LIBRO
TERCERO
|En el libro tercero se da noticia de cómo vuelto el doctor
Navarro a Santo Domingo la Audiencia proveyó por gobernador o don
Rodrigo de Bastidas, obispo de Venezuela, y por su general a Felipe
de Utre, el cual hizo cierta gente y entró a descubrir la tierra
adentro por los llanos, con todo lo sucedido en su jornada; y de
cómo en el ínterin que Felipe Dutre andaba en su descubrimiento, el
rey proveyó por obispo de Puerto Rico a don Rodrigo de Bastidas, el
cual yéndose a su obispado, dejó por teniente a Diego de Boyza y
éste queriéndose ir, nombró por alcalde mayor a un factor de los
Bezares, dicho Enrique Rembol, el cual murió dende a cierto tiempo,
y por
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fin
|de éste proveyó la Audiencia por
gobernador de Venezuela y juez de residencia de Cubagua, al
licenciado Frías, fiscal y por su capitán general a un Juan de
Caravajal, relator. El Frías se fue a Cubagua, a tomar residencia,
y el Caravajal se vino a Coro, y falseando las provisiones que
llevaba, se hizo gobernador y juntó cierta cantidad de gente
española, con la cual se metió la tierra adentro hasta las
provincias del Tocuyo, donde se alojó y estuvo muchos días, en los
cuales Felipe Dutre dio la vuelta algo desbaratado y llegó al
Tocuyo, donde halló a Caravajal y con él tuvo ciertas rencillas,
por donde el Caravajal, malvadamente, le cortó la cabeza a él y a
otros; y de cómo en España fue proveído el licenciado Tolosa, el
cual venido a Venezuela y sabido lo que Caravajal había hecho,
entró la tierra adentro y lo prendió e hizo justicia de él; y de
cómo y por qué el rey quitó la gobernación a los Bezares, y en qué
tiempo; con la jornada que Alonso Pérez de Tolosa hizo por el río
de Apure arriba y el suceso de ella, con todo el discurso de
gobernadores que hasta nuestro tiempo ha habido en aquella
gobernación, y pueblos que en ella se han poblado, con sus
pobladores o fundadores, con los sucesos de cada pueblo en el
propio capítulo hasta nuestro tiempo.
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Capítulo primero
Cómo la Audiencia
de Santo Domingo proveyó por gobernadores de Venezuela al obispo
Bastidas y a Felipe Dutre, el cual juntó gente y salió en demanda
del Dorado.
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Según en el último capítulo del presente libro dijimos, vuelto
el doctor Navarro a Santo Domingo y muerto Jorge Espira, y entrado
Fedreman en el Nuevo Reino, quedó la gobernación de Venezuela sin
gobernador, por lo cual la Audiencia de Santo Domingo proveyó luégo
por gobernador de aquella provincia a don Rodrigo de Bastidas,
obispo de ella, y por capitán y teniente general para que
entendiese en las cosas de guerra y nuevos descubrimientos y en los
negocios criminales, a Felipe Dutre, caballero alemán, deudo o de
la casa de los Bezares, mancebo de floreciente edad, que había
andado con Jorge Espira en la jornada larga de los llanos.
Llegadas las provisiones de la Audiencia a Coro, donde el obispo
Bastidas estaba, luégo dio como buen prelado y gobernador orden
cual convenía para el buen gobierno de aquella tierra y
conservación de los naturales, aunque algunos quieren decir haber
hecho lo contrario, porque como en aquella sazón hubiese llegado el
capitán Pedro de Limpias, que había abajado del Nuevo Reino de
Granada, a donde poco antes entró con el teniente Fedreman por la
vía de los llanos de Venezuela, hizo el señor obispo cierta junta
de soldados, bien aderezados, y entregándoselos a este capitán
Limpias, los envió a la laguna de Maracaibo a que rancheasen y
robasen todo el oro que pudiesen y tomasen todos los indios que
hallasen para hacerlos esclavos y de su valor pagar los fletes de
ciertos navíos que de Santo Domingo le habían enviado con gente y
caballos para el sustento de aquella tierra.
Pedro de Limpias, tomando debajo de su amparo la gente, que
serían sesenta soldados, y partiéndose con ellos la vuelta de la
laguna, diose tan buena maña, como hombre que ya otras veces había
andado por allí, que en breve tiempo tomó y aprisionó de aquellos
míseros naturales más de quinientas personas de varones y de
mujeres; y dando la vuelta con ellos a Coro, las entregó al obispo,
el cual más como mercenario que como pastor, las mandó marcar o
herrar por esclavos, y embarcándolas en los navíos, fueron llevados
en perpetua y miserable cautividad, a Santo Domingo, donde todos
perecieron, pagando con la sangre de inocentes sus profanidades y
tramas.
Concluso esto, luégo Felipe Dutre, con la gente que por allí
pudo juntar, determinó de hacer una jornada o entrada por la propia
parte por do había ido Jorge Espira, pareciéndole que por el mal
gobierno de aquel su gobernador, con quien el primero había ido, se
había quedado por descubrir y ver la tierra, y como comúnmente
suele acaecer entre los soldados que de alguna jornada salen
perdidos sin haber hecho ningún bien efecto, que se levantan entre
ellos opiniones soñadas o imaginadas, diciendo si por tal parte
hiciéramos o tomáramos tal derrota o creyéramos a tales indios o
siguiéramos a tales guías, nunca nos perdiéramos, y así a este
brioso mancebo se le ofrecían muchas consideraciones y casos
sucedidos en la jornada a Jorge Espira, por donde le parecía que
con aquella poca de experiencia pasada era ya suficiente para
gobernar cualquier número de gente y para estos pocos soldados que
tenía juntos o podía juntar, pasar mucho más adelante de donde su
gobernador había llegado. A esto se juntaba también que como Pedro
de Limpias había con Fedreman andado aquella derrota de los llanos
y había estado en el Nuevo Reino de Granada, en donde se tenía gran
nueva y noticia de ciertas provincias hacia la parte del Sur, que
confronta con aquel Reino, que ahora y aun entonces llamaban el
Dorado, daba noticia de ello y esperanza de meter a Felipe Dutre y
a los que con él fuesen en la tierra rica del Dorado, y como por su
ancianidad y mediana experiencia en los negocios de descubrimientos
y jornadas era persona de mucho crédito, aumentaba el deseo de
Felipe Dutre y la codicia el obispo, que deseaba que durante el
tiempo de su gobierno se hiciese alguna cosa notable o
memorable.
Pues como el gobernador y obispo y su capitán general fuesen de
ánimos tan conformes, mediante la diligencia que entrambos
pusieron, juntaron en Coro ciento y veinte hombres bien aderezados
de armas y caballos, entre los cuales era Limpias, de quien poco ha
trataba, y Bartolomé Bercia, hijo de Antonio Bercia, uno de los de
la compañía y otros muchos caballeros e hijosdalgo con los cuales
salió Felipe Dutre de la ciudad de Coro por el año de cuarenta y
dos; y empezando su jornada por el camino de la costa, por ser más
breve a dar a Burburata y de allí al desembocadero de Barquisimeto
a salir a los llanos, caminó con próspero tiempo por la halda de la
sierra, llevándola siempre a la mano derecha, como Jorge Espira y
Fedreman habían hecho; y como los naturales de aquel camino estaban
ya amedrentados de las otras compañías que antes habían pasado, no
curaban de salir a hacer guerra a esta gente de Felipe Dutre,
antes, según en otra parte he dicho, dejando sus antiguos pueblos
desiertos, se iban a vivir a lugares apartados de allí, por no
recibir más daño del recibido; y aunque en el caminar por estos
llanos Felipe Dutre no tuvo con los naturales ningunas guazabaras,
no dejó de padecer las mismas calamidades y persecuciones de
hambres y tigeres, ríos y aguas que los demás, invernando a sus
tiempos y deteniéndose en este camino casi los propios días que su
gobernador se detuvo, siguiendo en él, como he dicho, las propias
pisadas de sus antecesores hasta llegar a la provincia del pueblo
de Nuestra Señora, donde deteniéndose allí para invernar y tomar
más claridad de la provincia del Dorado, halló rastro y vestigios
de Hernán Pérez de Quesada, hermano del licenciado Jiménez, que
después fue adelantado, que poco antes había salido con doscientos
hombres del Nuevo Reino, y bajado a lo llano en demanda del Dorado,
donde Felipe Dutre estuvo algún tiempo perplejo e indeterminable
sobre si pasaría adelante siguiendo las pisadas de Hernán Pérez,
pareciéndole que aquellos a quien la fortuna había metido por
diversos caminos en la felicidad y prosperidad de aquel Nuevo
Reino, los llevaba también por aquella vía a entregarles otras
nuevas provincias mejoradas y más prósperas que las que habían
dejado de entre las manos, en donde en alguna minera con el oro y
riquezas que allí tomaron habían puesto calor a su avaricia y
desordenada codicia.
Mas esto no fue así, porque mudando con mucha presteza la
fortuna su rueda contra éstos que del Reino habían salido en busca
y demanda del Dorado, los llevó a tierras muy ásperas y dobladas y
pobladas de muy altas montañas y arcabucos y desiertas de gentes
naturales, donde dándoles doblada adversidad que les había dado de
prosperidad, les hizo padecer muy extraños trabajos, y siendo los
más muertos miserablemente, fueron unos pocos que vivos escaparon a
salir a las espaldas de Pasto, en la gobernación de Popayán, según
se verá más largamente escrito en la primera parte de esta
Historia, donde tratamos de las jornadas que del Nuevo Reino se
hicieron.
Porque consideraba, y con mucha razón, Felipe Dutre y sus
capitanes que la gente que en el Nuevo Reino estaba no se moverla
de aquella próspera tierra si no fuese teniendo guías ciertas que
sin andar vacilando de una parte a otra, les metiesen en el Dorado;
y por estas causas se determino de seguirlos e ir en su alcance,
pareciéndole que tierra donde tantas riquezas y naturales habían
dicho algunos indios que había, que no seria tan corta ni angosta
que él y sus soldados no cupiesen en ella con los demás que delante
iban.
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Capítulo segundo
Cómo pasado el
invierno, Felipe Dutre siguió a Hernán Pérez hasta que por ciertos
respectos se apartó de su vía, y por diferente camino, después de
haber invernado en el camino, se volvió al pueblo de Nuestra
Señora.
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A la sazón que el invierno comenzó a aplacarse, ya estaba a
punto Felipe Dutre para partirse, porque le parecía que no era cosa
acertada gastar el tiempo en ningún ocioso entretenimiento, pues
todo lo que Hernán Pérez y los que con él iban le llevaban de
delantera era en su perjuicio, por parecerle que a la primera
entrada siempre se suele mejor gozar de las riquezas de la tierra;
y llevando consigo indios que le guiasen por el propio camino que
Hernán Pérez llevaba, se daba toda la priesa que podía a caminar,
hasta que llegó a la provincia del Papamene, donde se alojó en un
pueblo de indios en que había alguna comida, para descansar e
informarse de la derrota que Hernán Pérez llevaba, aunque hasta
este lugar no había perdido el rastro.
Esta provincia del Papamene, según muchos afirman, cae y está a
las espaldas de la villa de Timaná, poblada en los nacimientos del
río grande de la Magdalena. En este pueblo del Papamene hubo Felipe
Dutre un indio principal, natural de aquella provincia, que parecía
ser señor y bien acondicionado, y que en su lugar daba muestras de
ser hombre de verdad, de quien procuró informarse y saber si la
demanda y noticia que Hernán Pérez llevaba era cierta o no, y si ha
debía él seguir o volverse, sobre lo cual Felipe Dutre hizo a este
indio principal muy particulares preguntas con los intérpretes y
lenguas que tenía. El cacique o principal, entendido bien lo que se
le preguntaba, respondió que no le convenía seguir la derrota que
llevaba, porque por allí no había ningunas poblazones de gentes que
tuviesen oro, por ser todo arcabucos y tierra muy mal poblada y muy
áspera y quebrada, y que pocos días antes habían pasado por allí
cierta cantidad de españoles o gente como ellos y que todos se iban
muriendo por no hallar qué comer y de otras enfermedades que les
daba, y que a lo que entendía por lengua de los indios sus vecinos,
ya serían muertos todos o los más, y que si Felipe Dutre iba en
busca de gentes naturales y oro, que atrás los dejaban en muy mucha
cantidad, que si de allí querían volverse que él los guiaría y les
llevaría a ella. Y para confirmación de lo que decía, sacó ciertos
nísperos de oro y plata y dijo que aquél los había traído de la
tierra que él les había dicho, un hermano suyo que pocos días antes
había venido de allá; y que para caminar por camino más derecho
desde allí donde estaba, habían de ir en demanda de un pueblo de
indios llamado Macatoa, poblado en las riberas del río Guaynare, de
la otra banda de él, en cuya demanda, siempre que caminaban
llevaban eh pecho al Oriente, ladeados un poco sobre el hombro
izquierdo, que es aquella parte que los mareantes llaman el
sueste.
Felipe Dutre, aunque diversas veces se informó de este principal
jamás lo halló variable en lo que decía, no por eso le quiso dar
crédito, creyendo que aquel bárbaro lo hacía por desviarlo de la
demanda que llevaba Hernán Pérez o de otra alguna rica provincia
que debía estar adelante, o de algunas poblazones de indios amigos
suyos que en aquel camino debían estar, a fin de que ellos no
fuesen a proveerse de lo necesario, y así prosiguió su camino por
la vía que Hernán Pérez llevaba, llevando consigo al indio
principal prometiéndole que dende a pocos días daría la vuelta e
iría con él a donde le decía. Y después de haber pasado ocho días
de aquellas montañas y sierras, viendo el principal cuán obstinados
iban los españoles en seguir aquel perverso camino que los llevaba
al matadero, dejolas una noche y volviose a su casa.
Los soldados, viéndose metidos en aquellas montañas y que iban
enfermando y faltos de comida, pesoles de que Felipe Dutre siguiese
aquella derrota y dejase de seguir la que el principal les había
dicho, y aunque daban muestras al capitán de seguir de mala gana
aquel desesperado camino, ninguna cosa les prestaba, porque iba
Felipe Dutre tan metido y contumaz en seguir a Hernán Pérez que
casi con esta su loca determinación daba a entender desear y buscar
su propia perdición, como los demás que iban delante hicieron; pero
al fin, después que vio que mientras más seguía aquel camino más se
iba su gente atormentando y enfermando y padeciendo hambres y
necesidades, dejolo de seguir y túvose a mano izquierda, porque
Hernán Pérez siempre iba caminando y teniéndose a mano derecha, y
apartándose algunas jornadas por la vía de mano izquierda que había
tomado, vio una pinita o ramo de la cordillera que se metía gran
trecho por los llanos adelante, que fue llamada la punta de los
Pardaos, y creyendo ser aquella distinta y apartada sierra de la
por donde iba, caminó a gran priesa, con su gente, para ella,
porque según siempre le habían dicho el Dorado estaba en otra
cordillera distinta de la por donde había caminado hacia la parte
del Sur, y desque cerca llegó reconoció cómo era la propia
cordillera de mano derecha y que no se remataba allí, sino que iba
dando la vuelta sobre la misma mano derecha.
A esta sazón entraba ya el invierno y con facilidad no podía
volver atrás, y así le fue forzoso irlo a tener a aquella parte de
la cordillera dicha de los Pardaos, tierra muy estéril y enferma y
de muy pocos naturales y esos tan brutos y bestiales en su manera
de vivir que no hay nación en el mundo a quien en rusticidad y
torpeza de juicios se pueda igualar, porque ellos comen carne
humana, culebras, sapos, arañas, hormigas y cuantos viles y sucios
animales produce la tierra. Toman estos indios un bollo de maíz
algo tierno y pónense como osos encima del hormiguero, y moviendo
ruido para que las hormigas salgan, cuantas pueden haber juntan con
el bollo o pan y allí las están estrujando y amasan y se las comen,
cosa cierto jamás oída hasta nuestros tiempos que otras gentes
hagan, y cierto que tierra que tan bárbaras gentes, y más
semejables a los brutos que otras ningunas, cría y sustenta, que no
puede producir buenos aires ni vapores, porque aquí enfermó toda la
gente a Felipe Dutre, y se paraban los soldados hipatos
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e hinchados y perdiendo sus
naturales colores cobraban otras muy diferentes, casi naranjadas;
pelábaseles el cabello, y en lugar de ello salíales pestífera
sarna, de que morían; y porque aquí no se dijese que todos los
duelos con pan etc., casi apenas hallaban qué comer. Las mismas
calamidades padecían los caballos, que hinchándose a manera de
hidrópicos y cayéndoseles el pelo y cubriéndose de sarna, eran
muertos; y con el gran deseo que de comer sal tenían, en viendo
cualquier ropa puesta al sol a enjugar arremetían a ella con
ferocidad de brutos, y por presto que sus dueños acudían les había
de quedar algo en la boca.
Con esta calamitosa adversidad pasaron el invierno en aquella
punta de tierra dicha de los Pardaos, el cual pasado dieron la
vuelta por diferente camino del que llevaron, con pérdida de
algunos soldados que se les habían muerto, y con trabajo de muchos
que traían enfermos, hacia el pueblo de Nuestra Señora, para dejar
allí los enfermos, los cuales no se atrevía Felipe Dutre pasar
adelante, por serle impedimento para caminar y guerrear, y por no
dejarlos en tan mal sitio y lugar como era el donde había
invernado, y por ser la tierra del pueblo de Nuestra Señora tierra
más descubierta y sana, y de allí tornar a dar la vuelta sobre su
noticia con la gente que estuviese para ello. Y caminando con no
menos trabajos que a la ida llevaron, allegó este capitán Felipe
Dutre al pueblo de Nuestra Señora, después de haber casi un año que
de él había salido en seguimiento de Hernán Pérez, y alojándose
allí para descansar y reformar su gente y dar con brevedad la
vuelta, fue de nuevo por él movida plática de la noticia que el
principal del Papamene le había dado; porque era este capitán tan
animoso y deseoso de salir con algún buen hecho, que con todos los
trabajos y calamidades pasadas no había perdido ninguna parte del
brío con que salió de Coro, y así luégo procuró haber indios de
aquella provincia del pueblo de Nuestra Señora para de nuevo
informarse de ellos de la noticia del Dorado, por ver si en alguna
cosa conformaban o concordaban con el indio y principal de
Papamene.
Capítulo tres
En el cual se
escriben los movimientos que en Coro sucedieron y hubo acerca del
gobierno de la tierra en el ínterin que Felipe Dutre andaba en la
jornada de suso referida.
Durante el tiempo que las cosas que de suso en suma hemos
contado, le sucedieron a Felipe Dutre en su jornada y
descubrimiento y demanda del Dorado, no dejaba de haber en Coro
nuevos sucesos y movimientos, porque proveyendo su Majestad a don
Rodrigo de Bastidas, obispo de Venezuela, por obispo de San Juan de
Puerto Rico, fuele forzoso dejar el cargo de gobernador que tenía e
irse a su nuevo obispado, y nombrando por su teniente general, para
que por su ausencia tuviese en justicia la tierra, a un Diego de
Boyça, castellano, comendador de la orden de Cristo de Portugal,
persona principal y de buen linaje y suerte, se fue a Puerto
Rico.
Este tuvo el gobierno de aquella provincia poco más de un año,
sin hacer ni suceder en su tiempo cosa digna de escribirse; y
queriéndose ir de esta tierra, por provisión particular que para
ello tuvo de la Real Audiencia de Santo Domingo, nombró por su
alcalde mayor a un factor de los Bezares, llamado micer Anrique, el
cual deseaba grandemente intentar alguna cosa digna de memoria; y
como en su tiempo a Coro Diego de Losada, que había salido poco
había, perdido de la jornada de Sedeño, donde había andado por
maese de campo de Pedro de Reinoso, fue enviado con veinte
compañeros por tierra la vuelta de Cubagua a que atrajese así
alguna gente de la mucha que allí había perdida y ociosa, para con
ella hacer alguna nueva jornada o poblazón; porque como ya a esta
sazón su Majestad, como cristianísimo rey y emperador, hubiese
quitado la granjería de hacer esclavos los indios, y los hubiese
puesto en libertad, toda la gente que en aquella provincia de
Cubagua vivían de este trato, que era muy mucha, estaban suspensos
sin saber a dónde ir ni tener ninguna manera de granjería; y como
Diego de Losada se acercase a ellos induciéndolas a que se entrasen
en la jurisdicción de Venezuela, para allí hacer nuevas jornadas y
descubrimientos, fácilmente lo hicieron y se le pasaron más de
noventa hombres, con los cuales se volvió Losada, y Villegas su
compañero, a quien para el mismo efecto había micer Anrique dado
igual comisión; y como por antigua costumbre entre los que son
iguales en jurisdicción se halle pocas iguales la condición o
conformidad, nació entre estos dos capitanes sobre el mandar,
algunas cosquillas que después, durando por algún tiempo, parieron
diversidad de discordias.
Dieron la vuelta, como dije, con sus noventa compañeros, hacia
Coro, para allí ordenar y hacer por mano del alcalde mayor, lo que
conviniese. Detuviéronse algún tiempo en el camino, así por ser
largo como por los muchos ríos y belicosos naturales que por él
hay, de suerte que cuando llegaron a Coro hallaron ser ya muerto su
alcalde mayor micer Anrique, por cuyo fin y muerte y por no haber
noticia de Felipe Dutre, que había días que andaba en su
descubrimiento, la Audiencia de Santo Domingo nombró por gobernador
de Venezuela y juez de residencia de Cubagua al licenciado Frías,
fiscal de aquella Audiencia, que es el propio que fue por juez de
comisión o de residencia contra Antonio Sedeño, gobernador que fue
de la Trinidad, a quien el propio Sedeño en tierra de Cubagua
desbarató y aun maltrató, según adelante se dirá; y por su capitán
o teniente general nombraron a un Francisco de Caravajal, que era
relator en la propia Audiencia, y librándoles las provisiones de
todo ello, el licenciado Frías se fue la vuelta de Cubagua a tomar
la residencia, como le era mandado por la Audiencia a ciertos
españoles que allí habían andado haciendo esclavos y otros agravios
a los indios.
Francisco de Caravajal, con algunos soldados y gente que juntó
para los descubrimientos que pretendía hacer, se vino la vuelta de
Venezuela, y no pudiendo tomar puerto en Coro, fue a desambarcar a
Paraguana, que estará cuarenta leguas de Coro, y sabido por
Villegas la llegada de Caravajal, luégo se partió a recibirle para
tenerle propicio y favorable, y con mano ajena perseguir a Losada,
con quien ya tenía más clara enemistad. En todo se dio Villegas tan
buena maña que atrajo al Caravajal a ser su amigo, y metió todo el
mal que pudo entre él y Losada, por donde venido que fue Caravajal
a Coro, usó de mañas con que con buena color echó a Diego de Losada
de la tierra, para que ni él estorbase lo que pretendía hacer, ni
con su presencia diese enojo a su enemigo Villegas, porque como
Diego de Losada era caballero de ánimo reposado y muy bien hablado,
y por eso bien quisto de todos los que en aquel pueblo residían,
temiose Caravajal que en los bullicios que él pensaba intentar, no
ocurriese la gente a aquel caballero, que con sus virtudes los
tenía a todos subjetos a su querer, y tomándole por cabeza
destruyesen de todo punto sus desinos.
Ido Losada de Coro, luégo Caravajal comenzó a juntar gente para
ir la tierra adentro a hacer nuevas poblazones y descubrimientos; y
como los soldados dijesen que no querían ir con él por no ser el
gobernador sino un teniente de limitada jurisdicción, intentó una
maldad digna de grave castigo, y fue que tomando las provisiones
que traía de teniente y mudando la sustancia de ellas en que
dijesen gobernador, hizo demostración de ellas a algunos amigos
suyos para que divulgasen y dijesen cómo era gobernador nombrado
por la Audiencia, y que por tal lo podían tener, porque así lo
rezaban y decían las provisiones que había traído. Y como por
faltar entre los que deseaban descomponer a Carvajal, no tuviese
ninguna contradicción su falsedad, usó dende en adelante de su
jurisdicción como gobernador, nombrando por su teniente a Juan de
Villegas, por haber sido su cómplice y compañero en la
falsedad.
Diose Caravajal toda la prisa que pudo en hacer y juntar gente
para hacer su jornada; y como algunos por no seguir aquel
gobernador, que les parecía que tiránicamente gobernaba, se
ausentasen a los montes, eran por él traídos y despojados de lo que
poseían, caballas y otras cosas, y como desterrados por graves
delitos, eran echados de la tierra; y con estas violencias y
amenazas juntó Caravajal una buena compañía de doscientos hombres
razonablemente aderezados. Y porque cuando el licenciado Frías
viniese a Coro, no hallase armas ni gente con qué seguirle, procuró
que quedase aquel pueblo tan desproveído de todo, que saliéndose de
él con su gente para su jornada lo dejó casi como si de enemigos
hubiera sido saqueado y arruinado. Metiéndose la tierra adentro con
su gente, fue a parar a las provincias del Tocuyo, donde hizo su
alojamiento con propósito de pacificar aquella tierra y poblar en
ella los pueblos que le pareciese.