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Capítulo nueve
|Cómo tomando Alvaro de Hordás a
su cargo el gobierno de la gente, después de haber hecho un
parlamento a los soldados sobre lo que debían hacer, dieron la
vuelta el río abajo hasta llegar a Perataure.
Muerto Alonso de Herrera de la manera dicha, y habiendo nombrado
por su teniente a Alvaro de Hordás para que rigiese y gobernase la
gente y campo como le pareciese, los soldados pasaron por este
nombramiento sin hacer en ello innovación alguna por conocer a
Alvaro de Hordás, que de más de ser caballero era muy afable y bien
quisto de todos y hombre prudente, entendido y de buen ingenio, el
cual aceptó el cargo porque le pareció que recibían de ello
contento los soldados y aun por mandar antes que ser mandado; y
pareciéndole que el pretender pasar adelante con la empresa era en
vano, así por la poca gente que había, porque de la gente y
soldados que de Paria salieron a esta sazón ya no había más de
ochenta o noventa, que todos los demás los había consumido el río y
trabajos de él, como por conocer de los soldados que aunque él lo
quisiera hacer, ellos se lo habían de estorbar e impedir, y aun si
les pareciese forzarlo a que se volviese, por lo que
antes que Alonso de Herrera muriese había entendido de ellos y aun
vístoles intentar, acordó ganarles por la mano, para con esta
manera de anticipación atraerlos más a sí y tenerlos más propicios,
sobre lo cual les habló teniéndolos a todos juntos, poniéndoles y
trayéndoles a la memoria, para consolarlos de su perdición, cuántos
emperadores, reyes y grandes señores habían comenzado
descubrimientos y conquistas de tierras no vistas, conforme a la
potencia de sus estados, y después de haber gastado mucha parte de
sus riquezas y andado lo más del camino, dar vuelta sin haber hecho
ninguna cosa memorable, con pérdida de sus gentes y campo; y que
pues esto había pasado por personas tan poderosas y principales,
que teniendo ellos tan justas causas para no pasar de allí, no les
sería cosa muy afrentosa el volverse, pues en todo les era tan
contraria la fortuna, a la cual otros capitanes muy poderosos y
briosos ejércitos no habían podido resistir ni tener de su bando
por vía de fuerza, cuanto más unos soldados tan destrozados,
trabajados y debilitados como ellos estaban de las hambres,
trabajos y calamidades que en aquella trabajosa y larga navegación
habían traído, donde se les habían muerto todos los más de sus
compañeros, y los pocos que presentes estaban habían quedado tales
de los trabajos pasados que poco número de enemigos bastaba a
destruírlos de todo punto; que para última ruina y perdición suya
había sido Dios servido de quitarles el capitán que hasta allí, con
discreta sagacidad, los había traído y gobernado tan afablemente,
cuya muerte les hacía tanta falta para pasar adelante cuanto entre
todos los presentes no entendía que hubiese quién la pudiese
suplir; que aunque los ánimos y bríos no estaban consumidos como
las fuerzas, no era bastante causa el parecerles a todos que eran
parte para entrar entre muchos enemigos, proseguir su jornada, pues
no todas veces suplían los ánimos el defecto de las fuerzas, sino
cuando la fortuna del capitán o del ejército era tal que por el
suceso de los acaecimientos se conocía claramente el favor de los
hados, los cuales son las principales fuerzas de los ejércitos, y
que todo esto conocía y había conocido en contrario de sí mismos en
todo el discurso de aquella su jornada; que él tenía por cosa más
que temeraria el querer pasar de allí para arriba, como todos los
más la mostraban; que pues ellos no eran los primeros a quien la
fortuna había derribado y hecho volver atrás de sus buenos
principios, que no se les podían seguir ninguna infamia en
volverse, especialmente siendo el pasar adelante remate y perdición
de todos los que quedaban, y que podían llegar a parte donde ni
pudiesen volver atrás ni pasar adelante dando por su parecer que
pues todas las cosas les eran contrarias, como por lo que había
dicho constaba y parecía, que se volviesen a buscar nuevas entradas
donde pudiesen recuperar lo que allí habían perdido, y que si
algunos hubiese que les pareciese que se debía hacer lo contrario
que lo dijesen, dando las causas en que fundaban su parecer, y que
lo que los más acordasen aquello se efectuase, lo cual se hiciese
con brevedad, porque se proveyesen de comida con tiempo para hacer
lo que se determinase.
A todos les pareció que se debía poner en obra lo que Alvaro de
Hordás decía, así por tan justas causas que para ello daba, como
porque demás de tenerlo los más en voluntad, deseaban grandemente
verse fuera de aquel tan enfermo y trabajoso río, en parte donde
pudiesen descansar de los trabajos pasados y reformarse.
Resolutos todos en el parecer del capitán, luégo se proveyeron
de comida de algunas labranzas que no muchas jornadas de allí
estaban, lo cual yendo a traer, procuraron los indios que lo habían
sembrado, defendérsela; mas aunque flacos y enfermos los españoles
lo hicieron tan bien, que los indios no les damnificaron en cosa
alguna, más de herirles un caballo de dos que llevaban solos, el
cual dende a poco murió rabiando, y fue repartido y comido entre
todos, y tomando el maíz que pudieron y hubieron menester, dieron
la vuelta y se embarcaron y comenzaron a navegar agua abajo.
Habíales quedado un solo caballo, el cual volvían consigo, y por
dar pesadumbre a los soldados del bergantín en que iba lo mataron
de conformidad, dando a entender a su capitán que él se había
muerto. Recibió enojo del matar del caballo Alvaro de Hordás, y
deseando castigar al que lo había hecho, pero curó averiguarlo y no
pudo, y así lo repartió entre todos, que no les fue pequeña
fiesta.
Lo que del río de Meta habían andado en treinta días agua
arriba, lo volvieron a desandar agua abajo en poco más de un día
que tardaron en llegar a las juntas de este río de Meta con el de
Guayaure o Paria, donde hallaron por la grande inundación de
entrambos ríos, las altas peñas donde habían dejado la cruz y las
cartas de aviso que arriba dije, todas cubiertas de agua, que casi
no conocían la tierra. Prosiguieron con su vuelta por el río
Uriaparia abajo, y ni curaron de tenerse en ninguna parte ni en el
camino se hallaron quién les estorbase el pasaje. Para un solo
soldado fue desgraciada la navegación del río abajo, que de muy
considerado perdió la vida, y fue de esta manera: este desgraciado
soldado venía sentado a la proa de uno de los bergantines, el cual
había de pasar por junto a unas peñas que el río tenía
descubiertas, y con la furia que el bergantín llevaba parecíale al
soldado que iba derecho a dar en las peñas, donde no podía dejar de
hacerse pedazos; y pretendiendo salvar la vida, se arroja del
bergantín a una de las peñas, la cual con la lama y humedad que
sobre sí tenía estaba muy resbalosa, y no hubo puestos los pies
sobre ella cuando resbalando dio consigo en el río sin que más
pareciese. "El que gobernaba el bergantín, gobernó tan bien que
aunque aquel desgraciado soldado le pareció que no podía escapar no
recibió daño ninguno, y él se quedó en el río" por la ocasión
dicha.
Al cabo de quince días que dieron la vuelta, llegaron a la isla
de Gaspar de Silva o Perataure, que está a la boca de este río de
Uriaparia, y lo que navegando agua arriba anduvieron en cinco meses
de navegación, lo tornaron a desandar en sólo quince días, sin
otros trece meses que en todo el descurso de la jornada gastaron,
desde que salieron de la fortaleza de Paria hasta esta llegada de
Perataure, que por todos fueron diez y ocho meses de jornada tan
trabajosa cuanto no se puede encarecer por escrito.
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Capítulo diez
|En el cual se escribe cómo Alvaro
de Hordás y los demás españoles, después de haber pasado gran
tormenta en la mar, aportaron a la isla de Cubagua, y Jerónimo
Ortal, que estaba en la Trenidad a esta sazón, se pasó a Tierra
Firme, al puerto de Naver, sabiendo la pérdida de su
gente.
Luégo que allegaron a la isla de Perataure, como tenían tan
propincua la navegación de la mar, la cual es más peligrosa y
fragosa a causa de los grandes movimientos y alteraciones que en
ella hacen los vientos, que la de los ríos y navegaciones de aguas
dulces, comenzaron aderezar sus bergantines y a repararlos de todo
lo que tenían necesidad de aderezarse; y temiéndose que en la
fortaleza de Paria no estuviese Jerónimo Ortal con gente para
seguir su navegación y los hiciese volver otra vez a proseguir su
jornada, acordaron no llegar a ella, y así se partieron la costa en
la mano, en demanda de Cubagua.
Yendo navegando les dio tan gran tormenta que a uno de los
bergantines, cuyo arraiz era un Andino, dio con él en tierra, donde
se hizo pedazos, sin que peligrase persona alguna. Los demás barcos
iban prosiguiendo su viaje y sustentándose contra el viento lo
mejor que pudieron.
Un soldado de los del bergantín quebrado, llamado Perdomo, buen
peón y nadador, lo más presto que pudo se fue la costa abajo y
comenzó a dar voces a los bergantines que iban navegando. Fue oído
por uno de ellos, y reparándose a ver lo que era, el Perdomo se
echó a la mar y nadando llegó al barco, que lo esperaba, y
recogiéndolo dentro, dio noticia de la pérdida de sus compañeros;
mas no pudieron alcanzar al barco o bergantín donde iba Alvaro de
Hordás, y así se hubieran de quedar perdidos aquellos españoles si
Dios no permitiera que la tormenta se les volviera con tiempo
contrario, que los hizo a todos arribar y volver otra vez a
Perataure, donde supieron el suceso de la pérdida del bergantín de
Andino.
Determinó Alvaro de Hordás de que el uno de los bergantines
fuese a la costa donde estaban los españoles esperando su remedio,
que los recogiese y trujese.
En este tiempo, habiéndose dividido los perdidos a buscar comida
o algún marisco para comer, la costa adelante, los que habían
quedado en el lugar donde habían salido, aderezando o dando orden
cómo de la propia madera del bergantín quebrado hacer algún pequeño
barco en que salir de allí, vieron venir cinco piraguas de indios
hacia donde ellos estaban, que no poco temor y alteración los
causó, por no tener armas con qué ofender ni defenderse, que por
haberse descuidado y haberlas dejado en la orilla de la mar fueron
cubiertas con la creciente, y así acordaron de meterse la tierra
adentro, en unas montañas o arcabucos que cerca tenían, donde se
escondieron. Los indios llegaron con sus piraguas aquel lugar, y
viendo que no había quién les ofendiese, saltaron en tierra y
tomaron lo que mejor les pareció o todo lo que quisieron, y dieron
la vuelta, prosiguiendo su viaje.
Idos los indios, llegó el bergantín que en busca de los perdidos
venía, y no hallando allí a nadie navegó la costa abajo y vio a los
que andaban mariscando o buscando comida a la orilla de la mar, y
recogiéndolos se volvió a Perataure, donde había quedado Alvaro de
Hordás. Diéronle relación de la gente que faltaba, que estaba
escondida por temor de los indios, de lo cual recibió gran
pesadumbre; y sabido que las piraguas de los caribes habían llegado
a la costa, determinó de irlas a buscar el río arriba: puso en
salto o emboscada con sus bergantines en cierta parte del río, para
si las piraguas pasasen, tomarlas. Quiso su fortuna que pasaron de
noche, al tiempo que las velas se habían dormido, y cuan oyeron el
ruido de los remos o canaletes, ya las piraguas iban lejos;
fuéronlas siguiendo, y como era de noche hubiéronse de ir con su
honra, excepto una que debía de ser de mal navegar, que se quedó
trasera y por no ser tomada se metió entre unos manglares del río,
donde todavía fue sentida por los españoles. Tuviéronla cercada
hasta que fue de día; e los indios, entendiéndolo, saltaron en
tierra y escaparon sin ser tomado ninguno.
Los de los bergantines tomaron la piragua y no hallaron en ella
rastro de cristianos; porque si aquellos indios caribes hubieran
tomado los españoles que faltaban, no dejaran de hallar algún
cuarto o sangre de ellos; y así Alvaro de Hordás perdió la
sospecha de que fuesen muertos y tomó a enviarlos a buscar, a
los cuales hallaron en el propio lugar donde se perdieron, que
habían salido del arcabuco.
Holgáronse los unos con los otros de su restauración, y
juntáronse otra vuelta en la isla de Perataure. Tornaron a
proseguir su viaje para Cubagua, y porque al tiempo de la tormenta
ya dicha se apartó otro de los bergantines, y hasta entonces nunca
habían hallado rastro ni tenido nuevas de él, acordó Alvaro de
Hordás de ir a dar vista a la fortaleza de Paria, por si habían
aportado allí, y también por ver si hallarían algún recurso de
comida, que ya no llevaban ninguna.
Llegados a la fortaleza no hallaron más que rastro de haber
estado en él gente, lo cual les fue contento, por creer por aquella
señal que no serían perdidos sus compañeros; mas el contento no fue
tanto que bastase a moderar el sentimiento que la hambre les hacía
tener, la cual remediaron en alguna parte con cierta cantidad de
cueros de manatí podridos que hallaron por el suelo o muladar, y
con muchos bledos que en aquel sitio había, de los cuales cogieron
todos los que pudieron para matalotaje, y aun de este género de
comida no hubo en tanta abundancia que les bastase a satisfacer la
hambre que tenían. Mas al fin con ellos se sustentaron lo más del
tiempo que navegaron, en el cual nunca les dejó de sobrar
infortunios y trabajos, así de sospechas por perderse de vista
algunas veces los unos a los otros, como porque de todo punto les
faltase el comer en el camino, lo cual remediaban con llegarse
algunas tardes a tierra y coger algunas cosas de las que la mar
suele criar en sus riberas.
Estando una tarde Alvaro de Hordás surto en un puerto buscando
de esta comida que he dicho, llegaron dos barcos que iban a donde
estaba Jerónimo Ortal, a la Trenidad, con algunas cosas de
provisión para su jornada, el cual estaba allí rehaciéndose y
juntando su gente para ir en busca de Alonso de Herrera el río
arriba, y se había recogido a aquella isla a juntar su gente por
respeto de que los indios de Paria le habían flechado ciertos
soldados con yerba y lo habían hecho salir de allí.
Los de los barcos, que iban a donde Jerónimo Hortal estaba,
dieron a los otros la comida que pudieron, y hubieron de ellos
relación de la muerte de Alonso de Herrera, y de todo el suceso de
la jornada, y con esto se apartaron los unos de los otros los
bergantines. Los dos de ellos, que eran en donde iba Alvaro de
Hordás y otros, fueron a Cubagua, y el otro bergantín, con una
piragua en que iban ocho soldados, aportó a la isla Margarita,
donde les hicieron todo buen recibimiento y cortesía y les dieron
muy bien de comer; y dende a pocos días se tornaron a embarcar y se
fueron a la isla de Cubagua, donde fue tanta la falta de comida que
había que casi los propios vecinos no tenían qué comer, y así los
de los primeros bergantines, si no fueron algunos que tenían amigos
conocidos de tiempo viejo, todos los demás se fueron a posar a la
iglesia, y los del otro bergantín, que después llegó por vía de la
Margarita, se aposentaron en el hospital, y de allí salían de noche
a pedir por Dios para su sustento, que lo tenían los más por mayor
género de calamidad y trabajo que todos los pasados juntos.
En este tiempo proveyó Dios de que el Sumo Pontífice concediese
cierto jubileo, con que después de hechas ciertas obras santas y
pías, diesen de comer a tres pobres tres días. Este jubileo, así
como fue útil a las ánimas de los unos, así fue confortativo a los
cuerpos de los pobres, que en aquellos días comieron como
convidados del Padre Santo.
Llegados los barcos a la Trenidad dieron aviso al Jerónimo Ortal
de la pérdida y vuelta de su armada. Sintiolo mucho, y viendo que
con los que allí consigo tenía no era parte para subir el río de
Paria arriba, ni menos para sustentarse en aquella isla, saliose de
ella con toda la gente y vínose a Tierra Firme, a un puerto llamado
Neveri, más bajo del puerto de Maracorpima; y dejando a recaudo la
gente que allí tenía, pasó a la isla de Cubagua, a ver si podía
atraer a sí algunos de los soldados que habían salido de Paria,
para volver a conseguir su demanda de Meta. Mas los soldados
estaban tan escarmentados de los trabajos del río que nunca jamás
quisieron condescender con su petición, sino fueron dos o tres, que
confiados de la mucha amistad que con Jerónimo Ortal tenían, y por
no andar limosneando en Cubagua, se volvieron o fueron con él a
Neveri, donde tenía la demás gente; y así hago distención en este
lugar, porque así como se muda aquí la jornada y derrota de Paria,
así hay nuevos sucesos y acaecimientos, como en el siguiente libro
se verá.