INDICE




Capítulo seis
 

 

Cómo prosiguiendo su viaje el río arriba los españoles, y pasando por el pueblo de Cabritu, llegaron al pueblo de donde eran los indios que hallaron atados en los árboles, y lo que allí les sucedió hasta pasar adelante.
 

 

Aderezado lo que había que aderezar en la barca, el capitán se partió de la ranchería de los caribes con toda su armada y gente, los cuales iban con toda alegría y contento, así porque con la brisa que corría eran relevados de remar, porque navegaban a la vela los bergantines, como por no llover y hacer tiempo enjuto y haber en el río muchas playas, en las cuales saltaban y hallaban gran cantidad de huevos de tortugas soterrados en el arena y algunas de las propias tortugas, con que hallaban muy buen comer.

Con esta bonanza y contento navegaron algunos días hasta ver llegado cerca del pueblo de Cabritu, en cuya demanda por entonces iban, donde de golpe les faltó el viento y se les apocó la comida, la cual se les daba ya por ración más limitada y corta que de antes, en tanta estrechura que había algunos soldados a quien se daba la ración de una semana, y por ser tan poca se la comían de una sentada; mas esta falta suplían las ycoteas y huevos de tortugas que en las playas se tomaban, como he dicho ya, y algún pescado que en algunos remansos que el río hacía se pescaron.

Con este trabajo se llegó al pueblo de Cabritu, el cual hallaron sin naturales, los cuales se habían ausentado porque como el tiempo que por él pasó Hordás habían conocido españoles, no curaron de esperarlos y tuvieron por mejor hacerles el pueblo franco, poniéndose en riesgo de ser muertos y presos, defenderlo. Perdieron el gozo de la llegada a este pueblo los soldados con no hallar, como no hallaron en él, ninguna comida ni labranzas ni otras cosas de sustento con que poder remediar su importuna hambre. De dos cosas solamente hallaron abundancia, que fueron crisoles que estos indios hacían para vender a otros de la tierra adentro para sus fundiciones de oro, según se entendió de indios que después se tomaron; lo otro eran morciélagos, que había tantos y en tanta cantidad, que hacían harto daño a los soldados. A una mulata que en su compañía llevaba un soldado, persiguieron tanto los morciélagos de este pueblo, y la trataron y lastimaron tan malamente, que casi muerta y sin sentido de desangrada por las muchas heridas que los morciélagos le dieron, la llevaron cargada a los bergantines, donde la curaron y volvió en sí.

Hallaron que la gente de este pueblo habla poco que se habían ausentado de él. El capitán, deseando haber algunos indios para informarse de ellos de lo que le convenía, tomó consigo hasta ochenta hombres y cinco caballos, y caminando en su busca, entró por algunas ciénegas y anegadizos, que por ser verano tenían poca agua, y al cabo de dos días dio en un lugarejo de hasta doce o trece casas. En ellas estaban las mujeres e hijos de los dueños, los cuales habían ido a pescar. Toda esta gente la mandó recoger el capitán, con la comida que en el pueblo había, que era muy poca para la que deseaban y era menester para satisfacer la hambre que tenían. La comida era algún maíz y cierto género de pan hecho de corazones de palmas, lo cual estos indios de este pueblo tenían por principal manjar y mantenimiento.

Los padres y maridos y otros deudos de los presos y moradores de aquel lugar, desque sintieron que los españoles se lo habían saqueado y les tenían presa toda la gente, se juntaron para probando su fortuna con sus flacas armas y seviles ánimos ver si podían libertad, y haber su gente. Vinieron en su orden de guerra a dar en los españoles, los cuales fueron sentidos con tiempo, de suerte que tuvieron lugar de prevenir sus armas, y saliéndoles a el encuentro los desbarataron y ahuyentaron con muertes de algunos indios que muertos quedaron. A la vuelta que el capitán volvía de ahuyentar los indios, halló a un español que encima de un caballo andaba corriendo alrededor de un matorral donde se habían recogido cierto número de indios: dícese que este español no osaba arremeter a los indios y echarlos de allí, mas preguntado por el capitán lo que hacía, respondió que tenía allí cercados aquellos indios por tomarlos vivos. Al capitán le pareció que lo hacía de posilánime, y reprehendiéndole de su poco ánimo y cobardía arremetió a los in dios que en el matorral estaban, y hiriendo dos de ellos, los demás, dejando las armas en el suelo, se le rindieron y él los trajo consigo.

Recogidos todos los españoles, después de haber habido esta victoria, y durmiendo en aquel lugarejo aquella noche, se partieron otro día, cargando en los indios e indias que tenían toda la comida que hablan recogido, y se fueron a los bergantines, y embarcándose, caminaron el río arriba siguiendo su derrota y jornada.

Entre otras cosas que se hallaron en el pueblo de Cabritu fueron unas calzas de red y con los nudos muy gruesos, y preguntose a los indios que en aquella provincia se tomaron que para qué eran aquellas calcas, dijeron que los indios las usaban para entrar en las ciénegas, porque unos pescados llamados caribes, que son muy atrevidos y hacen presa en cualquiera cosa que topen en el agua, no les mordiesen. Otras cosas se les preguntaron a estos propios indios, que no supieron dar razón de ellas.

De este pueblo de Cabritu prosiguió su viaje el general en demanda del pueblo do eran los indios que los caribes habían tomado, de los cuales traían consigo que hallaron atados en lo alto de unos árboles, entre los cuales estaba el hijo del principal del pueblo que les prometió de hacer con su padre que les hiciere toda cortesía, el cual, reconociendo la tierra por do iban, dijo cómo ya se acercaba su poblazón y naturaleza y el señorío de su padre, al cual llegaron un día ya tarde, porque estaba este pueblo apartado del río como dos leguas, en el cual no se hallaron al principal ni su gente o vasallos, que eran idos a sus contratos a pueblos circunvecinos: solamente había las mujeres y mochachos, que por no ser para caminar se estaban en su casa, los cuales no dejaron de sentir harto temor y pavor de ver la gente que en su pueblo vían, nunca hasta entonces vista por ellos. Especialmente les ponía admiración y espanto el ver los caballos, animales tan feroces, que consigo los españoles llevaban, porque por estar, como he dicho, aqueste pueblo apartado del río sacaron los caballos de los bergantines, y fueron apercibidos para defenderse si los quisiesen ofender.

El hijo del principal que los españoles llevaban consigo, diose luégo a conocer entre la gente que en el pueblo había, los cuales, viéndole y conociéndole y dándoles él cuenta de su venida con aquella gente que lo traían, se aseguraron y no se ausentaron, como los indios de otras partes habían hecho, con temor de los españoles. Con esta seguridad las indias trajeron o dieron al capitán de lo que tenían para que comiesen, diciendo que por no estar allí su cacique y maridos no les podían proveer bastantemente de lo que habían menester. Admiráronse mucho de ver la mucha agua que los caballos bebían, los cuales por haber llegado a aquel pueblo algo cansados y sedientos, fue mandado que les trujesen agua algunas indias, las cuales desque vieron lo mucho que habían bebido, dijeron: si estos caballos comen tanto como beben, nosotras no tenemos comida en nuestras casas para solo uno de ellos, y si cada uno de estos hombres que vienen con los caballos beben otro tanto como éstos han bebido, no hay gente en toda esta provincia que los harte de agua.

Después de haber descansado la gente, esparciéronse los soldados alrededor del pueblo por ver si había algunas comidas, temiendo que no vendría el cacique tan en breve, o que ya que viniesen no sabían la cortesía que les haría, pues por la mayor parte se gobiernan como tienen el temple. Hallaron en unas cuevas o silos que los indios tenían cantidad de maíz, lo cual todo hizo el capitán recoger para su proveimiento y matalotaje.

Después de haber estado en el pueblo cuatro días, asomó el señor o principal, con hasta cien indios, por una pequeña loma que cerca estaba, y reconociendo estar gente extranjera en su pueblo, alborotose demasiadamente y mandando a los suyos aprestar las armas, vínose llegando a su pueblo dando voces y diciendo qué gente podía ser la de tan loco atrevimiento que estando él ausente hubiesen entrado en su pueblo, y que menospreciando su persona y el castigo que les podía dar, se estaban tan de asiento que aun viéndolo venir no hacían muestra de se ir; que si no querían ser todos muertos a sus manos que se fuesen con brevedad, sin enojarle más de lo que le tenían enojado, ni llevarse cosa alguna. El capitán, con una lengua o intérprete que tenía, que lo entendía, le dio a entender la causa de su venida allí y el poco daño que él pretendía hacer, con lo cual no se aplacó nada el cacique, mas apartándose un poco de los suyos se llegó más a los españoles diciendo que se holgaba del servicio que le habían hecho en traerle a su hijo, mas que no recibía ningún contento de que estuviesen en su pueblo; que si no quería que los echase con (las) armas que se fuesen y saliesen luégo. Como el capitán le vio solo cerca de su gente, pareciendo que con prehender aquel ingrato bárbaro haría lo que quisiese de él y de los demás, hizo seña algunos de sus soldados, los cuales antes que el cacique pudiese dar la vuelta a los suyos, le prendieron, diciéndole que si no quería pagar con la vida su loco descomedimiento, que mandase a los suyos que dejando las armas viniesen con humildad ante el capitán, trayendo de lo que en sus casas tuviesen para comer.

El cacique, viéndose preso y que estaba en manos de los que le podían quitarle o darle la vida, y entendiendo de los suyos, por el alboroto y tumulto que entre sí tenían, que querían mañerar las armas contra los cristianos, con gravedad de señor les habló diciendo que no curasen de efectuar lo que pretendían si no querían ver su fin, mas conformándose con la voluntad de los que a él le habían sujetado o preso, en continente dejasen las armas y viniesen a obediencia con el mantenimiento que pidiesen. Los indios lo hicieron así como les fue mandado, y aplacados todos, el hijo del cacique dio parte a su padre del beneficio que los españoles le habían hecho en librarle de los vientres de los caribes y la voluntad que tenían de no hacerle daño, y otras cosas con que lo aplacó y atrajo a la amistad de los cristianos, a los cuales habló luégo muy mansamente, ofreciéndose de hacer todo lo que el capitán le mandase y servirlo en todo lo que pudiese, y proveyéndole de indios que le llevasen la comida que tenían junta a los bergantines, se fue con ellos hasta el río, donde ofreciéndose los unos a los otros muy cumplidamente, para si adelante se ofreciese ocasión de pasar o volver por allí, se apartaron los unos de los otros, el cacique y su gente quedándose en tierra, y el capitán Herrera y sus compañeros prosiguiendo su viaje.

 

Capítulo siete
 

 

En el cual se escribe cómo prosiguiendo su viaje Herrera y los demás españoles el río arriba, con grandes hambres y trabajos, entraron por el río de Meta, padeciendo dobladas miserias. |
 

 

Salidos del puerto y barranca do habían estado surtos, navegaron algunos días en demanda del río de Meta, a quien iban buscando, los cuales fueron de grande aflicción y calamidad para nuestros españoles, porque demás del trabajo que de llevar los bergantines a remos tenían y padecían, les afligía mucho la hambre, porque aunque habían sacado alguna comida del pueblo del principal que tuvieron preso, no fue tanta cantidad que les pudiese turar mucho tiempo, y así procuraban aprovecharse de la pesquería así con anzuelos como con otros artificios que consigo llevaban.

Entre algunas cosas que acerca de las pesquerías les acaecieron, diré aquí dos o tres, por parecerme dinas de notar, a causa de la extrañeza y extremo de los pescados que en este opulento río hay.

Un soldado llamado Navida, extranjero, buen oficial de martillo de yerro, deseando sacar algún pescado como los demás, para ayuda a su sustento, echó un anzuelo al agua y atose el cabo del cordel al brazo, porque no se le sacasen de las manos que no debiera: asilo un pescado o demonio el anzuelo, y tiró con tanto ímpetu que se llevó tras sí el pescador y nunca más lo pudieron ver, y así fue hecho mantenimiento de peces el que pretendía mantenerse de ellos.

Otro soldado, después de esto, llamado Juan de Avellaneda, que en el Nuevo Reino pobló el pueblo que se llamó San Juan de los Llanos, pretendiendo también sacar algunos peces para comer, echó al agua su anzuelo, y no curándose de fijar el cordel en ninguna parte por no imitar al soldado Navida a quien su propio anzuelo lo pescó, fuele tomado el anzuelo de un pez de tanta furia que aunque él hizo lo que pudo con sus fuerzas y llamó en su ayuda otros cinco o seis compañeros, los cuales, todos juntos poniendo todas sus fuerzas de tirar del anzuelo o cordel, jamás lo pudieron sacar, antes se lo llevaba al agua tras sí, los cuales temiendo el suceso del soldado referido, soltaron de todo punto el cordel con harto daño suyo, porque de la fuerza que en tirar ellos el pescado pusieron, quedaron tan lastimadas las manos y rasgadas que por hartos días no se les sanaron las llagas ni aun quitaron las señales. No se pudo ver ni conocer qué género de pescado fuese este de tanta fuerza.

Sacose por otros soldados una manera de pescado extremado por su propiedad nunca visto hasta entonces, pero después se hallaron de estos peces en los ríos que por los llanos de Venezuela atraviesan; y era que así como el soldado lo sacaba del agua, así comenzaba a temblar, casi a perder la fuerza del brazo y de todo el cuerpo, hasta que lo soltaba. Después de puesto en tierra se llegaron muchos soldados a ver aquella extrañeza, y meneándolo en tanto que el pez estaba vivo, ninguno le tocaba o meneaba con alguna cosa que en la mano tuviese, que no le temblase la mano y todo el brazo, de suerte que casi no le quedaba fuerza para tener nada en la mano, mas luégo cesaba todo; y esto, como he dicho, en tanto como está vivo, porque después de muerto no tenía ninguna virtud ni ponzoña, antes lo comieron y lo hallaron de muy buen comer y gusto.

Era este pece de cuero y no de escama, de hechura de una anguila, excepto que la cabeza y cuerpo tenía muy gorda y no tan largo como anguilas, sino algo menor.

Con estos y otros acaecimientos de pescas y muertes de algunos soldados, llegaron a do atraviesa el río una zingla | 36 de peñas que está cerca del río de Meta, donde el comendador Hordás se vio en trabajo de subir y pasar por allí los bergantines, a causa de la gran corriente que las peñas causaban; los cuales no en menos trabajo pusieron esta flota de Jerónimo Ortal o de Herrera su capitán, que habían puesto a los de antes. Finalmente, trabajando todo lo que pudieron, subieron los bergantines. La barca en que llevaban los caballos, por ser mayor y más pesada, no la podían pasar, y estando en esta confusión, que no sabían qué remedio se tener, refrescó la brisa con tanto ímpetu y tan de repente, que lo que se tenía por imposible lo hubieron en un momento efectuado.

Con este viento pasó la barca aquel raudal; que no poco contento y alegría causó a todos, porque les pareció que en haberles sobrevenido tan buen suceso en el subir de la barca, que todas las cosas del descubrimiento o tierra que iban a buscar les sucedería muy prósperamente.

Luégo, pasados del raudal | 37 reconocieron estar cerca de las juntas de los dos ríos, Meta y Uriaparia, que allí se llamaba Urinoco. Este Urinoco se llama Guavyari, como en la jornada de Hordás se dijo más largamente. Por señales muy particulares de algunos soldados de los que antes habían andado por allí, vieron, que les dobló el contento, con el cual disimularon harta parte de la hambre que llevaban, y así llegaron a las juntas, donde se regocijaron muy mucho y dijeron misa y dieron gracias a Dios por haberlos puesto en el río que deseaban; y porque si Jerónimo Ortal viniese por allí con alguna gente, como había prometido, hallase señal y rastro de su viaje y derrota, escribieron ciertas cartas y metiéronlas en un calabazo, y tapándolo con cera, porque no se mojasen, lo pusieron en el brazo de una cruz alta que, en unas grandes peñas que a las juntas de los dos ríos estaban, hicieron.

Por las cartas daban aviso a Jerónimo Ortal del suceso de la jornada y de la derrota que llevaban, y con esto navegando por el río de Meta arriba, se les iban acrecentando y doblando los trabajos donde más descanso pensaban tener.

Era verano y el río traía poca agua, y el viento les era contrario siempre; había falta de comida, y habían de llevar los bergantines a remo, y por allí era la tierra de más mala constelación que la de abajo, con lo cual empezaban a enfermar los soldados y a morirse algunos.

Todas estas circunstancias los traían tan acosados que deseaban, y aun con ánimos flacos y locos había algunos que le pedían a Dios que los sacase de aquellas calamidades y trabajos en que estaban y los pusiese en perpetuo cautiverio y servidumbre de moros, que les parecía que librarían mejor en la sujeción de los infieles que en los presentes trabajos, que con sus propias manos habían tomado; y por pedir o desear lo que no entendían, permitió Dios que luégo viniesen las aguas y creciesen los ríos, con que crecieron sus trabajos, porque esas pocas playas que el río hacía, en que hallaban algún marisco y huevos de icoteas, con que se sustentaban, se cubrieron con el agua, y así les faltó de todo punto el recurso que en aquello tenían para ayudar a pasar las hambres, y aun para llevar por ellas los bergantines a la sirga. Demás de esto, los recios aguaceros que les daban les calaban hasta las carnes, y en estando la ropa por enjugarse dos o tres horas, luégo criaba gusanos y se pudría sin poder ser de provecho.

Ultra de estos trabajos afligía mucho a los soldados la barca grande, por ser tan pesada y cargada, y aun era ocasión de que enfermasen y muriesen, por lo cual repartiendo entre los bergantines lo que la barca llevaba, la dejaron por mandado de su capitán en una isla que el río hacía. Los demás bergantines ya no los podían llevar a remo, y así por las barrancas del río, que todas eran manglares y arcabuco, los llevaban tirando o a la sirga, y si acaso se soltaba o quebraba la soga con que tiraban, en un momento volvían atrás lo que en días habían trabajado.

Después de haber navegado con este excesivo trabajo treinta días por este río de Meta, estando todavía el capitán ostinado en proseguirlo, y viendo que de todo punto le había faltado la comida, paró en una parte que le pareció cómoda para ir a buscar tierra en donde invernar, y porque con la falta de la comida no desmayasen de todo punto los soldados, mató unas puercas que traía para criar y repartiolas entre todos, con lo cual se animaron algo y se determinaron de no pasar de allí por entonces, mas ver y hacer lo que les conviniese.

 

| Capítulo ocho
 

 

En el cual se escribe cómo después de haber invernado los españoles en las riberas de Meta, fue muerto Alonso de Herrera, su capitán, en una guazabara que los indios le dieron. |
 

 

Con la brevedad que se requería, echó el capitán Herrera su gente y caballos en tierra y mandó apercibir y aderezar los más sanos y bien dispuestos, y se partió con ellos en busca de alguna poblazón donde pudiesen remediar parte de sus trabajos con hallar qué comer, que ya no deseaban ni procuraban otra cosa.

Caminando con esta demanda, encontraron cierto número de indios salteadores que atravesaban aquella tierra, los cuales viendo la extrañeza de la gente española, tomaron las armas para ofenderlos y defenderse. Los soldados arremetieron a ellos, y haciéndoles el daño que pudieron, los ahuyentaron, forzándolos a que dejasen lo que robado llevaban.

Tomáronse en el alcance dos indios para claridad o guías de lo que iban buscando, a uno de los cuales se le preguntó por señas dónde había poblazón; dijo que él los llevaría a ella. Trújolos engañados de una parte a otra ocho días, sin llevarlos donde tuviesen ningún descanso, antes se les doblaba el trabajo con andar y no comer. Constriñeron al indio, con alguna corporal pena que le dieron, a que los desengañase y llevase a poblado. Entendiendo el indio la causa de su aflicción, díjoles que por aquella banda no había pueblos ni comida ninguna; que se pasasen de la otra banda del río, donde se proveerían bastantemente de lo necesario. El capitán lo hizo así, que volviéndose al río, embarcándose en los bergantines, se pasó a la parte de la mano derecha del río de Meta con toda su gente, y dejando los que le pareció en guarda de los bergantines, se metió por do el indio los guiaba, que fueron unos muy malos anegadizos, y después de haberlos pasado los trajo algunos días de una parte a otra sin hallar más de un bohío despobado, sin gente ni comida.

Los que en guarda de los bergantines habían quedado, pareciéndoles que su capitán con su indiscreta determinación, antes procuraba acabarlos de matar que remediarlos, estaban determinados de volverse con los barcos el río abajo, lo cual habían dicho a algunos soldados de los que con Herrera iban, dándoles a entender que si algunos días se tardaban, que no los hallarían donde los dejaban, pues no les quedaban qué comer. Esto se lo dijo a Alonso de Herrera, que se andaba tras la guía que llevaba buscando comida; y entendiendo el propósito con que habían quedado los del río, dio con toda presteza la vuelta y los halló casi de cámino para partirse, que otro día después de como llegó habían de navegar el río abajo.

Con su llegada todos se sosegaron, y disimulando el capitán no haber entendido sus desinos, se pasó otra vez de la otra banda del río, y castigando al indio con la pena que por haberlos traído burlados tantos días merecía, lo hizo ahorcar, al cual, por persuasiones que se hicieron, dándole a entender el beneficio que de recibir el sacramento del bautismo en semejante tiempo se le seguía, lo bautizaron pidiéndolo y consintiéndolo el propio indio, y luégo lo ahorcaron, y estando perniando o basqueando, un soldado, con bárbara crueldad, le tiró una jara y se la enclavó por un muslo, y con un inhumano atrevimiento se llegó al indio ahorcado y diciendo "perro, daca mi jara" y se la sacó de donde la tenía hincada; al cual soldado, no muchos días después, en la primer refriega que con indios tuvieron, le fue dado un flechazo por el propio lugar por donde él le había dado el jarazo al indio ahorcado, del cual murió casi rabiando o desesperado; lo cual se tuvo por permisión divina.

El capitán Alonso de Herrera tomó a echar su gente en tierra, y dejando en guarda de los barcos los más amigos y de quien más confianza tenía, tomó consigo a todos los demás, y metiéndose la tierra adentro, después de haber caminado algunos días, llegaron a un crecido arroyo que con dificultad se podía pasar sin hacer puente, y como el trabajo de hacerlo había de cargar sobre todos, los soldados comenzáronse a amotinar secretamente, sin darlo a entender mas de que con un secreto concierto trataron de dar la vuelta y dejar al capitán si no quisiese volverse. Entendió Alonso de Herrera la plática, y trabajando por su persona todo lo que pudo y con el favor de sus amigos, lo más brevemente que pudieron hicieron una flaca puente por do pasaron todos aquel arroyato, y tomando los de la otra banda como en cárcel o corral, Alonso de Herrera hizo echar bando público so pena de la vida ninguno tratase en volverse; y con esto cesó la plática por entonces.

Dende a dos o tres días hallaron cierta poblazón bien proveída de comida, donde se holgaron y regocijaron poco más de dos meses, al cabo de los cuales les fue necesario dividirse para ir a buscar donde estar lo que del invierno quedaba.

Estando divididos por esta causa, que había ido un caudillo con parte de los soldados a buscar poblazón para el efecto dicho, los indios de aquel pueblo, sintiendo y viendo tan buena coyuntura, se juntaron hasta ciento de ellos, bien armados, y viniendo sobre el capitán y los que con él habían quedado, les forzaron a tomar las armas, con los cuales pelearon un buen rato. Los indios flecharon al capitán Alonso de Herrera de cuatro o cinco flechazos, y a otros cinco o seis españoles. Con todo esto fueron desbaratados los indios y muertos la mayor parte de ellos.

Alvaro de Hordás iba a caballo en esta guazabara, y saliendo en seguimiento de ciertos indios que ya iban de huida, se fue a buscar la demás gente que el propio día de madrugada había salido de aquel sitio donde les dieron la guazabara. Alcanzólos apartados buen rato, y no dando cuenta del daño que sus compañeros habían recibido más que de la guazabara que habían tenido, los hizo volver a donde vieron y reconocieron su total perdición por las peligrosas heridas de su capitán, el cual después de haber recibido los santos sacramentos, murió dende a siete días que le flecharon, dejando encargada la gente a Alvaro de Hordás; y asimismo murieron todos demás que en la guazabara fueron flechados, excepto Alvaro de Hordás, que aunque lo flecharon debió de ser con flechas sin yerba, y así no murió.

Sintieron mucho los soldados la muerte de su capitán, por haberlos tratado siempre afable y comedidamente y estar muy bien quisto de todos, y aunque por verse quitados de tan insufribles trabajos deseaban apartarse de él, quisieran que este apartamiento fuera por otro modo y no por éste, que tanto dolor y lástima les causó.

36  Palabra que no tiene significado.
37  Por "pasado el raudal".

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