INDICE




| Capítulo cuarto
 

 

En el cual se escribe cómo Fedreman envió gente la vuelta del Cabo de la Vela, y él se fue a Santo Domingo a rehacerse de más soldados y caballos, y la prisión que esta gente de Fedreman hicieron de ciertos soldados de Santa Marta y del capitán Ribera, que con ellos estaba. |
 

 

En tanto que con los acaecimientos dichos proseguía su descubrimiento Jorge Espira, su teniente Nicolás Fedreman dio principio a su jornada y descubrimiento por muy diferente camino del que había dicho Jorge Espira, y aun con muy diferente propósito, porque en juntando | 9 que en Coro pudo juntar, nombró por su alcalde mayor a Antonio de Chaves, y los encaminó la vuelta de la laguna de Maracaibo, para que pasando y atravesando de la otra banda de aquel ancho lago, marchasen la vuelta del Cabo de la Vela, donde le esperasen, y él había de acudir por mar con la gente y caballos que en Santo Domingo, isla española, había de hacer a costa de los Bezares, conforme a la facultad que para ello le había dado Jorge Espira, su gobernador, y de allí proseguir su jornada por la orden que se verá en el discurso de esta Historia.

Y | con este concierto y acuerdo él se embarcó para Santo Domingo, y Antonio de Chaves prosiguió su viaje con su gente, derecho a la laguna de Maracaibo, donde ya estaba un capitán llamado Martínez, que con el navío que micer Ambrosio metió en esta laguna, y la canoa grande de quien habemos hecho mención, y otros barcos sustentaba y proveía de comidas la gente que micer Ambrosio había dejado en su alojamiento o ranchería, que ya a esta sazón tenían título de pueblo, y por tal se sustentaban allí, aunque trabajosamente; y este Martínez corría toda la laguna hasta la culata, con obra de sesenta hombres que consigo tenía, y proveía, como he dicho, de mantenimientos a la gente del pueblo o ranchería, |y él se aprovechaba de algún oro que rancheaba o tomaba y de algunas piezas de indios e indias que hacían esclavos. A este dio aviso de sus desinios Fedreman, antes que se fuese a Santo Domingo, mandándole que tuviese prevenido de comida aquel pueblo y alojamiento de Maracaibo, para cuando su gente llegase, y él estuviese a punto con sus navíos y canoas para pasarlos a todos de la otra parte de la laguna; y a esta causa pasaron muchos más trabajo en esta sazón los soldados que con Martínez estaban, por haber de prevenir y proveer de tánta comida como para tánta gente era menester.

Llegó el alcalde mayor, Chaves, a la laguna con la gente que a cargo llevaba y | halló el pasaje puesto a punto y en pocos días se hallaron de la otra banda alojados en el pueblo de Maracaibo, donde se entretuvieron algunos días, considerando la tardanza que el teniente Fedreman había de hacer en Santo Domingo, lo cual le fue causa de gran calamidad y trabajo, porque como esta laguna y las provincias comarcanas al pueblo había tántos años que sustentaban la gente que por allí andaba, y había sustentado la compañía y gente de micer Ambrosio mucho tiempo, como se ha visto, ya no tenían ni hallaban mantenimientos ni vituallas en tanta abundancia como de antes, y como en esta sazón cargó tanta gente de golpe, faltaron también de golpe los mantenimientos, y así la hambre les fue causa de muchas enfermedades de que murió mucha gente; y por otra parte los tigeres que en esta provincia había, andaban tan encarnizados y cebados que hicieron muy grandes daños en los indios que estos españoles tenían en su servicio, y en los propios españoles.

Viendo el alcalde mayor, Chaves, y los demás capitanes que con él venían la mortandad y destrucción que en la gente había sobrevenido, determinaron salirse de este pueblo, y dividiendo la gente en tres partes y encargándose de ella tres capitanes, salieron por diferentes caminos para que mejor se pudiesen sustentar, mas con orden y concierto de que, para cierto tiempo, se hallasen juntos en el Cabo de la Vela para recibir a Nicolás Fedreman, que se entendía que para aquel tiempo que señalaron habría ya llegado o llegaría de Santo Domingo.

En este mismo tiempo, siendo gobernador en Santa Marta el oidor o doctor Infante, por la Audiencia de Santo Domingo, salieron de Santa Marta el capitán Ribera y un capitán Méndez, por su mandado, en un navío con cincuenta de a pie y de a caballo, a hacer esclavos a la Ramada, que es cierta provincia que esta hacia la parte del Cabo de la Vela y gobernación de Venezuela, y llegados allí, y saltados en tierra, tomaron algunos indios e indias, y haciéndolos esclavos los embarcaron en el navío y los enviaron a Santo Domingo, y ellos se quedaron en aquella provincia como gente venturera, procurando haber algún oro por fuerza o de grado entre los naturales de aquellas provincias. Dende a poco tiempo murió el capitán Méndez y quedó el gobierno de la gente en el capitán Ribera, el cual, por impedimento de algunos ríos que con la fuerza del invierno traían mucha agua, no había podido volverse por tierra a Santa Marta, aunque lo había intentado algunas veces, y estando alojado en la provincia o junto al río de Macomite, el cual por ser caudaloso y venir muy crecido les había impedido la vuelta y pasaje, envió obra de veinte hombres a buscar comida hacia la parte de la laguna de Maracaibo, por donde la gente de Fedreman iba marchando, y de una de las compañías de Fedreman, que no lejos de este lugar estaba alojada, había a la propia sazón salido una escuadra con veinte y cinco hombres a buscar también comida hacia Macomite, donde el capitán Ribera estaba alojado, e yendo la escuadra de los de Fedreman, que se decía Murcia, marchando por un camino que no debía ser muy escombrado ni muy derecho, oyo ruido y estruendo que los soldados de Ribera iban haciendo, y reparándose y emboscándose con los soldados que con él iban, llegaron dos o tres de los soldados de Santa Marta muy descuidadamente, a los cuales tomó Murcia y | desarmándolos los metió entre los suyos y esperó allí a los demás que desordenadamente y apartados unos de otros iban caminando, y como iban llegando, sin hacer ningún alboroto, los recogía y desarmaba hasta que los juntó a todos muy pacíficamente y con ellos dio la vuelta a donde estaba o había quedado su capitán, el cual, sabida aquella nueva y cómo por allí andaba gente de Santa Marta, procuró luégo reducir y juntar a sí la otra gente de su compañía que andaba dividida para mejor se sustentar, como se ha dicho, y juntos todos los capitanes y soldados de Fedreman, ordenaron de tratarse y hablarse con el capitán Ribera, o por grado o por fuerza traerlo con toda su gente a su compañía, lo cual intentado hicieron fácilmente, porque viéndose Ribera con tan poca gente y que el tiempo le era contrario para poderse retirar y recoger hacia Santa Marta con los compañeros que le quedaban, acordó condescender con aquel género de violentos ruegos con que era más forzado que rogado por los capitanes de Fedreman, y asi se juntó con ellos, creyendo que fácilmente le darían lugar a que se volviese a Santa Marta. Mas los capitanes de Fedreman y su alcalde mayor, Chaves, no se hallaron con tal parecer, antes determinaron de tenerlo consigo a él y a toda su gente, hasta que el teniente Fedreman viniese de Santo Domingo y él hiciese lo que quisiese de ellos, y con este acuerdo se estuvieron todos juntos, pasando el invierno con harto trabajo y hambre.

 

| Capítulo cinco
 

 

Cómo, pasado el invierno, el gobernador Jorge Espira marchó hasta llegar a las riberas del río Opia, donde tomó a invernar, y cómo en el camino prendió a Francisco Velasco, con su teniente, y lo envió a Coro, por ciertas palabras que dijo. |
 

 

Ya que el alegre tiempo del verano le entraba a Jorge Espira y las aguas se aplacaban, aprovechándose de la ocasión que el tiempo le ponía en las manos, porque hasta entonces, aunque por la hambre había sido forzado a mudarse de aquel alojamiento, de Acarigua, las aguas de que había estado cercado no le dejaban efectuar su voluntad, se mudó y | pasó más adelante con su gente y campo a una provincia llamada Amorodore, en la cual se alojó y | rancheó para que la gente se reformase de la hambre que traían de atrás; porque como en esta provincia no se había hecho daño ninguno, hallaron en ella abundantemente de comer, y también era grande impedimento y estorbo al caminar y así porque por ser aquella tierra llana aún no se habían escurrido ni enxigado las aguas, se estuvo en esta poblazón y | alojamiento un mes, donde los naturales de ella, deseando echar de sí tan malos huéspedes como los españoles eran, por los daños que en sus comidas y | aun personas de ellos recibían, convocándose y juntándose muchos indios tomaron las armas en las manos para echar de allí a los nuestros; mas ninguna cosa les prestó porque dos veces que acometieron a dar en sus enemigos fueron con mucha facilidad rebatidos y ahuyentados tan amedrentadamente que nunca más osaron juntarse ni tomar las armas en las manos, antes apartándose todo lo que podían de los españoles, les dejaban gozar con quietud de sus casas y haciendas y de todo lo demás que entre manos tenían, en pago de lo cual les habían muerto dos caballos.

Después del tiempo dicho pasó el gobernador adelante con su gente, prosiguiendo su descubrimiento por la halda de la sierra y cordillera, que siempre llevaba a mano derecha, y llegó a otra provincia de indios llamados Coyones | 10 , bien poblada, y la gente belicosa y guerrera y de buen coraje en las guazabaras, y de diferente lengua de la de atrás. Alojose en esta provincia la gente española, y pretendiendo los naturales de ella ganar más honra que los de atrás, salieron de mano armada y con buena orden acometieron a los nuestros, los cuales, aunque estaban ya puestos a punto para recibir a los enemigos, no dejaron de tardar en desbaratarlos, por ser gente que les turaba el brío algún tiempo, y aunque fueron maltratados y desbaratados de los españoles, todavía les pusieron en condición de matar al capitán Montalvo, al cual quitaron la lanza, y | derribándolo del caballo se lo llevaban a manos vivo si no fuera socorrido de algunos soldados que lo defendieron y quitaron de las manos de los indios. Hirieron y maltrataron a otros españoles, mas no murió ninguno. Acometieron otras dos veces estos indios, y | siempre fueron frustrados de sus desinios con daño de sus personas.

De esta provincia de Coyones pasó adelante Jorge Espira con su gente y | llegó a las provincias y ríos que dicen de Barinas, que es a las espaldas de donde está ahora poblada la ciudad de Mérida del Nuevo Reino. Allí se rancheó y alojó el gobernador con su compañía por descubrir y ver si por allí cerca hubiese entrada para atravesar la tierra. Estuvo en este sitio o alojamiento muchos días Jorge Espira, con gran daño de su gente, porque se hallaba poca comida y había muchos enfermos, que les era gran impedimento y | estorbo para seguir su descubrimiento y jornada con la diligencia necesaria, de donde redundaba que el gobernador hiciese tantas paradas y sintiese la gente tanto la hambre, de tal suerte que muchos días se sustentaron con solamente palmitos |y otras comidas silvestres y no conocidas, causadoras de mayores enfermedades y males. Y estando en esta necesidad tan extrema, tuvo noticia el gobernador que en la sierra o cordillera se hacían ciertos valles poblados de indios, en que habría abundancia de comida, el cual luégo envió a su teniente, llamado Francisco de Velasco, con doscientos hombres y algunos caballos, y | le mandó que llegase con los caballos hasta el pie de la sierra, y que quedándose él en unos poblezuelos de indios que allí había, con alguna gente, enviase la demás arriba a traer comida y le proveyesen de todo el maíz, yuca y | patata y sal que pudiesen, que era todo bien menester.

El teniente Francisco Velasco se partió con la gente, y llegando al pie de la cordillera hizo lo que el gobernador le había mandado, quedándose él allí con cincuenta hombres, y enviando los demás a lo alto para el efecto dicho con un caudillo llamado Nicolás de Palencia, los cuales caminando hallaron un bohío redondo muy grande, hecho en un arcabuco o montaña, en el cual había más de mil y quinientas hanegas de maíz; y alegrándose los soldados con tan buen encuentro, pararon allí con el servicio de indios e indias que llevaban, de donde salían a correr los pueblos y lugares de alrededor, prendiendo alguna gente de la que por allí había, rancheándoles esa miseria que tenían, donde hubieron alguna provisión de sal, con que restauraron algún tanto la mucha falta que de ello todos tenían; y enviando de este bohío redondo la gente que pudieron cargada de maíz y otras raíces y sal, se quedaron los más de los soldados en guarda de aquel bohío, porque si lo desamparaban, los indios no los escondiesen el maíz.

El Francisco de Velasco holgose con el recado y comida que le habían traído de la sierra, y procuró que se llevasen dos o tres caminos de comida a donde el gobernador estaba con los enfermos, y procuró informarse de las gracias que Jorge Espira le daba por el socorro de la comida que le había enviado, al cual dijeron que estaba algo quejoso por lo poco que le había llevado; y amohinándose el Velasco de estas nuevas, dijo: o cuerpo de tal con el gobernador; pues voto a tal que si él tiene allá ciento de capa blanca, yo tengo acá doscientos de capas negras; y con esto recogió la gente y | fuese donde Jorge Espira estaba. Algunos amigos del gobernador les pareció mal estas palabras del Francisco de Velasco, y dando aviso de ello al gobernador le indinaron contra él de tal suerte que luégo procediendo contra Velasco lo prendió y aprisionó con todo recado e hizo sus informaciones muy bastantes de lo que había dicho; y consultando el negocio con los capitanes y personas principales que en el campo traía, las pidió parecer de lo que se debía hacer, los cuales acordaron que debía echar de sí a Velasco, porque no hubiese tantos superiores. Visto esto yque ningún bien habían de causar al teniente, y así, de parecer de todos, acordó el gobernador echar de sí a Velasco, enviándolo a Coro con toda la gente enferma que en el campo había y algunos sanos para su resguardo y custodia. Envió asímismo un capitán con una compañía de soldados para que acompañasen aquella gente enferma y | presa, hasta echarlos fuéra de las provincias que atrás quedaban, que eran de gente belicosa y guerrera, sin que recibiesen de ellos ningún daño.

Hecho esto y vueltos los que acompañaron al teniente Velasco y enfermos, prosiguió su descubrimiento el gobernador con su gente los llanos adelante, y como el tiempo era ya del todo enjuto y los ríos venían muy mansos, no se detenían en ninguna parte, antes caminaban con toda ligereza, pasando por muchas provincias pobladas de gentes diferentes unas de otras y de diferentes lenguas y nombres, con todos los cuales no dejaron de tener algunos recuentros y guazabaras, mas no de suerte que les impidiesen el caminar. Llegaron a los ríos famosos por su grandeza llamados Apure y Çarara, y como era verano fácilmente los pasaron, porque la tierra es llana y ellos van derramados y extendidos y muy sosegados y mansos; ysin éstos, otros muchos ríos de mediana grandeza, que también suelen impedir el pasaje a los descubridores, como son los ríos Casanare, de igual grandeza que los nombrados, y Pavxoto y Cosubana y el Temen, y Guanaguanare, y Opia, y Haya, y Gravbiare, y Papamene, todos estos que salen de la sierra y cordillera dicha, cuyos nombres referidos son los propios que los naturales les tienen puestos. Y caminando, ya que el invierno entraba, llegaron a un río llamado Opia, a la ribera del cual había algunas poblazones de indios, donde pareció al gobernador y | a sus capitanes ser parte acomodada para tener y pasar el invierno, por poderse proveer y | sustentar de las comidas y mantenimientos que los naturales de estos pueblos tenían para su sustento, y | así hicieron su alojamiento y ranchería en el mejor y más alto sitio que les pareció de estos lugares y pueblos que a la ribera del río Opia estaban.

 

| Capítulo seis
 

 

Cómo el teniente Chaves llegó al Cabo de la Vela y halló allí al teniente  Fedreman, que había venidó de Santo Domingo, y cómo el capitán Ribera y los demás soldados de Santa Marta fueron sueltos. |
 

 

El río de Macomite, en cuyas riberas la gente y capitanes del teniente Fedreman invernaron, había ya bajado y el invierno cesado cuando el teniente Chaves y los otros caudillos determinaron pasar adelante con su descubrimiento la vía del Cabo de la Vela; y dejando en aquel alojamiento o invernadero toda la gente enferma, porque no les fuese estorbo ni impedimento en su jornada, pasando el río Macomite prosiguieron adelante y comenzaron a entrar entre algunas gentes belicosas y desnudas, salteadoras |y vagabundas, las cuales no habitaban en poblazones ni en lugares conocidos, sino metidos en montañas, ni menos cultivaban las tierras para sustentarse, ni cogen ningún género de fruta de ellas, así por ser, como he dicho, estas gentes enemigas del trabajo, como por ser la tierra algo estéril; mas con todo eso no hay campo que si lo cultivan no lleve fruto. El sustento y mantenimiento de estos indios es carnes de venados, que hay por allí en abundancia, y pescados, que en aquella comarca se toma mucho, y por pan comen ciertas puches o mazamorras hechas de una semilla muy menuda, como mostaza, que la tierra por allí produce de suyo.

Estos indios, aunque están tan divididos, son en cantidad. Salieron diversas veces acometer a los españoles con muy buen brío, y como era gente muy suelta y diestra en el guerrear, hiciéronles poco daño los nuestros y ganaron con ellos poca honra, porque en un recuentro o guazabara que tuvieron los unos con los otros, perdieron los españoles un capitán llamado Avellaneda de Guzmán, con otros seis soldados que, a manos, vivos les tomaron los indios y les pusieron en condición de perder más gente; y así tuvieron los nuestros por más acertado el pasar adelante que el pretender sujetar estas gentes, pues con ellas no se podía ganar ninguna honra ni aun hacienda, porque no tenían ono ni otras riquezas de que pudiesen ser aprovechados.

En esta propia jornada y descubrimiento hallaron estos descubridores en la costa de la mar, cuatro navíos de españoles hechos pedazos, y | las gentes de ellos tendidas por la playa y costa y arenales de la mar, todos muertos, que pareció haber perecido de hambre y sed, sin que en ellos hubiese señal de haberlos muerto ni llegado a ellos indios, ni menos pudieran atinar qué gente fuese esta.

Pasados los españoles de las tierras de estos salteadores, y entrando entre otra gente más doméstica, acordaron enviar por la gente enferma que habían dejado en el alojamiento del río Macomite; y | enviando a la ligera tres soldados buenos peones y atrevidos, que fueron Alonso de Olalla y Alonso Martín de Quesada y Diego de Agudo, les mandaron que fuesen a dar aviso a la gente enferma que se apercibiesen y estuviesen a punto para cuando los caballos llegasen por ellos que luégo se partiesen. Estos tres soldados españoles, con solas sus personas, espadas y rodelas, se metieron temerariamente por entre las provincias dichas y por otras, aventurándose a ser presos de los indios; y queriéndolos Dios guardar, pasaron sin recibir ningún daño y llegaron al alojamiento donde había quedado la gente enferma, de los cuales hallaron muy pocos vivos, que con las enfermedades y hambre y | poco refrigerio, todos los más se habían |y estaban muertos en sus propios lechos y hamacas, sin que los vivos, que eran bien pocos, los pudiesen enterrar ni dar sepultura, ni aun creo que usar los unos con los otros de ninguna obra de misericordia. Los tres soldados quedaron admirados de ver la mortandad que en el alojamiento hallaron, y | los que estaban vivos sintieron tanto placer en verlos, que olvidados de sus enfermedades saltaban de las camas a congratularse con ellos, dando no sólo con palabras muestras de su alegría, mas con abundancia de lágrimas que de sus ojos vertían. Entre sanos y | enfermos determinaron hacerse un convite o banquete para mejor celebrar su alegría y | contento, y para efectuarlo mataron un borrico pequeño que remaneció en aquella ranchería, y | con dos pares de bollos de maíz que a los tres soldados les había sobrado del matalotaje, a medio asar la carne, se sentaron a comer, por lo cual entiendo que aún hasta ahora no la han digirido algunos.

Con esta cena y convite y | con el contento dicho, se esforzaron los enfermos y cobraron ánimo para mejor sufrir su calamidad, y de allí adelante lo pasaron mejor, porque con algunos bledos que los soldados que en socorro habían ido les cogían y cocían de los que había por allí nacidos, se sustentaron hasta que llegaron los caballos, y subiéndolos en ellos caminaron a donde estaba la demás gente; y como estaban tan debilitados y consumidos y los regalos que se les hicieron fueron tan pocos y el caminar a caballo suele matar los sanos cuanto más los enfermos, se iban muriendo por el camino hasta que llegaron a juntarse con los demás españoles, donde esos pocos que vivos quedaron fueron reformados y curados, y dende a poco se partieron de este alojamiento donde habían estado esperando los enfermos, y prosiguiendo su derrota caminaron algunos días trabajosamente, al cabo de los cuales llegaron al Cabo de la Vela, donde hallaron al teniente Nicolás Fedreman, que era ya llegado de Santo Domingo con ochenta hombres y cantidad de caballos y comida que había recogido de por allí cerca y | él había traído de Santo Domingo.

Alegráronse mucho todos estos capitanes y | soldados de hallar allí a su general, por el buen socorro que les tenía de comida y ropa para vestirse. Fedreman, asímismo, se holgó de ver su gente, aunque no dejó de sentir la mucha que le faltaba y se había muerto. Luégo, su teniente o alcalde mayor, Antoño de Chaves, le dio noticia de cómo estaba con ellos el capitán Ribera, que con ciertos soldados había salido de Santa Marta a hacer esclavos, como se ha dicho, y que por hallarlo en su jurisdicción o gobernación él los había preso y | los tenía allí para que hiciese de ellos a su voluntad. El gobernador Fedreman mando luego parecer ante sí el capitán Ribera y a los demás soldados que con él salieron de Santa Marta, y les habló muy afablemente, induciéndolos a que lo siguiesen de su voluntad; en fin de lo cual les dijo que él tenía por señor y padre al doctor Infante, gobernador de Santa Manta y oidor de Santo Domingo, por cuyo mandado había venido allí, al cual no quería disgustar ni dar ninguna pesadumbre; que aunque lo habían hecho mal en entrar a hacer esclavos en aquella tierra, que era de su distrito, lo de hasta allí pasase, y dende en adelante no lo hiciesen, sino que se recogiesen a su gobernación, y si entre ellos había algún soldado que de su voluntad quisiese quedarse en su compañía que él se lo agradecería y tendría muy particular cuenta con su persona, y si no que ninguno quedase y fuesen con la bendición de Dios, ofreciéndoles si habían menester algún avío o socorro para su camino. El capitán Ribera y sus soldados tuvieron en mucho el parlamento que Fedreman les había hecho, tan acompañado de buenos cumplimientos y amorosas palabras y ofrecimientos, que si no lo tuvieran en aquel tiempo por cosa fea el no volver a dar cuenta a sus gobernadores, desde luego se quedaran con él; mas forzados de esta costumbre se despidieron y apartaron de Fedreman para irse la vuelta de Santa Marta, excepto tres soldados que usando de su libertad no quisieron seguir a su capitán Ribera y | se quedaron allí con el general o teniente Fedreman, el cual se detuvo en este alojamiento del Cabo de la Vela algunos días, intentando, con cierto artificio de rastros, si podía sacar perlas de la mar, lo cual por entonces fue de ningún efecto y fue en vano su trabajo. Mas ahora entiendo que gozan de ello los vecinos del río de la Hacha, que cerca de este Cabo de la Vela habitan, los cuales han sacado y sacan muy gran cantidad de perlas, de donde Fedreman no las pudo sacar, el cual viendo cuán mal le iba con la granjería de las perlas, determinó dejarla y dar orden en la prosecución de su descubrimiento y | jornada, en la forma que adelante se dirá.

 

9 Falta "la gente".
10  Sustituír "Coyones" por "Cojones" (Esta es la lectura correcta). Equivocación de Becker.

anterior | índice | siguiente