INDICE




LIBRO DIEZ Y SEIS | [1]


 
  En el libro diez y seis | [2] se trata de los grandes daños y correrías que ciertos indios caribes llamados pexaos | [3] , hacían en los pueblos de Timaná y Neiva y en los naturales a ellos sujetos y sufraganos, a cuyo pedimento la Audiencia Real proveyó a Domingo Lozano, vecino de Ibagué, que fuese con gente a castigar los insultos y ruinas que estos indios pexaos hacían, y en ello gastase el tiempo que fuese menester, y para gratificar a los soldados que en este castigo trabajasen se le dio comisión que poblase un pueblo | [4] .


 

 

Capítulo primero En el cual se escriben los daños que los indios pexaos hacían en los pueblos comarcanos, y cómo para castigarlos y poblar un pueblo fue por la Audiencia Real nombrado por capitán Domingo Lozano, vecino de Ibagué.

 

El año después del parto de la Virgen Nuestra Señora Santa María, de mil y quinientos y sesenta y dos, vinieron a la Audiencia Real del Nuevo Reino grandes quejas de los pueblos y villas de Timaná y Neiva contra cierta nación de indios llamados pexaos, que a manera de fieros animales tienen por costumbre de sustentarse de carne humana, y saliendo de sus propias casas y poblazones se meten por las de sus vecinos y comarcanos, los cuales tienen casi despobladas con inhumana crueldad, porque como gente ya hecha y acostumbrada a estos males, con su rústica desvergüenza han cobrado fama de valientes y son temidos de todas las otras gentes, y pocos de estos bárbaros se meten con gran audacia entre pueblos de muchos naturales y los arruinan y destruyen con esta insaciable gula que de comer carne humana tienen, la cual se extiende a tanto que pasando estos crueles caribes la impetuosa corriente y hondura del río grande, con gran ligereza y presteza, en lo cual son muy prácticos, se meten por la tierra adentro a hacer cabalgadas y a saquear los pueblos, y prendiendo la gente que pueden se vuelven a pasar el río con los cautivos, sin balsa ni canoa ni otro instrumento alguno de navegación, porque la destreza de estos pexaos es tanta, que tomando un indio de éstos a uno de los cautivos por la mano, aunque no sepa nadar, lo pasa con mucha liberalidad, que parece cosa infatible e increíble lo que acerca del pasar el río con las piezas y cabalgadas hacen estos bárbaros; y algunas veces pasan el río ocupándose entrambas manos con dos muchachos cautivos, que es cosa cierto notable; y con estos saltos y destrucciones que en los naturales comarcanos hacen, llega a tanto su maldad que tienen carnicerías públicas de carne humana, donde matan y venden por piezas y postas la carne de los indios e indias que prenden y cautivan; y así es innumerable el daño que esta gente pejaos ha hecho en los pueblos de Ibagué, Neiva y Timaná y San Sebastián de la Plata, por cuyos términos, señoreando lo alto de la sierra donde están poblados, se extiende esta nación, y de allí bajando suelen llegar muy cerca de los pueblos de los españoles referidos a hacer asaltos y cabalgadas, los cuales, algunas veces, saliendo a ellos con presteza los españoles, se las han quitado, y otras veces, con su ligero caminar, se han ido con ellos. Y aunque de estos pueblos se han salido a castigar y poner freno en la desvergüenza y crueldad de estos bárbaros, ningún género de azote ha sido bastante a domarlos ni apartarlos de este su malvado uso, antes pasando con él adelante y tomando nuevos modos de robar se ponían en los caminos pasajeros que los españoles seguían del Nuevo Reino a la gobernación de Popayán, y allí, a manera de salteadores, mataban a los soldados españoles que podían haber, y robándoles las ropas, oro y jumentos que llevaban, se recogían con soberbia de gente victoriosa a sus casas y cumbre de la sierra.

A quien más parte le ha cabido de este daño que los pejaos han hecho, ha sido a Neiva, cuyos naturales casi de todo punto han sido sepultados en los vientres de estos malvados caribes, y si algunos han quedado, por redimir su vejación y vidas se han vuelto de la propia nación y seguido las costumbres y crueldades de los pexos (pexaos) y pasádose a vivir entre ellos.

Pues como los oidores, que eran los licenciados Grajeda, Artiaga, Angulo, Villafaña, tuviesen certidumbre de estas cosas, y que en los mismos días habían estos indios muerto dos españoles en el camino que iban a la gobernación de Popayán, y que los vecinos de las villas y pueblos ya nombrados y los cabildos y justicias de ellas, con grande ahinco les enviaban a pedir favor y ayuda y remedio para que estos males se obviasen y cesasen y los pueblos no se despoblasen, se determinaron de remediarlo como pudiesen y mejor conviniese a la perpetuidad de los pueblos y seguridad de los caminos; y para que fuese mejor guiado y acertado su desino, comunicaron el negocio con el adelantado Don Gonzalo Jiménez de Quesada, del Nuevo Reino y otras personas principales antiguas en la tierra y prácticos en cosas de guerra, para que, mediante su parecer, ellos proveyesen lo que conviniese. El adelantado y los demás capitanes a quien esto se cometió, que fueron Céspedes, Ribera y El Zorro, como algunos de ellos habían estado entre esta gente y nación pexao, conocieron más particularmente cuán dañoso les era a todos los naturales de los pueblos y lugares dichos la vecindad de esta mala gente, y así les pareció cosa muy necesaria que fuesen castigados con rigor y aspereza, de suerte que de todo punto quedasen domados y perdidos aquellos sus terribles bríos, y que este castigo se encargase a hombres de suficiente experiencia, así para mandar los soldados como para castigar los rebeldes; pero también entendieron que ninguna gente española se juntarían ni sacarían del Reino si no fuese dando comisión para que hecho el castigo y allanada la tierra se poblase un pueblo en que descansasen y tuviesen de comer los soldados que en castigar las maldades de estos pexaos estuviesen algún tiempo ocupados.

Parecioles bien a los oidores lo que el adelantado y los demás decían, y con su propio parecer nombraron por caudillo y capitán para este castigo a Domingo | [5] Lozano, vecino de Ibagué, por parecerles hombre suficiente para ello y práctico en aquella tierra, por respeto de haber otras veces entrado con españoles en ella a castigar los delitos de estos indios pixaos, en donde había cobrado loa y reputación de buen caudillo y muy afable con los soldados y no severo con los indios.

Pareció, por llamamiento de la propia Audiencia en Santafé, donde los propios jueces superiores le encargaron el castigo y jornada, como cosa que importaba al servicio del rey, lo cual deseaba mucho hacer Lozano, no tanto con celo cuanto con deseo y ambición de cobrar nombre y título de capitán y fundador y poblador de nuevas colonias; porque en la comisión y conducta que le daban, demás de lo que había de hacer tocante al castigo, le daban licencia que hallando tierra y naturales para ello poblase un pueblo o dos en nombre del rey, y en ellos guardase la instrucción de nuevas poblazones que poco tiempo antes había dado para las Indias la serenísima princesa de Castilla y reina de Portugal y el Consejo de las Indias, y facultad para hacer y juntar gente donde quisiese y le pareciese y la hubiese.

Domingo Lozano aceptó la conducta que deseaba, y fingiendo que con celo de servir al rey más que por otra ninguna causa quería hacer lo que se le encargaba y mandaba, recibió las provisiones reales que para ello se le dieron, y rindiendo las gracias a los oidores, comenzó luégo a prevenir las cosas necesarias a su jornada, para con brevedad efectuarla.

  Capítulo dos En el cual se escribe de cómo de Tocaima e Ibagué salieron los soldados de Domingo | [6] Lozano y se juntaron en el río de Saldaña, y de allí, marchando por las faldas del cerro nevado de Páez, fueron a salir a los altos del valle de Neiva.

 

El principiarse estas jornadas y juntar la gente necesarias para ellas hasta salir de los pueblos poblados trae consigo tantas circunstancias, que si todas se hubiesen de contar sería henchir la historia de cosas superfluas y de poco momento, y así bastaría decir que luégo que Domingo Lozano tuvo la conduta de la Audiencia la publicó e hizo pregonar y envió personas, amigos suyos, por algunos pueblos a recoger gente y otras cosas necesarias a su jornada, como eran municiones de pólvora y plomo, arcabuces y otras armas, y así juntó hasta sesenta soldados, y éstos divididos en dos partes, que los más tenía él consigo en Ibagué, y la resta estaban en Tocaima, a los cuales envió un hijo suyo llamado del propio nombre, Domingo Lozano, para que recogiéndolos y llevándolos por delante, se entrase con ellos la tierra adentro hacia el valle de Neiva, por aquella parte del río llamado Anapayma, donde ya tenía el capitán Lozano prevenido lo necesario así para el pasaje del río como para el sustento de los soldados; y puesto esto por obra, y pasando los soldados el río grande por más arriba de donde se junta el río de Saldaña con él, caminaron una tierra llana de que por el un lado va acompañado el río de Saldaña, para esperar a la demás gente y juntarse con ella en aquella parte que les había sido señalado.

El capitán Domingo Lozano, un día después de los bienaventurados apóstoles San Pedro y San Pablo, se partió con la demás gente de la ciudad de Ibagué la vuelta del río de Saldaña, al cual llegó en ocho jornadas, sin les suceder en el camino cosa alguna próspera ni adversa; y después de haber estado alojado allí dos días, se juntaron con él los soldados que de Tocaima habían salido con su hijo, pasando el propio río de Saldaña con notable peligro y riesgo, por haber crecido con las aguas y no tener puente ni canoa con que pasarlo. Descansaron en este alojamiento todos los españoles juntos cinco o seis días, en los cuales el capitán Lozano hizo memoria o lista por vía de reseña de la gente y aderezos de guerra que consigo tenía, y allí halló juntos casi setenta soldados, que después se le habían juntado más, y veinte y cinco caballos de guerra, sin otros sesenta rocines o matalotes y veinte arcabuces y otra mucha chusma de armas defensivas y ofensivas, como eran sayos de algodón, lanzas, espadas, rodelas, todas cosas muy necesarias para la guerra entre esta gente.

Iban los capitanes Juan del Olmo, vecino de Santafé del Nuevo Reino, y Juan Bretón, vecino de Ibagué, hombres antiquisimos en estas partes, y ellos en sí muy viejos y que la necesidad y pobreza les constreñía a ir a esta jornada a procurar remedio para sus mujeres e hijos, con cuyos antiguos días los soldados más mancebos se animaban a seguir más briosamente a su capitán y ponerse a sufrir los trabajos de la guerra y castigo que iban a hacer.

El capitán Lozano, con toda esta gente, que aunque poca en número era mucha en valor, se partió de las riberas del río de Saldaña, donde estaba alojado, y siguió la vía y camino de la poblazón llamada Cocayma, en la cual no se detuvieron ningún tiempo más, pasando adelante con presteza, porque el tiempo lo pedía así. Se arrimaron más a la sierra a unos poblezuelos que por allí había, cerca de las cuales se alojaron por ir necesitados y faltos de comida. Eran estas poblazones donde pocos años antes había sido desbaratado un caudillo llamado Francisco de Trexo con más de cincuenta hombres, de los cuales le mataron diez y seis soldados y le quitaron los caballos y fardaje que tenían, sin que de ello escapasen cosa alguna, porque después de muertos los diez y seis soldados, Trexo se retiró para abajar a lo llano y a un poco de montaña que forzosamente había de abajar, y se le pusieron o emboscaron los indios y dieron en él y en los soldados que le habían quedado, y para escaparse, como he dicho, estos soldados les fue necesario alijar ropa y caballos y cuanto llevaban, en lo cual se entretuvieron los indios y dejaron de seguir la victoria contra los españoles. Estos soldados y capitán, como con pavor habían visto está tierra y de ella habían escapado por negligencia y pereza de los propios naturales, parecioles muy poblada y rica de oro, y así los que salieron de ellos a Ibagué la figuraban por tierra próspera; pero a estos soldados de Domingo Lozano no les pareció tal, porque como a proveer la falta que de comida tenían saliese Pedro Gallegos con cuarenta soldados y corriese todas estas poblazones, hallolas ser muy pocas y raras y de poca defensa ni naturales, porque ningunos indios les salieron al camino que les pudiesen ofender ni hacer daño.

Los días que anduvieron por esta tierra corrieron casi todas las poblazones de ella, tomando el maíz y comida que les fuese necesaria y hubieron menester, pegaron fuego a todos los demás bohíos y lo que dentro de ellos había. Pero esta paz que de parte de los naturales hubo, les causó entre sí a los españoles guerra, porque sobre bien leve ocasión Antonio de Portillo y Alonso Vázquez hubieron pesadas palabras, de donde resultó que antuviándose Vázquez dio a Portillo una puñalada por el estómago de que murió dende a pocos días, después de haber confesado y comulgado.

Volviose Pedro Gallegos al alojamiento donde Domingo Lozano había quedado, y todos juntos caminaron luégo el valle arriba por entre gente pexos, pero no tan dañina ni perjudicial gente como la que adelante, en el paraje de Neiva, estaba. Mas con toda su moderación se les iba haciendo daño y castigo, el que podían, en los que cogían, sin detenerse en ninguna parte más de lo que la necesidad requería para descansar del trabajo del camino y proveerse de comidas. Y siguiendo esta derrota y estrecheza del río los forzó que atravesándolo a la otra parte fuesen a dar a otro arroyato que bajaba del morro nevado de los páez: caminando por él arriba, sin camino, rompiendo por unos espesos cañaverales y montes, dieron en ciertas poblazones de indios pexaos que confinan con los páez, en los cuales hubieron y tomaron guías, de quien se informaron de lo que les convenía hacer acerca de seguir su derrota por parte cómoda y apacible; y después de haber descansado en este lugar y poblazón veinte días, atravesando una pequeña cordillera que por delante tenían, y por ella fueron a salir a lo alto del valle de Neiva, donde se alojaron con disinio de hacer desde allí algunas correrías para castigo y escarmiento de aquellas gentes pexaos, a quien principalmente iban a castigar, que eran estos comarcanos a la villa de Neiva.

 

Capítulo tres Cómo hallando camino los españoles bajaron de los órganos de Neiva, y caminando por la falda de la cordillera y castigando los indios, se alojaron en la loma de las carnicerías, donde tuvo noticia el gobernador de Popayán de ellos y pretendió estorbarles la jornada. Escríbese quién fue el primer descubridor de Páez y lo que en ellos ha pasado.

 

Era tan áspera la bajada y subida de esta cordillera donde los españoles estaban alojados, que los antiguos descubridores nunca jamás pudieron subir ni bajar caballos por ella, y por su agreza y compostura de peñascos era llamado este lugar los "órganos de Neiva".

Salió Juan del Olmo con cuarenta soldados peones a correr la tierra, que era poblada de indios pexaos, y andando de una parte a otra los soldados hicieron algún estrago en los naturales que a las manos pudieron haber, por ser de la gente que acostumbraba saltear y robar lo que podían. Hallose entre ellos una yegua castaña mansa y una potranca en poder de un indio principal llamado Yambaro, que habían quitado y tomado a dos españoles que pocos días antes habían muerto. Y de esta salida descubrieron los soldados camino para bajar los caballos a lo llano, el cual les enseñó y mostró un indio que Padilla tomó en cierto alcance que en esta salida se hizo, no queriéndolo matar, aunque al cabo fue incitado por sus compañeros.

Dio gran contento el descubrimiento de este camino a toda la compañía y capitanes, porque con él se les evitó un gran rodeo que forzosamente habían de hacer para ir a tomar las lomas de las carnicerías, donde los más delincuentes y salteadores estaban recogidos y retirados; y con este buen avío del camino abreviaron la estada en lo alto, y caminando por la vía descubierta para los caballos, se bajaron en cinco jornadas a lo llano del valle de Neiva, donde supieron de una india que al camino les salió, que venía huyendo a favorecerse con los españoles, cómo los indios pexaos de aquellos altos, pocos días antes habían bajado a las poblazones que cerca de Neiva había, y asaltándolas, llevaron de ellas gran cantidad de gente, la cual en la propia sazón tenían atada en sus casas para comer; y la propia india era de ellos, y se había soltado por su buena diligencia pero con todo esto no quisieron volver atrás a remediar este daño y muertes tan propincuas como eran estas, y bajados que fueron a lo llano, caminaron por la falda de la propia sierra y cordillera, castigando y haciendo el daño que podían en la gente pexaos que por allí hallaban poblados, hasta que llegaron a las rojas lomas de las carnicerías, donde se alojaron, así para castigar la desvergüenza y rústica osadía de aquellos bárbaros, como porque era y estaba este alojamiento en comarca conviente para poder ser socorridos de gente y bastimentos de los pueblos de Timaná, Neiva y pueblo de la Plata, en donde había algunos soldados y vecinos que esperaban la noticia y nueva de la entrada de Domingo Lozano para seguirle e irse con él en descubrimiento de los páez.

El capitán escribió a las justicias de estos pueblos, haciéndoles saber su llegada y estada en aquella tierra, y la causa de su venida, y lo mismo escribió a don Pedro de Agreda, gobernador de aquella gobernación de Popayán, a quien eran sufraganos estos pueblos, enviándole el traslado de la comisión que la Audiencia le había dado, para que no se alterase de ver capitán extranjero en su gobernación. Pero con todo esto le pesó a don Pedro de la entrada de Lozano a poblar los páez, porque pretendía él enviarlos a poblar, y así quiso estorbárselo entreteniéndolo por allá con palabras y enviando gente por otra parte a que metiéndose en la tierra se anticipasen y poblasen; pero en todo halló muy tibios a los capitanes con quien lo trató, y así | lo dejó (de) hacer. Sólo mandó a los tenientes de los pueblos de la Plata, Timaná y Neiva que no le diesen ningún avío ni ayuda de carne ni soldados ni de otra cosa; y juntamente con esto respondió con medida, aunque fingidamente, a Domingo Lozano,  ofreciéndole grandes ayudas de soldados y otros avíos y menesteres si se vía con él en Popayán, para dar orden en la entrada de su jornada, pues había de ser por el pueblo de la Plata.

Por embajador y mensajero, y con estas cartas, envió el gobernador Alonso de Faría, vecino de la ciudad de Popayán; pero todo este trabajo fue en vano, y los desinos del gobernador fueron frustrados, porque como Domingo Lozano y sus soldados viesen lo que les enviaba a decir y escribía, vieron claramente ser todas palabras fingidas y dobladas y no nada provechosas para su jornada si como el gobernador lo quería se hiciera, y así le replicaron lo más cortésmente que les pareció, rindiéndole las gracias del ofrecimiento que le había hecho y excusándose en todo lo mejor que pudo de cumplir lo que le enviaba a mandar. El gobernador de todo recibió alguna turbación y pena por ver que la provincia de los páez era, como he dicho, anexa a aquella su gobernación, porque fue descubierta y andada por el adelantado don Sebastián de Benalcázar, aunque no conquistada a causa de ser la tierra muy doblada y fragosa y los naturales muy belicosos y guerreros, pero repartiolos el adelantado y dio cédula de encomienda de ellos a vecinos de Popayán, y aunque tenía tan buen derecho no se aprovechaban ni usaban de él por estar tan apartados estos indios de aquella ciudad.

Fueron estos páez los que en tiempo del mismo adelantado Benalcázar mataron al capitán Tovar, hombre de gran estimación entre los indios y españoles, al cual Benalcázar envió con ciertos soldados a correr esta tierra de los páez y hacer cierto castigo en ella; y como Tovar era hombre de gran presencia y que se preciaba de traer la barba muy crecida, con que representaba un aspecto de rostro terrible y espantable, desolláronselo los indios, y el cuero del rostro con ciertos betunes que le pusieron lo conservaron mucho tiempo sin que se le pelase la barba, y lo traían por maravilloso espectáculo y representación en los convites y borracheras, y en las guerras que con otros indios tenían. Y con la muerte de este caudillo Tovar fue tanta la audacia que los indios tomaron contra los españoles que le fue necesario al adelantado Benalcázar retirarse y salirse con más de cíen hombres que tenía, de noche, para con más seguridad de los suyos escaparse del peligro en que estaba.

Fuérales cosa leve de hacer a los páez el desbaratar esta gente del adelantado, a causa de que en aquel tiempo eran raros los arcabuces que a las Indias pasaban, ni a las jornadas se llevaban. Los indios páez no tenían temor a las demás armas, porque por ellas se metían sin ningún pavor, y así les era fácil el alcanzar victoria. Más aun que después el adelantado Benalcázar envió al capitán Juan Cabrera a hacer el castigo en estos indios páez sobre la muerte de Tovar y los demás que mataron, ninguna cosa les escarmentó las crueldades que en ellos se hicieron, mas antes se quedaron con las cervices levantadas y con los mismos obstinados ánimos que antes se tenían.

Otras veces sin las referidas entraron otros particulares capitanes con copia de gente y soldados armados en esta provincia, haciendo todo el daño que podían en los naturales, y sin poder humillarlos se tornaban a salir; y así por estos respetos no dio el gobernador don Pedro mucha muestra de su sentimiento, por parecerles que con tan poca gente como Domingo Lozano llevaba no podía dejar de volverse a salir presto si los indios eran los mismos que solían, y así tendría él lugar de enviarla a hacer y efectuar.

 

Capítulo cuatro | [7] Cómo los españoles y Lozano su capitán llegaron a Guanaca, repartimiento de la villa de la Plata, y de allí pasaron a la sabana de la Puente de las Piedras, y tuvieron de paz los caciques Anabeyma y Esmigua y sus sujetos, y cómo fueron a dar vista cuarenta soldados a la poblazón de Abirama.

 

Luégo que Alonso Farías tuvo la respuesta de Domingo Lozano y los demás soldados, tan al contrarió de lo que él las esperaba y pretendía cuanto se ha dicho, se volvió la vuelta de la villa de la Plata, y de allí a Popayán, donde el gobernador estaba, a darle la relación del desinio de Domingo Lozano y su gente, que era a entrarse en los páez a poblar aunque fueran muchos menos de los que han, y así lo puso luégo por la obra.

El capitán Lozano, que en el mismo punto que Farías se apartó de él se partió con su compañía la vuelta de páez, y marchando lo más apresuradamente que pudo pasó por cerca de la villa de la Plata, donde le salieron al camino a Lozano el teniente y alcalde de aquella villa y se congratularon con él ofreciéndosele amigablemente a lo que le pudiesen servir y ayudar y favorecer ocultamente, por miedo de don Pedro de Agreda, gobernador, que les tenía con grandes penas mandado otras cosas en contrario. El capitán Lozano, dando muestras de haber recibido gran alegría y contento con la vista de estos dos ministros de justicia de aquellas villas y rindiéndoles las gracias por la amistad y ofrecimiento que le habían hecho, les rogó que le siguiesen y favoreciesen y ayudasen con la gente y soldados que pudiesen, y que se lo gratificaría en la tierra donde iba a poblar; y prometiendo de esperarles en Guaneca, repartimiento de aquella propia villa, aunque ocho o nueve leguas apartado de ella, pasó de largo y no paró ni se detuvo hasta llegar a Guanaca, repartimiento de buena poblazón para en aquella tierra, cuyo cacique y capitán se decía Nabeima, con otros principales a él sujetos que ni estaban de paz ni de guerra, mas con buen color robaban a los caminantes lo que querían, pidiéndoles las piezas que les parecían bien, los cuales no se los osaban negar porque por fuerza o de grado las habían de tomar por ventura con daño de salud y vidas.

Pero como el principal y cacique Anabama viese tantos españoles juntos en su tierra, temiendo recibir de ellos algún notable daño, salieron a ellos de paz él y los otros principales, llamados Arapue y Andivileo, porque como con rústica desvergüenza estaban acostumbrados a saltear domésticamente, temían recibir el mismo castigo en sus personas y haciendas, y con curiosidad de bárbaros, luégo de otros indios que entendían su lenguaje, procuraron informarse qué gente era esta española que en su tierra había entrado, y de dónde venían y a dónde iban.

Domingo Lozano recibió la paz de estos principales, y significándoles la falta y necesidad que de maíz y comida había entre los soldados, les dijo que le procurasen de ello y recibiesen el rescate que los soldados les diesen, bueno o malo. Los indios hicieron con liberalidad lo que se les mandó, y el propio día trujeron al alojamiento más de trescientas cargas de maíz, porque les había prometido el capitán que como les proveyesen de comida los soldados no irían a sus casas ni les harían daño en ellas; pero la paga que los soldados daban por el maíz a los indios no era muy de codicia, aunque los bárbaros no dejaban de estimarla y tenerla en mucho, que eran herraduras viejas y de poco provecho, cascabeles, pedazos de mantas y de zaraguelles viejos y otras cosas a este tono, por cobrar del mal pagador siquiera en pajas; y de esta suerte fue muy bien proveído el alojamiento de maíz. El cacique Anabeyma, entendiendo que los españoles iban a la provincia de los páez a hacer guerra y conquistarla, pareciole buena ocasión para vengarse de un cacique de la propia provincia, llamado Abirama, que pocos días antes, en prosecución de sus antiguas enemistades, le habían muerto veinte indios; y así habló al capitán Lozano ofreciéndose de seguirle con la más de su gente y de atraer a su amistad otro cacique llamado Esmisa, señor de mucha gente, que estaba más adentro, casi metido en la propia provincia de los páez y de la propia nación, que era cuñado de Anabeyma, si le favorecía y ayudaba en arruinar y destruir la tierra y personas de sus enemigos. Y como Lozano viese que de estas enemistades y discordias que entre los indios y principales había se le seguía a él gran provecho y era camino de apoderarse y entrar en breve tiempo y a menos riesgo en la tierra que pretendía poblar, ofreciose de hacer por entero lo que el bárbaro le pedía, y así pasó adelante con su gente, siendo ayudado de los indios de Anabeyma, que le llevaban las cargas, y se fue a alojar dos jornadas más adelante a una campaña rasa que está cerca de la poblazón desmisa, que se dice a la Puente de las Piedras, donde luégo vinieron indios desmisa a hablar a Domingo Lozano; porque Anabeyma, cacique de Guanaca, había ya enviado a hablar a Esmisa, y avisarle cómo había de seguir la parcialidad de los españoles.

El capitán dio muestras de haberse enojado con el cacique Esmisa y con el principal e indios que de su parte le habían venido a visitar, porque no habían traído mucha comida y de lo que en su tierra tenían, para que los españoles comiesen. Pero como los indios se excusasen diciendo que no sabían la costumbre y uso que en aquello habían de guardar, mostrándoseles más blando el capitán les dijo y dio a entender lo que habían de hacer; que era venir muchos y bien cargados de lo que tuviesen, con otras cosas tocantes a la confirmación de la paz y amistad que entre él y aquel bárbaro Esmisa había de haber dende en adelante, y cómo le habían de acompañar en aquella entrada de Páez él y su cuñado Anabeyma.

Dende a poco el capitán Lozano envió a Pedro Gallegos que con cuarenta soldados de a pie diese vista a la poblazón de Abirama y viese si había entrada para los caballos, porque estaba esta poblazón poblada en las riberas de un hondo río, cuyos altos eran tan derechos y fortificados por natura de grandes peñoles, que era imposible el bajar por donde los españoles entonces entraron, los cuales, saliendo de su alojamiento con el cacique Anabeyma y muchos indios de pelea suyos, que a la sazón habían llegado a la medianoche, fueron a amanecer muy cerca de la poblazón de Anabeyma, pero antes que bajasen a ella tomaron un muy acertado acuerdo, y fue dejar en lo alto una parte de los españoles en guarda de aquel paso, y los demás, bajando a la poblazón con los indios amigos por una cañadilla que los cubría y ocultaba, dieron tan de repente en los bohíos que de esta banda del río estaban que los moradores de ellos, turbados del repentino asalto y entrada de los enemigos, no tuvieron lugar de tomar las armas, mas cada cual huía como podía, y fue tanto el estrago que los indios de Anabeyma hicieron en esta poblazón de Abirama, y tan prestamente hecho, que en un momento con fuego la abrasaron y pusieron por el suelo.

Pero como los españoles viesen que los indios que de la otra banda del río estaban se movían con gran alarido y presteza con las armas en la mano a tomar los altos para ser señores de los españoles, no embargante que habían dejado buena guardia en el paso, se dieron gran priesa a juntarse, que andaban algo esparcidos, y comenzando a subir, algunos indios de Abirama, que por allí cerca se hallaron, se juntaron, y con hondas y lanzas se dieron a seguir a los españoles; pero como los arcabuceros se volviesen contra ellos, derribaron tres o cuatro indios de la primer rociada, con que los demás se arredraron y apartaron. Los indios amigos de Anabeyma, como vieron caídos los enemigos, acudieron con presteza para tomarlos, para quitarles las cabezas, y llevarlos consigo por trofeo y premio de guerra, costumbre entre ellos muy osada; mas no pudieron tomar más del uno, cuya cabeza se llevaron, y allende de esto le cortaron el miembro viril y lo pusieron en el camino, en oprobio y afrenta de los contrarios, porque entre estos bárbaros se tiene esta ceremonia por gran ignominia.

Recogiéronse de todo punto los soldados a lo alto, y juntándose con los demás se volvieron a su alojamiento sin recibir ningún daño de los enemigos, y sin hallar por esta parte camino acomodado por donde pudiesen bajar los caballos.

 

[1]  La palabra "diez y seis" reemplaza a diez y siete, tachada. Vease nota 1 al libro 5°
[2]  La palabra "diez y seis" reemplaza a diez y siete, tachada. Vease nota antecedente
[3]  En la "tabla" de Sevilla se lee: "Pixaos". En el manuscrito esta palabra está enmendada por "Pexaos"
[4] Siguen quince líneas tachadas de imposible lectura, aunque se observa que su contenido es un resumen del libro.
[5]  El texto original dice "Diego", enmendado en "Domingo" a todo lo largo del libro.
[6]  En la "tabal" de Sevilla se lee "Diego".
[7]  En la "tabla" de Sevilla comienza el encabezamiento del capítulo así: En el cuál se escribe cómo..."

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