Capítulo cuarto
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Cómo el general
salió con algunos españoles de la tierra de los muzos a dar cuenta
de lo que había hecho a la Real Audiencia, y cómo los oidores le
mandaron que volviese a entrar acabar de pacificar la tierra de los
muzos.
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Poblada ya la ciudad de Tudela de Navarra y dada orden en las
cosas que a él pareció que eran necesarias para su perpetuidad,
acordó el general Pedro de Orsúa salir de la tierra a dar cuenta a
los oidores que lo habían enviado, de lo que había hecho; y dejando
en el pueblo la orden que les pareció ser necesaria para que los
indios, que todavía se estaban de guerra, no ofendiesen ni
damnificasen a los españoles y soldados que en el pueblo quedaban,
tomó consigo treinta compañeros, y con ellos se vino la vía de
Santafé, donde al presente estaban los oidores, los cuales, habida
relación de todo lo que en Muzo había pasado y pasaba, tornaron a
rogar a Pedro de Orsúa que se volviese a su pueblo que había
poblado, aprobando y dando por bueno todo lo que en él había hecho,
pareciéndoles que si el propio que lo pobló no asistía en él y
procurando sustentarlo, que no sería perpetuo, por la gran soberbia
y obstinación con que los indios se defendían y procuraban ofender
a los españoles; y asímismo le rogaron y encargaron que, pues tenía
copia de gente consigo para volver a entrar en los muzos sin
peligro, que fuese bojando los términos y confines de los muzos y
moscas, y visitando por esta vía la tierra para mejor ver y
entender lo que en ella había, prometiéndole de nuevo que en premio
y gratificación de lo que en esta jornada había trabajado y
adelante trabajase, que luégo que tuviese la tierra pacífica y
quieta, le darían la comisión y facultad que le habían prometido de
la jornada del Dorado.
El general, con esta confianza, y por complacer a los que le
eran superiores y le podían hacer bien y mal, hubo de volver a
entrar en los muzos con los soldados que había sacado y con otros
que de nuevo se le juntaron, rehaciéndose de nuevas municiones de
pólvora y plomo y otras cosas necesarias para la guerra; y así
volvió a principiar su jornada, que de nuevo le era encargada, por
aquella parte por donde los indios llamados panches confinan con
estos muzos, y desde aquí fue bajando, casi en círculo redondo de
medio arco, la tierra de los muzos por desta banda de Santafé y
Tunja, por donde le sucedieron algunas guazabaras y peleas con los
indios muzos, que siguiendo la natural inclinación de sus belicosos
ánimos, le salían en mucha cantidad al camino a estorbarle el
pasaje, y le iban de ordinario siguiendo y dando caza y alcance en
la retaguardia, donde ni le aprovechaba a Pedro de Orsúa emboscadas
ni otros embustes y celadas que los hacía, en que mataban muchos de
los que en su seguimiento venían, porque cada día se juntaban más
indios y los iban siguiendo con mayor obstinación. Y entre otros
saltos que en los bárbaros hicieron, fue uno el que diré, que en
parte fue gracioso embuste de parte de los españoles y avisado de
parte de los indios, sino que al fin pagaron.
Iban un día en seguimiento de los españoles muy gran número de
indios, ofendiéndolos y dándoles caza y grita, la cual ellos hacían
sin recibir mucho daño, porque la aspereza y agrura de la tierra
les era muy apta y acomodada para conseguir su pretensión, y acaso,
aunque temprano, llegaron a un pedazo de tierra llana, la cual les
pareció a Pedro de Orsúa aparejada para hacer salto en los indios,
y así, aunque contra voluntad de algunos soldados, se alojó allí
aquel día. Los indios estuvieron desviados a la mira, porque aquel
lugar no les parecía acomodado para su provecho, donde Pedro de
Orsúa, antes que amaneciese, emboscó toda la más de la gente de pie
y de a caballo que consigo traía en distintos lugares, y para que
los indios que acudiesen al alojamiento, como suelen, a ver si se
les había olvidado algo, tuviesen en qué se ocupar y entretener, de
suerte que se llegasen y juntasen muchos, hizo, por consejo de
Farfán, soldado de su compañía, cortar las piernas a dos puercos de
los que consigo llevaban y dejarlos allí, en el propio alojamiento,
entre los ranchos; y luégo que fue de día, el carruaje comenzó a
marchar con solos quince soldados que hiciesen muestra y cuerpo de
guardia a los indios que llevaban el bagaje.
Los muzos, que ya a esta hora estaban puestos por los altos
espiando cuando los españoles se apartasen del alojamiento, para
bajar a buscar los ranchos y a quemarlos, echaron dé ver en la
gente que iba marchando y vieron que de los del día antes habían
visto faltaba un caballo blanco, y en reconociendo esto sospecharon
la celada que les quedaba puesta y comenzáronse a dar voces los
unos a los otros y a decir en su lengua: teneos, no bajéis, que
esos bellacos quedan ahí escondidos para matarnos, porque ayer iba
con esta gente un caballo blanco, y ahora no va aquí. Con estas
voces no hubo indio que osase bajar, y así se estuvieron gran rato
del día, hasta que vieron que no había ninguna bullición ni
murmullo de gente, ni la podían descubrir, porque estaban los
españoles emboscados en lo hondo de un arroyo montuoso o arcabucoso
que cerca de la ranchería estaba, donde no podían ser vistos de los
indios si no fuese entrando en el propio arroyo; y con esta
confusión, y como vían andar los puercos jarretados por el
alojamiento, tomábales muy gran codicia de bajar, y por otra parte,
como he dicho, el temor refrenaba su deseo y apetito, hasta que,
finalmente, enviaron dos indios de poca estimación que se acercasen
al alojamiento y reconociesen y viesen si había gente escondida, y
enviaron estos dos indios de quien hacían poco caso porque si los
españoles los matasen no ganasen en ello ninguna honra.
Los dos indios se acercaron al lugar donde los españoles habían
estado alojados, y como no vieran ninguna gente más de aquellos dos
puercos jarretados, aunque lo habían mirado y buscado muy bien,
comenzaron a dar voces y a llamar muy apriesa la gente que a la
mira estaba, y a decirles que bajasen sin temor ni recelo a gozar
de la presa que entre las manos tenían. Los indios y gente que a la
mira estaba, oídas estas palabras y certificación que se les daba,
comenzáronse arrojar por aquellas sierras abajo y acercarse con
gran vehemencia y presteza a la ranchería. El general se estuvo
quedo con los demás españoles que estaban puestos en el salto, y
luégo que vieron que había bajado gran cantidad de indios a lo
llano y que estaban puestos en lugar donde podían ser ofendidos,
salieron a ellos los españoles de la una emboscada y comenzaron a
herirlos y hacerlos huir hacía donde los demás soldados estaban
emboscados, donde eran recibidos con la propia furia que los demás
soldados habían arremetido; y allí fueron muchos indios muertos y
descalabrados, de suerte que trajeron bien a su costa los
acometimientos que el día antes habían hecho en los españoles y en
su retaguardia, sin que ninguno de los soldados recibiesen notable
daño ni muriese en esta arremetida, donde los indios quedaron tan
castigados y escarmentados con la burla que se les hizo, que
después por todo el camino que de allí al pueblo de Tudela había,
nunca más acometieron ni siguieron a los españoles.
Llegado Orsúa al pueblo, se ocupó algunos días en pacificar la
tierra y en hacer por su persona algunas salidas a unas y a otras
partes, así de noche como de día, pretendiendo por una vía o por
otra, por rigor atraer a sí a la amistad de los españoles aquellos
belicosos indios, donde mediante su industria y trabajos algunos
indios de los que estaban más cercanos al pueblo vinieron a dar la
paz y a recibir, más con violencia que con amor, el amistad de los
españoles que por extremo ellos aborrecían y deseaban ver fuera de
su tierra y muy apartado de sus polazones.
Capítulo quinto
Cómo el general
Orsúa se tornó a salir de Muzo y con su salida se despobló el
pueblo o ciudad de Tudela. Escríbese cómo después fue poblada esta
tierra y hoy permanece el pueblo que en ella se
pobló.
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Era grande el anhelar que Pedro Orsúa tenía por emprender y
hacer la jornada del Dorado, y así no tenía ningún reposo consigo
ni podía sosegar ni entrar por la tierra de Muzo, y así procuró
darse toda la priesa que pudo a pacificar los rebeldes, por
volverse a salir con título de que ya había hecho lo que le había
sido encargado y mandado por los oidores, para que ellos no
tuviesen ocasión de negarle la jornada que le habían prometido;
pero por mucho que trabajó y anduvo y trasnochó, como poco ha dije,
jamás pudo pacificar sino los menos, y esos de paz no firme ni
estable, sino como suelen decir muy de sobre peine; y como tenía
tan fijos sus desinios en salir a principiar la otra jornada que
tan caro le vino a costar, dejó la tierra en el estado que dicho, y
encargando el gobierno de ella y del pueblo a los alcaldes
ordinarios, se salió a Santa Fe con muchos amigos que allí tenía,
muy buenos soldados, no embargante que todos los vecinos de aquel
pueblo y personas en quien los indios estaban encomendados
reclamaban, contradiciéndole la salida, pues con ella estaba claro
que el pueblo se había de despoblar y no se había de sustentar, y
aunque para impedirle esta jornada los vecinos hicieron todo lo que
si fue, así por vía de amistad y ruegos como por autos y
requerimientos, poniéndole por delante lo que tocaba al servicio
del rey y sustento de aquel pueblo, todo fue de ningún efecto,
porque haciéndose el general sordo a todo, se hubo de salir y
desamparar los que con tanto trabajo de sus personas habían echo y
trabajado, y aunque esto está ya escrito en el lugar que he
referido, no dejaré de decir aquí, aunque me detenga un poco, el
suceso de esta ciudad de Tudela de Navarra, y aun el que hoy tiene
la provincia, en breves palabras.
Luégo que el general se salió y los indios sintieron su ausencia
y salida, comenzáronse a rebelar de todo punto, como antes lo
estaban, y aun venían con gran desvergüenza en cuadrillas y manadas
a ponerse sobre el pueblo, y a dar gritas y aun hacer algunos
acometimientos a los españoles, los cuales, por haber quedado pocos
en número y mal pertrechados de pólvora y plomo y de las otras
cosas necesarias al sustento de la guerra, no osaban ni podían
salir a resistir ni echar de sí a los enemigos, y lo que peor era,
no eran parte para ir a buscar maíz por las poblazones comarcanas
al pueblo, y así vinieron a padecer necesidad de pan, porque
todavía les había quedado ganado de puercos y vacas para algunos
días.
Los soldados y vecinos, viéndose opresos y molestados con tan
peligrosa carga y multitud de enemigos como cada día sobre sí
tenían, que claramente les era manifiesto y notorio que si con
alguna imprudente obstinación pretendiesen sustentarse en aquel
pueblo por conservar la memoria de la fundación, que se ofrecían y
ponían en las manos de sus enemigos, en peligro de perecer allí
entre los indios neciamente, donde fuera más perpetua la temeridad
de su locura que la fama de lo que en ello hiciesen entre los
españoles, si por sustentar el pueblo los matasen los indios,
acordaron de común consentimiento salirse todos de noche, con lo
que pudiesen sacar, porque de día pudiera ser que los indios lo
estorbaran la salida, y aun les hicieran harto daño; lo cual
pusieron en efecto con todo cuidado, saliéndose de noche del pueblo
con mucho silencio y quietud, de suerte que hasta que fue de día,
que los indios los vieron, no fueron sentidos; pero entonces se
juntaron y los fueron siguiendo como a gente que ya iba de huida,
donde Diego García de Paredes, natural de Plasencia, que fue
maestre de campo del rey contra el amotinado Aguirre y le cortó la
cabeza, hizo un hecho tan animoso como generoso.
Entre los demás soldados y gente que de Muzo salían y a
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un pobre hombre que sacaba unas
vaquillas para su vivienda, que no tenía otro posible, y en algún
tiempo eran de algún valor. Este hombre, viejo, viendo que los
indios le venían dando caza y que por conservar su ganado iba a
peligro de ser muerto, y que de los demás soldados era poco
socorrido, encomendose en este Diego García de Paredes, rogándole
que por amor de Dios no lo desamparase. Diego García tomó con tanto
coraje y tan determinadamente la defensa de este pobre hombre, que
determinó quedarse con los amigos que le quisieron acompañar en la
retaguardia de todos, donde los indios iban haciendo algún daño; y
temiéndose Diego García que el caballo no fuese instrumento y causa
de hacer alguna cosa indigna de su valor y nombre, porque confiado
en su ligereza no volviese las espaldas a los enemigos, le cortó
allí las piernas y le dejó dejarretado en el camino, y él se fue
poco a poco a pie con sus armas a cuestas, deteniendo con singular
valor suyo y de sus compañeros la furia de los bárbaros que los
venían siguiendo con mucho brío, y así salieron peleando de
continuo de toda la tierra de los muzos, lo cual fue causa de
grandes daños que después estos indios muzos hicieron en sus
comarcanos y aun pusieron en condición toda la demás gente del
Reino de alzarse, por lo cual después, por el año de sesenta, fue
proveído el capitán Luis Lanchero para la pacificación de esta
tierra. Entró en ella con gente española y con mucha munición de
arcabucería y perros, hizo muy grandes castigos en la tierra, pobló
cerca en de Pedro de Orsúa había poblado a Tudela de Navarra, otro
pueblo que llamó la ciudad de la Trenidad de los Muzos, que hoy día
permanece, aunque con continua guerra que siempre los indios hacen
a los españoles y harán mientras duraren, donde se han descubierto,
cerca de lo propia ciudad, muy ricas minas de piedras verdes, que
llaman esmeraldas, de gran estimación y valor, porque se han sacado
de estas minas muy muchas piedras esmeraldas que han valido muy
gran suma de dineros. Hanse descubierto asímismo ricas minas de oro
fino, y esperan labrarlas con otras de plata que andan rastreando;
y demás de esto se ha poblado en esta provincia de los muzos otro
pueblo que llaman la villa de La Palma, por la parte que los muzos
confinan con los indios panches.
La causa de ser tan prolija y turadera la guerra de estos
indios, dejado aparte sus bríos y obstinación con que pelean, que
es mucho, porque en el Reino no se hallado nación que en esto
llegue a ellos, lo más principal es la yerba fina de que usan, con
la cual hacen toda la guerra, porque todos los lugares y caminos y
comidas y árboles frutales y lugares de cualquier suerte que sean
donde españoles puedan llegar e presuman que llegarán, todo lo
ocupan con puyas untadas con esta yerba, con las cuales se pican o
lastiman de suerte que hagan sangre, es dificultosa su sanidad y
cura, que todos los más mueren rabiando y despedazándose y haciendo
visajes y personajes con los ojos y con la boca y con todo el
cuerpo, y les da unos recios temblores y parasismos con que
espantan y atemorizan a los que los ven, y si algún herido de esta
yerba escapa, es mediante la gran carnicería que en el luego
incontinente que es herido se hace, cortándole toda la carne que la
yerba va atocando, hasta que no le quede cosa tocada, y así un solo
indio y una sola vieja suelen hacer guerra a muchos españoles con
solo ocuparles los caminos y pasos con puyas; y con esta ayuda de
yerba que los indios tienen, permanecen en sus rebeliones o las
mueven cada vez que quieren y les parecen, y si esto no tuvieran
muchos años ha que estuvieran ya pacíficos y aun muy humildes.
Mas según de pocos años a esta parte ha dado esta tierra muestra
de rica de esmeraldas y oro y plata, se puede con muy gran razón
decir por ella que las cosas muy preciadas no se han ni alcanzan
sino con mucho trabajo y gasto, porque demás de lo que en
pacificarla han trabajado los españoles y lo mucho que en mi
pacificación se han gastado en dineros, en diversas veces que en
ella han entrado, es cosa cierta que han muerto los indios más de
doscientos españoles, parte de los cuales ha tomado a manos, y
vivos, con crueldad de bárbaros, los han despedazado y sepultado en
sus vientres, porque es gente toda ella que comen la carne de los
enemigos que matan en la guerra o por otra vía.
|Capítulo sexto
En el cual se
escribe cómo el general Orsúa fue proveído por los oidores que
fuese a pacificar la tierra de Santa Marta y lo que sobre el hacer
esta jornada le sucedió.
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Al tiempo que el general Pedro de Orsúa se salió de Muzo, había
venido los oidores de cómo
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los indios de las sierras
de Santa Marta tenían puesta en gran trabajo a la ciudad de Santa
Marta, poblada en las riberas de la mar del Norte, y de muy antiguo
origen en las Indias; y como estaba a su cargo el gobierno de
aquella ciudad, determinaron de enviar quién la remediase y
socorriese, pacificase y poblase aquellas sierras, muy pobladas de
muchos y belicosos naturales; y por haber a esta sazón salido Pedro
de Orsúa de Muzo y ser capitán afable y bien quisto, habláronle
sobre ello, rogándole que aceptase la jornada y pacificación de
aquellas sierras y gentes de Santa Marta, y que le darían todo el
auxilio y favor necesario para ello.
A Orsúa se le hizo muy pesada esta jornada por tener, como
tenía, sus desinios puestos en el Dorado, pero húbola de aceptar
por la obligación que tenía de servir al rey y de agradar y
contentar a los que se lo mandaban y rogaban, los cuales le dieron
todos los poderes y provisiones necesarios y le favorecieron en
todo lo demás que fue menester. El general Orsúa quisiera bajar
copia de soldados del Reino para hacer su jornada, por ser gente ya
cursada y experimentada en aquella milicia, pero no los halló, o
los soldados no lo quisieron seguir, porque tenían ya noticia de la
maldad de aquella tierra y de los moradores de ella, a quien otras
muchas armadas de españoles nunca habían podido domar ni humillar,
antes siempre se habían retirado por fuerza y con pérdida de muchos
españoles, y así se están hoy por poblar.
A Orsúa le fue necesario bajarse a Santa Marta con unos pocos
amigos, que más por su contemplación que por otro ningún interés le
quisieron seguir, con los cuales llegó a la ciudad de Santa Marta,
donde halló que la gobernaba y administraba la justicia el capitán
Luis de Manjarrés, y el general se dio la priesa que pudo a juntar
gente, aunque poca, porque acudían muy pocos soldados a Santa
Marta; y andando en el fervor de su jornada, los indios de las
faldas de las sierras más cercanos a Santa Marta, tuvieron noticia
de lo que Pedro de Orsúa estaba haciendo en Santa Marta, y de cómo
pretendía entrar presto la tierra adentro, y por reservarse de
algún daño que en lo futuro se les podía hacer y acreditarse con el
general, le vinieron de paz, ofreciéndosele en su amistad y a
seguirle y ayudarle en todo que les hubiese menester. Holgose mucho
Orsúa con la amistad y paz de estos indios, y aceptando sus
ofrecimientos los tomó a enviar a sus casas, porque los soldados
que en Santa Marta se habían juntado eran muchos para lo poco que
aquel pueblo mísero y falto de todo género de mantenimientos podía
sustentar, determinó enviarlos delante para que en ciertos pueblos
de indios amigos se entretuviesen y comiesen; y haciendo caudillo
de los que enviaba, que eran cincuenta hombres, a Hernando Álvarez
de Acevedo, que después fue vecino de Tamalameque, ciudad poblada
en las riberas del Río Grande de la Magdalena, enviolos a Guajaca,
pueblo de indios amigos, que estaba en el camino que para subir a
la sierra habían de seguir, en el cual lugar se había de juntar
toda la demás gente que en la jornada había de entrar, y les mandó
que sin hacer daño a los indios de Guajaca ni a los demás
comarcanos, se ocupasen en ver aquella parte de la sierra que a
ellos estuviese más cercana, y aderezasen los pasos que hubiese
malos y peligrosos para los caballos; y así se fueron estos
españoles con Hernando Álvarez, su caudillo, a Guajaca.
El general Orsúa se quedó en Santa Marta con el capitán
Manjarrés y con Lidueña, su hermano, para juntar la más gente que
pudiesen e irse hacer su jornada en el tiempo que tenían ya
señalado; el cual llegado, Orsúa persuadió a Manjarrés que con los
soldados que allí tenía juntos, aunque pocos, fuesen en seguimiento
de Hernando Álvarez y diesen principio a su jornada. El capitán
Manjarrés estaba muy fuera de hacer lo que Orsúa pretendía, y no
sólo no tenía voluntad de seguirle, pero de dañarle y estorbarle la
jornada para que no saliese con ella, y así se excusó de no salir
con Pedro de Orsúa, diciendo que estaba falto de algunas cosas
necesarias a la guerra, las cuales él quería proveer antes de salir
de Santa Marta y llevarlas por delante; que se fuesen Orsúa y su
hermano Lidueña y que él los seguiría y alcanzaría en el
camino.
Con esto y otras palabras urbanas de que Manjarrés era muy
copioso, que el general Orsúa le oyó decir, no conociendo ni
entendiendo sus fingidos y doblados tratos, se partió con entera
confianza de Santa Marta con hasta treinta hombres, y entre ellos
Lidueña, hermano de Manjarrés, y caminando por tierra de paz sin
hacer daño ni recibirlo, llegó a la poblazón de Origua, donde se
determinó de esperar al capitán Manjarrés; y porque la gente y
soldados que con el capitán Hernando Alvarez había enviado y estaba
en Guajaca esperándolo no intentase alguna novedad con su tardanza,
acordó darles aviso de su ida, y para esto despachó al capitán
Lidueña con diez soldados que fuese a Guajaca y tomase en sí la
gente y gobierno de ella y les diese aviso de lo que pasaba y de su
ida y cuán propincua estaba su llegada aquel lugar.
Lidueña fue a Guajaca, y hizo con todos los españoles todo lo
que le fue mandado, y Pedro de Orsúa se quedó en Origua esperando a
Manjarrés, el cual con fingidas y cautelosas cartas que cada día le
escribía, haciéndole cierta su partida, le entretuvo más tiempo de
dos meses, dándole a entender que un día o otro sería con él en
Origua, todo según fue muy público entre los españoles, a fin de
que, entreteniéndose Pedro de Orsúa con sus soldados mucho tiempo
entre aquellos pueblos, que eran de naturales velicosísimos y de
ánimo indómitos y soberbios, les diese ocasión a que tomando las
armas viniesen sobre él y le desbaratasen, para después intentar él
hacer esta jornada, o a lo menos con esto se oscureciese la gloria
que en la fama del general Orsúa se había divulgado, de que por su
buena fortuna y de mucho ardiz y disciplina de guerra, saldría con
la guerra de aquellas sierras y las poblaría y domaría los
naturales de ella, lo cual tenían muchos pronosticado a Orsúa, pero
su pronóstico fue al revés, porque estando Pedro de Orsúa en esta
espera de Manjarrés con hasta veinte hombres, fuele necesario que
los españoles se dividiesen a buscar comida a pueblos de paz que
estaban entre Santa Marta y Origua, cuyos naturales, viendo esta
ocasión de ver desmandados los soldados por su tierra, juntáronse y
tomando las armas en la mano, dieron en ellos y mataron los más.
Algunos de los cuales, que eran sueltos y ligeros peones,
poniéndose en huida, escaparon de las manos y crueldad de los
bárbaros, y aportando a Santa Marta dieron aviso a Manjarrés de lo
que les había sucedido.
Manjarrés, que ninguna cosa le debió de pesar de este mal
suceso, pareciendo que ya Orsúa no podría salir con su intento y
que estaría descuidado de esto, por haber acaecido apartado de
donde él estaba alojado, determinó darle aviso, porque revolviendo
los indios las armas contra él no lo hallasen descuidado y así lo
matasen. Escribió una carta dando en ella noticia de lo que pasaba
e habían hecho los indios con los que salieron a buscar comida, y
avisándolo que al momento se retirase si no quería ser muerto con
los que le acompañaban. El mensajero camino toda lo noche y fue
antes de amanecer a donde Pedro de Orsúa estaba, y diole la carta y
aviso que llevaba.
Los indios de la tierra, como mataron en sus pueblos los
españoles que habían ido por comida, luégo se determinaron de ir a
dar sobre el general Orsúa y los que con él habían quedado, y
juntándose todos amanecieron sobre el alojamiento de los españoles
al tiempo que Pedro de Orsúa estaba leyendo la carta y avisos de
Manjarrés, bien descuidado del cerco que los indios le tenían
puesto; pero como las velas le diesen aviso de la mucha gente que
sobre ellos venían, y el general dejase la carta que estaba
leyendo, con la presteza que se requería tomó las armas, y lo mismo
hicieron los demás soldados, que eran doce; y saliendo a los
enemigos, grande número de indios contra doce españoles, que eran
más de seis mil indios, comenzaron a pelear con ellos con valor de
españoles, a los cuales ayudó mucho seis arcabuces que tenían y
munición de pólvora con que hacían gran daño en los indios, porque
casi no perdían ni erraban tiro, que todos los empleaban en los
enemigos y mataban muchos de ellos, con que los ojeaban y hacían
que no llegasen a tomar a manos a los españoles, pero de fuera era
innumerable la flechería que sobre ellos echaban, aunque con ella
no les hicieran daño ninguno, y así pelearon todo el día hasta que
la noche los apartó y dividió, sin que recibiesen ningún daño los
nuestros.
Los indios, temiendo que los españoles, con el amparo y
oscuridad de la noche, no se les fuesen dentre manos, pusieron muy
escogidas guardas en los pasos y caminos por donde entendían que
los españoles habían de salir, de suerte que por aquellas partes
era imposible salir ninguno sin ser sentido y muerto de los indios.
El general viendo y entendiendo esto, propuso a los soldados la
aflicción en que estaban y díjoles si alguno sabía de algún
escondido camino por donde aquella noche pudiesen salir, porque si
allí esperaban, el día siguiente era imposible escapar de las manos
de los enemigos, porque con el trabajo de aquel día estaban todos
muy cansados y debilitados para sufrir la guerra del siguiente.
Zúñiga, soldado diestro en aquella tierra, se ofreció de guiar por
un camino que pasando casi por medio de las poblazones de los
indios sin ser sentidos, saldrían a tierra de paz si con presteza y
diligencia le siguiesen y se animasen a sufrir el trabajo del
caminar toda la noche. Todos los españoles mostraron ánimo de
tolerar aquello y mucho más, y tomando en medio dos mujeres
españolas que allí tenían, que con ánimos varoniles habían hecho
gran ostentación en la guerra de aquel día, se dieron a caminar por
donde Zúñiga los guiaba toda la noche, llevando el general la
retaguardia, para que no se le quedase ningún soldado ni persona
atrás, y atravesando por las poblazones de los indios sin ser
sentidos, porque tenían los bárbaros puestos los ojos en otros
caminos apartados de allí, fueron amanacer el general y sus
soldados a los llanos de fonda, tierra ya segura, donde toparon al
capitán Manjarrés con algunos soldados y vecinos de Santa Marta,
que con esta fingida ostentación y perezoso e tardío socorro, les
venia a socorrer para más simulación de su dañada intención, y así
se volvieron todos juntos a Santa Marta.