LIBRO
QUINTO
|En el libro quinto se hace mención de cómo, llegado a España
el navío en que murió don Diego de Ordás, Jerónimo Ortal, que en él
iba, pidió la gobernación de Paria; fuele dada por el Consejo de
Indias; vínose a ella con la gente que pudo hacer, y dejó al
capitán Alderete haciendo más gente en Sevilla. Llegado Jerónimo
Ortal a Paria, halló en la fortaleza a Alonso de Herrera con unos
pocos compañeros hambrientos y amedrentados. Ordenó luégo la
navegación del río de Paria, tomando por blanco de su empresa la
noticia de Meta. Nombró por su capitán general a Alonso de Herrera;
detúvose cierto tiempo en Paria, haciendo bergantines para la
navegación del río. Al tiempo de la partida vino la nueva que el
capitán Alderete había llegado con cierta gente a la isla de
Cubagua; encargó el proseguir la jornada a Alonso de Herrera, y él
fuese a Cubagua a verse con Alderete, con propósito de ir luego en
seguimiento de Alonso de Herrera y de la demás gente que con él
quedaban, los cuales se partieron de Paria y entraron por el río de
Uriaparia, navegaran hasta las juntas del Meta y Urinoco, y
siguiendo el río de Meta arriba, habiendo navegado algunos días por
él, murió el capitán Herrera de ciertos flechazos. Quedó por
capitán de la gente Alvaro de Ordás, y viéndose todos tan
trabajados y sin capitán, dieron la vuelta el río abajo, en tiempo
que Jerónimo Ortal, su gobernador, estaba en la isla de la Trinidad
casi de camino para ir en su seguimiento, y viniéronse a Cubagua.
Sabido por Jerónimo Ortal la perdición de su gente, desesperado de
salir con su empresa se pasó a Tierra Firme, donde emprendió nuevas
cosas, como en el libro sexto de dirá.
|
Capítulo primero
Cómo Jerónimo
Ortal pidió la gobernación de Paria en España, y se le dio, e hizo
y juntó gente, y se vino con ella derecho a la fortaleza de Paria,
donde estaba Alonso de Herrera.
|
Según atrás se dijo, al tiempo que el gobernador don Diego de
Hordás se embarcó para España en Santo Domingo, se embarcó con él
Jerónimo Ortal, muy grande amigo suyo, y que en su propia compañía
había venido de España y le había seguido y acompañado en los
trabajos y jornadas ya contadas.
Era este Jerónimo Ortal, valenciano, tenido por caballero y de
buena parte, y que no le faltaba favor ni aun dineros, según
algunos afirman; el cual viendo el suceso de la muerte de su
gobernador don Diego de Hordás, propuso de procurar y haber la
gobernación, con intento de volver a Paria y conseguir el
descubrimiento de las ricas noticias que en el río de Uriaparia le
habían dado a Hordás, de todo lo cual él había sido testigo; y
parecíale que como hombre que ya había andado y navegado el río y
tenía mucha noticia y experiencia de las cosas de él, que no podía
errarse, sino que con poco trabajo sacaría a luz lo que con mucho
no había podido haber su gobernador; y con este presupuesto llegó a
España, donde por ser, como se ha dicho, caballero y persona
favorecida y emparentada, y que llevaba relación y noticia de las
cosas de Paria, fácilmente alcanzó del emperador don Carlos, rey y
señor nuestro, la gobernación como la pretendía, donde después de
habidas las cédulas o provisiones de la merced, se verían derramar
famas de innumerables riquezas, de prósperas y pobladísimas tierras
de apacibles temples, de agradables aires, finalmente la pintaba a
todos y a cada uno conforme a como la quería imaginar, usando del
remedio engañoso con que otros muchos han hecho a innumerables
gentes dejar su natural y haciendas y patrimonios y medianas
pasedías y llevándolos al matadero o carnecerías, donde de mill y
más españoles acontecía no quedar ni escapar ninguno.
Con este título de gobernador y alguna largueza de que usó y
promesas que hizo, juntó en el Andalucía ciento y sesenta hombres,
con los cuales se embarcó en dos navíos, y dejando en Sevilla un
capitán suyo, llamado Alderete, para que haciendo la gente que
pudiese lo siguiese, se partió para las Indias, tocando, como
siempre se ha usado, en las islas de Canaria; y sin sucederle en el
camino cosa notable vino derecho a embocar por la boca del
Drago.
Antes que de aquí pasemos quiero decir que en el llamar a esta
entrada del golfo de Paria boca de Drago, hay variación, porque
unos llaman boca de Drago a la salida del golfo de Paria, hacia
Cubagua, y otros la llaman a esta entrada boca de Drago, e yo en
esto he seguido e sigo a Gomara, que tratando del tercero viaje que
Colón hizo a las Indias, dice que entró por esta angostura que la
isla de la Trenidad hace con Tierra Firme de Paria, de que arriba
he tratado, y que por la mucha corriente de la mar y angostura de
tierra en la cual pensó perderse, la llamó boca de Drago, donde
claro parece no ser este nombre de la salida del golfo.
Embocando, como dije, Jerónimo Ortal por esta boca de Drago,
después de haber dado vista a la gente de la Trenidad, se vino
derecho al puerto y fortaleza de Paria, donde halló Alonso de
Herrera en la tribulación y aflición que tengo dicho, con solos
veinte compañeros, con cuya llegada se holgaron y alegraron tanto
la gente de la fortaleza cuanto era razón que se regocijasen los
que de cautivos se veían libres. El mismo contento recibió Jerónimo
Ortal en hallarlos allí, por tener de ellos claridad de las cosas
de la tierra; porque aunque él sabía hallado en aquella provincia
con don Diego de Hordás y tenía noticia de lo más de ella,
parecíanle que los que allí habían residido tanto tiempo sabrían
mucho más. Sintió grandemente Jerónimo Ortal las diferencias y
alteraciones que habían tenido entre sí Alonso de Herrera y Antonio
Sedeño, gobernador de la Trenidad, y mostró pesarle de no haber
llegado a tiempo que los hallara revueltos para vengar y satisfacer
a sus compañeros de las injurias y agravios que Sedeño y los suyos
les habían hecho; y para no perder tiempo, luégo comunicó con
Alonso de Herrera la orden que debían tener en hacer su jornada y
descubrimiento, los cuales acordaron que se hiciese por el río de
Paria arriba, no siguiendo la derrota que don Diego de Hordás había
llevado sino la del río de Meta, cuyo apellido y nombre tenía la
noticia que les habían dado, lo cual era imposible descubrir ellos
por aquella vía, porque según después acá se ha visto, esta noticia
Meta era, el Nuevo Reino de Granada, que después, por vía de Santa
Marta y río grande de la Magdalena descubrió la gente del
adelantado de Canaria. Y porque del Nuevo Reino nacía el río que
entraba en Paria, por donde se determinaba subir Jerónimo Ortal, se
llama este lo de Meta, no porque pudiesen saber la mucha distancia
y trabajoso camino que era, más de que, como en el Nuevo Reino
había mucho oro y se hacían muchas y muy buenas mantas de algodón y
mucha sal, el contrato de esto corría a partes muy remotas y
apartadas y de unos en otros pasaba la noticia y nombradía de que
las mantas, oro y sal lo tenía esta gente de Meta, por cuya causa
no fue mucho llegar a la costa de Paría, porque también de Coro,
pueblo de la gobernación de Venezuela, salieron algunos capitanes
en demanda de esta noticia de Meta, que tan esparcida andaba entre
las más lejas poblazones.
Por los respetos ya dichos, como en otra parte de esta Historia
se verá, tratando entre los dos el conseguir y efectuar su jornada
por los ríos de Paria y Meta, luégo dieron orden en hacer
bergantines para la navegación del río, los cuales luégo se
pusieron por obra. Para que con más calor se efectuase la obra de
los bergantines y se aderezasen las cosas necesarias a su jornada y
viaje, hizo su teniente y capitán general Alonso de Herrera, que
demás de ser hombre ya baquiano y experimentado en las cosas de la
guerra de Indias, era de buen linaje y de noble condición y que
todos le respetaban y amaban por su afabilidad.
Entre las otras cosas que a Jerónimo Ortal le dijeron los que en
la fortaleza estaban, fue que Antonio Sedeño había dejado en la
Trenidad tres caballos y otras muchas cosas de España en poder del
principal y cacique llamado Chacomar, que siempre había conservado
el amistad con los cristianos. Aunque no tenía certidumbre de si
estarían vivos los caballos, por la falta y necesidad que de ellos
tenía, envió ciertos soldados y un español llamado Nieto, que
entendía la lengua de aquella gente, en un navío de los que él
había traído, para que les trujesen los caballos. Fue esta gente a
la Trenidad y el intérprete habló al cacique diciendo que allí
había venido un hermano de Antonio Sedeño que enviaba por los
caballos y por otras cosas que allí tenía. El cacique estuvo
reacio, pareciéndole que no era cosa acertada dar lo que tenía en
depósito a quien no se lo había entregado, y al fin, con la
importunación de los que se lo iban a pedir, se lo dio, diciéndole
al intérprete: mira, Nieto, no querría que me mintieses y que ese
gobernador que dices que te envía por los caballos no fuese hermano
de Sedeño; mas al fin vosotros sois cristianos y no me
mentiréis.
Vueltos los soldados con los caballos en su navío, se holgó
mucho de verlos, porque se los traían gordos y bien tratados, y los
que él tenía no estaban tales. También le envió el cacique Chacomar
con los caballos, de presente a Jerónimo Ortal, algunas cosas de
comer, con que se holgaron todos, porque según creo no les debía de
sobrar comida, por estar la gente y pueblos comarcanos a la
fortaleza faltos de ella a causa de haber sustentado tanto tiempo
toda la gente que allí había estado y por otras calamidades que
habían sucedido en los naturales de aquella comarca, como atrás
queda dicho.
|
Capítulo segundo
Cómo Jerónimo
Ortal se pasó a Cubagua a juntar la gente que con el capitán
Alderete había llegado aquella isla, y Alonso de Herrera con la
gente subió el río arriba y se alojó a invernar y hacer una barca
en la provincia de Carao.
|
Ya que los bergantines se iban acabando de hacer, le vino nueva
a Jerónimo Ortal cómo Alderete, su capitán, había llegado a la isla
de Cubagua con ciento y cincuenta hombres y otros aderezos y
municiones para la jornada. De esta nueva recibió muy gran contento
Jerónimo Ortal y todos los que con él estaban, y luégo se determinó
que Alonso de Herrera con toda la gente que allí tenía, diese
principio a la jornada y comenzase a subir el río arriba, y él irse
a Cubagua a verse con Alderete y recoger los soldados que traía y
procurar juntar más para ir en seguimiento de Alonso de Herrera
dentro de seis meses, alcanzarlo e irse juntos, porque Alonso de
Herrera se había de ir poco a poco y entreteniendo por el río
arriba.
Determinado y acordado esto, se acabaron de todo punto los
bergantines, y Jerónimo Ortal dio todo poder Alonso de Herrera para
regir y gobernar el armada y gente de más del que él se tenía de
teniente general, y nombró por alguacil mayor a Alvaro de Hordás,
sobrino de don Diego de Hordás, a quien Sedeño quiso cortar la
cabeza, como en otra parte se dijo, y se partió la vuelta de
Cubagua al efeto dicho.
Alonso de Herrera hizo luégo aprestar y embarcar su gente, y
dejando en la fortaleza de Paría veinte hombres de los más
inhabilitados para trabajar, que estuviesen allí como guardas de
ella, se partió con los bergantines que había hecho y uno de los
navíos que Ortal había traído, el cual no menos trabajo causó a sus
soldados que la nao que Hordás había metido el río arriba, el cual
era tan dificultoso de llevar que ni con los barcos a remo ni con
las velas lo podían hacer navegar, y tomaron, por último remedio,
que una áncora que el navío traía la echaban atada a un cable, el
río arriba todo lo que el cable alcanzaba, y luégo tiraban con el
cabrestante, y de esta suerte llevaron el navío hasta el pueblo de
Uriaparia, en la cual distancia se tardaron harto tiempo con tan
excesivo trabajo cuanto de semejante manera de navegar se puede
imaginar que se padecería. Demás de lo cual les faltó la comida,
como a los demás que con Hordás habían por allí navegado, y aunque
en esta jornada iban muchos de los que con Hordás habían padecido
los trabajos que arriba se han contado ni en cabeza ajena ni en las
suyas propias no habían escarmentado; pues remedio de hacer candela
en qué aderezar eso poco que tenían de comer, no le hallaron en
muchos días por estar toda la tierra anegada, que entraba entonces
el invierno. Mas de cuando topaban algunos troncones o raigones de
árboles, que los había por allí muy grandes, juntábanse a ellos y
encima hacían candela y aderezaban lo que había que aderezar para
comer.
Llegados con tanta calamidad y trabajos al pueblo de Paria donde
había estado Hordás, halláronle despoblado de poco tiempo y sin
ninguna comida, a causa de que ciertos indios caribes salteadores,
que por allí cerca vivían, habían dado sobre la gente y naturales
del pueblo, y habían preso y muerto muchos de ellos, se los habían
comido, y los demás que pudieren escapar, por no venir a manos de
tan crueles enemigos, se pasaron a vivir a otra parte. De más de
pretender proveerse de comida en este pueblo de Paria, llevaba
intención el capitán Herrera de si hubiese o hallase en él tanta
abundancia de comida como cuando en él entró Hordás, invernar allí,
por no navegar en tiempo de agua, y por entretenerse hasta ver si
durante el invierno venía su gobernador Ortal; y después que vio el
mal aderezo que allí había, pasose de la otra banda del no, a la
provincia de Carao, donde asímismo antes había estado con Hordás, y
saltando en tierra dejó un capitán con algunos soldados en guarda
de los bergantines, y él, con todos los demás soldados, se entró la
tierra adentro en demanda del pueblo o poblazón de Carao, que
estaba apartada del río dos leguas, y halláronlo sin gente, aunque
bien proveído de labranzas de yuca, y maíz muy poco, porque en
aquella provincia más se dan los naturales por la yuca que por el
maíz. Los naturales se habían puesto en cobro por el temor que
tenían a españoles, por el daño que Hordás les había hecho al
tiempo de su partida. Con tan buen recurso y provisión de comida
como en este pueblo halló, Alonso de Herrera acordó invernar en él
por las causas dichas; y porque en los bergantines que tenía hechos
no cabía bien toda la gente, ni aun se podían llevar en ellos los
caballos, acordó de hacer allí una barca grande, llana, a manera de
las cordobesas que andan por el río Guadalquevi, y así luégo mandó
comenzar a serrar madera y poner las manos en la obra.
La gente estaba dividida en dos partes, porque los unos
habitaban en el pueblo de Carao con el capitán Herrera, guardando y
haciendo y ajuntando la comida, los otros resedían en los barcos,
guardándolos y continuando la obra de la barca que tenían entre
manos, mas cada día iban los unos a donde estaban los otros; los
que resedían en el pueblo llevaban del casabe que hacían a los del
río, y los del río enviaban a los del pueblo pescado y tortugas y
otras chucherías que del río sacaban; y porque el camino por donde
se trataban les pareció algo largo para andarlo tan de ordinario,
abrió el capitán otro por una montaña y sierra que entre medias de
los dos alojamientos estaba, la cual, aunque era áspera, no dejaba
de atajarse por ella parte del camino.
Capítulo tercero
En el cual se
escribe cómo algunos principales vinieron de paz al alojamiento de
Herrera, y cómo por traición intentaron pegar fuego a los bohíos
donde los españoles estaban alojados, y cómo fue descubierto y
remediado.
|
En este tiempo dos o tres señores o principales de aquella
provincia vinieron, como suelen decir, de paz, aunque su principal
intento fue ver y conocer la gente española que allí había, para si
fuesen parte echarlos de su tierra. Alonso de Herrera los recibió
amigablemente y les dio a entender que su venida ni estaba allí no
era para damnificarles ni hacerles mal ninguno, mas de esperar a
que pasase el invierno y proveerse de alguna comida o matalotaje
para su viaje, después de lo cual se irían. Los indios mostraron
holgarse de la compañía de los españoles, aunque en lo interior no
debían de tener ningún contento, pues los veían señoreados en su
tierra, casas y labranzas, y así se ofrecieron, aunque
fingidamente, de guardar y conservar el amistad y paz con loe
españoles. Herrera les dijo que para que con más brevedad él y sus
compañeros se fuesen de su tierra y pueblos, que ellos y sus
súditos les ayudasen a hacer casabe para su matalotaje, y que
teniendo la provisión de lo que para su viaje y jornada habían
menester, que aunque no fuese bien salido el invierno se irían el
río arriba. Los indios respondieron que les placía de hacer lo que
se les rogaba, y así lo pusieron luégo por la obra. El capitán
Alonso Herrera mandó, so graves penas, que no se les hiciese ningún
daño a los caciques ni a sus sujetos, y para que más a recaudo
estuviese la comida que se hacía, hizo desembarazar un bohío o casa
de indios que cerca donde posaba estaba, y allí hacía poner o
juntar todo el casabe que sus soldados, con sus propias manos,
hacían, y el que los indios traían, no descuidándose en el mirar
por si y vivir más recatadamente que hasta allí, porque debajo de
la fingida paz que le habían dado no le hiciesen alguna traición
donde todos pereciesen; y viendo Cuán buena maña se daban a hacer
este género de vitualla y que presto ternían lo necesario de ello,
mandó a la gente que en el río resedían que guardasen los
bergantines, y en la obra de la barca que pusiesen en orden todos
los aderezos de fragua que llevaban y labrasen las herramientas y
clavazones que para ajuntar y acabar la barca eran necesarios; y
con estas maneras de gastar el tiempo casi todos andaban ocupados y
aun trabajados, porque los mismos soldados cortaban la madera para
el barco y la traían al astillero y la labraban, hacían el carbón
para la fragua y lo cargaban, majaban y martillaban, y iban por la
yuca a las labranzas, arrancábanla y traíanla a cuestas a su real,
y por sus propias manos la rallaban, exprimían y aderezaban para
hacer el casabe.
El mismo trabajo tenían en proveerse de agua y leña, y con estar
ocupados en todos estos trabajos, no eran tan moderados que no
hacían algunos desabrimientos a los indios de la tierra que de paz
tenían y les servían, por donde deseasen echar los españoles de su
tierra, los cuales, para no ser sentidos de lo que deseaban hacer,
y porque para echarlos por fuerza de armas, ellos no eran parte ni
hallaban ningún descuido en los soldados, enviaron ciertas noches
un indio de los más valientes y osado que entre ellos había a que
con una flecha de fuego tirada con un arco, pegase fuego al bohío
donde los españoles juntaban el casabe, para que pegádose el fuego
en aquel bohío, se les quemase el matalotaje y las demás casas que
allí cerca estaban, y si la ocasión fuese tal cual ellos deseaban,
acudir con sus armas a dar en los españoles, y si no, con aquel
daño serían compelidos a irse a otra parte.
Esta invención no la hizo el indio a quien se cometió tan
yncubiertamente que no fuese visto por las velas que velaban,
porque al tiempo que el indio tiraba la flecha con el fuego desde
lejos, iba centellando, y acudiendo al bohío donde cayó o se hinco,
viose claramente la traición, de lo cual se enojó tanto el capitán
Herrera que determinó de vengarse muy a su salvo, enviando toda la
más de la gente que allí tenía a los pueblos donde los indios
estaban descuidados por pensar que no habían sido sentidos, para
que, so color de ir a coger yuca para hacer casabe como otras veces
lo habían hecho, prendiesen a todos cuantos en los pueblos
hallasen; y para más descuidarlos hizo que no llevasen armas
ningunas, lo cual pudiera causarle al capitán más daño del que
pensaba hacer a los indios si fueran redomados o guerreros.
Los soldados lo hicieron como su capitán les mandó, y prendiendo
toda cuanta gente hallaron en el pueblo, así varones como mujeres,
los llevaron a todos donde Alonso de Herrera había quedado con
otros pocos de soldados, el cual, a los indios que le pareció que
eran para guerrear y que si se soltaban le podrían damnificar,
púsolos en prisiones de hierro, de suerte que no se podían ir, y a
los demás ató con sogas por el pescuezo, como se acostumbraba hacer
en semejantes hechos. La gente que en esta injusta y cautelosa
presa se tomó, pasaron de trescientas personas, entre los cuales
había un indio extranjero, natural de Aruaco, aunque muy amigo de
éstos y casado allí, de grandísima disposición y fuerzas y muy
gentil presencia, el cual, al tiempo de la toma, cupo en suerte a
un valenciano no de menor disposición y fuerzas que el indio, para
que lo atase o amarrase como a los demás hacían. El indio se
aprovechaba tan bien de sus fuerzas que aunque después llegaron al
efeto otros españoles no lo pudieron sujetar hasta que con un
machete que uno de los soldados llevaba, le dieron dos o tres
golpes en la cabeza, con que le aturdieron, y así, casi sin
sentido, lo aprisionaron como pretendían.
Este indio, traído al real descalabrado, y viéndolo Herrera
reprehendió ásperamente a los que lo habían hecho y lo hizo soltar
para que se fuese o hiciese lo que quisiese, procurando primero
curarlo de los golpes que en la cabeza tenía. El indio no consintió
que los españoles le curasen, no fiándose de la cura que le podía
hacer quien le había descalabrado; mas después de haberse estado
allí algunos días, se fue al pueblo y a su modo se curó, de suerte
que sanó en más breve tiempo que pudiera sanar si los españoles le
curasen. Y aunque sano y en su libertad se vio, nunca dejó de venir
a ver a sus compañeros y amigos que presos estaban, trayéndoles
algunas cosas para su sustento; y con esta libertad que tenía, lo
más del tiempo entendía en espiar y mirar el modo que los españoles
tenían en velarse y guardarse y tratarse de la una ranchería a la
otra, para que juntando alguna gente intentar de soltar a sus
compañeros.
|
Capítulo cuarto
Cómo el indio
Aruaco juntó gente y se puso en emboscada para con ella librar a
sus compañeros, y lo que le sucedió y se hizo de los demás indios
presos.
|
Aunque no es cosa usada mezclar los hechos de los indios (que
voy) con los trabajos que voy narrando de los españoles,
sumariamente diré lo que el indio descalabrado, de quien de suso
hice mención, ordenó e hizo por libertar y sacar de prisión a sus
compañeros y por ventura a su mujer, que con los demás presos debía
de estar.
Este Aruaco, andando con esta ansia de libertad a sus amigos,
juntó entre todos los demás que por allí andaban libres y de las
joyas que los cautivos tenían escondidos, cierta cantidad de oro,
que ellos llamaban una haua, que era un cestillo pequeño, que no
dejarían de caber en él más de mil pesos, y fuese a la provincia de
Guayana, que está pocas jornadas de allí, que era gente con quien
los presos, en tiempo de su libertad, tenían contrato y
conversación, y habló con el señor y principal de aquella
provincia, y haciéndole saber el infortunio y prisión de sus
compañeros, y rogándole que le favoreciese para libertarios, pues
todos eran amigos, y para que la gente fuese de mejor gana le
llevaba aquel poco de oro que había podido juntar de lo que les
quedó, que los cristianos lo tomaron, para ayuda a los gastos que
en el socorro se había de hacer.
El principal recibió el presente, sin hacerse mucho de rogar, y
luégo convocó y juntó su gente de guerra, que serían hasta dos mil
gandules, y mandándoles tomar las armas, les dijo el efecto para
que los había llamado, haciéndoles que allí, en su presencia,
hiciesen los acometimientos y orden con que habían de pelear, los
cuales lo hicieron con mucha grita y regocijo, como gente que
peleaban con sus propias sombras; y después de conclusa la
representación bebieron y bailaron y cantaron conforme a la
costumbre que en esto generalmente hay en todo lo demás de las
Indias, que cuando han de ir a pelear se emborrachan y hacen
grandes bailes y cantos, y los envió con Aruaco, diciéndoles que
fuesen con él y lo obedeciesen como a su capitán general.
El indio Aruaco se vino con su gente de guerra y se emboscó en
una montaña por do atravesaba el camino que los españoles llevaban
o seguían desde su real a los bergantines y río, para que al tiempo
que por allí pasasen con las piezas e indios que presos tenían,
cargados de la comida, dar sobre ellos y matar los españoles que en
su guarda fuesen y soltar los indios y dar luégo en la demás gente
y acabarla, lo cual hicieran fácilmente con esta orden que habían
inventado si Dios todopoderoso, por su misericordia, no permitiera
que fueran descubiertos de esta manera; según la orden que el
capitán había dado en su campo, había velas y rondas de a caballo,
y al que le cabía rondar el cuarto del alba estaba obligado a
correr, después de amanecido, distancia de un tiro de arcabuz
alrededor del sitio; y habiendo salido un Morán a cumplir con su
obligación, por haberle cabido aquella noche la ronda, llevaba unos
perros consigo, los cuales sintiendo el olor de los indios que
estaban en la emboscada, fueron hacia el arcabuco, y sin osar
entrar dentro, comenzaron a ladrar. El amo se fue llegando a ver lo
que era, y ahotando los perros entraron en el arcabuco y
descubriose la celada. Los indios, viendo que eran sentidos,
salieron tras del Morán, y tirándole muchas flechas le constriñeron
a que se retirase a donde la demás gente estaba aderezando de
partirse con todos los indios presos cargados de casabe para ir a
los bergantines y río, y habiendo de pasar por la emboscada de los
indios; y se hubieran ya partido si no se lo estorbara el capitán,
que había oído el ruido de los perros, y aunque enteramente no
sabían ni pensaban lo que era, no consintió que saliesen hasta que
el que rondaba hubiese vuelto, el cual llegó, como se ha dicho,
retrayéndose de los indios y dando alarma, con lo cual luégo, con
la brevedad que el caso requería, se armaron todos, así de a pie
como de a caballo, y después de habérseles bien acercado los
indios, dieron en ellos hiriendo y alanceando los ahuyentaron con
harta pérdida de muchos de ellos que mataron en el alcance.
Solos dos españoles hirieron los indios, y el uno fue el
capitán, que habiendo dado a un indio una lanzada por una teta, que
lo pasó de a parte a parte, el indio disparó la flecha y le pasó el
sayo de armas y lo hirió. Recogida la gente, de los heridos no
peligró ninguno más de causarles gran dolor en todo el cuerpo las
heridas, a causa de estar las flechas untadas con ají caribe.
Habida esta victoria, luégo determinó el capitán de no detenerse
allí más tiempo; y haciendo llevar toda la comida que tenía a los
bergantines, él se recogió al río con toda la gente e indios que
tenía presos, a los cuales, en pago de su hospedaje, los embarcó en
el navío, para que con cierta cantidad de oro que por allí había
recogido, los llevasen a Jerónimo Ortal a Cubagua para ayuda a
rehacerse de más gente. Los indios, viéndose en el navío debajo de
cubierta y que los querían llevar fuera de su natural, acordaron
probar fortuna y ver si se podrían soltar, y una noche, a media
noche, alzaron la puerta del escutillón y con el mayor silencio que
pudieron se comenzaron a salir uno a uno y echarse al agua, y
nadando se iban hacia la tierra, y se ponían en salvo. El que hacía
de guardia y vela a este tiempo estaba durmiendo, y cuando acudió o
sintió que los indios se le salían eran ya huidos la mayor parte de
ellos, y tapando de nuevo la boca del escotillón llamó a sus
compañeros y dio noticia de lo sucedido; lo cual sabido por Alonso
de Herrera recibió harto enojo por la poca gente que le había
quedado, y porque no se le fuese la que restaba mandó luégo partir
el navío, con cinco o seis españoles que con pena mandó que fuesen
en él, porque tenían todos tan buena esperanza del suceso de su
jornada que no querían volverse atrás por hallarse presentes al
entrar de la tierra y gozar de las riquezas que ellos mismos se
prometían.
El piloto de la carabela, al tiempo de su partida, manifestó al
capitán que entre ciertos levantiscos que en su campo estaban, se
usaba el pecado de sodomía, que los castigase. Alonso de Herrera
recibió su declaración sobre ello del piloto y lo envió luégo y
procuró averiguar los que habían usado y usaban aquel nefando
pecado: confesaron cinco hombres, que dijeron ser italianos, entre
los cuales había uno llamado Joan María, natural de Florencia. Este
prometía de dar al capitán gran suma de dineros porque lo soltase y
no lo quemase; los demás, sus compañeros de éste, afirmaban que
podía dar lo que prometía y mucho más, por suceder, como sucedía,
en la hacienda de un tío suyo muy rico que no tenía otro heredero
sino a él; mas el capitán no se curó de ello, queriendo más
castigar aquel delito con la merecida pena que llevar en su
compañía quién lo inficionase y fuese para mas indinación y castigo
suyo y de su gente, y así los quemó a todos.
|
Capítulo quinto
Cómo Alonso
Herrera y los españoles que con él estaban, salieron de la
provincia de Carao y comenzaron su navegación y jornada el río
arriba, y lo que les sucedió con ciertos caribes que en el camino
toparon.
|
Era por prencipio del año de treinta y cinco cuando de todo
punto Alonso de Herrera acabó de aderezarse para navegar el río
arriba en demanda de su noticia de Meta. Embarcada toda la gente y
bastimentos, así en los bergantines que de Paría habían sacado como
en la barca que en esta provincia hizo, comenzó a navegar con un
género de tormenta que, con la marea y brisa que de la mar venía,
le sobrevino y alcanzó de tal suerte que estuvieron en riesgo de
perderse en el río, porque con las muchas olas que el viento y la
creciente de la marea levantaban, se les henchían los bergantines
de agua, tanto que con dificultad y gran trabajo la agotaban.
Algunos no tuvieron este pronóstico por bien de su jornada, porque
también al tiempo que salieron de la fortaleza, en el golfo de
Paria, les tomó otra tormenta donde pensaron perecer.
A bonanza del río sin pérdida alguna su viaje prosiguieron con
algún descanso, por ayudarles mucho el viento y navegar los
bergantines a vela y sin necesidad de remos. Toparon otro día de
como salieron del Carao, dos piraguas de indios caribes que venían
de saltear de los pueblos comarcanos al río arriba. Fueron ciertos
soldados en una canoa de perlas a tomar las piraguas. Los indios,
desque los vieron cerca, arrojáronse al agua y dejaron las piraguas
con lo que en ellas traían, que era cantidad de cuartos de indios
frescos y asados en barbacoa de los pueblos que habían arruinado el
río arriba. El capitán tomó de las piraguas lo que le pudo
aprovechar y lo demás echó al río y mandó quebrar las piraguas.
Prosiguió el armada su viaje, e ya que era tarde y que quería
anochecer, vieron cantidad de candelas el río arriba, de indios que
estaban ranchados. Cudiciáronse los soldados a ir a ellas, por ver
lo que fuese, y si en ellas hubiese de qué se aprovechar. El
capitán se lo estorbaba diciendo que las lumbres que se veían eran
de caribes, compañeros de los demás cuyas canoas habían tomado
aquel día, con los cuales no podían ganar nada, sino aventurar a
que le hiriesen algún hombre o caballo y muriese rabiando. Los
soldados todavía persuadían a su capitán a ir a ver lo que en las
candelas había, por lo cual, después de rancheados en tierra a la
parte de donde las lumbres parecían, y pasado buen rato de la
noche, Alonso de Herrera tomó consigo veinte hombres con sus
espadas y rodelas y se fue derecho a donde las lumbres estaban, y
acercándose a ellas todo lo que pudo, conoció ser indios caribes,
de los cuales algunos dormían y otros andaban asando cuartos de
indios de los que habían tornado, y otros hacían barbacoas para
asar sus partes; y considerando el capitán bien la gente que había
y el sitio y alojamiento donde estaban, se volvió a sus bergantines
sin ser sentido; y para que el brío y voluntad que los soldados
tenían de dar en aquellos inhumanos indios y desbaratarlos se
cumpliese, echó en tierra dos caballos y envió con ellos treinta
hombres que antes que amaneciese tuviesen tomada las espaldas a la
parte de tierra a los indios, para que llegándose con los
bergantines por el río, los cogiesen en medio y diesen en ellos a
su voluntad.
Amanecido, el capitán se partió el río arriba en sus
bergantines, y no pudieron llegar tan en breve que ya los indios no
habían sentido a los que por tierra habían ido a tomarles las
espaldas, con los cuales se comenzaron a revolver por las armas y
ofenderse los unos a los otros. Los indios eran tan diestros en su
género de pelear y de tan buen ánimo que tuvieron por pundonor no
volver las espaldas a sus contrarios, y así se trabó entre ellos
una bien reñida guazabara, la cual tuvo hasta que la gente de los
bergantines saltó en tierra con su capitán, y después de juntos
todos los españoles peleaban los indios con más ánimo que de antes,
pareciéndoles que si no era venciendo o matando los cristianos no
tenían otro remedio para escapar las vidas. En el conflicto de esta
guazabara dieron a un soldado llamado Juan Fuerte, que reside ahora
en el Nuevo Reino, cinco flechazos, y pareciéndoles a los indios
que con tantas heridas le tenían muerto, corriendo arremetieron a
él para llevárselo vivo, y él se dio tan buena maña que de más de
quince indios que lo tenían asido se soltó y salvó, por ser hombre
de grandes fuerzas. El suceso de esta guazabara fue que los indios
murieron todos en ella, que no escapó ninguno, excepto dos, que el
uno de ellos reservaron para que les guiase algunas poblazones de
aquel río, y el otro ciertas heridas, se echó al río, donde a vista
de todos le recogió un caimán y lo metió debajo del agua. De la
parte de los cristianos quedaron heridos seis hombres y un caballo,
de los cuales murieron los tres.
Conclusa esta guazabara, los españoles se esparcieron por la
campiña, así por se recrear en ver tantos cuerpos muertos por sus
manos, como por buscar si hallarían algún oro y otras cosas de que
se aprovechar, y viendo la carnicería de indios que aquellos
caribes tenían allí para su sustento. En el propio sitio donde los
indios caribes estaban rancheados, había ciertos árboles en los
cuales hubieron estar cinco indios de los que aquellos caribes
habían traído vivos hasta allí, y los tenían atados en lo alto de
estos árboles para cuando hubiesen comido los que ya tenian
muertos, matar éstos, los cuales, como fuesen vistos por algunos
soldados, creyendo estar sueltos, comenzáronlos a llamar y hacer
señas para que se defendiesen, y como viesen que no bajaban,
subieron arriba y halláronlos de la forma dicha, y soltándolos
lleváronlos a su capitán, el cual halló que uno de ellos era hijo
de un principal o señor de cierto pueblo que estaba el río arriba,
cerca del paso de Calaitu, el cual contó al capitán, por un
intérprete, la forma que aquellos caribes habían tenido en
prenderle y cautivarlo a él y a otros muchos indios e indias,
estando sus padres fuera del pueblo, y prometiendo al capitán que
si lo llevaba a donde su padre estaba que les haría hacer mucha
cortesía y proveer de lo necesario para el viaje.
En esta ranchería de estos caribes se detuvo esta armada cuatro
días, así por tener en ella qué comer del despojo que los caribes
traían robado, como por tener necesidad de aderezar el timón de la
barca grande, que no podía navegar.
Venían estos indios caribes muy proveídos de hamacas de tela, de
las cuales se tomaron muchas, y de gran cantidad de flechería de
todas suertes para guerra y para caza y para pesquería. La
flechería de la guerra traían muy a recaudo y de suerte que no se
les mojase, y las demás no tan guardadas.