlaban | 4 y cantaban, lo cual asímismo hacía el obispo, y hecho esto tomaba un jarro de agua, echábasela encima a la criatura y tornaban todos a bailar y a cantar y a beber, y con esto quedaba hecho todo lo que había que hacer, y se volvían a casa de los padres del recién bautizado; y conforme a estas habían ordenado otras muchas ceremonias vanas y locas y por todo extremo rústicas e indignas de escribirse.

Pocos días después de hecho este castigo, salió de las montañas una cuadrilla de muy ligeros negros a hacer salto en los arrabales de Nombre de Dios, pareciéndoles que estarían descuidados de esta su venida los españoles, y no se engañaron en ello, porque arrimándose a la guerta que en este tiempo se decía de Alonso Pérez, dieron en unas negras y otras gentes que estaban lavando, y tomándoles la mayor parte de la ropa y dando con ella una guiñada casi por las puertas de Nombre de Dios, movieron muy gran escándalo en el pueblo, a causa de que cuando esto hicieron era mediodía, tiempo en que el calor del sol más reverbera y las gentes de este pueblo se apartan de andar por las calles, por ser a esta hora el andar por el sol muy enfermo y perjudicial a la salud, y por estas causas casi toda la gente estaba reposando y como dormidos al fresco y sombra de sus azaguanes y corredores; y oyendo de repente tañer las campanas y hacer señal de juntarse con las armas en las manos para remediar al repentino caso de guerra, fue grandísimo el sobresalto que todos recibieron, pensando que los enemigos les estaban ya dentro en la ciudad. Juntáronse de repente cierta copia de soldados, que salieron a dar alcance a los negros; pero como en ligereza y en destreza e plática de la tierra tuviesen mucha ventaja los negros a los españoles que los salieron siguiendo, no recibieron ningún daño, ni aun debieron tener mucho miedo, porque luégo, allí cerca, se emboscaron y desparecieron de suerte que no pudieron ser hallados.

Los ciudadanos de Nombre de Dios, temiéndose que los negros no se les acercasen y muy a menudo les hiciesen robos y saltos a las puertas de sus casas, dieron luégo orden en poner guardas y rondas de a pie y de a caballo, que de día y de noche estuviesen en aquellas partes por donde podían ser acometidos de los negros; pero con todas estas guardas y velas era tanta la desvergüenza y osadía de los negros que por partes no acostumbradas ni pensadas salían de la montaña y con ligereza y presteza increíble hacían el daño que podían en la gente flaca que topaban y se volvían a meter y a guarecer con | 5 la montaña.

 

Capítulo undécimo

 

 

Cómo el general Pedro de Orsúa salió del Nombre de Dios con sesenta españoles, y después de alelado junto a la mar envió al capitán Fuentes con ciertos españoles a reconocer la tierra, y lo que sobre esta salida de Fuentes sucedió con los negros.

 

 

 

De la presa que Pedro de la Fuente hizo en los negros que de suso he referido, fue escogido uno de aquellos esclavos que pareció más bien acomplisionado y dócil para lengua y gula e adalid de aquella tierra donde estaban recogidos los negros, y para información y claridad de lo que adelante fuese necesario saber y entender. Este dio noticia muy larga de la parte y lugar donde estaba situada aquella ladronera y alojamiento de esclavos huidos, que afirmaba ser más de trescientos, de los cuales había ya sido tanta y tal la desvergüenza, que ellos entre si eligieron o alzaron por cabeza y principal suyo un negro de buena disposición y fuerzas, muy ladino o españolado en la lengua, a quien llamaron el rey Bayamo. A este servían y respetaban con veneración de príncipe, mezclando los ritos y ceremonias que en Guinea los más de ellos haciendo con sus reyes y principales, con la veneración y acatamiento que después vían e habían visto usar a los españoles con sus jueces y superiores, y así se gobernaban con una cierta manera de magistrado, aunque bárbaro, usando este rey Bayamo con todos los que le eran sujetos de toda la potestad que en sí era y había, haciéndose obedecer y temer y cumplir muy por entero lo que mandaba.

Había junto a donde estaban fortificados un pueblo de indios llamado Caricua, cuyos moradores habían sujetado y puesto debajo de su servidumbre con rigurosa violencia, quitándoles las hijas y mujeres y mezclándose y envolviéndose ellos con ellas, donde se engendraba otra diferente mestura de gente, en el color bien desemejable a la del padre ni a la de la madre, los cuales aunque son llamados mulatos y por esta mestura lo son, tienen muy poca similitud a los hijos de negras y de blancos, y así, por oprobio, los que actualmente son mulatos llaman a los que son de esta mezcla que he dicho de negros e indias, zambahigos, como a gente que no merece gozar de su honroso nombre de mulatos; y a la desvergüenza y elación de este rey Bayamo creció en tanta manera que constriñó y forzó al gobernador de aquellos pueblos de Panamá y Nombre de Dios a que diversas veces, por vía de treguas, le sufriese y consintiese salir debajo de cierta fe y palabra, a hablar y tratar en negocios importantes a su conservación y libertad, como si actualmente hubiera sido aquella tierra de sus mayores y se la hubieran los españoles usurpado y quitado, y fuera cosa que de derecho natural y común se debía hacer; pero el gobernador, considerando con discreción la potencia de estos esclavos fugitivos y los grandes daños que en muchas partes hacían, y la inquietud de los pueblos, el estorbo de los caminos, disimulando la afrenta que de su rústico y malvado trato le venía, le daba audiencia y lo respetaba las veces que con esta manera de tregua venía a poblado, de suerte que a él ni a ninguno de los demás esclavos que le acompañaban no había hombre que les hiciese ningún sinsabor ni demasía, guardándoles en todo una fe indigna de semejantes negros y esclavos, a quien por la poca que ellos con sus señores y amos habían tenido en guardar la servidumbre como eran obligados, y por las diversas veces que tomando las armas en las manos vinieron contra ellos y contra sus pueblos a destruirlos y echarlos a perder, no contentándose con el hurto y robo que de la tiránica libertad que tenían, poseían y habían hecho, no sólo no se les había de guardar, pero de cualquier forma y con cualquier engaño que pudiesen ser engañados y atraídos como fuese debajo de empeño de palabras y no de otra ninguna razón, era muy bien y se podían sin quebrantar ninguna fe ni ir contra el pundonor e ímpetu que en las treguas de la guerra se suele guardar, hacer en ellos el castigo que la ocasión les ofreciese, si por este respeto de quebrantarlo no se esperasen recibir o haber mayores daños en las repúblicas, según después lo hizo y ordenó muy bien Pedro de Orsúa por desbaratar la junta y alzamiento de estos negros, lo cual le fue provechoso, según adelante se verá en su lugar copiosamente.

Súpose asímismo de este esclavo, cómo este alojamiento referido donde de continuo el rey Bayamo residía, estaba la costa adelante, algo desviado de la mar, aunque poco, y así por respeto de ser la tierra asperísima y muy cerrada, acordó el general Pedro de Orsúa enviar por mar las municiones, vituallas y otros aderezos de guerra que eran pesados y de gran estorbo e impedimento para el caminar, y él irse con toda la más de la gente por tierra con la que tenía; y aunque el número de los soldados que había juntado era muy poco y desigual para tanta junta de negros y quisiera entretenerse a juntar siquiera cien hombres, los clamores de los pueblos fueron tantos y tales que casi como por fuerza le hicieron salir del Nombre de Dios, falto de todas las cosas, con solos cuarenta hombres, por el mes de octubre, habiendo antes enviado a Francisco Gutiérrez, su maese de campo, con otros treinta hombres y las municiones y vituallas a cierto arrecife o puerto señalado, donde había de esperar a los que iban por tierra, al cual llegó el barco en cuatro jornadas de navegación y estuvo esperando a Pedro de Orsúa, que se detuvo diez y ocho días a causa de ir hollando la tierra y dando guiñadas a unas y otras partes, por ver si cerca de do caminaba o pasaba hallaría alguna junta o cueva de aquellos ladrones que estuviesen divididos de los demás. Pero aunque en ello puso toda la diligencia posible, no halló nada de lo que buscaba, y así fue inútil su escudriñar, aunque de gran provecho para sus soldados, porque con el caminar y andar con las armas a cuestas de una parte a otra sin descansar ni reposar sino poca parte del día, llegaron tan hechos al trabajo como si de mucho tiempo atrás lo hubieran usado y acostumbrado; y así luégo que comenzaron a tomar las armas para seguir y destruir la familia y junta de los negros, hacían todas las cosas muy sin pereza ni descuido, que suele ser muy gran causa para alcanzar victoria en semejantes contiendas.

Llegado Pedro de Orsúa al cabo de las jornadas que he dicho a la playa y ribera de la mar, donde la gente del barco estaba ya alojada, luégo se consultó y trató lo que se debía hacer, y usando de toda presteza el general Pedro de Orsúa envió al capitán Fuentes con veinte y cinco soldados bien aderezados que andando solos tres días por entre aquellas montañas y sierras reconociesen la tierra y disposición de ella y volviese a darle noticia de lo que había para que él mejor pudiese hacer y ordenar lo que convenía.

Salido que fue Fuentes del alojamiento marítimo, a la segunda jornada, de mañana dio en cierto rastro de negros que llevaban la vía a una ciénaga algo honda y de mal pasaje, la cual se puso Fuentes a pasar. Ya que había pasado algunos de sus soldados de la otra parte, fueron sentidos de cierta cuadrilla de negros que aquella noche habían dormido allí cerca, los cuales dando de repente sobre los españoles que habían pasado el agua, los forzaron a volver atrás a juntarse con los compañeros. Los negros, en este primer acometimiento, aunque eran muchos más que los españoles, no fue su arremetida tan briosa como se creyó, pues pudiendo no hicieron casi daño ninguno a los soldados, antes dándoles lugar a que se juntasen y congregasen, fueron causa de que fortalecidos los unos con los otros se sustentasen y defendiesen con valor singular muchos días, porque los negros de esta primer arremetida, como vieron que los españoles no mostraban ninguna flaqueza ni cobardía, antes daban muestras de jamás volver las espaldas peleando con los arcabuces y armas que tenían, y arredrando de si la canalla de los negros que los pretendía desbaratar y tomar presos y cautivos, enviaron con gran presteza a pedir favor y ayuda a la demás familia y junta de negros y a su rey, y así les fue enviado nuevo socorro con mucha abundancia de flechería y otras armas arrojadizas de que ellos usaban.

Juntáronse de esta vez noventa adustos negros, los cuales, como en alguna manera fuesen ofendidos y lastimados de las armas y arcabuces de los nuestros, no se osaban llegar tan cerca que pudiesen venir a las manos, por lo cual determinaron poner cerco a los nuestros y ocupar los caminos por do podían retirarse, y costriñéndoles a que de noche ni de día no dejasen las armas de las manos, pretendiendo por esta vía a que por faltarles a los españoles la comida se les vendrían a rendir o se aquejarien las fuerzas corporales y no podrían menear las armas y así serían más fáciles de rendir y sujetar.

Pasaron ocho días el capitán Fuentes y sus compañeros de esta manera, después de los cuales, presumiendo o sospechando Pedro de Orsúa mal de su tardanza, envió tras de él al capitán Francisco Díaz con otros veinte y cinco hombres, que por los propios pasos que los primeros habían llevado, los fuese siguiendo y buscando. Francisco Díaz desde a poco que se apartó del alojamiento torció la vía, dejando el camino que Fuentes había llevado a un lado, y caminando por otro que se le ofreció más abierto y siguió, atravesó la propia ciénaga por lugar más acomodado, pero muy apartado de donde los españoles lo habían intentado pasar, y dejándolos ya atrás y siguiendo adelante, fue a dar a una estancia que los negros tenían hecha de muy grandes bosques de plátanos, donde andando de una parte a otra buscando rastro o ranchería de negros, oyeron el estruendo de los arcabuces que Fuentes y sus compañeros tiraban defendiéndose de sus enemigos. Francisco Díaz, pareciéndole mal pronóstico aquel que ola, puso en orden a los soldados que consigo llevaba, y animándolos a que si lo que a él se le había representado fuesen y hiciesen lo que como españoles estaban obligados a hacer, sé metió por la montaña adelante, siguiendo y caminando de tal suerte que haciendo un pequeño rodeo y llevando todo silencio así en las bocas como en los pies y manos y en las otras cosas con que podían hacer ruido y estruendo, llegaron sin ser sentidos a dar en la una cuadrilla de los negros, por las espaldas de los cuales mataron algunos, con que amedrentaron a los demás y los constriñeron a que se juntasen y congregasen todos en una parte.

Los españoles cercados, viendo el socorro que sin  pensar les había venido, aunque muy debilitados de fuerzas, porque en todos aquellos días no habían comido sino cogollos de bihaos y algunos verdes plátanos, arremetieron a los enemigos para acabarlos de desbaratar; pero los negros, como estaban enteros y jamás les había faltado cosa alguna de lo necesario, esperaron sin temor la arremetida de estos flacos soldados, y sin mucho trabajo ni riesgo los rebatieron y hicieron volver atrás. Juntáronse los españoles todos y comenzaron a pelear juntos con sus arcabuces y los negros con sus ballestas, y aunque los arcabuces derribaron algunos negros, mostrabán los demás tener las | 6 buenos ánimos que no volvieron jamás el rostro, sino allí se estuvieron peleando los unos con los otros hasta que la noche les puso tregua, con la cuál los negros sin ser ofendidos ni seguirlos nadie, se retiraron, y caminando toda la noche sin saber la vía que llevaban, fueron amanecer sobre el alojamiento donde Pedro de Orsúa había quedado con otros pocos compañeros, y como dieron tan de repente y estaba desapercibida la gente, hubo alguna turbación en los soldados, pero no tanta que luégo, mediante la presteza y ánimo de que Pedro de Orsúa usó, no fue desechado todo el sobresalto y alteración que tenían, porque el general, juntando los soldados que más cerca de si halló, y haciéndoles tomar las armas, hizo rostro y acometió a la chusma de los negros, con que puso freno a su desvergüenza y los hizo detener y los forzó a que se juntasen, porque ya se esparcían por el alojamiento a rasar y quitar lo que había.

Los negros, después de junto asímismo, comenzaron hacer rostro al general, pareciéndoles que tan poca gente como allí estaba con facilidad la desbaratarían; pero como ellos viniesen acercándose, Pedro de Orsúa, con un arcabuz que tenía y el alférez García de Arce con otro y Juan de Arlés, buen soldado, con el suyo, comenzaron a ofenderles de tal suerte que los primeros arcabuzazos les derribaron tres negros y con presteza se guardaron y emplearon las pelotas, de suerte que los negros, que de presente se veían ofender y lastimar, y también tenían puestos los ojos en las espaldas, temiendo que los demás españoles que atrás habían dejado junto a la ciénaga, no les hubiesen venido siguiendo y fuesen allí cercados de nuevo y maltratados, comenzaron a aflojar en la pelea y a retirarse con buen orden, metiéndose por la espesura de la montaña. Orsúa, pareciéndole que al enemigo se le había de dar toda la larga que él quisiese tomar para la huída, luégo que los hubo encerrado en la montaña, los dejó de seguir, quedando él satisfecho y pagado de la desvergüenza y atrevimiento de los negros con la sangre que por el suelo había derramada, así de los cuerpos que allí quedaron muertos como de la de otros negros que iban heridos y vertiendo sangre por el camino, con que dejaban clara señal de sus heridas.

Aunque el general al principio de este acometimiento de los negros, y aun después por mucho tiempo, no dejó de estar sospechoso si hubiesen desbaratado o muerto a los demás españoles que andaban fuera con Francisco Díaz y Fuentes, los cuales para curar algunos heridos y reformar la gente que había estado cercada, del trabajo y hambre que en el cerco habían pasado, se detuvieron pocos más días en las estancias de los negros que por allí cerca hallaron, proveídas de mucha comida.

 

1  Por:  "oír"
2  Por: "bebía"
3 Por: "bebían"
4 Por: "bailaban"
5  Por: "en"
6  Por: "tan"

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