LIBRO
CUARTO
En el libro cuarto so trata del
primer descubrimiento de la isla de la Trinidad, y de quién la
descubrió, y cómo le fue dada par gobernación a Antonio Sedeño, con
todo lo que en ella le sucedió, y cómo el Emperador don Carlos dio
a don Diego de Ordás una gobernación en el río Marañón, y cómo
después de haber pasado muchos trabajos fue preso por Pedro Ortiz
de Matienzo, después de lo cual fue muerto Ordás con ponzoña yendo
o España. Asimismo se trata cómo Sedeño prendió a Alonso de Herrera
y a toda la gente que con él estaba en Paria.
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Capítulo primero
Que trata de
quién descubrió la isla de la Trinidad y cómo se la proveyeron a
Antonio Sedeño por gobernación, y cómo hizo gente en Puerto Rico y
se fue allá con dos navíos y con setenta hombres.
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La isla de la Trinidad, cercana a Tierra Firme, en el golfo y
costa de Uriaparia, fue descubierta por el esclarecido varón don
Cristóbal Colón en el primer descubrimiento de Tierra Firme, en el
año de mil y cuatrocientos y noventa y siete y porque el quererse
poblar y conquistar esta isla por Antonio Sedeño fue origen de
algunas guerras y disensiones que entre españoles su cedieron, así
en la misma isla como en la Tierra Firme y punta de Uriaparia, se
hace aquí particular mención de ella.
Fue, pues, el caso que estando Antonio Sedeño en la isla de San
Juan de Puerto Rico por contador de la hacienda real, viviendo
prósperamente con lo que Dios allí le había dado, no contentándose
con su mediano estado y pasadía, queriendo emprendes cosas arduas
para dejar alguna particular memoria y acrecentando la de su noble
linaje, mediante el favor que en corte del emperador tenía, intentó
que se le diese la isla de la Trinidad por gobernación y
adelantamiento para poblana y pacificarla. Su Majestad, deseando
que los naturales de aquella isla viniesen en conocimiento de Dios
nuestro Señor y entrasen en el gremio de la Iglesia, dio la isla
por gobernación a Antonio Sedeño y lo hizo adelantado de ella. Los
solicitadores de Sedeño sacaron sus
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provisiones y con toda
brevedad se las enviaron a Puerto Rico, donde, como se ha dicho,
residía. Recibidas por Antonio Sedeño, yendo con aquella pompa y
título de adelantado de la Trinidad, procuró luégo poner en
ejecución su jornada, y poniendo toda diligencia en aderezar navíos
y juntar gente y hacer todos los pertrechos y aderezos de guerra
que eran necesarios, puso a punto dos carabelas, y juntando en
ellas setenta hombres que había habido en aquella isla, se partió
para su provincia y adelantamiento, con vana esperanza de verse muy
rico y poderoso en breve tiempo.
Por el año de mil y quinientos y treinta llegó a la isla de la
Trinidad, y surgió con sus navíos hacia la parte de Tierra Firme,
que es al mediodía, por parecerle lugar más acomodado así por el
abrigo que la mar tiene y para que los vientos no lo alborotasen
con la soberbia que en otras partes, como por ser la isla por
aquella parte más apacible y mejor poblada y más abundante de
mantenimientos, y también porque la travesía que por aquella parte
había de la isla de la Trinidad a Tierra Firme era muy poca, y si
los indios de la isla les pusiesen en algún aprieto, podrían con
más facilidad y brevedad y con pequeños barcos pasarse a Paria; y
según lo afirman algunos, lo miró discretamente Sedeño, porque
conforme a lo que después les sucedió, a no hallarse tan cerca de
Tierra Firme le damnificaran los indios y naturales de aquella isla
mucho más de lo que le damnificaron.
Surtos los navíos, los indios no se alborotaron mucho, porque
como antes habían visto pasar por allí a Colón, y después a otros,
sin hacer asiento ni escala en su tierra, creyeron que lo mismo
había de ser o hacer Sedeño y los que con él iban, los cuales luégo
echando sus bateles fuera, echaron de la gente que más dispuesta y
mejor armada traían, saltaron en tierra y con ellos saltó su
capitán Antonio Sedeño, llevando consigo algunas cosas de resgate,
para con ello aplacer a los indios y contentarlos.
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Capítulo segundo
De cómo Sedeño,
saltando en tierra de la isla de la Trinidad, hizo un palenque o
fuerte de maderos, y las causas que a ello le movieron, y cómo los
indios se confederaron con Sedeño.
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Saltando Antonio Sedeño, adelantado, en tierra de la Trinidad,
los indios lo esperaron, los cuales, como son amigos de novedades y
Sedeño había sacado algunas cosas de España qué darles, mostráronse
muy amigos, especialmente un principal o señor llamado Chacomar,
que allí junto tenía su poblazón, el cual tenía guerras con los
demás señores de la isla, y por tener ayuda y favor para contra sus
adversarios, se confederó con los españoles con más brevedad de la
que los demás indios lo hicieron. Y habiendo repartido entre ellos
cuantas marcandetas y abalorios y otras niñerías de esta suerte,
pareciéndoles aquellos bárbaros que el principal fin de los
españoles era venirles a dar aquellos rescates, dieron muchas más
muestras de alegría, y aunque no había intérprete o lengua que los
entendiesen, por señas daban a entender que se holgaban mucho de
que Sedeño y sus soldados y gente hiciesen asiento allí.
Con esta manera de seguridad echó Sedeño toda su gente en
tierra, no desamparando los navíos por tener propincuo el remedio
si alguna necesidad le constriñese a buscarlos; y en la mejor parte
que le pareció, conjunta a la marina, asentó su real, con propósito
de con la brevedad que pudiese entrar la tierra adentro a ver la
isla y naturales y poblazones de ella.
Los indios que más cercanos estaban no dejaban de venir de
ordinario a ver a los españoles y caballos y perros y otras cosas
que llevaban, para ellos de grande admiración por no haberlas visto
ni oído, y traían y proveían de algunas comidas de la tierra a los
españoles para su sustento. También ocurrían otras muchas gentes de
otras partes de la isla a ver los españoles con la fama que les iba
de la nueva gente que en su tierra había entrado, aunque hasta
entonces no habían recibido ninguna mala obra de sus nuevos
huéspedes.
Pasados algunos días, viendo Antonio Sedeño la mucha cantidad de
naturales que le venían a visitar, y que así por la noticia que de
ellos antes tenía como por el trato y aspecto de sus personas
parecían ser belicosos, no tuvo por seguro hostalaje el suyo, por
ser los españoles pocos y algo bisoños para el uso de la guerra de
indios; y con este temor procuró antes que la fortuna intentase de
darle algún recuentro, de repararse lo mejor que pudiese, y con
dádivas que dio a los indios que le venían a ver, y con ayuda del
principal, su amigo y vecino Chacomar ordenó y puso por obra de
hacer un cercado de maderos gruesos muy juntos, que comúnmente
llaman palenque, para que estando recogido allí con su gente, los
indios no fuesen parte para ofenderle tan a su salvo como lo
pudieran hacer sin este abrigo, y así luégo puso por obra lo que
tenía pensado y comunicado con sus soldados y capitanes; y
trabajando y poniendo la mano todos en ello, acabaron el palenque o
cercado en pocos días, dentro del cual con los mismos naturales y a
fuerza de dádivas que les daban, hicieron algunas casas de paja
para su habitación y morada, en lo cual les pareció, así al capitán
como a los soldados, que sería parte para resistir cualquier número
de indios que les viniesen a ofender, y aun de allí salir a
recorrer la tierra y pueblos comarcanos, para proveerse de lo que
más la necesidad los contriñese a buscar para su sustento.
Tuvieron muy grande alegría y contento así el gobernador como
sus soldados de verse mejorados en la tierra con la esta manera de
fuerza, y cierto tenían razón, porque según los indios de aquella
isla de su propio natural son indómitos y belicosos y amigos de
efectuar cualquier mal propósito que les ocurra y las muchas y muy
peligrosas armas que tienen, si los nuestros no se anticiparan.
proveyéndose con esta manera de reparo, sin duda en breve tiempo no
quedara ninguno y fuera imposible escapar.
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Capítulo
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tercero
Cómo los indios
de la Trinidad se alzaron y rebelaron y vinieron diversas veces a
dar en el real de los españoles.
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Pasados algunos días, como los indios son amigos de que
ordinariamente les den y contribuyan, y a Antonio Sedeño se le
habían acabado los rescates y dádivas con que los solía contentar,
constreñido de la necesidad persuadía a los indios a que le
proveyesen de lo necesario para comer, conforme a los
mantenimientos que los mismos indios usan y crían, los cuales,
viendo que por lo que se les pedía no les habían de dar ni pagar
cosa alguna, acordaron alzarse y evitar y apartar el trato y
conversación que con los españoles tenían, y aun poner y hacer todo
su posible por desarraigarlos y echarlos de la tierra.
Los soldados, a quien la falta de la comida oprimía a que se
desmandasen a buscarla y tomarla como pudiesen, diéronse a hacer
algunas salidas de su fuerte y palenque e ir a los pueblos más
cercanos a proveerse de los mantenimientos necesarios, el cual era
algún maíz, yuca y patata y otras inusitadas comidas para ellos. De
esta suerte, y viendo los naturales que ya sus huéspedes los
españoles se desmandaban a tomarles las comidas sin su voluntad y
licencia, comenzaron a tratar entre sí de dar orden cómo matarlos o
echarlos de la tierra; y comunicándolo entre todos los isleños o
naturales, que era harto número de gente, lo aprobaron por cosa
acertada y conveniente, y con esta determinación se previnieron
luégo de armas y de hacer muy fina y buena yerba, y todos los
pertrechos y aderezos de guerra de que ellos suelen usar, que no
son tan simples ni sencillos como algunos han afirmado; porque la
yerba de que usan tiene tal fuerza y vigor que, sin dar mortal
herida con ella, mas de rasguñar el cuero de suerte que pueda tocar
en sangre o que la sangre toque en la yerba, no hay remedio con que
fácilmente pueda escapar, si no es que Dios, por su misericordia,
los quiera librar, o porque en este tiempo no se tenía casi
experiencia para atajar la furia de la yerba, como en algunas
partes después acá se ha hallado, según en algunos lugares de esta
mi Historia lo escribo; y con este género de armas mueren los
heridos rabiando y haciéndose pedazos sus
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propias
carnes.
Con esta perversa determinación procuraban los indios venir a
donde estaban los españoles a amedrentarlos y alborotarlos y a
hacerles el daño que pudiesen, hasta matarlos o echarlos de la
tierra; y así los tenían todos los más días cercados, non sintiendo
que saliesen a buscar comidas a la tierra adentro.
Los españoles aunque eran pocos en número para tanta multitud de
indios como sobre ellos venían, usando de los invencibles ánimos de
que suelen usar, salían lo mejor armados que podían, y con los
caballos que tenían, y dando en los enemigos, los ahuyentaban y
echaban de si, haciéndoles subir a los altos collados y sierras,
donde por sus asperezas no podían los caballos subir ni llegar; y
unas veces damnificando a los indios, y otras veces los indios a
ellos, se sustentaron muchos días dentro de aquel fuerte, sin el
cual reparo en breve tiempo los naturales, por el gran número que
de ellos se juntaba para las refriegas y cercos que a los españoles
hacían, los desbarataran Y mataran; y con todo esto, en las
refriegas que los unos con los otros tuvieron le mataron al
gobernador Antonio Sedeño la mayor parte de sus soldados, no tanto
con las crueles heridas que les daban, cuanto con la pestífera
yerba que les tocaban, y así vivía con gran confusión de ver que su
gente cada día eran menos y se disminuía con la guerra que los
indios le hacían sin cesar; y porque no fuese sentido el daño que
en los españoles los indómitos y pésimos naturales hacían, con
aquel género de armas, procuraba Antonio Sedeño que los que mataban
fuesen enterrados lo más ocultamente que se pudiese, y no fuese
sentido el daño que se les hacía; con la cual industria desecharon
de sobre sí el continuo cerco que los indios les tenían puesto, los
cuales, creyendo que con sus armas no hacían daño ninguno a los
cristianos, y cansados y aun lastimados de la guerra que muchos
días habían tenido, dejaron a los atribulados españoles, y con
propósito de reformarse y juntar más gente para proseguir adelante,
a ver si podían acabar sus perversos vecinos se retiraron la tierra
adentro.
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Capítulo cuarto
De una guazabara
que dieron los
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a Antonio Sedeño, donde acaeció un
notable hecho de una mujer española.
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No muchos días después sucedió que un indio de los de aquella
isla, o importunado de sus mayores, o él por mostrarse más atrevido
que los demás, bajó de la sierra a espiar y a ver si podía
reconocer los españoles que había y lo que hacían, el cual,
temerariamente, se metió en medio del día dentro del cercado o
palenque; y como la gente estuviese reposando la siesta, no vio
hombre ni persona alguna de quien pudiese tener miedo, más de una
mujer española que con su marido había venido en compañía del
gobernador, la cual estaba asentada a la puerta de su casa o
aposento labrando. El indio se fue derecho a ella, y poniéndosele
delante comenzó a jugar con ella o retocarla y quitarle la labor de
las manos, la cual, viendo la atrevida desvergüenza de aquel
bárbaro, se levantó, y tomando un palo que cerca de sí halló, sin
llamar auxilio de su marido ni de otra persona alguna, dio tras del
indio y lo ahuyentó e hizo ir más que de paso. El bárbaro se salió
sin recibir otro daño más del que esta mujer le pudo hacer, que
sería bien poco, y se fue y volvió por el camino por do había
abajado, dando noticia a sus mayores y compañeros de la poca
resistencia que había hallado, y de la poca gente que había visto,
y animándolos a que se juntasen y diesen sobre los españoles.
Con las nuevas que este indio les dio y persuasión que les hizo,
se juntó gran número de gente, y al cabo de dieciséis días vinieron
por la orden que acostumbraban, de noche, a cercar a los españoles
en el fuerte donde estaban, para ver si cogiéndolos descuidadamente
podían dar fin a sus días. Las velas que los españoles tenían
puestas, sintiendo la gente que a su fuerte se allegaba, dieron
alarma. Los españoles se levantaron con la presteza que la brevedad
del negocio requería, y armando esos pocos caballos que tenían,
aunque la noche hacía algo escura, salieron por no mostrarse
cobardes a encuentro a sus contrarios y comenzaron a escaramuzar
con ellos, y los indios a defenderse de los españoles.
El indio que los días antes había venido a espiar, o afrentado y
corrido del daño que la mujer española le había hecho, o por buena
voluntad que le debió de cobrar, tomó a otros cinco compañeros, y
apartándose de la demás gente de su escuadrón, que por ser escuro
no lo echaron de ver, fueron por una puerta falsa que el palenque
tenía hacia la parte de la mar, y hallándola abierta y sin ninguna
resistencia, se entraron dentro y se fueron derechos a la casa y
bohío donde había sucedido al indio los requiebros con la mujer
española, la cual sintiendo el estruendo que los indios traían y
considerando el daño que podría ser o sobrevenirle, la cual es de
creer que andando su marido y los demás españoles en la pelea que
andaban no estaría durmiendo, tomó una espada que en su aposento
estaba y poniéndose a los pechos el almohada de su cama, para la
defensa de las flechas, se llegó a la puerta de la casa o bohío
donde vivía, y con ánimo más varonil que de mujer, defendió
valerosamente a aquellos iniques bárbaros que no le entrasen
dentro, hiriéndoles con el espada tan diestra y animosamente que,
aunque estuvieron allí más de tres horas haciendo todo su posible
por ganar la puerta y entrar dentro, jamás lo pudieron hacer, con
sola la resistencia que aquella buena mujer les hacía, aunque los
bárbaros procuraron ofenderla con mucha cantidad de flechas que le
tiraron, las cuales fue Dios servido que hacían el golpe en la
almohadilla que por rodela o antepecho tenía, y así nunca recibió
ningún daño.
Estando en este aprieto, un soldado de los que en la pelea o
guazabara de los indios andaba con los demás españoles, recibió un
flechazo peligrosísimo, el cual con el extraño dolor y tormento que
de la yerba que la flecha tenía recibió, se retiró a su fuerte tan
fuera de tino, que ni sabía ni veía por do venía, y con esta
turbación y alteración privado de su natural juicio y sentidos,
pasó cerca de donde la española estaba defendiendo su casa y
persona de aquellos indios, la cual, no sabiendo ni creyendo la
turbación y peligrosa herida que aquel español llevaba, le comenzó
a llamar, importunándole y rogándole que la favoreciese; pero cómo
ni él sabía a dónde iba ni quién le llamaba, por el gran tormento
de la yerba, se metió en una concavidad que entre el palenque y
bohío donde la mujer estaba había, y arrimándose a los palos del
cercado murió tan miserablemente que sin caer en el suelo se quedó
arrimado al palenque, yerto, donde después fue hallado.
Ya que el alba rendía o amanecía, los españoles que a caballo
andaban ahuyentaron los indios y los hicieron retirar la sierra
arriba, aunque con daño de algunos de sus compañeros españoles, a
quien con algunas flechas enherboladas de aquella pestífera yerba,
habían herido; y vueltos a su fuerte y palenque, entraron gritando
con la victoria que habían habido: "Santiago, Santiago". Los indios
que tenían puesta en aprieto y nunca podido rendir ni vencer a
nuestra española, sintiendo que los españoles venían, desampararon
la casa y pusiéronse en huida. La mujer, viéndose libre de aquellos
bárbaros que la habían querido prender y tomar a manos, con la
venida de los españoles fue tánto el placer que sintió que, como
muchas veces suele acaecer con los dos extremos de placer y
tristeza, se le cubrieron las telas del corazón y cayó amortecida
en el suelo. Los españoles llegaron, y como no la oyeron hablar
sospecharon que fuese muerta y llevada de algunos indios, y
entrando en su casa halláronla privada de sus sentidos, y por el
poco sentimiento que hacía creyeron que sería muerta, y alzándola
del suelo y entendiendo el desmayo que tenía, desde a poco volvió
en sí, donde comenzó a quejarse de la inhumanidad que el español ya
muerto había usado con ella en no favorecerla, y andándolo a buscar
para reprehenderle de su crueldad y cobardía, lo hallaron muerto en
la forma que está dicho.
Fue tan valeroso este hecho de esta varonil mujer, que cierto es
digno de que se haga particular mención de ella y de su nombre, el
cual quisiera saber para estamparlo en este lugar con letras de
oro.
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Capítulo quinto
De cómo Antonio
Sedeño, viendo su perdición, determinó salirse de la Trinidad y
pasarse a la punta o ancón de Uriaparia, y así lo puso por
obra.
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Estaba Antonio Sedeño con gran temor, y no sin razón, de ver el
fin y ruina suya y de sus soldados, porque con las continuas
escaramuzas, recuentros o guazabaras que con aquellos indómitos
bárbaros había tenido, le habían faltado la mayor parte de ellos,
muertos cruel y miserablemente con la yerba de que eran heridos, y
por el consiguiente los caballos se le habían apocado, y aunque
nunca le había faltado el amistad del cacique y señor Chacomar, su
vecino, no había sido parte para la resistencia de la multitud de
aquellos bárbaros, porque el cacique tenía poca gente, y ya que era
suficiente para sustentar el amistad de los cristianos, no era
poderoso para resistir a sus contrarios ni estorbar sus perversos
desinos y obras de ellos. Mas con todo esto no dejaba de ser muy
provechosa el amistad (de) este principal a los cristianos, que tan
afligidamente se sustentaban, proveyéndolos de algunas cosas
necesarias de comida, y dándoles avisos de lo que los contrarios
querían o determinaban hacer.
Y andando el gobernador considerando cuán presta o propincua
tenía su mala destrucción, procuraba atraer a su imaginación todos
los medios que podía para tomar el más conveniente a sí y a su
gente e irse él a Puerto Rico a traer más gente. Unas veces le
parecía que era cosa acertada dejar allí, en aquel fuerte, la gente
e irse él a Puerto Rico a traer más gente, y a esto se le oponía el
mal suceso que tendrían los que allí quedasen, y cuán perdidas o
vendidas quedaban sus vidas. Otras veces le parecía que era mal
caso desamparar del todo la tierra, que sería perder el título y
merced que Su Majestad le había hecho de adelantado de la Trinidad,
y que era gran vergüenza para él volverse sin efectuar cosa alguna.
Y entre estas y otras consideraciones le pareció que lo más
acertado sería pasarse con toda la gente que tenía a la costa de
Tierra Firme y provincia o punta de Uriaparia, y allí hacer una
fortaleza y dejar en ella la gente con el más bastimento que
pudiese, y dar la vuelta a Puerto Rico con algunos de sus amigos y
juntar de nuevo la gente que pudiese para tornar a entrar en la
Trinidad.
Y comunicándolo con los soldados que le habían quedado, por
verse fuera de tanto riesgo como tenían, aprobaron y confirmaron el
parecer del gobernador Sedeño, y poniéndolo luégo por la obra se
embarcaron en los navíos que habían allí traído, y desamparando el
palenque o cercado que tenían, se partieron de la Trinidad, después
de haber residido en ella con la calamidad y trabajos y hambres y
necesidades que Dios nuestro Señor sabe, mucho
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tiempo
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28
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y rogando al cacique su amigo
que les diesen algunos indios para que les ayudasen a hacer la
fortaleza que pensaban hacer, llegaron el propio día a la punta o
ancón de Uriaparia, donde desembarcaron con harto contento por
verse fuera del riesgo con que en la Trinidad vivían y habían
residido.
Capítulo seis
Cómo Sedeño hizo
un fuerte en tierra de Paria, y dejando en él algunos soldados se
fue a Puerto Rico, y cómo los indios Uriaparia se rebelaron contra
los españoles.
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Saltada toda la gente de Sedeño en Paria, luégo se ocuparon en
ver y saber cuál sería el más cómodo lugar y sitio para fabricar y
hacer la fortaleza o fuerte que pretendían, y mirándolo
diligentemente, en la parte más cómoda que a todos pareció,
comenzaron a hacer su fortaleza de piedra y tierra, con ayuda de
los naturales e indios amigos que trajeron de la Trinidad, y con
otros que de la propia provincia y tierra de Paria les habían
venido a verlos, los cuales, ignorando los desinos e intento de los
españoles, fácilmente les ayudaron a fabricar lo que querían,
porque es cierto que según es de belicosa y atrevida aquella gente
de Paria y enemigos de gente que los pueda sujetar si entendieran
el propósito con que los españoles hacían la fortaleza, no sólo no
les ayudaran, mas procuraran juntar todas sus fuerzas y echar de la
tierra o matar a los españoles; y no sin falta de mucho trabajo que
los españoles padecieron en la obra, acabaron su fortaleza, y para
que los que en ella habían de quedar quedasen con bastantes
mantenimientos, de suerte que la necesidad y falta de ellos no les
constriñese a irlo a buscar a las poblazones comarcanas, donde
pudiesen recibir daños o ser muertos de los naturales hizo el
gobernador Sedeño con toda la gente con algunos resgates que le
habían quedado, y a las veces sin ellos, y por las demás vías que
pudo, juntar en la fortaleza gran cantidad de comida y bastimento
para los que en ella habían de quedar; y hecho esto determinó de
partirse, dejando en ella por su teniente a Juan González con hasta
veinte y cinco hombres, animándoles a que con toda constancia y
fidelidad guardasen aquella fortaleza que les dejaba a cargo y no
la entregasen a ningún español o gobernador que por allí viniese,
porque su vuelta con el socorro sería con toda la brevedad posible;
y con esto se embarcó y partió de sus compañeros y provincia de
Uriaparia y se fue la vuelta de Puerto Rico a buscar y proveerse de
más gente.
Los de la fortaleza se conservaron algunos días en amistad con
los indios comarcanos, los cuales queriendo escudriñar o tentar las
fuerzas de los españoles, se rebelaron, y rompiendo o quebrando la
paz y amistad que con ellos tenían, se comenzaron a indinar los
unos a los otros y a tratar que los españoles se estaban en su
tierra y querían vivir en ella; que antes que viniesen más los
echasen de allí o los matasen y derribasen aquella casa o fuerte
que tenían hecho, para que si otros viniesen no hallasen dónde
recogerse ni albergarse, y con la guerra que ellos les hiciesen no
pararían y se irían a otra parte. Y viniendo todos los naturales de
aquella provincia en este mal propósito, se juntaron y pusieron a
punto de guerra y con sus armas enherboladas y orden de guerra que
ellos acostumbran, vinieron sobre los españoles, que algo temerosos
de este suceso estaban y puestos en vela y mira, cerradas sus
puertas.
Los indios les cercaron la fortaleza, y como no saben más de
pelear con aquellas armas arrojadizas de que usan y tiran, no
supieron cómo entrar a los españoles ni escalarles su fuerte, y así
los tuvieron cercados algunos días. Visto que su cerco era de
ningún efecto, se volvieron a sus pueblos, y no dejaban de venir
algunos días a ver si los españoles salían o se alejaban por
algunas partes o poblazones a buscar de comer, y así se sustentaban
con harto trabajo los soldados, sin ser señores de alargarse mucho
de su fortaleza a buscar algunas cosas de que tenían necesidad,
porque la comida se les iba acabando, y habían de ser forzados a
irla a buscar y tomar, y empezaban ya a padecer hambre y a comer
muy limitadamente.
Capítulo siete
Cómo el emperador
don Carlos dio a don Diego de Ordás una gobernación en el río
Marañón, y su partida de España hasta llegar al paraje o boca del
río Marañón.
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En este mismo tiempo, que sería por el año de treinta, don Diego
de Ordás, comendador de la orden de Santiago, y a lo que afirman de
sangre ilustre, habiendo ido a los reinos de España de la conquista
de la Nueva España, donde se halló por capitán con Hernando Cortés
desde su primer entrada y descubrimiento hasta que fue enviada
gente a España, con los cuales fue este caballero, con propósito de
emprender alguna cosa ardua con qué esclarecer más su nombre y
dejar de sí la memoria que los demás pretenden.
Inquiriendo diligentemente qué provincias había en este tiempo
por poblar, en que pudiese emplear su valor y aprovechar su
persona, supo o fue informado de personas que lo sabían, que la
mejor demanda y de más provecho era el río Marañón, aunque en este
tiempo llamaban el Marañón otro río más pequeño que está más
adelante, que entra en la mar por sí, y el que ahora llaman,
llamaban entonces Mar Dulce, y después fue llamado el río de
Orellana. Otros afirman, y esto es lo más cierto, que este río que
primero fue llamado Marañón, no le hay, o el mismo que ahora llaman
Marañón, que es por do bajó Orellana, y después el infelice traidor
Lope de Aguirre. Este río fue descubierto por los Pinzones el mil y
quinientos menos uno; y aunque al principio algunos afirmaron ser
muy rico, debieron decirlo por conjeturas, o porque les pareció que
un río de tan grande boca y de tan grande ayuntamiento de aguas no
podía dejar de ser muy poblado y rico; mas su opinión fue incierta,
pues hasta hoy no se ha hallado en él cosa notable, porque
Orellana, que fue el primero que lo navegó dijo algunas cosas
apócrifas y sin fundamento, inventadas sólo para mover y atraer
gente, así para llevarlos consigo a descubrir la tierra, si alguna
había, lo cual confirmó después la gente que por este propio río
abajó amotinada de Perú con Lope de Aguirre; los cuales afirman no
haber visto cosa notable en el principio, medio ni fin de este río,
más de que cerca de la boca o remate de él, de una parte y de otra,
había y vieron cierta serranía baja y pelada, toda rasa, en la cual
vieron cantidad de humos y gran apariencia de estar poblada.
Pues antes de Orellana y de Lope de Aguirre, pidió el comendador
Diego de Ordás al emperador don Carlos, en el tiempo dicho, la
conquista y poblazón de este río Marañón. Su Majestad se la
concedió atento la calidad de su persona y lo mucho que le había
servido en el descubrimiento de la Nueva España, con título de
gobernador y adelantado de todo lo que descubriese y poblase en
este río y sus comarcas.
De la Nueva España llevó algunas riquezas don Diego de Ordás a
España, con las cuales, y con la codicia que los españoles suelen
tener de subir y valer más, juntó mil y doscientos hombres, y con
ellos se partió de España el año referido, en dos naos y una
carabela, y vino a las islas de Canaria, porque como es notorio,
desde el primer descubridor de las Indias hasta el último navegador
de aquella carrera, todos han llegado a reconocer estas islas y
tomar puerto en la que más cercana a sí hallan, por estar en el
camino de su navegación y rehacerse en ellas de algunas cosas
necesarias para su mantenimiento o matalotaje. La isla donde Ordás
llegó fue la de Tenerife, porque en aquel tiempo era, y aun ahora
la más fuerte y abundante de comidas y mantenimientos que ninguna
de las otras. En esta isla, en el puerto que dicen de Santa Cruz,
estuvo Ordás con su armada poco más de dos meses, en el cual tiempo
se rehizo, así de gente como de otras cosas necesarias a su
navegación; y entre las demás gentes que en esta isla se le llegó
al comendador Ordás, fueron unos hidalgos, naturales de ella,
llamados los Silvas, que se ofrecieron a llevar ciertos navíos y
gente a su costa para esta jornada, de los cuales más
particularmente diré adelante.
Viendo el comendador Ordás que se detenía o había detenido mucho
en esta isla de Tenerife, y que los Silvas no estaban del todo
aderezados para juntamente con él seguir el viaje, acordé dejarlos
aderezándose, para que cuando estuviesen de todo punto aprestados,
fuesen en su seguimiento, y así les dijo cómo se quería partir y
que la derrota que llevaba sería a las islas de Cabo Verde, porque
también en la primera navegación de las Indias se iban a reconocer
estas islas de Cabo Verde, que son o eran del rey de Portugal, y de
allí navegan derecho al poniente, lo cual no se hace ahora, porque
se ataja algún tanto de camino, y que de estas islas iría derecho
al cabo de San Agustín o a la boca del río Marañón, donde los
esperaba hasta que fuesen llegados, y juntos pusiesen en ejecución
la jornada de tierra.
Los Silvas quedaron de hacerlo como el comendador de Ordás, en
cuya capitanía y jurisdicción se habían metido, les mandaba, y con
esto, los unos se quedaron aprestando y los otros se hicieron a la
vela; y siguiendo su derrota y viaje de la suerte que he contado,
llegaron al río Marañón, y digo el río Marañón porque el agua dulce
de este río entra en la mar doce leguas, sin que el amargor y
salobridad de la mar la corrompa, y así, aunque metidos en los
términos marítimos que se puede decir que estaban en el río, en el
cual no pudieron entrar a causa de los muchos y grandes bajíos que
con la inundación del río hacía por allí la mar en tanto grado que
por distancia de doce leguas apartados de tierra tenía tan poco
hondo la mar que se hallaban las naos a tres brazas y sin poder
navegar si no era con su riesgo, y por esta causa le fue forzoso
hacerse a la mar y navegar fuera de peligro y riesgo de los
bajíos.