INDICE




| Capítulo veinte y cuatro
 

 

Cómo los soldados que estaban en la isla de la Trinidad con Sedeño se amotinaron y lo prendieron y se fueron con él a Paria, donde Alonso de Herrera lo echó en prisión, y cómo después los propios soldados, amotinándose contra Herrera, soltaron a Sedeño y se fueron con él a Cubagua. |
 

 

Los soldados que presos estaban, viendo que Morán, a quien habían encargado que hablase a Sedeño, gobernador, no les volvía con respuesta alguna, coligieron que no habría querido condescender con su ruego, y así acordaron tomar su libertad con sus propias manos, porque algunos de los que estaban presos habían ya hablado y tratado con amigos suyos que andaban sueltos, para que les ayudasen a soltarse si el gobernador de su voluntad no lo quisiese hacer; y a mediodía en punto que todos los más estaban comiendo o reposando, los presos, ayudándose los unos a los otros, se soltaron, y tomando algunas armas de las que Sedeño tenía en depósito recogidas, salieron por el pueblo o ranchería dando voces y diciendo "viva el rey que libertad nos ha dado y el gobernador nos quiere hacer esclavos"; a los cuales luégo se ajuntaron otros amigos y compañeros y conocidos para salirse de la isla, porque lo deseaban grandemente, a fin de verse redimidos de las vejaciones y trabajos que allí pasaban; y con todos los que en el camino se les llegaron se fueron derechos a donde el gobernador Sedeño estaba, al cual prendieron, y sin hacerle más daño de despojarle de sus armas le mandaron, por la violenta jurisdicción que ellos habían adquirido, que tuviese aquella su posada por cárcel, so pena de la vida; sin haber entre esta gente cabeza que se señalase, sino que todos de una conformidad lo hacían y mandaban, por no poder ya sufrir ni tolerar las crueldades de Sedeño, el cual en este trance nunca halló amigo que por él volviese ni quisiese tomar la voz para defenderlo; y así determinaron de venido que fuese el navío que esperaban, embarcarse en él e irse a Cubagua o la vuelta de Paria o donde les pareciese.

Estando esta gente en esta sedición y escándalo o revuelta, a cabo de tres días pareció la carabela de Sedeño, que venia de la costa y fortaleza de Paria con comida, la cual no había topado en el camino el bergantín de Aguilar y Herrera, y así los que en ella venían ignoraban lo que había pasado, así en la Trinidad como en Paria con Agustín Delgado; y entendiendo el gobernador Sedeño que ya la carabela se acercaba a tierra, procuró ponerse en parte do la viese y comenzó a hacer señas con un paño para que se volviese y no llegase a tierra. Los soldados, que no deseaban hacer daño ni mal a Sedeño, mas de salir de cautiverio, le rogaron que se dejase de hacer lo que hacía y no permitiese que la carabela se volviese y pereciesen allí todos. Los que en la carabela venían se acercaron a tierra sin haber entendido las señales que por Sedeño se les había hecho; y desque los soldados la vieron sueta 34 y al maestre en tierra, se metieron y apoderaron todos en ella, rogando al gobernador Sedeño que si se quería ir con ellos que lo llevarían; el cual, con una loca obstinencia, menospreciado lo que los soldados le ofrecían, dijo que se fuesen con Dios, que él, con los que le quisiesen acompañar, se quedaría allí, diciendo que los que le eran y habían sido amigos se lo mostrasen en aquel trabajoso tiempo.

A esta opinión y voluntad de Sedeño correspondieron solamente seis hombres amigos suyos, los cuales se le ofrecieron, que habiendo copia de soldados para defenderse de los naturales, de acompañarle y residir allí con él. Sedeño se lo agradeció, y dijo a los demás que antes quería con los seis compañeros solos quedarse allí a su aventura, que ir en compañía de tan mala gente. Los soldados y amigos que allí se le habían mostrado a Sedeño, pareciéndoles que si conforme a lo que decía y pretendía se quedaban allí, que de su propia voluntad se entregaban en poder de los naturales bárbaros de aquella isla para ser sacrificados neciamente y ofrecidos a la muerte, y así persuadieron a Sedeño que dejase su loca y temeraria determinación y se metiesen en su navío y se fuesen donde tuviesen las vidas seguras; y así, casi por fuerza, tomaron a Sedeño y a sus amigos y criados y lo metieron en el navío, harto contra su voluntad; lo cual visto por Sedeño y que le dejaban allí tres caballos que tenía de mucha estima, envió a rogar al cacique Chacomar, que era su amigo y siempre se había conservado en su amistad, que llevase los caballos a su pueblo y los tuviese y curase en él, y con esto partieron de la Trinidad y se fueron derechos a Paria, ignorando que Herrera estuviese en ella; los cuales saltaron en tierra en la fortaleza, y viéndoles Alonso de Herrera, usando del propio rigor que con él se había usado, prendió a Antonio Sedeño y a sus amigos y criados, y púsolos en prisiones dentro de la fortaleza, y todos los demás se holgaron los unos con los otros en verse fuera de la sujeción y dominio de Sedeño.

Alonso de Herrera se detuvo algún tiempo en esta fortaleza, reteniendo en ella los presos por ver si acerca de la gobernación de Paria había alguna innovación de España o de Santo Domingo, para disponer de los presos a voluntad del que viniese y aun antes el pedir contra ellos lo que le conviniese; en el cual tiempo se ofreció que envió ciertos soldados a una poblazón de caribes que estaba cerca de allí, los cuales, o por descuido suyo o por el ánimo e industria de los indios, les mataron ciertos españoles y los hicieron volver casi huyendo, de lo cual se hallaron corridos todos, y los más soldados que de esta jornadilla escaparon, antes de llegar a la fortaleza se concertaron de soltar a Sedeño y a sus amigos de las prisiones en que Herrera los tenía e irse con los que le quisiesen seguir a Cubagua en unas piraguas o canoas que habían tomado en aquella poblazón de caribes, y llegados que fueron a la fortaleza de Paría se fueron derechos a Antonio Sedeño; y porque después de suelto con favor de algunos allegados suyos no quisiese hacer nuevas molestias a Alonso de Herrera y a sus amigos, recibieron de él juramento, antes de soltarlo, que después de suelto no haría ningún desabrimiento ni descontento a Alonso de Herrera ni a los de su parcialidad, sino que él, con los que lo quisiesen seguir, se irían a la isla de Cubagua, el cual se lo prometió así, y debajo de este presupuesto, le soltaron a él y a Agustín Delgado y a todos los demás que estar ban presos, los cuales luégo, con los que les quisieron seguir, se embarcaron en las piraguas y canoas que habían traído de los caribes, y se fueron a Cubagua, y de allí se volvió Antonio Sedeño a Puerto Rico, donde sucedió un caso bien extraño, que por ser tal, lo pretendo escribir en este libro.

Luégo Alonso de Herrera, con los de su parcialidad, se quedaron en la fortaleza de Paria esperando si venía gobernador o Socorro para que pudiesen efectuar lo que tanto tiempo había pretendido, que era ver la noticia que en aquella provincia de Paria les habían dado.

 

|Capítulo veinte y |cinco
 

 

En el cual se escribe la venida de ciertos indios caribes de la isla dominica a la isla de San Juan de Puerto Rico, y la prisión que en ella hicieron de Cristóbal de Guzmán y de muchos negros esclavos e indios de su provincia. |
 

 

Porque vine a tratar de San Juan de Puerto Rico por respeto de ser Antonio Sedeño vecino y tesorero de esta isla, contaré un caso acaecido en ella el año de veinte y ocho, por la maldad y crueldad de ciertos bárbaros y naturales de la isla de la Dominica, que excediendo a todos sus pasados en osadía y atrevimiento y vigor de ánimos, juntaron una buena armada de piraguas, y metiéndose en ellas, a imitación de los antiguos salteadores de Corinto, quebrantando los términos de toda amistad y conformidad y conservación de la humana vida, pasando de su tierra a las islas comarcanas, puestas en el mar Mediterráneo, las asaltaban y robaban, dando crueles y miserables muertes a los moradores de ellas.

Vinieron estos caribes navegando por el mar Océano a saltar y robar en esta isla de San Juan de Puerto Rico; y para que mejor se entienda este suceso y acaecimiento, es de saber que en esta provincia e isla, en la ciudad principal de ella, había un ciudadano principal, así en hacienda como en linaje, llamado Cristóbal de Guzmán. Este tenía un cortijo o estancia en la cabeza de la isla, en donde dicen el Daguao, do había gran cantidad de esclavos y esclavas negros e indios e indias que labraban las tierras y las cultivaban y sacaban oro de las minas que allí cerca estaban; y habiendo ido Cristóbal de Guzmán, como hombre Curioso y cuidadoso, a visitar su hacienda, la cual caía en la parte dicha, sobre las riberas del mar Océano, apartado media legua, Y estando allí sin esperanza de ningún adverso suceso, porque como en la isla no había ya naturales que estuviesen de guerra, sino todos pacíficos y domésticos, ni había que temer ninguna cosa dañosa que se hubiese de recibir por mano de enemigos ni menos franceses, en aquel tiempo no navegaban ni pasaban a robar a las Indias, y así estaban y vivían todos en sus cortijos seguros de las asechanzas y daños que en otras partes, donde más próximas tienen las ocasiones dichas se esperan recibir; pues estando, como he dicho, Cristóbal de Guzmán en esta su estancia, de repente llegaron sobre él, un domingo de mañana, gran cantidad de indios caníbales o caribes, naturales de la isla de la Dominica, tierra bien apartada y dividida de la de San Juan por las aguas del mar que en medio están y otras muchas islas que se anteponen entre las dos islas, los cuales, habiéndose metido con bárbara temeridad en navegar con tan pequeños esquilfes como son las piraguas, y meterse en un golfo y mar tan impetuoso como es el que atravesaron y pasaron, y llegando al puerto de aquella estancia del Daguao, estaba apartada la distancia que poco ha dije, al cuarto del alba, por no ser vistos ni sentidos de la gente de la tierra, saltaron con las armas en las manos, y saltando con brío de fuerzas que, por la antigua enemistad que en el linaje humano tienen, se sustentan de cuerpos de hombres, aquel cortijo, donde tan descuidados vivían de ver semejantes enemigos sobre sí, mataron cantidad de indios e indias y esclavos y esclavas, y como el Cristóbal de Guzmán, a quien ellos deseaban tomar vivo y sin ninguna lesión, para tener larga ocasión de pasatiempo con él, se defendiese valerosamente, fue herido de algunos flechazos, y con ellos constreñido a rendirse a los caribes y por ellos preso y metido en sus piraguas.

Tomaron vivos algunos indios e indias y negros y negras, a los cuales, con los demás cuerpos muertos, con todo el demás despojo que en el cortijo pudieron haber, se embarcaron y dieron la vuelta a su tierra.

Partidos los caribes con este triste espectáculo, aunque para ellos de gran alegría y contento, se fueron a una isla que cerca del Daguao estaba, dicha Bique, donde por parecerles lugar seguro tomaron puerto y saltando en tierra comenzaron a solemnizar su victoria, haciendo grandes convites y banquetes y comidas con la carne de los cuerpos muertos que llevaban, los cuales comían con tanto contento y alegría como si naturalmente lo hubiera el poderoso Dios criado para su sustento y mantenimiento, acompañando sus cenas y comidas de muchos alegres cantos, de que en semejantes regocijos suelen usar.

Y después de haber estado en la isla de Bique cuatro días en estas fiestas y regocijos, despendiendo y comiendo la carne de los difuntos, porque no se les dañase ni perdiese, se partieron llevando gran guardia en los demás prisioneros vivos, y poniendo mucha diligencia en curar a Cristóbal de Guzmán porque no se les muriese, no por compasión ni amistad que con él tuviesen ni porque deseasen restaurarle la vida para algún buen efecto, sino sólo para, como he dicho, tener con él larga materia y ocasión de pasatiempo; y caminando la vía de su tierra, llegaron a la isla de Santa Cruz, donde saltando en tierra para hacer nuevos regocijos, se detuvieron seis días, gastando el tiempo en comer y beber y cantar, para el cual efecto mataban con mucha ufanía y alegría y bárbaras ceremonias algunos de aquellos indios y negros que llevaban presos, bebiéndoles la humana sangre caliente como la iban sacando de los cuerpos, sin que consintiesen que una sola gota se perdiese; y partiendo de la isla de Santa Cruz, tocaron en la isla dicha la virgen gorda, donde asímismo saltaron en tierra para holgarse y hacer memoria de su trofeo, y sacrificando a sus vientres de aquellas vidas y cuerpos humanos que llevaban en prisión, mataron algunos con la solemnidad acostumbrada.

A esta sazón la yerba de las flechas con que habían herido a Cristóbal de Guzmán había hecho tal operación que los caribes veían claramente que su vida no tenía remedio; y porque su muerte no careciese de la solemnidad que las demás ni dejase de participar muy enteramente de su bárbara crueldad, tomaron a este caballero y aspáronlo o atáronlo a un árbol con recios cordeles, y despojándolo de las vestiduras que llevaba, para que más escombrado y exento estuviese el blanco o terrero, comenzaron a hacer sus bailes y regocijos y músicas según su bárbara costumbre, y en ellos, trayendo sus arcos y flechas en las manos, cada uno le tiraba de suerte que aquella parte de su cuerpo que más contento les daba, casi sin perder tiro disparándole muy gran cantidad de flechería. Dicen unas esclavas que estaban presentes, las cuales, como adelante se dirá, volvieron vivas a poder de españoles, que sufriendo con buen ánimo Cristóbal de Guzmán la cruel muerte que le daban estos caribes, ya que estaba en lo último de la vida, alzó las manos y ojos al cielo dando grandes muestras y señales de contrición y arrepentimiento, invocando el auxilio divino, con las cuales señales murió, no cesando en todo este tiempo los crueles bárbaros de arrojarle continuas flechas con qué hacer más penosa su muerte, y de mayor pasatiempo y contento para ellos; y fue cosa de maravillar que estos caribes no quisieron comer este cuerpo como habían hecho a los demás, sino allí se lo dejaron a donde lo martirizaron, y aunque aquellas esclavas que vivas estaban quisieron cubrir el cuerpo muerto con arena, porque no fuese comido de aves o de otras fieras, los indios se lo estorbaron, y aun sobre ello las maltrataron. Y embarcándose en sus piraguas, prosiguieron su camino y llegaron a la Dominica, donde con nuevas juntas de gentes acabaron de celebrar la victoria habida de Guzmán y de su gente, matando algunos de los prisioneros que les quedaban vivos, para comer y dar en el convite y borrachera.

Y porque ya que he dado noticia y relación de este malvado hecho que estos crueles caribes hicieron, es bien que la dé del castigo que sobre ellos se hizo, aunque a costa de algunos españoles, prosiguiendo con la materia adelante, lo cual no pensaba hacer por no gastar tiempo en estas cosas, que parecen peregrinas y extranjeras de mi Historia.

 

|Capítulo veinte y |seis
 

 

Cómo los vecinos de San Juan de Puerto Rico hicieron y juntaron gente, y nombrando capitán de ella a Juan de Yucar, pasaron a la Dominica, donde comenzaron a hacer en los indios castigo de la muerte de Guzmán. |
 

 

Este caballero, de cuya desgracia y suceso y terrible muerte habemos tratado, era casado en la propia isla y ciudad de San Juan de Puertorrico con una señora noble en linaje y costumbres, llamada Mayor Vásquez, la cual, sabido el suceso de su marido, aunque no la cruel muerte que se le había dado, hizo el sentimiento que conforme a su calidad y nobleza era razón que hiciese, y aunque deseaba ir o enviar a ver y saber si su marido era vivo o muerto, no lo hacía porque como las viudas, aunque sean ricas, no alcanzan tan enteramente lo que de justicia les compete como los hombres sí tienen el mismo posible, érale denegado el hacer junta de gente por la justicia para este efecto, y así le fue necesario enviar a llamar un cuñado suyo, hermano del propio Guzmán, a España, fraile de la orden de Santo Domingo, llamado fray Vicente de Guzmán.

Este, sabida la tomada y cautiverio que los caribes habían hecho de su hermano, con toda la presteza que pudo, vino a Puertorrico, donde procuró con el que gobernaba la tierra, que era un Francisco Manuel de Olando, que hiciese una buena armada para ir a saber el suceso de aquella gente que los caribes habían llevado, haciéndose el gasto de ella entre la mujer de Guzmán y la ciudad de Puertorrico; porque ya que los hubiesen muerto, como se presumía, podrían prender número de aquellos malhechores y traerlos para esclavos, que en este tiempo se hacían, de donde sacarían el gasto que en hacer la armada hiciesen.

Fueles otorgada la licencia, y juntaron doscientos hombres, y embarcándose en una carabela y dos bergantines bien aderezados, y por capitán general, nombrado por el cabildo, a Juan de Yucar, de nación navarro, y fray Vicente con ellos, se fueron en demanda de la Dominica por la misma derrota que los indios habían llevado. Fueles el tiempo muy contrario, y por eso no sólo se detuvieron mucho tiempo, pero dividiéndose en las refriega de la mar los unos de los otros, fueron aportar los bergantines en que iba la mayor parte de la gente con el capitán y fray Vicente a la isla Guadalupe y la carabela a Mari Galante, casi sin saber los unos de los otros. La gente de los bergantines, como era mucha, acabaron presto la comida, y como se detuvieron en Guadalupe sin hallar allí qué comer, padecían muy grande necesidad de hambre, por lo cual determinó el capitán Juan de Yucar meterse en un barco e ir a buscar la carabela con doce compañeros; y dejando por caudillo de la gente a fray Vicente se partió, y al primer bordo que dio en demanda de la carabela dio con ella en Mari Galante, donde los que con él iban satisficieron a la hambre que padecían, y se estuvieron allí algunos días después de los cuales tomaron en el barco todo el matalotaje y vituallas que pudieron, y dieron la vuelta a Guadalupe, donde halló el capitán Juan de Yucar la gente como casi amotinada porque como con la hambre fuesen afligidos y constreñidos a buscar su remedio y dar orden en que no pereciesen sus vidas por falta de comidas, concertaron algunos de aquellos soldados embarcarse en los bergantines y dar la vuelta a Puertorrico; y como esto les fuese estorbado y resistido por el frayle Vicente que era teniente, y por algunos de su bando y opinión, moviose entre ellos una gran sedición y alboroto, de suerte que tomando las armas en las manos los del uno y otro bando, comenzaron a reñir su pendencia, menospreciando la autoridad real del que los gobernaba, de suerte que fueron algunos de los movedores de este alboroto y escándalo heridos de cuchilladas que les dieron; y si a esta sazón no llegara el capitán Juan de Yucar, que lo mitigó y apaciguó, fácilmente perecieran todos.

Luégo que el capitán puso paz entre sus soldados, aunque no de todo punto, y hubo repartido la comida que llevaba, se embarcó con toda la gente en los bergantines y se volvió a Mari Galante, y ajuntándose con la carabela dejó en ella a fray Vicente con algunos soldados, y tomando consigo toda la más de la gente y armas, en los bergantines se fue la vuelta de la Dominica a poner en efecto su deseo, y aguardando a vista de ella la oscuridad de la noche, para poder llegar a tierra sin ser visto de los naturales le sucedió todo como quiso; porque como después de anochecido llegase a tierra con sus bergantines y echase un soldado llamado Limón, muy diestro en conocer por las pisadas y vestigios de los indios las vías de los pueblos, fue por éste fácilmente descubierto el camino que iba a la poblazón de los indios, que no estaban lejos de la mar, y hallado este rastro, y siendo avisado de ello el capitán Juan de Yucar, luégo saltó en tierra con los más de sus soldados para hacer espaldas a Limón, que confiándose en su soltura y ligereza, astutamente se desnudó en cueros, porque si fuese encontrado de algunos indios no fuese extrañado; y siguiendo el camino y rastros que antes había visto, caminó la tierra adentro, solo y desnudo, obra de media legua, donde halló un pueblezuelo o lugarejo de cuatro caneyes, que son unos bohíos o casas muy largos en que se recogen mucha gente a vivir, cuyos moradores estaban, a lo que parecía, bien descuidados de que en su tierra hubiese gente extranjera; y dando Limón la vuelta a donde su capitán había quedado, le dio noticia de lo que había visto, el cual luégo se partió con su gente puesta en concierto, y dando en los bohíos de los indios, prendió a todos los que en ellos 'estaban sin que se les escapase más de una sola persona, que serian ochenta presos, y después de haberlas atado y puesto a recaudo, preguntó a un indio de aquellos que en este pueblo se tomaron, el capitán Juan de Yucar con un intérprete que le hablaba, si era vivo Cristóbal de Guzmán y que dónde estaba, el cual por dar contento a los españoles, y pareciéndole que por ello le soltarían, le respondió que era vivo y estaba en un pueblo cerca de allí.

El capitán para más claridad del negocio, apartando aquel indio, preguntó lo mismo a una india, la cual respondió que no curase de preguntar ni buscar aquel español, porque los indios que lo habían preso lo habían muerto con gran regocijo y alegría en la isla llamada la Virgen Gorda, y que uno de ellos había sido el propio indio que decía que estaba vivo. Teniendo, pues, por más cierta y verdadera esta respuesta que la india había dado que otra ninguna, no curó el capitán de hacer más pesquisa ni inquisición; mas un soldado que debía tener particular amistad con Cristóbal de Guzmán, ya difunto, queriendo hacer sacrificio al ánima de su amigo con la sangre de los que lo mataron, allí, de repente, dio con el espada que en las manos tenía al rendido y atado indio, que decían haber sido uno de los matadores, una cuchillada que le quitó la cabeza de los hombros, y si le dejaran pasar adelante con su holocausto, él sacrificara a las ánimas y cuerpos de todos los indios e indias que presentes estaban, con que quedara tan ufano, que sin duda le pareciera con aquel ejemplo de bárbara cruel (dad) había librado de pena el ánima de su amigo y puéstola en perpetua gloria.

Mas no estaría fuera de esta iniquísima opinión el capitán Juan de Yucar, porque luégo que le fue certificada la muerte de Guzmán, dijo a sus soldados que determinadamente hiciesen la guerra a aquellos indios, y que al que no pudiesen haber vivo para esclavo y aprovecharse de él, le dieren la más cruel muerte que les pareciese, y todo lo que pudiesen destruír y arruinar lo destruyesen y arruinasen, de suerte que con actual y ejemplar castigo quedasen aquellas gentes con el pago que su maldad y fiero atrevimiento merecían, y ellos quedasen con bastante satisfacción de la injuria que habían recibido los ciudadanos de San Juan de Puertorrico, a cuya tierra habían ido aquellos bárbaros a hacer los saltos y robos y muertes que les eran notorio; y con esto se procuró informar de los indios que presos tenían dónde había poblazones de indios para ir a ellas, los cuales fácilmente le dijeron que cerca de allí estaba otro pueblezuelo de gente de su nación y sus compañeros, los cuales tenían en su poder dos negras esclavas que habían tomado con la demás gente en Puertorrico, y que demás de esto, otro día siguiente habían de llegar a aquel puerto donde los bergantines estaban, cuatro piraguas de indios que venían a holgarse y beber con ellos de unos pueblos que estaban en aquella costa adelante.

Juan de Yucar, habida esta nueva, luégo tomó una determinación de hombre práctico, y enviando cuarenta hombres con un capitán Diego Vázquez, les mandó que fuesen a dar en el pueblo donde decían estar las negras; y dejando en aquel propio lugar la presa que habían hecho de indios bien atados y puestos a recaudo con gente y soldados que los guardasen, él con el resto de la gente, se fue con toda presteza a meter en los bergantines, para antes que la luz del día viniese, con que podían ser vistos, ir y ponerse en salvo o emboscarse en un promontorio o punta que allí cerca hacía la tierra, por el cual habían de pasar las piraguas; y en esto no fue nada perezoso, porque con ser bien cerca del día cuando se partió del pueblezuelo donde había hecho la presa, antes que fuesen bien esclarecido estaba ya puesto en la emboscada tras del promontorio.

 

|Capítulo veinte y |siete
 

 

|En que se escribe todo |el demás suceso que Juan de Yucar tuvo en la Dominica con los indios, y lo que Luis Martín Gobal hizo en una carabela en que había salido de Puertorrico. |
 

 

El capitán Diego Vázquez con sus compañeros caminó con tanta presteza al pueblo donde las negras estaban, que antes que amaneciese dio en él, y hallando descuidados y dormidos aquellos miserables moradores, fácilmente los subjetó, y tomó muchos de ellos, y muchos mató a cuchillo, y muchos quemó vivos en los bohíos, que luégo, poniéndoles fuego, arruinó de suerte que en los miserables moradores de aquel lugarejo ejercitó todos los géneros de crueldad que pudo. Algunos de sus soldados fueron heridos por mano de aquellos indios que, sintiendo el tumulto que en su pueblo andaba, se levantaron, y tomando las armas en las manos, quisieron defender su patria y echar los enemigos de ella, los cuales, siendo cercados por los españoles, fueron miserablemente muertos con los demás.

Hecho esto, los españoles tomaron las negras, de quien supieron muy por extenso todo lo susodicho; y llevando a recaudo los indios e indias que habían dejado vivos, dieron la vuelta a donde estaba la otra presa de indios que en el primer pueblo de atrás habían tomado y dejado.

El capitán Juan de Yucar, que estaba esperando tras del promontorio las piraguas, no hubo el menor suceso en su empresa que Diego Vázquez, aunque no de tanta sangre, porque como las piraguas viniesen navegando sin recelo ni sospecha de los que les estaban esperando, al tiempo que doblaron el promontorio y emparejaron con la emboscada, fueron con tanta presteza acometidos por los bergantines, y como las piraguas viniesen cargadas y embalumadas de cosas de comer y de beber pertenecientes a sus regocijos, no pudieron usar de la presteza y ligereza que otras veces, y así fueron todas cuatro tomadas con la gente que en ellas venía, sin escapar más de solamente seis indios, que atreviéndose a su diestro nadar, se arrojaron a la mar, y caminando gran trecho por debajo del agua, fueron a salir a tierra donde no podían recibir ningún daño de Juan de Yucar, el cual, temiéndose que aquellos indios que se habían arrojado al agua no fuesen a dar mandado y aviso a los pueblos comarcanos, navegó con toda diligencia la costa arriba, y dando en un pueblo de indios que estaban descuidados y cubiertos con cierta roca o peña alta, fueron presos y cautivos por la gente española obra de sesenta piezas de aquel pueblo, varones y mujeres, y metidos a cuchillo con bárbara crueldad, y queriendo el capitán pasar adelante con su castigo y venganza, halló que ya eran sentidos y tenían los demás naturales aviso de la gente que en su tierra andaba; y estándose en aquel aprieto donde había hecho esta presa, vinieron a él por tierra muy gran cantidad de naturales con las armas en las manos, a vengar las muertes y daños hechos en sus compañeros y hermanos, y apartándose los españoles con los bergantines de tierra, los indios comenzaron a flecharles y a tirarles flechas, aunque no les hacían daño con ellas, y por el consiguiente, los españoles con el artillería que llevaban, tiraban a los indios, pero en nada les dañaban con ello.

El capitán Juan de Yucar, queriendo ver si podría hacer algún engaño a aquellos bárbaros, con que destruir algunos de ellos, habloles desde la mar con un despierto intérprete que traían, tratándoles de paces y que se diesen rehenes los unos a los otros y se concertasen. Los indios vinieron en ello, y enviando a los bergantines cuatro principales, fue por el capitán preguntado a los españoles si había algunos que en lugar de aquellos indios quisiesen ir a tierra; mas como todos conocían cuán dudosa fe y palabra era la de aquellos bárbaros, rehusaron la ida por rehenes, si no fue Limón, de quien atrás dijimos que con solos los vestidos de que naturaleza le vistió fue a descubrir la poblazón. Este, con otro vizcaíno llamado Orozco, con ánimos temerarios, aceptaron el ir por rehenes entre los indios, de que no poco después se arrepintieron, porque como aquellos bárbaros los tuviesen en su poder y ellos sean en sí gente desvergonzada y rústica y sin ningún género de miramientos ni comedimientos, llegábanse a estos dos españoles y con bestial desenvoltura les llegaban con sus manos a tentar sus vergüenzas y a ver la forma que tenían, y luégo les ponían las manos en las barbas y les tiraban blandamente de ellas, por ver si era cosa postiza; y para regocijarse de todo punto jugaban con ellos a pasa-gonzalo, dándoles buenos papirotes en las narices.

En estas cosas y otras semejantes pasaron el tiempo estos dos soldados en el ínter que en poder de los indios estuvieron, que serían dos horas, que cierto para ellos fueron dos muy largos años. Diéronles de comer los indios, pero con tan mala salsa no podía hacer buen gusto la comida.

Pasadas estas cosas los españoles fueron vueltos a los bergantines y los indios a tierra: y como en estos tratos no hicieron ninguna cosa de las que entrambas partes pretendían, que era engañarse los unos a los otros, cesó entre ellos la guerra, con que otro día se unieron en aquel propio lugar para de todo punto hacer fija y pacífica amistad; pero estos bárbaros andaban haciendo estos entretenimientos con los españoles por poner en cobro sus mujeres e hijos y ver si podían hacer junta de más gente para ofenderles.

El capitán, con su gente y presa, se partió luégo a donde estaba esperándolo Diego Velázquez | 35 con los demás compañeros e indios que habían cautivado, y aquella noche propia se embarbaron todos los que con Velázquez estaban con la presa que habían hecho en aquella parte, y poniendo las presas en orden y recaudo dentro de los bergantines, otro día de mañana, todos juntos, se volvieron a tratar de las paces y amistades que el día antes habían quedado principiadas por el capitán Juan de Yucar con los otros caribes; y como llegando a este puerto no hallase ninguna gente ni pareciese en toda aquella costa, pasose adelante a un puerto muy seguro y bueno, dicho el puerto del Azufre, donde había un río llamado el no Caliente; y como asímismo no hallase en él gente, determinó de saltar en tierra y entrar a la tierra adentro con sus soldados, hacer todos los daños que pudiese en los indios, y poniéndolo en efecto, tomó consigo ochenta hombres bien aderezados y los más belicosos y dispuestos para aquel trabajo y guerra; y habiendo por allí cerca unos indios que le dijeron y dieron relación de donde estaba recogida la gente de aquella provincia, los llevaron por guías, y metiéndose con ellos la tierra adentro, caminaron cuatro días, llevando siempre Juan de Yucar delante de sí, apartados distancia de un tiro de arcabuz, seis hombres que a manera de exploradores o espías fuesen viendo y descubriendo lo que había, en las cuales jornadas hallaron más de treinta lugares o pueblos de indios sin ninguna gente, los cuales quemaron y arruinaron, y al quinto día dieron los que iban adelante en un arroyo o quebrada de muy mal pasaje, de la otra banda del cual, en una alta barranca, estaban recogidos y hechos fuertes los indios, con sus mujeres e hijos, los cuales habían ya sentido la ida de los españoles en su busca, y estaban en aquel arroyo una parte de ellos puestos en salto; y como los seis exploradores españoles, por cierta sospecha que del corazón, pronosticador de los malos sucesos, les venía, temiesen y rehusasen la pasada de aquel arroyo, alzaron los ojos y vieron los indios que los estaban mirando desde su alojamiento; y queriendo retirarse para dar mandado al capitán que tras de ellos iba, fueron de repente cercados por los caribes, que estaban puestos en celada, los cuales alzaron las voces, pareciéndoles que tenían ya segura aquella presa; mas como el capitán oyese la grita de los indios porque iba caminando por montaña y podía oírlos y no verlos, apresuró el paso con su gente, y dando en los indios de repente los rebatió y apartó de suerte que quitaron el cerco que tenían puesto a los seis soldados y se juntaron todos, mas los indios no se apartaron mucho de donde estaban, antes peleando obstinadamente ponían en condición a los nuestros de ser desbaratados y perdidos; pero como los españoles no diesen a entender a sus enemigos que en ellos había flaqueza, y los unos y los otros sustentasen muy bien sus bríos en pelear, cansáronse los indios primero, y suspendiendo sus armas y apartándose un poco, dieron lugar a los nuestros a que les volviesen las espaldas con título de retirarse, porque el capitán, viendo cuán desiguales le eran los indios en número y que peleaban por su libertad y por la defensa de sus personas y mujeres e hijos, parecíale que no se podía haber ninguna honrosa victoria con gente que a sus buenos bríos acompañaban y favorecían tantas justas condiciones, y a él y a los suyos contrarias, y así, tomando el capitán Juan de Yucar, con los más valientes soldados, la retroguardia, que en aquel tiempo era más peligroso lugar, dieron la vuelta hacia la mar.

Los indios los siguieron con mucha ligereza, acometiéndoles por muchas partes, sin que pudiesen recibir daño ninguno de los nuestros; y habiendo caminado dos leguas, los indios dejaron el alcance y se volvieron a su alojamiento, y los nuestros llegaron otro día a la mar desambridos y fatigados del trabajo del camino, aunque con pocas heridas, donde se estuvieron cuatro días descansando y holgando, en el cual tiempo los indios de la tierra juntaron algunas piraguas y determinaron venir a dar en los españoles por tierra y por mar, y poniéndolo en efecto, un día, estando los nuestros descuidados, asomaron por una punta que la tierra allí se rehacía, obra de diez piraguas, las cuales, como por los nuestros fuesen vistos, presumieron lo que era, y queriendo con toda presteza apartarse de tierra los bergantines para hacerse a lo largo, fueron asaltados por los indios que en un pequeño montecillo, que un tiro de ballesta de la mar había, estaban emboscados; y como el bergantín del capitán Juan de Yucar, con gran presteza cortase el prois y se hiciese a lo largo, el otro bergantín fue embarazado por no usar de la presteza que era razón en cortar su prois, y así recibió notable daño, porque cayendo sobre él innumerable multitud de flechería y piedras que los indios les tiraban, les mataron veinte y cinco hombres, sin otros muchos que les hirieron.

Juan de Yucar, yéndose a encontrar con las piraguas, fue de ellas recibido con mucho ímpetu, y peleando gran rato los unos con los otros, después de haberse hecho daño de la una y de la otra parte, se arredraron las piraguas y se hicieron a lo largo y dieron la vuelta, y cómo se viese libre de las piraguas el bergantín del capitán, acudió luégo con toda presteza a socorrer a los del bergantín que había quedado en la costa, a quien los indios no cesaban de ofender con sus continuas flechas y piedras, y sacándolo de aquella aflicción dieron la vuelta a donde fray Vicente les estaba esperando con la carabela, echando cada día gente a la mar, porque como las flechas con que herían a los españoles tenía muy penosa yerba, por pequeña que fuese la herida que con ella daban, era mortal, y así fueron pocos los que con la vida escaparon de los heridos.

Juntáronse los bergantines con el fraile, y los de la carabela se fueron a Tierra Firme a tomar indios y hacerlos esclavos, y los bergantines con sus presas se volvieron a Puertorrico.

Casi en este mismo tiempo sucedió, yendo de esta isla Puertorrico una carabela con esclavos y algunos españoles y mujeres a Santo Domingo, para de allí irse a Pirú, que iban en ella ciertos flamencos, uno de los cuales era un Luis de Longabal, y su mujer malmasela Clareta, que decían ser deudos de Mingo Bal, caballerizo del emperador don Carlos quinto, nuestro rey. Estos salieron enojados y agraviados de Puertorrico porque entre el vulgo se había dicho que no eran casados, sino amancebados, y tomando por muy gran injuria esta vulgar opinión, se iban a Santo Domingo, para de allí irse a España a quejar al emperador; y como los españoles que en la carabela iban saltasen en tierra en la isla llamada la Mona, para allí recrear sus personas y echasen todos sus esclavos en tierra para el mismo efecto, este Luis Mingobal determinó hacer un abominable hecho para en venganza de su injuria, y fue que como los españoles empezasen a recogerse con sus esclavos al navío, a la segunda barcada, tomando las armas en las manos este furioso flamenco y los demás de su nación que con él estaban, que eran bien pocos, quitaron el batel a los marineros y comenzando a herir en ellos los mataron a todos, y los demás españoles y españolas que en el navío había, sin dejar viva criatura, ni negro alguno, ni perro ni gato, ni cosa viva que los españoles allí llevasen, y entre los demás hombres y mujeres mataron estos bárbaros a una doncella de noble linaje y muy hermosa que se iba o la llevaban a casar a Santo Domingo.

Dícese que los que en tierra estaban veían a la mujer de Mingobal con una espada en la mano dar el salto de una parte a otra, imitando la malvada crueldad de su marido, tras las mujeres españolas que en el navío andaban huyendo de una parte a otra, y así se hicieron a la vela con el navío y con los que en él había.

Sabido por el presidente y arzobispo de Santo Domingo, que era Fuenmayor, envió con ciertos navíos a buscar estos flamencos para castigarlos, y andando en busca de ellos, llegaron a la costa de los Lucayos, donde hallaron la carabela, que había dado al través, y en la playa muchos rastros de sangre y cabellos de gente que parecían haber muerto allí. Presumiose que, por permisión divina, dieron estos flamencos en esta costa de los Lucayos, donde con crueles muertes que los indios les darían, pagaron su malvado hecho y crueldad.

Los que en la isla de la Mona quedaron se estuvieron allí hasta que pasando otra carabela por allí los recogió y llevó consigo.

 

| Capítulo veinte y ocho
 

 

Cómo los indios de la Trinidad, por inducimiento de Sedeño, pasaron a Paria a matar los españoles que allí habían quedado por Herrera, y lo que sobre ello pasó. |
 

 

Después que los soldados, de su propia autoridad, como se ha dicho, soltaron a Antonio Sedeño, no fue tan breve su partida, que no tuvo lugar de hablar así a los indios comarcanos como a los de la Trenidad, que con lenguas que de su mano tenían cómo allí se quedaba Alonso de Herrera con unos pocos de cristianos para robanlos y hacerles mal, que mirasen por sí y si los pudiesen matar los matasen, porque él se holgaría de ello.

Esto que Sedeño dijo a los indios les cuadró tan bien que desde luego comenzaron a rebelarse y convocarse los unos a los otros y a darles la priesa que pudieron; y si no fuera por dos principales o indios que por amigos o compañeros tenían allí cerca, llamados Pedro Sánchez y Juanico, que eran cristianos y amigos de cristianos, por esta ocasión, que en tiempos pasados, navíos que habían llegado a aquella provincia a hacer esclavos, habían tomado estos dos indios y los habían llevado a Santo Domingo, a donde, después de ser cristianos, la Audiencia los mandó poner en su libertad y que fuesen restituídos a su tierra, como lo fueron. Estos indios, que eran principales, y sujetos por su respeto, tenían muy gran conversación con Alonso de Herrera y sus compañeros, y no sólo venían ellos a donde estaban los españoles, mas muchas veces llevaban a su poblazón a los cristianos para que se holgasen y comiesen. Sucedió que estando un día Alonso de Herrera con toda su gente, que serían treinta hombres, en la poblazón de estos indios, que por otro nombre los llamaban los Pintados, pasó cantidad de indios de la Trinidad en canoas o piraguas a pelear con los españoles y a ver silos podían matar, que estaban cebados por haber muerto antes otros españoles en tiempo de Sedeño. Los indios amigos, sabido la llegada de los caribes de la Trinidad, dieron luégo aviso a los españoles de ello, que estaban, como se ha dicho, holgándose en un pueblo de estos dos indios, desviados de la mar.

Los caribes habían llegado y saltado en otro pueblo de los propios indios, que estaba más cercano a la mar, porque todos eran conocidos y se trataban los unos con los otros.

De esta nueva se atemorizaron mucho los españoles, por hallarse fuera de su fortaleza y entre gente dudosa y que no sabía si los entregarían en manos de sus enemigos. Como los indios, entendiendo el temor que en los cristianos reinaba, los aseguraron y animaron diciendo que tuviesen ellos ánimo para matarlos y que ellos los emborracharían y se saldrían del pueblo con sus mujeres e hijos y los dejarían solos donde podrían llegar y hacer lo que les conviniese antes que fuesen sentidos por los indios y gente de la sierra, que también eran caribes, y que desearían matar a los españoles. Este concierto contra los indios de la Trinidad se efectuó al pie de la letra como se ha contado, que después de haberlos emborrachado, fueron los españoles y los mataron, con lo cual se aseguraron por entonces, y con esta victoria, habida por mano ajena, se volvieron a la fortaleza con el despojo de canoas y otras baratijas que habían traído; y a cabo de pocos días la falta de comida constriñó a los españoles a salir de la fortaleza y esparcirse por entre los indios de los principales ya nombrados a sustentarse y comer, porque ni tenían con qué comprarlo ni eran parte para tomarlo por fuerza.

Sabido por los indios de las sierras comarcanas cómo los españoles andaban fuéra de la fortaleza y derramados, determinaron de venir sobre ellos y matarlos, la cual determinación no fue tan oculta que no la entendiesen los indios principales cristianos, ya nombrados, los cuales luégo lo dijeron a Alonso de Herrera, el cual, con algunas dádivas que les dio, les persuadió a que les juntasen sus compañeros y se los trujesen y llevasen a la fortaleza, porque como se ha dicho, andaban algo divididos sustentándose. Los indios lo hicieron así como les fue rogado por Alonso de Herrera, y cuando los de la sierra acudieron a hacer el mal que pretendían, halláronse burlados, por lo cual convirtieron sus armas contra los pueblos y gente de aquellos principales que dieron el aviso a los españoles, los cuales viendo que ni los españoles por ser tan pocos les podían dar favor ni ayudar ni ellos eran parte para defenderse de los serranos, dejando su natural y tierra se metieron con sus mujeres e hijos en canoas y se pasaron a vivir a Aruaco.

Nuestros españoles quedaron demasiadamente desconsolados por ver que los que hasta allí les favorecían y sustentaban se habían ido a vivir a otra parte, cuyos pueblos los serranos destruyeron y talaron de todo punto, de forma que ninguna comida de que los españoles se pudiesen aprovechar quedó en ellos, por lo cual, por lo mucho que la hambre les apretaba, les fue necesario salir más a lo largo a buscar comida a unos pueblos de indios que estaban algo más apartados, donde o por no poder pelear y defenderse o por ser muchos los indios que sobre ellos vinieron, les mataron diez hombres, con que quedaron los demás tan amedrentados que no sabían qué se hacer, porque ni tenían con qué salir de la tierra ni modo cómo sustentarse en ella, a la cual necesidad Dios nuestro Señor proveyó y remedió en la manera que luégo diremos.

 

Todos los cuales sucesos que de suso se han contado, pasaron desde el año de treinta hasta el de treinta y cuatro, que es el año en que sucedió lo que desde aquí para adelante se dirá, y no se pusieron los tiempos en que señaladamente sucedió cada cosa de las dichas por no tener memoria de ello los que lo vieron y se hallaron presentes a ello.

34 Palabra que puede leerse: "sulta", por "suelta".
35 Por "Vásquez".

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