Capítulo cinco
Cómo los
españoles pasaron a Esmisa, y de ella entraron en Abirama y
saquearon la poblazón, sin recibir daño ninguno, y lo que en el
camino les sucedió con unos indios abiramaes.
Volvieron los soldados que saquearon parte de la poblazón de
Abirama muy contentos de ver la poblazón que en aquel valle había
parecido, pero como su entrada se les representó dificultosa para
los caballos, estaban perplejos e indeterminados en lo que harían;
porque como los caballos son tan temidos de los indios, y con ellos
se conservan y defienden y ofenden los españoles muy bien,
parecíales que debían buscar y hacer con sus propias manos el
camino por donde pudiesen meter y entrar sus jumentos.
Anabeyma, que por extremo deseaba el daño y destrucción de los
indios de Abirama, viendo la confusión en que los españoles
estaban, les dijo que no estuviesen temerosos de que les faltaría
camino apacible por donde metiesen los caballos, porque por la
tierra desmisa, su cuñado, había muy buena y apacible entrada, por
la cual irían a salir encima de la poblazón de Abirama, por la de
la otra banda del río, por parte más cómoda y más metida en la
tierra. Dio contento a todos estas palabras del bárbaro, y
queriendo partirse para Esmísa llegaron al alojamiento Diego de
Castro, teniente, y Villanueva, alcalde, justicias entrambos de la
villa de la Plata, con otros españoles que con cautela habían
traído consigo, fingiendo ir a Popayán, y como pocos días antes
habían prometido estos dos jueces a Domingo Lozano que le seguirían
y entrarían con él en los páez, saliéronse de su pueblo con seis
españoles, derramando fama que iban a verse con el gobernador;
porque como don Pedro de Agreda, que gobernaba aquella tierra por
la Audiencia del Nuevo Reino, había mandado que ningunos vecinos
entrasen con Domingo Lozano ni le diesen favor ni ayuda, temieron,
y con razón, que si el gobernador sintía que de su voluntad seguían
a Lozano, los había de castigar y quitar los indios que en la villa
tenían, y así hubo cierta manera de fuerza fingida por parte del
capitán Lozano, para que estos españoles y jueces le siguiesen, con
los cuales y la demás gente se partió la vía desmisa, llevándoles
las cargas y carruaje los indios de Anabeyma que con él iban; y en
dos jornadas se fue alojar junto a la poblazón del cacique Esmisa,
en un pedazo de tierra llana y rasa, puesta en buen lugar y seguro
de ventajas que contra ellos se procurasen por los indios; porque
aunque la gente de estos caciques se le habían siempre mostrado
amigables y seguros, es gente toda la más de las Indias de fe tan
dudosa e incierta, que no hay para que ninguno tenga por fija
seguridad la palabra que los indios les dieren, porque cuando les
parece se arrepienten, y no teniendo por afrenta el quebrantar la
fe que han dado, intentan novedades contra los españoles y procuran
aprovecharse de cualquier ocasión que la fortuna les ofrezca en las
manos.
Dado, pues, asiento en las cosas del alojamiento como convenía,
el cacique de aquella poblazón Esmisa y su cunado Anabeyma, que lo
había ido a ver, vinieron juntos con muchos naturales de aquella
poblazón a ver a los españoles y a su capitán y a hablarles y
congratularse con ellos; y guardando la general costumbre que en
esto se tiene, venían todos los indios cargados de maíz, yucas,
batatas y auyamas y otras raíces y legumbres que ellos acostumbran
comer, por presente para los españoles. Domingo Lozano recibió con
alegre aspecto al cacique Esmisa y le abrazó e hizo otras caricias,
agradeciéndole su visita y la paz y amistad que le venía a ofrecer,
y dándole a entender lo mucho que con ella ganaba y los daños de
que se excusaba con apartarse cuerdamente de la rebelión y opinión
de sus vecinos, y otras muchas cosas que los capitanes suelen en
semejantes tiempos decir a los caciques, tocantes al reconocer un
rey y señor debajo de cuyo amparo están, y sin esto otras muchas
amenazas tocantes a su particular provecho. El cacique Esmisa
estuvo atento a todo lo que por medio de intérpretes se le decía y
daba a entender, y con palabras y gesto grave, aunque bárbaramente
dicho, dio por respuesta que él conocía el gran provecho que de la
amistad y coliganza de los españoles le venía, especialmente que a
él le era útil y provechoso el seguirlos, pues con su mano y con su
ayuda entendía y pretendía tomar venganza de algunos agravios y
otros daños que Abirama, su enemigo, con pujanza de gente y
malvadamente, debajo de amistad, le había hecho pocos días antes.
Ofreciose asímismo de acompañar con su gente y hombres de guerra a
los españoles y guiarlos por camino útil, de suerte que fuesen
siempre señoreando a los enemigos y no sujetos a recibir de ellos
daño con sus galgas y piedras arrojadizas, que son las principales
armas de que aquellos bárbaros usan y hacen con ellas mucho daño;
porque como las piedras que tiran y echan a rodar desde las cumbres
y altos de los collados y sierras son grandes y pesadas, y en el
camino con su pesadumbre y vuelo y muy gran furia, ninguna cosa
topan por delante que no la lleven tras de sí o la hagan pedazos o
la destruyan o arruinen de todo punto, y por esto deseaba Lozano
ser guiado por lo más alto de las lomas, y por donde con este
natural instrumento no le hiciesen daño los enemigos.
Luégo otro día, ayudados y guiados de este principal y de sus
indios, se partieron los españoles la vía de Abirama, y subidos que
fueron a lo alto de un pequeño páramo que les era forzoso
atravesar, se les pusieron sobre la mano izquierda del camino, en
unos altos peñascos que la cordillera allí hacía, hasta doce indios
abiramaes, con lanzas y adargas de cueros de tigres y osos y de
otros animales silvestres, y haciendo grandes ademanes con los
cuerpos y representando gran ferocidad con las voces que daban,
comenzaron a decir que no era de gente que se jactaba de valiente
ir tan perezosamente a la guerra; que el paso que los españoles
llevaban eran más de pusilánimes mujeres que de briosos soldados, y
que ellos no podrían presumir sino que iban a algunos desposorios,
pues tan asentado y reposado llevaban el paso; que si eran tan
valientes como decían que apresurasen el paso, porque abajo les
estaban esperando su principal con la gente de guerra que tenía, y
les pesaba de su tardanza, que con ella les había puesto en
sospecha de ser incierta su entrada en aquella tierra, donde en
breve habían de recibir el pago que su loco atrevimiento
merecía.
Lozano procuró entretenerse y entendió bien con los intérpretes
lo que los indios decían; y pretendiendo y queriendo antes abrazar
la paz que con sangrienta guerra haber victoria, les dijo con las
propias lenguas que se apartasen de aquella loca obstinación en que
estaban y recibiesen la paz que en nombre del rey les ofrecía, por
cuyo mandado él allí era venido, la cual les guardaría a ellos y a
su cacique Abirama y a todos sus sujetos, como lo había hecho con
Esmisa y Anabeyma, caciques que con él venían. Pero los bárbaros,
menospreciando la paz con que Lozano les convidaba, respondieron
con su rústica desvergüenza y arrogancia bestial, que ni ellos
conocían al rey de los españoles ni lo querían conocer ni ver; que
se dejase de tantas palabras, con las cuales pretendía ocupar el
tiempo para gozar más de su vida y del mando que tenía y pasase
adelante, a verse con los indios que le estaban esperando.
El capitán, con blandura, les tomó a requerir y rogar con la paz
y amistad, mas los indios, como con las victorias pasadas estaban
ufanos, menospreciando siempre lo que el capitán les ofrecía, le
notaban de cobarde y palabrero, y le vinieron a decir que en
aquella su plática y habla había usado y usaba de palabras tan
melosas y engañosas que tenían gran deseo de destruirle el
instrumento con que las forjaba, por que con él no engañase más
gente ni los atrajese a sí, como había hecho a Anabeyma y a Esmisa
y a los demás indios que le seguían. El capitán, visto esto y que
ninguna cosa aprovechaban sus ruegos y ofrecimientos con los
bárbaros, mandó a los soldados de la vanguardia que torciéndose
hacia donde los indios estaban, caminasen a ellos con buen orden y
con presteza, la cual (le ninguna cosa les aprovechó, porque antes
de llegar a lo alto ya los indios se habían retirado y metídose por
un poco de montaña que allá cerca tenían, donde se guarecieron y
libraron del daño que pudieran recibir si la tierra fuera toda
rasa.
De la cumbre de estos peñoles, donde los indios habían estado,
dieron vista los españoles al pueblo de Abirama, que ya tenían
cerca, cuya presencia les dio muy gran contento, y volviéndose a
meter en el camino, dende a poco llegaron al propio pueblo, cuyos
naturales estaban algo más turbados de lo que los indios habían
dicho, porque los más andaban ocupados en recoger sus mujeres e
hijos y haciendas y en llevarlas a esconder a partes seguras; y así
fueron muy pocos los que tomaron las armas para hacer resistencia a
los españoles, a los cuales ahuyentaron y rebatieron los
arcabuceros con mucha facilidad, haciendo en ellos algún daño, de
suerte que sin recibir los nuestros daño ninguno se entraron en el
pueblo, que en aquella tierra era tenido por muy grande, y así por
sus personas como por mano de los indios amigos que consigo
llevaban, lo saquearon y robaron todo lo que en él había, y algunos
españoles e indios de los anabeymas y esmisas fueron siguiendo el
alcance de los enemigos que iban huyendo, y haciendo en ellos el
estrago que podían.
El capitán hizo señal de recogerse, y acudiendo a ella todos los
soldados, se alojaron en un alto de aquella poblazón, de donde
señoreaban casi toda la más de la tierra de los páez, lugar seguro
para con galgas ni otras armas rodaderas no ser ofendidos de los
enemigos.
Capítulo seis
En el cual se
escribe cómo fue poblada la ciudad de San Vicente de Páez, y
algunos recuentros que los indios tuvieron con los españoles, y la
muerte de un muchacho que tomaron a manos, y el castigo que sobre
ellos se hizo.
El día siguiente fue de gran calamidad para los indios
abiramaes, porque como estos bárbaros quisiesen tentar su fortuna y
hubiesen ya puesto en lugares seguros sus mujeres e hijos,
acudieron muchos por diversas partes, y así en diferentes lugares
tenían recuentro y pelea trabada con españoles e indios de los
esmisas y anabeymas que en el alojamiento estaban, los cuales, con
el favor y calor de los soldados, salían con mucha osadía a correr
la tierra y a destruír, talar y quemar cuanto por delante topaban.
Porque los abiramaes, luégo que reconocieron el daño que los
arcabuces les hacían, queriendo conservar sus vidas, no osaban
acercarse a los españoles, y así andaban arredrados muy a lo lejos,
y daban lugar a que los indios sus enemigos hiciesen el mal que
quisiesen en sus casas y haciendas.
Acudió este día mucha chusma de gente de Esmisa a gozar de los
despojos de Abirama, y así andaban por los montes y pajonales
sacando por rastro las menudencias y baratijas que los naturales de
aquella poblazón habían escondido y se lo llevaban a sus casas.
Demás de estos temporales daños, fueron con arcabuces y alcances de
caballos muertos algunos indios, los cuales con gran presteza los
amigos procuraban tomar para quitarles las cabezas y desollarles
los rostros y aforrarlos en ciertas calabazas donde los conservan y
tienen en memoria de su victoria. También se cargaban de brazos,
piernas y otros pedazos de indios muertos para que comiesen algunos
pexos que entre ellos venían, porque los esmisas y anabeymas y los
demás indios páez no comen carne humana, y solamente de los indios
muertos en la guerra toman los rostros, como he dicho.
Demás de esto, envió este propio día, luégo que amaneció, el
capitán algunos soldados a la poblazón de Abirama abajo a recoger
maíz y comida, para que antes que los indios de la tierra la
recogiesen y alzasen, tener proveído su alojamiento, porque
pretendía detenerse allá algunos días, hasta quebrantar las
cervices de aquellos bárbaros que con tanta arrogancia habían en
estos principios hecho muestra de ser rebeldes y contumaces. Pero
aunque estos soldados no llevaban caballos, que es a quien los
indios más temen, con los arcabuces se defendieron de muchos
acometimientos que los bárbaros les hicieron, y así se volvieron al
propio día, aunque ya tarde, al alojamiento.
Los vecinos de la villa de la Plata, desde este alojamiento, se
quisieron volver a su pueblo, por lo cual se movió entre la gente y
soldados de Lozano plática, que para que estos soldados llevasen
alguna buena nueva a la gobernación y fuesen socorridos y proveídos
de lo necesario, y no se tuviese esperanza de que se habían de
tornar a salir, que en aquel propio sitio y alojamiento poblasen,
con aditamento de mudarse cuando el tiempo les diese lugar a una
sabana y campiña llana que desde donde estaban se parecía junto a
la poblazón del propio cacique y señor de Páez, de quien venía esta
denominación a la provincia. Pareciole bien al capitán Domingo
Lozano este acuerdo, y así lo puso luégo por obra, porque demás de
serle a él cosa necesaria le pareció que recibían en ello gran
contento los soldados; y así, por el mes de enero del año de
sesenta y tres hizo la fundación de su pueblo con las acostumbradas
ceremonias, al cual llamó la ciudad de San Vicente de Páez, y en
ella nombró alcaldes y regidores de los principales que consigo
traía y otros oficiales que es costumbre nombrarse en semejantes
poblazones y fundaciones de pueblos. Celebraron todos con gran
regocijo la poblazón de la ciudad, y dende a poco se salieron los
vecinos de la Plata, los cuales se ofrecieron de proveerles de
ganado vacuno para su sustento, obligándose los principales de Páez
a pagárselos.
Con todo esto los naturales de aquella provincia no cesaban de
hacer continua estorbación y muestra de gente de guerra, haciendo
continuos acometimientos desde lejos, porque como el lugar del
alojamiento de su naturaleza estaba fortificado, no podían los
indios por ninguna parte llegarse a hacer daño en los españoles, y
así nunca lo recibieron, sino fue en un muchacho mestizo, de edad
de trece o catorce años, que se apartó del alojamiento y fue
arrebatado por ciertos indios que cerca de allí se hallaron, a
vista de los soldados, por una ladera arriba, conl gran alarido y
regocijo, cantando entera victoria, como si de todo punto hubieran
desbaratado los españoles; y aunque salió gente tras ellos, la
tierra era tal y la ventaja que llevaban tanta que nunca les
pudieron dar alcance, y así dieron al mestizo la más cruel muerte
que pudieron, y lo enterraron casi en la haz de la tierra adentro
de un bohío, dejándole las manos fuéra. El capitán Lozano,
sintiendo mucho este poco daño que le habían hecho, porque con él
no se ensoberbeciesen los indios, envió luégo, la propia noche,
cuarenta soldados que corriesen la tierra hacia aquella parte donde
los indios habían llevado al muchacho e hiciesen el daño que
pudiesen.
Salieron los soldados bien aderezados a la medianoche en punto,
y bajando una larga cuesta que tenían que bajar, pasaron las juntas
de Abirama y llegaron a cierta poblazón que en un pequeño llano se
hacía, y no hallaron gente ninguna, y pasando adelante subieron a
una cuchilla bien angosta que por ella se hacía, y en lo más llano
de ella hallaron un gran bohío lleno de gente dentro y fuéra, que
todos estaban durmiendo y cansados y borrachos de lo que habían
bailado y aun bebido aquella noche. Los soldados, no perdiendo
punto de la ocasión que entre las manos tenían, se arrojaron a
herir y matar en ellos con crueles heridas que con las espadas les
daban; y fue tanta la turbación de los bárbaros de este repentino
suceso que ni hallaban ni sabían por dónde huir, mas con la
oscuridad de la noche y con el dolor de las heridas se arrojaban
por las laderas y hondos despeñaderos donde acababan de expirar
hechos pedazos y molidos. Pero con este suceso que era de temer,
ninguna cosa se ablandaban ni domaban los bárbaros, porque como
algunos soldados tomasen indios vivos a manos por los cabellos y
procuraban que se rindiesen para llevarlos vivos, ninguna cosa
prestaba a que se ablandasen, antes procurando ofender a los que
los tenían presos con solos sus puños cerrados, sin otras armas
ningunas, forcejaban dando muestras de ánimos invencibles; pero
ninguna cosa les aprovechaba, antes dañaba, porque los soldados,
enojados de su temeridad, les daban de puñaladas y los mataban.
Venido el día los indios comarcanos, sintiendo y viendo los
españoles donde y como estaban, se comenzaron a juntar con gran
alarido y venir con las armas sobre ellos; pero esto no fue hecho
con tanta presteza que primero no tuvieron lugar los soldados de
hallar y desenterrar el mestizo muerto, al cual cargaron en un
payés y lo llevaron consigo para darle sepultura. Demas de esto,
dos solos indios que tomaron vivos los empalaron en el propio lugar
que el muchacho había sido muerto; y hecho esto comenzaron a bajar
la cuchilla, y los indios a arrimárseles y venir sobre ellos. Pero
como los arcabuceros muy a menudo disparasen contra ellos sus
pelotas, hacíanlos que se detuviesen y no pasasen tan adelante como
querían, y así con gran trabajo y riesgo pasaron el río, aunque sin
recibir daño ninguno, donde luégo entraron en un poco de tierra
llana, y allí fueron más perseguidos de los indios, porque como por
todas partes les fuesen cercando y ofendiendo, era la pelea en este
lugar más peligrosa para los españoles y aventajada para los
indios. A esta sazón se acercó donde los españoles e indios estaban
peleando un solo indio, cubierto con una manta colorada, con una
varilla en la mano, diciendo a muy grandes voces que era cosa de
grande infamia y de gente pusilánime que tanta multitud de indios
no tomasen vivos y a manos tan pocos españoles, y que no sólo
consentían o pasaban con esto, pero que les hubiesen desenterrado
el mestizo y se lo llevasen cargado; y con estas y otras cosas que
dijo, puso tanto brío y coraje en los indios que arremetiendo de
tropel a los nuestros se les acercaron a bote y golpe de lanza y
les quitaron el mestizo muerto que llevaban y les pusieron en gran
peligro de ser desbaratados; pero tuvieron gran aviso los soldados
de no dejar mezclar los enemigos entre sí, antes cerrándose en
escuadrón se iban retirando con la presteza que podían a la loma y
cuchilla y subida para el alojamiento y pueblo, porque allí eran
más señores de los indios y no podían recibir ningún daño de ellos,
y así fue que en la hora que comenzaron a apoderarse en la
cuchilla, los indios se detuvieron y dejaron de seguirlos con el
ahinco que de antes lo solían hacer, aunque por las laderas y lados
de las cuchillas nunca dejaban de andar y atravesar muchos indios a
los cuales ofendían. Desde lo alto del alojamiento de los españoles
eran echadas muy grandes galgas y piedras con que de todo punto los
hicieron aflojar y dejar de seguir a los nuestros, los cuales
subiendo su poco a poco, aunque bien cansados del trabajo pasado,
llegaron al real sin haber recibido ningún daño de mano de los
enemigos, que fue muy gran contento para el capitán y los demás
soldados.
Capítulo siete
En el que se
escribe el temor que los españoles cobraron de la guazabara pasada,
y cómo fueron reprehendidos ellos
|
[1]
por su
capitán, y algunas emboscadas que se hicieron, y cómo Pedro
Gallegos fue con gente a las poblazones de la otra banda del río de
Páez, y lo que allá
|
[2]
les sucedió.
De la guazabara pasada quedaron con algún pavor los soldados que
en ella se hallaron, en ver cuán briosa y obstinadamente les habían
seguido los indios y en cuánto peligro estuvieron de perecer todos
a sus manos, y parecerles que si otras salidas se hacían y los
indios los seguían con los mismos ánimos que este día lo hicieron,
que no podían dejar de recibir notable daño.
El capitán Lozano, que por algunas exteriores muestras entendió
lo que en el ánimo de los soldados había, sin dar a entender nada
de lo que sentía, les habló animándoles a que sufriesen con buen
ánimo los trabajos de la guerra, pues el premio que de ella
esperaban era para perpetuo descanso de todos, y en la guazabara y
pelea que aquel día habían tenido había sido muy en su favor, y de
ella habían cobrado reputación y loa de hombres de invencibles
ánimos y de grandes fuerzas, pues a tan pocos españoles y a pie,
sin el ayuda de los caballos, no les habían desbaratado ni ofendido
notablemente tanta multitud de bárbaros como se habían juntado que
en la muestra que habían dado parecía estar juntos todos los más
naturales de aquella provincia, con lo cual habían quedado los
indios muy atemorizados y perdida la esperanza de haber victoria
contra los españoles, y así harían los acometimientos más
flojamente. Demás de esto les dijo que para que los españoles
anduviesen más seguramente y los indios de todo punto no se les
desvergonzasen, no irían dende en adelante a parte ninguna sin
llevar caballos que con las espantables presencias y ligerezas, y
con aquel estruendo que con el anhélito y resoplido van haciendo
ponen entero temor a los enemigos y los hacen que no se lleguen tan
de golpe ni se acerquen a los españoles.
Parecioles bien a todos lo que su caudillo les había dicho, y
así se comenzaron a alegrar y cobrar buena esperanza de salir al
cabo con su conquista, y dobloles el contento en que a este mismo
tiempo les entró el ganado que Villanueva, vecino de la villa de la
Plata, les había vendido y les enviaba, porque ya tenían falta de
comida de carne; pero con todo esto no había mucha ociosidad entre
los soldados, porque luégo que hubieron descansado, el capitán los
ocupó en hacer emboscadas en algunas partes montuosas apartadas y
cerca del pueblo o alojamiento de los españoles, donde hizo algún
daño en los indios de la tierra que descuidadamente entraban en
ellas; aunque esto turó poco, porque luégo que entendieron las
astucias y engaños de que los nuestros usaban iban con prudencia y
sobre aviso por doquiera que caminaban, y por esta causa fue
enviado Pedro Gallegos con cuarenta soldados y algunos caballos y
arcabuces a ciertas poblazones que de la otra banda del río de Páez
había, donde los indios de aquellas poblazones y otros que con
ellos se habían juntado, procuraron defender la subida y hacer daño
en los nuestros; mas fue en vano su deseo, porque con el ímpetu de
los caballos y arcabuces fueron echados de donde estaban haciendo
la resistencia, y aun algunos heridos y muertos, y así siempre
anduvieron arredrados y apartados de los españoles, y les fueron
saqueadas y arruinadas sus poblazones por los indios amigos desmisa
y Anabeyma que consigo llevaban. Mas los bárbaros pretendían
bajarse y vengarse a la bajada y tornavuelta de los españoles,
porque tenían un mal reventón de cuesta bajo que descender, donde
no se podían aprovechar de los caballos; y aunque en ello pusieron
mucha diligencia, y siguieron muy briosamente a los españoles,
ningún daño les hicieron, antes fueron con los arcabuces muertos
algunos indios, cuyos cuerpos los amigos en breve despedazaron, y
cada cual, en señal de la victoria que había habido, se lo cargaba
e iba cantando con él, para no más de hacer aquella muestra de los
que se habían muerto, pero no para comer, porque como he dicho,
aquesta gente no come carne humana, según lo hacen los pexaos.
De toda la bajada era lo más peligroso un derecho reventón, que
estaba casi cerca de lo bajo, o llano, en cuyos lados y laderas
estaban escondidos muchos indios, para en metiéndose los españoles
en aquella estrechura, cerrar con ellos y ofenderlos juntamente con
la demás gente que los venía siguiendo y apretando la retaguardia.
Los soldados, atalayando y mirando bien lo que les convenía y era
necesario, descubrieron la gente que en las laderas estaban
esperando su pasada, y dando en ellos los arredraron y apartaron de
sí; pero venían de tan cerca los que seguían la retaguardia que
casi hubieran de desbaratar los españoles, por venirse tan de golpe
acercando a ellos. El remedio que se tuvo para atajar este daño y
riesgo, fue volverse a lo alto todos los de a caballo y salirse de
aquel angosto paso y con los arcabuceros seguir el alcance contra
los indios basta echarlos bien lejos, y volviendo con presteza
bajaron sin tanto riesgo el peligro en que estaban o que allí los
detenía, y con toda esta diligencia, acudieron con tanta presteza
indios a echar galgas o piedras a rodar que hubieron de lastimar
con ellas algunos caballos y algunos que con ellos iban, y luégo
pasaron el río de Páez y comenzaron a subir la loma arriba hacia el
alojamiento, donde los indios amigos, con sus cuartos de indios
muertos en los hombros, tomaron la vanguardia puestos en buena
ordenanza. Caminaron con gran armonía y bárbaro estruendo de voces
y alaridos, así de sus propias gargantas como de cornetas y otros
rústicos instrumentos de que ellos usan, con que ponían espanto a
los que los oían.
Holgose el capitán Lozano de ver entrar en su alojamiento de
esta suerte estos bárbaros, por parecerle que era gran parte para
sustentar los ánimos y trabajos de los soldados, y también porque
en esta salida no le habían herido ningún español ni indio de los
amigos, que parecía gran favor de la fortuna; y demás de esto vía
que los indios enemigos que a la mira estaban no voceaban con el
contento que solían, antes con un triste silencio daban a entender
haber recibido de los españoles más daño de lo que a ellos les
parecía haber hecho; porque como los indios se les habían acercado
mucho diversas veces, los soldados, echando en los arcabuces muchos
perdigones, herían más de los que pensaban, metiéndoseles los
perdigoncillos por los pechos y barrigas, y como allí con el calor
y fervor de la pelea no sentían nada, en yéndose a sus casas y
descansando se resfriaban y pasmaban y sin saber de qué se quedaban
muertos, y como los indios no vían más de la señal que el perdigón
en la entrada hace, que es muy pequeña, espantabanse de aquello y
reinaba en ellos gran miedo y temor de los arcabuces, porque
claramente vían que este daño lo recibían con ellos; mas entre sí
decían que no por eso habían de cesar la guerra ni dejar de pelear,
porque entendían que la furia de los arcabuces para damnificarlos
se había de acabar.
Capítulo ocho
En el cual se
escribe cómo un indio, señor de las salinas de Páez, salió
|
[3]
de paz, y la entrada del capitán
Narváez en esta tierra, y cómo los españoles levantaron sus toldos
y caminaron la vía de Páez a buscar sitio para fijar el pueblo, y
lo que en el alojamiento de Tarabira les sucedió.
Porque la primera paz que los españoles en esta provincia
tuvieron fue de un solo indio tuerto, haré aquí particular mención
de él.
El siguiente día, después que sucedió la guazabara pasada, salió
al alojamiento de los españoles este indio, con sólo un ojo, que
pareció no buen pronóstico para principio de paz, el cual trajo de
presente al capitán obra de una arroba de sal, y le dijo cómo él y
otra mujer viuda eran señores de ciertas salinas que en aquel valle
había, de las cuales artificialmente hacían sal, con que, por vía
de rescate, se sustentaban y proveían de lo necesario, sin embargo
de que todos los caciques e indios de aquella provincia que querían
ir a hacer sal, no se les estorbaba ni impedía el hacerla, y los
que no se querían poner a este trabajo, ellos se la daban porque
les ayudasen a guerrear contra los pexaos, sus capitales enemigos
que les venían a saltear y destruir y les llevaban sus mujeres e
hijos y hermanos y les habían muerto mucha gente; que ultra de las
calamidades pasadas que de mano de los pexaos hablan recibido él y
sus sujetos, él se vía propincuo y cercano a recibir otros tales
daños por mano de los españoles y de los indios esmisas y anabeymas
que los seguían; por tanto que venía a ver si los podía remediar
por alguna vía, porque él no quería ser contra ellos, sino su
amigo, y servirles mientras en la tierra estuviesen, y proveerles
de la sal que hubiesen menester.
El capitán Lozano mostró contento de ver la humildad de este
bárbaro, y no menospreciando su amistad le agradeció su venida y el
ofrecimiento que con la paz le hacía; y después de haberle dado
bien a entender las condiciones de ella, le hizo otras
interrogaciones acerca del disinio y propósito que los demás indios
tenían en seguir la paz o la guerra. Mas el tuerto siempre se
retificó en que estaban obstinados en seguir el guerrear y defender
su libertad, porque aborrecían con entrañable odio la sujeción y
servidumbre que sobre ellos querían o pretendían los españoles
poner; mas con todo esto Domingo Lozano envió a aquel indio que
fuese a hablar a los demás por allí comarcanos, y de su parte les
convidase con la paz y les certificase que si la recibiesen serían
relevados de todo daño y trabajo, ellos y sus mujeres e hijos, y
conservadas sus haciendas y casas. El indio se fue con su embajada,
y la respuesta que otro día trajo fue decir que no había sido oído
por los indios, antes lo habían querido matar porque se había
coligado con los españoles y de su parte les iba a hablar. El
capitán no curó de enviarles a hablar, por excusar de riesgo al
indio, al cual envió que se fuese a su casa, y siempre conservó la
amistad con los españoles.
Después de esto, que era por fin de febrero, determinó Domingo
Lozano, con acuerdo de todos sus soldados, de mudar el pueblo la
tierra adentro en la parte más acomodada que hallase para poder
estar de asiento y edificar y hacer sus labranzas, porque ya donde
estaban les iba faltando la comida. Y estando ya casi de partida
entró el capitán Narváez con ocho soldados que venían de Popayán a
ayudar a conquistar y pacificar la tierra, y a tener indios en
ella; por cuyo respeto se detuvieron otros cuatro días más, después
de los cuales, alzando todos sus tiendas, caminaron
concertadamente, según el peligro y atrevimiento de los enemigos lo
requería; y bajando toda la loma abajo se alojaron este día en el
llano que al pie de ella estaba; y el día siguiente, atravesando el
río de Suyn, que a la mano izquierda tenían, subieron por la
cuchilla de en medio, donde se había hallado el mestizo enterrado,
en la cual se les pusieron algunos indios a echar galgas y defender
su subida; pero como los arcabuceros disparasen contra ellos sus
arcabuces, fueron echados del alto, y así subió la gente sin
peligro, hasta llegar a una poblazón que en lo alto estaba, llamada
Tarabira, de la cual era señora una india principal, hermana del
señor de Páez y de Tallaga y Simurga, indios principales y caciques
en aquella tierra: todos estos de diferente parcialidad que
Abirama, porque Abirania sustentaba guerra por sí, y Emisa, con
Suyn, su padre, eran cabezas de otra parcialidad, de suerte que
estas tres parcialidades había en esta provincia a cuyos
principales se arribaman y seguían los demás caciques de la tierra,
según a cada uno le parecía.
Puestos los españoles en la poblazón de Tarabira, se comenzaron
a esparcir por una y otra parte con los indios anabeymas, sus
amigos, a buscar qué robar y juntar maíz para comer los días que
allí habían de estar. Los naturales de la parcialidad de Tarabira
juntaronse y vinieron cercando a los nuestros y a trabar y comenzar
a pelear en diversas partes con ellos. Pero como todo era en
lugares que los caballos podían llegar y alcanzar a los enemigos,
no peligró ninguna gente, salvo el cacique Anabeyma, que con
algunos de sus indios y cinco españoles arcabuceros se apartó algo
más de lo que convenía en lugar peligroso, donde fue cercado de
muchos indios de Talaga, indio principal de aquella tierra, con los
cuales peleó y se defendió él y sus indios y los cinco españoles
muy briosamente; pero como de los enemigos acudiesen muchos y los
cercasen por todas partes, fueron puestos en grande riesgo y
aprieto, y perecieran todos si con brevedad no fueran socorridos;
porque como el capitán Domingo Lozano tuviese noticia del riesgo en
que estaban y del cerco que los enemigos les tenían puesto, envió
con presteza algunos soldados arcabuceros en caballos para que con
más brevedad (llegasen), y juntándose con los demás españoles e
indios amigos hicieron rostro y acometieron a los contrarios, e
hiriendo en ellos los echaron de sobre sí, y se vinieron todos
juntos a donde Domingo Lozano con la demás gente se había ya
alojado en parte cómoda y llana para poder mandar los caballos.
Reprehendió el capitán con alguna aspereza a los cinco soldados que
se habían desmandado, porque de sus muertes se podía seguir general
daño a todos, y en pena de su atrevimiento les mandó velar ciertas
noches a reo.
Luégo otro día envió Lozano a llamar al cacique Suyn, que le
viniese a ver y a dar muestras de su amistad, la cual por mano
desmisa, su hijo, le había prometido. Era este Suyn hombre ya muy
viejo y de tan débiles fuerzas que no podía caminar, por lo cual
envió otro hijo suyo, tuerto de un ojo, con ciertos indios y
comida, excusándose de su venida con su vejez. Recibió en su
amistad el capitán a estos indios, y diciéndoles lo que habían de
hacer para conservar la paz y amistad con los españoles los tomó a
enviar, prometiéndole a él y a su padre que si con fidelidad
guardaban la paz les haría todo buen tratamiento y no se les haría
ningún daño en sus labranzas ni haciendas ni personas. Suyn se
holgó de ver volver tan contento a su hijo y a sus sujetos, y otro
día envió al alojamiento de los españoles una hija suya, mujer de
buena disposición y gesto, llamada Pasagua, la cual le pareció tan
bien la compañía de los españoles, que haciendo ella allí también
su ranchería se estuvo con los indios que traía tratando
afablemente con los soldados y haciendo a los indios que consigo
había traído que les sirviesen y trujesen leña y yerba y todo lo
demás que les mandasen, hasta que después de ciertos días se
mudaron y pasaron adelante la vía del cacique y señor Páez.