INDICE




LIBRO SEXTO
 

 

 

| En el libro sexto contiene cómo pasado Jerónimo Ortal a Tierra Firme, se dio a hacer esclavos, y entrados la tierra adentro, en el cual tiempo llegó a la propia provincia un capitán Batista, enviado por Antonio Sedeño desde Puerto Rico, el cual se entró a invernar la tierra adentro con la gente que traía. Ortal tenía poca gente; envió un capitán suyo llamado Nieto a hacer espaldas a otros soldados que la tierra adentro andaban rescatando cerca de donde estaba alejado el capitán Batista, el cual enojado de que la gente de Jerónimo Ortal se le acercase tanto, envió ciertos soldados suyos a que descompusiesen y desarmasen al capitán Nieto: hiciéronlo así. Afrentado de esto, Jerónimo Oriol y los suyos fueron a Marocapana, donde a la sazón había llegado el capitán Rodrigo de Vega con más gente, enviada par Sedeño. Dio en ellos Oriol y los suyos; desarmóronles y quitáronles los caballas y cuanta tenían, y luégo fueron a dar sobre el capitán Bautista y los suyos, a los cuales asímismo desbarataron. Con estas victorias se hizo de gente y armas Jerónimo Oriol, y se entró en la tierra adentro en demanda de Meta, donde sus propias soldados se amotinaron contra él y le descompusieron y enviaron a la costa, y nombraran dos capitanes que los rigiesen y gobernasen. Prosiguieron su jornada; fueran a dar a las provincias del Tocuyo y Barquisimeto, donde hallaron al capitán Martínez con la gente de Fredeman, por el cual fueron los das capitanes depuestos de sus mandos y enviados presos a Coro, y la gente se quedó con Fredeman. Oriol se fue a Santo Domingo donde después de haber traído ciertos jueces sobre sus negocios a Tierra Firme, murió de enfermedad que le dio.
 

 

 

Capítulo primero
 

 

En el cual se escribe cómo Jerónimo Ortal envió Agustín Delgado con gente hacer esclavos al pueblo del cacique Guaramental, el cual se convidó con la paz y recibió amigablemente a los españoles. |
 

 

Jerónimo Ortal, viéndose desamparado y aun negado de los suyos y que tenía poca gente para salir con ninguna jornada que a lo largo intentase, acordó aprovecharse del remedio que todos los más en aquel tiempo usaban para remediar sus necesidades, que era hacer esclavos, para lo cual él tenía una cédula del emperador, que en aquellos tiempos era muy fácil de alcanzar y difícil de guardar, porque si los que hacían los esclavos guardaran la orden o instrucción que el rey les daba, que tuviesen e hiciesen en el hacer de los esclavos, es verísimo que nunca se despoblaran ni arruinaran tantas provincias como se destruyeron con la insaciable cobdicia de las gentes que entonces pasaban a Indias; porque si el rey decía podréis tener por esclavos aquellos que los señores naturales de la tierra tienen por tales y os vendieren, juntábanse los que eran en la consulta o conciliábulo y daban un albazo en un pueblo y prendían al señor o cacique y a todos sus vasallos y después de conocido quién era el principal decíanle que si se quería ver libre que les vendiese aquellos indios que en su pueblo habían tomado, que le darían tal y tal cosa. El señor o cacique, por verse libre, decíales que los tomasen graciosamente, que él no quería nada por ellos. Amedrentábanle o persuadíanle para que pareciendo ante el juez o veedor que el rey tenía allí para registrar los esclavos y ver que no hubiese fraude en el hacerlos, el cual muchas veces era en ello, y que dijese que él había vendido aquella gente a los cristianos. El cacique lo hacía como los españoles se lo pintaban, y así se volvía a su pueblo solo y desacompañado, y cuando mucha cortesía le hacían, le daban alguna de sus mujeres para contentarle, y en pago de sus vasallos le daban cuatro niñerías, que en España valdrían diez maravedís, y con estas cautelas y otras semejantes es cosa averiguada que se hicieron todos los más de los esclavos, y  se robaron y tomaron infinidad de haciendas; a los cuales autores y perpetradores de estos malvados hechos se ha visto pagar sus engaños en esta vida con miserables trabajos y muertes y en la otra estemos ciertos que no quedaron sin el castigo que la gravedad de sus culpas y pecados merecieron.

No digo esto por Jerónimo Ortal, el cual en parte era tan buen cristiano que por no consentir que se les hiciese agravio a los indios ni se les robasen sus haciendas, procuraban los soldados y capitanes que llevaba que no saliese con ellos a ninguna parte de las a donde habían de ir a hacer esclavos.

Estando, pues, Jerónimo Ortal en esta provincia de Neveri, sustentándose con este género de aprovechamiento, tuvieron noticia de algunos indios comarcanos a donde él estaba, que por ser tan ladinos se habían sustentado y conservado en paz con los españoles, de que ciertas jornadas de allí estaba un principal o señor muy poderoso, de mucha gente y riqueza, llamado Guaramental. Moviéronse los soldados con mucha alegría, para ir a dar salto en aquella poblazón, mas el capitán estuvo perplejo en ello, por querer él ir en la demanda, lo cual los soldados procuraban estorbarle e impedirle, sabiendo su condición, que les había de ir a la mano en sus demasías; y así le convencieron a que se quedase en aquel sitio y enviase con cincuenta hombres Agustín Delgado, que era tenido por hombre experimentado en negocios de guerra, por haberse hallado en algunas entradas de las que de las islas de Canaria suelen hacer a Uerueria y asímismo en las Indias en algunas guazabaras y guerras entre indios, donde se había señalado por buen soldado.

Este Agustín Delgado es el que Hordás dejó en la fortaleza de Paria, que después se confederó con Sedeño, como atrás queda dicho, y conociendo cuán buen hombre era para la guerra de indios, lo había atraído a sí Jerónimo Ortal, y era por él y por todos sus soldados tenido en mucho; pues como he dicho, a persuasión de los soldados se cometió esta entrada de Guaramental a Agustín Delgado, para que como capitán fuese con aquella gente e hiciese lo que conviniese.

El cacique o señor Guaramental, teniendo noticia de cómo los españoles iban a su poblazón y provincia, acordó ganarles por la mano, enseñado del ejemplo y disciplina con que veía vivir a otros principales que tenían y conservaban el amistad de los españoles, y envió mensajeros al camino a Agustín Delgado con algunos presentes así de oro como de otras cosas de comida, rogándole que le recibiese en su amistad, la cual él le prometía de sustentar todo el tiempo que por allí anduviese, y que se fuese derecho a su pueblo con toda su gente, que él les proveería de todo lo necesario. De esta embajada no se holgaron nada los soldados, por cesar con ella la ejecución de sus desinios, que eran pura codicia.

Al fin, el capitán Agustín Delgado, conformándose con lo que era razón, recibió amigablemente el mensaje y embajada del señor Guaramental, dando por respuesta a sus criados que él haría todo lo que su señor le enviaba a rogar, y así se fue pacíficamente aposentar y ranchear al pueblo de Guaramental, donde el señor o principal lo recibió con toda alegría y aposentó a él con todos los que con él iban en una ramada que de las puertas adentro de su casa o cercado tenía, en que holgadamente se aposentaron todos los españoles y sus jumentos y servicio. Era esta ramada de sola una agua, hecha así aposta por respeto de gozar del fresco entre día, que el calor era molesto y pesado.

Este cercado, donde este cacique tenía esta ramada, era de gran compás, y cuadrado, hecho a manera de fuerza o fortaleza, y ciertamente entre ellos era tenido por cosa muy fuerte, porque todo él era hecho de palos o árboles muy entretejidos y guarnecidos de crecidas espinas o puntas muy delgadas, de que naturaleza los armó, con que tenían tan fortificado aquel sitio que no era parte ninguno arrimarse a él sin ser lastimado de las puyas que todos los árboles tenían en sí. Dentro de este cercado tenía el cacique o señor, demás de las casas o bohíos de su morada, que en su especie eran muy principales, y dentro de estas casas otros muchos aposentos, que eran como casas de despensa y provisión de las cosas necesarias para la guerra, así de armas de todo genero, conforme a su modo y usanza, como de bastimentos y vituallas de carne y maíz y otras comidas de que ellos usan, y vino hecho de maíz y de yuca, que es su principal sustento; de todo lo cual mandó el cacique o señor Guaramental proveer bastantemente al capitán Agustín Delgado y los que con él estaban, de suerte que siempre les sobraba todo, porque no osaban los indios hacer otra cosa por conocer del semblante y gesto de los soldados, y aun de su codicia, que deseaban que se les diese ocasión para saquearles el pueblo y hacerles otros daños que en semejantes actos se suelen recibir.

 

| Capítulo dos
 

 

En el cual se escribe cómo Agustín Delgado pasó con los españoles y con muchos indios amigos de Guaramental, a la poblazón de Arcupon, la cual robó y saqueó y arruinó. |
 

 

A cabo de ciertos días que los españoles estuvieron en este pueblo de Guaramental, aunque nunca les faltaba nada de lo necesario para su sustento, siempre les sobraba la cudicia de lo superfluo, y viendo que por todas vías estaban opresos y atasados para, conforme a buena disciplina, no hacer mal ni daño a esta gente en cuya poblazón estaban y de cuya hacienda se sustentaban, dijéronle al cacique si en comarca de sus términos había algunas poblazones de gente con quien él tuviese enemistad, que se lo dijese, que ellos vengarían las injurias que le hubiesen hecho. El cacique se holgó de la pregunta, porque en tiempos pasados había tenido guerras con cierto principal vecino suyo; llamado Arcupon, en las cuales le habían despojado de una laguna de pesquería, que él y sus pasados habían siempre tenido y poseído para su recreación; y así les dijo que cerca de allí estaba este cacique Arcupon, que era su enemigo; que si querían ir que él les daría guías que los llevasen y gente de guerra que les ayudasen a pelear.

Los soldados, importunando a su capitán que efectuase aquella jornada, para que ellos hubiesen algún provecho y restaurasen lo que habían dejado de ranchear en aquel pueblo, aceptaron y concertaron la ida para otro día.

El cacique Guaramental, de la gente que allí más a mano halló, juntó novecientos indios de guerra, y sacando las armas necesarias de las casas y bohíos de depósito de munición que tenía, por su propia mano, las repartió entre su gente, a los cuales con ciertas ceremonias entre ellos usadas, les hizo un parlamento, mandándoles lo que habían de hacer, y nombrándoles un capitán a quien habían de obedecer, les mandó que fuesen con los españoles, y lo que su capitán Delgado les mandase, aquello hiciesen.

Todos juntos se partieron ya que quería anochecer, por ir amanecer al pueblo que iban a saquear, para no ser sentidos, el cual estaba ribera de un río pequeño, llamado Dunare, viciosísimo de todo género de árboles y frutas de Indias, fresco y de apacible y agradable temple, y muy proveído de todo género de caza y pesquería. Caminaron toda la noche; al alba, ya que amanecía, dieron en el pueblo; hicieron el estrago que pudieron, robando y matando, y es cierto que lo que tocase a matar, más daños y crueldades hacían los indios amigos que llevaban que los españoles, porque son de su natural tan crueles los indios, que pocas veces dejan con la vida a sus contrarios rendidos, si no es algunas criaturas de poca edad, a quien ellos puedan criar y hacer a sus costumbres; y si es de casta de españoles no hay perdonar, aunque sean de teta, porque piensan que en creciendo los han de sujetar como hicieron sus padres.

Saqueado este pueblo con harto daño de sus moradores y de su principal, que en el saco fue muerto, entre otras piezas que en él se tomaron, fueron cuatro indias de poca edad y de extraña blancura, porque si su traje y lenguas no lo denunciaran, fueran tenidas por españolas. Preguntando si aquellas blancas mujeres eran de otra generación alguna circunvecina a este pueblo, dijeron que no, mas que se habían criado tan blancas por mucho encerramiento, que desque nacieron jamás les había dado el sol, y así como animales nocturnos en sacándolas a la claridad del sol, se cubrían los ojos por no poder ver.

Ya que habíase pagado la furia y calamidad del saco de aqueste pueblo, llegaron otros ochocientos indios enviados de socorro en favor de los cristianos por el cacique Guaramental. El capitán les dio licencia que robasen lo que por el pueblo había quedado; y así a éstos como a los que con él habían venido, los envió a su pueblo y provincia, porque lo que en aquel pueblo del cacique Arcupon habían rancheado no era tanto que pudiese mitigar alguna parte de la sedienta cudicia que tenían.

Informose si por allí cerca había otra alguna poblazón donde ir hacer salto. Diéronle noticia que dos leguas de donde estaban había otro pueblo de un principal llamado Guere, de muchas riquezas y gente. Despedidos los indios de Guaramental, los españoles y su capitán se partieron en demanda de Guere, principal el cual tuvo noticia de la ida de los españoles y envió al camino tres o cuatro capitanes suyos, ofreciéndose por amigo de los españoles y que se fuesen amigablemente a su pueblo, donde les haría todos los regalos que pudiese. El capitán Delgado oyó la embajada que los indios le traían de su cacique o señor Guere, y contra voluntad y opinión de los soldados lo recibió en su amistad, y se fue a su pueblo sin hacerle daño ninguno, y estuvo en él algunos días descansando. Sirviéronle los indios con todo lo que pudieron y tuvieron, y sin hacerles ningún particular daño se volvieron los españoles al pueblo de Guaramental, donde hallaron tan proveído su alojamiento de vituallas que había para sustentarse quinientos españoles con su carruaje hartos días y aun meses.

Dende a pocos días se salió de este pueblo de Guaramental Agustín Delgado con sus compañeros y dio la vuelta a donde su gobernador Jerónimo Ortal había quedado, en Neveri, con algunas piezas de indios e indias que por esclavos se habían tomado.

 


 

| Capítulo tercero
 

 

En el cual se escribe cómo Antonio Sedeño tuvo en Puerto Rico noticia de Meta, y juntó gente y la envió con el capitán Batista a Maracapana, y cómo los soldados de Jerónimo Ortal se dieron a robar y hacer esclavos con más libertad que de antes. |
 

 

En tanto que las cosas ya contadas pasaron así en la jornada del río de Paria, como en la costa de Tierra Firme, Antonio Sedeño, que se había vuelto a la isla de Puerto Rico, nunca cesaba de imaginar y pensar cómo podría juntar de nuevo gente para volver a su gobernación y adelantamiento de la Trenidad, porque no hallaba soldados que en aquella jornada le quisiesen seguir, así por el gran temor que de los naturales de la isla de la Trenidad tenían, como el poco provecho que de ella esperaban; de todo lo cual estaba muy infamada aquella tierra por los que en ella habían estado con el propio Sedeño; y después de haber echado hartos balances sobre lo que debía hacer, sucedió que entre otros esclavos y esclavas que tenía, habidos de Tierra Firme, estaba una india que le dio muy grandes nuevas de la jornada de Meta y de sus riquezas, prometiendo de si fuesen con gente que bastase resistir los naturales que por el camino había, meterlos en la riqueza y prosperidad de la tierra.

Esta nueva se comenzó a derramar por la isla, la cual movió algunas ociosas gentes a que persuadiesen a Antonio Sedeño hacer esta jornada, el cual, pareciéndole que no era mala ocasión para poner en ejecución sus desinos, los cuales eran de, so aquella color a que había sido persuadido, juntar la gente que pudiese y traerla a Tierra Firme, y de allí buscar modo cómo llevarlos a la Trenidad, pasó a Santo Domingo y pidió licencia y facultad a la Audiencia para poder pasar gente a Tierra Firme, y hacer jornadas o entradas a poblar en las provincias que descubriese.

Concediósele esta licencia como la pidió, y con ella y la fama que la india esclava había dado de Meta, comenzó a juntar gente, la cual hizo en breve tiempo; y por juntar todos los más soldados que pudiese, después de haber juntado hasta ciento y cuarenta hombres y cuarenta caballos, los envió en una carabela, con el capitán Bautista, el cual, desembarcando en Maracapana, puerto de mar en Tierra Firme y muy nombrado en estos tiempos por la mucha y rica gente que cerca de él dicen que hay.

Jerónimo Ortal estaba rancheado obra de dos leguas de Maracapana, y aunque supo la llegada del capitán Batista a Tierra Firme y tan cerca de su alojamiento, no se alborotó cosa ninguna, antes se comunicó con él amigablemente, y lo mismo hacía el capitán Bautista, pareciéndoles a entrambos que en tierra tan larga y tan poblada no había para qué mover disensiones, pues todos podían poseer sin damnificarse los unos a los otros.

Jerónimo Ortal acordó de entrarse la tierra adentro, como antes que el capitán Bautista llegase tenía determinado, y poniéndolo en efecto con hasta setenta hombres, comenzó a caminar y llegar algunas poblazones cuyos moradores eran tan bien acondicionados que procurando su amistad le salían a recebir al camino de paz, la cual por todo extremo aborrecían así capitanes como soldados, por tener más cierto el provecho de la dudosa guerra que el de la muy segura paz, y porque su pretensión y aprovechamiento era hacer esclavos; y como las gentes donde los habían de hacer salían de paz no consintía el gobernador que a estos tales se les hiciese ningún daño, por lo cual, como otra vez he dicho, aborrecían todos la compañía de Jerónimo Ortal, y así, después de haber descansado ciertos días en una poblazón que le par tenían, persuadieron a su gobernador, y aun casi le constriñeron a que se volviese a su viaje y alojamiento que en la costa de la mar tenía, dejándoles por cabeza y capitán a Agustín Delgado, que debía de ser tan buena conciencia cual ellos la deseaban para estas sus jornadas.

Constreñido el gobernador por esta vía, se volvió con hasta ocho compañeros a la costa.

Agustín Delgado y sus compañeros, desque entendieron que ya estaba Jerónimo Ortal y los que con él iban, fuera del peligro, comenzaron a desmandarse por las poblazones circunvecinas adonde ellos estaban alojados, y a tuerto y a derecho, y que estuviesen de paz o que no, ranchearlos y robarlos por fuerza, tanto que constriñeron a los indios con sus tiranías a que tomasen las armas para defenderse, lo cual hicieron los naturales de un pueblo que los soldados quisieron últimamente robar y saquear, los cuales, esperando a los españoles con buena orden, les defendieron la entrada, mas al fin, como sus armas son tan flacas, no bastaron hacer tanta resistencia como quisieran; contentáronse con que no les llevaron gente ninguna, aunque les saquearon el pueblo, y con todo les hirieron algunos españoles, con lo cual y porque ya en los pueblos atrás tenían hechas sus mangas y presas en cautividad con esta perversa guerra, más de quinientas ánimas, dieron la vuelta a donde Jerónimo Ortal los estaba esperando junto a la mar, en su antiguo alojamiento, y recibiéndolos alegremente no curó de preguntar la forma que habían tenido en hacer esclavos, porque le aprovechaba poco, pues no era parte para remediarlo aunque quisiera, y así dio luégo orden en cómo se herrasen para ante los oficiales del rey, que cobraban los quintos reales.

En esta sazón había mercaderes que de Santo Domingo y Puerto Rico y las demás islas de barlovento tenían por granjería de venir en navíos a costa de Tierra Firme a comprar esclavos a los españoles que en ella estaban de asiento, hurtándolos; y a la sazón que Agustín Delgado llegó con esta presa a donde su gobernador estaba, llegó también un navío de una de las islas a quien vendieron todos los esclavos a trueco de mercadurías y otras cosas de España y oro, a precio cada uno de diez pesos. Eran en el vender los soldados y capitanes muy moderados; no querían extremarse en los precios, porque acudiesen los mercaderes otro día, y porque la sangre inocente que vendían les costaba a aquéllos poco trabajo, aunque harto dolor, pues si no era supliéndolo la misericordia divina y muerte y pasión de nuestro Maestro y Redentor Jesucristo, no podían ellos satisfacer los grandes daños y muertes y robos y pecados que con aquella manera de hacer esclavos cometían.

 

Capítulo cuarto | 37a |
 

 

En el cual se escribe cómo el capitán Bautista se entró a invernar la tierra adentro donde desarmó e hizo cierto agravio a unos soldados de Jerónimo Ortal, después, en venganza de esto, desarmó la gente que con el capitán Vega llegó a Maracapana.
 

 

En este tiempo ya se acercaba o entraba el invierno, por lo cual, y por el poco recurso de comida que en el puerto de Maracapana tenía, el capitán Batista y su gente acordó entrarse a invernar la tierra adentro y esperar en ella a su gobernador Sedeño.

Hízolo así, y partiendo con todo su campo y gente de la costa de la mar, se metió la tierra adentro, y pasando por el pueblo del cacique Guaramental, se fue alojar dos jornadas más adelante, a la poblazón y señorío de una india llamada Orocomay, donde procuraba sustentarse con el menos perjuicio que podía así de los indios como de los españoles de Jerónimo Ortal, que todavía se estaba aposentado e rancheado en Neveri con mucho trabajo, por habérsele ido la más de su gente, que no le habían quedado más de hasta treinta hombres, y esos se le hubieran ido si hallaran con quién, porque aunque se habían convidado al Bautista de irle a servir, él no los había querido recibir en su compañía por no descomponer a Jerónimo Ortal ni hacer cosa que sonase mal, con lo cual había encumbrado grandemente su bondad, si después no la deslustrara con lo que hizo con el capitán Nieto, como luégo se verá.

Estos pocos soldados que a Jerónimo Ortal le habían quedado, se entretenían con la esperanza que su gobernador les daba de que cada día esperaba nuevos y cumplidos recaudos de España, con que pensaba emprender nuevas jornadas, para las cuales se le llegaría más gente de la que él había menester, y que los que con él permaneciesen y perseverasen serían mejor galardonados; y para tener algún sustento y entretenimiento andaban esparcidos algunos soldados por las poblazones comarcanas que de paz estaban, rescatando algunas comidas y esclavos; y para que estos soldados que andaban en las poblazones de los indios rescatando, estuviesen más seguros y no se les hiciese daño alguno, mandó Jerónimo Ortal a un soldado que tenía, que se decía el capitán Nieto, con cinco o seis compañeros, se fuese al pueblo de Guaramental y estuviese allí haciendo alto a sus compañeros.

Sabido por el capitán Batista esta estada del capitán Nieto en Guaramental, mudado del primer propósito, deseando destruir de todo punto a Jerónimo Ortal, lo cual se cree que no había hecho hasta allí por no estar aún bien cursado en las cosas de aquella tierra; y pareciéndole con loca presunción que la estada de Nieto tan cercana a él era en vituperio y menosprecio suyo, o por otros secretos motivos que debía tener, envió cuarenta soldados que desarmasen al capitán Nieto y a los que con él estaban y les quitasen un caballo que tenían, a fin de que por aquella vía amedrentar a Jerónimo Ortal y los que con él estaban, para que con temor de no verse destruidos de todo punto, se saliesen de la tierra.

Los soldados que el capitán Batista envió a desarmar a Nieto y a sus compañeros, lo hicieron como les fue mandado; que dando al alborada en ellos, los tomaron casi durmiendo y les despojaron de sus pocas armas que tenían y un caballo con que se defendían, y dejándolos |in púribus naturalis se volvieron con el flaco despojo a su capitán, que lo tuvo en tanto como si fuerá las riquezas de Salomón; y algunos soldados del capitán Batista, no pareciéndoles bien este hecho, lo murmuraron y trataron de suerte que viniese a noticia de su capitán, para que con tiempo se apercibiese, pues estaba claro que Jerónimo Ortal había de procurar haber y tomar venganza de su enemigo; y aun no faltó quién le dijo que debía asegurarse de todo punto prendiendo a Jerónimo Ortal y a sus amigos y ponerlos en parte donde aunque quisiesen no pudiesen tomar armas contra ellos. El capitán Batista y algunos amigos suyos se rieron de esas sus razones o avisos que sus soldados le daban, diciendo lo poco que podía hacer Jerónimo Ortal con tan pocos soldados como tenía, y esos desavenidos, y menospreciado así los avisos que le daban, como el temor que debía tener a su enemigo cesó la plática, como cosa que no podía haber efecto lo que los soldados trataban o decían que haría Jerónimo Ortal para satisfacerse.

Nieto y sus compañeros luégo dieron aviso a su gobernador de la injuria que se les había hecho debajo de amistad, la cual cada soldado de los que con Jerónimo Ortal estaban tomó por suya propia, con presupuesto de vengarla como si a cada uno en particular se hubiera hecho, y casi alcanzaron a saber el menosprecio y poco caso que de ellos hacían Batista y su gente, que les puso espuelas para mejor procurar y haber venganza.

Antonio Sedeño, que todavía se estaba en Puerto Rico, envió otra carabela con ciento y cincuenta hombres y treinta caballos, y por capitán de ella a un Vega, los cuales a la sazón que lo que habemos dicho pasó, dieron al través en el puerto de Maracapana sin que peligrasen ni perdiesen cosa alguna más del casco del navío.

La llegada de esta gente del capitán Vega a Maracapana y su infortunio, vino luégo a noticia de Jerónimo Ortal, porque como se ha dicho, desde Neuey, donde Ortal estaba rancheado, hasta el puerto de Maracapana no había más de dos leguas. Pareciole al gobernador Jerónimo Ortal, y al capitán Agustín Delgado, y al capitán Nieto y a otros amigos suyos, que pues esta gente que con Vega había llegado a Maracapana, y la del capitán Batista, era toda una y de un gobernador, que debían empezar a satisfacer su injuria en los recién allegados, pues estarían más descuidados. Esto pareció bien a todos y sin detenerse punto, con esas pocas armas que tenían, se partieron para Maracapana, y llegando el cuarto del alba al lugar donde el capitán Vega y su gente estaban alojados, dieron en ellos sin ser sentidos, por estar las velas durmiendo, y sin haber entre toda la gente de Vega hombre que tomase las armas, excepto un clérigo que consigo tenían, que procuró defenderse lo que pudo, y como era uno solo cansose presto; los demás, entendiendo por el tumulto y ruido que hacían los que los prendieron, que era mucha más copia de gente, temiendo ser muertos o maltratados, se dejaron prender y despojar de todo lo que tenían, lo cual hicieron tan cumplidamente los soldados y gente de Jerónimo Ortal que ni aun cuchillo de escribanías con que pudiesen cortar la comida les dejaron, ni otra cosa de que se pudiesen aprovechar; y sin hacerles otro ningún mal tratamiento, porque ni hirieron ni mataron a ninguno, se volvieron el propio día a su alojamiento de Neveri, a dar orden en lo que debían hacer, trayendo consigo todos los caballos que el capitán Vega y su gente habían traído de Puerto Rico.

 

| Capítulo cinco
 

 

|En el cual se escribe cómo Jerónimo Ortal, con la gente que tenía y alguna que se llegó de la del capitán Vega, fue a dar sobre el capitán Batista y lo prendió y desbarató y se vengó de la injuria que le había hecho.
 

 

Vuelto Jerónimo Ortal con su despojo a su alojamiento de Neveri, luégo comenzó a tratar la orden que se debía tener para ir a dar en el capitán Batista y su gente y desbaratarlos y haber de ellos entera venganza de su injuria; y porque en el ínterin que se determinaban y aprestaban no tuviese aviso Batista de lo sucedido al capitán Vega y a su gente, puso guardas y centinelas en los caminos por donde forzosamente habían de pasar los que fuesen a dar el mandado, de tal manera que ni los del un capitán podían ir a donde los otros estaban, ni por el contrario, sin ser tomados o sentidos, si no fuese por descuido o negligencia. de las guardas, los cuales lo hicieron tan bien que en unos pocos días que estuvieron guardando el pasaje de los caminos, prendieron casi treinta hombres de los del capitán Vega, que iban a dar mandado al capitán Batista, los cuales por ir desarmados y no ser prácticos en las cosas de aquella tierra eran fáciles de prendar.

Jerónimo Ortal se aprestó y aderezó lo más en breve que pudo, y repartió los caballos que había tomado entre los que le pareció que los sabrían mandar, y dando comisión de su capitán general Agustín Delgado, se partió para el señorío de la india cacica, donde el capitán Batista estaba, y halló en el camino las centinelas que había puesto, con la presa que habían tomado de soldados, a los cuales persuadió y sujetó que les siguieren en aquella jornada que iba hacer y serían bien remunerados, y si no quisiesen hacerlo de su voluntad se volviesen a la costa. Los más de los presos se holgaron de seguir a Jerónimo Ortal, viendo cuán favorable se les mostraba la fortuna, y así con estos como con otros soldados que andaban esparcidos por aquellas poblazones de indios, juntó el gobernador Ortal pocos más de cincuenta hombres, y con ellos, marchando por su jornada apresuradas, llegó cerca del alojamiento del capitán Batista, y dando en él de noche, lo halló casi despoblado, que no había más de veinte hombres, que los demás, con su capitán, habían ido la tierra adentro a buscar comida.

Prendieron a éstos sin resistencia, por ser tan pocos, y saquearon todo lo que en el alojamiento había, y tomando noticia de la derrota que Batista y los demás habían llevado, luégo, en amaneciendo, se partieron con todo cuidado y diligencia, porque al tiempo que vieran el alojamiento de Batista se había huido o escapado un negro o esclavo, e iba delante de ellos a dar mandado a su capitán; y por ver si podían alcanzar este esclavo, como porque Bautista no tuviese lugar de recoger su gente si la traían esparcida, caminaban todo lo que les era posible, y así llegaron a un pueblo de un indio o principal cristiano y ladino, donde creyeron estar el capitán Bautista, en el cual no hallaron más de solamente dos soldados que allí habían quedado en guarda de cierta comida que el capitán Bautista dejó, y al negro o esclavo que había salido a dar el mandado, a los cuales prendieron .y de ellos supieron cómo su capitán, con la demás gente, estaba tres jornadas de allí, y que los esperaban en breve.

A esta sazón llegó a este pueblo el cacique o señor de él, llamado Diego, que había ido con el capitán Batista y venía a ver a su mujer que lo había enviado a llamar; el cual dio noticia a Jerónimo Ortal de cómo el capitán Batista quedaba en donde los soldados habían dicho, y que en volviendo él luégo vendrían Batista y su gente. Díjole Ortal al principal cómo venía a prender a Batista, el cual mostró holgarse de ello, por haber recibido algunas pesadumbres de él y de sus soldados; y dende a dos días, por tener ya a su mujer, a quien había venido a visitar, buena, dijo a Jerónimo Ortal cómo se quería volver a donde Batista estaba. El gobernador le dijo e instruyó en todo lo que había de hacer y decir, de forma que no se entendiese su estada allí, con protestación de si lo hacía así galardonarle, y si por el contrario, hacerle grandes daños.

El indio se partió diciendo que haría todo lo que le era mandado, y que dende a dos días sería allí la gente de Batista, al cabo de los cuales el gobernador mandó poner atalayas en parte cómoda que pudiesen ver y señorear el camino de mucha distancia; las cuales dieron nueva, al tiempo que el indio dijo que vendrían, de cómo parecía gente o bajaba por una pequeña sierra que cerca de allí estaba o se hacía.

El capitán Alderete era hombre experimentado en el arte militar conforme a la usanza que entre gente española se acostumbra, y por reconocer por el orden que traían si habían sido avisados o no, pues estaba cierto que si tenían aviso que habían de venir en ordenanza y si no como solían, se subió en lo alto de un bohío o casa de aquel pueblo y vio que bajando la gente a lo llano de la cuesta por do descendían, se juntaban y represaban, que lo tuvo por señal de ordenar su escuadrón; y la ocasión de esto fue que al pie de aquella cuesta hallaran el clérigo del capitán Vega, que les iba a dar mandado y aviso del suceso de su capitán y gente, el cual clérigo había ido por diferente camino del que la gente de Jerónimo Ortal había llevado, y así no supo dar razón de a donde estaban, mas antes descuidó y aseguró, sin saber lo que se hacía, al capitán Bautista, diciendo que quedaban muy atrás sus contrarios y que por mucha priesa que se diesen no se verían en tres días.

Los soldados de Bautista, sabido el suceso y despojo de sus compañeros, comenzaron a blasonar y a mofar de los contrarios tratando cotnra ellos los vituperios que les pareció, como gente que estaba segura de no verse con ellos tan presto, e ya que se viesen, los tenían en tan poco que no pensaban usar de armas contra ellos, y así, con la desorden que antes traían prosiguieron su camino hacia el pueblo donde estaba Jerónimo Ortal con su gente puesta a punto y emboscada para dar a sus contrarios. Reconoció Alderete la desorden que traían, y así lo tuvo en poco, y dijo que gente tan desbaratada como aquella venía, sin sangre se vencía. Es de saber que por delante de este pueblo, hacia la parte do venía el capitán Bautista y su gente, había una ceja pequeña de robledal, que era lo que cubría el pueblo, que los que de aquella banda venían no lo podían ver hasta estar en él, y así no podía la gente de Bautista devisar ni saber si había gente en aquel pueblo o no.

Dos soldados, peones de los del capitán Bautista, se adelantaron y entraron en una plaza que el pueblo hacía, con sendas ballestas debajo del brazo y sendas jaras en las manos, y como no vieron gente ninguna naturales del pueblo ni a los compañeros que habían dejado en guarda del maíz, comenzaron a tañer o tocar con las jaras en las ballestas, diciendo casi por donaire coche, coche, que en lenguaje de aquella tierra era como decir: aquí no puede haber sino venados. Estando con esto descuidados, vieron rastro de los de a caballo y admirándose de ello, sin poder huir fueron tomados y desarmados y puestos a recaudo. Luégo llegó el clérigo al pueblo, caballero en un caballo y una adarga y una lanza. Salió a él Agustín Delgado, y sin hacerle mal, de un recatonazo que le dio, le derribó del caballo abajo y lo desarmó, y dio sus armas y caballo a otro soldado, y pareciéndoles ser ya sentidos, salieron de la emboscada y comenzaron a prender los desordenados y descuidados soldados que marchando venían.

El capitán Bautista sintió el alboroto, y al primero que vio fue al capitán Nieto, a quien él había desarmado, y enderezando sus palabras contra él, dijo a voces a Nieto: soldados, matádmelo. A esta coyuntura llegó el capitán Agustín Delgado, que con ciertos compañeros había salido por otra parte del robledal, e yéndose para el capitán Batista, que con buen semblante le esperó para combatirse con él, le dio una lanzada en un brazo que se lo pasó y lo derribó del caballo, y allí lo prendió. Los soldados que junto a Bautista venían, viendo a su capitán caído, y teniéndolo por muerto, dieron la vuelta retirándose hacia los que atrás venían, y dándoles noticia de lo sucedido a su capitán, se comenzaron a esparcir más de lo que venían, y a meterse por arroyos y arcabucos a esconder, y los de Jerónimo Ortal en su seguimiento, a muchos de los cuales aprendían y desarmaban.

Entre estos soldados de Bautista había un hombre muy robusto de cuerpo y fuerzas y que por haber seguido la vaquería era tenido por recio hombre de a caballo, y con los demás iba en huida con su caballo, lanza y adarga, en cuyo seguimiento iba solo el capitán Agustín Delgado, y como el vaquero se viese solo y al Delgado tras sí, volvió las riendas a su caballo diciendo al capitán Delgado: mucho he deseado verme solo contigo, y en esta forma; el Delgado le dijo que aquel era tiempo y lugar cómodo para efectuar lo que quisiese, pues la ocasión les incitaba a ello, y con esto comenzaron a escaramucear con sus armas y caballos, en la cual escaramuza el Delgado dio al vaquero un golpe con el cuento o recatón de la lanza, por no matarlo, que lo derribó en el suelo y allí lo desarmó y dio el caballo y armas a uno de sus soldados que cerca venía, y unos viendo y otros rindiéndose y otros siendo presos por fuerza, fue desbaratada la compañía y gente del capitán Bautista de la forma dicha, con que él pagó su atrevida y loca demasía de que había usado con el capitán Nieto, y sus soldados perdieron la furia y brío con que blasonaban en ausencia de sus contrarios.

De otros dos desbaratos nació un común refrán en aquella provincia que tura hasta este tiempo, y es que, como a esta gente de Sedeño les sucedió tan mal y fueron desbaratados y rendidos de tan poca gente, quedaron infamados, no solo de mal afortunados, pero de cobardes, apocados y auichilados | 38 , por lo cual, cuando de ahí adelante se hallaba un soldado que, o por serle contraria la fortuna y por ser él para poco y de poco ánimo, le sucedía mal sus negocios, se decía de él: es un pecador de los de Sedeño, y hoy en día, como he dicho, se dice a los tales.
 

37a La palabra "cuarto" está añadida en el texto con tinta y caracteres distintos, por error del amanuense.
38  Palabra que parece leerse "aniquilados".

anterior | índice | siguiente