INDICE




Capítulo ocho
 

 

De cómo la nao pequeña y la carabela de Ordás se perdieron a la boca del Marañón, y lo que acerca de estos españoles perdidos se ha tratado después acá en el Nuevo Reino. |
 

 

Estando esta armada de Ordás en el peligro y riesgo que he dicho, por hallarse tan lejos de tierra y tan en ella, a causa de la poca hondura que la mar allí hacía, o con tormenta que sobrevino o con la turbación que de verse en términos de perderse tuvieron los pilotos y capitanes de la otra nao y carabela, se apartaron de su capitán y dejándose llevar de los vientos y aguas, fueron a dar a unos bajíos o anegadizos que llaman de Encima de Arnacos, donde viéndose la gente sin ningún remedio de poderse guarecer, aprovechándose los que pudieron del último que les quedaba, se metieron en los bateles los que mediante su buena solicitud y diligencia pudieron caber en ellos, y pereciendo todos los demás en aquellos anegadizos, navegaron en demanda del ancón o golfo de Paria, donde tenían entendido que estaría su capitán; y como para ir en demanda de este golfo habían de navegar otro más peligroso, que era el donde estaban, y los bateles no eran de tanto sustento y fundamento como para sufrir semejantes males y carga se requería, con pequeña tormenta sorbió y tragó la mar el uno de los bateles con la gente que en el iba, sin escapar ninguno; y el otro batel, más por milagro y voluntad divina que por ser él parte para haberse de poderse escapar donde el otro se había perdido, aportó a la fortaleza de Paria, donde estaba la gente de Sedeño, donde dio esta noticia de la nao pequeña y carabela en la forma que he contado; acerca de lo cual hay otra y aun otras opiniones, y es que al tiempo que esta armada llegó cerca del Marañón, esta nao y carabela, de quien se ha contado cómo eran menores que la capitana y traían menos carga, sufrían navegar en menos agua que la nao capitana, y así se dejaron ir al amor del agua y tiempo y fueron llegándose más a tierra o por el río adentro, adonde no fueron parte para volver atrás cuando quisieron y siendo arrebatados por los zafareos veloces que la mar con su creciente hacía, fueron llevados forciblemente el río arriba, donde se tuvo por cierto que la gente saltaría en tierra, y aprovechándose del remedio de las armas procurarían conservar sus vidas entre los naturales que por allí hallasen.

De esta gente, conforme a este suceso, se dice haber dado noticia algunos naturales comarcanos al Nuevo Reino de Granada que tratan y contratan hacia esta parte que allí llaman las sierras del sur y por otro nombre el Dorado, diciendo que en estas sierras del sur hay españoles o gente barbada y vestida de la propia suerte y manera de los españoles, a los cuales el vulgo ha llamado la gente perdida de Ordás, por los que en estos dos navíos se perdieron, y podría ser que fuese cosa inventada por algunas personas a fin de que con esta color de decir que en aquella provincia hay españoles perdidos, se dé comisión para irlos a buscar, y yéndolos a buscar, buscar la noticia que de riquezas y naturales siempre se ha dado de este Dorado o sierras del sur; lo cual los que han gobernado de continuo han rehusado, a fin de que por hacer bien a los pocos perdidos ha de redundar daño a muchos otros, porque para hacerse esta jornada forzosamente se ha de juntar congregación de más de trescientos españoles, y para juntar éstos podría ser despoblarse algunos pueblos que están poblados, y por ser pobres y de poco provecho, los que en ellos residen son compelidos de pura necesidad a sustentarlos, y hallasen esta puerta abierta, aunque en duda y aventura, dejaron lo que tienen y se irían a buscar otra cosa mejor, y demás de esto habían de despoblar algunos pueblos de naturales que de fuerza o de grado llevaran consigo, y este daño tarde o temprano ha de recibir el Nuevo Reino, porque según opinión de muchos y experimentados conquistadores, y aun por lo que palpablemente vemos por vista de ojos, esta jornada no se puede hacer mejor ni a menos costa ni en más breve tiempo ni con menos riesgo por ninguna parte de las hasta hoy descubiertas ni pobladas como por el Nuevo Reino, por estar tan cerca la una provincia de la otra y tener el Nuevo Reino abundancia de las cosas necesarias para jornadas y buenas y ciertas guías y españoles que se hallaron con Felipe Dutre al principio de esta noticia, como en otra parte diremos.

Mas volviendo a lo de los españoles de Ordás, como dije, no tengo por cosa cierta haber españoles en esta provincia perdidos, y ser, como he dicho, invención de soldados; porque demás de lo que en contrario de esta opinión he referido hay otra que de todo en todo la repuna y contradice, y es que el año de veinte y ocho, atravesando por los llanos de Venezuela un capitán que con cierta gente había salido de Coro, pueblo de la gobernación de Venezuela, a buscar y descubrir nuevas tierras para poblanas, entre la gente que este capitán llevaba se divulgó y derramó esta nueva de que de aquella banda del sur, que es, como he dicho, lo que llaman el Dorado, había españoles, y desde entonces dura esta fama hasta hoy, sin más claridad, pues las naos o gente de Ordás se perdió el año de treinta, y esta fama tuvo origen el año de veinte y ocho, que fue dos años antes que Ordás viniese al Marañón. Síguese de esto clara y evidentemente ser esta noticia de españoles en las sierras del sur cosa fabulosa y soñada.

 

| Capítulo nueve
 


| Cómo escapando Ordás con su nao capitana de la fortuna del Marañón, entró en el golfo de Paria y se apoderó del fuerte de Sedeño por mandado de Jerónimo Ortal.
 

 


Viendo el comendador Ordás el gran peligro y riesgo en que estaba, por no tener suficiente hondura allí la mar para navegar, con la brevedad que se requería procuró hacerse a la mar, a lo cual le ayudó fácilmente el viento, que por permisión divina en aquel punto se volvió a tierra, y haciéndose a la mar tomó acuerdo con algunos de los que tenían noticia de aquella costa y tierra en lo que debían hacer, pues no eran parte para entrar en el río Marañón a causa de no haber en algunas partes de su entrada la hondura que para navegar su nao se requería. No faltó quién tuvo noticia de la tierra de Paria, cuya provincia se afirma ser muy poblada de naturales y rica de oro y plata, y dando aviso de ello al gobernador y de cuán cerca estaba de allí y de su gobernación, luégo, de común consentimiento, tomaron la derrota para ir allá, y comenzando a navegar, no apartándose de vista de tierra por no engolfarse, sin haber navegado mucha distancia, permitieron sus hados, que en todo les eran contrarios, que diese y encallase la nao en una pequeña isla o bajío que por delante tenía, cuya playa, por ser arenosa o leganosa, no causó la total perdición de esta nao y gente, los cuales, viéndose en este peligro y que por razón de no haberse de repente la nao quebrado y hecho pedazos, podrían ser remediados, con toda diligencia saltó toda la gente en tierra, que serían seiscientos hombres, y alijando y echando fuera cuarenta caballos y otras muchas cargas que dentro tenía, procuraron por todas las vías que pudieron sacar la nao sin lesión alguna de aquel peligro, y por mucha prisa que se dieron y diligencia que pusieron, se estuvieron allí dos mareas sin poder mover la nao, y a la tercera quiso Dios nuestro Señor, porque tanta gente no pereciese, que echando todos los remos que pudieron en el batel o fragata que la nao traía para su servicio, y atando la nao al batel y tirando con todo el ímpetu y fuerza que pudieron poner en los remos, sacaron la nao a lo largo do podía navegar, y tornando a embarcar los caballos y otras cosas que habían sacado fuera, prosiguieron su viaje, y embocando por las bocas del Drago, que es un estrecho y angostura que una punta de la Trinidad hace con otra de la Tierra Firme, entraron en el golfo de Paría, que es una concavidad que de mar se hace entre Tierra Firme de Paria y la isla de la Trinidad, el cual está casi cerrado, porque solas dos salidas que tiene que, como he dicho, la una es las bocas del Drago y la otra hacia la parte de Cubagua, donde asímismo otra punta de la isla de la Trinidad estrecha la mar con la Tierra Firme, son muy angostas y estrechas, y aun esta salida que este golfo de Paria tiene hacia Cubagua es de más peligro y riesgo que las bocas del Drago, por tener en medio dos isleos pequeños donde peligran muchas veces los navegantes.

Entrado en este golfo el comendador con su nao, echó de su gente en tierra, a la parte de Paría, en una provincia de indios llamada los Acios, que por haber tratado antes con españoles no se azoraron ni alborotaron con la llegada de la gente de Ordás, antes tratándose migablemente con ellos, les dieron a entender casi por señas cómo en otra provincia, que estaría ocho leguas de allí, llamada Turuquiare, había españoles.

Sabida por don Diego de Ordás esta nueva, no dejó de alborotarse, por no saber qué gente fuese aquella y parecerle que forzosamente había de tener controversias sobre el poseer de aquella tierra, porque pretendía que ya que por su contraria fortuna le había salido incierta la jornada del Marañón, introducirse y meterse en aquella provincia de Paría, diciendo que entraba en los términos y límites de su gobernación, y con esta confianza vino a preguntar qué gente estaría en donde los indios decían, los cuales le respondieron dándole a entender que sería hasta veinte hombres, y que estaban en una sola casa. Con esta nueva cobró más aliento el gobernador Ordás y mandando aderezar cien hombres, les dio por capitán a Jerónimo Ortal, que después, por muerte suya, vino a ser gobernador de Paria, a quien él traía por tesorero de la hacienda real en su gobernación, mandándoles que diligente y cuerdamente fuesen a donde los indios decían y viesen qué gente era aquélla y la reconociesen, y si fuesen parte para con poco tumulto, prenderlos, y le avisasen de ello.

Con estos hombres se embarcó Jerónimo Ortal en el bergantín, y navegando hacia la fortaleza de Paría, llegó a ella, donde no pequeño contento y alegría recibieron los soldados que allí estaban, por ver españoles y gente de su nación con quién poder salir y escapar de la sujeción que los naturales de aquella provincia tenían sobre ellos, que a no haber tenido el reparo y abrigo de aquella frágil casa y cercado de tapias donde estaban recogidos, a quien tenían puesto nombre de fortaleza, hubiesen sido muchos días antes muertos y desbaratados de los indios, aunque fuera mucha más cantidad y con mejores aderezos de armas que ellos allí tenían.

Saltando en tierra Jerónimo Ortal con su gente y viendo la poca gente que en la fortaleza había y cuán descoloridos, flacos y maltratados estaban, se entró, como suelen decir, de rondón en la fortaleza, y preguntándoles la causa de su estada allí, y habida la respuesta de ellos, se apoderó en la fortaleza y en todo lo que en ella había, y despojando a Juan González, a quien Antonio Sedeño había dejado allí por su teniente o caudillo, del poder y jurisdicción que tenía, luégo dio aviso de ello al comendador Ordás, que con la nao había quedado atrás, de todo lo que pasaba y había visto y hallado, a lo cual envió el bergantín en que él había venido, con algunos soldados así de los de Sedeño como de los que con él habían venido.

 

| Capítulo diez
 

 

|Cómo Ordás se informó, así de los españoles de Sedeño como de los indios de aquella tierra, si había por allí cerca alguna provincia rica, y lo que le | respondieron, y lo que él hizo.
 

 

Despachado el bergantín por Jerónimo Ortal, con la nueva de lo que en la fortaleza había hallado, llegó en breve a la nao, donde dio noticia y relación de todo lo que había y pasaba al comendador don Diego de Ordás, el cual recibió muy gran contento en saber que no había quién le resistiese ni defendiese la posesión que de aquella tierra, a título de gobernación suya, pensaba tomar; y no deteniéndose ni perdiendo más tiempo, se hizo luégo a la vela y se fue derecho a surgir al puerto ya dicho de la fortaleza, y saltando en tierra con el resto de la gente que quedaba, mandó luégo parecer ante sí a Juan González, teniente de Antonio Sedeño, y a todos los más de los soldados que allí con él habían quedado, y fingiéndose muy enojado los reprehendió de palabra ásperamente, dándoles a entender que si la necesidad que tuvieron de salirse de la Trinidad no les hubiera constreñido a pasarse a aquella tierra y hacer aquella fortaleza, que los castigara con todo rigor, como hombres que por vía de injusta intrusión se apoderaban y metían de su autoridad en gobernación y distrito ajeno y que a él le estaba encargado y dado por Su Majestad, allende de la grave punición que merecían por haberse tan temerariamente y con tan loca osadía metido tan pocos soldados y tan mal aderezados entre tan gran número de naturales como en aquella provincia había y tan belicosos, donde por no ser ellos parte para se defender ni sustentar ningún tiempo, hubieran recibido con crueles muertes que aquellos bárbaros les dieran la pena de su inconsideración, cuyo justo castigo redundara en daño de todos los españoles y cristianos que después llegaren a aquella provincia, los cuales pudieran ser muertos y maltratados de los indios por estar ya impuestos en ello con las muertes que a ellos les hubieran dado y otros géneros de crueldades que en ellos hubieran ejercitado, y dando fin a su plática les dijo cómo aquella tierra era suya y de su gobernación, y que él la venía a poblar y pacificar, y que si le quisiesen seguir en la conquista y pacificación de ella, que les gratificaría a todos tan particularmente como a los que con él venían, sin que en ello hubiese aceptación de personas mas de que conforme a lo que cada uno trabajase sería enteramente gratificado.

Y dando todos muestra, con alegres rostros, de que le seguirían y servirían con entera voluntad, cesó la plática, y luégo el comendador o gobernador Ordás comenzó a informarse de los españoles de Sedeño lo que habían entendido o sabido en el tiempo que allí habían estado, de la gente y riqueza de aquella provincia; los cuales le respondieron haberles dicho los indios que por allí cerca estaban, con quien al principio, mediante los rescates que les habían dado, habían tratado y conversado, que en el río de Uriaparia, que estaba pocas leguas de allí, había mucha cantidad de naturales que poseían mucho oro y otras riquezas, lo cual habían certificado otros naturales de otras poblazones más apartadas que allí les habían venido a ver.

Sabido esto por Ordás luégo procuró atraer a sí de paz los naturales de aquella provincia, los cuales fácilmente vinieron, e informándose de ellos acerca de la noticia que los españoles le habían dado, le respondieron y dijeron lo mismo; y teniendo por verdadero lo que le decían, luégo procuró, con acuerdo de sus capitanes y principales, dar orden en lo que se debía aderezar y hacer para efectuar aquella jornada y navegación y conquista del río de Uriaparia; y porque para hacer esto se había de detener algún tiempo en aquella provincia y no traía suficientes vituallas y bastimentos para la gente, acordó repartirla toda la más por los pueblos más cercanos a la fortaleza y que estaban de paz y en su amistad, para que allí se sustentasen a menos costa y conservasen el amistad de los indios, y con su presencia les hiciesen acudir con las cosas necesarias a su avío, que era traer madera para hacer tres bergantines y otros barcos pequeños que fácilmente pudiesen navegar por el río de Uriaparia, y para con ellos subir navegando la nao lo que la pudiesen llevar el río arriba.

También se detuvo aquí el comendador Ordás por esperar algunos días a ver si la nao y carabela que en la boca o bajos del Marañón se habían apartado de él le acudían a buscar; en el cual tiempo llegó el batel donde hubieron noticia de su perdición en la forma que arriba queda declarado; y porque atrás dije que daría entera relación de los Silvas, que quedaron haciendo gente que en Tenerife habían de ir en seguimiento del gobernador, y estándose haciendo estos barcos y bergantines en la fortaleza de Paria llegaron los dos hermanos, de ellos trataré en el siguiente capítulo, todo lo a ellos tocante hasta su muerte, porque mejor se entienda estando escrito todo ello en un capítulo solo que en diferentes lugares de la Historia donde pertenece escribirse.

 

Capítulo once

 

 

| De cómo los Silvas, hombres naturales de la isla de Tenerife, siguieron al comendador Ordás, y el fin que hubieron por sus malas obras.
 

 

Al tiempo y sazón que el comendador Ordás llegó a la isla de Tenerife, saltó en tierra Alonso de Herrera, a quien él traía por su maese de campo, para que como hombre práctico en negocios de milicia y de singular gracia para atraer a si los ánimos de los soldados por su habilidad así en el hablar como en tratar, juntase alguna gente; el cual, entre otros vecinos y naturales con quien él allí trató y tuvo amistad, fueron estos Silvas, gente de mediana hacienda y linaje y juveniles en la edad y aun en el juicio, a los cuales fácilmente atrajo a sí Alonso de Herrera, para que deshaciéndose del patrimonio y bienes que allí tenían, los gastasen en armar un navío o los que pudiesen, y en ellos metiesen los soldados y gente que hallasen, para ir con el comendador Ordás en demanda de aquella rica por fama e incierta noticia del Marañón, y con esto no sólo adquirirían títulos de capitanes y personas principales y preeminentes mas tenían tanta mano en el negocio del gobierno de la gente y tierra que se descubriese y poblases como el propio gobernador; y poniéndoles por delante demás de las adulaciones dichas, las muchas riquezas, aunque violentamente habidas, que en aquellos tiempos de las Indias se llevaban a España, que aunque no eran tantas ni tan lícitamente habidas como las de estos tiempos, parecían ser en tanto número por ser la tierra nuevamente descubierta.

Determinados los Silvas de hacer lo que Alonso de Herrera les rogaba, pareciéndoles venirles muy bien y a pelo el negocio, con una incierta y vana esperanza se deshicieron de los bienes y hacienda que en ella tenían, y comprando una nao y una carabela o navío, comenzaron a ponerse a punto de proseguir y salir con su jornada adelante, convocando y atrayendo a su compañía muchos amigos y conocidos de los que en aquella isla tenían, los cuales con ver a estos vecinos deshacerse de sus heredades y dejar la cierta y mediana pasadía que tenían, por meterse debajo de lo que la fortuna con ellos quisiese guiar, fácilmente se dispusieron a seguirlos, y así juntaron más de doscientos hombres.

Estando ya a punto estos capitanes con su gente y navíos para se partir en seguimiento de su capitán y gobernador, llegó a la misma isla de Tenerife, al propio puerto de Santa Cruz, donde estaban surtos los navíos de los Silvas, un galeón de un caballero portugués cargado de mercadurías y de otras cosas que para el sustento de aquella isla se traían, en el cual asímismo venía una doncella de poca edad, hija o parienta del señor del galeón. El que venía por maestre de este galeón, o por enojo que de su dueño tuvo o por otra diabólica codicia que a ello le movió, trató con Gaspar de Silva, que era hermano mayor de los tres, que se apoderase en el galeón y en todo lo que en él estaba y lo llevase consigo. Gaspar de Silva dejose fácilmente vencer de su codicia, e hizo lo que el maestre del galeón le decía, del cual apoderándose contra toda razón y justicia, echó los demás que contra su opinión y voluntad estaban en él y dioles en recompensa la nao que tenía para su viaje, que era ya vieja y maltratada con el mucho trabajo, y de lo que le pareció pasó al otro navío que él antes tenía, en el cual pensaba navegar con la doncella que en el galeón había venido. Repartiendo la gente que allí tenía hecha en el galeón y navío, metió a sus dos hermanos, llamados Juan González y Bartolomé González, en el galeón por capitanes de él y él se metió en la carabela.

Haciéndose a la vela tomaron su derrota a las islas de Cabo Verde, como el gobernador Ordás les había mandado, a donde en pocos días llegaron; y saltando en tierra a tomar algún refresco para la mar, procuró aprovecharse más de lo que era razón a gente de su nación, robando todos los ganados y otras cosas que pudo haber contra la voluntad de sus dueños, y aun casi a manera de amotinado, robó y despojó algunos portugueses que en la isla a manos halló, todo lo que tenían, y dejándolos despojados de sus haciendas se embarcó y prosiguió su viaje, en el cual porque se efectuasen todos los géneros de maldades, forzó y corrompió a la doncella que en el galeón había tomado con las otras cosas.

El galeón era más ligero en el navegar, y así en el camino se adelantó, y dejando atrás a la carabela en que iba Gaspar de Silva, se fue dando vista al río Marañón y a los demás puertos que por allí había, y viendo que en todos ellos no había rastro ni señal de los navíos del comendador Ordás, embocó por las bocas del Drago, y fue derecho a dar al puerto de Paria, donde halló que estaba surta la nao capitana. El comendador sintió muy gran alegría y contento de ver venir la gente que atrás había dejado, y haciéndose su salva y manera de recibimiento los unos a los otros, surgió el galeón de los Silvas, y saltando en tierra fueron muy bien recibidos de su gobernador, y viendo que tan bien proveídos venían, aunque no sabía a cuya costa, y que no sólo traían lo que había menester, mas otras muchas cosas para vender a los que en la tierra estaban, se alegró muy mucho más y les rindió más particularmente las gracias, dándoles licencia que pudiesen vender lo que traían sobrado como quisiesen.

Mas Dios nuestro Señor, que no consiente que semejantes maldades pasen ni queden sin castigo, permitió que dos soldados que en el galeón habían venido, llamados Hernán Sánchez Morillo y Briorres, que no debían de haber sido consentidores en las maldades de los demás, dieron noticia al gobernador Ordás de lo que los Silvas tan malvadamente habían hecho, así en haberse alzado con el galeón y todo lo que en él venía, como el corrompimiento y fuerza de la doncella y robos hechos en Cabo Verde, lo cual no curando disimular el gobernador, antes procurando y deseando que se les diese el castigo que semejantes negocios merecen, mandó luégo a Gil González de Avila, a quien él tenía por su alcalde mayor, que prendiese a los dos hermanos que venían en el galeón y que haciendo información sobre los crímenes de que le habían dado noticia, hiciese justicia de ellos y castigase a todos los más culpados. El alcalde mayor puso luégo por obra lo que su gobernador le mandaba, y habida información bastante sobre ello, cortó las cabezas a los dos hermanos Juan y Bartolomé González, y afrentó y azotó a otros participantes de dichos delitos, a cada uno según tenía la culpa. Donde a pocos días llegó a esta fortaleza Gaspar de Silva, el hermano mayor que había quedado atrás, y halló que se había ya partido el comendador en demanda y seguimiento de su jornada al río de Uriaparia, en cuya busca y alcance se fue luégo, a los cuales alcanzó luégo a la entrada del propio río Uriaparia, mostrando mucha alegría con voces y artillería que soltó de su carabela, y se metió luégo en un esquife y se fue a la nao capitana a besar las manos al gobernador Ordás, el cual luégo lo mandó prender y se hiciese justicia de él como de sus hermanos, y lo llevaron a enterrar a una isleta pequeña que allí cerca hacía el río, llamada Peratabre, la cual desde en adelante se llamó la isla de Gaspar de Silva; y de esta suerte estos tres hermanos hubieron y recibieron la pena que su loco atrevimiento e infames hechos merecieron, participando del castigo y pena todos los demás soldados y otras personas que habían sido participantes de los delitos, cada cual según tenía la culpa como arriba referí.

Todos los bienes y mercadurías que estos Silvas robaron, así en el galeón como en Cabo Verde, y los demás que ellos traían por suyos, fueron secuestrados y vendidos y encargados a los que allí venían por oficiales del rey para que ellos pusiesen en cobro.

De esto se puede conjeturar cuán más y mejor hubiera sido a estos Silvas contentarse con su mediana pasadía y no procurar o pretender por inciertas vías y medios adquirir vana honra, especialmente siendo tan inciertos los bienes y prometimientos de la fortuna, pues como es notorio, por uno que en las Indias sube y alcanza mayor dinidad y estado y más prosperidad de riquezas, descienden y se pierden diez de mayores quilates que aquel que subió, como nos lo muestra la experiencia de muchos mayorazgos que con vana esperanza de ser más ricos, se han deshecho en España de sus patrimonios con que honrosamente sustentaban la memoria de sus mayores, y pasando a las Indias y perdiendo y gastando el aparato que de España sacaron, han venido a morir miserable y pauperrísimamente, y aun a muchos de ellos en poder de indios caribes y de tigres y otros animales en cuyos vientres han sido sepultados, careciendo de la materna sepultura, y lo que más es de sentir, de los beneficios y sufragios que en sus tierras se les hicieran, de que pudieran gozar no siguiendo la vanidad ni dejando lo cierto por lo dudoso, como el vulgar refrán dice.

 

Capítulo doce
 

 

Cómo Ordás partió de la fortaleza de Paria y entró por el río de Uriaparia arriba, y la gran mortandad que sobre su gente vino. |
 

 

En hacer los bergantines y barcos necesarios para la navegación del río, se tardó y detuvo el comendador Ordás en la fortaleza y su provincia, dos meses, a cabo de los cuales, estando ya todas las cosas a punto y los barcos hechos, determinó partirse con su gente y armada, y porque los negocios de los descubrimientos y jornadas son tan varios e inciertos como por las experiencias se habían visto y cada día se ven, acordó el comendador Ordás dejar gente en aquella fortaleza, porque si en el río se perdiesen y escapasen algunos soldados, hallasen a la mano auxilio y favor dónde guarecerse y librarse y no fuesen de todo en todo perdidos y destrozados; para el cual efecto apartó cincuenta hombres de los que más aptos le parecieron para sufrir el trabajo que allí se había de padecer, y dándoles por su caudillo o capitán a Martín Niañez Tafur, uno de los principales y señalados que él traía en su campo, que hoy es vecino y vive en la ciudad de Tocaima, del Nuevo Reino de Granada, se partió de la fortaleza dejándoles instrucción de lo que habían de hacer y el tiempo que lo habían de esperar.

Otros dicen que el propósito de dejar Ordás en esta fortaleza esta gente fue temiéndose que había de volver Antonio Sedeño, de Puerto Rico, con alguna gente apoderarse en esta tierra de Paria y para que hallase quién se lo contradijese y resistiese y si fuese necesario le prendiesen y quitasen la gente que trajese o hiciesen sobre ello lo que les pareciese. Demás de lo dicho hay otra opinión acerca de esto, la cual tengo yo por más cierta, aunque todas juntas podían haber concurrido en el gobernador Ordás, y es que al tiempo que él se partió de España dejó en el río de Sevilla una nao llamada Maestra y Capitana y a un capitán para que hiciese doscientos hombres o los que pudiese y fuese en su seguimiento y socorro, y para que si esta nao, en el ínterin que él andaba en el río de Uriaparia, aportase por allí, tuviese quién le diese aviso y noticia de la derrota que él había llevado y acudiesen a donde él estaba con la gente y nuevo refresco y socorro que le trajesen, dejó este capitán con la gente dicha.

Sea como fuere, Martín Niañez Tafur quedó en la fortaleza de Paria con sus cincuenta soldados, y el gobernador se partió, como he dicho, con su armada de naos y bergantines y se fue derecho a la boca del río de Uriaparia, por el cual comenzó a entrar navegando con su armada; y aunque tenía harta hondura y no mucha corriente para estorbar la navegación de la nao capitana, era el gran estorbo e impedimento la falta de viento marítimo, que todo lo más del tiempo les era calmo y si corría les era contrario; y así les fue forzoso de usar de fuerza y maña para sufrir la falta del viento y subir la nao capitana por el río arriba, que por aquellos sus principios, cuanto a su entrada y fines, cuanto a su nacimiento, venía y estaba tan llano, ancho y hondable y navegable, que parecía a los ojos de los que lo miraban que casi no se movía el agua. Echaron toda la gente que pudieron en los bergantines y barcos de remo que habían hecho, y atando las popas de ellos desde la proa de la nao con diferentes maromas y guindaletas, llevábanla con muy gran trabajo de todos los que en la armada iban, la nao navegando, supliendo con la fuerza de sus brazos la falta del viento.

Con esta nueva manera de navegar, aunque de extraño trabajo para los soldados, iban subiendo y metiendo la nao capitana el río adentro, tan poco a poco que casi no la podían mover por su grandeza y pesadumbre, y también porque es verisímil que cualquier navío o nao navega muy más pesadamente por las lagunas, ríos y aguas dulces que no por la mar, la cual es mucha parte a que con más facilidad y ligereza se muevany naveguen por ella los navíos, aunque estén muy cargados.

Este mismo trabajo padecían los pobres españoles con el otro galeón pequeño que los Silvas armaron en Tenerife, que también lo traían allí con los bastimentos y otras cosas necesarias que de España habían traído para avío de su jornada.

Antes que Ordás saliese de la fortaleza, entre las otras nuevas que les dieron los naturales y cosas que le dijeron, fue cómo a la entrada del río de Uriaparia estaba el pueblo y señor de Uriaparia; y como llevase ya las señas de esto, y hacia la parte do caía, túvose siempre a aquella banda con su armada, y navegando obra de cuarenta leguas que estaba este pueblo de Uriaparia el río arriba, fue tan grande el trabajo que la gente padeció, así en el llevar y subir de la nao y galeón el río arriba, como con enfermedades y hambres que les sobrevinieron de la región y constelación de aquel río, que en la distancia de estas cuarenta leguas que trabajaron para llegar a Paria, murieron y perecieron cuatrocientos soldados, poco más o menos, y era tan mala y pésima esta región y tan corrutos y empecedores los aires y vapores que en este río se congelaban, que acontecía, en haciéndose muy poca sangre o en picando un murciélago, o de otra ocasión que se les hiciese alguna pequeña llaga, luégo les caía cáncer, y hubo hombres que en una noche y un día les consumía el cáncer toda la pierna desde la ingle hasta la planta del pie, y así se veían morir los unos a los otros con estas enfermedades y con hambres que tuvieron, a causa de estar por allí la tierra muy anegada y cubierta del río, y no poder ir los bergantines a buscar comida a ninguna parte; y con todas estas calamidades, muertes y hambres y necesidades, jamás se pudieron persuadir a dejar de proseguir su viaje y jornada y volverse a la fortaleza de Paria a intentar esta entrada por otra parte de menos peligros y riesgos.

 

| Capítulo trece
 

 

Cómo el comendador Ordás llegó con sus naos al pueblo de Paria y echó
la gente en tierra, y los indios les dieron de noche una guazabara.
 

 

Con estos trabajos, pérdidas y menoscabo de su gente, llegó el comendador Ordás con su armada al pueblo de Uriapania, que estaba cerca de la barranca del estero o anegadizos; que el río por allí es de tal hondura que hasta la propia barranca llegaban las naos navegando.

Los naturales de este pueblo, aunque se espantaron y maravillaron de ver aquellos navíos tan grandes y la nueva manera de gentes que en ellos venían, no quisieron ausentarse ni dejar su pueblo, confiados en su mucho número y valentía, porque era este pueblo de cuatrocientos bohíos o casas grandes y los indios, flecheros y guerreros y muy belicosos, a quien temían y respetaban por sus tiranías y atrevimientos todos sus comarcanos.

El comendador saltó en tierra con toda su gente, y aunque la extraña necesidad que de mantenimientos llevaba le obligaba a tomarlos por la vía que pudiese de aquel pueblo, no quiso, aunque de ellos tenían los indios en mucha abundancia de todo género de pescado y legumbres, por no dar ocasión a estos bárbaros a que se desmandasen y quejasen de él, y así, apartado del pueblo obra de un tiro o dos de arcabuz, se alojó lo mejor y más seguramente que pudo y le pareció que convenía, y luégo, por vía de buenos medios y rescates, comenzó a tratar con los indios y a inducirles a que le trujesen algunos mantenimientos para el sustento de la gente, lo cual los indios fácilmente hacían, mediante la buena paga de rescates y cosas de Castilla que les daban.

Pasado poco tiempo de como el gobernador y su armada llegó a este pueblo, los indios, como son tan mudables, quisieron acometer a los españoles por tentar sus fuerzas y por ver quiénes eran y si eran belicosos como ellos; y para efectuar su propósito tomaron por ocasión bastante el andar unos puercos que el gobernador había llevado de España, que serían hasta treinta, machos y hembras, cerca de sus casas y poblazón, y acordaron de matar una noche todos los puercos y un español que los guardaba, el cual, o por indicios o por otras señales que vio, coligió lo que querían hacer, y apartándose la propia noche de donde traía su ganado, fue a dar aviso al gobernador de lo que los indios querían hacer. El gobernador, no satisfaciéndose de lo que aquel soldado decía, creyendo que con el temor de verse solo se le habría representado aquello, envió diez soldados con sus armas a que disimuladamente entendiesen lo que los indios hacían, los cuales habían salido de mano armada a matar aquel que guardaba los puercos, y no lo hallando se estuvieron quedos a ver si volvía, y ellos en aquesto estando, llegaron los diez soldados que por espías Ordás enviaba, a los cuales recibieron con las armas en las manos, y dando en ellos mataron los cinco, y los otros, por ser más ligeros o hallarse más apartados, se escaparon y dieron aviso del suceso al comendador, el cual, alborotándose con más aceleración de la que era razón, sin orden y concierto de guerra, se partió luégo con todos los que le siguieron al pueblo de los indios, para haber venganza de aquella injuria y desacato hecha a él y a su gente.

Los indios, que aun no habían resfriado el calor o ánimo que el vino les había puesto, porque, como es notorio, es general costumbre en todas las Indias que cuando los indios han de ir a hacer alguna guerra o dar alguna batalla, que por otro nombre llaman guazabara, los principales sacrificios y oraciones que hacen para haber victoria, es al dios Baco, aforrándose con unas coracinas de vino que ellos artificialmente hacen, con lo cual, como hombres fuera de juicio, muchas veces pelean valiente aunque desatinadamente; y como todavía tenían el ardor en el cuerpo, llegó el comendador y los suyos a tiempo que recibieron de los indios más daño que provecho, porque se defendieron tan valientemente con su flechería, que hicieron mucho daño en la gente del gobernador, y ellos no recibieron ninguno, porque como era de noche y los indios peleaban en su propio pueblo y tierra, sabían muy bien por dónde habían de acometer a los españoles, lo cual por el contrario les era dañoso a los cristianos, que no sabían por dónde habían de atravesar ni arremeter, y así le fue forzoso al gobernador retirarse luégo a la hora para no recibir más daño del recibido y volverse a su alojamiento.

Los indios, viendo retirados a los españoles, y pareciéndoles que la ventaja que habían tenido se le había dado la noche y escunidad de ella, y si el día les tomaba allí podrían tornar a perder la victoria y honra que habían ganado, con gran daño y pérdida suya, luégo sin ser sentidos de los españoles, embarcaron por otra parte del estero o ciénaga sus mujeres e hijos y todas sus baratijas, y porque con el mantenimiento que en los bohíos había no les quedase niguna cosa ni sustento a los españoles, les pegaron a todos fuego, de suerte que ninguna cosa que de provecho fuese pudo quedar de toda cuanta comida en ellos había, lo cual causó doblado dolor y hambre en todo el alojamiento de los españoles, por no tener por allí cerca ningún recurso ni de dónde poderse proveer de maíz y de otras comidas de la tierra, y así en el tiempo que en este pueblo estuvieron su principal sustento, y aun todo, era gran cantidad de pescado que allí se tomaba, con lo cual pasaban y sustentaban la vida.

Acerca de la pelea que Ordás tuvo con los indios, dicen otros españoles de los que de ello han dado noticia, que al tiempo que los diez soldados que el gobernador envió por espías llegaron al pueblo, que los indios que ya estaban puestos en armas, alzaron muy gran grita, conforme a su general costumbre, y dieron en los diez soldados, y que a estas voces y alborotos acudió el gobernador Ordás que, como de suso se ha dicho, estaba alojado obra de un buen tiro de arcabuz del pueblo, con la gente que le pudo seguir, los cuales recibieron el daño que se ha dicho.

Como ello haya sido, él lo hizo inconsideramente y no conforme a la orden y usos que en las Indias se tiene en semejantes tiempos y ocasiones, y así es culpado de todo el daño que aquí recibieron sus soldados, así de las heridas que los indios les dieron como de la falta de comidas y mantenimientos que tuvieron por haber quemado los indios el pueblo.

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