INDICE




LIBRO TERCERO
 

 

 

|En el libro tercero se da noticia de cómo vuelto el doctor Navarro a Santo Domingo la Audiencia proveyó por gobernador o don Rodrigo de Bastidas, obispo de Venezuela, y por su general a Felipe de Utre, el cual hizo cierta gente y entró a descubrir la tierra adentro por los llanos, con todo lo sucedido en su jornada; y de cómo en el ínterin que Felipe Dutre andaba en su descubrimiento, el rey proveyó por obispo de Puerto Rico a don Rodrigo de Bastidas, el cual yéndose a su obispado, dejó por teniente a Diego de Boyza y éste queriéndose ir, nombró por alcalde mayor a un factor de los Bezares, dicho Enrique Rembol, el cual murió dende a cierto tiempo, y por | fin |de éste proveyó la Audiencia por gobernador de Venezuela y juez de residencia de Cubagua, al licenciado Frías, fiscal y por su capitán general a un Juan de Caravajal, relator. El Frías se fue a Cubagua, a tomar residencia, y el Caravajal se vino a Coro, y falseando las provisiones que llevaba, se hizo gobernador y juntó cierta cantidad de gente española, con la cual se metió la tierra adentro hasta las provincias del Tocuyo, donde se alojó y estuvo muchos días, en los cuales Felipe Dutre dio la vuelta algo desbaratado y llegó al Tocuyo, donde halló a Caravajal y con él tuvo ciertas rencillas, por donde el Caravajal, malvadamente, le cortó la cabeza a él y a otros; y de cómo en España fue proveído el licenciado Tolosa, el cual venido a Venezuela y sabido lo que Caravajal había hecho, entró la tierra adentro y lo prendió e hizo justicia de él; y de cómo y por qué el rey quitó la gobernación a los Bezares, y en qué tiempo; con la jornada que Alonso Pérez de Tolosa hizo por el río de Apure arriba y el suceso de ella, con todo el discurso de gobernadores que hasta nuestro tiempo ha habido en aquella gobernación, y pueblos que en ella se han poblado, con sus pobladores o fundadores, con los sucesos de cada pueblo en el propio capítulo hasta nuestro tiempo. |
 

 

 

| Capítulo primero
 

 

Cómo la Audiencia de Santo Domingo proveyó por gobernadores de Venezuela al obispo Bastidas y a Felipe Dutre, el cual juntó gente y salió en demanda del Dorado. |
 

 

Según en el último capítulo del presente libro dijimos, vuelto el doctor Navarro a Santo Domingo y muerto Jorge Espira, y entrado Fedreman en el Nuevo Reino, quedó la gobernación de Venezuela sin gobernador, por lo cual la Audiencia de Santo Domingo proveyó luégo por gobernador de aquella provincia a don Rodrigo de Bastidas, obispo de ella, y por capitán y teniente general para que entendiese en las cosas de guerra y nuevos descubrimientos y en los negocios criminales, a Felipe Dutre, caballero alemán, deudo o de la casa de los Bezares, mancebo de floreciente edad, que había andado con Jorge Espira en la jornada larga de los llanos.

Llegadas las provisiones de la Audiencia a Coro, donde el obispo Bastidas estaba, luégo dio como buen prelado y gobernador orden cual convenía para el buen gobierno de aquella tierra y conservación de los naturales, aunque algunos quieren decir haber hecho lo contrario, porque como en aquella sazón hubiese llegado el capitán Pedro de Limpias, que había abajado del Nuevo Reino de Granada, a donde poco antes entró con el teniente Fedreman por la vía de los llanos de Venezuela, hizo el señor obispo cierta junta de soldados, bien aderezados, y entregándoselos a este capitán Limpias, los envió a la laguna de Maracaibo a que rancheasen y robasen todo el oro que pudiesen y tomasen todos los indios que hallasen para hacerlos esclavos y de su valor pagar los fletes de ciertos navíos que de Santo Domingo le habían enviado con gente y caballos para el sustento de aquella tierra.

Pedro de Limpias, tomando debajo de su amparo la gente, que serían sesenta soldados, y partiéndose con ellos la vuelta de la laguna, diose tan buena maña, como hombre que ya otras veces había andado por allí, que en breve tiempo tomó y aprisionó de aquellos míseros naturales más de quinientas personas de varones y de mujeres; y dando la vuelta con ellos a Coro, las entregó al obispo, el cual más como mercenario que como pastor, las mandó marcar o herrar por esclavos, y embarcándolas en los navíos, fueron llevados en perpetua y miserable cautividad, a Santo Domingo, donde todos perecieron, pagando con la sangre de inocentes sus profanidades y tramas.

Concluso esto, luégo Felipe Dutre, con la gente que por allí pudo juntar, determinó de hacer una jornada o entrada por la propia parte por do había ido Jorge Espira, pareciéndole que por el mal gobierno de aquel su gobernador, con quien el primero había ido, se había quedado por descubrir y ver la tierra, y como comúnmente suele acaecer entre los soldados que de alguna jornada salen perdidos sin haber hecho ningún bien efecto, que se levantan entre ellos opiniones soñadas o imaginadas, diciendo si por tal parte hiciéramos o tomáramos tal derrota o creyéramos a tales indios o siguiéramos a tales guías, nunca nos perdiéramos, y así a este brioso mancebo se le ofrecían muchas consideraciones y casos sucedidos en la jornada a Jorge Espira, por donde le parecía que con aquella poca de experiencia pasada era ya suficiente para gobernar cualquier número de gente y para estos pocos soldados que tenía juntos o podía juntar, pasar mucho más adelante de donde su gobernador había llegado. A esto se juntaba también que como Pedro de Limpias había con Fedreman andado aquella derrota de los llanos y había estado en el Nuevo Reino de Granada, en donde se tenía gran nueva y noticia de ciertas provincias hacia la parte del Sur, que confronta con aquel Reino, que ahora y aun entonces llamaban el Dorado, daba noticia de ello y esperanza de meter a Felipe Dutre y a los que con él fuesen en la tierra rica del Dorado, y como por su ancianidad y mediana experiencia en los negocios de descubrimientos y jornadas era persona de mucho crédito, aumentaba el deseo de Felipe Dutre y la codicia el obispo, que deseaba que durante el tiempo de su gobierno se hiciese alguna cosa notable o memorable.

Pues como el gobernador y obispo y su capitán general fuesen de ánimos tan conformes, mediante la diligencia que entrambos pusieron, juntaron en Coro ciento y veinte hombres bien aderezados de armas y caballos, entre los cuales era Limpias, de quien poco ha trataba, y Bartolomé Bercia, hijo de Antonio Bercia, uno de los de la compañía y otros muchos caballeros e hijosdalgo con los cuales salió Felipe Dutre de la ciudad de Coro por el año de cuarenta y dos; y empezando su jornada por el camino de la costa, por ser más breve a dar a Burburata y de allí al desembocadero de Barquisimeto a salir a los llanos, caminó con próspero tiempo por la halda de la sierra, llevándola siempre a la mano derecha, como Jorge Espira y Fedreman habían hecho; y como los naturales de aquel camino estaban ya amedrentados de las otras compañías que antes habían pasado, no curaban de salir a hacer guerra a esta gente de Felipe Dutre, antes, según en otra parte he dicho, dejando sus antiguos pueblos desiertos, se iban a vivir a lugares apartados de allí, por no recibir más daño del recibido; y aunque en el caminar por estos llanos Felipe Dutre no tuvo con los naturales ningunas guazabaras, no dejó de padecer las mismas calamidades y persecuciones de hambres y tigeres, ríos y aguas que los demás, invernando a sus tiempos y deteniéndose en este camino casi los propios días que su gobernador se detuvo, siguiendo en él, como he dicho, las propias pisadas de sus antecesores hasta llegar a la provincia del pueblo de Nuestra Señora, donde deteniéndose allí para invernar y tomar más claridad de la provincia del Dorado, halló rastro y vestigios de Hernán Pérez de Quesada, hermano del licenciado Jiménez, que después fue adelantado, que poco antes había salido con doscientos hombres del Nuevo Reino, y bajado a lo llano en demanda del Dorado, donde Felipe Dutre estuvo algún tiempo perplejo e indeterminable sobre si pasaría adelante siguiendo las pisadas de Hernán Pérez, pareciéndole que aquellos a quien la fortuna había metido por diversos caminos en la felicidad y prosperidad de aquel Nuevo Reino, los llevaba también por aquella vía a entregarles otras nuevas provincias mejoradas y más prósperas que las que habían dejado de entre las manos, en donde en alguna minera con el oro y riquezas que allí tomaron habían puesto calor a su avaricia y desordenada codicia.

Mas esto no fue así, porque mudando con mucha presteza la fortuna su rueda contra éstos que del Reino habían salido en busca y demanda del Dorado, los llevó a tierras muy ásperas y dobladas y pobladas de muy altas montañas y arcabucos y desiertas de gentes naturales, donde dándoles doblada adversidad que les había dado de prosperidad, les hizo padecer muy extraños trabajos, y siendo los más muertos miserablemente, fueron unos pocos que vivos escaparon a salir a las espaldas de Pasto, en la gobernación de Popayán, según se verá más largamente escrito en la primera parte de esta Historia, donde tratamos de las jornadas que del Nuevo Reino se hicieron.

Porque consideraba, y con mucha razón, Felipe Dutre y sus capitanes que la gente que en el Nuevo Reino estaba no se moverla de aquella próspera tierra si no fuese teniendo guías ciertas que sin andar vacilando de una parte a otra, les metiesen en el Dorado; y por estas causas se determino de seguirlos e ir en su alcance, pareciéndole que tierra donde tantas riquezas y naturales habían dicho algunos indios que había, que no seria tan corta ni angosta que él y sus soldados no cupiesen en ella con los demás que delante iban.

 

| Capítulo segundo
 

 

Cómo pasado el invierno, Felipe Dutre siguió a Hernán Pérez hasta que por ciertos respectos se apartó de su vía, y por diferente camino, después de haber invernado en el camino, se volvió al pueblo de Nuestra Señora. |
 

 

A la sazón que el invierno comenzó a aplacarse, ya estaba a punto Felipe Dutre para partirse, porque le parecía que no era cosa acertada gastar el tiempo en ningún ocioso entretenimiento, pues todo lo que Hernán Pérez y los que con él iban le llevaban de delantera era en su perjuicio, por parecerle que a la primera entrada siempre se suele mejor gozar de las riquezas de la tierra; y llevando consigo indios que le guiasen por el propio camino que Hernán Pérez llevaba, se daba toda la priesa que podía a caminar, hasta que llegó a la provincia del Papamene, donde se alojó en un pueblo de indios en que había alguna comida, para descansar e informarse de la derrota que Hernán Pérez llevaba, aunque hasta este lugar no había perdido el rastro.

Esta provincia del Papamene, según muchos afirman, cae y está a las espaldas de la villa de Timaná, poblada en los nacimientos del río grande de la Magdalena. En este pueblo del Papamene hubo Felipe Dutre un indio principal, natural de aquella provincia, que parecía ser señor y bien acondicionado, y que en su lugar daba muestras de ser hombre de verdad, de quien procuró informarse y saber si la demanda y noticia que Hernán Pérez llevaba era cierta o no, y si ha debía él seguir o volverse, sobre lo cual Felipe Dutre hizo a este indio principal muy particulares preguntas con los intérpretes y lenguas que tenía. El cacique o principal, entendido bien lo que se le preguntaba, respondió que no le convenía seguir la derrota que llevaba, porque por allí no había ningunas poblazones de gentes que tuviesen oro, por ser todo arcabucos y tierra muy mal poblada y muy áspera y quebrada, y que pocos días antes habían pasado por allí cierta cantidad de españoles o gente como ellos y que todos se iban muriendo por no hallar qué comer y de otras enfermedades que les daba, y que a lo que entendía por lengua de los indios sus vecinos, ya serían muertos todos o los más, y que si Felipe Dutre iba en busca de gentes naturales y oro, que atrás los dejaban en muy mucha cantidad, que si de allí querían volverse que él los guiaría y les llevaría a ella. Y para confirmación de lo que decía, sacó ciertos nísperos de oro y plata y dijo que aquél los había traído de la tierra que él les había dicho, un hermano suyo que pocos días antes había venido de allá; y que para caminar por camino más derecho desde allí donde estaba, habían de ir en demanda de un pueblo de indios llamado Macatoa, poblado en las riberas del río Guaynare, de la otra banda de él, en cuya demanda, siempre que caminaban llevaban eh pecho al Oriente, ladeados un poco sobre el hombro izquierdo, que es aquella parte que los mareantes llaman el sueste.

Felipe Dutre, aunque diversas veces se informó de este principal jamás lo halló variable en lo que decía, no por eso le quiso dar crédito, creyendo que aquel bárbaro lo hacía por desviarlo de la demanda que llevaba Hernán Pérez o de otra alguna rica provincia que debía estar adelante, o de algunas poblazones de indios amigos suyos que en aquel camino debían estar, a fin de que ellos no fuesen a proveerse de lo necesario, y así prosiguió su camino por la vía que Hernán Pérez llevaba, llevando consigo al indio principal prometiéndole que dende a pocos días daría la vuelta e iría con él a donde le decía. Y después de haber pasado ocho días de aquellas montañas y sierras, viendo el principal cuán obstinados iban los españoles en seguir aquel perverso camino que los llevaba al matadero, dejolas una noche y volviose a su casa.

Los soldados, viéndose metidos en aquellas montañas y que iban enfermando y faltos de comida, pesoles de que Felipe Dutre siguiese aquella derrota y dejase de seguir la que el principal les había dicho, y aunque daban muestras al capitán de seguir de mala gana aquel desesperado camino, ninguna cosa les prestaba, porque iba Felipe Dutre tan metido y contumaz en seguir a Hernán Pérez que casi con esta su loca determinación daba a entender desear y buscar su propia perdición, como los demás que iban delante hicieron; pero al fin, después que vio que mientras más seguía aquel camino más se iba su gente atormentando y enfermando y padeciendo hambres y necesidades, dejolo de seguir y túvose a mano izquierda, porque Hernán Pérez siempre iba caminando y teniéndose a mano derecha, y apartándose algunas jornadas por la vía de mano izquierda que había tomado, vio una pinita o ramo de la cordillera que se metía gran trecho por los llanos adelante, que fue llamada la punta de los Pardaos, y creyendo ser aquella distinta y apartada sierra de la por donde iba, caminó a gran priesa, con su gente, para ella, porque según siempre le habían dicho el Dorado estaba en otra cordillera distinta de la por donde había caminado hacia la parte del Sur, y desque cerca llegó reconoció cómo era la propia cordillera de mano derecha y que no se remataba allí, sino que iba dando la vuelta sobre la misma mano derecha.

A esta sazón entraba ya el invierno y con facilidad no podía volver atrás, y así le fue forzoso irlo a tener a aquella parte de la cordillera dicha de los Pardaos, tierra muy estéril y enferma y de muy pocos naturales y esos tan brutos y bestiales en su manera de vivir que no hay nación en el mundo a quien en rusticidad y torpeza de juicios se pueda igualar, porque ellos comen carne humana, culebras, sapos, arañas, hormigas y cuantos viles y sucios animales produce la tierra. Toman estos indios un bollo de maíz algo tierno y pónense como osos encima del hormiguero, y moviendo ruido para que las hormigas salgan, cuantas pueden haber juntan con el bollo o pan y allí las están estrujando y amasan y se las comen, cosa cierto jamás oída hasta nuestros tiempos que otras gentes hagan, y cierto que tierra que tan bárbaras gentes, y más semejables a los brutos que otras ningunas, cría y sustenta, que no puede producir buenos aires ni vapores, porque aquí enfermó toda la gente a Felipe Dutre, y se paraban los soldados hipatos | 19 | e hinchados y perdiendo sus naturales colores cobraban otras muy diferentes, casi naranjadas; pelábaseles el cabello, y en lugar de ello salíales pestífera sarna, de que morían; y porque aquí no se dijese que todos los duelos con pan etc., casi apenas hallaban qué comer. Las mismas calamidades padecían los caballos, que hinchándose a manera de hidrópicos y cayéndoseles el pelo y cubriéndose de sarna, eran muertos; y con el gran deseo que de comer sal tenían, en viendo cualquier ropa puesta al sol a enjugar arremetían a ella con ferocidad de brutos, y por presto que sus dueños acudían les había de quedar algo en la boca.

Con esta calamitosa adversidad pasaron el invierno en aquella punta de tierra dicha de los Pardaos, el cual pasado dieron la vuelta por diferente camino del que llevaron, con pérdida de algunos soldados que se les habían muerto, y con trabajo de muchos que traían enfermos, hacia el pueblo de Nuestra Señora, para dejar allí los enfermos, los cuales no se atrevía Felipe Dutre pasar adelante, por serle impedimento para caminar y guerrear, y por no dejarlos en tan mal sitio y lugar como era el donde había invernado, y por ser la tierra del pueblo de Nuestra Señora tierra más descubierta y sana, y de allí tornar a dar la vuelta sobre su noticia con la gente que estuviese para ello. Y caminando con no menos trabajos que a la ida llevaron, allegó este capitán Felipe Dutre al pueblo de Nuestra Señora, después de haber casi un año que de él había salido en seguimiento de Hernán Pérez, y alojándose allí para descansar y reformar su gente y dar con brevedad la vuelta, fue de nuevo por él movida plática de la noticia que el principal del Papamene le había dado; porque era este capitán tan animoso y deseoso de salir con algún buen hecho, que con todos los trabajos y calamidades pasadas no había perdido ninguna parte del brío con que salió de Coro, y así luégo procuró haber indios de aquella provincia del pueblo de Nuestra Señora para de nuevo informarse de ellos de la noticia del Dorado, por ver si en alguna cosa conformaban o concordaban con el indio y principal de Papamene.

 

Capítulo tres
 

 

En el cual se escriben los movimientos que en Coro sucedieron y hubo acerca del gobierno de la tierra en el ínterin que Felipe Dutre andaba en la jornada de suso referida.
 

 

 

Durante el tiempo que las cosas que de suso en suma hemos contado, le sucedieron a Felipe Dutre en su jornada y descubrimiento y demanda del Dorado, no dejaba de haber en Coro nuevos sucesos y movimientos, porque proveyendo su Majestad a don Rodrigo de Bastidas, obispo de Venezuela, por obispo de San Juan de Puerto Rico, fuele forzoso dejar el cargo de gobernador que tenía e irse a su nuevo obispado, y nombrando por su teniente general, para que por su ausencia tuviese en justicia la tierra, a un Diego de Boyça, castellano, comendador de la orden de Cristo de Portugal, persona principal y de buen linaje y suerte, se fue a Puerto Rico.

Este tuvo el gobierno de aquella provincia poco más de un año, sin hacer ni suceder en su tiempo cosa digna de escribirse; y queriéndose ir de esta tierra, por provisión particular que para ello tuvo de la Real Audiencia de Santo Domingo, nombró por su alcalde mayor a un factor de los Bezares, llamado micer Anrique, el cual deseaba grandemente intentar alguna cosa digna de memoria; y como en su tiempo a Coro Diego de Losada, que había salido poco había, perdido de la jornada de Sedeño, donde había andado por maese de campo de Pedro de Reinoso, fue enviado con veinte compañeros por tierra la vuelta de Cubagua a que atrajese así alguna gente de la mucha que allí había perdida y ociosa, para con ella hacer alguna nueva jornada o poblazón; porque como ya a esta sazón su Majestad, como cristianísimo rey y emperador, hubiese quitado la granjería de hacer esclavos los indios, y los hubiese puesto en libertad, toda la gente que en aquella provincia de Cubagua vivían de este trato, que era muy mucha, estaban suspensos sin saber a dónde ir ni tener ninguna manera de granjería; y como Diego de Losada se acercase a ellos induciéndolas a que se entrasen en la jurisdicción de Venezuela, para allí hacer nuevas jornadas y descubrimientos, fácilmente lo hicieron y se le pasaron más de noventa hombres, con los cuales se volvió Losada, y Villegas su compañero, a quien para el mismo efecto había micer Anrique dado igual comisión; y como por antigua costumbre entre los que son iguales en jurisdicción se halle pocas iguales la condición o conformidad, nació entre estos dos capitanes sobre el mandar, algunas cosquillas que después, durando por algún tiempo, parieron diversidad de discordias.

Dieron la vuelta, como dije, con sus noventa compañeros, hacia Coro, para allí ordenar y hacer por mano del alcalde mayor, lo que conviniese. Detuviéronse algún tiempo en el camino, así por ser largo como por los muchos ríos y belicosos naturales que por él hay, de suerte que cuando llegaron a Coro hallaron ser ya muerto su alcalde mayor micer Anrique, por cuyo fin y muerte y por no haber noticia de Felipe Dutre, que había días que andaba en su descubrimiento, la Audiencia de Santo Domingo nombró por gobernador de Venezuela y juez de residencia de Cubagua al licenciado Frías, fiscal de aquella Audiencia, que es el propio que fue por juez de comisión o de residencia contra Antonio Sedeño, gobernador que fue de la Trinidad, a quien el propio Sedeño en tierra de Cubagua desbarató y aun maltrató, según adelante se dirá; y por su capitán o teniente general nombraron a un Francisco de Caravajal, que era relator en la propia Audiencia, y librándoles las provisiones de todo ello, el licenciado Frías se fue la vuelta de Cubagua a tomar la residencia, como le era mandado por la Audiencia a ciertos españoles que allí habían andado haciendo esclavos y otros agravios a los indios.

Francisco de Caravajal, con algunos soldados y gente que juntó para los descubrimientos que pretendía hacer, se vino la vuelta de Venezuela, y no pudiendo tomar puerto en Coro, fue a desambarcar a Paraguana, que estará cuarenta leguas de Coro, y sabido por Villegas la llegada de Caravajal, luégo se partió a recibirle para tenerle propicio y favorable, y con mano ajena perseguir a Losada, con quien ya tenía más clara enemistad. En todo se dio Villegas tan buena maña que atrajo al Caravajal a ser su amigo, y metió todo el mal que pudo entre él y Losada, por donde venido que fue Caravajal a Coro, usó de mañas con que con buena color echó a Diego de Losada de la tierra, para que ni él estorbase lo que pretendía hacer, ni con su presencia diese enojo a su enemigo Villegas, porque como Diego de Losada era caballero de ánimo reposado y muy bien hablado, y por eso bien quisto de todos los que en aquel pueblo residían, temiose Caravajal que en los bullicios que él pensaba intentar, no ocurriese la gente a aquel caballero, que con sus virtudes los tenía a todos subjetos a su querer, y tomándole por cabeza destruyesen de todo punto sus desinos.

Ido Losada de Coro, luégo Caravajal comenzó a juntar gente para ir la tierra adentro a hacer nuevas poblazones y descubrimientos; y como los soldados dijesen que no querían ir con él por no ser el gobernador sino un teniente de limitada jurisdicción, intentó una maldad digna de grave castigo, y fue que tomando las provisiones que traía de teniente y mudando la sustancia de ellas en que dijesen gobernador, hizo demostración de ellas a algunos amigos suyos para que divulgasen y dijesen cómo era gobernador nombrado por la Audiencia, y que por tal lo podían tener, porque así lo rezaban y decían las provisiones que había traído. Y como por faltar entre los que deseaban descomponer a Carvajal, no tuviese ninguna contradicción su falsedad, usó dende en adelante de su jurisdicción como gobernador, nombrando por su teniente a Juan de Villegas, por haber sido su cómplice y compañero en la falsedad.

Diose Caravajal toda la prisa que pudo en hacer y juntar gente para hacer su jornada; y como algunos por no seguir aquel gobernador, que les parecía que tiránicamente gobernaba, se ausentasen a los montes, eran por él traídos y despojados de lo que poseían, caballas y otras cosas, y como desterrados por graves delitos, eran echados de la tierra; y con estas violencias y amenazas juntó Caravajal una buena compañía de doscientos hombres razonablemente aderezados. Y porque cuando el licenciado Frías viniese a Coro, no hallase armas ni gente con qué seguirle, procuró que quedase aquel pueblo tan desproveído de todo, que saliéndose de él con su gente para su jornada lo dejó casi como si de enemigos hubiera sido saqueado y arruinado. Metiéndose la tierra adentro con su gente, fue a parar a las provincias del Tocuyo, donde hizo su alojamiento con propósito de pacificar aquella tierra y poblar en ella los pueblos que le pareciese.

19  Palabra que se lee difícilmente.

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