INDICE




Capítulo catorce En el cual se escribe cómo don Antonio fue proveído por corregidor de esta villa y entró en ella, y entendió en la pacificación de los indios que estaban rebeldes, y dejándolos casi a todos de paz se volvió a Mariquita, donde es vecino.

 

Como en estos pueblos nuevos, según atrás he apuntado, sea muy necesaria la presencia de un corregidor o capitán que los rija o gobierne para efectuar las cosas de la pacificación de los naturales con más diligencia, por causa haberse salido Cepeda de Ayala, que poco ha era corregidor en este pueblo, fue proveído don Antonio de Toledo, que lo pobló, por el presidente doctor Venero; porque estos cargos y otros semejantes en las Indias los proveen siempre los visorreyes, y por defecto y ausencia de éstos los proveen los presidentes, que casi tienen el mismo poder que los visorreyes, excepto que no gozan de las prerrogativas y otros privilegios que a los visorreyes les son concedidos; y así de la jurisdicción que los presidentes tienen tratamos en otra parte [1].

Los vecinos de la villa, como supiesen que don Antonio estaba proveído por su capitán, juntáronse algunos y salieron a Mariquita por él, para que con brevedad entrase a dar orden en la pacificación de la tierra, porque los indios no sólo se habían rebelado de todo punto, pero se habían desvergonzado a venir al pueblo a matar los indios del servicio que salían a coger leña, y a los pastores que guardaban el ganado, con ser de su propia nación, hacían lo mismo a tiro de arcabuz del pueblo y les quitaban las ovejas y se las llevaban; y no sólo hacían esto, pero desmandándose más con rústica desvergüenza que con ánimos de guerreadores, se entraban de noche con silencio en el pueblo y ponían puyas por los solares y casas de los vecinos, y se tornaban a salir, que tenían los españoles harto que hacer en su pueblo en solo mirar dónde y cómo habían de asentar el pie sin riesgo.

Don Antonio, con la priesa que los que le fueron a llamar le dieron, entró en el pueblo por Carnestolendas de sesenta y cinco, y luégo, el miércoles de la ceniza, siéndole manifiestos los daños que los indios hacían, envió de noche soldados por tres partes para que se pusiesen en salto o emboscados en aquellas partes donde los indios solían acudir a hacer daño a los que de la villa salían; pero no todos los soldados hicieron presa, porque solamente los que salieron con Guerrero tomaron diez y ocho indios que el día antes habían muerto dos panches junto al pueblo y tenían la carne de ellos cocida con pijivaos, que es cierta fruta de palmas silvestres para comer, y venían al pueblo a ver si podían hacer otro salto como el que el día antes habían hecho. Fueron castigados estos indios ejemplar y corporalmente, de que tomaron algún escarmiento y corrección los demás, porque dende en adelante no sólo no vinieron sobre el pueblo tan libremente como solían, pero comenzaron a venir de paz al pueblo y sujetarse a la servidumbre de los españoles. De esta salida se tomó a empuyar Guerrero de un tobillo, pero aunque en ella le cortaron el tobillo y la carne de alrededor, no por eso dejó de caminar y hacer lo que hizo.

Los indios de Avipay se estaban todavía obstinados en su rebelión, y aun con propósito de sustentar la guerra, por lo cual don Antonio envió a Guerrero con veinte y cinco hombres que por fuerza o de grado, por bien o por mal, los procurase pacificar. Metiose Guerrero con los españoles en la poblazón de Avipay. Los indios, no dando ninguna muestra de amor | [2] , salían a ellos con las armas en las manos y dábanles continuas guazabaras, y ultra de esto los ofendían con las puyas que por todas partes les ponían. Anduvo Guerrero de esta vez en Avipay más de veinte días sin hacer ningún buen efecto en los indios, porque la tierra estaba tan armada y enerizada de puyas que no se atrevían los soldados a andar de noche, que era cuando habían de hacer algún castigo en los indios, y así antes recibió daño que lo hizo, porque le flecharon algunos soldados y otros se empuyaron, y el propio Guerrero recibió un flechazo en la garganta, y por entrar al soslay y poco no peligro, con lo cual acordó volverse a la villa, quedándose los indios en su obstinada rebelión. Fuele necesario a los españoles cargar ellos propios a los heridos que no podían caminar, y así los llevaron al pueblo en sus propios hombros por bien ásperas cuestas y malos caminos, donde se les renovó la guerra; porque como los indios viesen que todos los más españoles iban embarazados y ocupados con cargarse los unos a los otros, tomaron las armas y saliéronles al camino a flechar, donde se les dobló el trabajo a los nuestros; pero no por eso perdieron punto de su acostumbrado vigor, porque los que iban desembarazados peleaban tan briosamente con los bárbaros que al camino les salían que siempre los iban arredrando y rebatiendo, sin recibir casi daño de ellos; y con este continuo trabajo llegaron al lugar, donde fueron curados seis españoles que traían heridos, de los cuales murió uno y fue enterrado de noche, muy secretamente, a causa de que los indios empezaban a venir al pueblo de paz, mas con intento de inquirir y saber si morían o eran muertos los flechados que se habían traído cargados, que con voluntad de ser perpetuos amigos; porque como estos bárbaros deseaban con gran deseo la destrucción y ruina de los nuestros, procuraban saber con diligencia la operación que sus flechas y yerba hacían en los nuestros, los cuales siempre les negaban y ocultaban que las puyas ni flechas ni las demás armas de que ellos usan, pudiesen ofender a los españoles de suerte que les privasen de la vida. Pero esto no querían creer los indios, porque patentemente habían visto lo contrario al tiempo que la primera vez se despobló la villa, donde tomaron a manos algunos soldados y los despedazaron y comieron. Mas con todo esto no dejaban de conocer que el daño que ellos recibían era muy mayor sin comparación que el que hacían; con lo cual y con verse andar siempre tan perseguidos y desasosegados y trabajados, comenzaron a reportarse y apartarse de común consentimiento de la rebelión en que estaban y a venirse al pueblo más cotidianamente de lo que solían.

Pasado esto, don Antonio envió a Hernando Díaz, natural de Tenerife, con gente, a que corriese y pacificase las poblazones de Caparrapí y los Erganos, y aunque iban pocos españoles en número, los indios los temían por los daños que de ellos habían recibido, y así les salían de paz. Corrieron lo que por esta parte había que correr, y dejando asentada la paz entre los indios, que parecía ser cierta y sin doblez, se volvieron al pueblo trayendo consigo muchos naturales para que les hablase don Antonio y los viese; lo cual concluso tuvo necesidad don Antonio de volverse a su casa a Mariquita, a ver su hacienda, que había ya cuatro o seis meses que estaba ausente de ella, y tomando consigo algunos españoles, para la seguridad del camino, se salió dejando la tierra, o los naturales de ella, casi todos pacíficos y que venían a servir a los españoles al propio pueblo y villa de la Palma.

 

Capítulo quince En el cual se escribe cómo don Antonio volvió a la villa y repartió los indios, y el residente los encomendó, y después fue Hernando Velasco por corregidor a la villa de la Palma, y ha estado en ella hasta este tiempo | [3] .  

Con todas estas cosas y trabajos nunca hablan los vecinos de la Palma acabado ni concluído con el presidente que se les repartiesen y encomendasen los naturales para que tuviesen por cosa propia cada uno lo que poseyese. Porque aunque cada vecino tenía indios conforme al apuntamiento que don Gutierre había hecho, estaban con temor de que no se los quitasen, porque en el ínterin que no los tienen por vía de encomienda les pueden ser removidos y desposeídos de ellos y dados a otros, y sola la encomienda trae consigo esta fijeza y seguridad de ser inmutable la administración y aprovechamiento de los indios y no les pueden ser quitados sino es por malos tratamientos o por hereje o traidor; y como no incurra en algunos de estos tres casos, por otros varios acaecimientos ya que el encomendero pierda la tierra el sucesor o heredero suyo goza de la segunda vida y merced que les (fue) hecha; por las cuales causas y por tener necesidad de quién los gobernase, pues don Antonio se había ausentado, volvieron a pedir al presidente que le mandase a don Antonio que volviese a la villa o proveyese de otro capitán, y que encomendase los indios en los vecinos, porque si con brevedad no efectuaba estas cosas, los que quedaban en la villa la dejarían de todo punto, porque ya algunas personas la habían desamparado y salídose fuera de la tierra, viendo la tibieza que en el presidente había acerca de darles las encomiendas.

Don Antonio no tenía voluntad de volver a la villa, y así, aunque de parte del presidente le fue dicho que volviese a entrar a gobernar aquel pueblo, no lo quiso aceptar, antes se eximió del cargo de corregidor por no echarse a cuestas cuidados ajenos y tan inútiles y desagradecidos como son los hechos en favor de comunidad; pero con todo esto, por ser don Antonio persona que conocía y tenía noticia de aquella tierra y de los que en ella habían trabajado, le tomó el presidente a mandar que solamente volviese a repartir la tierra y a echar los términos con Cepeda de Ayala de entre la villa y la ciudad de la Trinidad, y hecho esto se volviese a salir y dejase la jurisdicción superior en Hernando Velasco de Angulo, que juntamente con don Antonio se había de hallar en el repartir de los indios, porque este Hernando Velasco de Angulo no quería aceptar el cargo de corregidor de la villa si no se hallaba él juntamente con don Antonio a hacer el apuntamiento y repartimiento de los indios; pero esta su pretensión le salió en vano a Velasco; porque estándose él aprestando en Santafé para ir a la villa, fue llamado por los vecinos de ella don Antonio de Toledo, que estaba en Mariquita, que fuese a echar los términos de entre la villa y el pueblo de la Trinidad, por estarle esperando Cepeda de Ayala, corregidor de la Trinidad, para este efecto.

Don Antonio, sin esperar a Velasco, se entró en la villa de la Palma y efectuó lo de los términos, según en la historia de la ciudad de la Trinidad queda escrito, y concluso esto repartió los indios entre los vecinos e hizo su apuntamiento lo mejor que le pareció, de suerte que hubo muy pocos quejosos ni que se agraviasen de lo que don Antonio hizo y repartió, lo cual concluso dende a pocos días se volvió a salir con el apuntamiento don Antonio, y se vino a la ciudad de Santafé, y dio cuenta de lo hecho al presidente, juntamente con este apuntamiento, el cual luégo dio conclusión y asiento en lo de los indios, encomendándolos por otro nuevo señalamiento que hizo, rigiéndose en todo o en lo más por lo que don Antonio había señalado y apuntado.

Velasco, como en su ausencia había repartido la tierra, no quiso ir a la villa con el cargo de corregidor, antes luégo se eximió de él; mas como los vecinos de la villa tornasen a importunar al presidente que les diese corregidor que les metiese en posesión de las encomiendas y los quitase de debates y diferencias, fue de nuevo rogado Hernando Velasco que tornase a tomar el cargo de corregidor y entrase en la villa con certificación de que le seria gratificado su trabajo por el presidente. Fue sobre esto tan persuadido Velasco que hubo de aceptar el cargo e irlo a usar.

Entró en la villa en tiempo que los naturales se habían tornado a rebelar, y así le fue necesario enviar gente a pacificarlos. Salió, por mandado de Velasco, un alcalde con ciertos soldados y fuese la vía de Avipay, que era la gente más indómita esta, y aunque entre estas poblazones de Avipay anduvieron los soldados y el caudillo casi dos meses, nunca los indios osaron llegarse a darles guazabara ni hacerles daño como solían. La guerra que hacían era poner puyas y hacer hoyos; y asímismo los españoles, viendo que andaban tan apartados de ellos los indios, les talaban las comidas y labranzas y les damnificaban en todas las demás temporalidades. Aunque algunas noches no dejaban de caminar a buscar las rancherías y alojamiento de los indios, y daban algunas veces en algunas con que les damnificaban harto, y aprovechó todavía alguna cosa esta manera de guerrear, porque algunos indios 'les salieron de paz, aunque tibiamente, con los cuales se volvieron bien trabajados al pueblo. Pero esta paz de los indios, como era tibia, así permaneció poco tiempo, que luégo se tornaron a rebelar todos los más, y a recogerse en las poblazones y valle de Avipay, y allí se fortificaban con muchas puyas que por todos los caminos ponían, y hoyos que hacían.

Envió Velasco a ellos veinte y cinco hombres con un alcalde de la villa: hallaron los naturales puestos en arma y sobre aviso, y así no pudieron prender ningunos ni podían andar libremente por ninguna parte, a causa de las muchas puyas que por todas partes había, ni menos podían ni se atrevían ir de noche a dar en las rancherías y alojamiento de los indios por no se empuyar ni lastimar. Y viendo que por ninguna de estas vías podían haber a las manos ningunos indios, diéronse los nuestros a talarles y destruirles las comidas, sin dejarles ningunas que fuesen de provecho; mas con todo esto los naturales no cesaban de poner puyas y hacer hoyos con estacones, y acontecíales a los nuestros muchos días coger más de mil puyas y tapar cien hoyos, y amanecer otro día puestas dobladas puyas y hechos otros tantos hoyos. Y de esta suerte turó esta civil guerra más de un mes, a cabo del cual tiempo, viendo los indios que sus ardides no damnificaban en nada a los nuestros, y que los soldados les hacían continuos daños en las temporalidades, determinaron de humillarse y venir a pedir misericordia y ponerse en las manos de los nuestros, y así no solo salieron de pazallí pero dende en adelante fueron a servir al pueblo o villa de la Palma a sus encomenderos a quien el presidente los había ya encomendado.

Y tras esto se siguió que la justicia nombró personas que fuesen a contar las casas y suertes de indios que a cada español se le había dado. Porque suélense dar las suertes de los indios por límites o por casas: cuando es por límites pocas veces hay necesidad de contadores, mas cuando es por casas sí, porque se dan tantas casas al primero y tantas al segundo, y así van discurriendo por las poblazones o valles hasta rematarse, y estas suertes se van a contar por estos contadores que la justicia nombra, los cuales, en contando la primera suerte de ciento o doscientas casas, o las que han de ser conforme a su encomienda, luégo amojonan y señalan los términos hasta donde llegan aquellas casas, y lo mismo hacen en las demás; y aunque en esta cuenta se dividan los sujetos de un cacique en dos suertes o partes, no vuelven más al señor, sino así divididos se quedan, y cada cual acude a su encomendero.

Y de esta suerte tuvieron de todo punto asiento las cosas de esta villa, y están al presente asentadas.

 

Capítulo diez y seis En el cual se escribe la disposición y temple de la tierra de la Palma, y algunos de los ritos y costumbres que los naturales tienen y usan.  

Los términos de esta villa corren en largo hasta las riberas del río grande, con treinta leguas en ancho, y es en sí tierra templada, aunque más caliente que fría. Es algo doblada, y a partes montuosa.

Entre los naturales se usan de muchos apellidos y nombres; es gente bien dispuesta, aunque no generalmente, porque en todo, disposición de cuerpos, tratamiento de personas, bríos y ánimos para la guerra, se da la ventaja a los naturales de las poblazones del valle y río de Murca, porque estos han sido los que más obstinadamente han guerreado siempre con los españoles; y en tiempos pasados echaron la gente pancha de las tierras que ellos ahora poseen, que solía estar poblada de indios panches. Y por esta fama que en toda la provincia tienen los murcas de guerreros y aventajados en todo, emparientan con todos los demás pueblos que ellos quieren emparentar, y son temidos y conocidos en mucho entre los demás indios.

En general la gente de la provincia no tienen señores ni capitanes. Cada cual era señor de su casa y no más. Los españoles han empezado a ponerles en que se rijan por principales o capitanes, aunque tarde saldrán con ello.

Todos en general la gente de la provincia se precian mucho del cabello; tráenlo largo y bien curado, y por tocado varones y mujeres traen sobre la cabeza una madeja de hilo colorado. Para el ornato de sus personas se precian de cuentas blancas que traen al pescuezo, y cierta manera de caricunies de oro y estaño en las narices, que llaman picos, y orejeras en las orejas con cierta manera de argollas negras hechas de unos cuezcos de arboles gastados y aderezados en piedras, de los cuales se ponen veinte o treinta en las orejas o los más que pueden, y aquello traen por gentileza y gala. En los molledos traen unos brazaletes de cuentas blancas, de anchor de cuatro o cinco dedos.

Por la cintura traen ceñido por pretina una madeja torcida de hilo, de grosor de tres dedos; y a esta pretina traen asido el un compañón y lo demás anda desabrigado, y con esto hacen cuenta que lo traen todo cubierto, porque al que no anduviese de esta manera les parecería que andaba muy deshonesto. Es toda gente desnuda y que no traen mantas ni otra cosa vestida sobre su cuerpo, aunque en muchas partes de la provincia había muy buenos algodonales. Las mujeres andan algo más honestamente, porque en la delantera traen unas pampanillas muy galanas y pintadas que les llegan al medio muslo, y desde allí a la rodilla cuelgan unos rapacejos del propio hilo, y esta pampanilla o pedazo de manta no sube más alto que a la cintura ni es más ancha que un palmo o palmo y medio; y en esta pampanilla, o desde los rapacejos de ella, cuelgan ciertas cuentas de una fruta que se da en esta tierra, que hacen por ser huecas cierto ruido como sordos cascabeles; por la cintura traen un cinto o ceñidor más ancho que una mano, todo campecido de ciertas cuentas blancas que les ponen por tal orden que hacen que el cinto vaya todo labrado de casas blancas y negras por la orden del ajedrez. Usan también las mujeres de las orejeras y brazaletes de cuentas que los varones.

Hay entre ellas mujeres públicas, que con su mal uso se sustentan y mantienen, y dan audiencia a cuantos se lo pagan. Andan estas tales mujeres más galanas que otras ningunas, y no les puede nadie ofender. Viven por sí en sus casas, una y dos y más, las que quieren juntas. Los que van a conversar con ellas les pagan en hacerles las labranzas o rozas de maíz, o en orejeras o caricunies, o en pampanillas y otras cosas de las que tienen. Son conocidas y difieren de las otras mujeres en los trajes, porque siempre andan estas más polidas y galanas y bien tratadas, como he dicho, que otras ningunas mujeres. Son, en su propia lengua materna llamadas estas tales, putas, según que en la castellana es costumbre llamar a las tales.

Los casamientos, por la mayor parte son por vía de ferias, que los hermanos truecan las hermanas por mujeres a los hermanos de otros indios tasportar y tienen en este caso más señorío los hermanos sobre las hermanas que el padre ni la madre, y algunas veces se casan hermanos con hermanas. Y si un indio es solo y no tiene hermana qué feriar para haber mujer, conciértase con el padre y madre de la con quien pretende casar, y háceles una roza o labranza de maíz, porque se la den por mujer; pero no la ha de llevar a su casa ni sacarla de poder de sus padres hasta que la tenga preñada, que en empreñándola la puede llevar a donde quisiere; de suerte que si nunca empreña la mujer, nunca la ha de sacar de casa de sus padres, y cuando éstos le faltaren, ha de estar en casa del pariente más cercano. Los indios que no quieren hacer las rozas de maíz dan a los padres de la moza cuatro vueltas de cuentas blancas de hueso, que cada vuelta es del codo a la mano, y con este pagamento se puede llevar su mujer donde quisiere. Y la fiesta y borrachera que en regocijo de las bodas se suele hacer, la hacen los parientes de la novia a su propia costa. Algunos indios toman las mujeres de ocho o diez años, y dicen que lo hacen por hacerlas a su condición y costumbre; y algunas buenas viejas hay que con el dedo corrompen a sus hijas pequeñas, diciendo que porque después, cuando crecidas y grandes las vengan a casar, ni ellas padezcan dolor ni sus maridos fuerza.

Amanse y respétanse mucho los parientes, unos a otros, especialmente los mozos a los viejos.

A los difuntos ponen al humo o calor del fuego, donde los secan y enjugan, y después los entierran en unos silos redondos y hondos, y allí meten con ellos sus arcos y flechas y cuentas y otras haciendas que en vida poseían. Toda la parentela se junta a llorar el difunto, y el padre y madre y hermanos son obligados a llorar toda la noche, y los demás indios a ratos. Dicense que estos llantos turan, acompañados de grandes borracheras, hasta que otro deudo de los que lo lloran se muere, porque de nuevo hacen conmemoración del que se murió antes; y así me parece que conforme a esto toda la vida se les va en llorar, y cierto, aunque ello parece cosa infatible, a mí no me lo parece, porque como en estos llantos intervenga el beber y borrachear, vicio a que estos bárbaros son muy inclinados, no me maravillaría que lo procurasen hacer y sustentar por esta vía y con esta color mucho tiempo. Tienen por opinión que las ánimas de sus difuntos van a parar sobre la Sierra Nevada de Cartago, donde hacen y tienen muchas labranzas y rozas y grandes comeres y beberes, que es su felicidad.

Sus comidas de éstos es lo general que se suele decir, maíz, yuca, frisoles, auyamas y otras legumbres, con carne humana que comen de los que en la tierra han y guerra toman. Todo lo que cuecen es con agua salobre, de la cual tienen muchas fuentes. En su territorio son abundantes de muchas frutas, como son palmas de pegibaos, guayabos, guamos, curos, piñales. Hay otra fruta que los naturales llaman suerpa y los españoles castañas: es a manera de bellota de encina, y el árbol que las da es como álamo: la sazón de esta fruta es por el invierno. Las frutas que al presente hay en esta tierra española son naranjas, limas, higueras y parras, aunque de poco fruto, y todo género de hortaliza.

Los indios es gente que no usan de simulacros ni otro género de ídolos, ni casas de idolatría dónde hacer sacrificios, ni sacrifican, ni tienen por dioses al sol ni a la luna, más de estimarlos en mucho por la claridad que de ellos les viene. Por medio de algunos mohanes tienen sus pactos con el demonio, el cual se les aparece muchas veces en diversas formas, de donde viene a hacerles entender o creer algunas vanidades, como es que él les da el maíz y las otras cosas para su sustento y los temporales buenos y malos, y la vida y la muerte, y que les lleva las ánimas al lugar dicho. Los farautes, que particularmente tratan con el demonio, tienen gran reputación y estimación entre los indios; son acatados y reverenciados grandemente. Está a cargo de éstos el curar los enfermos, el cual oficio les es muy bien pagado.

La manera de curar es soplando las espaldas, cabeza y brazos del enfermo, y untándole con su saliva, y si sanan dicen que mediante haber el médico hablado al demonio tuvo salud el doliente, y si se muere dicen que porque el demonio estaba enojado fue causa de que muriese; y así el bien y el mal se atribuye al enemigo, y como he dicho toda la gente de esta provincia casi generalmente es de pocas supersticiones.

No hay río caudaloso de quien se pueda hacer memoria, si no es del de Murca: es algo crecido y va llano y tendido por algunas campiñas. Culebras ponzoñosas solamente se han visto hasta ahora las de cascabel en esta provincia, de las cuales los indios hacen la yerba ponzoñosa. Algunos árboles monteses se crían, provechosos y dañosos, como es el árbol que echa de sí cierta resma llamada amnie, de muy buen color y olor, y provechosa para muchos buenos efectos y curas; es blanca y más espesa que rala, y andando el tiempo se viene a endurecer como cera; sirve en todas las necesidades a que aplican la trementina, como es en las heridas. Otro árbol incógnito se cría en esta tierra que silo cortan y acierta a dar su leche o el zumo de la leche en el rostro o en otra cualquier parte del cuerpo lo para como enfermedad de San Lázaro, y con esta alteración de carne se está más de tres meses, basta que se torna ello mismo a bajar y aplacar.

[1]  ­Es una referencia a alguna parte suprimida en el texto (Suponemos fuera el final del libro 4º), pues en el texto conservado de la obra no se habla del alcance de la jurisdic­ción de los presidente, de las Reales Audiencias.
[2] Por: "temor"
[3]  En la "Tabla" de Sevilla se continen la misma frase tachada

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