INDICE




LIBRO SEPTIMO
 

 

 

|En el libro séptimo se dice la venida de Antoño Sedeño a Maracapana, y cómo se procuraba entretener en todas las provincias de aquella costa, por ver si podía por alguna vía inducir a sus soldados a que se fuesen a la isla de la Trenidad, en el cual tiempo Jerónimo Ortal pasó a Santo Domingo a quejarse de Sedeño ante la Audiencia, porque le usurpaba su jurisdicción, a cuyo pedimento fue proveído juez un licenciado Frías, e yendo en cumplimiento de su comisión, fue desbaratado y preso por Antonio Sedeño y los suyos, después de lo cual Antonio Sedeño se metió la tierra adentro en demanda de Meto. Murió en el camino. Los soldados eligieron por su capitán a Pedro de Reínoso, el cual, yendo marchando, fue alcanzado de un capitán que en su seguimiento iba por mandado de otro juez que la Audiencia, sabiendo la prisión del licenciado Frías, había enviado. Fueron conformados los dos capitanes, y el que iba en seguimiento de Sedeño se volvió a la mar con el juez Frías y otros algunos presos. Pedro de Reinoso prosiguió su jornada, en el discurso de la cual conspiraron o se amotinaron ciertos de su campo contra él, por lo cual y por otras ocasiones que se le ofrecieron, fue forzoso dar la vuelta, y fue a parar, dividido su campo, a las provincias del Tocuyo y Barquisimeto, donde halló un capitán Montalvo, que le quitó la gente, y así hubo fin los balances de Sedeño. Cuéntanse algunas propiedades y naturalezas de los indios por do anduvieron.
 

 

 

                                                           Capítulo primero

 

 

| Cómo Antoño Sedeño pasó a Maracapana, y con la gente que allí halló se metió en la tierra adentro; y cómo el licenciado Frías, juez proveído contra él en Santo Domingo, fue en su seguimiento, con gente, y Sedeño los prendió y desbarató.
 

 

 

Pasada la calamidad que sobre los capitanes Vega y Bautista vino por mano de Jerónimo Ortal y los suyos, según atrás queda escrito, cuya causa fue el descomedimiento y atrevimiento del capitán Bautista, todos los soldados y capitanes que habían sido despojados y robados con este título de venganza, se recogieron y juntaron para que ya que no tenían armas con qué ofender ni defenderse, con el aparencia de ser muchos y estar juntos, podrían sustentarse y haber o sacar de los indios mantenimientos hasta que viniese su gobernador Antoño Sedeño, al cual, cada día, esperaban. En el cual tiempo, como atrás queda dicho, pasó Jerónimo Ortal despojado de los suyos, y poco después llegó Antoño Sedeño a Maracapana con cantidad de soldados, caballos, esclavos y otras provisiones y municiones necesarias a su jornada, y disimulando con buen ánimo la ofensa que en los suyos a él se le había hecho, comenzó a hacer algunas entradas la tierra adentro y a tomar por esclavos indios, y vender y usar de alguna manera de entretenimiento, ocupando el tiempo en las provincias y poblazones de Mauyare, cuyo señor y principal, Alboligoto, en cuyas personas y haciendas los soldados usaban de todos los géneros de propiedad que podían, robando, forzando, cautivando.

Con todo esto disimulaba y pasaba Antoño Sedeño, a fin de que los soldados, o hartos de estar allí o con temor de los indios, condescendiesen con su voluntad, la cual ellos entendían bien que era irse con toda la gente a la isla de la Trenidad a poblarla y pacificarla, por tenerla él por gobernación; el cual propósito siempre, desde que comenzó a juntar esta gente, había tenido Antoño Sedeño, como en otra parte queda referido.

Y viendo que ningún ardid ni cautela ni buen comedimiento ni inducimiento bastaba a mover a los soldados que dejasen aquella tierra y se fuesen con él a la Trenidad, despidiendo de él toda esta su esperanza, con la mejor orden que pudo se metió la tierra adentro, obra de sesenta leguas, comenzando ya a proseguir su derrota en demanda de los nacimientos de Meta, que era la noticia que en Puerto Rico le había dado la india esclava y la que la gente de Ortal llevaba.

En este tiempo llegó a la isla de Cubagua el licenciado Frías con las comisiones que la Audiencia le había dado para entender en los negocios de entre Jerónimo Ortal y Antonio Sedeño, y hacer sobre ello lo que fuese justicia y le pareciese.

Tuvo noticia en esta isla de cómo Antoño Sedeño se había entrado la tierra adentro, y pareciéndole que solo no era parte para pasar seguro por las poblazones que en el camino había, juntó ochenta hombres, y pasando con ellos a la costa de Tierra Firme, nombró por su capitán a un caballero llamado don Diego de Sandoval, y comenzó a marchar por la derrota que Antoño Sedeño había llevado; y llegando a la provincia de Cumanagoto, un señor o cacique de aquella tierra, queriendo saber el viaje que el licenciado Frías y los suyos llevaban, le preguntó al propio licenciado que a dónde iban con aquella gente; el cual, dándole a entender su jornada, respondió cómo iba a prender a Sedeño y traerlo en ciertas cadenas que le mostró. El bárbaro replicó diciendo: pues ¿con qué has de prender a Sedeño? El juez, mostrándole las armas que llevaba, que era la vara de justicia, le dijo que con aquella vara. El principal, casi como haciendo burla de lo que el licenciado Frías le había dicho, y conociendo los bríos y aun los pensamientos de Sedeño y su gente, se rió y le dijo: muy necio vas, mal conoces a Sedeño y sus soldados, que tienen las lanzas muy largas y los corazones muy grandes; entiendo que te han de descalabrar, porque son hombres muy valientes. Riose el licenciado Frías de lo que el principal le decía, no considerando que la ambición de mandar hace perder la lealtad, y pareciéndole que a la vara y voz del rey, y como era razón, no habría lanza enhiesta, y así, con esta confianza y con más descuido del que era razón, pasó adelante en seguimiento y busca de Antoño Sedeño, al cual halló rancheado y alojado en la otra banda de un río crecido que está entre el Cejo y Canima.

Aquel día no pudó el licenciado Frías pasar adelante con su gente, por serles estorbo e impedimento la creciente del río que por delante tenía, y alojose en una vega que el río en aquel lugar hacía. Sedeño, o por conjeturas o por aviso de los indios, supo el efecto de la ida de aquella gente que en su seguimiento y alcance iba, y aunque ignoraba quién fuese el juez, y cómo él estaba muy bien quisto con los suyos, con pocas persuasiones los convenció que no obedeciesen ningún juez que sobre ellos viniese, pues los había de despojar de lo que tenían, y por ventura hacerles otras molestias y malos tratamientos, y usando de presteza en su determinación, como hombres que sabía mejor aquella tierra y los vados de aquel río que los que en su busca iban, aquella propia noche pasaron los más de ellos casi a nado a la otra parte del río donde estaba alojado y aun descuidado el licenciado Frías con su gente; dieron en ellos los de Sedeño, y desarmándolos y despojándolos de cuanto llevaban, prendieron al licenciado Frías y a su capitán Sandoval y al alguacil y escribano y a otros cuatro o cinco hombres principales, con los cuales usando de todos géneros de descomedimientos, afrentando y maltratando sus personas de palabra y obra, que si no fue dejarles con la vida, otra cortesía no les hicieron, la cual tuvieran ellos por mejor perder que padecer lo que padecieron por mano de éstos.

A todos los demás soldados que con el licenciado Frías habían ido los despojaron de todos los vestidos que sobre sí traían, y desnudos, en carnes, con bordones en las manos, los enviaron por do habían venido, para que se volviesen a la costa. Crueldad cierto más que de tiranos, pues con los de su propia nación se hubieron tan rigurosa y cruelmente.

 


 

| Capítulo segundo
 

 

|En el cual se escriben algunas costumbres y ceremonias de los indios y naturales de Cumaná y Cubagua y de otras provincias a éstas sufragáneas.
 

 

Porque me voy apartando de la costa de la mar y podría ser tan presto no volver a ella, si alguna forzosa ocasión a ello no me constriñere, quiero aquí hacer una digresión de las costumbres y otras usanzas de los indios de estas provincias de Maracapana y Cubagua, aunque no será tan cumplida como yo quisiera, a causa de que los que en aquel tiempo andaban por ellas, más curiosidad y diligencia ponían en cómo se habían de aprovechar de las haciendas y personas de aquellos naturales, que en enmendar y reparar sus costumbres, y también porque cuanto turaron que no se acabaron de destruir aquellas provincias tanto tiempo y no más hubo españoles en ellas, y así no puede haber en lo tocante a las naturalezas de estos indios la claridad que en otras provincias que se han conservado y sustentado hasta nuestros tiempos, de algunas de las cuales se verán hartas cosas de notar escudriñadas con curiosidad y agudeza para admiración nuestra.

Estas dos provincias que arriba nombré, de Cubagua y Maracapana, encierran en sí otras muchas de diferentes nombres, como son Cumanagosto, Chacopata, Piritu, Paragoto, Chaigoto, Cherigoto y otras muchas poblazones que por no ser molesto no digo, en las cuales era tanto el número de los naturales y poblazones, que afirman los que en su prosperidad los vieron que había en ellas innumerables naturales. De estas gentes algunas había, que ya no podemos decir que haya, que comían carne humana por venganza o rito o grandeza de alguna victoria que habían habido, y no la comían de todo género de indios, sino de algún señor o principal que en la guerra acertaban a prender, como por experiencia lo vio la gente de Jerónimo Ortal cuando habiendo ido con ciertos indios del señor Guaramental a saquear un pueblo de unos contrarios y vecinos suyos, en el saco hubieron los indios un principal, al cual trajeron ante su cacique o señor, y después de haber dicho ciertos razonamientos en su lengua al preso y ciertas ceremonias que acostumbraban hacer, los indios más principales se llegaban a él y vivo como estaba le iban cortando los miembros y otros pedazos de su cuerpo, hasta que con aquel tormento lo mataron, y sacándole el asadura, embijadas las bocas por mayor grandeza, la repartieron entre ellos y se la comieron. En solo en este acto y ceremonia suelen comer estos indios y otros de esta provincia esta parte del cuerpo humano y no otro ninguno.

Otra parcialidad de las propias provincias, como eran los de Cherigoto y Paragoto y Pitagotaro, la comen por vicio, pudiéndose pasar sin ella por ser gente muy proveída de todo género de comidas, así de carnes monteses como de pesquerías y mantenimientos de la tierra y todo género de aves. Tenían por costumbre de hacerse muy grandes convites los unos a los otros, que comúnmente entre españoles llaman borracheras: hacían en ellas muy grandes gastos; dábanse entre ellos muy grandes dádivas y presentes, conforme al posible que cada uno tenía. Usaban de médicos que los curasen, a los cuales llamaban picache. Era costumbre y ley guardada entre ellos que el médico había de dar sano al enfermo que entre manos tomaba y se le pagaba muy bien su trabajo, donde no, si el enfermo moría, el médico pagaba con la vida; costumbre por cierto que si entre nosotros se guardara yo fío que hubiera cesado la medicina, por no obligarse ni sujetarse los médicos a tanto como esto, y aun por ventura hubiera habido menos inconvenientes y aun menos enfermedades, según la opinión de algunos, porque a las veces algunos desordenados regimientos que los médicos dan son causa de mayores enfermedades. Estos médicos o piaches tenían su particular trato y pacto con el demonio.

Un hombre que yo conocí, que andaba por estas provincias mucho tiempo, me certificó que estando él escondido en un bohío sin ser visto del médico o piache, entró este ministro a hablar con el demonio, a quien él no pudo ver, y que los oyó hablar el uno con el otro en lengua de indios y de pájaros y en otras formas y maneras que él no pudo entender. Otros mucho habido que me han certificado haber visto a los mohanes o jeques de los indios hablar con el demonio, a quien ellos jamás han podido ver, mas de oírle hablar con los jeques, y por esto me parece que se puede dar algún crédito a lo demás.

Y acostumbraban los señores de aquellas provincias dar a los capitanes españoles presentes de oro y esclavos que habían en las guerras que con otros sus comarcanos tenían; y si los españoles o capitanes no querían recibir los presentes que les daban, enojábanse muy de veras con ellos y decían que se declarasen por sus enemigos; mas yo sé cierto que pocos había de no querer recibir las dádivas de los indios.

El número de mujeres que cada cacique tenía no me lo supieron decir, mas de que cada uno tenía muchas, y entre aquellas una más principal a quien todas las demás respetaban y obedecían.

A los señores que son superiores y más principales en las provincias, se les hacía guardia cada noche en sus propios cercados, que eran muy suntuosos y grandes, y hechos de grandes árboles, con cuatro puertas, en cada cuadra la suya, de la forma y hechura que el cercado de Guaramental que en el libro pasado tratamos, y con las mismas provisiones y despensas. La guardia se hacía con seiscientos indios de guerra, que los trescientos velaban la media noche y los otros trescientos la otra media; y esto usaban los indios especialmente cuando andaban españoles en sus provincias. El capitán a quien le cabía la vela si hacía falta en ello pagaba con la vida, y sus hijos y mujer quedaban por esclavos del cacique o señor. A los indios no se les hacía castigo alguno.

Acerca del suceder o heredar de los estados es la costumbre extraña de otras partes, porque en esta tierra los heredaban el hijo menor de la principal mujer, y no el mayor ni el segundo ni ninguno de los otros; y si el menor muriere antes de heredar el siguiente hijo heredaba.

Tenían los señores sus sotos e coto de caza y lagunas de pesquería, y cualquier particular que en ellos entraba a pescar o a cazar tenía pena de muerte, y sus bienes perdidos y confiscados y sus hijos y mujeres esclavos del cacique. Si los señores iban algunas guerras peleaban personalmente, teniendo por su escudo y amparo tres o cuatro indios, por entre los cuales disparaban sus flechas, y aunque sobre estos indios que estaban por escudo de su cacique caían mucho número de flechas no se habían de menear ni mudar sino si allí los mataban allí se habían de estar. Eran muy temidos, acatados y reverenciados los principales y señores de sus sujetos, y aun muy amados y queridos de ellos. En los mortuorios de los caciques o señores se usaban los ritos y ceremonias que diré. Tomaban el cuerpo del cacique muerto, y embijábanlo todo, que es darle color o untarlo con un betún colorado de que generalmente todos los indios de las Indias usan, y componiendo de todas las joyas de oro y cuentas que en vida tenían de más estima y valor, y asentábanlo sobre una barbacoa o cañizo que tenían o le hacían aposta, y luégo le ponían fuego por debajo templadamente, de suerte que se iba consumiendo el humor del cuerpo y no quemando, y allí lo tenían hasta que se acababa de tostar y secar muy bien, lo cual turaba algunos días, en los cuales ocurrían todos los súditos del señor y moradores circunvecinos a dar el pésame a la madre o parientes del muerto; en el cual tiempo tenía por oficio una india vieja de salir a la plaza o sitio donde el cuerpo del cacique estaba secando, compuesta de ciertas sartas de corales a manera de pretales de cascabeles, y con un paso y semblante triste, al son que los cascabeles hacían, cantaba con triste canto las proezas y valentías que en su vida hizo el muerto, unas veces sacando a vista de todos el arco con que peleaba, otras las flechas, otras la macana, otras la lanza, y así discurría por todo lo que había que sacar, no callando en sus lamentables endechas las fiestas, convites y regocijos y otras cosas que a ella le parecían que eran grandeza de señor; lo cual turaba, como he dicho, el tiempo que se tardaba en consumir la humedad del cuerpo, y aun la carne, hasta quedar los huesos solos; e ya que no había más que el fuego por gastar, limpiaba muy bien los huesos de la seca carnosidad que encima les quedaba, y untándolos con bija, metíanlos en un cataure o cestillo y colgábanlos en la cumbrera de su bohío.

Para este día de esta última ceremonia, los parientes del muerto tenían aderezado muy largamente de comer y beber a su modo de todos los géneros de comida que podían haber de los que ellos usaban; y en una plaza donde se había hecho las antecedentes ceremonias, tendían en el suelo muy gran cantidad de tortas de casabe y sobre ellas muchas presas de venado asado en barbacoa, y sentándose por su orden, los principales primero, comían y bebían y aun se emborrachaban muy bien, y conclusa la comida se concluye el llanto y tristeza y cada cual se volvía a su casa, y si en el ínterin que se hacían las ceremonias dichas en el cacique, llegaba algún español y les tomaba de las joyas que el muerto tenía sobre sí, no osaban contradecírselo aunque pudiesen, antes con muy grandes ruegos se lo tornaban a comprar como si no fuera suyo, y le daban por ello más de lo que valía por parecerles que iría descontento el muerto sin su hacienda y joyas.

 

| Capítulo tercero
 

 

|Cómo Antoño Sedeño, prosiguiendo su jornada, marchó la tierra adentro y murió, y en su lugar fueron nombrados por los soldados Reynoso y Losada para el gobierno de la gente.
 

 

Acabado el desbarate del licenciado Frías y su gente, Antoño Sedeño se quedó con el juez y con su capitán Sandoval y con los otros principales que tenían en prisiones, y a la demás gentalla como dije, los envió desnudos a la costa, que fue gran ventura no matarlos indios, a lo menos usaron con ellos los bárbaros naturales de aquellas provincias de más vecindad que sus propios hermanos y como señores, y aun debió de ser la intención de Sedeño entregar estos soldados a los indios para que los matasen, pues los enviaba de la forma dicha y sin armas, porque no se tuviese en Cubagua noticia de la tiranía de que él había usado con el juez que la Audiencia Real había enviado; y luégo se aprestó Sedeño con su gente para meterse o caminar la tierra adentro, a partes donde no lo pudiesen fácilmente hallar aunque lo buscasen, y aunque estaba tan confiado en sus capitanes y soldados y gente que consigo llevaba, que todos morirían en su defensa y pondrían por él la vida, no quiso ponerse en semejante condición, pues podía la fortuna en un punto mover los ánimos de todos a que si hubiesen cerca de sí algún campo que en fuerzas y poder se les igualase, amenazándolos con la infamia de traición y tiranía, totalmente lo desampararían por conservar en sus personas esta honra de lealtad de su condición.

Era tan largo y generoso Antoño Sedeño, que con la mucha y desmedida largueza que en el dar con todos generalmente usaba, que no había soldado que no lo tuviese en las entrañas y le pareciese que era poco perder la vida por él, porque le aconteció -que- un solo capote con que andaba cubierto, quitárselo de encima y darlo a un soldado que con necesidad le pedía una camisa o ropa vieja para cubrir y abrigar sus carnes del frío. Mas la consideración que con todo esto tuvo Sedeño, no fue tan en vano como algunos parecerá, porque aunque dádivas quebrantan peñas, la honra y el temor propio puede mucho más que todas las dádivas, pues en nuestro tiempo, pocos años ha vimos que Francisco Hernández Girón, habiendo de común consentimiento de algunas repúblicas y gentes que se le llegaron en las provincias del Cuzco, tomando las armas contra su rey y señor y usando de todas las 40 y franquezas que otro capitán de su posible podía usar, sus más principales amigos, temiendo perder las vidas y queriendo restaurar las honras, las cuales les eran prometidas de parte del rey, le negaron y desampararon cuando más próspero estaba, y así fue desbaratado y muerto.

Sedeño, como hombre avisado y bien considerado, cogitaba todas las cosas referidas, y así, no queriendo esperar más en aquella provincia, por no ver otra vez rostro a rostro gente del rey, se metió la tierra adentro, con propósito de buscar y descubrir las provincias de Meta, que siendo tal como se decían, no dejaría de ser perdonado del delito cometido; pero todos sus desinios fueron atajados con que después de haber caminado con su campo y gente algunos días en demanda de su noticia de Meta, permitió Dios que muriese hinchado de ciertas hierbas ponzoñosas que una esclava suya le había dado, y tan paupérrimo que con haber poseído harta cantidad de bienes temporales, no le hallaron una sábana con que poderlo enterrar; y aunque algunos tuvieron a gran virtud esto, los que bien lo miraren hallaron que fue prodigalidad, porque el haberse tan largamente con los soldados Sedeño no manaba de caridad sino de ambición y codicia de mandar, para con aquella su largueza atraerlos a sí y llevarlos a tierras remotas y apartadas donde pudiese ser señor absoluto de ellos; y esto la experiencia nos lo mostró en el propio, pues un poco de tiempo que estuvo en la isla Trenidad, en dos veces con algunos soldados, se había y hubo tan rigurosa y ásperamente con ellos, que la una vez se amotinaron contra él, y la otra le dieron ocasión a que se saliese de la isla por verse fuera de su mando.

Murió en un valle o provincia que se decía o dijo de Tiznados, nombre puesto por los españoles a causa de que las gentes de aquella provincia todos traían los rostros pintados de ciertas sajaduras que en ellos se hacían, haciéndose y sacándose alguna sangre, sobre la cual ponían tizne o carbón molido y zumo de yerba mora, y quedaban las pinturas señaladas siempre. De esta manera de galania usan algunas naciones de galanias de moros de la costa de Uerueria, y aun de la tierra adentro de acerca.

Muerto Sedeño, luégo los capitanes y soldados determinaron de hacer junta y elegir cabeza o capitán que los rigiese y gobernasen. Venían entre las demás gentes dos caballeros de solar conocidos, que aunque mancebos y de poca edad, sus virtudes obligaron a toda la compañía que los nombrasen por cabezas. El uno era Pedro de Reynoso, hijo del señor de Autillo, en Castilla la Vieja, y el otro Diego de Losada, hijo del señor del Reinegro. Al Reynoso, por ser de más edad, nombraron por su capitán general, y a Diego de Losada por maestre de campo. Aceptaron los cargos por haber sido elegidos de común consentimiento, y comenzáronlos a usar en gracia y amistad de todos, y gobernando prudentemente su campo, después de haber descansado algunos días en el lugar donde Antoño Sedeño murió, prosiguieron su jornada con propósito de dar fin a ella o perder en la demanda las vidas.

 

| Capítulo cuarto
 

 

En el cual se escribo cómo la Audiencia de Santo Domingo, teniendo noticia de lo que Sedeño hizo con el licenciada Frías, proveyó al licenciado Castañeda que lo siguiese y prendiese, y lo que este licenciado Castañeda hizo en la jornada. Cuéntase algunas costumbres de ciertos indios por do el capitán Reynoso pasó.
 

 

 

En tanto que lo dicho pasó en el campo de Sedeño, los soldados del licenciado Frías salieron a Maracapana y de allí pasaron a Cubagua, donde dieron noticia de lo que les había sucedido con Sedeño. La justicia de Cubagua luégo, temiéndose que Sedeño con los suyos no hubiesen conspirado y viniesen sobre ellos, viviendo con cuidado, dieron luégo aviso a la Audiencia Real de Santo Domingo de lo que pasaba.

Sintieron el Presidente y Oidores en el grado que era razón, el agravio que a su juez se le había hecho, y luégo, con toda presteza y diligencia, nombraron otro juez que fuese sobre Antoño Sedeño, que fue el licenciado Castañeda, al cual mandaron que solamente con un escribano y un alguacil fuese donde Sedeño estaba y lo prendiese y hiciese justicia de los culpados, considerando que si de aquella suerte no eran obedecidas las provisiones que ellos enviaban, que debían andar fuera del servicio del rey, Sedeño y los que le seguían, y teniendo respuesta de ello remitirlo a las armas y castigarlos como a rebeldes.

El licenciado Castañeda se fue a Cubagua y allí se informó de la derrota que Sedeño había llevado, y sabiendo que se había entrado la tierra adentro no curó de seguirle, así por no ponerse en el riesgo que el licenciado Frías se había puesto, como por no tener ni hallar la copia de gente que le parecía que era necesaria para resistir a Sedeño si fuese menester, y así pasó a Maracapana con unos pocos soldados, de donde envió en seguimiento y alcance de Sedeño, para, que le notificasen las provisiones, de la Audiencia, a un capitán llamado Juan de Yucar con hasta veinte compañeros, los cuales metiéndose por el rastro y camino que Sedeño y su gente habían llevado, caminando por las propias jornadas, fueron alcanzar el campo de Sedeño | 42 que ya era muerto, al río de Nirua, que cae en la gobernación de Venezuela, entre Barquisimeto y la Valencia, donde después se descubrieron minas de oro y se pobló la Villarrica, que tuvo otros muchos nombres y mudamientos.

Como al tiempo que el capitán Juan de Yucar alcanzó esta gente era muerto su capitán Sedeño, nunca hubo ningún alboroto ni descomedimiento de los que hubiera si su capitán fuera vivo; mas los que gobernaban el campo, no perdiendo nada de su punto ni jurisdicción, recibieron amigablemente al capitán Juan de Yucar y a los que con él iban, y como demás de estos todos los soldados estaban bien en aquella sazón con el Reynoso, y deseaban pasar adelante con su demanda, no hubo ningún alboroto ni removimiento de quererse volver atrás, porque como algunos soldados estuvieran de opinión de no pasar adelante, no dejaron de tener algunas diferencias, aunque sabe Dios quién llevara la peor parte, y sin pasar de allí se confederaron y concertaron el Juan de Yucar y Reynoso, que pues Sedeño, contra quien venía era muerto y los soldados llevaban intención de servir al rey en aquel descubrimiento que entre manos llevaban o tenían, que se volviese a la costa el capitán Juan de Yucar con sus soldados y con el licenciado Frías y con los demás forzados.

Hízolo así Juan de Yucar, que desde allí dio la vuelta, y Reynoso con su campo se quedó en aquel propio río invernando.

Vuelto el capitán Juan de Yucar a la costa, y sabido por el licenciado Castañeda cómo era muerto Sedeño, y cómo aquella gente llevaba a cargo el capitán Reynoso y cuán pacíficos iban todos y cuán sin pensamiento de hacer cosa que no debiesen o contra el servicio del rey, arrepintiose por no haber él ido al negocio y juntar alguna gente y salir en seguimiento de Pedro de Reynoso, para como juez a quien el negocio estaba cometido, tomar en sí toda la gente y hacerse gobernador y proseguir la jornada; y porque, para hacer esto, le era algún impedimento Jerónimo Ortal, que allí había venido con el licenciado Castañeda, procedió contra él, diciendo que había engañado la Audiencia y que había asaltado y robado los capitanes y gente de Sedeño, y con estas ocasiones lo prendió y envió a Santo Domingo, el cual, yendo ante la Audiencia, hizo relación de los desinios e intención del licenciado Castañeda, los cuales sabidos por la Audiencia, luégo a la hora enviaron por él y se halló y fue quitado de sus pensamientos, como en otra parte atrás dije.

Pasado el invierno, los capitanes Reynoso y Losada comenzaron a marchar con su campo, y dende a pocos días, una escuadra llamado Pedro de Cáceres, que iba descubriendo delante, topó el rastro de la gente de Fredeman, que estuvo poco antes rancheada en la provincia del Tocuyo; y sin dar parte a nadie, disimuladamente, dio noticia de lo que había visto a Reynoso, el cual, como no llevaba ningunos poderes de rey, más de la elección que los soldados habían hecho, temiose que si encontraban con la gente del rastro que había visto Cáceres, que sería despojado de su trono | 43 con el maese de campo Diego de Losada, que apartándose de la sierra por donde iba el rastro de Federman, se diese guiñada y se metiese por los llanos; y todo esto hacía el capitán Reynoso por consejo y astucia de Pedro de Cáceres, que era hombre entremetido y entendido.

Este Cáceres es un viejo tullido y enfermo, a quien Lope de Aguirre, viendo que las enfermedades que tenía y la trabajosa vejez no bastaban a consumir sus días, hizo con malvadas entrañas, a sus ministros que se la quitasen.

Apartados de la sierra y metidos por lo llano, después de haber caminado algunos días con harto trabajo y necesidad, así por el fastidioso calor que por aquellas bajas y ahogadas tierras hay, que es grandísimo, como por las ralas poblazones que se hallaban, llegaron a un río caudaloso que algunos quisieron decir, y así lo afirmaron, que era uno de los brazos del río Uriaparia, al cual pasaron con harto trabajo, y caminando por las tierras que por delante tenían, hallaban cantidad de gentes extrañas por la brutalidad con que vivían, bien semejantes aquellas nuevas gentes poca | 44 vistas y descubiertas en la Noruega, llamados pigmeos y etrófagos, que son gentes que se sustentan y mantienen de peces y su nombre propio lo significa así; porque ni ellos tenían casas donde se recogían ni labranzas ni otro género de mantenimientos más de unas raíces delgadas como el dedo y nudosas como raíces de cañas, las cuales secan al sol y muélenlas y hacen de ellas cierta harina y revuélvenla con harina que también hacen de pescado, y de estas dos harinas hacen ciertos bollos y puches con que se sustentan.

Es tanta la abundancia que de pescado tienen estos indios, que esto les hace vivir tan ociosamente, porque de invierno se anega casi toda la más de aquella tierra, y es tan grande la abundancia de pescado que en este tiempo se cría en los anegadizos, que cuando viene el verano lo que toman basta a sustentarlos en la forma dicha; y es tal la calidad y constelación de esta tierra que algunas lagunas, después de secas y consumida el agua de la haz de la tierra, cavando los indios a medio estado y más hondo tornan hallar agua donde hallan y toman mucho pescado, como son armadillos y anguilas muy gruesas y otros géneros de peces, cosa que ciertamente parece increíble.

Tienen estos indios cantidad de unos perrillos pequeños que aúllan y no ladran, que los españoles comen y llaman mayas; tienen buen comer; no los desuellan, sino pélanlos como lechones, y hácense de ellos gustosas cenas. Hacen estos indios aceite de la grasa del pescado, lo cual guardan para untarse el cuerpo y comer con ello mahamorras. No tienen sal de la mar, excepto de una que en muchas partes usan los indios hacer de ceniza de cogollos de palma, y es una sal que resquema y amarga, casi a manera de salitre, y es muy blanca: hacen de ella panecillos pequeños de la forma de la vasija en que los cuajan.

De invierno se recoge esta gente a lugares altos que por allí cerca hay, en el cual tiempo es su abrigo unos pequeñuelos pabellones en que apenas caben el marido y la mujer; y durante este tiempo de invierno se sustentan del matalotaje que de las harinas de pescado y raíces que dije, han podido hacer en el tiempo del verano, de lo cual entonces gastan ellos muy poco por guardarlo para el invierno, y todo lo que comen es pescado fresco.

Es esta gente de cuerpos muy crecidos y morenos muy mucho por andar desnudos y al sol, que en esta parte arde y quema en gran manera. Las mujeres asímismo andan desnudas: solamente las dos partes de sus cuerpos más vergonzosas traían cubiertas con una pampanilla de anchor de tres dedos. Usan arcos de palo y flechas y macanas en las guerras que unos con otros traen; y aunque en los lugares altos hay muchos venados, no se dan nada por ellos los indios, porque no los comen, y silos matan es solamente por recreación o pasatiempo y para aprovecharse de los cueros para dormir.

No se alcanzaron a saber otras particularidades acerca de los ritos y ceremonias de estos indios, por ir la gente tan de pasada y con deseo de pasar aquella pésima tierra antes que entrase el invierno.

40 Sigue una palabra incomprensible, que parece decir: "seguesses"
42  La frase "habían llevado, caminando por las propias jornadas, fueron alcanzar el campo de Sedeño", está repetida en el texto.
43 Falta la palabra "concertó".
44  Por "poco ha".

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