Capítulo seis
Cómo Jerónimo
Ortal, despidiendo al capitán Bautista y a los que eran de su
opinión, se metió con los que le quisieron seguir la tierra
adentro, en demanda de Meta, y cómo fue muerto Agustín Delgado de
un flechazo.
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Habida esta victoria, Jerónimo Ortal se recogió con todos los
prisioneros y despojo al pueblo del principal Diego, y poniendo la
guarda que era razón en los vencidos, descansó aquella noche con
demasiado contento, por estar bastantemente satisfecho de su
injuria.
Algunos soldados de los de Bautista, que en el conflicto de la
batalla se habían escondido en arroyos y arcabucos cercanos, por
gozar de la clemencia y misericordia, se vinieron de su voluntad a
presentar ante Jerónimo Ortal. De toda la gente de Bautista
solamente escaparon hasta veinte hombres que en caballos, huyendo,
se fueron a la costa, donde estaba la gente del capitán Vega; y
aunque Jerónimo Ortal envió tras ellos para los prender y haber
cumplida victoria, porque no hubiese quién contra él se rehiciese,
pero no pudieron ser habidos ni alcanzados.
Otro día siguiente el gobernador juntó toda la gente del capitán
Bautista, y dándoles noticia de la jornada y derrota que pensaba
seguir la tierra adentro, les dijo que a todos los que con él
quisiesen ir les volvería todas sus armas y caballos y lo demás que
se les hubiese tomado, y que serían galardonados tan por entero en
la tierra que descubriesen y poblasen como los demás que siempre le
habían seguido, y que los que se quisiesen volver a la costa, que
les daría licencia para ello, pero que no les pensaba volver cosa
alguna de lo que se les había tomado. Todos los más de los soldados
de Bautista se declararon y ofrecieron de ir con Jerónimo Ortal, y
los demás con su capitán Bautista fueron despedidos y enviados
desnudos y despojados y con sendas varas en las manos a guisa de
rendidos.
Hallose Jerónimo Ortal con más de ciento y cincuenta hombres, a
los cuales declaró particularmente su intención, y les dijo cómo
quería ir por tierra y proseguir su jornada e ir en demanda de
Meta, pues Dios había sido servido de darle tan buen aparejo de
gente y armas. Los capitanes y soldados todos vinieron en ello y
desde luego se pusieron a punto de caminar y comenzaron a entrar la
tierra adentro, marchando siempre casi al poniente.
Pasados algunos días de camino sin sucederles cosa notable,
llegaron a una poblazón rala y algo llana, donde los moradores de
temor nunca esperaron. Entraron los soldados en ella y buscaron si
había qué pillar y no hallaron más de comida enterrada en algunas
vasijas debajo de la tierra, y alojose el gobernador en la mejor
parte que les pareció. Pasados pocos días que en esta poblazón
estaban descansando, bajó un indio por una loma o cuchilla abajo
hacia el real con un arco y flechas en la mano. Hallose más a punto
de salir a tomar aquel indio el capitán Agustín Delgado, por tener
su caballo ensillado, lo cual siempre él tenía de costumbre andando
en tierra de guerra, y cabalgando salió a tomar el indio, el cual
sin hacer ninguna manera de defensa ni resistencia se vino con el
capitán Delgado, que delante de sí lo traía sin haberle quitado las
armas por ver su mansedumbre. Viniendo marchando el capitán Delgado
con su indio delante de sí, asomó otro indio de la propia provincia
por la loma por donde indio ya dicho había bajado, y caminando
hacia el real de los cristianos, venía dando muy grandes voces en
su lengua, hablando con el indio que Delgado traía delante de sí, y
diciéndole que dónde se sufría que un hombre se dejase prender de
otro hombre y llevar cautivo a miserable servidumbre; que harto
mejor le fuera defendiéndose morir, que como cobarde dejarse
prender del que lo llevaba; que estuviese cierto que si de la
prisión en que iba escapaba y venía entre sus deudos y naturales,
que todos le habían de consumir la vida con la más cruel muerte que
pudiesen inventar.
Indinado con estas voces el indio preso, puso una de las flechas
que llevaba en el arco y en alzando y apuntando se volvió para
Agustín Delgado a disparar en él la flecha. El Delgado puso las
piernas al caballo, que estaba amaestrado en aquello, porque era
usanza de los que hacían esclavos en yendo en alcance de algún
indio y llegando cerca repararse el caballo para tomarlo de los
cabellos sin hacerle mal ninguno. Esta maestría redundó en daño del
Agustín Delgado, porque como el caballo se reparó, el indio embebió
la flecha en el arco y apuntó al rostro del jinete, el cual se
adargó con la rodela, y viéndolo el indio adargado, acometió a
tirar la flecha al pecho del caballo; acudió allí el capitán
Delgado a cubrir con la adarga; el indio, viendo el rostro
descubierto, tomó a subir el arco y disparando con toda presteza e
ímpetu, dio con la flecha al capitán Delgado entre los ojos o entre
las cejas, que le llegó a la tela de los sesos. La herida fue
mortal, y así la sintió como tal, y después de haberse confesado
murió aquel propio día. En la noche, el indio que lo hirió y el que
se lo aconsejó, pagaron el daño con las vidas, que con muchas
heridas que les dieron les fueron allí quitadas.
Sintió Jerónimo Ortal mucho la muerte de este capitán, porque
demás de ser tan buen capitán y soldado como se ha dicho, era gran
parte para que al gobernador se le tuviese el respeto y acatamiento
que era razón y que todos lo obedeciesen, y también para que
Jerónimo Ortal tratase con los soldados y capitanes afable y
generosamente; todo lo cual se perdió con su muerte, y comenzaron
los soldados y capitanes a menospreciar a su gobernador y tenerlo
en poco, que fue causa de grandes tumultos, como adelante se
verá.
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Capítulo siete
|Cómo los españoles que con
Jerónimo Ortal iban, se amotinaron por inducimiento de Escalante, y
lo descompusieron del cargo de gobernador y los enviaron a la
costa, y nombraron ciertos diputados que los
gobernasen.
De este pueblo se partió Jerónimo Ortal con harta tristeza por
la muerte de su capitán Delgado, que le hacía mucha falta; y
caminando algunos días en demanda de su noticia de Meta, no curó
hacer asiento en ninguna parte, porque se le acercaba ya el
invierno y si no era en provincia bien proveída de comida, no le
convenía parar.
Entre la demás gente que consigo llevaba, era un Escalante, que
llevaba cargo y título de veedor del rey; hombre belicoso,
envidioso, facineroso y revoltoso, el cual, por haber tenido
ciertas mohinas y desabrimientos con el gobernador, no sólo no se
trababa ni comunicaba con él, mas procuraba infamarle y
desacreditarle con los soldados y capitanes, por ver si le podía
derribar del trono y señorío de gobernador, y para con buen color
descubrir la intención mala y entrañas dañadas que tenía, movió
plática entre los capitanes y personas principales del campo que no
obstante que Jerónimo Ortal gobernaba tiránicamente por no tener,
como no tenía, poderes suficientes para gobernar aquella gente,
usurpaba y robaba los quintos y cosas pertenecientes al rey, lo
cual no solo a él como veedor, pero a todos los del campo, les era
dado demandar cuenta de las cosas que pertenecían a su rey y señor,
demás que era tan pesado y molesto a los naturales por do pasaban
que secretamente les robaba todas las riquezas que tenían, y se
alzaba y quedaba con ellas, lo cual todo ultra de la maldad que
contra su rey se cometía, como está referido, en no acudirle con
los quintos, todo lo que a los indios tomaba o ellos le daban,
pertenecía así a capitanes como a soldados, pues todos lo
trabajaban, y que solamente para atajar tan grande maldad y tan en
perjuicio de todos, él no pretendía ni quería más de que
se le diese un acompañado a Jerónimo Ortal para en solos aquellos
negocios del oro.
Con estas y otras pláticas y persuasiones procuraba Escalante
indinar y provocar a los capitanes y soldados contra su gobernador,
lo cual fuera poca parte si el propio Jerónimo Ortal no se echara a
perder con una ley u ordenanza que hizo, aunque principalmente la
indignación y conspiración de este veedor fue después y el todo de
su daño y mala ordenanza, era que porque la gente siempre se
rancheaba entre poblazones de enemigos, los cuales suelen en
tiempos más seguros tomar las armas y venir sobre los españoles, y
había algunos soldados tan descuidados que en rancheándose o
alojándose luégo soltaban los caballos en que habían de pelear, y
cuando con la repentina necesidad eran menester no fácilmente los
podían haber; que cualquier soldado que por tres veces le fuese
hallado suelto su caballo, se lo quitasen y diesen a otro para que
usase de él en la guerra; y con esta ordenanza y con el contino
ahinco que Escalante llevaba en mover los ánimos de los capitanes y
soldados contra su gobernador entró el invierno y se fueron alojar
a un pueblo llamado Timeviron, donde de nuevo y con más ahinco que
solía, perseveraba Escalante en su mal propósito.
Los capitanes Alderete y Nieto, aunque eran muy grandes amigos
del gobernador, y se presumía que antes le favorecerían que le
serían contrarios, cada uno de ellos, pretendiendo ser el
acompañado, dieron buena esperanza al veedor en lo que pretendía y
urdía; e estando en este pueblo dicho, un alguacil del campo, con
cudicia de restaurar por la ley hecha un caballo que a él como al
primer quebrantador se le había quitado, procuró prendar el de otro
soldado que en el campo era favorecido de particulares amigos, al
cual, conforme a la ordenanza, había hallado suelto otras dos
veces, y esta era la tercera. El dueño del caballo salió al camino,
rogando al alguacil que le dejase su caballo, el cual pretendiendo
recuperar su daño con pérdida ajena, no curé de hacer lo que le
rogaban. Salió o llegó a esta sazón otro soldado llamado Machin
Donate, que después fue muerto en Muzo, en el Nuevo Reino, y casi
por fuerza quitó el caballo al alguacil, denostándolo y
vituperándolo de aquella manera de robo.
A estas contiendas salió el maese de campo del gobernador, que
era Alvaro de Hordás, el cual tuvo preso a Sedeño en la Trenidad,
dando voces y diciendo que eran más que descomedidos los que así
trataban a los alguaciles del rey. El Machin Donate le replicó que
fuese bien hablado y no se descomidiese porque le pesaría. El maese
de campo se fue llegando a él para le prender, apellidando la voz
del rey; Machin echó mano a su espada, y lo desvió de sí con una
estocada que le tiró, la cual se embarazó en un jubón estofado de
nudillo, de los de Nicaragua, que Hordás llevaba vestido. A estas
voces y tumulto ninguno salía a favor de la justicia, si no fue el
propio gobernador que se vino con ásperas palabras contra el Machin
Donate, y con la espada que en la mano traía le tiró una
cuchillada. El Machin Donate le respondió de palabra que no tirase
otra porque le respondería con las mismas palabras. Viendo el
gobernador el atrevimiento de este soldado y que nadie le salía a
favorecer, reportose considerando lo que podría ser y volviose a su
propio aposento.
En yéndose de allí el gobernador, salió Escalante con ciertos
amigos suyos diciendo a voces: viva el rey, que no han de ser sus
vasallos tan mal tratados como lo son de Jerónimo Ortal sin tener
poder para ello. Tras de él salieron los demás conspirados con sus
armas, favoreciendo las palabras y partido del veedor, al cual
luégo se juntaron los capitanes Alderete y Nieto, y haciendo entre
sí un conciliábulo privaron a Jerónimo Ortal de su oficio, y dieron
el cargo de gobernar y regir la gente a cinco principales que lo
deseaban.
A Jerónimo Ortal y a su maestre de campo Alvaro de Hordás les
mandaron que se fuesen aposentar en unos bohíos o casas que obra de
un tiro de arcabuz estaban apartados del alojamiento principal,
hasta tanto que ellos acordasen y determinasen lo que sobre todo se
debía hacer. Con ellos se fueron otros tres o cuatro amigos suyos,
personas principales a quien había parecido muy mal lo que se había
hecho. Los amotinados o conspirados o cabezas de este motín no
acababan de determinarse en lo que debían hacer, porque algunos
eran de parecer que los matasen y otros que no, sino que los
enviasen a la costa.
En tanto que la cosa estaba así indecisa, algunos amigos de
Jerónimo Ortal y de Alvaro de Hordás, que serían hasta treinta
hombres, les enviaron a decir secretamente que saliesen con sus
varas y que ellos se mostrarían en su favor y harían lo que
conviniese, y con quitar a tres u cuatro las cabezas se asegurarían
las demás. Faltole el ánimo de todo punto a Jerónimo Ortal, y nunca
se determinó de hacerlo, por temor de las guardas o centinelas que
entre sus aposentos y la ranchería y alojamiento de los conspirados
estaban.
Los diputados en el gobierno de aquella gente, temiendo de algún
secreto trato, como este lo era, abreviaron con su determinación y
juntaron toda la gente del campo, a los cuales el Escalante hizo un
largo razonamiento, infamando en él de tirano al gobernador Ortal,
que usurpaba los quintos reales y el sudor de los soldados, y que
más servicio sería de Dios y del rey la administración de justicia
que ellos de su mano pondrían, que no la violenta y tiránica que
con Jerónimo Ortal tenían; y dando fin a su plática dijo que los
que fuesen de su parecer que fuese despojado de la vara Jerónimo
Ortal y enviado a la costa, lo dijesen ante un escribano que allí
tenía.
Estando o habiendo concluido esta plática Escalante, un soldado
llamado Francisco Martín que por atalaya tenían puesto sobre un
árbol para ver si venían indios, dijo a voces que le diesen por
testimonio cómo él no era de opinión que le quitasen el cargo al
gobernador ni lo enviasen a la costa. El Escalante, oyendo el
atrevimiento con que el soldado había hablado, y temiéndose de allí
no tomasen osadía otros para decir lo mismo, mandó que le tirasen
una jara y lo matasen, lo cual, aunque no se hizo, puso tanto temor
en los que querían o pensaban declararse por el gobernador que no
osaron, y así pasaron todos por lo que el Escalante decía, y
dándole hasta ocho compañeros y tres caballos y dos machos en que
llevasen la comida, lo despojaron de todo punto de su trono, así a
Jerónimo Ortal como a Alvaro de Hordás, y los enviaron a la
costa.
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Capítulo ocho
Cómo los
españoles de Jeróimo Ortal, siendo gobernados por solo dos
diputados, en quien habían resumido el gobierno, fueron a salir al
Tocuyo, tierra de Venezuela.
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Despachado y partido Jerónimo Ortal para la costa, privado de su
oficio por sus propios soldados, luégo otro día siguiente los
deputados y cabezas del campo, pareciéndoles que el gobierno de tan
poca gente, repartida entre tántas cabezas era negocio de gran
confusión y que nunca se acertaría en cosa que conviniese, pues
cada uno había de pretender sustentar su parecer y salir con su
opinión, acordaron que la jurisdicción de los cinco diputados se
resumiese en solo dos, que tuviesen igual jurisdicción, y así
nombraron por capitanes y gobernadores del campo a los capitanes
Alderete y Nieto, a quien dieron poder para regir y gobernar y
castigar. A unos les parecía bien y a otros mal, mas no había
ninguno que osase hablar ni descubrir lo que en el pecho tenía en
contraria opinión de lo hecho.
Este pueblo donde todas estas cosas sucedieron, que dije
llamarse Timeviron, era muy acosado y seguido de tigres, los cuales
andaban tan cebados que en medio del día entraban en el real y les
tomaban las piezas de servicio, por lo cual fueron constreñidos a
dejar este alojamiento y buscar otro de menos perjuicio, lo cual
hacían con muy gran pesadumbre, por ser todavía invierno, en el
cual tiempo les era tan peligroso el caminar que así por los muchos
y recios aguaceros que de ordinario caían en el tiempo invernizo,
como por las grandes e impetuosas avenidas que los muy pequeños
arroyos traían consigo, que ponían en harto detrimento y riesgo a
los caminantes.
El invierno en esta tierra no sólo es variable del de España,
sino también del de otras partes de las Indias, y es invierno desde
mayo hasta octubre, y verano, por el contrario, desde noviembre
hasta abril.
Salieron del alojamiento y poblazón dicha, y caminando en pocos
días llegaron a otro pueblo de mucha comida, aunque toda estaba
verde, por lo cual, y porque sus dueños no la viniesen a coger, los
capitanes pusieron en las labranzas algunos soldados que las
guardasen.
Luégo que a este pueblo llegaron cayó enfermo de muy repentino y
no sabido mal, el mollidor del motín, Escalante, el cual, así como
en la vida estuvo ostinado en mal hacer, así lo estuvo en mal
morir, porque aunque fue persuadido a que se confesase e hiciese lo
que era obligado como cristiano, jamás lo quiso hacer, y así murió
dejando mal opinión de sí, y aun se tuvo por verdadera señal de
haberlo Dios inmortal castigado con esto por el motín que urdió
contra el probe gobernador Jerónimo Ortal.
En esta sazón ciertos soldados, no pareciéndoles bien la manera
del gobernar de los nuevos gobernadores, quisiéronse ajuntar para
irse a la costa, coligiendo de lo que veían que había de parar en
mal la jornada. Fueron descubiertos, y hechas las averiguaciones
por los jueces o diputados, y al que inventó o concertó la ida le
cortaron un pie. Usaron de esta benevolencia por no caer en opinión
de severos.
Pasado el invierno prosiguieron su jornada en demanda de Meta.
Caminaron algunos días sin sucederles cosa notable, al cabo de los
cuales llegaron a una abra que la cordillera hacía, de la cual
salía un pequeño río. Marcharon por él arriba, que iba poblado, y
andando los soldados rancheando lo que hallaban por las casas de
los indios, hallaron algunos clavos de herrar y otras cosas de
españoles, que les puso grande admiración, por parecerles que no
era posible haber llegado por allí españoles ni haberlos tan cerca
que pudiesen haber de ellos los indios aquellas cosas. Con esta
confusión no dejaron de marchar hasta llegar a la abra o valle que
la sierra hacía, de donde el río salía.
Llegados a este valle, entre ciertos soldados hubo cierta
pendencia y pasión deque se amohinó o desabrió un Perdomo, y
pidiendo licencia para volverse a la costa con veinte compañeros,
se la dieron, y porque a los demás no se les antojase hacer lo
mismo, pusieron pena de cien azotes los capitanes a cualquier otro
soldado que sin su licencia se fuese. Ya que el Perdomo y sus
compañeros habían salido de la ranchería, antojose a un ignorante
soldado irse tras ellos, y viéndolo los capitanes y sabiendo de él
el propósito que llevaba, por poner pavor a los demás ejecutaron en
éste la pena por mano de un esclavo, y después de azotado le dieron
licencia para que se fuese. Este Perdomo es el que, cuando se
perdió el bergantín de los de Alvaro de Herrera, a la salida del
río Uriaparia, se echó a nado en alcance de los que iban
navegando.
Prosiguió el campo su viaje, y pasando la abra, dieron en otro
valle más llano y apacible: atravesaban dos ríos, el uno turbio y
el otro claro, entre los cuales se ranchearon, y desde allí, por
ser la tierra poblada, salían soldados a hacer correrías y a
recoger lo que podían. Entre otros saltos que hicieron, dieron en
una ranchería o recogimiento de mujeres que poseían mucho oro, lo
cual habían ganado con sus cuerpos, porque con aquel oficio se
sustentaban y les era permitido, como a las doncellas de la isla de
Chipre, a quien sus antiguos permitían que los dotes con que se
habían de casar los ganasen primero con sus cuerpos, y para aquel
uso tenían en la ribera de la mar un lugar señalado donde se
congregaban y las hallaban los que de ellas querían gozar; y demás
del oro que a estas mujeres les tomaron, nunca dejaban de hallar,
en otras correrías y salidas que hacían, algunas joyuelas de oro y
unos calabazuelos hechos de oro fino, en que los indios metían sus
genitales miembros para traerlos allí cubiertos.
Caminaron algunos días por este valle, y salidos de él dieron en
otro muy más llano y más apacible y bien poblado; y por no tener
guías ni lenguas que entendiesen la gente de aquel valle, porque
los soldados no tomaban alguna, no sabían a dónde estaban. Habiendo
salido un caudillo con gente a buscar qué ranchear, halló rastro de
caballos, muy fresco, dio aviso de ello a sus capitanes, los cuales
luégo marcharon adelante hacia donde su caudillo estaba, el cual,
yendo siguiendo el rastro de los caballos, vio y reconoció la
ranchería y alojamiento de gente española que en las provincias del
Tocuyo estaba, que era el capitán Martínez con la gente de
Fedreman.
Dio este caudillo aviso de lo que había visto a sus capitanes,
los cuales, estando perplejos en lo que pudiese ser, no sabían qué
determinación se tomar, porque se temían no fuese Sedeño o algún
juez que a pedimento de Jerónimo Ortal se hubiese dado en Santo
Domingo. Al fin se determinaron de dar en ellos o entrar de mano
armada, y si no fuesen quien ellos pensaban, dejarlos. Con esta
determinación y la orden que los capitanes dieron, se entraron por
el campo y alojamiento del capitán Martínez, casi sin ser sentidos,
y reconociendo ser gente de Venezuela, no curaron de tomar armas
contra ellos, aunque otros dicen que no osaron. No dejó de haber
algún escándalo o alboroto entre los unos y los otros, mas luégo se
mitigó sin sangre.
Dividiéronse o apartáronse los capitanes, cada cual con su
gente, y alojáronse apartados los unos de los otros, con recelo
cada cual de su contrario, poniendo y teniendo velas y centinelas
entre los dos alojamientos.
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Capítulo nono
|En el cual se escribe cómo los de
Venezuela quitaron la gente a Nieto y Alderete y los enviaron
presos a Coro.
Sosegadas ya las dos campañas
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39
de esta su
primera vista y rancheadas, como se ha dicho, apartados el uno del
otro, ni el capitán Martínez se fiaba de los capitanes Alderete y
Nieto ni los capitanes Alderete y Nieto se fiaban del capitán
Martínez, y así cada cual tenía en su alojamiento y gente la guarda
y vela que era razón.
La sospecha del capitán Martínez era tener por imposible haber
atravesado los dos capitanes con tan poca gente como allí de
presente tenían, tanta distancia de tierra y tan poblada como atrás
habían dejado, y así le parecía que el haber llegado de aquella
suerte a su alojamiento los dos capitanes con hasta sesenta hombres
que traían, era celada, y aquellos solamente venían por espías, y
que atrás debían quedar algún grueso ejército con su gobernador
Jerónimo Ortal, de quien él había antes tenido noticia, y así hizo
luégo juntar toda su gente que a esta sazón estaba dividida en dos
partes. Los de Cubagua, que eran los de Ortal, asímismo, viendo que
el capitán Martínez juntaba toda su gente, temieron que fuese para
dar sobre ellos y desarmarlos o hacerlés otro agravio alguno,
aprovechándose de esto del vulgar o castellano proverbio que dice
que quien a las hechas, a las sospechas.
Estando en esta perplejidad, sin alcanzar ni saber los unos la
determinación ni cogitaciones de los otros, ofrecióseles a todos de
repente tomar las armas, con que se confederaron y declararon, y
fue de esta manera: que aquel sitio donde entrambos capitanes
estaban alojados, era asiento de un pueblo y poblazón a quien pocos
días antes cierta nación de indios serranos, llamados cayones,
habían destruido y arruinado y muerto y ahuyentado los moradores de
él. Estos coyones o gente serrana, viendo que en el sitio del
pueblo que ellos habían destruido había gente, creyendo que los
propios moradores a quien ellos poco antes habían destruído y
ahuyentado, se habían vuelto a rehacer y reformar en su propio
pueblo y en menosprecio suyo, tomaron las armas para tornar a dar
en ellos y destruirlos de todo punto; y para que no fuesen sentidos
ni vistos, abrieron camino diferente por una montaña espesa por
donde no se presumía que pudiese caminar gente; y llegando de
repente al pueblo que ellos habían destruido, donde los dos
capitanes estaban alojados, les forzaron a tomar a todos las armas
para defenderse, los cuales salieron tan conformes a dar en los
indios coyones, que aunque el número de los indios era en muy gran
cantidad, y sus armas harto perjudiciales, fueron en breve
desbaratados y ahuyentados y muchos de ellos muertos.
Con esta victoria se volvieron casi juntos y en conformidad los
españoles, soldados y capitanes, donde declarándose y hablándose
más particularmente los unos a los otros, perdieron del todo las
sospechas que antes tenían. Y según algunos me contaron, el capitán
Martínez, sabida la manera como aquellos capitanes Nieto y Alderete
se habían apoderado de aquella gente que consigo traían y despojado
a Jerónimo Ortal de su gobierno, tomó la gente en sí y aprisionó a
los capitanes y algunos soldados que le pareció algo belicosos o
facinerosos, y tomándoles el oro y otras riquezas que traían, los
envió presos con un capitán Beteta y con ciertos amigos y personas
de confianza a la ciudad de Coro, donde a la sazón estaba su
general Fedreman; a donde llegados, y sabida la ocasión de su
prisión, a los capitanes Nieto y Alderete, con los más culpados,
envió Fedreman a Santo Domingo, y algunos dejó allí en Coro, y él
se partió luégo para las provincias de Barquisimeto y el Tocuyo,
donde estaba esperando el capitán Martínez, con toda la gente de
entrambos campos para proseguir su jornada.
Y según la noticia que los propios de Alderete y Nieto dan,
dicen que sus capitanes Alderete y Nieto nunca osó prenderlos el
capitán Martínez, aunque tenía pujanza y aparejo para ello; mas de
como supo el modo y suceso de todo lo acaecido y hecho con Jerónimo
Ortal y en toda la jornada de los de Cubagua, dio aviso de ello a
su capitán general Fedreman a Coro, el cual, como lo supo, se
partió incontinente, que habría setenta leguas de allí a donde
estaba su gente, y llegado que fue a su alojamiento, supo más por
extenso todo lo sucedido, y llamando a los capitanes Nieto y
Alderete les persuadió a que con los que les quisiesen seguir se
fuesen a la costa; y que con esta manera de comedimiento los
propios capitanes, de su voluntad, dejaron la gente y con algunos
amigos suyos se fueron a Coro.
Que sea de la una o de la otra manera, ellos fueron despojados
de su trono, aunque no castigados conforme a su maldad, y el
capitán Fedreman se quedó con toda la gente para proseguir su
jornada, de la cual en esta Historia y parte se hace particular y
larga relación.
Por haber procedido de diferente y distinto principio que el
presente a donde me remito, del fin y acabamiento de estos dos
capitanes Alderete y Nieto, no he hallado quién me diese noticia;
por eso no lo digo aquí, que era lugar acomodado para ello, mas
proseguiré con lo sucedido a Jerónimo Ortal sumariamente hasta que
murió, aunque por hacer esto en este lugar, creo tengo de
interrumpir la orden del suceso de los negocios, la cual es
imposible guardarse por ser tantos y tan varios los acaecimientos y
sucesos en un mismo tiempo.
Capítulo diez
Cómo Jerónimo
Ortal, pasando por mucha gente de guerra, llegó a la costa, donde
fue seguido de la gente de Sedeño, y escapándose de sus manos se
embarcó en una canoa o piragua y se fueron a Cubagua, y de allí a
Santo Domingo, donde murio.
|
Despojado de su trono Jerónimo Ortal, con esa poca compañía que
los diputados le dieron se vino marchando a la costa.
Maravillarse han algunos cómo los naturales por do pasaba,
viéndole ir tan desacompañado, no le mataban. A esto me parece que,
como los indios de su natural son muy tímidos, y que si no es
debajo de consulta muy pensada pocas veces toman las armas, y como
Jerónimo Ortal y los que con él iban nunca paraban en poblazón
alguna, no les daban lugar a los indios que se determinasen en lo
que habían de hacer, y así, caminando apriesa y pasando de noche
algunos peligrosos pasos de gente belicosa, se acercó a las
provincias comarcanas a la mar, donde andaba la gente de los
capitanes Bautista y Vega, los cuales, por noticia que los indios
les dieron, supieron cómo Jerónimo Ortal volvía, y deseando haberlo
a las manos para vengarse de él, pusieron sus espías y guardas en
las partes que les pareció conveniente para ello.
Jerónimo Ortal, como hombre que sabía la tierra y teraya a sus
contrarios, diose tan buena maña, que tomando por caminos ocultos
se escapó de ellos y llegó a la mar, donde halló una canoa en la
cual al momento se embarcó, y él embarcado en ella, la gente de los
capitanes, que por haber sido avisados de su pasada adelante venían
en su seguimiento, y apartando de tierra la canoa los dejó burlados
a todos los que en su alcance vinieron, con harto deseo de haberlo
a las manos. Ciertamente si lo prendieran no dejaran de ejecutar en
él todos los géneros de crueldades que pudieran, y aun les
pareciera que no quedaban vengados de las injurias y daños que de
él habían recibido.
En esta sazón sucedió que el capitán Reinoso, que estaba la
tierra adentro, en un pueblo de indios llamado Juaurare, como por
lengua de los indios supiese que Jerónimo Ortal había pasado hacia
la costa, envió un soldado portugués que con él estaba, buen peón,
que se decía Pinto, para que fuese a dar aviso a los capitanes Vega
y Bautista, que estaban junto a la mar, de la salida de Ortal y lo
prendiesen, morando que ellos lo supiesen. Yendo, pues, este
soldado caminando llegó a una poblazón llamada Cumanagoto, donde
tomó para su compañía un hijo de un principal de aquella tierra,
llamado Rrimarima, y pasando adelante llegó a un río que nombraban
Neveri, el cual por ser caudaloso no se podía pasar, sino era en
canoa, el cual él allí no tenía, por lo cual mandó al indio que
consigo llevaba que pasase a nado el río y de la otra banda, en
cierto pueblo de indios que cerca de allí estaba de paz, hubiese
una canoa para pasar.
El indio rehusó el pasaje del río, temiendo los muchos lagartos
o caimanes que en él había, pero como el español le constriñese a
que se echase al agua y le trajese la canoa para su pasaje, tomando
el indio un machete que llevaba y púsolo en la cinta en un cordel
que llevaba atado al cuerpo, a manera de pretina, y arrojose al
agua y fue nadando hasta que hizo pie de la otra parte, y a la
sazón que el indio se enhestó en el agua sobre los pies, llegó un
caimán a echarle mano para comérselo, pero el indio no turbándose,
a punto, con demasiado ánimo, extendió el brazo izquierdo para que
en él hiciese presa el lagarto; como la hizo, y tomando con la mano
derecha el machete, le dio un recio golpe en la cabeza, con que le
hizo soltar la presa, y como del golpe fue el caimán herido y
vertía sangre en el agua, al olor de ella llegó otro caimán y
asiéndose con el herido comenzaron a pelear en el agua el uno con
el otro, por donde el indio tuvo lugar de ponerse en salvo, que fue
gran ventura, porque en los que una vez hacen presa estos lagartos
pocos sueltan.
Jerónimo Ortal se pasó a Cubagua y de allí a Santo Domingo, a
donde se quejó ante la Audiencia real de que la gente de Sedeño le
usurpaban su gobernación, y no de lo que él les había usurpado. La
Audiencia proveyó sobre ello un juez, que fue el licenciado Frías,
fiscal de aquella Chancillería, de cuyo suceso se dirá adelante por
extenso, aunque aquí, para copia de lo que voy diciendo, digo que
pasó Frías a Maracapana sobre los negocios que le fueron cometidos
el Audiencia, fue preso y desbaratado -por- Antoño Sedeño, de lo
cual tuvo noticia la Audiencia, y sobre ello y lo demás enviaron al
licenciado Castañeda, el cual vino con gente, y envió un capitán
suyo la tierra adentro en seguimiento de Sedeño. Volviose el
capitán de Castañeda sin efectuar cosa alguna, aunque sacó de
prisión al licenciado Frías y a otros.
El licenciado Castañeda, enojado de estos sucesos con Jerónimo
Ortal, porque decía que lo había engañado, aunque otros dicen que
por quedarse con la gobernación, lo prendió y lo envió a Santo
Domingo, donde de nuevo se quejó del Castañeda Jerónimo Ortal. La
Audiencia, viendo los malos sucesos que todos sus jueces habían, no
curó de enviar otro, mas de enviar a llamar al licenciado Castañeda
que se volviese a Santo Domingo.
Jerónimo Ortal estaba pobre, y por no tener posible quedose en
Santo Domingo, donde le dio una enfermedad de que murió de su
muerte natural. Era hombre de buen cuerpo y gesto, y afable en el
tratar y hablar y de noble condición: solo fue notado de hombre
algo apretado y escaso con sus soldados, que le deslustraba mucho
las otras buenas partes que tenía; de donde era natural, creo lo
tengo dicho atrás, que era de Zaragoza, en el reino de Aragón.
He aquí conclusa la vida e historia de Jerónimo Ortal, aunque,
como he dicho, en lo que toca en los sucesos de los jueces, que en
este capítulo apunté, pretendo dar entera y larga relación en el
siguiente libro, donde tratará todo lo sucedido -a- Antonio Sedeño
desde que saltó en Maracapana hasta que murió, y después de muerto,
lo acaecido a sus capitanes, como en el siguiente epitomio en suma
se verá.