Capítulo diez
En el cual se
escribe cómo el capitán Fuentes y los españoles desbarataron a los
demás negros que sobre ellos vinieron, y prendieron algunos, con
los cuales se vinieron a Nombre de Dios y allí fueron
aperreados.
Los siete negros que de la primera refriega se habían escapado
fueron a encontrarse con los quince qué tras de ellos habían
salido, y dándoles noticia de lo que les había sucedido y de cuán
pocos eran los españoles y cuán cansados habían quedado de la pelea
que con ellos habían tenido, dieron la vuelta todos juntos,
repartiendo los unos con los otros de la flechería que tenían y de
las otras armas que les sobraban, y apresurando su caminar con gran
ligereza y muestras de desear verse ya revueltos con los españoles,
se les fueron acercando con muy grandes muestras y alaridos de
placer, dando en el aire y sobre grandes peñas que por la vía se
les oponía, muy ligeros saltos, para con representarse de esta
suerte delante de los soldados españoles amedrentarlos y
provocarlos a huir; y tan metidos venían en esto, que aunque desde
lejos descubrieron y vieron a los nuestros, jamás se quitaron
detener hasta llegar a barloar y encontrarse con ellos, disparando
una infinidad de flechas, y diciendo con sus torpes lenguas,
queriendo imitar la habla castellana, como antes lo habían hecho:
"hoy día, cristianos, Santiago y a ellos".
Esta furia de los esclavos fue recibida y aun rebatida con
singular valor de los soldados españoles, porque no solamente no
recibieron casi ningún daño, pero disparando el capitán Fuentes y
Vega, español, dos arcabuces que a punto tenían, los emplearon tan
bien que con las dos pelotas mataron dos valientes negros que en la
delantera venían, uno de los cuales era el capitán o principal que
los negros traían por caudillo, con que perdieron parte del brío
que cuando se presentaron ante los españoles mostraron, teniendo
este primer recuentro por mal pronóstico, pero no dejaron de
continuar la pelea y disparar flechas y dardos contra los
españoles, los cuales aunque tenían causa de temer la pujanza de
los negros, jamás se turbaron punto, mas tornando a disparar el
caudillo Fuentes y Vega sus dos arcabuces, tomáronlos a emplear tan
bien que por diversas veces que los dispararon hirieron y mataron
otros algunos negros con que les hicieron perder todo el brío, y
viendo el capitán Fuentes cuán floja y tibiamente peleaban los
esclavos, dejando los arcabuces y tomando espadas y rodelas
arremetieron a ellos haciéndolos volver las espaldas y huir. Los
españoles dieron a seguirlos y en el alcance tomaron cinco negros
vivos, donde fue tan grande el temor de los esclavos que jamás
osaron volver los rostros para hacer cara a los nuestros, y así,
con tener ya el campo seguro con este desbarate, tomaron los
españoles la presa así de los negros como de las mercaderías y
fuéronse la vía del Nombre de Dios, donde con su llegada hincheron
de tanta alegría y contento aquel pueblo cuanto poco antes estaba
de temeroso y amedrentado: pero luégo comenzó a haber algún
alboroto entre los ciudadanos o señores de los esclavos y oficiales
del rey y soldados que habían hecho la presa, porque los vecinos
cuyos habían sido los pretendían sacar e volverlos a su antigua
sujeción para servirse y aprovecharse de ellos, pareciéndoles por
esta vía ser el mejor derecho el suyo. Los oficiales del rey, por
otra no se que vía y casi torcido derecho, pedían fuesen vendidos y
los dineros adjudicados y metidos en la caja real. Los soldados que
pasaron el trabajo en prender estos salteadores y el riesgo de
sujetarlos, también querían que les fuesen adjudicados por premio
de su trabajo y como habidos en guerra y pelea que de su parte era
justísima y por esto muy favorecidos de los derechos. Pero todos
estos litigios suspendió el derecho de la justicia pública y
cumplimiento de las leyes; porque metiendo los esclavos en la
cárcel, el que allí estaba por teniente o juez real, por los
delitos cometidos, los condenó a que fuesen aperreados y después
ahorcados, castigo ciertamente severísimo, aunque la maldad de los
delincuentes lo mereciese, y muy grave porque si aperrear los
brutos animales se tiene por cosa mal hecha si son domésticos o
útiles para algún provechoso servicio, cuanto más malo y peor
parecerá el aperrear los hombres.
Esta justicia se hizo de esta manera: que poniendo en la plaza
pública de esta ciudad una maroma gruesa atada desde el rollo a la
más cercana ventana de la plaza y en ella seis colleras de hierro,
pusieron los negros desnudos en carnes por los pescuezos en estas
colleras y con unas delgadas varillas en las manos. Entre estos
esclavos así presos estaba uno a quien los demás tenían por su
prelado espiritual y lo tenían honrado con título de obispo, el
cual, en cierta supersticiosa y herética forma los bautizaba y
catequizaba y predicaba y hacía otra manera de ceremonias que ellos
llamaban celebrar o decir misa, en las cuales cosas y en otras que
con abominable superstición habían tomado por religión, estaban
todos estos negros tan impuestos y arraigados y las tenían por tan
fidedignas y verdaderas que aunque en el artículo de la muerte
muchas veces fueron exhortados a que se redujesen y volviesen a la
fe católica, que era el bautismo que habían recibido y protestado,
jamás lo quisieron hacer, antes a imitación de otros luteranos,
pretendían dar a entender que aquellas rústicas y vanas ceremonias
de que usaban eran verdadera religión, lo cual muy particularmente
sustentaba el negro obispo, porque siendo exhortado él y los demás
que recibiesen la muerte como cristianos, confesándose y recibiendo
este santo sacramento de la confesión y absolución, con el cual y
con la contrición que enteramente tuviesen se salvarían mediante
los merecimientos de la muerte y pasión del Hijo de Dios, respondió
el bárbaro con señales de ánimo endemoniado, que ya deseaba estar
muerto, porque con su muerte y la de sus compañeros pretendía haber
entera venganza de la gente de aquel pueblo, porque yendo en
espíritu a su tierra traerían copia de gente con que de todo punto
destruirían y asolarían la ciudad, por lo cual no pensaba apartarse
de la religión que él y los suyos tenían, sino en ella entendían
vivir e morir.
Los demás negros dieron la misma respuesta que su obispo, y así
los verdugos soltaron ciertos mastines, perros de crecidos cuerpos
que a punto tenían para este efecto, los cuales, como ya los
tuviesen diestros o enseñados en morder carnes de hombres, al
momento que los soltaron arremetieron a los negros y los comenzaron
a morder y hacer pedazos, y como los negros tenían en las manos
unas delgadas varillas con que se defendían o amenazaban a los
perros sin poder con ellas hacerles ningún daño, érales esto
ocasión de encender e indinar más los mastines, y así este animal,
iracundo más que otro ninguno, con grandísima rabia echaban mano
con los dientes y presas de las carnes de estos míseros negros, de
las cuales arrancaban grandes pedazos por todas partes, y aunque en
estas agonías y trabajos de muerte eran persuadidos los negros a
que se redujesen a la fe, jamás lo quisieron hacer, y así después
de bien desgarrados y mordidos de los perros, fueron quitados de
las colleras y llevados a una horca que algo apartada del pueblo
tenían hecha, y allí los ahorcaron, con que acabaron de pagar la
pena que justamente merecían recibir por su alzamiento y
traición.
La orden que en celebrar las cosas de su religión estos negros
tenían, era esta: que para haber de imitar la celebración de la
misa, el obispo se vestía una camisa de una negra y sobre ella una
túnica de grana, y se arrimaba a cierta manera de altar que en un
santuario tenían hecho, y allí, en presencia de todos los
circunstantes que le iban a huír
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1
y a ver, ponían un
jarraco de vino y un buen bollo del pan que ellos tenían, y
cantando cierto cantar en su lengua, materna, le respondían los
demás que le estaban oyendo y allí, en presencia de todos, se comía
el pan y bibía
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2
el vino, y con esto e con comer el pan
y beberse el vino acababa su oficio y quedaban todos satisfechos,
lo cual se hacía y oía con mucha atención y devoción.
Lo que en los sermones e predicaciones trataba o decía, era
persuadir a los oyentes que conservasen con obstinación su
libertad, defendiendo con las armas en las manos el pueblo y tierra
que tenían y poseían, y que sustentasen a su rey, que se decía
Bayamo, a quien todos acataban y reverenciaban con la reverencia y
obediencia que al señor y rey natural se debe, y de la propia
suerte que las otras gentes lo suelen hacer, pues los había de
mantener y gobernar en justicia y defenderlos de los españoles que
los deseaban destruir. En el bautizar las criaturas tenían esta
orden: que juntándose y congregándose muchos negros y negras para
compadres y comadres, se iban todos juntos con la criatura al
santuario, y allí llevaban el vino que podía, donde bibían
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3
todos y barlaban
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4
y cantaban,
lo cual asímismo hacía el obispo, y hecho esto tomaba un jarro de
agua, echábasela encima a la criatura y tornaban todos a bailar y a
cantar y a beber, y con esto quedaba hecho todo lo que había que
hacer, y se volvían a casa de los padres del recién bautizado; y
conforme a estas habían ordenado otras muchas ceremonias vanas y
locas y por todo extremo rústicas e indignas de escribirse.
Pocos días después de hecho este castigo, salió de las montañas
una cuadrilla de muy ligeros negros a hacer salto en los arrabales
de Nombre de Dios, pareciéndoles que estarían descuidados de esta
su venida los españoles, y no se engañaron en ello, porque
arrimándose a la guerta que en este tiempo se decía de Alonso
Pérez, dieron en unas negras y otras gentes que estaban lavando, y
tomándoles la mayor parte de la ropa y dando con ella una guiñada
casi por las puertas de Nombre de Dios, movieron muy gran escándalo
en el pueblo, a causa de que cuando esto hicieron era mediodía,
tiempo en que el calor del sol más reverbera y las gentes de este
pueblo se apartan de andar por las calles, por ser a esta hora el
andar por el sol muy enfermo y perjudicial a la salud, y por estas
causas casi toda la gente estaba reposando y como dormidos al
fresco y sombra de sus azaguanes y corredores; y oyendo de repente
tañer las campanas y hacer señal de juntarse con las armas en las
manos para remediar al repentino caso de guerra, fue grandísimo el
sobresalto que todos recibieron, pensando que los enemigos les
estaban ya dentro en la ciudad. Juntáronse de repente cierta copia
de soldados, que salieron a dar alcance a los negros; pero como en
ligereza y en destreza e plática de la tierra tuviesen mucha
ventaja los negros a los españoles que los salieron siguiendo, no
recibieron ningún daño, ni aun debieron tener mucho miedo, porque
luégo, allí cerca, se emboscaron y desparecieron de suerte que no
pudieron ser hallados.
Los ciudadanos de Nombre de Dios, temiéndose que los negros no
se les acercasen y muy a menudo les hiciesen robos y saltos a las
puertas de sus casas, dieron luégo orden en poner guardas y rondas
de a pie y de a caballo, que de día y de noche estuviesen en
aquellas partes por donde podían ser acometidos de los negros; pero
con todas estas guardas y velas era tanta la desvergüenza y osadía
de los negros que por partes no acostumbradas ni pensadas salían de
la montaña y con ligereza y presteza increíble hacían el daño que
podían en la gente flaca que topaban y se volvían a meter y a
guarecer con
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5
la montaña.
Capítulo undécimo
Cómo el general
Pedro de Orsúa salió del Nombre de Dios con sesenta españoles, y
después de alelado junto a la mar envió al capitán Fuentes con
ciertos españoles a reconocer la tierra, y lo que sobre esta salida
de Fuentes sucedió con los negros.
De la presa que Pedro de la Fuente hizo en los negros que de
suso he referido, fue escogido uno de aquellos esclavos que pareció
más bien acomplisionado y dócil para lengua y gula e adalid de
aquella tierra donde estaban recogidos los negros, y para
información y claridad de lo que adelante fuese necesario saber y
entender. Este dio noticia muy larga de la parte y lugar donde
estaba situada aquella ladronera y alojamiento de esclavos huidos,
que afirmaba ser más de trescientos, de los cuales había ya sido
tanta y tal la desvergüenza, que ellos entre si eligieron o alzaron
por cabeza y principal suyo un negro de buena disposición y
fuerzas, muy ladino o españolado en la lengua, a quien llamaron el
rey Bayamo. A este servían y respetaban con veneración de príncipe,
mezclando los ritos y ceremonias que en Guinea los más de ellos
haciendo con sus reyes y principales, con la veneración y
acatamiento que después vían e habían visto usar a los españoles
con sus jueces y superiores, y así se gobernaban con una cierta
manera de magistrado, aunque bárbaro, usando este rey Bayamo con
todos los que le eran sujetos de toda la potestad que en sí era y
había, haciéndose obedecer y temer y cumplir muy por entero lo que
mandaba.
Había junto a donde estaban fortificados un pueblo de indios
llamado Caricua, cuyos moradores habían sujetado y puesto debajo de
su servidumbre con rigurosa violencia, quitándoles las hijas y
mujeres y mezclándose y envolviéndose ellos con ellas, donde se
engendraba otra diferente mestura de gente, en el color bien
desemejable a la del padre ni a la de la madre, los cuales aunque
son llamados mulatos y por esta mestura lo son, tienen muy poca
similitud a los hijos de negras y de blancos, y así, por oprobio,
los que actualmente son mulatos llaman a los que son de esta mezcla
que he dicho de negros e indias, zambahigos, como a gente que no
merece gozar de su honroso nombre de mulatos; y a la desvergüenza y
elación de este rey Bayamo creció en tanta manera que constriñó y
forzó al gobernador de aquellos pueblos de Panamá y Nombre de Dios
a que diversas veces, por vía de treguas, le sufriese y consintiese
salir debajo de cierta fe y palabra, a hablar y tratar en negocios
importantes a su conservación y libertad, como si actualmente
hubiera sido aquella tierra de sus mayores y se la hubieran los
españoles usurpado y quitado, y fuera cosa que de derecho natural y
común se debía hacer; pero el gobernador, considerando con
discreción la potencia de estos esclavos fugitivos y los grandes
daños que en muchas partes hacían, y la inquietud de los pueblos,
el estorbo de los caminos, disimulando la afrenta que de su rústico
y malvado trato le venía, le daba audiencia y lo respetaba las
veces que con esta manera de tregua venía a poblado, de suerte que
a él ni a ninguno de los demás esclavos que le acompañaban no había
hombre que les hiciese ningún sinsabor ni demasía, guardándoles en
todo una fe indigna de semejantes negros y esclavos, a quien por la
poca que ellos con sus señores y amos habían tenido en guardar la
servidumbre como eran obligados, y por las diversas veces que
tomando las armas en las manos vinieron contra ellos y contra sus
pueblos a destruirlos y echarlos a perder, no contentándose con el
hurto y robo que de la tiránica libertad que tenían, poseían y
habían hecho, no sólo no se les había de guardar, pero de cualquier
forma y con cualquier engaño que pudiesen ser engañados y atraídos
como fuese debajo de empeño de palabras y no de otra ninguna razón,
era muy bien y se podían sin quebrantar ninguna fe ni ir contra el
pundonor e ímpetu que en las treguas de la guerra se suele guardar,
hacer en ellos el castigo que la ocasión les ofreciese, si por este
respeto de quebrantarlo no se esperasen recibir o haber mayores
daños en las repúblicas, según después lo hizo y ordenó muy bien
Pedro de Orsúa por desbaratar la junta y alzamiento de estos
negros, lo cual le fue provechoso, según adelante se verá en su
lugar copiosamente.
Súpose asímismo de este esclavo, cómo este alojamiento referido
donde de continuo el rey Bayamo residía, estaba la costa adelante,
algo desviado de la mar, aunque poco, y así por respeto de ser la
tierra asperísima y muy cerrada, acordó el general Pedro de Orsúa
enviar por mar las municiones, vituallas y otros aderezos de guerra
que eran pesados y de gran estorbo e impedimento para el caminar, y
él irse con toda la más de la gente por tierra con la que tenía; y
aunque el número de los soldados que había juntado era muy poco y
desigual para tanta junta de negros y quisiera entretenerse a
juntar siquiera cien hombres, los clamores de los pueblos fueron
tantos y tales que casi como por fuerza le hicieron salir del
Nombre de Dios, falto de todas las cosas, con solos cuarenta
hombres, por el mes de octubre, habiendo antes enviado a Francisco
Gutiérrez, su maese de campo, con otros treinta hombres y las
municiones y vituallas a cierto arrecife o puerto señalado, donde
había de esperar a los que iban por tierra, al cual llegó el barco
en cuatro jornadas de navegación y estuvo esperando a Pedro de
Orsúa, que se detuvo diez y ocho días a causa de ir hollando la
tierra y dando guiñadas a unas y otras partes, por ver si cerca de
do caminaba o pasaba hallaría alguna junta o cueva de aquellos
ladrones que estuviesen divididos de los demás. Pero aunque en ello
puso toda la diligencia posible, no halló nada de lo que buscaba, y
así fue inútil su escudriñar, aunque de gran provecho para sus
soldados, porque con el caminar y andar con las armas a cuestas de
una parte a otra sin descansar ni reposar sino poca parte del día,
llegaron tan hechos al trabajo como si de mucho tiempo atrás lo
hubieran usado y acostumbrado; y así luégo que comenzaron a tomar
las armas para seguir y destruir la familia y junta de los negros,
hacían todas las cosas muy sin pereza ni descuido, que suele ser
muy gran causa para alcanzar victoria en semejantes contiendas.
Llegado Pedro de Orsúa al cabo de las jornadas que he dicho a la
playa y ribera de la mar, donde la gente del barco estaba ya
alojada, luégo se consultó y trató lo que se debía hacer, y usando
de toda presteza el general Pedro de Orsúa envió al capitán Fuentes
con veinte y cinco soldados bien aderezados que andando solos tres
días por entre aquellas montañas y sierras reconociesen la tierra y
disposición de ella y volviese a darle noticia de lo que había para
que él mejor pudiese hacer y ordenar lo que convenía.
Salido que fue Fuentes del alojamiento marítimo, a la segunda
jornada, de mañana dio en cierto rastro de negros que llevaban la
vía a una ciénaga algo honda y de mal pasaje, la cual se puso
Fuentes a pasar. Ya que había pasado algunos de sus soldados de la
otra parte, fueron sentidos de cierta cuadrilla de negros que
aquella noche habían dormido allí cerca, los cuales dando de
repente sobre los españoles que habían pasado el agua, los forzaron
a volver atrás a juntarse con los compañeros. Los negros, en este
primer acometimiento, aunque eran muchos más que los españoles, no
fue su arremetida tan briosa como se creyó, pues pudiendo no
hicieron casi daño ninguno a los soldados, antes dándoles lugar a
que se juntasen y congregasen, fueron causa de que fortalecidos los
unos con los otros se sustentasen y defendiesen con valor singular
muchos días, porque los negros de esta primer arremetida, como
vieron que los españoles no mostraban ninguna flaqueza ni cobardía,
antes daban muestras de jamás volver las espaldas peleando con los
arcabuces y armas que tenían, y arredrando de si la canalla de los
negros que los pretendía desbaratar y tomar presos y cautivos,
enviaron con gran presteza a pedir favor y ayuda a la demás familia
y junta de negros y a su rey, y así les fue enviado nuevo socorro
con mucha abundancia de flechería y otras armas arrojadizas de que
ellos usaban.
Juntáronse de esta vez noventa adustos negros, los cuales, como
en alguna manera fuesen ofendidos y lastimados de las armas y
arcabuces de los nuestros, no se osaban llegar tan cerca que
pudiesen venir a las manos, por lo cual determinaron poner cerco a
los nuestros y ocupar los caminos por do podían retirarse, y
costriñéndoles a que de noche ni de día no dejasen las armas de las
manos, pretendiendo por esta vía a que por faltarles a los
españoles la comida se les vendrían a rendir o se aquejarien las
fuerzas corporales y no podrían menear las armas y así serían más
fáciles de rendir y sujetar.
Pasaron ocho días el capitán Fuentes y sus compañeros de esta
manera, después de los cuales, presumiendo o sospechando Pedro de
Orsúa mal de su tardanza, envió tras de él al capitán Francisco
Díaz con otros veinte y cinco hombres, que por los propios pasos
que los primeros habían llevado, los fuese siguiendo y buscando.
Francisco Díaz desde a poco que se apartó del alojamiento torció la
vía, dejando el camino que Fuentes había llevado a un lado, y
caminando por otro que se le ofreció más abierto y siguió, atravesó
la propia ciénaga por lugar más acomodado, pero muy apartado de
donde los españoles lo habían intentado pasar, y dejándolos ya
atrás y siguiendo adelante, fue a dar a una estancia que los negros
tenían hecha de muy grandes bosques de plátanos, donde andando de
una parte a otra buscando rastro o ranchería de negros, oyeron el
estruendo de los arcabuces que Fuentes y sus compañeros tiraban
defendiéndose de sus enemigos. Francisco Díaz, pareciéndole mal
pronóstico aquel que ola, puso en orden a los soldados que consigo
llevaba, y animándolos a que si lo que a él se le había
representado fuesen y hiciesen lo que como españoles estaban
obligados a hacer, sé metió por la montaña adelante, siguiendo y
caminando de tal suerte que haciendo un pequeño rodeo y llevando
todo silencio así en las bocas como en los pies y manos y en las
otras cosas con que podían hacer ruido y estruendo, llegaron sin
ser sentidos a dar en la una cuadrilla de los negros, por las
espaldas de los cuales mataron algunos, con que amedrentaron a los
demás y los constriñeron a que se juntasen y congregasen todos en
una parte.
Los españoles cercados, viendo el socorro que sin pensar les
había venido, aunque muy debilitados de fuerzas, porque en todos
aquellos días no habían comido sino cogollos de bihaos y algunos
verdes plátanos, arremetieron a los enemigos para acabarlos de
desbaratar; pero los negros, como estaban enteros y jamás les había
faltado cosa alguna de lo necesario, esperaron sin temor la
arremetida de estos flacos soldados, y sin mucho trabajo ni riesgo
los rebatieron y hicieron volver atrás. Juntáronse los españoles
todos y comenzaron a pelear juntos con sus arcabuces y los negros
con sus ballestas, y aunque los arcabuces derribaron algunos
negros, mostrabán los demás tener las
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buenos
ánimos que no volvieron jamás el rostro, sino allí se estuvieron
peleando los unos con los otros hasta que la noche les puso tregua,
con la cuál los negros sin ser ofendidos ni seguirlos nadie, se
retiraron, y caminando toda la noche sin saber la vía que llevaban,
fueron amanecer sobre el alojamiento donde Pedro de Orsúa había
quedado con otros pocos compañeros, y como dieron tan de repente y
estaba desapercibida la gente, hubo alguna turbación en los
soldados, pero no tanta que luégo, mediante la presteza y ánimo de
que Pedro de Orsúa usó, no fue desechado todo el sobresalto y
alteración que tenían, porque el general, juntando los soldados que
más cerca de si halló, y haciéndoles tomar las armas, hizo rostro y
acometió a la chusma de los negros, con que puso freno a su
desvergüenza y los hizo detener y los forzó a que se juntasen,
porque ya se esparcían por el alojamiento a rasar y quitar lo que
había.
Los negros, después de junto asímismo, comenzaron hacer rostro
al general, pareciéndoles que tan poca gente como allí estaba con
facilidad la desbaratarían; pero como ellos viniesen acercándose,
Pedro de Orsúa, con un arcabuz que tenía y el alférez García de
Arce con otro y Juan de Arlés, buen soldado, con el suyo,
comenzaron a ofenderles de tal suerte que los primeros arcabuzazos
les derribaron tres negros y con presteza se guardaron y emplearon
las pelotas, de suerte que los negros, que de presente se veían
ofender y lastimar, y también tenían puestos los ojos en las
espaldas, temiendo que los demás españoles que atrás habían dejado
junto a la ciénaga, no les hubiesen venido siguiendo y fuesen allí
cercados de nuevo y maltratados, comenzaron a aflojar en la pelea y
a retirarse con buen orden, metiéndose por la espesura de la
montaña. Orsúa, pareciéndole que al enemigo se le había de dar toda
la larga que él quisiese tomar para la huída, luégo que los hubo
encerrado en la montaña, los dejó de seguir, quedando él satisfecho
y pagado de la desvergüenza y atrevimiento de los negros con la
sangre que por el suelo había derramada, así de los cuerpos que
allí quedaron muertos como de la de otros negros que iban heridos y
vertiendo sangre por el camino, con que dejaban clara señal de sus
heridas.
Aunque el general al principio de este acometimiento de los
negros, y aun después por mucho tiempo, no dejó de estar sospechoso
si hubiesen desbaratado o muerto a los demás españoles que andaban
fuera con Francisco Díaz y Fuentes, los cuales para curar algunos
heridos y reformar la gente que había estado cercada, del trabajo y
hambre que en el cerco habían pasado, se detuvieron pocos más días
en las estancias de los negros que por allí cerca hallaron,
proveídas de mucha comida.