INDICE




| LIBRO OCTAVO
 

 

|En el libro octavo se escribe cómo fue hecha merced a don Pedro de Heredia, natural de Madrid, de una gobernación en Tierra Firme, desde el río grande de la Magdalena hasta el río del Darién, y cómo, con poca gente, entró Heredia en ella y pobló la ciudad de Cartagena, de donde la gobernación tomó el nombre, y alguna guerra que los indios de aquella costa tuvieron con españoles; y el descubrimiento del Fincinu y poblazón de San Sebastián de Buenavista en Urabá, y otras jornadillas y entradas que se hicieron durante el tiempo que Heredia gobernó, hasta que la Audiencia de Santo Domingo proveyó al licenciado Vadillo que tomase residencia a Heredia, la cual sin acabar, Heredia se fue casi huyendo a España. Quedose Vadillo gobernando; tuvo noticia que de España venían a tomarle residencia, y con dedo gente que el capitán Cesar tenía aderezada pora cierta entrada, se metió el propio licenciado la tierra adentro y fue a salir a la gobernación de Popayán, donde se fue a Pirú.
 

 

 

 

Capítulo primero |
 

 

De cómo fue dada a don Pedro de Heredia por gobernación desde el río grande de la Magdalena hasta el río del Darién, y la venida del don Pedro de Heredia a esta gobernación. |
 

 

 

Antes que la ciudad de Cartagena fuese poblada por don Pedro de Heredia, su fundador, se halla haber entrado en aquella tierra y costa diversas armadas de españoles, así a contratar con los indios y a haber oro de rescates, como a saltear los indios y haber esclavos de ellos, porque como aquel tiempo fue tan calamitoso para los indios, por causa de no cumplir ni guardar los españoles las condiciones que por el rey estaban puestas para el hacer de los esclavos, sino que interrumpiéndolo todo, torcía cada cual las leyes como quería, y por violentas maneras hacía que llegasen a juntar con su interés y codicia y las más veces, sin que por una vía ni por otra llegasen, usaban de ellas como querían, porque ni oficiales ni jueces les iban a la mano, antes confirmaban su maldad con echar el hierro a los indios que los contratantes traían por esclavos, hechos en la forma que en otra parte de la Historia traté.

Era esta malvada largueza causa y ocasión que los que residían y estaban de tiempo más antiguo poblados en las islas de Santo Domingo y Puerto Rico y Cubagua y otras partes de las Indias y aun de España, se hiciesen armadas y juntas de gentes y acudiesen a esta costa de Cartagena a tomar y hacer esclavos, como lo tratan algunos de los que ya han escrito de esta tierra de Cartagena, que son Francisco López de Gomara, que escribió la Historia general muy sumariamente, y Pedro de Cieza, en la primera y cuarta parte de las Historias que escribió de Pirú, por cuyo respeto será poco lo que yo en este lugar trataré ni escribiré de lo sucedido, como he dicho antes, de esta fundación y poblazón de Cartagena por don Pedro de Heredia, aunque forzosamente habré de tocar algo de ello.

Antiguamente fue esta tierra de Cartagena, así de sus moradores como de españoles que a ella llegaron a contratar y rescatar, llamada Canamar o Calamar, por respeto de un pueblo de indios que estaba poblado en el propio sitio donde ahora está Cartagena, llamado de uno de estos dos nombres, y así tenía la costa y tierra el nombre de aquel pueblo. Y después de esto, viniendo por gobernador de esta tierra don Pedro de Heredia, natural de Madrid, que después mereció título de adelantado, llegando con la gente que traía a este pueblo de la mar, halló que apartado de tierra, estaba la isla Calmiri, que era grande abrigo y reparo para las naos que viniesen a surgir, cosa muy semejante al puerto de Cartagena de España, de donde el capitán o gobernador Heredia vino a darle a la tierra y puerto el nombre de Cartagena.

El origen que en estas partes tuvo Pedro de Heredia fue que después de la muerte de don Rodrigo de Bastidas, primero gobernador de Santa Marta, la Audiencia de Santo Domingo, por su fin y muerte, proveyó por gobernador de Santa Marta a Juan de Vadillo, vecino de Santo Domingo; y en esta sazón se hallé Pedro de Heredia en Santo Domingo; recién venido, de España. Hizo Juan de Vadillo trescientos hombres para pasar a Santa Marta, y entre ellos a Pedro de Heredia, al cual hizo su maese de campo; y después de llegados a Santa Marta y haber pasado algunas cosas que en el libro primero de la primera parte de esta mi Historia las traté, Pedro de Heredia se dio allí tan buena maña que alcanzó y adquirió gran cantidad de oro, con el cual se fue a España, y con el oro que llevó y con amigos y deudos que tuvo, personas principales en Madrid, hubo del emperador, el año de treinta y dos, por gobernación desde el río de Santa Marta, que ahora es llamado la Magdalena, hasta el río del Darién, todo lo de la tierra adentro que debajo de estos, dos limites pudiese poblar; y aunque él era hombre diligente y solícito, por causa del poco posible que tenía, porque el oro que de Santa Marta llevó se le acabó presto, no pudo juntar más de hasta cuarenta hombres, con los cuales se embarcó en Sevilla en una carabela y una fusta, año de treinta y tres, pasado lo más del año, con lo cual se vino a la ciudad de Santo Domingo de la isla Española, donde se detuvo algunos días procurando gente y soldados, porque le parecía ser pocos los que tenía, por respeto de la mucha y belicosa gente que en la costa y pueblos de su gobernación decían que había; pero con toda la diligencia que puso no pudo juntar más de otros diez o doce soldados, con los cuales y con los que de España había traído, salió del puerto y río de Santo Domingo por principio del año de treinta y cuatro, llevando por su teniente de gobernador a Francisco Cesar, natural de la tierra de Córdoba, que había sido en la conquista del río de la Plata, capitán de Gavoto.

Era este Cesar hombre famoso, de gran temeridad y loco atrevimiento, que con solos diez compañeros españoles se metió la tierra adentro de las riberas del río de la Plata y pasó por muchas poblazones de gente muy belicosa y guerrera, y no sólo se paró ni se detuvo ni los naturales de ella fueron parte, con ser innumerables, para hacerle daño ninguno, pero nunca quiso volver las espaldas ni tornarse a salir hasta llegar a reconocer la cordillera de Pirú y tierra de los Andes; del cual en el discurso de esta Historia diré otra hazaña casi igual a ésta.

Vino Pedro de Heredia de Santo Domingo a tomar tierra en términos de Santa Marta, en un puerto que es llamado Gaira por estar junto a él un pueblo de indios de este propio nombre; y aunque estuvo surto en este puerto, reconociendo ser de Santa Marta y estar desotra parte del río grande fuera de los mojones de su gobernación, se hizo a la vela de noche la vía de Cartagena por donde habían de atravesar las corrientes y boca del río grande, que son de gran peligro y riesgo, y así hubieran de perecer en él todos los españoles y gente que en la carabela y fusta iban, a causa de ser los pilotos chapetones o bisoños en aquella navegación y no tener ningún conocimiento de aquella costa, porque como se metiesen en las corrientes y canal del río, donde las aguas, por el movimiento recio de los vientos se movían con demasiada elación, fue la fusta puesta en muy grande peligro, y remediose su naufragio con que acertó a ser de cubierta entera, cuyo escotillón taparon y brearon, y así aunque los elajes del agua pasaban por encima de la fusta y la bañaban y mojaban a todos los que en ella iban, queriéndolo Dios así, no pereció ninguna persona de ella. La carabela, como era de mayor través, daba la mar mayores combates en ella, y así estaba en mayor peligro la gente que dentro iba; y acrecentósele otro mayor trabajo y peligro, y fue que con los combates del agua se le quebró de noche los hierros y argollas del timón, por lo cual anduvo sin gobierno por donde el agua y el viento la querían llevar desde cuatro o cinco horas antes que amaneciese hasta bien tarde del día siguiente, sin que entre los mareantes que dentro iban se diesen ningún remedio para que pudiese gobernar la carabela, y al fin vino a dar uno de los que más habían seguido la corte y el palacio que la navegación ni la mar, de suerte que la carabela pudo navegar y entró en el puerto de Calamar, juntamente con la fusta, donde desembarcó el gobernador Pedro de Heredia, y con la gente que llevaba de a pie y de a caballo dio en la poblazón de Canamar, cuyos moradores tomaron las armas para defender y resistir la entrada a los españoles.

Pelearon buen rato los unos con los otros, y aunque los indios eran muchos y muy buenos flecheros y diestros y muy certeros, y que las flechas que tiraban iban untadas con ponzoñosa yerba, con todas estas condiciones y otras que no digo, no pudiendo sufrir el ímpetu de los españoles, desampararon el pueblo y volviendo las espaldas se dieron a huir con toda la priesa que podían.

En el saco del pueblo hubieron poco provecho los soldados, porque como otras muchas veces habían aportado españoles a rescatar y aun a ranchear a este puerto y pueblo, todo el oro y otras cosas que para su ornato y servicio tenían, le tenían puesto a recaudo en partes ocultas que por los españoles no pudo ser hallada cosa alguna por entonces, mas alojáronse en el propio pueblo, y allí hizo el gobernador Pedro de Heredia poner todo lo que en la carabela y fusta traían.

 

Capítulo segundo |
 

 

De la fundación de Cartagena, y de cómo Pedro de Heredia fue a Tunbaco, pueblo de indios, donde fue muerto antes Juan de la Cosa. Cuéntase la muerte de este Juan de la Cosa. |
 

 

 

Para perpetuidad de su gobernación, Pedro de Heredia determinó luégo de poblar donde estaba un pueblo, para desde allí hacer algunas salidas y entradas la tierra adentro, y poniéndolo por obra, en el propio pueblo donde estaba alojado hizo su poblazón y fundación, por parecerle sitio y lugar acomodado para ello; y nombrando alcaldes y regidores y los demás oficiales a la república y haciendo otras ceremonias que en semejantes fundaciones se suelen hacer, puso al pueblo por nombre la ciudad de Calamar, y al puerto, por tener, como he dicho, tanta similitud con el puerto de Cartagena en España, se le puso Cartagena. Después vino a ser este puerto, Cartagena, muy famoso y nombrado, por acudir a él más que a otro de Tierra Firme, por su gran comodidad, las flotas que de España vienen a Tierra Firme; por donde la ciudad de Calamar vino a perder su primer nombre y llamar por yntrudusción Cartagena; como por el contrario les ha sucedido a muchos pueblos de las Indias, cuyos fundadores por su contemplación les han puesto los nombres de sus patrias y naturalezas, las cuales nominaciones han perdido y cobrado el que por lengua de los naturales tenían aquella tierra y sitio desde los tiempos pasados, según en algunas partes y lugares de esta mi Historia lo hallaran escrito y apuntado. En Tunja, del Nuevo Reino, que el que la fundó la llamó Málaga, por ser natural de allí, y Barquisimeto, en Venezuela, que el que la fundó la llamó la Nueva Segovia, y otras que, como he dicho, se podrán hallar leyendo la Historia, perdido el nombre español y tomando el de sus naturales, por el contrario de lo que a la ciudad de Calamar le ha sucedido, la cual, como dicho hemos, que hoy es llamada y lo será mientras durare, Cartagena, y de aquí, asímismo, lo tomó la gobernación generalmente, porque según he referido, cuando el emperador hizo gobernador a Pedro de Heredia, no lo hizo de la gobernación de Cartagena ni de la de Canamar, más de hacerlo gobernador de la tierra que había y él poblase, desde el río de Santa Marta hasta el del Darién, y así me parece que queda bastantemente declarado mi propósito sobre el nombre de ciudad, puerto y gobernación de Cartagena.

Después de pasados algunos días de como Pedro de Heredia fundó esta ciudad, acudió gente a ella de otras partes, y demás de esto estaba en camino pasajero y que los que iban y venían a Pirú pasaban por este puerto, en pocos días se reformó de muchos españoles, con que Heredia tuvo lugar de usar a su placer de su jurisdicción, y así tomó consigo cuarenta hombres de a pie y de a caballo y con ellos se metió la tierra adentro y fue a dar a un pueblo de indios de mucha casería e indios y moradores, llamado Turbaco, que estaba apartado de la mar o Cartagena cinco leguas.

Luégo que los indios y moradores de este pueblo tuvieron noticia de la ida de los españoles, como gente que ya otra vez habían habido victoria de españoles, porque en él habían muerto a Juan de la Cosa, tomo luégo diré, tomaron las armas en las manos y, con grandes muestras de alegría, esperaron a que el gobernador y los que con él iban los acometiesen. Llegaron los españoles y su gobernador Heredia a las ocho o nueve del día, y como hallaron a los indios puestos en armas, los unos por entrar, los otros por defender sus casas, fue entre ellos trabada la guazabara o pelea, en la cual dentrambas partes pelearon tan briosamente que sin que victoria se declarase ni fortuna se mostrase favorable a ninguna de las partes, el trabajo grande que en el pelear habían los unos y los otros padecido, los forzó que de conformidad se apartasen los unos de los otros a descansar y a comer, que les fatigaba tanto el trabajo como la hambre, pasadas dos horas los indios se levantaron donde estaban y revolviendo sus armas contra los nuestros les forzaron a hacer lo mismo, y tornando a pelear con el mismo vigor que de antes, aunque la pelea turó un buen rato, los indios comenzaron primero a perder el ánimo y desmayar y pelear flojamente, lo cual reconocido de los españoles, aprovechándose y usando de la ocasión que la fortuna les ofrecía, cerraron con los indios tan briosamente que les forzaron a volver las espaldas y a desamparar el pueblo, en el cual se metieron luégo los españoles y saquearon todo lo que en él había que saquear, pero no se detuvieron en él a dormir aquella noche, porque los indios no se juntasen y diesen sobre ellos y los desbaratasen, y así se volvieron la propia noche la vía de Cartagena.

La victoria que estos indios de Turbaco hubieron de Juan de la Cosa, al cual, como he dicho, mataron, pasó de esta manera, según lo relatan y cuentan algunos españoles que hay de aquel tiempo:

Muchos años antes que Pedro de Heredia entrase en su gobernación, salió de Santo Domingo Juan de la Cosa y Ojeda, entrambos por capitanes y con gente para esta parte de Tierra Firme. Juan de la Cosa, según el concierto, lo que entre los dos había, era obligado a andar con su gente y navíos por la costa del Nombre de Dios hasta Santa Marta, y Ojeda, con la gente que a su cargo era, había de descubrir y conquistar y haber los provechos que pudiese por el río del Cenu arriba. Estando entrambos capitanes con sus navíos surtos y juntos en esta costa de Cartagena, y queriendo hacer alguna cosa memorable, saltó en tierra Juan de la Cosa con hasta doscientos soldados aderezados, y metiéndose la tierra adentro fue con ellos a dar a este pueblo de Turbaco, que tenía mucha y muy belicosa gente, la cual con otros vecinos y comarcanos suyos se juntó, y dando con las armas en la mano sobre Juan de la Cosa y sus doscientos soldados, fue entre ellos comenzada una muy reñida pelea y muy sangrienta, dentrambas partes; pero como la gente y soldados de Juan de la Cosa era toda bisoña y que reputaban el valor de los indios por igual al suyo, porque veían algunos de sus compañeros heridos y aun caídos, desmayaron tan de golpe que no bastaron las voces de Juan de la Cosa, su capitán, a animarlos ni hacerlos cobrar brío; el cual viendo cuán próxima estaba su perdición, y creyendo que a lo menos hubiera vigor en alguno de sus soldados para entretenerse con los indios y dilatar la victoria hasta ser socorridos, dijo a Diego de Hordás, mancebo y muy buen soldado y suelto peón: hijo Hordás, bien veis el peligro en que todos estamos, y cuán cierta tienen los enemigos la victoria, si no nos socorre el capitán Juan Ojeda, mi compañero; este aviso se le ha de dar por vuestra mano, para que no perezcamos; por vuestra vida que aunque la herida que tenéis es tan peligrosa y mala, que os animéis a caminar esta jornada, pues veis lo que a todos nos va en ello.

Estaba Diego de Hordás atravesada una pierna de una lanzada que en la guazabara se le había dado; pero con todo esto se partió al momento para donde Ojeda estaba, y aunque el socorro vino tarde, todavía aprovechó algunos que escaparon por gran fortuna, porque los indios, luégo que Diego de Hordás se apartó, cerraron con los españoles confiados en su muchedumbre y diéronse tan buena maña o favoreciole tanto la fortuna, que al primer tropel los desbarataron y mataron casi a todos, y entré ellos a su capitán Juan de la Cosa; tomaron vivos seis o siete españoles, y metiéronlos dentro en los bohíos, y allí los ataron de pies y de manos a los pilares de las casas. Otros soldados, a quien el tiempo y la fortuna ayudaron, se metieron por espesas montañas que cerca estaban y allí se estuvieron hasta que hubo lugar de ponerse en salvo.

Diego de Hordás, con su herida, llegó con harta presteza a donde Ojeda estaba; diole aviso de lo que iba, representándole la necesidad que de su favor y ayuda tenían Juan de la Cosa y los españoles que con él estaban y lo mucho que iba en la tardanza. El capitán Ojeda se aprestó con toda la brevedad posible, y con la gente que tenía se partió para el pueblo de Turbaco, donde Diego de Hordás había dejado a Juan de la Cosa; llegó a él al cuarto del alba y halló que su compañero era muerto y sus soldados muertos y desbaratados; dio en el pueblo, y como los indios estaban descuidados, no tuvieron lugar de volverse a juntar con la presteza que les era necesario, y así los ahuyentó y echó de sus casas. Ojeda y los soldados que con él iban hallaron vivos los españoles que los indios tenían atados en sus casas, y soltándolos, los volvió consigo, y a las voces que él y los demás soldados daban, haciendo señal que si había algunos soldados escondidos en las montañas y arcabucos saliesen, salieron los que se habían escondido, y juntos todos, luégo sin detenerse más y antes que los indios tuviesen lugar de juntarse, dieron la vuelta a la mar, y embarcándose en sus navíos, se fueron la vía del río del Cenu, por donde Ojeda y su gente se metieron y hubieron tan desastrado fin como adelante se dirá.

Es este Diego de Hordás el que después de esto se halló en el descubrimiento y conquista de Méjico con Hernando Cortés, que después fue marqués, y que prendió por su propia mano a Montezuma, rey de México, por lo cual y por lo mucho que en aquella conquista sirvió, el emperador le hizo comendador de Santiago y adelantado del río Marañón, y que con gente subió el río de Uriaparía arriba, de donde le sobrevino una bien desgraciada muerte, según yo lo tengo escrito todo en la Historia de la isla Trenidad y del río de Uriaparia, donde el que lo quisiere ver lo podrá hallar escrito pia (do) samente.

 

Capítulo tres
 
Cómo el gobernador Pedro de Heredia juntó ciento y cincuenta hombres, y se metió a descubrir la tierra adentro, y llegó al primer Cenu. |
 

 

 

Pasados algunos días de como el gobernador Pedro de Heredia hubo desbaratado al cacique e indios de Turbaco, se halló con más copia de españoles de los que cada día iban dejando algunos navíos que tocaban en Cartagena, y así, con más número de soldados que antes, salió a correr la tierra comarcana a Cartagena y pacificar los naturales que en ella había poblados, entre las cuales poblazones de esta vez anduvo dos meses con sus soldados, y como la gente de esta provincia generalmente es belicosa, muchas veces en diversos pueblos tomaron las armas contra los españoles, aprocuraron desbaratarlos y echarlos fuéra de la tierra; pero ninguna cosa les prestó, porque Pedro de Heredia era hombre bien afortunado en guerras de indios, y los soldados que llevaba eran los más de ellos hombres antiguos en las Indias y que en otras partes se habían ya visto en peleas de indios, a los cuales llaman baquianos o isleños, y así dieron todos muestras de buenos soldados en las victorias que contra los indios esta vez hubieron; y así Pedro de Heredia, sin recibir casi daño ninguno, constriñó y forzó muchos pueblos de indios a que recibiesen y admitiesen su amistad y confederación, lo cual fue hecho y efectuado por ellos y le fue guardada con toda fidelidad y verdad por el gobernador y sus soldados, que fue muy gran causa de que otros muchos pueblos de indios hiciesen lo mismo y se inclinasen a abrazar la paz y amistad de los españoles; porque Pedro de Heredia demás de que hacía conservar la paz y amistad a los indios, tenía especial cuidado en mirar por su buen tratamiento y no consentía que se les hiciese ningún daño ni demasías ni otras violencias y fuerzas que algunos inconsiderados soldados les solían hacer, y aun hoy les harían si la mucha justicia que el rey tiene puesta para remediar estos excesos, no les fuesen a las manos con rigurosos castigos.

Volviose después al tiempo dicho a la ciudad de Cartagena el gobernador y sus soldados, y halló allí al capitán Mena y al capitán Sosa, que venían de Pirú e iban a dar aviso al emperador del suceso y descubrimiento de Pirú, hecho por Francisco Pizarro, el cual en batalla había preso a Guaynacapa, rey de aquella tierra, y desbaratado con una compañía de españoles las innumerables gentes que este bárbaro había juntado para dar batalla a los españoles y echarlos de su tierra; pero favoreciendo Dios inmortal a los de Francisco Pizarro, les dio una victoria de la cual quedará perpetua memoria en el mundo, y así se detuvieron en este puerto poco los dos capitanes, prosiguiendo su derrota y viaje.

El gobernador Heredia se determinó, después que se vido con alguna copia de gente, de hacer un descubrimiento y jornada la tierra adentro, para el verano del año venidero de treinta y cinco; y porque había de quedar poca guarnición de gente en el pueblo, hizo el gobernador que se hiciese un cercado de tapias e palenque de tierra, a manera de fuerte, en que la gente se recogiese si fuese necesario y estuviesen seguros de las asechanzas y fuerza de los indios. Hízose el fuerte entre el propio pueblo de Cartagena y la ribera y costa de la mar que cae a barlovento, en pocos días, porque todos los soldados, por principales que fuesen, trabajaban y ayudaban a ello, no sólo con sus pareceres y presencias, pero atualmente con sus propias manos, haciendo lo que en semejantes labores y trabajos suelen hacer los comunes trabajadores y jornaleros; y lo que más de loar es que el mismo gobernador, no despreciándose de lo que le era tan desigual, hacía lo mismo que los otros soldados, poniendo por su persona y trabajo todo calor en fabricación del fuerte, el cual fue hecho en bien pocos días; y puestas todas las cosas en orden y concierto, así para lo que había de quedar en Cartagena como lo que había de llevar consigo, salió de Cartagena después de la fiesta de los Reyes con casi ciento y cincuenta hombres, entre los cuales iban señalados y diputados para las necesidades que en el camino se ofreciesen, veinte soldados macheteros y azadoneros, questos llevaban a cargo machetes y azadones para abrir el camino o caminos y aderezar pasos por aquella espesura de la montaña y fragosidad de las sierras, requerían ir apercibidos de esta manera. Asímismo iban en la compañía treinta hombres de a caballo, que son la fuerza principal para la guerra y amparo de los españoles, porque es ya cosa muy averiguada en las Indias que adonde no se llevan caballos para la guerra de los indios no puede dejar de haber gran riesgo y peligro y trabajo demasiado para los españoles. Toda la otra gente eran rodeleros y ballesteros.

Metiose la tierra adentro, tomando por derrota la vía del poniente, y llegando a diversas poblazones tuvo muchas guazabaras con los indios y moradora de los pueblos do llegaba, en las cuales le mataron algunos españoles y le hirieron muchos. Especialmente le pusieron en aprieto en un muy gran pueblo, que casi todo un día y una noche turó la pelea, donde pusieron en grande tribulación y cuidado a los españoles: tomáronles un soldado a manos y lleváronselo vivo, y allá le dieron la más cruel muerte que pudieron, y mataron otro en la pelea y hirieron otros así de a pie como de a caballo. De los jinetes salieron heridos en esta guazabara Alonso Montañés, sobrino del gobernador, y Ponce, alguacil mayor, y Martín Niañez Tafur, que se quisieron señalar más que otros en la pelea, y aunque salieron mal heridos y estuvieron de las heridas en peligro de muerte, no murió ninguno de los tres, pero quedó Tafur medio ciego de un flechazo que le dieron en una ceja. Pero con todo este trabajo hubieron victoria de los enemigos, y pasando adelante nunca les faltó guerra de indios, que había poblados junto al camino que llevaban.

Caminando un día los españoles y su gobernador por un arroyo seco y muy falto de agua, por lo cual y por el gran calor, iban los soldados muy fatigados de sed, hallaron en las barrancas de este arroyo un poblezuelo de indios cuyos moradores de él huyeron, y de ellos con su cacique o principal se hicieron fuertes en un bohío, y allí procuraron defender sus personas obstinadamente. El gobernador, por evitar el daño del cacique e indio; que dentro el bohío estaban, procuró con los intérpretes y lenguas que tenía, llamar de paz al bárbaro y a sus indios, que pretendían con sus rústicas armas permanecer en una casa (de) paja y tal que con sola una centella de fuego que sobre ella cayera, perecieran y fueran abrasados todos los que dentro estaban, en lo cual el gobernador puso tanta diligencia y calor que casi mitigó en alguna manera la furia de los bárbaros, porque a las voces que el gobernador daba por medio de los intérpretes, diciendo a los indios y cacique que en el bohío estaban encerrados, que no hubiesen temor ninguno, sino que saliesen fuera, que él los recibiría en su amistad, el cacique sacó las manos fuéra del bohío por la puerta, que era |pequeña, y en ellas una criatura de hasta siete u ocho meses, y viendo el gobernador aquella novedad e invención de aquel bárbaro, le preguntó que para qué efecto sacaba aquella criatura; respondió que se la daba para que comiese. Admirado Heredia de la bestialidad del bárbaro, le dijo que él y los que en su compañía venían no comían muchachos ni indios ningunos, ni tal era su pretensión; a lo cual replicó el indio interrogando que le dijesen de qué se sustentaban aquellos hombres cuyos aspectos isemejables a ellos jamás él no había visto. El gobernador le dijo que su mantenimiento era carne de puercos y de venado, y oro. Entendido esto por el cacique, al momento arrojó fuera del bohío una chaguala de oro fino que pesaba ocho libras, y le dijo: toma, cómete ese oro; que mientras eso comieres estaremos seguros yo y mis indios de que no nos comerás tú ni tus compañeros. El gobernador se alegró con el manjar, y haciendo nuevos halagos a los indios y al cacique, los hizo salir fuera del bohío y se llegaron donde él estaba, a los cuales preguntó quién le había dado aquella chaguala o dónde la había habido; el cual le dijo, que su mayor, el cacique del Senu, le había dado aquella chaguala, y que si querían más oro que él los llevaría al propio Senu, donde había mucho.

Pedro de Heredia, que no era menos codicioso que las otras gentes, antes más que algunos de los que en su compañía iban, se holgó en gran manera de oír la buena nueva y rogó al cacique con grande ahínco que lo llevase con brevedad a tan felice lugar, haciendo de nuevo interrogaciones y preguntas sobre la grandeza del oro al mismo cacique, y si el Cenu donde le decía que había aquel oro, estaba lejos o cerca, y qué cantidad de oro podrían haber de él; y fuele respondido que era grande la suma de oro que en poder de aquel cacique y sus indios había, así en las sepulturas de los muertos y entierros, como sobre la tierra, pero que aunque el camino era corto, que él no se atrevía andarlo por su cargada vejez, mas que para guía le daría un hijo suyo, muchacho que le llevaría por vía derecha donde tanto deseaba.

Temiose el gobernador no fuese alguna burla o celada que el cacique quisiese armar o hacer, y declarándole su pecho dijo que temía no fuese engaño fabuloso el que le pretendía hacer, y que por esto no pensaba sino llevarlo a el propio cacique por guía y no a su hijo. Recibió grande alteración este principal, así de la poca confianza e crédito que en él se tenía, como por la violencia que se le quería hacer en llevarlo fuera de su pueblo y naturaleza a pasar trabajos en el remate de sus días, y comenzó de nuevo a certificar al gobernador que no se le haría ningún engaño, sino que sinceramente sería, encaminado y llevado por su hijo a donde él decía.

Hízose lo que pretendía y quedó con este contento, y dando a Pedro de Heredia el muchacho que lo había de guiar, se partieron otro día siguiente y en la primera jornada llegaron a un poblezuelo de pocos indios y esos amontados y puestos en lugares seguros: porque como antes habían tenido noticia de cómo los españoles se les acercaban, no curaron de esperarlos por no tener con ellos dares ni tomares. Durmieron allí aquella noche, y el siguiente día marcharon con buen concierto, según lo tenían de costumbre, y fueron a dar a unas largas y rasas campiñas o sabanas de más de quince leguas en contorno, en las cuales, obra de tres leguas metido en lo raso, estaba el pueblo del Cenu, donde tenían los indios sus sepulturas hechas sobre la tierra, de suerte que desde lejos se parecían y divisaban en tal manera que una muy señalada sepultura que los indios tenían hecha a honra de su simulacro, que fue por los españoles llamada la sepultura del diablo, se parecía y divisaba por su gran altura desde una extendida legua de distancia.

Los españoles fueron sentidos por los indios de este pueblo antes que llegasen a él, y así, desamparándolo de repente, se dieron a huir casi a vista de los soldados, los cuales no fueron nada perezosos en seguir el alcance, y mediante su buena diligencia, prendieron al cacique de aquel pueblo y a su mujer, que era la natural señora de aquel pueblo, y era llamada la Toto | 1 . Dieronse luégo los soldados a buscar lo que las sepulturas y casas había, y hallaron en el bohío o sepultura del diablo más de cuarenta mil pesos de fino oro, sin otra mucha cantidad que por las casas y sepulturas se sacaron, como adelante diré.

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