|Capítulo cinco
En el cual se
escribe cómo los españoles y micer Ambrosio, su capitán, anduvieron
un año descubriendo y conquistando la laguna de Maracaibo. Trátase
de la forma de las canoas y sus remos.
Dado el asiento que fue necesario y conveniente, micer Ambrosio
en su alojamiento o ranchería, luégo comenzó a proseguir por agua y
por tierra su nuevo descubrimiento de la laguna de Maracaibo y sus
contornos, trayendo algunas veces la gente dividida por la laguna y
por tierra, y otras veces toda junta por el agua en dos bergantines
y una canoa, que según figuran su grandeza es cosa de notar; y para
que mejor se pueda comprender esto que por cosa notable quiero
decir, es de saber que, según en otras partes de esta Historia por
la mayor parte he apuntado, todos los indios de las Indias usan de
cierto género de nave pequeña, de un madero que los latinos llaman
monoxilum, para navegar por los ríos y lagunas, y estas son
llamadas por los españoles canoas, y son de un solo palo o madero,
cavado a manera de una artesa o dornajo, excepto que se le da o
hace en el palo toda la concavidad o gueso que se puede hacer, de
suerte que el casco quede fornido para sufrir la navegación, y vase
ensangostando de popa y proa como un navío para ser mejor
gobernada; y en éstas navegan los indios, bogando o remando,
partidos en dos partes, unos a la proa y otros a la popa,
partiéndose por su orden, tanto a un lado como al otro, y todo el
tiempo que van remando van los remeros en pie, porque ni el espacio
y hueco o grandor de la canoa da más lugar ni entiendo que pudiese
sufrir otro género de remos de los que para este efecto los indios
han usado e inventado de su antiguo origen, los cuales son poco
menos que del grandor del hombre o indio que lo ha de llevar. Lo
que de este remo entra debajo del agua es una pala puntiaguda poco
más ancha que dos manos, muy delgada por los lados y por medio más
fornida, con una manera de lomo, y todo lo que de allí para arriba,
que es lo que cae fuéra del agua, es redondo y tan grueso cuanto
puede ser empuñado del que lo ha de mandar; a la cual manera de
remos los españoles comúnmente llaman canaletes, que debió ser el
nombre que los primeros españoles pusieron como en otras cosas se
ha visto por experiencia, pero los indios en cada provincia los
llaman diferentemente unos de otros.
De esta forma que he dicho que son las canoas tenía una micer
Ambrosio, hecha de un solo madero o árbol, sin añadidura ni
compostura alguna; mas de lo que en el propio palo se pudo cavar y
labrar, en la cual cabía o traía micer Ambrosio cuarenta hombres de
armada con seis caballos, y algunos afirman que más, pero esto
basta y es cosa que se puede tener por extraña y no vista hasta
ahora que en el hueco de un solo árbol, en la forma que éste estaba
labrado, navegase tanta gente y caballos; porque aunque en las
primeras conquistas y descubrimientos de ríos caudalosos y lagos o
lagunas que en muchas partes de las Indias han sido andadas y
descubiertas por españoles se ha hallado grandísimo número de
canoas de todas suertes y nunca jamás en sus principios ni después
mediante la industria de los españoles se ha hallado ni hecho canoa
que sola sufra a llevar seguramente dos caballos y muy poca gente,
ni que con muchas partes llegase al grandor de esta.
Los indios de la laguna no temieron mucho esta entrada de micer
Amborsio, así por ser ellos en sí gente muy atrevida y belicosa en
el agua, como porque antes de esta entrada de micer Ambrosio había
por infortunio entrado en esta laguna un navío de españoles en que
iba el obispo de Santa Marta don Juan de Calatayud, a quien los
indios desbarataron y se cebaron en sangre de españoles. De este
obispo se cuenta que luégo que entró en esta laguna, los indios
viendo cosa tan nueva y nunca por ellos vista, se venían a los
españoles casi simplemente, y algunos españoles que ya conocían el
movimiento que los indios suelen tener y la vuelta que dan,
procuraban aprovecharse de ellos en tanto que aquella sinceridad
les turaba, por lo cual el obispo reprehendía ásperamente a los
españoles y les decía: "dejadlos, no les hagáis mal, que son
ovejitas de Dios", procurando por todas vías que no recibiesen
ningún desabrimiento de los españoles.
Dende a poco tiempo los propios indios volvieron la hoja y
vinieron con mano armada a dar las gracias al obispo por el
beneficio que les había hecho, y comenzaron a disparar en los
españoles la flechería que traían, y a herirlos y maltratarlos, y
entre los que al principio hirieron los indios fue al obispo, el
cual viéndose de aquella suerte
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comenzó a animar
a los españoles con muy grandes voces, diciendo: "a ellos,
hermanos, a ellos, que estos no son ovejas de Dios, sino lobos de
Satanás". Mas con todo eso mataron allí los indios a todos los más
españoles, y quedaron también impuestos que después no les pareció
cosa nueva la entrada de micer Ambrosio, antes entendiendo que
todos habían de morir y quedar en su poder se les mostraban amigos,
y después intentaban sus acometimientos muy a su salvo contra los
españoles, en los cuales unas veces salían descalabrados y otras
descalabraban, y aunque las más victorias quedaban y quedaron por
nuestros españoles, no dejaron de hacerles harto daño con la
flechería de que estos indios usan, que es casi toda la más de
dientes de pescados de diversas suertes.
Micer Ambrosio, con los españoles, aunque a los principios les
pareció mucha gente y canoas que se les llegaban a dar guazabara,
no por eso dejaron de proseguir su descubrimiento como lo llevaban
comenzado. Advierto de una cosa, porque no me tengan por
descuidado, y es que el vocablo que el poco ha dije o nombre de
guazabara, generalmente se usa de él en las Indias y se toma por
cualquier recuentro que haya, así por tierra como por el agua,
entre españoles e indios y entre indios y españoles, ora cometan
los unos ora los otros, lo que no es en los recuentros que se han
habido contra tiranos y españoles y negros que en estas partes se
han alzado y así doquiera que este término o vocablo yo usare, el
lector entenderá que es recuentro, acometimiento o batalla o
rompimiento entre españoles e indios.
En poco más tiempo de un año vio este gobernador con su gente
toda la mayor parte de esta laguna de Maracaibo, navegándola y
entrando en muchos ancones y lagos y esteros donde los indios
tenían algunas poblazones fortificadas y escondidas, y había y
hallose algún oro entre los naturales, mas no era en tanta cantidad
como los españoles y su gobernador quisieran, por lo cual, aunque
había cantidad de naturales, acordaron de no hacer allí más parada
sino pasar adelante con su campo y gente, porque aunque estos
descubridores llevaban, a lo que mostraban, voluntad de poblar
donde hubiese muchos naturales, su principal intento era buscar
mucho oro y no darse mucho por poblar, y así dieron la vuelta a
recogerse a su ranchería o alojamiento, trayendo consigo todos los
indios que pudieron haber para enviarlos por esclavos a Coro y
sacar de ellos algún dinero para reformación de algunas cosas que
habían menester para proseguir su jornada, y especialmente de gente
o soldados, por que así en guazabaras y de heridos y flechazos de
indios como de enfermedades que comúnmente los primeros días suelen
dar a los que pasan a Indias, se le había muerto mucha gente a
micer Ambrosio de la que consigo había llevado. Y también esta
laguna y las tierras que la cercan no son sanas, sino bien enfermas
y de muy mala propiedad y costelación, porque en nuestros tiempos
han abajado de Mérida, ciudad del Nuevo Reino, algunos caudillos
con gente a descubrir puertos a esta laguna y a procurar otros
aprovechamientos, y por poco que en ella o en sus riberas y
territorios se han entretenido, vueltos a su pueblo todos han caído
enfermos de recias calenturas y algunos se han muerto, y los que
han escapado, por mucho tiempo no se les quitaba del rostro una
color casi amarilla que ponía admiración a los que los veían, y por
esto entiendo que sin la gente que los indios mataron e hirieron a
micer Ambrosio, que no dejarían de caer enfermos y morir otros
muchos de çiçiones y llagas y otras enfermedades que en este lago y
las tierras a él comarcanas, que por la mayor parte son montuosas,
que solemos decir arcabucosas, por los malos vapores que en todo
ello se engendran, pudieron los españoles adquirir, y con ello la
muerte.
|Capítulo seis
Cómo micer
Ambrosio se partió con su gente de la laguna por tierra y llegó a
las lagunas de Tamalameque, donde prendió el cacique y principal de
aquella tierra.
Vuelto micer Ambrosio con sus bergantines o barcos y canoas a su
alojamiento o ranchería de Maracaibo, dio luégo orden en lo que se
debía hacer, para con brevedad proseguir su descubrimiento y llevar
adelante sus desinios, antes que por algún infortunio de los que la
fortuna suele oponer, fuese frustrado de ellos. Envió luégo con
toda presteza los esclavos o indios que de la laguna sacó, y de lo
procedido de ellos le trajeron de rescate algunas cosas de las que
envió a pedir, y algunos españoles para la reformación de su
compañía; y para ir menos impedido y no llevar consigo ningún
género de estorbo, acordó dejar en aquel alojamiento o ranchería de
Maracaibo, todos los hombres casados con sus mujeres y los enfermos
y otros que por diversos casos eran muy impedidos para el uso de
semejantes guerras, que entonces y aun ahora, por reboco 4
llamamos jornadas o descubrimientos; y dejándoles un sustituto o
teniente suyo que los tuviese en justicia, con otros algunos
soldados sanos para que pudiesen los enfermos ser proveídos de la
comida que hubiesen menester, se partió con todo el rescate de la
gente atravesando cierta serranía o cordillera que casi cerca (de)
aquella laguna por aquella parte que ahora decimos la cordillera
del valle de Upar, por estar a la otra vertiente que corre al río
grande de la Magdalena un pueblo de españoles en un valle dicho de
este nombre. Este río grande de la Magdalena es el río por do se
descubrió el Nuevo Reino de Granada, y por donde hoy suben los
españoles y provisiones de España a aquel Reino, según en otra
parte se ha dicho. Atravesada esta cordillera, micer Ambrosio,
pasando por entre diversas poblazones y gentes, fue a dar a las
lagunas que hoy se dicen de Tamalameque, por llamarse el señor o
principal que sujetaba los naturales que por allí había, de este
nombre, Tamalameque; y está en esta provincia poblado, ribera del
río grande, un pueblo de españoles que se llama de este mismo
nombre, la ciudad de Tamalameque, que es sufragáneo a la
gobernación de Santa Marta.
Estas lagunas o laguna de Tamalameque es bien grande. Hácense en
ella algunas islas que estaban pobladas. Congréganse aquí estas
aguas por ser la tierra baja y estar en el paraje de la corriente y
agua del río grande, por lo cual no pueden correr ni escurrirse,
vaguarse, los ríos que a esta laguna vienen a dar. De donde ella
principalmente se hace es el río de Çaçare, que viene del valle de
Upar, río caudaloso y que navegan por él canoas, y todas las aguas
que de la cordillera corren desde el valle de Upar hasta junto una
provincia que dicen los Carateres o despoblados, sufragana a la
ciudad de Pamplona del Nuevo Reino, todas se juntan aquí.
Llegado micer Ambrosio a esta provincia y lagunas de Tamalameque
hallola, como he dicho, muy poblada de mucha cantidad de naturales
y muy abundante de comida y de mucho oro que los indios poseían.
Estaba el principal o señor poblado ribera de esta laguna, en un
pueblo que la vecindad de él tomaba un cuarto de legua; y aunque la
poblazón era tan grande, y otras muchas que a la redonda había y
los naturales en mucha cantidad, nunca se atrevió este principal a
esperar en su pueblo a los españoles, por las nuevas que antes de
ellos tenían y le habían dado otros indios sus vecinos, y así se
recogió con su hacienda y gentes a una isla que en la laguna estaba
algo apartada de tierra, creyendo que poniendo él en cobro todas
las canoas y apartándolas de donde los españoles las pudiesen
haber, no tendrían modo cómo pasar a la isla a donde él estaba, por
ser por allí algo hondable el lago. Mas los españoles y su
gobernador, viendo delante de sus ojos aquellas gentes, y que casi
les hacían cocos con las joyas y aderezos de oro que sobre sí
traían, buscaban y vacilaban sobre qué modo podrían tener para
pasar seguramente el agua y entrar en la isla a despojar aquellos
miserables de sus tesoros; y podemos decir que estos indios ellos
mismos se hacían la guerra y se ponían asechanzas, pues mostrando o
haciendo ostentación de las joyas y oro que tenían a sus
contrarios, les daban avilantez y ponían espuelas a su codicia,
para que con más calor procurasen de pasar a donde ellos estaban, y
al
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fin, después de muchos acuerdos que sobre ello el
gobernador había tenido, fue resoluto en que todos los más de a
caballo se echasen al agua en sus caballos y fuesen a dar en
aquella gente, que teniéndose por muy seguros con la fortaleza de
que naturalmente estaba cercado aquel sitio, con las aguas que lo
fortificaban, no esperaban recibir ningún daño de los españoles ni
tenían pensamiento de mudarse ni apartarse de allí, antes, como he
dicho, casi ponían por señuelo el oro y riquezas que tenían,
entendiendo con la vista de ello atormentar los codiciosos ánimos
de los españoles y su gobernador.
Determinados ya el gobernador y sus soldados de seguir la toma
de aquel isleo con esta industria, remitiendo el fin del suceso a
lo que su fortuna guiase, pusieron en obra su acuerdo, y cabalgando
en sus caballos hasta treinta españoles con sus armas, se arrojaron
al agua, y gobernando con los frenos los caballos y animándolos con
las espuelas, sin que ninguno de ellos peligrase ni pereciese,
pasaron nadando a la isla, donde los indios, casi atónitos y sin
sentido de ver aquella nueva manera de navegar de los españoles, se
hallaban tan confusos entre sí que aunque tenían las armas en las
manos, no usaron de ellas con la presteza que era razón para
defender la entrada a los españoles, lo cual pudieron hacer con
facilidad por ser el sitio donde estaban acomodado para ello.
Después que en la isla vieron a los españoles comenzaron a usar
de las armas para ofenderlos con el tumulto y alaridos con que
todos generalmente lo suelen hacer; mas como los españoles estaban
ya en tierra, donde podían aprovecharse de sus caballos y ser
señores de ellos, comenzaron a correr y escaramucear por entre los
indios, hiriendo a todas partes, de suerte que siempre los iban
ahuyentando y constriñendo a que se recogiesen al agua, donde les
era a los indios el daño doblado, porque como la laguna era honda y
la gente mucha, caían unos sobre otros, y el que no sabía nadar
llevaba al hondo al que sabía, y así perecieron muchos, sin los que
en tierra fueron muertos, y sin otras muchas gentes de todo sexo
que amedrentadas de ver la ferocidad de los caballos y crueldad de
los que los seguían, se arrojaban al agua a guarecer en algunas
canoas de las que por allí tenían.
Los españoles quedaron señores de la isla y hubieron preso al
cacique o señor de aquellas gentes que, como he dicho, se llamaba
Tamalameque, con otros algunos indios principales y mucha parte de
sus riquezas y oro, con que se pasaron muy contentos a donde el
gobernador estaba con la demás gente mirando el suceso de esta
guazabara, a quien entregaron luégo todo el despojo y presa que en
ella se había habido, y fue cantidad de oro. Holgáronse todos con
el buen suceso que allí habían tenido; pusieron a recado el
principal Tamalameque, de quien esperaban haber gran suma de oro
por su rescate, e hicieron asiento allí por algunos días, así
porque la gente descansase, como por la mucha riqueza que de esta
provincia esperaban sacar, según los buenos principios que habían
visto y despojo que en este primer reencuentro hubieron
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4ª.
|Capítulo siete
Cómo estando los
españoles divididos se juntaron mucha cantidad de indios y vinieron
a sacar de poder de los españoles a su cacique, y cómo micer
Ambrosio envió a Gascuña a Coro por más gente y soldados.
Dende a pocos días algunos soldados quisieron pasar adelante,
sin hacer en esta provincia mucho asiento, mas micer Ambrosio,
viendo la fertilidad de la tierra y las muestras de oro que en
aquellas primeras vistas había habido, consideró que podía haber en
esta provincia alguna parte de lo mucho que deseaba, y así, con
acuerdo de los más, determinó entretenerse en esta provincia
algunos meses hasta ver y aun haber toda la riqueza que en la
tierra había, con la cual resolución envió luégo un capitán o
caudillo con la mitad de la gente, que serian noventa hombres, a
ver lo que había en ciertas poblazones que cerca de allí estaban, y
él se quedó en su alojamiento con la demás gente y con el cacique y
los demás principales.
Los indios de esta provincia, viendo que mucha parte de la gente
española andaba fuéra del campo, parecioles que era tiempo oportuno
y que se les ofrecía ocasión en que pudiesen recobrar a su cacique
o señor, con lo demás que en la guazabara perdieron; y no perdiendo
tiempo se convocaron y juntaron, según afirman personas que se
hallaron presentes, más de diez mil indios de guerra y bien
aderezados, conforme a su uso y costumbre de militar. Metidos en la
cantidad de canoas que para tanta gente era menester, se vinieron
navegando hacia el real de los españoles; y según pareció después,
estos indios, como habían visto ir fuéra los españoles que se ha
dicho, creyeron que en el alojamiento quedaban muy pocos, a los
cuales fácilmente desbaratarían y matarían; y como saltando en
tierra y llegando a donde el gobernador micer Ambrosio estaba
rancheado, viesen la gente que con él estaba, se les mudó el ánimo
de tal suerte que jamás ninguno de ellos se atrevió a principiar la
guazabara ni acometer a los españoles, sino como hombres
desatinados, comenzaron a decir que les diesen su cacique muy
porfiadamente y con muchas voces. El gobernador, conociendo la
pusilanimidad y cobardía que los indios consigo traían, mandó a los
españoles que se estuviesen quedos, y no les consintió que moviesen
las armas contra aquella amedrentada gente, y al cual asímismo
mandó que dejasen luégo las armas, donde no que allí serían todos
muertos por su gente. Y los indios, como estaban de suyo tan
acobardados y perdido el ánimo, y de nuevo los amenazaba micer
Ambrosio, obedecieron luégo su mandado, y soltándolas todos en el
suelo, se rindieron a voluntad y merced del gobernador. Dicen los
que presentes se hallaron, como por cosa de maravilla, que era
tanta la cantidad de armas que estos indios traían, que juntas, y
hecho un montón, no se parecía un hombre de a caballo de la otra
parte. Yo no tengo esta maravilla por tal, pues sabemos que en la
Nueva España y en el Pirú este ayuntamiento de armas, que aquí eran
arcos y flechas y macanas, allá era oro y plata; y en la Nueva
España se juntó en ha plaza un montón de oro y plata que no se
parecían dos hombres, eh uno puesto de la una parte y el otro de la
otra; y en el Pirú fue de mucho mayor número.
Mandó micer Ambrosio a los indios que se volviesen, y que si
querían llevar o haber a su cacique, a quien venían a buscar, le
trajesen cierta cantidad de oro que él allí les señaló. Los indios
se volvieron y fueron pacíficamente, sin hacer más acometimiento ni
daño en los españoles del que se ha dicho, dejando sus armas, que
por hartos días sirvieron de leña para las cocinas de los
españoles; y metiéndose o embarcándose en sus canoas se volvieron a
sus poblazones.
La gente que había ido a descubrir, volvió desde a pocos días
con algún oro, que generalmente, en toda esta provincia lo tensan
los indios, y hoy día lo tienen.
Estúvose micer Ambrosio en esta ranchería o alojamiento haciendo
entradas o correrías de una parte a otra casi un año, en el cual
tiempo, así de lo que ranchearon y tomaron forciblemente á los
indios como de lo que les daban de presentes y el cacique dio por
su rescate, hubieron el gobernador y sus soldados más de setenta
mil pesos de buen oro. A cabo de este tiempo, ya que estaba
arruinado y corrido y esquilmado todo lo que en esta provincia de
Tamalameque había, acordó micer Ambrosio pasar adelante con su
descubrimiento y jornada, y pareciéndole poca gente la que tenía
para tan larga entrada como se le ofrecía, porque de la gente que
de la laguna sacó se le habían muerto, así en la guerra como de
enfermedades, mucha parte de sus soldados, acordó enviar un
caudillo con algunos soldados y alguna parte del oro que allí se
había habido a Coro, para que juntase toda la más gente que
pudiese, dándoles todo avío del oro que llevasen y con toda
brevedad volviesen y le siguiesen por el rastro y vestigio de la
derrota que él de allí tomaría. Y para este efecto nombró y señaló
a un capitán Gascunia o Gascuña, natural de Arévalo, y le dio
veinte y cinco soldados, y así los sesenta mil pesos, que era parte
del oro que se había habido en esta provincia de Tamalameque, para
que con aquella ostentación y muestra de riqueza moviese los ánimos
de los soldados y los atrajese a sí, para que con mayor voluntad lo
siguiesen.
Partiose Gascuña con la gente que le fue dada, la vuelta de Coro
y provincia de Venezuela, de cuyo viaje en el siguiente capítulo
trataremos largo, y el gobernador micer Ambrosio por entonces se
quedó allí en el alojamiento y ranchería de Tamalameque, y dende a
poco tiempo alzó su campo y siguió su viaje y derrota en la forma
que adelante se dirá.